Es falso el axioma según el cual el mayor placer es el mayor bien. Si un hombre delinque y es por ello castigado, cabe preguntarse qué mal es peor: ¿La culpa que lo ha hecho malo? ¿o el justo castigo que ha recibido a raíz de la misma? Siendo el castigo inevitable, es peor la culpa, al ser evitable y causa de todo lo demás. Ahora bien, el delincuente encontró placer en su delito, pues si no no lo habría cometido. Por tanto, el mayor placer no es el mayor bien.
El placer sensible tampoco cuenta con un baremo con el que ser medido. En primer lugar, porque carece de objetividad. Así, para algunos será preferible un placer intenso y breve a otro prolongado y difuso, y a la inversa; o dividirán mentalmente en momentos una sensación que, de hecho, no tiene solución de continuidad. En segundo lugar, porque no integra nociones claras y distintas. Nadie puede decir de veras (esto es, nadie puede probarse a sí mismo) que el vino de Borgoña es superior al arte de la Contrarreforma.
Además, puesto que se asume que la buena política debe aumentar las funciones de utilidad de todos, ¿puedo preguntar cuál es límite? Es decir, si el fin es el placer de todos en todo momento, ¿cuándo se da este fin por cumplido y cuándo se tiene por frustrado? Del mismo modo que la riqueza deja de ser útil llegados a un punto, igualmente el placer no puede ir más allá de la saciedad. Ello implica que el placer no es un fin en sí.
Por último, si el placer es una pasión, ha de darse con cierta independencia de mi capacidad de obrar y de pensar. Luego no depende por completo de lo que haga o piense, sino en gran parte de lo que sienta. El hombre de sentimiento será así más feliz que el hombre de pensamiento o que el de acción. Pero, dado que todos sentimos, ¿qué debo sentir para sentir más y mejor?
martes, 3 de marzo de 2009
Fantasmal hedonismo
jueves, 23 de octubre de 2008
La esfera moral
La vida mental -mero haz de percepciones, voliciones y recuerdos- no determina la moralidad de nadie, aunque sea condición necesaria para ella. Sólo desde la libertad en él contemplada puede afirmarse que un acto es o no moral (cfr. Pedro Abelardo). Todo grado de coacción que el individuo padezca atenúa hasta imposibilitarlo el juicio moral del que de otro modo sería plenamente merecedor frente a un tercero.
Ahora bien, la libertad es una especie particular de actividad mental, consistente en asentir el mismo sujeto a una acción mientras se representa su contraria y la rechaza. Pretender que se es libre sólo al efectuar esa operación deja inexplicado por qué se la efectúa, precisamente ésa y no otra. Ante esto hay dos escapatorias posibles:
1) Si se contesta que tal proceder está determinado por una causa no espontánea, esto es, esclava, se niega la libertad consecuente y, por ende, la moral toda.
2) Y si se conviene que hay espontaneidad real en algún extremo de la sucesión de efectos que conduce al acto libre, se aceptará implícitamente que tal carácter puede hallarse en cualquier punto que se elija remontando la cadena de mis pensamientos, puesto que la acción es mía y sólo en mí encuentra su causa eficiente.
Por tanto, si es legítimo hablar de moral, su esfera comprende a todo individuo libre en cada momento de su desenvolverse como organismo.