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sábado, 19 de diciembre de 2009

Reflexiones sobre la decadencia




"Más Estados han perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes", escribió Montesquieu. La Alemania nazi es el ejemplo más a mano, que si bien no pereció como Estado anduvo cerca de ello. La URSS es otro, por no salir del siglo XX. Cualquier país que permita la independencia de parte de su territorio es un país débil y degenerado. E converso, todos los que aceptan anexionarse voluntariamente a una nación mayor suelen ser también países que han perdido su papel en la Historia. Quisiera equivocarme, pero España va por un camino similar, esto es, el de convertirse en una mísera provincia de Europa, o en un lugar de paso entre ésta y África.

No creo que la democracia sea reformable más de lo que ya la ha reformado el constitucionalismo moderno. La democracia directa me parece por lo demás una distopía y algo que muy pocos desean. Hay que aceptar que no todas las épocas ni todos los entornos son propicios al rendimiento óptimo de regímenes democráticos, como mencioné de pasada en otro escrito. Y, en concreto, hay que rechazar la idea de un progreso político unidireccional y acumulativo con puntos de no retorno. En la Historia nada se repite, pero todo es reversible, y en ocasiones lo es para mejor, pues rectificar es de sabios. No se conseguirá salir del atolladero sin una mayor importancia de la religión, que debe recuperar el protagonismo perdido. La Iglesia, por su poder e influencia, fue la artífice principal de que una sociedad en ruinas tras la caída del Imperio sobreviviera a las invasiones, consolidara una razonable libertad burguesa, anduviese a la cabeza del progreso científico y alcanzara una unidad espiritual que no se encuentra en Asia ni en ningún otro lugar del mundo fuera de las fronteras de un determinado país. Sólo la autoridad superior, y por decirlo así, genética de los antepasados puede reconducir el tiempo presente, aprisionado entre la Escila de la teocracia y la Caribdis de la anarquía. Los logros de Europa son en buena parte los de la Iglesia, y viceversa. La Cristiandad o Europa, decía Novalis. Fueron sinónimos durante mucho tiempo, marca indeleble de nuestra excepcionalidad.

Si logramos abandonar la absurda idea de que aquello que no pase por "la decisión del pueblo" es tiránico (con mayor motivo si tal "decisión" no existe en realidad), tendremos la cura de humildad necesaria para una regeneración moral. De lo contrario nosotros mismos nos daremos muerte. Al cabo, son muchas falsas concepciones históricas las que habrá que desterrar de nuestra mitología política para salir del paso. La primera es que heredamos el concepto de democracia del paganismo y de la cultura grecolatina, sin más, en lugar de ser una reliquia histórica de un periodo de la historia de Atenas -una democracia esclavista, para mayores señas. Esta especie de arquetipo colectivo oculta que nada hay en el paganismo que conduzca a una ideología igualitaria, como demuestra abrumadoramente la historia de las culturas paganas. Ni siquiera en Occidente. El entrañable Homero era un elitista extremo, amén de misógino.

Porque si bien una cierta igualdad natural entre los miembros del género humano es indudable (nadie es tan fuerte como para someter a todos, ni nadie renuncia a su interés más que por la fuerza o por un interés mayor), ésta desaparece en el momento mismo en que se constituye la sociedad de los iguales. Escribe Spinoza:


Pues aunque cada uno de ellos considere justo tener el mismo derecho sobre el otro que el que éste se arroga sobre él, no obstante cree injusto que los forasteros que transitan por su país deban tener el mismo derecho a su gobierno que aquellos que lo han procurado con su trabajo, conquistándolo y manteniéndolo al precio de su sangre.


El censo, pues, no es democrático. No es el pueblo quien decide qué sea pueblo, sino el poder soberano, mediante la regulación de las formas de adquirir la nacionalidad. Bastante tendrá el foráneo con que no se le moleste y se le conceda la libertad de abandonar el país. En él vemos sólo la igualdad remota del hombre, no la del ciudadano que comparte con nosotros intereses comunes de manera permanente.

La igualdad del género humano es el meollo de la revelación cristiana y uno de los exponentes de su triunfo. La libertad de conciencia se alcanzó también entre cristianos, siendo una reivindicación sostenida por buena parte de humanistas tras la Reforma. Voltaire era un caricato anticlerical que vivió de rentas, como todo su siglo. Los hitos principales ya estaban marcados cuando él empezó a escribir: Suárez, Grocio, Locke, Pufendorf, entre otros. Ninguno de ellos fue demócrata, y todos fueron cristianos. Por centrarnos sólo en lo estrictamente jurídico, debemos a la civilización cristiana la pervivencia del Derecho romano, compilado por el emperador Justiniano, así como su estudio y difusión durante el Renacimiento. Sin él Occidente no sería lo que es. También se le debe la doctrina iusnaturalista, enormemente desarrollada durante la Ilustración.

¿Qué nos han legado sus enemigos, apóstoles del resentimiento y agentes del odio? La lucha de clases, la discriminación positiva, los sistemas piramidales. Los vicios principales del Antiguo Régimen, si observamos sólo su última fase en Europa central (lo cual ya es un sesgo considerable), fueron la dispersión normativa, el desconocimiento del Derecho por los magistrados, la arbitrariedad procesal, el deficiente aprovechamiento de las tierras y los excesivos gravámenes del sistema tributario. Pero los revolucionarios franceses -de quienes los comunistas son continuadores ideológicos- aprovecharon la coyuntura de crisis para cuestionar la legitimidad misma del poder soberano y extender su demagogia igualitarista.

