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miércoles, 9 de marzo de 2011

Platón y el fin natural del politeísmo




Augustos y bellos son, efectivamente, los dioses todos, y la suya es una "belleza imponente". Pero ¿qué es aquello por lo que son así? Es la inteligencia y el hecho de que en ellos actúa una inteligencia más potente, hasta el punto de transparentarse. Porque lo cuerto es que no son bellos por tener cuerpos bellos. Y es que aun los que tienen cuerpo, el ser dioses no consiste para ellos en tener cuerpo, sino que aun éstos son dioses por su inteligencia. Son, pues, bellos en cuanto dioses. La razón es que no son ora sabios, ora necios, sino que son siempre sabios en virtud de una inteligencia impasible, estable y pura, y son sabedores de todas las cosas y conocedores no de las humanas, sino de las suyas propias, esto es, de las divinas y de cuantas ve la Inteligencia.

Ahora bien, aquellos de entre los dioses que habitan el cielo, como viven vida de ocio, están siempre contemplando, aunque como desde lejos, las realidades que hay en aquel otro Cielo, sacando la cabeza sobre la bóveda celeste. Mas los que viven en aquel otro Cielo, cuantos tienen su morada sobre él y dentro de él, morando en la totalidad de aquel Cielo -allá, efectivamente, todo es Cielo: es Cielo la tierra, el mar, los animales, las plantas y los hombres; todo lo de aquel Cielo es celeste-, los dioses, digo, que viven en él, sin desdeñar a los hombres ni ninguna otra cosa de las de allá, recorren todo aquel país y aquella región descansadamente.

Pues allá es donde se da "la vida fácil", y la verdad es, además, para ellos su progenitora y nodriza, su substancia y su manjar, y contemplan todas las cosas, no "a las que compete el devenir", sino a las que compete la Esencia, y se contemplan a sí mismos en los demás. Porque allá todo es diáfano, nada es oscuro ni opaco, sino que cada uno es transparente a cada uno y en todo, puesto que la luz lo es a la luz. Y es que cada uno posee a todos dentro de sí y ve, a su vez, en otro a todos, y todo es todo y cada uno es todo, y el resplandor es inmenso, porque cada uno de ellos es grande, pues aun lo pequeño es grande. El sol allá es todos los astros, y cada astro es, a su vez, sol y todos los astros. En cada uno destaca un rasgo distinto, pero exhibe todos.

(...)

Represéntate, pues, mentalmente la imagen luminosa de una esfera abarcando en su interior todos los seres, sea que estén en movimiento, sea que estén en reposo, o mejor, unos en movimiento y otros en reposo. Reteniendo esta imgen, fórmate ahora otra suprimiendo mentalmente la masa. Suprime también el lugar y toda representación mental de la materia, y no trates meramente de sustituir esa esfera por otra de menor volumen, sino que, invocando al dios hacedor de la esfera representada, suplícale que venga. Y vendrá: vendrá trayendo consigo su propio universo con todos los dioses incluidos en él, siendo uno y todos. Cada uno es todos consociados en unidad: son distintos por sus potencias, pero todos son uno en virtud de aquella única múltiple potencia, o mejor, el que es uno solo es todos, pues no se agota porque nazcan todos aquellos. Están todos juntos, pero a la vez cada uno está aparte en posición inextensa, dado que carece de toda forma sensible (si no, uno estaría en un sitio y otro en otro, y no sería cada uno todo en sí mismo) y no tiene partes distintas ni respecto a otros ni respecto a sí mismo, ni es cada uno a modo de una potencia fragmentada igual a la suma de sus partes mensuradas. Por el contrario, es una potencia total, infinita en alcance y en poder. Y es tan grande aquel dios que aun sus partes son infinitas. Porque ¿qué punto se podría aducir al que no se extienda? Es verdad que también este universo es grande y que todas las potencias que hay en él coexisten juntas; pero sería mayor, sería de una grandeza indecible si no llevara aneja una pequeña potencia corporal.

Bien es verdad que alguien podría tener por grandes a la potencia del fuego y a las de los demás cuerpos; pero es ya por inexperiencia de la verdadera potencia por lo que aquellas nos dan la impresión de que queman y destruyen y cooperan a la generación de los animales. Pero en realidad los cuerpos destruyen porque también son destruidos y cooperan a la generación porque ellos mismos se originan. En cambio aquella potencia transcendente no posee más que el ser y no posee más que la belleza. Porque ¿dónde puede existir la belleza privada del ser? ¿Dónde la sustancia privada de ser bella? Al ser deficiente en belleza ya es deficiente en esencia. Y por eso es deseable el ser, porque se identifica con la belleza, porque es el ser. ¿Qué falta hace inquirir cuál de los dos es causa de otro, puesto que su naturaleza es una sola? Es esta pseudoesencia de acá la que necesita de un simulacro postizo de belleza para parecer bella y para existir en absoluto. Y así, en tanto que existe en cuanto participa de la belleza según la forma. Y al participar, cuanto más participa, es tanto más perfecta, porque es más esencia en cuanto bella.

Por eso Zeus, aunque es el más anciano de los demás dioses que él mismo capitanea, marcha el primero hacia la visión de la Inteligencia. En pos de él van los demás dioses, los démones y las almas que son capaces de ver ese espectáculo. La Inteligencia se les aparece desde una región invisible, y asomando sobre ellos en la altura, ilumina todas las cosas, las llena de esplendor y deslumbra a los zagueros. Estos apartan de ella sus ojos, incapaces de verla cual al sol. Los próximos a ella aguantan y miran; los otros, en cambio, se ofuscan, tanto más cuanto más distantes de ella. Mas al verla los que son capaces de verla, todos ponen su mirada en ella y en su contenido, pero la visión que cada uno reporta no es siempre la misma, sino que el uno, mirando de hito en hito, ve esplendorosa de luz la fuente y la naturaleza de la Justicia, el otro se ve colmado con la visión de la Templanza, no una templanza cual la que se da entre los hombres cuando éstos la poseen: ésa en cierto modo emula a aquélla, mientras que aquélla, difundida en todos los inteligibles por toda la extensión (digámoslo así) de la Inteligencia, se deja ver la última por aquellos que previamente han visto con claridad otros muchos espectáculos: por los dioses, uno a uno y todos juntos, y por aquellas almas que ven allá todas las cosas y constan de todas ellas de manera que las contengan todas. También estas almas están allá de principio a fin: están con todo lo que de ellas es capaz de estar allá, y a menudo todo lo de ellas está allá, o sea, en tanto no están divididas.


Plotino

miércoles, 26 de enero de 2011

El fin de lo bueno




La felicidad es al alma lo que la salud al cuerpo; por tanto, el infeliz es un enfermo. Será crónico si no halla curación definitiva a su estado, y hereditario si de nadie más se contagia una vez ha nacido.

El hombre es homo infirmus. El pecado original hace que la razón y el deseo se disocien a medida que la primera se desarrolla. Así, en un niño predominan todavía las voliciones sobre las concepciones, por lo que la infelicidad es rara o circunstancial; en el adulto, en cambio, se da un estado de frustración permanente y es la felicidad la que deviene extraña.

Se debe esto a que, en lugar de adoptar fines externos (i.e., el trabajo) y de realizar nuestras potencias conforme a nuestra naturaleza, volvemos sobre nosotros y nos constituimos como fin, simulando que la potencia indeterminada pudiera ser causa final de sí misma. Reconocemos, sin embargo, que esto es falso. Por este motivo llamamos virtuoso a quien se olvida del interés pasajero para perseguir otro más estable y propio; y, semejantemente, tenemos por noble en grado sumo a quien llega a renunciar a las prerrogativas de su individualidad para la consecución de un ideal. Ahora bien, todas estas actitudes son acostumbradas en los animales y no les hacen violencia.

Hete aquí, entonces, la pregunta: ¿Por qué en los brutos toda actividad se dirige al exterior, según la naturaleza, mientras que en el hombre refracta hacia sí mismo y en sí mismo se detiene sin obtener fruto? Nadie anda hacia sí, y sin embargo solemos obrar hacia nosotros, esto es, según nuestras voliciones y al margen de la razón. ¿Cómo entender, pues, que seamos tanto más irracionales cuanto más racionales nos tornamos, ya sea respecto al animal, ya respecto al niño? ¿Acaso apelaremos al error? Con todo, es indudable que el hombre usa mal de su raciocinio no por defecto de atención, sino de intención.

El paganismo definió el vicio como un círculo en los mitos de Ixión, Sísifo y Tántalo: un incesante volver sobre sí para encontrar lo mismo que se había dejado. Adán y Eva, que procedían de la animalidad y cohabitaban con ella, cobran conciencia para descubrir que están desnudos y son animales. Vemos en el paraíso de unos el mismo miserable bucle que en el infierno de los otros.

De más está recurrir a revelaciones especiales: no hay ninguna gran verdad que haya escapado a la mayoría de los pueblos. Todos, excluyendo a los más embrutecidos, supieron de algún modo que la infinitud del mal no está en su grandeza, mas en su capciosa autorrecurrencia. La distinción que estipularon entre el espíritu y el alma del hombre obedece a la experiencia de la eterna disonancia entre el querer y el quererse, siendo este último signo de vanidad, que es amar lo que se muere.

¿Es el hombre el único ser que no obra espontáneamente para la eternidad? Aunque las bestias estén apegadas a lo terreno, lo están para siempre si desconocen que van a morir. Perecen, dado que no pueden elevarse a los principios por los que viven, pero son felices, ya que no hay paradoja ni tropiezo en su aplicación práctica. Por regla de semejanza, lo feliz se inmola en pro de la felicidad y lo sano por causa de la salud. El hombre sacrifica animales a los dioses por guardar aquéllos analogía con lo inmortal y lo puro, que sólo están muy imperfectamente en él. Quien compadece al animal ignora, presa de la melancolía, que es él quien debería ser compadecido, puesto que "no existe ser más desgraciado que el hombre entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra".

