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lunes, 14 de mayo de 2012

Nietzsche y Leibniz, sobre moral y ateísmo


El ateo está culturalmente imbuido de religión. Es decir, ha heredado o imitado los escrúpulos de sus padres y sus abuelos, que fueron religiosos. Con todo, halla un grato entretenimiento ganando batallas a la teoría para acto seguido rendirse en la práctica. Nietzsche vio eso: "Por cada paso que los ingleses hacen retroceder a la teología, obligan a la moral a avanzar otro", escribió. Se reía de ello, porque es verdaderamente inconsecuente. 

Leibniz, de sentir muy contrario al anterior, era en esto sin embargo del mismo parecer. Por ello rubricó las siguientes palabras, a propósito de los negadores de Dios y de la inmortalidad del alma, y del tópico del ateo virtuoso:

Sé que personas eminentes y bien intencionadas defienden que esas opiniones teóricas tienen una influencia en la práctica menor de lo que se cree, y sé también que hay personas de natural excelente, a las cuales las opiniones nunca podrán arrastrarles a hacer algo indigno; por otra parte, los que han llegado a tales errores por medio de la especulación, acostumbran a estar naturalmente más apartados de los vicios de lo que puede estarlo el común de los mortales, aparte de que tienen que tener cuidado con la dignidad de la secta de la cual son como jefes; se puede decir, por ejemplo, que Epicuro y Spinoza han llevado una vida absolutamente ejemplar. Pero esas razones dejan de ser válidas de ordinario en sus discípulos e imitadores, los cuales, al sentirse liberados del importuno temor a una providencia vigilante y a un futuro amenazador, dan rienda suelta a sus brutales pasiones, y orientan su espíritu a seducir y a corromper a los demás; y si resultan ser ambiciosos y de natural un tanto duro, pueden llegar a ser capaces, por su placer o medro, de pegar fuego a la tierra por los cuatro costados: yo he conocido algunos de este temperamento, a los cuales la muerte se los llevó. Pienso incluso que opiniones cercanas a éstas que vayan insinuándose poco a poco en el gran mundo, regido por otro tipo de gentes, de las cuales dependen los negocios, dispondrán todo para la revolución general que amenaza a Europa, y acabarán por aniquilar lo que todavía queda en el mundo de los sentimientos generosos de los antiguos griegos y romanos, los cuales preferían el amor a la patria y el bien público, y el interés por la posteridad, a la fortuna e incluso a la vida.

El filósofo previó con casi un siglo de antelación la Revolución francesa, que partió de la corrupción de las ideas de Rousseau, un deista, incubadas por su discípulo el Marqués de Sade, un ateo congruente para el cual la moral y la teología debían retroceder juntas.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La moral absoluta




En nuestros genes, o en nuestros corazones, por hablar como Tomás de Aquino y los clásicos del iusnaturalismo, está el sentido racional que nos permite discernir lo justo y lo injusto. Pero, a diferencia de lo que divulgó el corruptor Rousseau, no está ahí la inclinación a la justicia. El hombre es educado y castigado desde su infancia para enderezar sus pasiones. La existencia misma de la ley en toda sociedad nos recuerda que ni siquiera esta educación basta para garantizar el orden, por lo que nadie en sus cabales confía la moral a la espontaneidad, ni reduce lo psicológico a lo fisiológico, lo cual sí hacemos con la mera salud. Así, la naturaleza cede ante el imperio de la voluntad, que en nuestro caso es voluntad corrompida, voluntad frustrada. Si nuestros genes, a la hora de conservar nuestro vigor o permitir nuestra reproducción, errasen tanto como nuestras voliciones en acertar lo que nos conviene, habríamos desaparecido de la tierra casi antes de empezar a ser. Luego no por disfrazar al buen salvaje de chimpancé son más creíbles los delirios de esta doctrina que, excediendo toda competencia científica, los neodarwinistas se han arrogado.

La justicia sentida por el hombre no puede estar en él más que de un modo muy imperfecto, a la vista de sus extravíos. No está como la sangre en los vasos y los nervios en los tejidos, sino como la música en el oído o la tinta en el papel. Está impresa en nosotros como una naturaleza previa a la propia naturaleza. El deber, aun escrito con caracteres precisos, puede leerse mal y deformarse a través de mil retorcidos prismas. Puede ajarse la palabra inmortal en la materia caduca. Sin embargo, incluso el error que ocupe su lugar gozará de las prerrogativas del oráculo, pues toda moral, verdadera o falsa, es absoluta. El consenso, lo relativo, está determinado por la moral, lo categórico. Una asamblea no puede convencerme de que lo blanco es negro si no lo creo yo antes. El consenso no es logos, el consenso es nomos; la razón siempre precede al acuerdo. Ahora bien, ¿quién no estará de acuerdo consigo? Y aunque delibere antes en mi fuero interno, ¿de qué lograré convencerme que no supiese y aceptara ya? Dios irradia el universal en mi mente y permite que oscureciéndolo sea yo un extraño en mi propia morada.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Ahumanismo