¿Qué les debemos? La única libertad que instauraron, y que era hasta la fecha inaudita, fue la libertad de prensa, pero sólo en la medida en que fue un elemento indispensable de agitación para fines sediciosos y no fueron capaces de ahogarla después. Por otro lado, sus primeras y más importantes acciones para asegurar la libertad religiosa en un país eminentemente católico consistieron en perseguir sacerdotes y castigar o ridiculizar la devoción. La libertad que alzaron por bandera era sólo otro nombre para la ley del más fuerte, y la Iglesia hizo muy bien en atacarla.

Procuremos no ser epílogos de un error.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Padre del liberalismo




Vox populi, vox Dei. Cuán incierta y cuán falaz es esta regla, cuántos males produce, y con cuánto espíritu de partido y crueldad de intención este fatal proverbio ha sido diseminado entre las gentes, es cosa que hemos aprendido gracias a la más triste lección. Ciertamente, si escuchásemos lo que dice esa voz como si ella fuera el heraldo de la ley divina, apenas si podríamos creer que hay un Dios. Pues ¿hay algo tan abominable, tan malvado, tan contrario a todo derecho y a toda ley, que el consenso general o, por mejor decirlo, que la conspiración de una muchedumbre no defienda de cuando en cuando? Hasta el día de hoy hemos oído del saqueo de templos divinos, de audacia e inmoralidad acendradas, de leyes violadas, de derrocamientos de reinos. Y de seguro, si esta voz fuera la voz de Dios, sería exactamente lo opuesto de aquel primer Fiat por el que Él creó esta elegante estructura y la edujo de la nada. Tampoco habla jamás Dios a los hombres de esta manera -a menos que desease sepultarlo todo nuevamente en la confusión y reducirlo a un estado de caos-. En vano, por tanto, deberíamos buscar los dictados de la razón y los decretos de la naturaleza en el consenso de los hombres.

(...)

Primeramente, por tanto, decimos que, en lo concerniente a un consenso en cuestiones de moral y costumbres, ello no prueba en modo alguno la existencia de una ley de la naturaleza. Pues si lo que es justo y legal tuviera que ser determinado por la manera en que viven los hombres, la rectitud e integridad moral no serían apreciadas. ¿Qué inmoralidad no sería permitida, e incluso inevitable, si la ley nos fuese dada por el ejemplo de la mayoría? ¿A qué infamias, villanías y toda clase de cosas vergonzosas no nos arrastraría la ley de la naturaleza si hubiésemos de seguir el camino que la mayoría de la gente sigue? ¿Es que son pocos, entre las naciones civilizadas, educadas según leyes específicas que han sido por todos reconocidas como obligatorias, los que por su estilo de vida indican que están dando su aprobación a los vicios y muy a menudo, por su mal ejemplo, llevan a otros por el mal camino, cuyas faltas no podrían enumerarse? Es un hecho que ahora toda clase de mal ha crecido entre los hombres y se ha extendido por el mundo, afectando a todas las cosas. Ya en el pasado, los seres humanos mostraron un especial talento en la corrupción de las costumbres, e incurrieron en tal variedad de vicios, que no dejaron ninguno para que lo inventase o añadiese la posteridad; y hoy es imposible cometer cualquier crimen imaginable del que no tengamos ya un ejemplo. Si alguien quisiera juzgar la rectitud moral basándose en el consenso de los hombres acerca de sus acciones, y a partir de ahí inferir una ley de la naturaleza, no haría otra cosa que estar esforzándose en ser un insensato conforme a razón. Que se sepa, nadie, por tanto, ha intentado basar una ley de la naturaleza en este desafortunado consenso entre los hombres. Puede decirse, sin embargo, que la ley de la naturaleza ha de inferirse, no de la conducta de los hombres, sino de sus pensamientos. Hemos de indagar, no en las vidas de los seres humanos, sino en sus almas; pues es ahí donde los preceptos de la naturaleza están impresos y donde residen las reglas de moral, junto con esos principios que no pueden ser corrompidos por la conducta de los hombres. Y como estos principios son los mismos para todos y cada uno de nosotros, no pueden tener más autor que Dios y la naturaleza.

(...)

Pero si quisiéramos pasar revista a todos los géneros de vicios y virtudes, y nadie duda que en esta clasificación consiste la ley de la naturaleza, fácilmente se echará de ver que no hay ningún vicio o virtud sobre el que los hombres no se formen opiniones diferentes, apoyados por la autoridad y la costumbre. De tal manera es ello así, que, si el consenso de los hombres se tomase como regla de la moralidad, no habría en absoluto una ley de la naturaleza, o ésta variaría de lugar a lugar: una cosa sería moralmente buena en un sitio, y mala en otro; y los vicios mismos se convertirían en deberes.

(...)