Sin coherencia no hay moral; ni música, sino ruido, sin armonía. Sin eternidad no hay coherencia, sino círculo; sin conocimiento no hay eternidad, sino engaño. Luego, será feliz quien sepa que es eterno, para la eternidad trabaje y persevere en tal disposición eternamente.

sábado, 15 de enero de 2011

Apostilla


La transición del paganismo al cristianismo, aun siendo traumática en la lenta agonía de los últimos siglos del Imperio, no conllevó una mudanza absoluta de las concepciones sobre la divinidad y la vida futura. Muchos paganos pudieron sentir que abrazando la fe cristiana purificaban sus anteriores creencias, emancipándolas del lastre pueril de la poesía y librándose ellos mismos, fieles, de la sujeción a las imágenes vulgares para abstraerlas hasta la dureza del concepto y reconducirlas de este modo a la sobriedad del nuevo culto, de misterios más amables, conversiones más íntimas y sacrificios incruentos.

Lo que sigue refiere a los emblemas de las lámparas funerarias romanas de la anterior entrada.

El mito de Prometeo cincelando a su criatura humana en el primer emblema guarda estrecha relación con el relato en el libro del Génesis de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, esto es, unido a Él por su vínculo con la razón y su conocimiento del bien moral. Es hecho así dominador de lo animal y, en menor medida, de la propia animalidad, que permanece en el cañamazo de su alma como doloroso estigma, del que los suplicios prometeicos en la roca del Cáucaso podrían ser reflejo. Al escapar el neonato de las manos de su Hacedor, a su diestra, se enfrenta con la muerte y con la eternidad, a su siniestra. Minerva, a la que asciende el homúnculo de Prometeo, representa la sabiduría en sí misma que se obtiene como galardón de la pureza; nace también puramente esta diosa de la testa de Júpiter, lo que recuerda a la concepción virginal de Cristo y a la generación eterna del Verbo en el dogma de la Trinidad.

En el segundo emblema la nereida se abraza al hipocampo, simbolizando la esperanza del alma de renacer en su elemento primigenio, el agua, según era opinión común, respaldada por la filosofía del de Mileto. Con agua es bautizado el cristiano; al agua es comparado Dios en los salmos, y a un ciervo sediento el alma. Orfeo canta que es Océano padre de los dioses inmortales y de los hombres mortales. Y Sócrates en el Fedón cree que acaso exista una armonía entre las almas que nacen y las que mueren, procediendo todas del mismo lugar y retornando a él. Así pensaba también Pitágoras.

Psique, el alma, es presentada en el tercer emblema con alas de mariposa, pues como la larva ha de mutar a una vida nueva, a la que espera mientras se pudre su primer cuerpo para dar lugar a un cuerpo etéreo o glorioso. Pero ahora decaen sus sentidos y se sume en la oscuridad. Abandona su existencia presente entre lamentos, llorando su suerte, según nos cuenta Homero que hizo la de Héctor muerto por Aquiles.

Júpiter, Óptimo Máximo, es en el cuarto emblema guardián de la Providencia y vínculo eterno de las edades.

Vesta, el quinto emblema, porta la tea con la que fertilizar el suelo nutricio, del que es ella misma alegoría. Todo ha de renovarse al morir, puesto que nada sucede en vano. Y están las palabras de Cristo: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

En fin, son todas las demás imágenes de la vanidad de la vida y mementos de la tutela de los dioses, estampadas en la efigie de la muerte. Sale el hombre del teatro del mundo como entró en él, desnudo, sepultando con su cuerpo su dicha y su infortunio.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Raíces paganas del ateísmo




La Creación del universo a partir de la nada no ha sido "la respuesta habitual" de "muchas culturas" al misterio de la existencia (como afirma el divulgador Sagan), sino una respuesta muy singular del monoteísmo judío. En todas las restantes cosmogonías no hay una creación ex nihilo, dándose, en cambio, a partir del caos preexistente y en base a una multiplicidad de fuerzas. Todos los cultos idólatras creyeron en la eternidad de los astros a los que adoraban, y fue tarea principalmente del cristianismo el presentar a los cuerpos celestes como esclavos de un Dios espiritual, todopoderoso e imperecedero, en lugar de como sus apéndices o familiares. En la mitología griega, la genealogía de Apolo y Diana -el Sol y la Luna- remonta a Urano -el Cielo- por ambas líneas, siendo éste un dios protogenos o inherente al mundo, y por ende increado, al que el mismo Tiempo -Crono- se subordina. También la filosofía griega, al menos desde Parménides, se opuso a la noción antiintuitiva de que algo pueda proceder de la nada y tener un ser distinto al del Ser general.

La eternidad del universo es, pues, una idea tan religiosa e inmemorial como la de su contingencia. La concepción según la cual los astros son criaturas y no dioses deja sin fundamento al paganismo, para el que la divinidad es la expresión perfecta del carácter primordial e ingénito de la naturaleza, opuesta a la humanidad, que aparece espontáneamente en un momento tardío de la historia del cosmos.

Así, cuando el ateísmo salta por encima de la hipótesis de un Dios creador y hace al universo causa primera de todos sus fenómenos, debe, como los antiguos griegos, apelar al caos, a lo indefinidamente abierto y privado de determinación, ya que no es inteligible situar la causa y el efecto en un mismo sujeto. Es decir, antes que por una religión racional, donde lo primero y lo segundo están esencialmente separados y unidos sólo por accidente (mediante un acto volitivo, el Fiat!), opta por otra irracional donde ambos conceptos se confunden y el orden procede del desorden, y la unidad de la pluralidad.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Gibbon y las hipótesis "ad hoc" en Historia




Es bastante divertido observar cuán disparmente el Señor Gibbon representa el estado del mundo pagano con respecto a la Cristiandad, cuando insinúa una disculpa de la persecución de los cristianos. "Podía esperarse", dice, "que se unirían indignados contra cualquier secta o pueblo que se separara de la comunión con la Humanidad y, reclamando el privilegio exclusivo del conocimiento de las cosas divinas, rechazara toda forma de adoración, excepto la suya, como impía e idólatra".

El Señor Gibbon, supongo, jamás se ha preguntado si fue natural para el mismo tipo de gente recibir una influencia tan absolutamente disímil de idéntica cosa. Pero, por desgracia, su propósito requería que, para dar cuenta de la favorable recepción del cristianismo en base a un número insuficiente de pruebas, algunos de aquellos paganos estuvieran embargados de "una apremiante necesidad de creer" toda nueva religión que se les propusiera, especialmente una que prometiese cosas tan grandes y gloriosas como hizo la cristiana; mientras que, por el contrario, para dar cuenta de la recepción hostil en extremo con la que los predicadores del cristianismo se encontraron (que no puede negar), el resto de aquellos paganos debía estar embargado de una propensión a odiar y detestar a quienes tanto mentían.


Joseph Priestley

sábado, 26 de diciembre de 2009

Nada nuevo sobre el Sol




Es moneda común entre la carcomida intelectualidad atea el contemplar a Dios como una tiniebla de ignorancia a la que se hace retroceder con la luz de la razón, y en particular de la razón científica. Los inapelables hechos y la meticulosa observación disiparían, pues, los goyescos monstruos que la imaginación se forja a lo largo de las generaciones, siendo Dios la suma o prosopopeya de todos ellos. Serán, pues, los ciclópeos esfuerzos científicos los que con su poderío expulsen inexorablemente al ídolo entronizado y liberen al hombre de las oxidadas cadenas de su fantasía.

Si los ateos tuvieran en sus filas a un filósofo acuñador de mitos, sin duda habría plasmado ya un bello relato de esta Atenea sin rostro, laica por supuesto, en que a gusto suyo se ha convertido la ciencia contemporánea. Asumen que están estrechando el cerco a Dios en la que creen su morada. Y sin embargo, ¿cuántos de ellos desconocen que Dios está fuera de la naturaleza según la teología cristiana?

San Agustín sitúa a Dios en un "no lugar" desde el que opera la creación ex nihilo. Para este Padre la interacción de Dios con el mundo no sólo es inconveniente: también es impensable. Dios, que es solo espíritu, no moldea la materia con sus manos, generándola en cambio de la nada con la sola referencia de la idea pura. Dios, que es infinitamente previsor, tampoco innova en las causas segundas ni les da un nuevo influjo, en la medida en que sus rationes seminales o substancias esparcidas por el mundo contienen ya todo el ser futuro (cfr. Monadología).

En el pensamiento escatológico medieval, popularizado por Dante, son en consecuencia los ángeles y no Dios quienes mueven las esferas de los cielos por estratos, según su jerarquía, hasta llegar a la esfera de esferas. El motivo de la inclusión subrepticia de agentes sobrenaturales en el mundo de lo observable fue, con todo, apologético y no científico. Puesto que Aristóteles definía la vida como automovimiento y los cuerpos celestes, eternos y perfectos, parecían moverse por sí mismos, se temió que ello fuera excusa para librarlos de la jurisdicción de Dios y dar aliento al paganismo que los divinizaba como potencias naturales. Por ello se los redujo a objetos del entendimiento y a meros esclavos de la Providencia representada por el cosmos. No los movían, pues, los ángeles según las leyes de la física ni en sustitución de éstas, ya que el mundo supralunar aristotélico es inmutable e inengendrado, resultando su regularidad aprehensible por el cálculo.

Luego, si ni siquiera las criaturas angélicas interferían en el orden regular de los fenómenos, salvo por vía de milagro, todavía menos Dios. Hay que esperar a Newton y a su equivocada cosmología, que Leibniz impugnó por su novedosa extravagancia, para encontrar algo semejante sostenido con cierta respetabilidad académica.

No es la ciencia la que destierra a Dios, sino Dios el que, desencantando el mundo, le allana el camino a aquélla. Es la teología y no la ciencia la que consolida el deísmo racionalista de Spinoza:


Ninguna definición implica ni expresa una multitud ni un número determinado de individuos; en la medida en que no implica ni expresa nada más que la naturaleza de la cosa tal como es en sí. Por ejemplo, la Definición del triángulo no incluye nada más que la naturaleza simple de éste; pero no un cierto número de triángulos: de esta manera, la definición de la Mente como cosa pensante o la de Dios como Ente perfecto, no incluye más que la Naturaleza de la Mente y de Dios, y no un cierto número de mentes o de Dioses.