Dawkins atina muy a pesar suyo al desvincular el ateísmo de la moral, sosteniendo que aunque Hitler o los mayores tiranos de la tierra no hubieran creído en Dios, tal no habría conllevado mácula alguna para la condición atea. Demos esto por cierto y reparemos en sus implicaciones lógicas. La primera y muy obvia es que la inversa ha de ser verdadera en idéntico grado. Así, cualquier hombre bueno, y con más razón cualquier héroe, lo es independientemente de su ateísmo. El ateísmo no toca al ser humano más de lo que toca al ser canino o al ser porcino, y por tanto no puede declararse nunca humanista sin mentir contra su propia conciencia. Ateo es quien cree en un determinado cosmos (ingénito) y en una determinada naturaleza (autosubsistente), no en un determinado hombre.

La segunda implicación es que nuestra especie carece de una bondad innata, grabada en sus genes fruto de la ventaja que la selección natural otorgaría a la perpetuación de las pulsiones empáticas. El buen salvaje ajeno a la religión y el ateo homicida están desconectados por igual de las premisas del creyente, siendo así que tienen móviles perfectamente naturales para actuar de modos por completo opuestos. Uno ayudará a su prójimo para satisfacer su instinto, y el otro lo aniquilará para dar gusto al suyo. No se apelará en ningún caso a realidades extraempíricas ni éstas tendrán influencia, siquiera imaginaria, en las mentes de quienes prescinden de unas tales nociones. Por ello, no a lo humano o a lo divino, sino sólo a lo natural cabrá atribuir tanto lo bueno como lo malo derivados de nuestro obrar.

Podría decirse, recordando a Laplace, que el ateísmo descarta al hombre, convertido en hipótesis innecesaria.

sábado, 16 de octubre de 2010

Perplejidades democráticas




La única norma esencial en una democracia es aquella que establece que el pueblo es soberano. Esto no puede entenderse en un sentido meramente jurídico -es soberano según la norma-, sino que ha de tomarse en un sentido ideológico, por el cual el pueblo es soberano según él mismo. A partir de este último sentido, toda constitución que no reconozca dicha prerrogativa viola el derecho natural, que es de carácter originario y, en cuanto tal, eterno. No siendo, pues, la soberanía derivada o graciable, se es soberano por naturaleza o por voluntad.

Si el pueblo es soberano por naturaleza, debería existir un pueblo natural y, como tal, no dependiente de unas fronteras ni de un censo establecido, esto es, de un Estado previo que lo declare como pueblo. Ahora bien, no existe ningún pueblo de esta índole, ya que todos son agregados de poblaciones en torno a un poder preexistente. Así, no dándose sociedad humana alguna en la que no sea observada sumisión frente a los que ostentan la suprema potestad, la soberanía natural sólo puede identificarse con la autoridad directa de los gobernantes, o con la de aquellos por la que los mismos obtuvieron el poder.

Si, por otro lado, el pueblo es soberano por voluntad, no lo es por naturaleza, sino por fuerza, en la medida en que la voluntad se ejerce siempre sobre algo distinto a ella. Y en tanto que la voluntad del pueblo difícilmente será unánime, la soberanía procede de la fuerza que, autodeterminándose, una parte del pueblo ejerce sobre la otra, que debe claudicar. Pero, incluso si dicha voluntad fuera unánime en virtud de un contrato, lo sería por un tiempo y no por siempre, pasado el cual debería ejercerse la fuerza para mantenerlo en vigor. Es decir, habría desde ese momento una parte del pueblo que sería soberana sin serlo por naturaleza ni por voluntad, lo que es imposible. Con todo, si se da una sola parte del pueblo a la que no pueda atribuirse la condición de soberano, no puede afirmarse que la totalidad lo es. Por tanto, el pueblo no es soberano.

lunes, 8 de marzo de 2010

Aborto




Se confía al perpetuo mejoramiento de la raza humana, es decir, a un futuro vago e incierto, aquello que afecta a nuestra conciencia pero no a nuestra vida. Delegamos en la multitud informe lo que individualmente preferimos soslayar acogiéndonos a la prerrogativa del olvido. El vulgo reclama más educación para evitar lo que sin duda considera un mal, y de ahí que desee enmendarlo, aunque lo atribuya a la ignorancia y crea así eludir la responsabilidad, o aplazarla acaso, como si los ignorantes fuesen menos criminales que los doctos.

Nuestras normas no están a la altura de nuestros ideales, parecen decirnos. Y acto seguido añaden: mas lo estarán al debido tiempo, vencidos los obstáculos en la larga marcha hacia la virtud. Es ésta una promesa que no están en disposición de garantizar. No sólo eso: es una promesa en la que no creen. Rousseaunianos de pacotilla, no reparan siquiera en que la educación ha de ser coherente. Si se da una escapatoria legal a la inmoralidad, disminuyen los incentivos para obrar bien desde el comienzo y el arrepentimiento es autoabsolución. Pues, ¿cómo va a estar mal lo que yo quiero y la ley me permite? Y lo permite prácticamente sin límites, en la medida en que sus buenas intenciones son un pagaré sin plazo y sin fondos.