En segundo lugar, decimos que si existiera entre los hombres un consenso unánime y universal acerca de una opinión, tal consenso no probaría que esa opinión es una ley de la naturaleza. Pues, ciertamente, cada persona tiene que inferir la ley de la naturaleza partiendo de los primeros principios naturales, no de la creencia de otra persona. Además, un tal consenso puede ser acerca de algo que en absoluto constituye una ley de la naturaleza. Por ejemplo, si entre todos los hombres se valora más el oro que el plomo, de ello no se sigue que esto haya sido decretado por una ley natural. Si todos los hombres, siguiendo la práctica de los persas, dejasen que los cadáveres humanos fuesen devorados por los perros, o, imitando a los griegos, los quemaran, esto no probaría que cualquiera de dichas prácticas es una ley de la naturaleza que obliga a los hombres; pues un acuerdo general de este tipo en modo alguno es suficiente para crear una obligación. Admito que un consenso así puede ser indicación de que hay una ley de la naturaleza; pero no llegaría a probar su existencia. Quizá pudiera hacerme creer con mayor vehemencia, pero no me permitiría conocer con mayor certeza que tal consenso es una ley de la naturaleza. Pues nunca sabré con seguridad si esta opinión es la opinión de cada individuo. Ello sería una cuestión de creencia, no de conocimiento. Pues si yo descubro que tal opinión se da en mi propia mente antes de reconocer el hecho de que hay un consenso general, entonces el conocimiento del consenso no me probará lo que yo ya sabía a partir de principios naturales; y si no puedo estar seguro de que es realmente mi propia opinión hasta haber comprobado que se da un tal consenso entre los hombres, entonces también podría razonablemente dudar de si ésta es la opinión de otros; pues es imposible sugerir una razón de por qué a todos los demás hombres les fuera concedido por naturaleza algo que yo noto que me falta. Y esa gente que piensa igual tampoco puede saber que algo es bueno porque todos lo piensan así; más bien piensan así porque, a partir de principios naturales, saben que algo es bueno. El conocimiento precede al consenso. De otro modo, una misma cosa sería al mismo tiempo causa y efecto, y el consenso de todos daría lugar al consenso de todos, lo cual es obviamente absurdo.


Locke

viernes, 20 de febrero de 2009

Locke y su posteridad-II




De Maistre no se conforma con el escarnio de las habilidades filosóficas de Locke, en contraste con lo mucho que se las sobreestimó (al margen: ¿qué diría hoy de un Dawkins?). Ha denunciado ya el escaso mérito del inglés y lo desproporcionado de su reputación, atribuyendo la anomalía al esfuerzo propagandístico del patriotismo británico y el materialismo continental, que trabajaron al alimón a fin de contrarrestar la marea racionalista y el teísmo a ella asociado (brecha abierta, al menos, desde la polémica entre Leibniz y Newton sobre el tiempo y el espacio como categorías relativas o absolutas). Llegado a este punto, por no parecer un censor malicioso y huero, ofrece una impugnación breve y contundente de los pilares principales del pensador empirista, que es al mismo tiempo una exposición elegante de la doctrina platónica de las ideas. Se excusa, con todo, por no poder ocuparse sistemáticamente en una taxonomía de los errores lockeanos -no se olvide que las discusiones se desarrollan supuestamente entre tres amigos que se reúnen en sucesivas veladas- y anuncia que tal vez haya un hombre "de talento superior" que tome en un futuro esa tarea para sí. Ese hombre fue Leibniz un siglo atrás con los Nuevos Ensayos (va un capítulo en el enlace), aunque su publicación póstuma y tardía impidiera su correcta difusión, como prueba la laguna en este extremo de alguien tan preparado como De Maistre.

* * *



EL CONDE.- ¡Lástima que no tenga yo tiempo para profundizar toda su teoría de las ideas simples, complejas, reales, imaginarias, adecuadas, etc., que provienen, las unas, de los sentidos, y las otras, de la reflexión! ¡Que no pueda yo, sobre todo, hablaros a mi gusto de esas ideas arquetipos (o modelos), palabra sagrada para los platónicos, que la habían colocado en el cielo, y que ese imprudente británico sacó sin saber lo que hacía! (...) Locke es quizá el único autor conocido que se ha tomado el trabajo de refutar su libro entero, o de declararlo inútil desde el principio, diciéndonos "que todas nuestras ideas proceden de los sentidos o de la reflexión". Pero ¿quién ha negado nunca que ciertas ideas proceden de los sentidos y qué es lo que Locke quiere enseñarnos?

El número de simples percepciones es nulo comparado con las innumerables combinaciones del pensamiento, y queda con esto demostrado desde el primer capítulo del segundo libro que la inmensa mayoría de nuestras ideas no procede de los sentidos. Pues ¿de dónde viene? La cuestión es embarazosa, y de ahí dimana que sus discípulos, temiendo las consecuencias, no hablan ya de la reflexión, lo que está muy bien hecho. Habiendo Locke principiado su libro sin reflexión y sin ningún conocimiento profundo de la materia, no es extraño que constantemente haya delirado. Desde luego había sentado por tesis que todas nuestras ideas proceden de los sentidos o de la reflexión.

Perseguido por su obispo, que le acosaba muy de cerca, y tal vez por su conciencia, convino, al fin, en que las ideas generales (que constituyen ellas solas el ser inteligente) no procedían ni de los sentidos ni de la reflexión, sino que eran invenciones y creaciones del espíritu humano. Porque, según la doctrina de ese gran filósofo, el hombre forma las ideas generales con las ideas sencillas como forma un buque con tablas; de suerte que las ideas generales más elevadas no son más que colecciones, o como dice Locke, que busca siempre las expresiones ordinarias, compañeras de las simples ideas. Si queréis poner en práctica estos altos conceptos, considerad, por ejemplo, la iglesia de San Pedro en Roma. Es una idea general pasadera. En el fondo, todo se reduce a piedras, que son las ideas sencillas. No es gran cosa, como veis; y con todo eso, el privilegio de las ideas sencillas es inmenso, puesto que Locke ha descubierto que son reales todas, exceptuando todas.

