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jueves, 24 de diciembre de 2009

Corrupción




Está mal planteado. La violencia no es "el mal", pues ello depende de los fines que persiga. El mal moral conlleva desear la destrucción de los demás, sin que pueda alegarse una razón comprensible para ello y con independencia de si somos nosotros mismos quienes la llevamos a cabo. Es una característica de la esfera intencional, no de la conductual, aunque penetre en ella eventualmente.

El mal está más allá no sólo de la justicia, también del egoísmo y de la racionalidad. El egoísta sacrifica el bien ajeno en favor del propio, al que valora mucho más, y en este sentido es coherente con su escala de valores en la medida en que no logra identificarse con nadie distinto a él. Pero el malvado siente placer ante la desgracia ajena precisamente al identificarse con ella. La empatía funciona aquí en sentido inverso al esperado: en lugar de propiciar la compasión, da lugar al odio.

Alguien es herido y, con todo, no lamento la suerte de mi semejante, ni me conformo con aliviarme por no ser él, sino que me alegro en secreto. Ésta es una secuencia de pensamiento habitual y a un nivel consciente en hombres normales. Se manifiesta a través de la íntima satisfacción sádica, que a menudo es exteriorizada mediante la risa, pues uno suele reírse de las desgracias del prójimo, pequeñas o grandes.

¿Qué vestigios animales, qué remoto instinto se halla en la raíz de la maldad humana?

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Tabula inmunda


Leo, gracias a la referencia de Abulafia, este listado de rasgos humanos que constituiría nuestro mínimo e invariable común denominador. Aparecen "shame" (tristeza, vergüenza), "pride" (orgullo), "envy" (envidia), "hope" (esperanza) y "fear of death" (miedo a la muerte) como únicos sentimientos universales claramente definidos. Todos ellos son afectos negativos, bien de autoengaño, o bien que remiten a un estado de caída. No existe uno equivalente para el amor, lo que debería hacernos reflexionar. Sí se habla, en cambio, de la empatía, que no es más que un narcisismo proyectado que a veces sentimos de modo espontáneo y que propicia las creencias animistas. Fue la empatía la que hizo que nuestros antepasados reverenciasen al sol y a la luna, no la disposición desinteresada a cumplir la justicia (amor). Pertenece, pues, a los sentimientos de autoengaño. Y lo mismo habría que decir del orgullo, que no establece ningún límite entre la voluntad de autodefensa y la de dominio.

Compartimos con los animales la facultad de engañarnos, aunque la utilidad que de ella se desprende sea más cuestionable en nuestra especie. Ambas características (empatía, orgullo) se oponen entre sí y se dan siempre en momentos diferenciados, según se estime que el peligro nos afecta mediata -como grupo- o inmediatamente -como individuos. Son, pues, reacciones estereotipadas y, por tanto, movimientos irracionales de la consciencia.

Ahora bien, todos los sentimientos de miseria moral (vergüenza, envidia, esperanza, miedo a la muerte) nos pertenecen en exclusiva, sin que podamos encontrar ninguno de signo positivo que compense tal sesgo.

Aquí entra en escena el progresismo, atribuyendo a la cultura el papel de redentora de nuestros bajos instintos. Pero ¿cómo puede una creación humana emanciparse de la mente que la ha creado? ¿Cómo sin una ayuda sobrenatural y objetiva?

domingo, 25 de mayo de 2008

Humanismo, quién te ha visto


La dignidad del hombre fue la noción que algunos filósofos del Renacimiento utilizaron para contrarrestar la concepción agustiniana del pecado, excesivamente pesimista y sesgada en alguna de sus versiones. Sería un anacronismo invocarla actualmente, si no fuera porque puede funcionar como freno ante las derivaciones nihilistas del darwinismo. Pero es cierto que apelar a la dignidad sin más, como argumento “ad baculum”, no ayuda nada a resolver las cuestiones. Tampoco ayudan argumentos misérrimos como éste (Pinker):


“because all humans have the same minimum capacity to suffer, prosper, reason, and choose, no human has the right to impinge on the life, body, or freedom of another”.


¿Cuál es la “capacidad mínima” a la que se hace referencia? ¿Resulta cuantificable? ¿Y no sería válido sostener que el mismo derecho que tenemos los hombres sobre los animales lo tienen los hombres más dotados sobre los menos favorecidos por la naturaleza?

El autor iguala mágicamente a todos los hombres -"all humans"- en esa línea de texto, pero no se sigue de su argumentación. Si nuestra diferencia principal respecto a los animales es sólo de grado, hay que encontrar un denominador común que funde nuestro derecho de miembros de una especie. Y éste apelará siempre a la potencia, a la capacidad inmediata de llegar a ser, no a cualidades actuales. Es decir, a cualidades morales (de las que la “dignidad” es sólo un compendio impreciso) y no físicas.