Así, no hay equilibrio de intereses cuando se tolera que el mismo ser al que se deja vivir si nace y al que debe prestarse auxilio desde ese instante, se le niegue tal derecho si su madre lo repudia mientras permanece en el útero. ¿No es esto admitir que todo depende de la voluntad de aquélla, y que no hay más obligación que el que la misma se autoimponga? Una ley que defienda la autarquía moral del individuo en determinada área y sólo procure por guardar las apariencias de un cierto orden moral externo, al tiempo que le ofrece toda clase de recursos y argucias para maximizar su función de placer, es una ley equívoca y una ley inútil. Una ley falsaria, que contiene en sí su propia violación. Una ley cobarde, que evita pronunciarse sobre los principios, que los contradice "de facto" y que ratifica a ciegas la costumbre por miedo a mirarse en el frío espejo de la lógica.

Ni siquiera hay que plantear el supuesto del aborto como un problema de compasión y ternura de los afectos. Es la justicia la que debe evaluarse, no la lástima. Es, en fin, el respeto a la vida humana como noción indisponible, y no la simpatía hacia determinado fenómeno antrópico, la que ha de determinar que una acción libre desde un punto de vista moral devenga ilícita desde el prisma jurídico. ¿No sabemos qué es el hombre? Entonces no sabemos qué es la vergüenza, esto es, la certeza de estar por debajo del Hombre, ni dónde detener nuestros actos. El obrar sólo puede tener un fin recto si el que obra se identifica con él, y lo hace hasta el punto de no reconocerse derecho alguno cuando de él se aparta. Lo contrario es orbitar en torno a fantasmas y evaporar la realidad mediante las palabras. La potestad del individuo es nula tras traicionar a la especie.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Corrupción




Está mal planteado. La violencia no es "el mal", pues ello depende de los fines que persiga. El mal moral conlleva desear la destrucción de los demás, sin que pueda alegarse una razón comprensible para ello y con independencia de si somos nosotros mismos quienes la llevamos a cabo. Es una característica de la esfera intencional, no de la conductual, aunque penetre en ella eventualmente.

El mal está más allá no sólo de la justicia, también del egoísmo y de la racionalidad. El egoísta sacrifica el bien ajeno en favor del propio, al que valora mucho más, y en este sentido es coherente con su escala de valores en la medida en que no logra identificarse con nadie distinto a él. Pero el malvado siente placer ante la desgracia ajena precisamente al identificarse con ella. La empatía funciona aquí en sentido inverso al esperado: en lugar de propiciar la compasión, da lugar al odio.

Alguien es herido y, con todo, no lamento la suerte de mi semejante, ni me conformo con aliviarme por no ser él, sino que me alegro en secreto. Ésta es una secuencia de pensamiento habitual y a un nivel consciente en hombres normales. Se manifiesta a través de la íntima satisfacción sádica, que a menudo es exteriorizada mediante la risa, pues uno suele reírse de las desgracias del prójimo, pequeñas o grandes.

¿Qué vestigios animales, qué remoto instinto se halla en la raíz de la maldad humana?

lunes, 14 de septiembre de 2009

Fabulado consenso


Si todo criterio depende del consentimiento común, ¿por qué los individuos, para creer, no esperan a cerciorarse de que lo mismo dicen los demás? ¿Qué consentimiento se necesita, el de un pueblo o el de todos? ¿El de una época o el de todas? ¿Dónde se ha formado el convenio? Si es tácito, ¿por qué han convenido tácitamente los hombres ? ¿No diríamos mejor que todos los hombres están ciertos de algunas verdades, porque todos las hallan atestiguadas por su conciencia y su razón? No las cree cada uno porque las creen todos; por el contrario, las creen todos porque las cree cada uno.


Balmes

lunes, 7 de septiembre de 2009

El sacramento esclavo, o lo eterno masculino




No hay tal cosa que pueda llamarse con propiedad "contrato social", si con ello intentamos describir la sujeción permanente del hombre a una autoridad soberana que le haga cumplir con sus obligaciones frente a terceros y frente a sí mismo, castigándolo en caso contrario. Corresponde a los contratos ser libres en su inicio, temporales en su desarrollo y rescindibles en su fin. Ninguna de estas características está comprendida en la noción ahistórica de "contrato social".

Si tuviera que resumir la cuestión en cinco figuras mnemotécnicas, sería como sigue:

Contrato: Libertad en inicio, duración temporal, libertad autónoma en fin.

Sacramento: Libertad en inicio, duración temporal, sin fin.

Patria potestad:
Sumisión en inicio, duración temporal, libertad autónoma en fin.

Esclavitud: Sumisión en inicio, duración temporal, libertad heterónoma en fin.