No exceptúa de esta pequeña excepción más que las primeras cualidades de los cuerpos. Mas os ruego que admiréis aquí la marcha luminosa de Locke: sienta, desde luego, que todas nuestras ideas proceden de nuestros sentidos o de la reflexión, y aprovecha este aserto para decirnos que entiende por reflexión "el conocimiento que adquiere el alma de sus diferentes operaciones". Aplicándolo en seguida a la tortura de la verdad, confiesa "que las ideas generales no proceden de los sentidos ni de la reflexión, sino que son creadas" o, como ridículamente dice, "inventadas" por el espíritu humano. Luego, toda vez que la reflexión acaba de ser expresamente excluida por Locke, resulta que el espíritu humano "inventa" las ideas generales "sin reflexión"; es decir, "sin conocimiento alguno o examen de sus propias operaciones". Pero toda idea que no proviene del comercio (o trato) del espíritu con los objetos exteriores ni del trabajo consigo mismo, pertenece necesariamente a la sustancia del espíritu. Hay, pues, ideas innatas o anteriores a toda experiencia: no veo consecuencia más inevitable; pero esto no debe admirar.

(...)

En vano Locke, siempre interiormente agitado, quiere hacerse ilusiones con la declaración expresa de que "no porque se niegue una ley innata significa esto que se niegue una ley natural; es decir, una ley anterior a toda ley positiva". Esto es, como ya veis, un nuevo combate entre la conciencia y la porfía. ¿Qué es, efectivamente, esa ley natural? Y si no es ni positiva ni innata, ¿qué es? Que nos indique un solo argumento contra la ley innata que no tenga la misma fuerza contra la ley natural. "Esta -nos dice- puede ser reconocida por la sola luz de la razón, sin necesidad de una revelación positiva". Pero ¿qué quiere decir la "luz de la razón"? ¿Viene de los hombres?, es positiva; ¿viene de Dios?, pues es innata. Si Locke hubiera tenido más penetración o más cuidado, o mejor buena fe, en lugar de decir "tal idea no está en el espíritu de tal pueblo, luego no es innata", hubiera dicho al contrario, "luego es innata para todo hombre que la posee"; porque es una prueba que, si no preexiste, no le darán nunca origen los sentidos, puesto que la nación o pueblo que carece de ella tiene también sus cinco sentidos como las demás; y hubiera indagado cómo y por qué tal o cual idea ha podido ser destruida o desnaturalizada en el espíritu de tal familia humana. Pero está muy lejos de un pensamiento fecundo el que se deja llevar nuevamente hasta llegar a sostener que un solo ateo en el Universo le bastaría para negar legítimamente que la idea de Dios sea innata en el hombre; es decir, que un solo niño monstruoso nacido sin ojos, por ejemplo, probaría que la vista no es natural al hombre; pero nada detenía a Locke. ¿No os ha dicho intrépidamente que la voz de la conciencia nada prueba en favor de los principios innatos, visto que cada uno puede tener la suya?

Es cosa muy extraña que no haya sido nunca posible hacer entender ni a ese gran patriarca ni a su triste posteridad la diferencia que se advierte entre la ignorancia de una ley y los errores admitidos en la aplicación de esta misma ley. Una mujer india sacrifica a su hijo recién nacido a la diosa Gonza. Dicen ellos: "luego no hay moral innata"; al contrario, es preciso que se diga: "luego es innata", puesto que la idea del deber es muy poderosa en esta desgraciada madre para determinarla a sacrificar a ese deber el sentimiento más tierno y más poderoso del corazón humano. Abraham obtuvo un mérito inmenso al resolverse a ese mismo sacrificio, que creía, y con razón, realmente mandado; precisamente decía como la mujer india: "La Divinidad ha hablado; es preciso cerrar los ojos y obedecer". El uno, humillándose ante la autoridad divina, que sólo quería probarle, obedecía a una orden sagrada y directa; la otra, ofuscada por una superstición deplorable, obedece una orden imaginaria; pero en el uno y en la otra la idea primitiva es una misma: es la del deber, llevada a su más alto grado. ¡Debo hacerlo!: esa es la idea innata, cuya esencia es independiente de todo error en la aplicación. Los errores que los hombres cometen cada día en sus cálculos, ¿probarían acaso que no tienen idea del número? Luego si esta idea no fuese innata, nunca podrían adquirirla, nunca se engañarían, porque engañarse es separarse de una regla anterior y conocida. Lo propio sucede con las demás ideas, y añado, lo que me parece claro de suyo, que sin esta suposición se hace imposible comprender al hombre; es decir, la unidad o la especie humana, y, por consiguiente, ningún orden relativo a una clase dada de seres inteligentes.

(...)