La mente, lo pensante y lo uno son voces recurrentes en la tradición neoplatónica, la cual articuló en Jámblico y Proclo las generaciones de númenes que Spinoza, valiéndose de la misma, rechaza por su inconsistencia. Aunque es dudoso que los primeros sabios entre los antiguos creyeran en los dioses a los que dieron forma en sus relatos poéticos. Así, escribe Cardano:

Además, ¿qué crees que pensaban Homero y Virgilio cuando representaron por todas partes aquellos dioses envueltos en riñas y peleas ―los primeros, ciertamente, a favor de los griegos o de los troyanos; los segundos a favor de Turno y Eneas―, sino que unas estrellas favorecían a una parte, mientras que otras a la otra? De ahí todos esos encuentros y concilios de los dioses. Pues resulta completamente absurdo creer que los dioses hicieran estas cosas como si fuesen hombres; y más absurdo aún creer que cuando ellos escribieron esto no pretendían ocultar bajo tantas palabras ningún sentido en absoluto, sino que aquellos ilustres poetas construyeron una fábula por cierta vana aplicación, al igual que la quimera, cuyos distintos miembros no sirven para nada. Por lo tanto, cuando dijeron que Venus favorecía a Eneas porque era el más bello; cuando Juno (es decir, la fortuna) y la Luna, a Turno; cuando Apolo o el Sol, a Héctor porque era esforzado y justo, bajo la envoltura de la fábula, no quisieron dar a entender otra cosa más que el genio o el astro que domina sobre cada uno en su nacimiento. Pero el genio de los héroes lo buscaban a partir de la virtud y la naturaleza de los planetas que les eran semejantes.

Es decir, ni tan sólo podemos remontar con seguridad la superstición de las causas mágicas a los tiempos de la barbarie, pues los mismos dioses venerados por la plebe bien pudieron ser -como Cardano aventura líneas más adelante- reyes astrónomos cuya memoria fue extraordinariamente honrada, al haber descubierto los planetas a los que dieron nombre. Gracias a ello no sería incompatible su postulación alegórica con el dogma de fe del monoteísmo trascendente. Y, siendo falsa la astrología judiciaria, no está forzosamente vinculada a la religiosidad idólatra, que multiplica las causas sin necesidad. El propio Moisés funda la semana del Señor en los siete días, correspondientes a los siete astros conocidos: Apolo-Sol, Júpiter, Saturno, Marte, Mercurio, Venus y Diana-Luna.

Leibniz va más allá y extiende la noción de un principio ordenador al Extremo Oriente:

Al adscribir al Li las mayores perfecciones, le adscriben algo más excelso que todo esto, y de lo cual la vida, el conocimiento y el poder de las criaturas son sólo sombras o débiles imitaciones. Es en cierto modo como aquellos místicos -entre otros Dionisio el Pseudo-Areopagita- que negaron que Dios pudiera ser un ser o un ente, pero dijeron al mismo tiempo que podía ser mayor que el ser, esto es, super-ente o hiperousía. Por tanto, entiendo que los chinos sostienen, según el Padre Sainte-Marie, que el Li es la ley que gobierna y la inteligencia que guía las cosas; que no es, no obstante, inteligente en sí mismo, mas a través de la fuerza natural sus operaciones devienen tan bien reguladas y ciertas que podría decirse que lo es.

(...)

Así, uno puede hallar satisfacción incluso en los modernos intérpretes chinos, y elogiarlos, ya que reducen el gobierno del Cielo y y otras cosas a causas naturales, distanciándose de la ignorancia del vulgo, que busca milagros sobrenaturales -o más bien supracorporales- así como busca espíritus como aquellos propios de un "Deus ex machina".

En fin, la reciente modernidad no ha querido librarse de la supuesta intrusión de Dios en un ámbito que no le correspondía, el de lo fenoménico, sino de hipótesis teológicas que estorbaban a la concepción materialista del mundo. Es en d’Holbach donde mejor se aprecia el falseamiento de la filosofía anterior, pues vemos que toma de Spinoza la unidad e infinitud de la substancia, que no conoce el azar, pero sólo en su dimensión extensa, olvidando la cognoscitiva. Al mismo tiempo, toma de Leibniz la fuerza de la materia, obviando el principio de razón suficiente y convirtiéndola en tendencia sin dirección ni origen, algo contradictorio a todas luces. Y así llega a las siguientes conclusiones dogmáticas:

Los hombres se equivocarán siempre, cuando abandonen la experiencia en favor de sistemas originados en la imaginación. El hombre es obra de la Naturaleza: existe en ella, está sometido a sus leyes y no puede liberarse o salir de ella ni siquiera por el pensamiento. En vano su espíritu quiere lanzarse más allá de las fronteras del mundo visible; siempre se verá obligado a regresar. Para un ser formado por la Naturaleza y circunscrito a ella, no existe nada más allá del gran todo del que forma parte y a cuyas influencias está sujeto. Los seres que se suponen más allá de la Naturaleza o distintos de ella serán siempre quimeras de las cuales no nos será jamás posible formarnos ideas verdaderas, ni del lugar que ocupan, ni de su manera de actuar. No hay ni puede haber nada fuera del recinto que contiene todos los seres.

Al cabo, el verdadero propósito de la Ilustración hoy reivindicada no fue comprender la realidad (que en Kant es ya un ignotum o cosa en sí), sino dominarla.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Reflexiones sobre la decadencia




"Más Estados han perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes", escribió Montesquieu. La Alemania nazi es el ejemplo más a mano, que si bien no pereció como Estado anduvo cerca de ello. La URSS es otro, por no salir del siglo XX. Cualquier país que permita la independencia de parte de su territorio es un país débil y degenerado. E converso, todos los que aceptan anexionarse voluntariamente a una nación mayor suelen ser también países que han perdido su papel en la Historia. Quisiera equivocarme, pero España va por un camino similar, esto es, el de convertirse en una mísera provincia de Europa, o en un lugar de paso entre ésta y África.

No creo que la democracia sea reformable más de lo que ya la ha reformado el constitucionalismo moderno. La democracia directa me parece por lo demás una distopía y algo que muy pocos desean. Hay que aceptar que no todas las épocas ni todos los entornos son propicios al rendimiento óptimo de regímenes democráticos, como mencioné de pasada en otro escrito. Y, en concreto, hay que rechazar la idea de un progreso político unidireccional y acumulativo con puntos de no retorno. En la Historia nada se repite, pero todo es reversible, y en ocasiones lo es para mejor, pues rectificar es de sabios. No se conseguirá salir del atolladero sin una mayor importancia de la religión, que debe recuperar el protagonismo perdido. La Iglesia, por su poder e influencia, fue la artífice principal de que una sociedad en ruinas tras la caída del Imperio sobreviviera a las invasiones, consolidara una razonable libertad burguesa, anduviese a la cabeza del progreso científico y alcanzara una unidad espiritual que no se encuentra en Asia ni en ningún otro lugar del mundo fuera de las fronteras de un determinado país. Sólo la autoridad superior, y por decirlo así, genética de los antepasados puede reconducir el tiempo presente, aprisionado entre la Escila de la teocracia y la Caribdis de la anarquía. Los logros de Europa son en buena parte los de la Iglesia, y viceversa. La Cristiandad o Europa, decía Novalis. Fueron sinónimos durante mucho tiempo, marca indeleble de nuestra excepcionalidad.

Si logramos abandonar la absurda idea de que aquello que no pase por "la decisión del pueblo" es tiránico (con mayor motivo si tal "decisión" no existe en realidad), tendremos la cura de humildad necesaria para una regeneración moral. De lo contrario nosotros mismos nos daremos muerte. Al cabo, son muchas falsas concepciones históricas las que habrá que desterrar de nuestra mitología política para salir del paso. La primera es que heredamos el concepto de democracia del paganismo y de la cultura grecolatina, sin más, en lugar de ser una reliquia histórica de un periodo de la historia de Atenas -una democracia esclavista, para mayores señas. Esta especie de arquetipo colectivo oculta que nada hay en el paganismo que conduzca a una ideología igualitaria, como demuestra abrumadoramente la historia de las culturas paganas. Ni siquiera en Occidente. El entrañable Homero era un elitista extremo, amén de misógino.

Porque si bien una cierta igualdad natural entre los miembros del género humano es indudable (nadie es tan fuerte como para someter a todos, ni nadie renuncia a su interés más que por la fuerza o por un interés mayor), ésta desaparece en el momento mismo en que se constituye la sociedad de los iguales. Escribe Spinoza:


Pues aunque cada uno de ellos considere justo tener el mismo derecho sobre el otro que el que éste se arroga sobre él, no obstante cree injusto que los forasteros que transitan por su país deban tener el mismo derecho a su gobierno que aquellos que lo han procurado con su trabajo, conquistándolo y manteniéndolo al precio de su sangre.


El censo, pues, no es democrático. No es el pueblo quien decide qué sea pueblo, sino el poder soberano, mediante la regulación de las formas de adquirir la nacionalidad. Bastante tendrá el foráneo con que no se le moleste y se le conceda la libertad de abandonar el país. En él vemos sólo la igualdad remota del hombre, no la del ciudadano que comparte con nosotros intereses comunes de manera permanente.

La igualdad del género humano es el meollo de la revelación cristiana y uno de los exponentes de su triunfo. La libertad de conciencia se alcanzó también entre cristianos, siendo una reivindicación sostenida por buena parte de humanistas tras la Reforma. Voltaire era un caricato anticlerical que vivió de rentas, como todo su siglo. Los hitos principales ya estaban marcados cuando él empezó a escribir: Suárez, Grocio, Locke, Pufendorf, entre otros. Ninguno de ellos fue demócrata, y todos fueron cristianos. Por centrarnos sólo en lo estrictamente jurídico, debemos a la civilización cristiana la pervivencia del Derecho romano, compilado por el emperador Justiniano, así como su estudio y difusión durante el Renacimiento. Sin él Occidente no sería lo que es. También se le debe la doctrina iusnaturalista, enormemente desarrollada durante la Ilustración.