Poder público:
Sumisión en inicio, intemporal, sin fin.

A diferencia del amo en la esclavitud, el Estado no puede liberar a sus súbditos. Incluso condenándolos al exilio sigue teniendo potestad sobre ellos, en tanto que les impide regresar a sus fronteras.

Por tanto, el poder público impone el grado más elevado de obediencia entre todas las figuras posibles de obligación.

*

Viene de aquí.

viernes, 28 de agosto de 2009

Fundación


Es preciso que el hombre se dote de un remedo de demiurgo para devenir hombre. La sociedad es un conjunto de individuos que originariamente se reúne en torno a algo, sea un tótem o una hoguera. Hay en el hecho mismo de la reunión un elemento de suprapersonalidad implícito, se reconozca o no. No es concebible que la legitimación del poder político provenga de un poder menor, de un poder apolítico e inorgánico, así como la causa jamás es inferior al efecto que produce. Son zarandajas democráticas y narcisistas las que nos inclinan a creer lo contrario.

La propia noción de individuo libre e igual es abstracta, creada por una entidad institucional, mientras que el hombre natural se identifica por sus atributos efectivos: estirpe, lugar de nacimiento, ámbito de acción, etc. La libertad y la igualdad son potencias que se plasmarán según el poder disponga. Un hombre solo, fuera del recinto social, no es más que un bruto; y lo mismo vale para miles o millones de ellos, mera manada si no se organizan y someten en función de una idea que los supere.

Fundamentar el poder en la libertad (Rousseau) es contradictorio, ya que el primero es negación o límite de la segunda; fundarlo en la autoridad legitimada o en la norma suprema (Kelsen) es tautológico, dado que es el poder mismo quien, materializándose en ellos, los legitima; debe fundarse en la sumisión a la razón y a la verdad admitidas por todos los hombres de recto juicio.

domingo, 19 de abril de 2009

El derecho a voto


Sólo un apunte, mientras mi exilio laboral no me permita reflexiones más depuradas.

Algún partido español, a la izquierda por supuesto, cree inconsistente la fijación de la edad penal en los 16 años habida cuenta de que la edad política no llega hasta los 18 con el derecho a voto. Toman en ello pie para pedir no la ampliación de la primera, sino la reducción de la segunda. No puedo evitar preguntarme si serían tan escrupulosos caso de darse el supuesto inverso, a saber, que cierta franja de edad contase con el sufragio activo sin ser susceptible de imputársele crimen alguno.

Con todo, el planteamiento no deja de ser incorrecto, e incluso absurdo. Quien es capaz de arrojarme una piedra a la cabeza y saber lo que se hace, viene a decirse, también lo es de arrojar con pleno entendimiento una papeleta a una urna. Hasta qué punto la misma ley española rechaza esta peregrina inferencia resulta obvio del claro hecho de que los presos tienen restringido su derecho a votar. Por tanto, ser responsable ante una norma penal no significa de suyo en nuestro ordenamiento tener capacidad política.

Yendo al otro extremo de la pirámide de población, hay personas que son inimputables penales por su avanzada edad, pese a que nadie les retira el derecho de voto -ni nadie, por cierto, lo reclama. Las hay, además, que son absolutamente irresponsables penales (el Rey) y que, no obstante, conservan la plenitud de sus derechos civiles. Así, el paralelismo jurídico que se establece dista mucho de ser perfecto, lo que debilita la lógica de la reivindicación.

¿No será que se exige mucho menos raciocinio para reconocer la propia culpa e identificar el mal común en sus rasgos más evidentes que para entender el bien común y juzgar como las personas cabales? El derecho penal es universal en todos los tiempos y lugares, ya sea en su forma moderna y codificada, ya en cualquier variante primitiva y consuetudinaria. El derecho a voto, en cambio, es una novedad de apenas hace un siglo. No logro entender cómo es posible que la humanidad haya sido ciega como para no ver la mayor parte del tiempo que, puesto que el hombre puede ser una alimaña para el hombre (tanto más cuanto más consciente es de su culpa, pues los niños suelen ser inofensivos), se sigue que también será de muy digno consejo para la cosa pública.

No se sigue, eso es todo.

Me interesa extraer de estas consideraciones que el carácter soberano que se atribuye al pueblo no deriva de su misma condición de viviente, sino de su condición racional, y que hay grados en ésta. Es como si se afirmara de forma implícita que no es la libre voluntad la que hace de aquél un poder constituyente, mas la razón natural que lo informa para perseguir su propio interés en sociedad, siendo esta razón superior a la mera constatación de lo que resulta malo para nosotros (i.e., ser castigados). O, lo que es lo mismo, que los principios de la política son más elevados que los de la conservación individual, por lo que el interés general no puede ser la suma de los intereses particulares.

lunes, 26 de enero de 2009

Mal presagio




Cada uno toma de EEUU lo que le interesa: la religiosidad omnipresente o el republicanismo espontáneo; el melting pot multicultural o la sociedad de consumo. Visto lo cual, ser "proamericano" o "antiamericano" es una tontería esteticista. A efectos prácticos, basta con saber dónde está el imperio y dónde los bárbaros dentro y fuera de las fronteras.