Toda doctrina racional está fundada en un conocimiento anterior, porque el hombre nada puede aprender sino por lo que sabe. Partiendo, pues, siempre del silogismo y la inducción de principios asentados, como ya conocidos, preciso es confesar que antes de llegar a una verdad particular la conocemos ya en parte. Mirad, por ejemplo, un triángulo concreto o tangible: seguramente lo ignorabais antes de verlo; no obstante, conocíais ya no este triángulo, sino el triángulo o la trigonometría; y ved de qué manera puede conocerse e ignorarse una misma cosa bajo diferentes aspectos. Si se niega esta teoría, viene uno a caer en el dilema insoluble de Menón y de Platón, y se verá obligado a convenir en que, o el hombre nada puede aprender, o que todo lo que sabe no es más que una reminiscencia. Negándose a admitir estas ideas primeras ya no hay demostración posible, porque faltan los principios de donde pueda derivarse. En efecto: la esencia de los principios está en que sean anteriores, evidentes, no derivados ni demostrables y causados respecto a su conclusión; de otro modo necesitarían ellos mismos ser demostrados; es decir, que dejarían de ser principios, y sería preciso admitir lo que la escuela llama los progresos al infinito; cosa imposible. Observad, además, que esos principios en que se fundan las demostraciones han de ser, no sólo conocidos naturalmente, sino más conocidos que las verdades descubiertas o halladas por su medio, porque "todo lo que comunica una cosa lo posee necesariamente en mayor medida respecto al objeto o materia que la recibe"; y así como, por ejemplo, el hombre a quien amamos por amor de otro es siempre menos amado que éste, del mismo modo toda verdad adquirida es menos clara para nosotros que el principio que nos la ha hecho visible, siendo el que ilumina por naturaleza más luminoso que el iluminado; no basta, pues, creer en la ciencia, es preciso creer más en el principio de la ciencia, cuyo carácter es ser a la vez necesario y necesariamente creído; porque la demostración nada tiene que ver con la palabra exterior y sensible que niega lo que quiere; ella procede de esta palabra más prufunda que se ha pronunciado en el interior del hombre, y que no puede contrariar la verdad.

Desde que el hombre dice "esto es", habla precisamente en virtud de un conocimiento interior y anterior, porque los sentidos nada tienen que ver con la verdad, que solamente el entendimiento puede alcanzar; y como lo que no pertenece a los sentidos es extraño a la materia, resulta que hay en el hombre un principio inmaterial en donde reside la ciencia; y no pudiendo los sentidos recibir y transmitir al espíritu más que impresiones, no solamente la función cuya esencia es la de juzgar no está ayudada por esas impresiones, sino que, antes bien, se halla embarazada y turbada. Debemos, pues, suponer, con los hombres más célebres, que tenemos naturalmente ideas intelectuales que no han pasado por los sentidos, y la opinión contraria ataca al buen sentido tanto como a la religión. He leído que el célebre Cudworth, disputando un día con uno de sus amigos sobre el origen de las ideas, le dijo: "Os ruego que toméis un libro de mi biblioteca, el primero que os venga a la mano, y abridlo al azar" (o por cualquier parte). El amigo dio con los ejercicios u oficios de Cicerón, al principio del primer libro: "Aunque hace un año", etc. "Basta -dijo Cudworth-: decidme cómo habéis podido adquirir por los sentidos la idea de 'aunque'". El argumento era excelente bajo una forma sencilla: el hombre no pudo hablar; no pudo articular el más pequeño átomo de su pensamiento.

EL CABALLERO.- Me habéis dicho al comienzo: "Habladme con toda conciencia". Permitidme que os diga lo mismo: "Habladme con toda conciencia". ¿No habéis escogido los párrafos o cláusulas de Locke que más se prestaban a la crítica? La tentación es poderosa cuando se trata de una persona a quien no se quiere.

EL CONDE.- Puedo aseguraros lo contrario; y aún más: os aseguro que un detallado examen del libro me daría abundantísima materia; pero para refutar un tomo "en cuarto" se necesita mucho tiempo. Cuando un libro malo ha chocado alguna vez a algunos, para desengañarlos no hay otro medio que el de demostrar que el espíritu general que lo ha dictado, clasificar los efectos, indicar únicamente los más clásicos, y, por lo demás, fiarse de la conciencia de cada lector; para que el de Locke fuese intachable bastaría, a mi juicio, cambiar dos palabras. Se intitula "Ensayo sobre el entendimiento humano"; pongamos solamente "Ensayo sobre el entendimiento de Locke". No habrá habido nunca un libro que haya merecido mejor su título. La obra es el retrato completo del autor, y nada le falta. Fácilmente se reconoce que la ha escrito un hombre de bien y aun de buen sentido, pero engañado por el espíritu de la secta, que lo arrastra sin que él lo conozca o sin que quiera conocerlo; falto, por otra parte, de la erudición filosófica más indispensable y de un talento profundo. Es verdaderamente farsante cuando nos dice muy seriamente que ha tomado la pluma "para dar reglas al hombre por las cuales pueda una criatura razonable dirigir con prudencia sus acciones", añadiendo que para conseguir este objeto "se le había puesto en la cabeza que lo más útil sería fijar antes de todo los límites del espíritu humano".

(...)

Locke no tomó la pluma más que para "argüir y contradecir", y su libro, puramente negativo, es una de las numerosas producciones dadas a la luz por ese mismo espíritu que ha dañado o manchado tantos talentos muy superiores al de Locke. El otro carácter sorprendente, distintivo, invariable, de este filósofo, es la superficialidad (permitidme esta palabra); nada comprende a fondo, nada profundiza.

(...)

No puede decirse todo; pero sois dueños de abrir al azar el libro de Locke: yo tomo sin vacilar a mi cargo el manifestaros que no le ha sucedido encontrar una sola cuestión importante que no la haya tratado con la misma mediocridad; y puesto que un hombre mediano, como yo, puede calificarlo de pura medianía, juzgad lo que sería si un hombre de talento superior se tomara el trabajo de desmenuzarlo.