¿Qué nos han legado sus enemigos, apóstoles del resentimiento y agentes del odio? La lucha de clases, la discriminación positiva, los sistemas piramidales. Los vicios principales del Antiguo Régimen, si observamos sólo su última fase en Europa central (lo cual ya es un sesgo considerable), fueron la dispersión normativa, el desconocimiento del Derecho por los magistrados, la arbitrariedad procesal, el deficiente aprovechamiento de las tierras y los excesivos gravámenes del sistema tributario. Pero los revolucionarios franceses -de quienes los comunistas son continuadores ideológicos- aprovecharon la coyuntura de crisis para cuestionar la legitimidad misma del poder soberano y extender su demagogia igualitarista.

¿Qué les debemos? La única libertad que instauraron, y que era hasta la fecha inaudita, fue la libertad de prensa, pero sólo en la medida en que fue un elemento indispensable de agitación para fines sediciosos y no fueron capaces de ahogarla después. Por otro lado, sus primeras y más importantes acciones para asegurar la libertad religiosa en un país eminentemente católico consistieron en perseguir sacerdotes y castigar o ridiculizar la devoción. La libertad que alzaron por bandera era sólo otro nombre para la ley del más fuerte, y la Iglesia hizo muy bien en atacarla.

Procuremos no ser epílogos de un error.

martes, 8 de diciembre de 2009

¿Qué es el derecho natural?




Los derechos naturales constituyen ficciones, pero no más que las leyes, en tanto que intangibles y mediatizadas siempre por la cultura y el lenguaje. El pensamiento democrático, disolvente, sostiene que todo lo invocado como superior es, al cabo, humano, y todo lo humano pende de la contingencia de la voluntad. Cree humanizarse el derecho natural situándolo en su contexto histórico, al tiempo que se desea naturalizar cierto derecho positivo -el de decidir y autodeterminarse- como si fuera previo al hombre o innato. A esto se objeta lo siguiente:

1) Lo natural y lo humano no se oponen. Los derechos son naturales precisamente porque son humanos, esto es, racionales. Si fueran irracionales, no servirían para canalizar los actos de los hombres, orientados a un fin según una regla de proporción por la que se establecen los medios. Serían, por consiguiente, contra natura -al tomar por base algo inútil, incomprensible o indemostrable, un ente fuera del orden de las cosas, un presupuesto ajeno al continuo materia-lenguaje- y dividirían a la sociedad en facciones en lugar de promover su cooperación.

2) El derecho parte invariablemente de una instancia legitimadora superior al hombre. Si los hombres necesitan las leyes es porque desconfían de su palabra, de sus mañas y de su torcido obrar. Los sacrificios son más antiguos que las leyes (De Maistre), pues el hombre se sabe culpable desde que adquiere conciencia. Si la justicia fuera creación suya, entonces también la culpabilidad, que aquélla viene a corregir. Pero él conoce que no es así: nadie le ha enseñado a ser malo. Luego ¿por qué debería lo bueno depender de maestros, de sofistas de las apariencias? ¿No es también lo bueno universal, intemporal?

En definitiva, el derecho natural tiene dos niveles: En primer lugar, el puramente racional, por el que excluye la opinión. En segundo lugar, el ontológico, por el que se descarta su origen mundano. Las leyes son revelaciones cuando quieren abolir la costumbre no menos que cuando desean fundamentarla.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El paganismo como un monoteísmo corrupto




Los enemigos del nombre de Cristo creyeron que buena parte del arsenal con el que abastecían sus argumentos contra la religión consistía en la antigüedad de sus dioses y en la muy reciente aparición de la Cristiandad, por lo que emplearon tal argumento con insolencia. Escritores de extraordinaria piedad e instrucción surgieron a su vez, los cuales no sólo utilizaron los comentarios de los griegos para aseverar la antigüedad de la Ley de Moisés, sino que también mostraron que los más añosos dioses de los paganos provenían de un tiempo posterior a Moisés. Tan lejos llevaron el asunto que forzaron a los enemigos de la Cristiandad a confesar una de estas dos cosas: o bien que Moisés fue más viejo que cualquiera de los dioses paganos, o bien que las pruebas empleadas por los griegos eran falsas. Así, sajaron los gaznates de los paganos con su propia espada. En esta materia fue espléndido el trabajo de Justino Mártir, Taciano, Clemente de Alejandría, Atenágoras, Teófilo y otros cuyos escritos nos han llegado. Todos ellos mostraron, mediante el gramático Apión y otros, que Moisés fue contemporáneo de Ínaco, con lo que -por usar las palabras de Tertuliano- el solo archivo de Moisés, que contiene entero el tesoro del sacramento judío, y desde luego también el cristiano, vence a los dioses de los paganos, sus templos y oráculos, y sus ritos, por siglos. Incluso el impío Porfirio dice que Semiramis es posterior a Moisés. Otros dijeron que fue 493 años anterior a Dánao. Pero Dánao fue posterior en algunos siglos a Ínaco, cuyo contemporáneo fue Moisés. Puesto que la antigüedad mayor obtiene su autoridad de las pruebas, y las pruebas no las surtieron los cristianos sino los paganos, al no tener éstos nada con que oponerse a ellas, de ello pareció resultar que se verían obligados a confesar con franqueza, o que el silencio pondría fin a su contumacia. Los esfuerzos de los cristianos triunfaron sin duda, tanto que también en este punto Porfirio admitió la derrota. Pero a Eusebio no le pareció apropiado que los paganos fueran derrotados por sus propias pruebas, salvo que también sucumbieran a las nuestras. Nuestros argumentos -esto es, los de nuestras Escrituras-, una vez computados con diligencia, indican una gran antigüedad en Moisés, mayor que la del más vetusto de los dioses paganos, mas todavía no tanta como para hacer de él un contemporáneo de Ínaco. Así, Eusebio fue el primero en tratar de mostrar que el Éxodo de los judíos sucede más de 340 años más tarde del comienzo de Ínaco. Ésta fue la sola razón, o la principal, por la que Eusebio se dispuso a componer dicha obra. Respecto a aquellos que escribieron sobre este particular antes que él, satisfechos con probar la edad de Moisés con los testimonios propios de los paganos, y por ende con tapar la boca a los contumaces entre ellos, se contentaron con detenerse aquí. Eusebio no quedó satisfecho hasta que pudo apoyar su cronología con el mismo cómputo de Moisés, si bien la propia cronología mosaica hacía a aquél posterior al tiempo de Ínaco. Por consiguiente, Eusebio creyó que ésta era la primera enmienda que debía hacerse en cronología.


San Jerónimo

lunes, 30 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano -y III




¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas; y os los voy a referir para que, sabedores de ellos, o muramos o nos salvemos, librándonos de la muerte y de la Moira. Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran. Manifestóme que tan solo yo debo oírlas; pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil -para que me esté allí sin moverme-, y las sogas láguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con mas lazos todavía.

(...)

Hicimos andar la nave muy rápidamente. Y, al hallarnos tan cerca de la orilla que allá pudieran llegar nuestras voces, no se les encubrió a las sirenas que la ligera embarcación navegaba a poca distancia y empezaron un sonoro canto:

¡Ea, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes; pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con ganas de oírlas, y moví las cejas, mandando a los compañeros que me desatasen; pero todos se inclinaron y se pusieron a remar. Y, levantándose al punto Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos lazos, que me sujetaban más reciamente. Cuando dejamos atrás las sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que había yo tapado sus oídos y me soltaron las ligaduras.


Homero

***




Pero el demonio, que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están "en los músculos de su vientre" (Job 40,16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos inmundos, pero él los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Js 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.


Vida de San Antonio Abad

El paganismo cristiano-II




Pintan a Hércules desnudo o vestido una sola piel, con una maza en la mano derecha y tres manzanas de oro en la izquierda.

Fue tenido por la excelencia de sus virtudes en vida como héroe, y después de muerto, como dios, y en tanta veneración, que juraban por él para ser creídos, diciendo: "Hercle, Hercules." "Me Hercule. Me Hercules." Que son adverbios de jurar, que quiere decir: Por Hércules, que es verdad.

Decir que Iúpiter para engendrar a Hércules tomó forma de Amphitrión es porque el hombre es para engendrar como instrumento; empero la voluntad divina, entendida por Iúpiter, y la fuerza de las estrellas, como causa segunda, son como instrumento para procrear varones claros.

Ser Hércules hijo de Iúpiter y de Alcmena no es otra cosa sino la bondad y fortaleza y excelencia de las fuerzas del ánima y del cuerpo, que alanza y desbarata la batalla de todos los vicios del ánima, como se da a entender por sus nombres, porque primero fue llamado Alcides, de alce en griego, que significa fuerza; luego Hércules, que quiere decir fortaleza y prudencia, y la razón que está en el hombre, y constancia, sin la divina bondad, y sin buen subjeto de ánimo no acontece.

Algunos dicen que la fortaleza de Hércules fue del ánimo y no del cuerpo, con la cual venció todos aquellos apetitos desordenados, los cuales siendo rebeldes a la razón, como ferocísimos monstruos turban al hombre de contino, y le molestan y fatigan. Escribe a este propósito Suidas que por demostrar los antiguos que Hércules fue grande amador de la virtud le pusieron vestido de una piel de león; y por significar la grandeza y generosidad del ánimo, la maza en la mano derecha, que denota el deseo de la prudencia y del saber, por lo cual fingieron la fábula que amansó el fiero dragón y sacó las tres pomas de oro que guardaba, porque sobrepujó el apetito sensual, en lo cual libró las tres potencias del ánima, ornándolas de virtud y de justas y honestas obras. O las tres manzanas son la virtud y la fama en esta vida y la inmortalidad de la gloria en la otra, o denotan tres virtudes que Hércules tuvo. La primera, nunca enojarse; la segunda, no ser avaro; la tercera, ser enemigo de regalos. Éstas son las tres manzanas excelentes de oro finísimo de inestimable valor y admirable hermosura; mas hay un dragón que trabaja por no dejar a ninguno cogerlas, y ésta es la tentación de la engañosa blandura y pestífera vanidad con que el demonio trabaja de engañarnos para impedirnos el llegar a estas tres cosas, significadas por las tres manzanas de oro; píntanle desnudo, para denotar su virtud, porque la virtud la pintan desnuda, sin ningún cuidado de riquezas.