Obama puede ser el hombre que haga bueno a Bush. El anterior presidente hablaba con Dios; éste es ya la Segunda Persona. Si de veras se cree un nuevo Redentor, Obama es un loco peligroso que acumula un gran poder en una coyuntura en extremo delicada. Pero si sólo explota esta fe para atraerse la benevolencia de las masas, entonces es un malvado del que cabe esperar cualquier traición.

Decepcionará a la izquierda europea y a la llamada antiimperialista, no me cabe duda. Ojalá las decepcione, por nuestro bien. A la izquierda americana le insuflará poesía, consciente de que la lírica crea división social. No creo en consecuencia que éste vaya a ser el mandato de la concordia y de la transversalidad, como parecen presagiar las buenas palabras y las amplias sonrisas. Veremos, sin embargo.

domingo, 25 de enero de 2009

Consideraciones sobre nuestra miseria




El placer por el mal, la pulsión sádica, no provienen ni de la naturaleza ni de la inteligencia. Esto es, ni los animales irracionales los poseen, al ignorar todo sufrimiento que no sea el propio, ni encuentran justificación según los fines perseguidos por un animal social. Tampoco son fruto del error intelectual pasivo. Es falso afirmar que nuestro alejamiento de la virtud se sigue de nuestra ignorancia de la misma. Los niños, para los que el bien se identifica con la autoridad de sus padres, los desobedecen no obstante, arrastrados por una pasión mayor.

Así, ¿es la vergüenza una virtud natural, fundada en la razón y en la intuición, o social, derivada de la costumbre? Toda sociedad debe fomentar la cooperación y disuadirnos de realizar actitudes dañinas si no quiere disolverse pronto. La vergüenza bien podría ser el resultado de interiorizar este mandato general mediante un súper-yo que combatiría nuestras pulsiones primarias. Sin embargo, esto no explicaría por qué nos sentimos inclinados a postular principios morales y adherirnos a ellos más allá de la amenaza (Antígona).

La pregunta anterior puede replantearse como sigue: ¿Amamos el bien de manera innata o aprendemos a identificarnos con cierto tipo de conductas sancionadas favorablemente por la autoridad o por la mayoría? Respondo con otra pregunta: Esta facultad de identificación ¿no es de por sí búsqueda del bien, cuyos rudimentos estarían ocultos en nuestra consciencia?

Nadie vive por sus propias reglas. Al buscar el bien fuera de nuestra voluntad primaria admitimos su existencia autónoma. Pero, resultándonos oscuro y contradictorio, necesitamos precisarlo a través del conocimiento. Y todo conocimiento es social. De ahí el éxito de la política y de la religión, que de otro modo tendrían que imponerse por la fuerza de manera invariable.

Puede replicarse que, dados unos comportamientos estándar, los imitamos por falta de instinto, como segundo recurso adaptativo de la especie. No obstante, esto no se opone a la búsqueda de un modelo trascendente a las necesidades pasajeras. Es la adecuación de nuestra conducta a un patrón fijo el signo externo más notable de nuestra individualidad. La lógica del honor explica más solventemente nuestras acciones públicas que el esquema conductista de la satisfacción de necesidades psico-fisiológicas.

Apelar a nuestra naturaleza de animal político es también referirse a nuestra facultad no adquirida de sentir vergüenza, que a su vez es resultado de nuestra tendencia al mal, puesto que nadie que obre bien siempre y esté seguro de ello debería avergonzarse. Por tanto, la sociabilidad depende de la maldad inercial del hombre y no de una suerte de altruísmo heredado, dada su utilidad a los efectos de garantizar la supervivencia del grupo.

Si la virtud fuera innata, en lugar de la vergüenza, no habría civilización, ni egoísmo insociable, ni opresión entre clases, ni guerras de conquista. En tal estado idílico, donde el orden puede considerarse originario e inmanente, la cultura habría de enmudecer una vez superada la barbarie, siendo en lo sucesivo ocasión para el extravío. Todo sistema de normas tendería a ser consuetudinario, los magistrados superfluos y la feliz anarquía el estado por defecto. Es por ello que la existencia universal de ciudades y leyes, antes que la de Dios, refuta la conclusión naturalista.

martes, 30 de diciembre de 2008

De príncipes y espadas


Los asiduos de esta bitácora saben que no suele ocuparse de política. Su editor no ve las noticias ni lee con regularidad prensa de ningún tipo desde los 18 años, lo que a algunos parecerá ridículo. He intentado evitar así esos pequeños actos de autodefensa que cotidianamente merman nuestra energía intelectual hasta extremos insospechados, según sintetiza Nietzsche en un ignoto pasaje que, como se ha visto, al menos a mí me impresionó.