De Maistre

jueves, 19 de febrero de 2009

Locke y su posteridad-I


En Las veladas de San Petersburgo el conde de Maistre -al que cito por tercera vez en pocas semanas- combate contra las bestias negras que en su opinión han sentado las bases intelectuales del caos revolucionario en Francia y el resto de Europa. Mediante una original teoría lingüística se critica muy severamente al buen salvaje de Rousseau, puesto que el salvaje es siempre malo y una rama degenerada de una civilización anterior, nunca un estado inicial ni un fin ideal al que deba tenderse. Voltaire es también sentenciado por la prostitución de su talento y, en particular, por su escarnio de la teodicea ante el terremoto de Lisboa, argumentándose por el contrario que todo mal es un castigo y todo castigo es merecido. Por último, y tras rendir cuentas con otras figuras menores, De Maistre vapulea a Locke en un largo discurso en el que se entremezclan el desdén más rotundo por su mediocridad y la ironía por lo mucho que esperaba de él la Ilustración materialista, que es hoy la Ilustración por antonomasia.

* * *



EL CONDE.- Ahora, mi querido caballero, principiemos, si os place, por un acto de franqueza. Habladme en conciencia: ¿Habéis leído a Locke?

EL CABALLERO.- No, nunca; ninguna razón tengo para ocultároslo; únicamente me acuerdo de haberlo abierto un día en el campo, un día de lluvia; pero me limité a eso, a abrirlo.

EL CONDE.- No quiero estar siempre riñéndoos; tenéis algunas veces ciertas expresiones sumamente felices. En efecto; el libro de Locke se toma y se abre casi siempre sin leerlo. Entre todos los libros serios no hay uno menos leído. Una de mis mayores curiosidades, pero que no puede satisfacerse, es la de saber cuántas personas hay en París que hayan leído de cabo a rabo el Ensayo sobre el entendimiento humano. Se habla de él y se le cita mucho, pero siempre de oídas; yo mismo he hablado osadamente, como tantos otros, sin haberlo leído. No obstante, al fin, queriendo adquirir el derecho de hablar en conciencia, es decir, con pleno y entero conocimiento de causa, lo he leído pausadamente desde la primera palabra hasta la última, y con la pluma en la mano. Más: cincuenta años tenía yo cuando esto me sucedió, y no creo haber sufrido en mi vida un fastidio igual. Bien conocéis mi valor en este punto.

EL CABALLERO.- ¿Si lo conozco? ¿Pues no os he visto el año pasado leer un mortal "in octavo" alemán sobre el Apocalipsis? Me acuerdo que, al contemplaros al concluir esa lectura lleno de vida y salud, os dije que después de tal prueba se os podía comparar con un cañón que ha sufrido carga doble.

EL CONDE.- Y, no obstante, puedo aseguraros que la obra alemana, comparada con el Ensayo sobre el entendimiento humano, es un libro ameno, ligero; un libro de adorno literalmente, y, al menos, se leen en él cosas muy interesantes. Se aprende, por ejemplo, "que la púrpura de que la abominable Babilonia proveía o surtía entonces a las naciones extranjeras significa evidentemente el vestido encarnado de los cardenales; que en Roma las estatuas antiguas de los dioses falsos están expuestas o de manifiesto en las iglesias", y mil otras cosas a este tenor tan útiles como recreativas. Pero en el Ensayo no hay nada que os consuele; es preciso recorrer ese libro como las arenas de la Libia, sin encontrar el más pequeño punto de verdor en donde poder respirar. Hay libros de los que se dice: enseñadme el defecto que tienen. Por lo que respecta al Ensayo, me atrevo muy bien a deciros: "Mostradme cuál es el que no tiene". Nombrad el que queráis entre los que juzguéis más propios para desestimar un libro, y yo me encargo, acto continuo, de citaros un ejemplo sin buscarle. El mismo prefacio es chocante en grado sumo: "Espero -dice Locke- que el lector que compre mi libro no sentirá el dinero que ha gastado". ¡Cómo huele esto a negocio!

Continuad y veréis: "Que su libro es el fruto de algunas horas pasadas sin saber en qué emplearlas: que se ha divertido mucho componiendo esta obra, por la razón de que tanto gusta cazar alondras o gorriones como rendir a las zorras y a los ciervos". En fin: "Que principió su libro por casualidad, que lo continuó por complacencia, que lo escribió en párrafos incoherentes, dejándolo y volviéndolo a tomar según sus caprichos u ocasiones". Preciso es confesar que esta es una manera de expresarse bien rara para un autor que va a hablarnos del entendimiento humano, de la espiritualidad del alma, de la libertad y, finalmente, de Dios. ¡Qué no dirían nuestros pasados ideólogos si viesen estas necedades en un prefacio de Malebranche! Pero no podéis figuraros, señores, antes de pasar a otra cosa más esencial, hasta qué punto el libro de Locke da margen al ridículo propiamente dicho por las expresiones groseras u ordinarias de que tanto gustaba y que acudían a él con placentera facilidad.