Macrobio quiere entender que Hércules sea el Sol y que las doce hazañas más celebradas suyas sean los doce signos del Zodíaco, sobrepujados del Sol, pasando por ellos en un año. Otros quisieron que por Hércules se entienda el tiempo, el cual vence y doma y consume todas las cosas. Coronábanlo con ramos de olmo blanco, y a esta corona la llamaban los poetas Hercúlea Fronde, y denotaban por las dos colores que tienen las hojas deste árbol dos partes del tiempo: el uno, blanco, que denota el día; y el otro obscuro, que denota la noche. Y fingen ser la causa destas dos colores destas dos hojas, que cuando Hércules descendió al infierno a sacar el Cancerbero se rodeó la cabeza con hojas deste árbol, y que por la parte que les daba el humo infernal en las hojas quedaron pardas o escuras, y la parte que tocaba a la cabeza de Hércules quedaron blancas. El descender Hércules al infierno denota el poner del Sol. El perseguir Iuno a Hércules denota que en naturaleza todo es contrariedad, o que los buenos siempre son atribulados y perseguidos.

(...)

Andando Hércules por diversas partes del mundo, vino a tierra de Libia, donde moraba Antheo, hijo de la Tierra, nacido sin padre; era gran luchador, que con cuantos probaba sus fuerzas derribaba; y tenía tal propiedad que si caía alguna vez o se dejaba de industria caer en la tierra se levantaba con dos tanta fuerza, y así al fin no podía quedar vencido; y a los que vencía, tomaba él, como era Gigante, y bajaba los grandes árboles, y poníalos allí, y luego dejaba el árbol, y lanzábalos muy lejos. Con éste quiso Hércules probarse; y venidos a la lucha, como Hércules fuese más valiente, derribábalo en tierra, y el Antheo luego más fuerte que primero se levantaba, porque la Tierra su madre le daba nuevas y dobladas fuerzas, lo cual tantas veces hizo que ya Hércules enflaquecía, y sintió que no podía mucho sufrirlo, y advirtiendo el engaño de Antheo, en que fuerzas de la tierra recobraba, levantólo en alto de tierra y tanto así en el aire lo apretó con los brazos que lo mató; y éste fue el vencimiento de la lucha y uno de los trabajos o hazañas de Hércules.

(...)

Hércules significa el varón virtuoso que desea vencer el deseo de su carne, con quien tiene gran combate y lucha de ordinario. La cobdicia o deseo carnal se dice ser hija de la tierra, entendida por Antheo, porque esta cobdicia no nace del espíritu, sino de la carne, como dice el Apóstol, y cuando el varón virtuoso, que es Hércules, pelea con el deseo carnal, véncelo algunas veces, mas como Antheo, cayendo en tierra, recobraba fuerzas, así la carnal cobdicia ya mortificada o pacificada, una vez se suele levantar más recia con la ocasión; y así para que Hércules venza a Antheo es necesario apartarle de su tierra. Quiere decir, apartar ocasiones y conversaciones, y viandas cálidas, y del vino, y camas regaladas, y otras muchas cosas que incitan a lujuria.


Juan Pérez de Moya

domingo, 29 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano-I




Hay que compartir, pues, los bienes con todos los hombres, pero con los buenos de forma más liberal, y con los faltos de recursos y los pobres lo que baste para su necesidad; yo afirmaría incluso, aunque diga una paradoja, que sería santo hacer partícipes de vestidos y alimentos también a los enemigos, porque damos al ser humano y no a un carácter determinado.

(...)

El que quiere sacrificar a Zeus hospitalario, ¿cómo va a su templo, con qué conciencia, si se olvida de que

"en efecto, de Zeus son todos los mendigos y extranjeros, ración pequeña, pero querida" (Od. XIV, 57)?

¿Cómo el que venera al Zeus de la Camaradería, viendo a sus vecinos necesitados de dinero y sin hacerles partícipes siquiera de una dracma, cree que venera rectamente a Zeus?

(...)

Porque todo hombre es para el hombre, quiera o no quiera, un familiar, ya sea, como dicen algunos, porque todos venimos de un solo hombre y una sola mujer, ya sea que de cualquier otra forma nos hayan colocado los dioses a un tiempo junto con el mundo desde el origen, no a un solo hombre y a una sola mujer, sino a muchos hombres y mujeres a un tiempo. (...)

(...)

Partiendo cada uno de nosotros de tales costumbres y disposiciones, la piedad hacia los dioses, la bondad hacia los hombres, la pureza del cuerpo, cúmplanse los actos de piedad intentando siempre pensar piadosamente acerca de los dioses y mirando sus templos e imágenes con cierta consideración y santidad, venerándolos como si viese a los dioses presentes.

(...)

Conviene adorar no sólo las imágenes de los dioses, sino también sus templos, recintos y altares. Es lógico también honrar a los sacerdotes, como ministros y servidores de los dioses, que cumplen para nosotros los oficios de los dioses ayudando a la dosis de bienes que los dioses nos otorgan, pues sacrifican y suplican en nombre de todos. Es justo, pues, retribuir a todos ellos honores no menores, si es que no mayores, que los magistrados civiles.

(...)

Debemos comenzar por la piedad hacia los dioses. Así, conviene que oficiemos a los dioses en la idea de que están presentes y nos ven sin ser vistos por nosotros y de que extienden su vista, más poderosa que cualquier resplandor, hasta nuestros más ocultos pensamientos.

(...)

En todo caso, ¿no levantará también nuestras almas de las tinieblas y del Tártaro si nos acercamos a él con piedad? Porque también conoce a los que están encerrados en el Tártaro, pues ni siquiera eso cae fuera del poder de los dioses, y promete a los piadosos el Olimpo en lugar del Tártaro. Por ello, es preciso atenerse sobre todo a las obras de la piedad, acercándonos a los dioses con veneración, sin decir ni oír nada vergonzoso.

Es preciso que los sacerdotes estén limpios no sólo de obras impuras y de impúdicas acciones, sino también de decir o escuchar palabras semejantes. Debemos rechazar en consecuencia todas las bromas pesadas, toda conversación impúdica. Y para que puedas saber lo que quiero decir, que cualquier persona dedicada al sacerdocio no lea ni a Arquíloco, ni a Hiponacte, ni a ningún otro de los escritores semejantes. Declínese también todo aquello de la antigua comedia, que es del mismo género, y mejor, toda ella. La filosofía es lo único que puede convenirnos (...), los que ponen al frente de su educación a los dioses como guías, como Pitágoras, Platón, Aristóteles y los de la escuela de Crisipo y Zenón. No hay que prestar atención ni a todos ni a las doctrinas de todos, sino sólo a aquéllos y a aquellas doctrinas creadoras de piedad y que sobre los dioses enseñan, en primer lugar, que existen y, después, que atienden con su providencia los asuntos de aquí (...).

Nos convendría leer obras de historia, cuantas fueron escritas sobre hechos reales, pero aquellas que son ficciones narradas en forma de historia por los antiguos debemos rechazarlas, como las de temática erótica y, en una palabra, todas las semejantes. Pues de la misma manera que no todo camino se adapta a los consagrados al sacerdocio, sino que también hay que clasificarlos, así tampoco cualquier lectura conviene al consagrado al sacerdocio, porque los discursos producen en el alma una cierta disposición y poco a poco despiertan las pasiones y luego, de repente, encienden una llama terrible de la que pienso que es necesario mantenerse a distancia. No se permita la entrada ni a los tratados de Epicuro ni a los de Pirrón, aunque ya los dioses, obrando rectamente, los han destruido hasta el punto de que faltan la mayoría de sus libros (...).

Hay que aprender de memoria los himnos de los dioses: hay muchos bellamente compuestos por los antiguos y por los modernos, pero al menos hay que intentar saber los que se cantan en los templos, pues la mayoría fueron dados por los propios dioses al recibir nuestras súplicas, mientras que unos pocos fueron compuestos también por los hombres, imaginados en honor de los dioses por un espíritu inspirado por la divinidad y un alma inaccesible al mal.

Esto es lo que debe hacerse, y hay que orar a menudo a los dioses en privado y en público, mejor tres veces al día, pero si no, en todo caso, por la mañana y por la tarde, pues no es lógico que el sacerdote pase el día o la noche sin sacrificar.

(...)

Creo que es necesario que el sacerdote... permanezca todos esos días [de purificación] filosofando en los templos, y que ni vaya a su casa, ni al ágora, ni vea a un magistrado excepto en los templos, que se ocupe del servicio a la divinidad supervisando y ordenando personalmente todo y, cuando se hayan cumplido los días, ceda luego a otro el servicio. (...)

(...)

Que ninguno de los sacerdotes, de ninguna manera, asista a esos espectáculos indecentes ni los introduzca en su propia casa: no es en absoluto inconveniente. Si hubiera sido capaz de desterrar absolutamente de los teatros esos espectáculos, de forma que se le devolviesen a Dionisio purificados, lo hubiera intentado con todas mis fuerzas, pero creo que esto no es hoy posible y, por otra parte, aunque pareciese posible, no sería conveniente, por lo que me aparté totalmente de esta ambición; pero los sacerdotes deben apartarse y dejar al pueblo la indecencia de los teatros. Ningún sacerdote, pues, penetre en un teatro ni se haga amigo de un hombre de teatro, ni de un conductor de carros, y que ni un bailarín ni un actor de mimos se acerque a su puerta. Sólo les permito que quien quiera asista a los juegos sagrados, cuya participación está prohibida a las mujeres no sólo en la competición, sino también en el espectáculo. (...)