Con todo, prescindiré del veto en esta ocasión, forzado por las circunstancias. Se trata de dilucidar no si hay una ética superior a la estatal, a lo que respondo que sí, sino si cualquier ética -incluso la mejor o más consensuada- es superior al principio de la autoridad terrenal suprema del ente soberano. A esto respondo que no, por las razones que siguen.

* * *



La soberanía es al Estado lo que la autotutela al individuo. Ahora bien, mientras que el individuo renuncia al estado de naturaleza para obtener comodidad y derechos, el Estado, garante de la seguridad del anterior, vive permanentemente inmerso en ese estado primario mientras nadie lo avasalle, en cuyo caso dejará de ser Estado, por la misma definición de soberanía.

Menciono también que el enemigo interno es en lo esencial distinto al enemigo externo. El primero está sometido a la ley: ésta se hizo contemplándolo como supuesto de hecho en los diversos delitos con el propósito de defender así al resto de ciudadanos. Por el contrario, el segundo no sólo escapa a la ley "ratio personae" (pues un Estado no puede enjuiciar a otro), sino que además atenta contra ella, es decir, aspira a dejarla potencialmente sin efectos atacando su raíz, que es de nuevo la soberanía como voluntad última y unilateral de una comunidad políticamente organizada. Por tanto, al enemigo externo no se lo combate con la ley, que de ordinario limita la fuerza, mas con toda la fuerza, con tal de que la ley pueda seguir siendo ley. Los terroristas nacionales serían un caso límite o intermedio entre los dos citados.

Por último, una jurisdicción supraestatal, si es preciso que la defina, es aquella que ha recibido poder delegado de los Estados para sujetarlos a ciertos principios comunes y decidir sobre el grado de su cumplimiento, lo que antaño era el derecho de gentes y hoy llamamos derecho internacional.

A partir de estas definiciones procedo a perfilar mi conclusión.

En los Estados existe la noción del orden público, esto es, la normalidad jurídica de las instituciones expresada mediante su continuidad sin interrupción en el tiempo, así como por el ejercicio efectivo del imperio de la ley sobre un conjunto homogéneo de ciudadanos. En el derecho internacional, en cambio, no existe tal "continuum" ni tal homogeneidad, o son factores meramente metafóricos. Aludirían a la convivencia "de facto" de las naciones soberanas, que se dotan de recursos jurídicos para reconocerse pacíficamente entre sí y cooperar cuando se aprecien intereses comunes. No obstante, el único interés de esta índole que puede tenerse por universal, y cuya coordinación y aseguramiento resulta por tanto de suma prioridad, es la conservación de las respectivas soberanías, el "statu quo" irrenunciable, auténtico centro de gravedad de la agrupación factual que integra la sociedad de las naciones.

Existen además -subrayo "además"- casos tasados, supuestos de emergencia, en los que la comunidad internacional decide "a priori" (lo que ni mucho menos implica que acabe haciendo en la práctica) que, dada una eventualidad lo suficientemente grave y contraria a los principios comunes más básicos, se actuará solidariamente hasta que el equilibrio sea restaurado. Doy los ejemplos del genocidio, la anarquía (que entiendo como ausencia indefinida de soberanía) y, en menor medida, el incumplimiento de tratados sobre seguridad o derechos humanos cuando no lo justifique un cambio en las circunstancias que dieron lugar al compromiso.

Este segundo orden de principios es mucho más débil que el anterior, que lo vertebra y hace posible. No puede pretenderse, entonces, que el respeto a formas contractuales de Derecho (los tratados, los acuerdos...) eclipse la supremacía absoluta y genérica, con las debidas excepciones puntuales, de las formas substanciales de Derecho, los Estados, que, pese a lo que Rousseau crea, no son contratos.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Radix malorum


Tres años atrás escribí uno de mis textos más claros, por lo prístino, sobre el pecado original. Era el segundo que dedicaba al tema (ahora casi monotema), estando el primero enlazado al comienzo del mismo. Lo reproduzco.

* * *



Hace poco hablé de la mácula innata del hombre, cuyas causas y efectos no pudieron explicarse sin recurrir a entelequias. Hay que profundizar más.

El hombre es bueno por naturaleza, dice Rousseau; es malo, parece objetarle Hobbes. Ambos amparándose en sus versiones respectivas del derecho natural, abiertamente contradictorias. Pero el cristianismo opta por el término medio: el hombre es bueno por naturaleza íntegra, malo por naturaleza caída; jamás indiferente y jamás estable, sin otra esencia que su libertad errática mientras se rija por las leyes de este mundo.

En primer término, defino la culpa como el consentimiento al mal -que, por tanto, es acto voluntario- y el pecado como la tendencia al mal -es decir, como pasión involuntaria.

Así, un niño puede carecer de intelecciones, de voluntad y, por consiguiente, de culpa, pero no tiene porqué verse libre del pecado.