Tan pronto os dirá Locke en la segunda y tercera edición, y después de haber discurrido con todas sus facultades: "Que una idea clara es un objeto que el espíritu humano tiene ante sus ojos"; imaginad si puede haber otra cosa más maciza. Tan presto os hablará de la memoria como de una caja en donde se encierran las ideas para las necesidades; y que está separada del espíritu, como si pudiese haber en él otra cosa más que él. Por otra parte, hace de la memoria un secretario que lleva los registros. Nos presenta la inteligencia humana como un cuarto oscuro agujereado con algunas ventanas por las que penetra la luz, y allí se queja "de cierta especie de gentes que hacen tragar a los hombres principios innatos sobre los que no se puede discutir ya". Precisado a pasar de un vuelo por tantos asuntos distintos, os ruego que supongáis siempre que a cada cita que mi memoria os puede mencionar pudiera añadir ciento si escribiese una disertación. Sólo el capítulo de los descubrimientos de Locke podría entreteneros durante dos días.

Él es quien ha descubierto "que para que pueda haber confusión en las ideas es preciso que haya dos, al menos". De suerte que, en mil años enteros, mientras que una idea esté sola, no podrá confundirse con otra. Él es quien ha descubierto que si los hombres no han pensado en transmitir a las especies animales los nombres de parentesco admitidos entre ellos, por ejemplo: que si no se dice "con frecuencia" ese toro es abuelo de ese becerro, esos dos pichones son primos hermanos, es porque esos nombres nos son inútiles respecto a los animales, así como son neesarios de hombre a hombre para arreglar las sucesiones en los tribunales, o por otras razones.

También es él quien ha descubierto que si no se encuentran en las lenguas modernas nombres nacionales para explicar, por ejemplo, "ostracismo" o "proscripción", es porque no hay en los pueblos que hablan estas lenguas ni ostracismo ni proscripción, y esta reflexión le lleva a un teorema general, que da la mayor claridad a toda la metafísica del lenguaje: "Es que los hombres no hablan sino muy raras veces a sí mismos, y nunca a los demás, de las cosas que no tienen nombre"; de suerte (os ruego que reparéis en esto, porque es un axioma) "que lo que no tiene nombre no se dirá en la conversación". Igualmente él es quien ha descubierto "que las relaciones pueden cambiar sin que la materia cambie". Sois, por ejemplo, padre; muere vuestro hijo; Locke ve que cesáis de ser padre en el momento, aun cuando vuestro hijo hubiera muerto en América; "sin embargo, no se ha verificado en vos cambio alguno, y por cualquier lado que os miren, siempre verán el mismo".

EL CABALLERO.- ¡Ah! ¡Esto es bellísimo! Sabed que si aún viviera, iría expresamente a Londres para darle un abrazo.

EL CONDE.- Pero yo no os dejaría marchar sin explicaros antes la doctrina de las ideas negativas. Locke os enseñará, desde luego, "que hay expresiones negativas que no producen directamente ideas positivas" ["indeed we have negative names which stand not directly for positive ideas"], lo que creeréis de buena gana. En seguida aprenderíais que una idea negativa no es otra cosa que una idea positiva, "con más" la de carecer la cosa; lo que es evidente, como os lo demuestra acto seguido por la idea del silencio. Efectivamente: "¿Qué es el silencio? Es el ruido, con más, el no haber ruido".

¿Y qué es la nada? (Esto es importante por ser la expresión más general de las ideas negativas). Locke responde con una profundidad que no hay con qué ponderarla: Es "la idea del ser", a la que solamente se añade, para mayor seguridad, la de la "ausencia del ser". Pero la misma nada no es nada si se compara con todas las bellas cosas que tendría que deciros acerca del talento de Locke para las definiciones en general. Os recomiendo este punto como muy esencial, por ser uno de los más divertidos o graciosos. Acaso sepáis que Voltaire, con aquella ligereza que nunca le abandonó, nos ha dicho "que Locke es el primer filósofo que ha enseñado a los hombres a definir las palabras de que se sirven, y que con su gran inteligencia no cesa de decir: ¡Definid!". Pues esto en particular; porque justamente sucede que Locke es el primer filósofo que ha dicho: "¡No defináis!" Y que, sin embargo, no ha dejado de definir, y de un modo que sobrepasa el ridículo.

¿Desearíais saber, por ejemplo, qué cosa es el poder? Locke tendrá la bondad de deciros: "Que es la sucesión de las ideas sencillas, de las que unas nacen y las otras mueren". Sin duda estáis deslumbrado con esta claridad; pero aún puedo citaros cosas que son más preciosas. En vano todos los metafísicos nos advierten de común acuerdo que no se intente la definición de esas nociones elevadas o encumbradas, que sirven ellas mismas para definir a las demás. El genio de Locke domina esas alturas, y se halla en estado de darnos, por ejemplo, una definición de la existencia mucho más clara que la idea suscitada en nuestro espíritu por la simple enunciación de esa palabra. Os enseña que la existencia es la idea que está en nuestro espíritu, "y que consideramos como si estuviera actualmente allí, o el objeto que consdieramos como estando actualmente fuera de nosotros".

No se creyera que fuese posible elevarse más alto, a no hallarse en seguida la dificultad de la unidad. Tal vez no ignoréis cómo el preceptor de Alejandro la definió en aquel tiempo en su acepción más general. "La unidad -dijo- es el ser; y la unidad numérica en particular es el principio y la medida de toda cantidad". Ya veis que esto no es del todo malo; pero ahora veréis donde brilla el progreso de las luces. "La unidad -dice Locke- es todo aquello que puede considerarse como una cosa, sea real, sea idea". A esta definición, que hubiera causado fogosos celos a Mr. de la Palice [Perogrullo], añade Locke con la mayor seriedad del mundo: "Así es como el entendimiento adquiere la idea de la unidad".

(...)