Juliano el Apóstata

jueves, 26 de noviembre de 2009

Felix mutatio




El cristianismo fue la vanguardia monoteísta que reformó el paganismo, despojándolo de su corrupta exterioridad poética y de su vinculación al poder político. No supuso una total desnaturalización del sustrato grecolatino, sino su purificación de toda suerte de supersticiones y su emancipación de la tiranía sacerdotal. Concebida la Iglesia como pueblo elegido, en vez de como casta de religiosos, destruye el poder omnímodo de éstos. El misterio impenetrable de los arúspices se objetiva en el texto inteligible, la revelación cerrada. En contrapartida, una tal liberación genera disensiones, proliferando como nunca hasta aquel momento los herejes, esto es, los que se apartan de la comunidad por su particular comprensión de lo revelado. Ahora bien, quienes contemplan la persecución de la herejía como una facultad despótica desconocida por aquel pueblo ignoran que sólo puede emerger lo herético donde existe la posibilidad de cuestionamiento de la tradición. Al carecer la Antigüedad clásica de ortodoxia, no había apenas límites a la fe y los supuestos de impiedad eran escasos y tasados. Pero tampoco se daba una auténtica elección en consciencia. Del mismo modo en que los esclavos no se someten a la ley, que rige para los hombres libres, sino que son dichos hombres quienes los someten a ellos según su voluntad, estaban a salvo los paganos de censura por su conducta religiosa, pero debían obediencia ciega a innúmeros maestros de la religión. Los cuales, a su vez, prescindían de la razón y daban rienda suelta a crueles arbitrariedades, al haberse divorciado el logos de los mitos y supercherías en que creía la plebe.

No hay, fuera de esto, fuera de la libertad, novedad esencial en el cristianismo ni término fundamental de esta creencia que los paganos no conocieran y aceptaran ya de un modo u otro.

1. La noción de Dios todopoderoso está en Homero. Zeus en la Ilíada sostiene la cadena áurea que atraviesa el universo:


Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis. Mas si yo me resolviese a tirar de aquella, os levantaría con la tierra y el mar; ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo y todo quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los hombres.


2. Existen, además, conexiones entre el mito hesiódico de Perséfone y el relato de Adán y Eva: la caída en lo femenino, la subordinación de la fuerza a la materia, la maldición de la tierra y el advenimiento de la muerte. Lo que prueba que al menos aquél proviene de una tradición muy anterior.

3. Por otro lado, filósofos de todas las épocas, sin contarse entre los escépticos, rechazan el craso antropomorfismo teológico y se burlan de las creencias populares: Jenófanes, Heráclito, Parménides, Sócrates, Epicuro y Evémero.

4. La doctrina platónica, continuadora de la pitagórica, introduce la consideración ontológica de la verdad (como ser y no sólo como saber), la creación racional del mundo, la inmortalidad del alma, la superioridad de la virtud respecto al placer, la encarnación del espíritu (el descenso de las almas a los cuerpos en el Fedro) e incluso vestigios de la Trinidad y el pecado original. La relación entre Dios y sus criaturas es, como en el Génesis, de semejanza relativa, según leemos en el Timeo:

Digamos ahora por qué causa el Hacedor hizo el devenir y este universo. Es bueno y el bueno nunca anida ninguna mezquindad acerca de nada. Al carecer de ésta, quería que todo llegara a ser lo más semejante posible a él mismo.


5. La resurrección de los muertos figura en los mitos de Esculapio, Alceste y Orfeo, por lo que no es cierto que los griegos la tuvieran por imposible, como alguien ha querido deducir del discurso de Pablo en el Areópago.

6. El infierno aparece vivamente retratado en la Eneida de Virgilio, no sólo como un Hades sombrío, última morada del olvido y la disolución, sino como un lugar de males eternos:

En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma. Vense en el fondo del zaguán la mortífera Guerra, los férreos Tálamos de las Euménides y la insensata Discordia, ceñida de sangrientas ínfulas la serpentina cabellera.


7. El derecho romano contempla desde Augusto la figura del Pontifex Maximus, cuya potestad ordenatoria presupone una cierta unidad doctrinal, aunque vaga y sincrética.

8. La unión entre religión y ética, y por tanto las ideas de derecho natural, Providencia y salvación se imponen progresivamente por influencia del platonismo medio, el neoplatonismo y el estoicismo: Plutarco, Máximo de Tiro, Séneca, Filón de Alejandría, el Corpus Hermeticum, los Oráculos Caldeos, Plotino, etc.

9. Los mismos emperadores paganos adoptan cultos monoteístas: Marco Aurelio, Juliano. Se abandona al fin la literalidad de los mitos, ya meros envoltorios de una realidad más profunda y una moral más alta.

Por tanto, no vino Cristo a atosigar las almas con doctrinas bárbaras, mas las desembarazó de sus ataduras a los hombres y, desbrozándolas de sus errores, sujetólas a Dios solo (Mt. 11:30):


Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.


Cimentó la autoridad en el amor antes que en la obediencia (Mt. 10:35):

Porque he venido para enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra.


Y rechazó la compulsión sobre los increyentes (Jn. 8:32):

Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La verdad o el contagio de la religión




S'il était facile de renverser l'idolâtrie, porquoi tous ces philosophes, que la Grèce a nourris dans son sein pendant tant de siècles, et qui étaient dans une si haute considération parmi leurs concitoyens, n'ont-ils jamais tenté de le faire? D'où vient qu'au contraire, ils ont lâchement encensé avec le peuple ces dieux qu'ils méprisaient dans leur coeur? Pourquoi Socrate, que l'oracle de Delphes avait declaré le plus sage des hommes, fut-il puni de mort pour avoir dit quelques mots contre les divinités d'Athènes, quoiqu'il les eût publiquement honorées pendant tout le cours de sa vie?

(...)

Si les hommes étaient lassés des chimères et des extravagances de l'idolâtrie, ils devaient applaudir aux apôtres et à leurs disciples; il n'en a pas été ainsi. On s'est déchaîné universellement contre eux; on les a regardés comme des impies; on les a persécutés pendant trois cents ans avec fureur; et leur attentat a paru si attroce, qu'on a inventé des nouveaux supplices pour les punir.

Dans l'établissement du christianisme, il ne s'agissait pas seulement de montrer le ridicule de l'idolâtrie, et de faire adorer un seul Dieu; mais il fallait faire adorer un homme crucifié, persuader une doctrine incomprehensible, faire pratiquer une morale révoltante, déraciner des habitudes vicieuses, non-seulement inveterés dans l'homme, mais aussi anciennes, pour ainsi dire, que les nations mêmes; il fallait changer tout l'homme, il fallait changer tous les hommes. Si l'on trouve cela aisé, que l'on me dise ce qui peut être difficile.

Selon nos adversaires, on a engagé les hommes à faire les sacrifices que le christianisme demandait d'eux, par la trompeuse espérance d'une felicité éternelle après leur mort. Ne voit-on pas tous les jours, disent-ils, des marchands exposer les biens dont ils jouissent, et essuyer des travaux sans nombre, pour courir, a travers mille hasards et mille dangers, à une fortune incertaine?

Il est vrai; mais l'esperance des commerçants est appuyée sur les succès de ceux qui les ont précedés dans ce même dessein, succès dont ils sont les témoins, succès qu'ils envient; et les hommes ne voient point ces couronnes immortelles que les chrétiens achetaient par tant de supplices. D'ailleurs la religion païenne promettait aussi après la mort, dans les Champs Elysées, un bonheur éternel, formé par la réunion de tous les plaisirs dont on avait fait sa félicité pendant la vie; elle promettait ce bonheur aux gens de bien; et, selon ses maximes, il en coûtat très-peu pour l'être. Le christianisme ne faisait espérer qu'un bonheur tout spirituel, et il exigeait pour cela les plus grands sacrifices. Promesse pour promesse, le bonheur que proposait le paganisme était bien plus propre à se faire désirer des hommes dont il était connu, qu'une felicité spirituelle qu'ils ne pouvaient se figurer. Promesse pour promesse, il était bien plus naturel de choisir celle qui coûtait peu, que celle qui coûtait tout. Que nos adversaires nous donnent, s'ils le peuvent, le dénoûment du choix incompréhensible des chrétiens.

(...)

Sous le règne de Lysimachus, les habitants de la ville d'Abdère furent tourmentés d'une fièvre chaude très-violente, qui finissait le septième jour par une perte de sang o une sueur. Ce qu'il y avait de singulier dans cette maladie, c'est que tous ceux qui en étaient atteints déclamaient avec véhémence des tragédies, et particulièrement l'Andromède d'Euripide. Toute la ville était pleine de ces acteurs d'une semaine, qui tous, pâles et décharnés, s'écriaient à haute voix: O Amour, tyran des dieux et des hommes! et continuaient ce qui suit dans le rôle de Persée. Cela dura jusqu'à la venue de l'hiver, dont le grand froid fit cesser cette maladie. Elle venait, à ce que croit Lucien, de qui nous tenons cette histoire, de ce qu'Archélaus, acteur très célèbre, avait représenté, au milieu d'un été fort chaud, cette tragédie d'Euripide d'una manière si véhémente, que plusieurs sortirent du théâtre avec la fièvre, et tout hors d'eux-mêmes se mirent à déclamer la tragédie dont ils venaient d'être les spectateurs.

(...)

Ne pourrait-on pas, diront nos adversaires, se servir de ce dénoûment pour expliquer le progrès de l'Evangile? Les apôtres ayant l'imagination échauffée des prodiges qu'ils croyaient avoir vu faire à leur maître, les auront racontés avec enthousiasme, et auront ainsi communiqué leurs sentiments à des cerveaux faibles, qui les ont transmis à d'autres par la même voie; ainsi le christianisme ne serait qu'un fanatisme ou une manie contagieuse, qui se serait étendue de proche en proche, et perpetuée d'âge en âge.

Accordons qu'il est des maladies épidémiques sur les esprits comme sur les corps: pourra-t-on nous montrer dans l'histoire quelque peste qui ait constamment ravagé l'univers pendant trois cents ans, et qui n'ait pas encore été éteinte après dix-sept siècles. La manie des Abdéritains, qui ne sortit point de l'enceinte de leur ville, et que l'hiver suivant fit cesser, peut-elle établir la possibilité d'une frénésie universelle, qui dure depuis si longtemps? (...) Les païens n'ont pas regardé les chrétiens comme des fous; ils tâchaient, à force de tortures, de leur faire abandonner leur religion. Punit-on les insensés? on les plaint. Cherche-t-on par la violence des tourments à leur faire quitter leur manie? en sont-ils les mâitres? Ajoutons que les ont reconnu la régularité des moeurs des chrétiens: bien plus, ils se sont proposé leur conduite pour modèle. Voilà ceux que nos adversaires voudraient nous donner pour des insensés.