De aquí puedo extraer también una fórmula útil: Cuanto menor es el pecado antecedente, mayor es la culpa subsiguiente. Pues la voluntad condicionada en grado ínfimo por factores extraños toma más parte en la ofensa por su propia inercia y la transgresión se vuelve gratuita. O sea, no por librar a alguien de pecado lo excluimos de ser culpable en caso de que sucumba al mal objetivo. Al contrario, aumentamos su culpa.

Se entiende, entonces, que Adán tuviera menos méritos que el último hombre para ser redimido, porque su dolo era mucho mayor, similar al del diablo, aunque difícilmente comparable dada la sublime perfección de éste.

Procedo. La culpa no determina el pecado naturalmente, ya que lo presupone (la tendencia al mal conduce a su consentimiento espontáneo tarde o temprano). De manera análoga, el pecado -o más bien su raíz: la concupiscencia- no presupone la culpa. Esto lo vemos en los animales, algunos de ellos viciosos, como el lobo, pero no reos de ningún delito.

La responsabilidad es, en consecuencia, necesaria para ser culpable, no para ser malo. Un párvulo puede cometer un ilícito penal, algo reprensible, pero ser eximido de pena por la propia norma, dada su minoría de edad. Eso no convierte la mala acción en neutra para el ordenamiento, sino que restringe su imputabilidad a un sujeto particular. Pero, ¿acaso no son inocentes los niños? Sí, mas no inmaculados.

Luego puede haber pecado sin culpa (el ejemplo de los niños) y, por supuesto, vicio sin culpa (los animales). Ahora bien, no puede haber culpa sin pecado, que es como decir que no puede haber racionalidad sin libertad.

Castigar a un ser que carece de libertad pero no de vicios no es injusto, ya que en realidad se castiga el vicio. Sí lo es, en cambio, castigar al que pierde esa libertad o no puede usarla en un determinado momento por causa de fuerza mayor, porque se condena al sujeto sin que éste haya tomado parte activa con su intención.

Más. Aceptemos que el hombre desciende del animal. Los animales, hemos consensuado, no son libres y, por ende, no son capaces de pecar ni de representarse nada malo. Se deduce que el hombre tampoco debería serlo, salvo que en la esencia del ser libre se encuentre el pecado y no, como yo sostengo, su mera condición de posibilidad.

Ahora bien, los hombres pecan, pecaron y seguirán pecando hasta el fin de los tiempos y más allá, tras el juicio. Pecar parece inmanente a su condición, pero no se infiere de su origen. Una naturaleza viciosa no conduce con carácter irremisible al pecado, precisamente porque para pecar hay que ser libre, y ser libre significa no actuar de ordinario bajo la coacción ni estar necesitado a operar de cierta forma. Sin embargo, todos pecan, de pensamiento o de obra, como si la naturaleza les empujara a ello. No obstante, he demostrado que no es así.

La conclusión que se vislumbra apunta a que el pecado no es natural, pero está adherido a la naturaleza humana como una segunda piel. No, por cierto, como algo completamente extraño a nosotros, pues nuestra voluntad se implica de lleno en sus inclinaciones, haciéndolas suyas, pero sí como lo sobrevenido por un error o caída cuyo precedente, cabe imaginar, desconoceríamos si no nos hubiera sido revelado.

El pecado debe ir antes que la culpa, igual que el carro antes que los bueyes. La culpa (consentir al mal) no explica el pecado (tender al mal), pero el pecado tampoco lleva irremisiblemente a la culpa. Con todo, es previo a la culpa.

La culpa que trajo el pecado no puede ser sólo humana. Fue instigada desde fuera para permanecer como el lastre mortal de un alma incorpórea y simple, creada desde y para la eternidad.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La verdad en la política


Decir que las instituciones deben ser neutrales en lo simbólico es desconocer que ellas mismas son símbolos, hitos de una historia que las legitima indirectamente, a modo de capa basal de su legitimación jurídica. La peregrina idea rousseauniana de que el hombre neutro es el hombre puro, el buen salvaje libre de prejuicios y mejor predispuesto a la convivencia, se extiende aquí al Estado, un marco sin marcas, un terreno siempre virgen, siempre violable, expresión virtual de la suma de las voluntades, código abierto reducido a entelequia.

En cuanto a la separación Estado-Iglesia, habría que matizar si se trata de una separación orgánica, que la propia Iglesia ni discute ni ha discutido, o bien de una escisión cultural por la que viniese a reconocerse que existe una doctrina estatal positiva (EpC) formal y axiológicamente distinta a cualquier otra "moral privada". Irónicamente, una moral así pensada para pacificar sólo podría apoyarse en la fuerza, sea contra la objeción de conciencia en general, sea contra el resto de Estados con morales discordantes.