¿Desearíais ahora conocer lo que sabía Locke de las ciencias naturales? Os ruego que escuchéis bien esto. Sabéis que cuando se quiere conocer la velocidad en el recorrido de determinada distancia deben conocerse dos términos, a saber: la distancia recorrida y el tiempo empleado en recorrerla. Para apreciar, por ejemplo, la velocidad de dos caballos, no digo que el uno haya ido de aquí a Strelna en cuarenta minutos, y el otro a Caminiostroff en diez, conminándoos a que saquéis vuestro lapicero y a que hagáis una operación aritmética para saber en qué consiste, sino que os diré que ambos caballos han ido, por ejemplo, desde San Petersburgo a Strelna, el uno en cuarenta minutos y el otro en cincuenta; luego es claro que en tales casos, esando la velocidad sencillamente proporcionada al tiempo, no hay espacio que comparar. Pues bien, señores, estas profundas matemáticas no estaban al alcance de Locke. Creía él que sus hermanos los hombres no habían reparado hasta entonces en que en el valor de la celeridad el espacio ha de tomarse en consideración; se queja muy gravemente de "que los hombres, después de haber medido el tiempo por el movimiento de los cuerpos celestes, hayan pensado en medir el movimiento por el tiempo, siendo claro, por poco que se reflexione, que el espacio ha de tomarse en consideración lo mismo que el tiempo".

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Ya veis, señores, lo que sabía Locke sobre los elementos de las ciencias naturales. ¿Desearíais saber o conocer su condición? Aquí tenéis una muestra maravillosa. Nada hay más célebre en la historia de las opiniones humanas que la disputa de los antiguos filósofos sobre los verdaderos manantiales de la felicidad, o sobre el "summum bonum". Pues, ¿sabéis de qué manera comprendió Locke la cuestión? Creía que los antiguos filósofos disputaban, no acerca del derecho, sino del hecho; cambia una cuestión de moral y de alta filosofía en otra cuestión sencilla de gusto o de capricho, y sobre este bello descubrimiento decide con una profundidad asombrosa: "Que tanto valdría disputar para saber si el mejor sabor está en las manzanas, en las ciruelas o en las nueces". Es, como ya veis, tan sabio como moral, o encumbrado, o magnífico.

¿Querríais saber ahora hasta qué punto estaba Locke dominado por las preocupaciones más groseras de la secta, y hasta dónde había hundido o aplanado aquella cabeza el protestantismo? Quiso, no sé en qué capítulo de su libro, hablar de la presencia real. Nada tengo que decir sobre esto. Era reformado y podía dedicarse a ese pasatiempo; pero debiera haber hablado al menos como quien tiene una cabeza regular, en lugar de decirnos, como lo ha hecho, que los partidarios de ese dogma lo creen porque han asociado en su espíritu la idea de la presencia simultánea de un cuerpo en varios lugares con la infalibilidad de cierta persona. ¿Qué diremos de un hombre que era dueño de leer a Belarmino; de un hombre que fue contemporáneo de Petau y de Bossuet; que podía, desde Dover, oír las campanas de Calais; que, por otra parte, había viajado y aun residido en Francia; que había pasado su vida entre el ruido de las controversias, y que escribe formalmente que la Iglesia católica creía en la presencia real bajo la fe de cierta persona que da su palabra de honor?

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Habéis oído a Voltaire que nos dice: "Locke, con su gran entendimiento, no cesa de repetirnos: ¡Definid!". Pero yo os pregunto: ¿hubiera hecho este elogio del filósofo inglés de haber sabido que Locke es eminentemente ridículo, sobre todo en sus definiciones, que no definen nada? Ese mismo Voltaire también nos dice, en una obra que es un sacrilegio, que "Locke es el Pascal de Inglaterra".

Ya sabéis que no siento una ciega estimación por Francisco Arouet; aunque lo juzgue tan ligero, tan malintencionado y, sobre todo, tan mal francés como queráis, nunca, sin embargo, podría yo creer que un hombre de tan buen tacto y de tanto gusto hubiera hecho esa extravagante comparación después de haber juzgado por sí mismo. ¡Cómo! ¿El fastidioso autor del Ensayo sobre el entendimiento humano, cuyo mérito se reduce en la filosofía racional a vendernos o publicarnos, con la elocuencia de un almanaque, lo que todo el mundo sabe o lo que nadie tiene necesidad de saber, y que por otra parte, sería enteramente desconocido en las ciencias a no haber descubierto que "la verdad se mide por el volumen", a un hombre de ese tenor se le compara con Pascal? ¡A Pascal, hombre célebre antes de los treinta años; físico, matemático distinguido, apologista sublime, polemista superior, hasta el punto de transformar la calumnia en entretenimiento; filósofo profundo, hombre singular, en una palabra, y en el que todos los defectos imaginables no serían capaces de eclipsar sus cualidades extraordinarias! Tal paralelo no da lugar ni siquiera a sospechar que Voltaire se hubiera enterado por sí mismo del Ensayo sobre el entendimiento humano. Añadid a esto que los literatos leían muy poco en el siglo último; ante todo, porque llevaban una vida disipada; después, porque escribían mucho, y, por último, porque el orgullo no les permitía suponer que tuviesen necesidad de las ideas de los demás. Hombres de esta clase tienen otras cosas en qué ocuparse, y no en leer a Locke. Tengo motivos para sospechar que, en general, no le han leído los que le ensalzan, le citan y aun quieren explicarlo.


De Maistre