On n'oserait supposer assez d'ignorance dans nos adversaires pour leur faire opposer les progrès du mahométisme à celui du christianisme; car chacun sait que la première de ces religions s'est répandue par les armes, et qu'elle ne doit ses succès qu'aux victoires de Mahomet et des califes ses successeurs.


Jean-Baptiste Bullet

lunes, 23 de noviembre de 2009

Naturaleza de las persecuciones antipaganas




En el Bajo Imperio los obispos cedieron al poder temporal para ver afianzados sus privilegios. Todos los Padres, de San Agustín a San Isidoro, se lamentan por lo mismo: tras transformarse el cristianismo en una religión de masas, la Iglesia se ha corrompido y está llena de cizaña, de falsos fieles con la sola voluntad de medrar. No es aventurado pensar que si Roma no hubiera caído, su evolución natural la habría conducido al césaro-papismo y al despotismo de tipo asiático, no a la anarquía alejandrina con reminiscencias jomeinianas que algunos se ven en la necesidad de inventar y convertir en paradigma, expresándose en el lenguaje histérico y falsario que su indocto público mejor comprende.

Hubo dos motivos principales para perseguir eventualmente a los paganos: excluirlos de las elites gobernantes (desde Teodosio) y lo que podríamos llamar razón de Estado, por identificarse la obediencia a la autoridad política con determinada fidelidad religiosa (Justiniano y su obsesión antipersa). Ninguno de ellos proviene de una exigencia eclesiástica. En especial si por persecución entendemos asesinato y conversión forzosa, no las políticas generales de prohibición de las prácticas adivinatorias, sacrificios y similares. Así, por ejemplo, Joviano, Valentiniano y Valente fueron muy tolerantes, mientras que Graciano, bajo la influencia de San Ambrosio, tuvo que enfrentarse a la elite pagana y al usurpador Máximo por la cuestión del altar de la Victoria, lo que prueba sobradamente que la cuestión no era sólo religiosa, sino política y de primer orden.

La destrucción de templos y su sustitución por iglesias fue una práctica generalizada, no así la conversión forzosa de gentiles. Todo indica en Sócrates Escolástico y otros historiadores que el bautismo era voluntario y no se concedía fácilmente, sino tras instrucción y ayunos. Por otro lado, el paganismo ya agonizaba en tiempos del emperador Juliano, pese a sus muchos esfuerzos por restaurarlo. La eliminación de sus símbolos por parte del cristianismo condujo a su total desprestigio, pues para el pueblo idólatra era difícilmente concebible que el dios que moraba en la estatua o templo no se vengara de los ofensores (los neoplatónicos, que intentaron refinar estas creencias crasas, llegaron tarde y tuvieron escaso predicamento). La prohibición de la magia y del sacrificio público hicieron el resto.

Niego, pues, que haya conexión ideológica o dogmática entre la destrucción de templos, que fue exhaustiva y a instancias de la religión cristiana, y la eliminación de los paganos, selectiva y perpetrada en interés del poder temporal de los emperadores, no siempre con la misma intensidad. Ahora bien, puesto que el paralelismo que Ágora, Piñero y otros productos de la propaganda establecen es entre la persecución de cristianos antes de Constantino y la de paganos en torno a Teodosio, como si ésta fuera una revancha sectaria por aquélla, digo que se equivocan o que gustan de engañarse a sí mismos.

Antes del 313 bastaba con una denuncia anónima para procesar a un cristiano, que irremediablemente moría si no injuriaba a Cristo y quemaba incienso en honor de los dioses. Las pesquisas y presiones en esta clase de interrogatorios violaban a menudo el derecho procesal romano y condenaban un crimen inexistente, pues se ofrecía la absolución al apóstata. Nada de esto sucede con los paganos perseguidos. No hay un "rescripto de Teodosio" en términos equiparables al de Trajano. Teodosio II se expresaba así mediante una de sus leyes sobre la unidad religiosa del Imperio:


Si ni los mil terrores ya promulgados en las leyes ni la pena de exilio pronunciada contra ellos disuaden a estos hombres, si no pueden reformarse, al menos deberían abstenerse de su misa criminal y de la multitud de sus sacrificios.


Esto implica que por aquel entonces todavía se celebraban a la vista de todos ritos teóricamente prohibidos, situación que se asemeja bastante poco a la de unas catacumbas ("pero su loca audacia transgrede nuestra voluntad continuamente", se queja el legislador). Por tanto, se les da a esos hombres la posibilidad de ser paganos, con tal de que no causen escándalo público. Obsérvese el contraste: El cristiano simplemente no tenía derecho a existir como tal, ya que era acusado de "odio al género humano" y desafección hacia el emperador. Podía ser denunciado por cualquiera y en cualquier momento, y ni siquiera las garantías formales ordinarias regían para él. Salvo que se convirtiese a la fe sincrética oficial, perecería sin lugar a dudas.

Es muy poco probable que el paganismo hubiera mantenido su influencia hasta tan tarde en las altas esferas de la política romana de aplicarse contra la idolatría una suerte de venganza cainita, o si se pudiese hablar de una agenda para borrar de la faz de la tierra a sus seguidores, como existió en el lado anticristiano de la Historia. Se censuró el culto y sus signos externos, por ser incompatibles con la nueva religión y reputarse supersticiosos y dañinos (esto último con excelente criterio en mi opinión). Es cierto que se promovieron eventualmente en algunos lugares y de manera crepuscular conversiones masivas de dudosa sinceridad -y constan en alguna Crónica porque son excepcionales-, si bien respondían a desórdenes de tipo puntual o a intereses políticos fácilmente detectables y que van más allá del mero celo religioso y el odio programático.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Neopaganos, involucionistas




¿Cuántas veces escucharemos contraponer la brillante, escéptica y expansiva cultura grecolatina, germen de la Ilustración, a la arcaica, provinciana y cruel literatura religiosa del pueblo hebreo, Hidra de todos los fanatismos? Existe, sin embargo, un sesgo fundamental en esta apreciación, consistente en tomar la parte por el todo y considerar a los filósofos y moralistas clásicos como índices de la sociedad en que vivían. Lejos de serlo, fueron sus críticos más feroces, semejantes a los profetas entre los judíos. Demócrito reía; Heráclito lloraba; Pitágoras se escondía; Empédocles se deificaba; Sócrates escarnecía; Epicuro despreciaba; Séneca condenaba. No eran los representantes del vulgo, ni siquiera las más de las veces se los tuvo por prohombres. Marginados, cuando no perseguidos, escribieron para un tiempo que no era el suyo.

La moral pagana no debe buscarse en Platón, sino en Homero. Su Ilíada y su Odisea fueron lo más parecido a un texto sagrado para los antiguos griegos. Ahí estaban codificados poéticamente sus valores patrióticos y sus nociones de heroísmo, de autoridad, de honor, de astucia, de piedad hacia los dioses y de compasión hacia el hombre. Los poetas eran para los helenos el equivalente a los teólogos para los cristianos. Así, los dioses homéricos no cuidan menos de los hombres que la divina providencia monoteísta:



Los dioses, semejantes a huéspedes extranjeros bajo toda clase de formas, recorren las ciudades y vigilan la soberbia de los hombres y su rectitud (Od. XVII, 485-487).


Ni se abstienen de juzgarlos:

Zeus, que en su irritación se enoja contra los hombres que por la fuerza en el ágora dan sentencias torcidas (Il. XVI, 386-387).


Con todo, el dios pagano es sobornable. La diferencia entre el sacrificio abrahámico y el de Agamenón de su hija Ifigenia es clara: en éste el hombre busca tentar a Dios para obtener una recompensa; en aquél Dios pretende tentar al hombre para honrarlo.

La caridad, además, es en Homero una excepción. Aquiles sólo muestra misericordia ante las conmovedoras súplicas de un anciano padre derrotado; magnanimidad consistente en permitir un sepelio. En las jornadas siguientes, Troya es asaltada y arde hasta los cimientos. Odiseo, a su vez, no profesa apego más que por compañeros y familiares, y concluye su itinerario vital en una venganza sangrienta y premeditada.

En cambio, la paciencia divina recorre la Biblia del uno al otro confín, culminando en el Evangelio, en que aquélla se torna pasión. Desde siempre, Dios detiene su ira ante los buenos: los aparta de la sociedad corrompida, o incluso promete salvar a ésta por ellos. Tuerce el destino para premiar el arrepentimiento, mientras que el hado inflexible predomina en las creencias de los idólatras. Envía Yahvéh a sus emisarios para transmitir amenazas y dar al pecador ocasión de convertirse, al tiempo que la divinidad pagana hiere de lejos y fulmina.

La Biblia es un estupendo fresco donde se aprecia cómo el mal opera a través del bien y el bien a través del mal. No es un discurso moralizante bien estructurado donde nada es áspero, donde lo correcto y lo incorrecto están nítidamente separados por una línea racional por todos visible. Es el campo de juego del destino, el sendero hacia la perfección desde la imperfección, y el rechazo frontal de la idea de progreso. En realidad, se nos dice, el hombre degenera y su moral envejece si no es continuamente renovada desde lo alto.

La religión pagana honró a Homero para acabar divinizando los vicios. Hizo a los dioses dichosos y a los hombres esclavos de mil supersticiones. El cristianismo sacrificó a Dios en la cruz para liberarlos.

Un criminal verá en la Biblia una enciclopedia de la delincuencia. Cristo vio en ella el Nuevo Testamento. No hay una sola forma de leerla. Por este motivo, entre otros, existen la Iglesia y su magisterio.

martes, 3 de noviembre de 2009

Moralidad y ultramundo




Para creer en el infierno hay que creer antes en Dios y en la justicia eterna, que son los que nos vinculan moralmente y condicionan nuestro obrar. Así, el infierno no es una consecuencia necesaria de esta fe, sino una revelación añadida.