Hace poco propuse con más voluntad que acierto a varios bloggers que expusieran cuál era el fundamento moral de la izquierda. Con ello, acaso indirectamente, me estaba preguntando por el fundamento moral de la democracia, ya que sin el pluralismo de al menos dos opciones racionales y distintas entre sí ésta pierde su sentido. Nadie logró mostrármelo. Por lo que me pregunto, ¿puede proclamarse un Estado social y democrático de Derecho sin presumir confesionalmente que sus miembros reconocen ciertos principios caritativos, esto es, que no derivan de la estricta justicia aritmética o geométrica de dar a cada cual lo suyo (por razón de igualdad o de mérito)?

PD: Actualizado a 28/11/2008.

domingo, 25 de mayo de 2008

Salvados por los bárbaros


La falacia progresista, que es en parte la de Rousseau, consiste en creer que si no enseñamos ninguna moral positiva, la natural -inscrita en nuestros genes- se acabará universalizando en el curso de la historia. Ésta, a su vez, será moldeada según convenga a cada circunstancia, pues su yugo es suave y su carga ligera.

Pero hay que temer a los autoproclamados bienhechores y libertadores de la humanidad. La "moral genética" resulta tan ambigua como cualquier texto sagrado al uso, y todos, justos y criminales, pueden hacer de ella su Corán. El optimismo que muestran los nuevos apóstoles de la naturaleza es fruto de identificar al hombre con sus imperativos biológicos, asumiéndose que los mismos no están sujetos a elección ni pueden frustrarse voluntariamente sin intervención externa, esto es, sin una suerte de corrupción enajenante, que vinculan a lo religioso.

La ineptitud a la hora de ver el mal en la propia constitución del hombre, así como la desconfianza generalizada en lo que respecta a su albedrío, los obliga a extender la sospecha de malignidad sobre toda moral susceptible de codificarse y de sobrevivir a su génesis cultural. La ley misma, en opinión suya, no es más que un medio del instinto para reafirmar su cometido dentro de un marco de cooperación, y la democracia el mejor de los sistemas políticos posibles, en tanto permite que el derecho se redefina conforme nuevas necesidades se hacen sentir.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El credo de Hitchens




No creemos en el cielo y el infierno, ninguna estadística mostrará nunca que sin esos incentivos y amenazas cometamos más crímenes de codicia o violencia que los fieles. De hecho, si tal estadística pudiera hacerse alguna vez, estoy seguro de que la evidencia indicaría lo contrario.


¿Y no se llama fe a la certeza no experimental ni matemática? Es triste tener fe en lo que es evidentemente falso: la bondad intrínseca del hombre y su mera corruptibilidad ideológica. La fe de Rousseau y de Maquiavelo.


Especulamos que es por lo menos posible que, una vez que la gente acepta el hecho de que sus vidas son cortas y duras, pueda comportarse con el prójimo mejor y no peor.


Lo largo y lo corto, como lo duro y lo blando, son mediciones subjetivas. La cuestión es si podemos hacer el bien por el simple amor a la virtud, aún sabiendo que vamos a salir perjudicados en esta vida y que nuestra conducta es antinatural e inútil, ya que ni el universo es virtuoso (los darwinianos hablan de indiferencia) ni existe un Dios que haga justicia a los hombres más allá de nuestras inconstantes y perecederas fuerzas.

La lógica salomónica nos dice que "a priori" un creyente y un descreído pueden ser autores del mismo tipo de acciones. Pero la psicología nos informa de que un ateo tiene menos estímulos para apartarse de su inercia narcisista, pues desconoce la verdadera fuente del bien y la sitúa en su propia apreciación de las cosas.


[Los teólogos] han sido irrisoriamente ignorantes acerca de la teoría del germen de las enfermedades o el lugar del globo terrestre en el sistema solar.


Resulta estúpido que el presente llame ignorante al pasado. Los antiguos no tenían la obligación de conocer a los modernos. Es justo al revés.


¿Cúanta vanidad debe esconderse –sin mucho éxito– para pretender que uno es el objetivo personal de un plan divino?


Infinitamente más vanidoso es creer que las leyes del universo y el orden todo son patrones cerebrales (de mi cerebro), es decir, que carecen de existencia objetiva. Pues bien, he aquí el pirronismo, o la teoría del caos tomada en sentido ontológico.


... entre las diferentes profesiones de fe, que vemos hoy entre nosotros y que tanto han retardado el desarrollo de la civilización.


Si los hombres son aproximadamente iguales entre sí y, como vosotros admitís, las religiones también lo son, ¿por qué los niveles de civilización e incivilización no comparten ni han compartido jamás esa misma homogeneidad en todo el mundo? Dos opciones: 1) la religión influye positiva o negativamente en el progreso humano; 2) la religión no influye de ninguna manera en el progreso humano. Las dos me favorecen.


La fe religiosa, precisamente porque seguimos siendo criaturas en evolución, es algo irradicable. Nunca morirá, o al menos no hasta que dejemos de temer la muerte, lo oscuro, lo desconocido y al prójimo.


No teme tanto a la muerte quien la afronta como juicio (Cristo) como quien prefiere olvidarla (Epicuro).

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