No todas las religiones, ni siquiera todas las monoteístas, tienen un equivalente al infierno cristiano. El judaísmo anterior a Jesús apenas supo algo de esta clase de castigos. Existía el Sheol (Job, Salmos, Jonás) como trasposición del Hades pagano, esto es, del lugar de descanso de los muertos. En el Libro de la vida (Sal. 69:28) se registran los nombres de los justos y los de los réprobos, y ello no dista mucho de la Fama de los gentiles. Recuérdese que para el paganismo no son la omnipotencia, la bondad o la sabiduría las que caracterizan a los dioses frente a los hombres, sino su inmortalidad. La perduración del buen nombre era para todo individuo de humana estirpe el único consuelo y el único modo de brillar más allá de la muerte (Non omnis moriar multaque pars mei uitabit Libitinam, escribe Horacio). Los mortales, cuyo destino es apagarse, viven en el Hades otra clase de vida que se extingue en el olvido sin guardar conexión moral con la anterior. Nunca acaba de perecer, ya que nada que haya sido regresa a la nada, pero jamás se levanta de nuevo.

El pueblo elegido, pueblo carnal al cabo, no fue ilustrado por Dios sobre este extremo. Por tanto, es imposible que el Antiguo Testamento contenga una revelación definitiva. Su doctrina escatológica es puramente pagana. La idea de resurrección y salvación o condenación no aparece en todas las Escrituras judías, exceptuando un solo pasaje profético de Daniel (12:2). Pero Daniel no es un profeta para el judaísmo, ya que ni habló directamente con Dios, ni se dirigió a la generación presente, ni instó a su reforma. Siendo materiales todas las recompensas y todos los castigos del Antiguo Testamento, donde la más terrible ignominia no va más allá de la cuarta generación, no es sino mucho más tarde cuando el concepto de Gehenna aparece a modo de metáfora popular del Valle de Hinom: el vertedero, el crematorio para los criminales, el lugar de la vergüenza y de la catástrofe. La noción del infierno sólo se integra con posterioridad a través de la tradición mística y rabínica, aunque más como un purgatorio que como un lugar de penas eternas.

Sin embargo, ¿fueron los judíos menos escrupulosos o se vio por ello afectada su piedad? ¿Deja de ser un acicate para la moral la religión sin infierno? No es el poder para castigar lo que se teme, sino la deshonra eterna; no el tormento físico, sino la vida en vano y carente de sentido; no la muerte, sino la desaparición sin gloria y sin honor. Las virtudes paganas y hebreas no necesitaron más para florecer, pues el miedo al infierno no puede mover a la virtud, y ni siquiera resulta imprescindible para contener el vicio. El temor de Dios (Gén. 22:12) precede al temor de las brasas y carbones ardiendo; el santo se angustia por la vanidad del mundo (Salomón), pero desprecia sus llamas (Is. 43:2). El cristiano no menos que el judío, salvo que sea un hipócrita, tampoco requiere dádivas o represalias ultraterrenas. Son éstas la perfección de una justicia que le está vedada y sobre la que no puede decidir, aunque asienta a ella y se alegre. Son la consecuencia de un corazón puro o corrompido, no su causa.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Sobre la historicidad de Jesús




Quiero aprovechar este texto, escrito para un debate en otro blog(1) en el que no se ha dado cumplida respuesta a mis argumentos y del que por este motivo me acabo de retirar.

(1) N.B.: Recomiendo pasar directamente a los comentarios.

*



Si el valor de un historiador radica en la autenticidad y sinceridad de los relatos de sus fuentes, los sucesos que son aquí objeto de duda histórica sólo podrán cobrar carta de naturaleza si nuestro conocimiento de los mismos proviene de contemporáneos que hayan sido sus testigos presenciales y den fe de su exactitud. En particular, sólo podrán darse tres clases de pruebas, según su origen:

1) Las de los propios cristianos, en tanto que primeros discípulos.

2) Las de los judíos, en tanto que antagonistas respecto a la secta recién escindida.

3) Las de los funcionarios paganos a cargo del territorio en que se produjeron los hechos.

La primera clase de pruebas Benítez la rechaza por ser los cristianos parte implicada en el litigio. Se presume con ello que todas las pruebas de procedencia cristiana están corrompidas y son meros bulos o fantaseos sobre los que edificar una doctrina necesitada de un sustento real del que carece. El argumento del que se echa mano para llegar a esta resolución –al margen del de la maldad y mendacidad intrínsecas de “los galileos”, que desprecio por capcioso e idiosincrásico- es la distancia temporal entre los hechos que se describen y los documentos que los recogen. Sin embargo, no hay tal distancia.

a) En primer lugar, porque sí tenemos documentos fechados escasos años después de la muerte de Jesús, como las cartas paulinas (ca. 50 d.C.) o el apócrifo Evangelio de Tomás, probablemente anterior a los canónicos, que pese a no facilitar información propiamente histórica de Jesús, lo identifica como Maestro y refuerza la hipótesis de la fuente Q en la que se basarían también aquéllos. Respecto al Evangelio de San Juan, la papirología muestra que la proximidad entre el original y la copia más antigua conservada oscila entre los 25 (fragmento en Rylands) y los 100 años (texto completo en Bodmer).

b) En segundo lugar, porque por aquel entonces la tradición oral gozaba de autoridad suficiente como para no requerir de un respaldo escrito más que como apoyo memorístico o medio de difusión. El pueblo judío carecía de soberanía para relatar detalladamente sus anales, y el cristiano era todavía insignificante para curarse de ello. La Iglesia sólo obró en este sentido cuando la multiplicidad de las versiones y su progresiva degeneración empezaba a suscitar desviaciones heréticas en la doctrina.

c) En tercer lugar, porque la cadena de la sucesión apostólica señala a Cristo como origen de la misma. Así, Ireneo de Lyon es discípulo de Policarpo de Esmirna, y éste del apóstol Juan. Ahora bien, la figura de Juan es incomprensible sin Cristo. Si Juan tuvo discípulos, fue por haber sido él discípulo de Jesús, extremo en absoluto ignorado por sus seguidores contemporáneos, que no hicieron de Juan ni un Mesías ni un oráculo, teniéndolo en cambio por testimonio y transmisor de la doctrina del Maestro.

d) En cuarto lugar, porque los descubrimientos arqueológicos han demostrado ser verdaderas algunas de las descripciones de lugares que en tiempos posteriores se habían tenido por míticos y que figuran en los Evangelios, como la piscina de Siloé o el mismo Nazaret. No hay, por lo demás, ningún anacronismo en ellos que nos haga sospechar que hayan podido ser elaborados más tarde.

e) En quinto lugar, porque es inverosímil que atrayéndose las burlas e iras de sus correligionarios los discípulos inventasen un final tan infame para su imaginario Maestro, ajusticiado como un criminal, cuando ni tal se corresponde con la idea milenarista que se tenía del Mesías, ni hay un solo ejemplo de divinidad pagana con estas oprobiosas características. Sólo Apolonio de Tiana, predicador pitagórico, muestra alguna semejanza en el enfrentamiento al poder establecido, si bien muere en circunstancias misteriosas (ca. 97 d.C.) y no, como Jesús, a la vista de todos y como consecuencia de un proceso público.

f) En sexto y último lugar, porque es igualmente implausible que en tiempos muy tempranos surgieran multitud de sectas en torno a una figura de nula historicidad. Si Jesús es un arquetipo, ¿por qué no tomó cada secta el suyo, dándoles sus respectivos nombres y adornándolos con milagros al gusto? ¿Por qué esa insistencia en apropiarse de él, pese a los riesgos por heterodoxia que implicaba?

La segunda clase de pruebas se concentran en el “testimonium Flavianum”, que Benítez no acepta por considerarlo una falsificación cristiana. No es éste el estado científico de la cuestión, ya que la mayoría de historiadores acepta que haya en él interpolaciones, sin estimarlo en su totalidad un injerto interesado, particularmente en base a la mención al apóstol Santiago. La versión árabe del “testimonium” carece del tono crédulo y panegírico que lo convertía en poco fiable en la versión cristiana, además de presentar de un modo reconocible el estilo de Josefo.

La tercera clase de pruebas no se da en absoluto, pero son las que menos cabría esperar. Benítez finge que un acontecimiento de tanta relevancia para la humanidad como la ejecución de Cristo debería haber contado con el debido respaldo documental por parte de las instituciones competentes. He aquí un ejemplo de ineptitud histórica, al proyectarse hacia el pasado una importancia que, si bien hoy es innegable, por aquel entonces nadie percibió, y de la que sin duda no tendríamos noticia alguna si el cristianismo no se hubiera desarrollado hasta el extremo en que lo hizo.

Benítez ha pedido un testimonio anterior al siglo II y de origen no cristiano. Lo tiene en Flavio Josefo, como se ha dicho ya, y de forma implícita en el estoico sirio Bar Sarapion (ca. 70 d.C.), cuya carta a su hijo alude a un “Rey sabio” entre los judíos injustamente condenado por éstos. No hay noticia de otro posible Mesías que con posterioridad a la destrucción del Templo pudiera disfrutar de una fama semejante, por lo que se infiere que habla de Jesús.

Más famoso es el testimonio de Tácito, que Benítez dice ser falso, por resultar según él una invención medieval o renacentista. Es evidente que no lo diría si no lo creyera un obstáculo molesto para su argumentación. Y ello pese a que Tácito habla con toda probabilidad en base a las indagaciones de Plinio el Joven, cuyas fuentes a su vez son los relatos de los cristianos interrogados por él mismo. Benítez prefiere no obstante recurrir a la conspiración monacal, quizá porque el historiador es anterior a Nicea, cuando era más sencillo rechazar que Tácito sea un testimonio concluyente, como parece ser el caso.

En resumen, Benítez defiende la desacreditada tesis del Jesús mítico, a la que une la todavía más desacreditada tesis del contubernio nicénico, por el cual el catolicismo fue fundado casi “ex novo” en el año 325 d.C. Esta sandez danbrowniana, ya de por sí absurda, es refutable con los textos sobradamente divulgados de varios Padres de la Iglesia que Benítez, al que a lo ignorante se le añade lo magufo, casi con total seguridad no conoce.