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lunes, 24 de noviembre de 2008

Procusto sabe más




Para conciliar ciencias y letras no tenemos que transigir necesariamente con los dictados del materialismo. La integridad de sentido del universo que escinden los dualistas, a menudo por influjo cartesiano, puede recuperarse desde la metafísica (Spinoza, Leibniz) y ha venido siendo desde antaño un proyecto romántico. Lessing vio en la Ilustración la fase madura de una Providencia para la instrucción del género humano; Hölderlin hablaba de la huida de los dioses; Weber, discípulo de Dilthey, constató el desencantamiento del mundo, y sin embargo quiso desentrañar el espíritu del capitalismo.

Una observación precisa y empíricamente contrastable no es siempre signo de un análisis inteligente. Reducir lo vivo a lo inerte, el movimiento a sus estadios intermedios (Zenón de Elea), la percepción al automatismo, la moral al instinto, etc. son tentaciones fatalistas a las que sólo se sucumbe tras una prolongada decadencia de las humanidades.

PS: Respecto a la socorrida cita de Laplace, que leo en uno de los blogs enlazados, conviene contrastarla con la polémica Newton-Leibniz sobre la naturaleza del espacio, candente por aquel entonces. No es en absoluto una declaración veladamente atea, como se ha pretendido con cierta ligereza, sino una toma de posición en favor de la solución leibniziana.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Recelo y finitud


Quien escruta razones últimas para la injusticia la dignifica. Ésta no tiene otra causa que la inconsciencia, la ceguera, el olvido de sí. Mal moral al que son proclives aquellos que en lo positivo niegan esas mismas razones últimas y todo lo cifran en un obrar práctico y despreocupado. Se expresan de esta guisa: lo que llena el mundo es azaroso o ignoto, no regido por principios racionales, y lo que lo destruye es consecuencia geométrica de ese azar; luego nadie obra bien ni mal, sino que simplemente obra más o menos. Destruyen, pues, la conservación de las cosas, la espontaneidad del albedrío y la universal armonía.

La confianza en el orden es condición necesaria del sentido de una investigación científica. Un orden plasmado en el mundo y que ninguna mirada agota. En contra de lo que suele pensarse, el creyente y el escéptico no son figuras antagónicas. Véase, por ejemplo, a Lessing:


Si Dios contuviera toda la verdad en su diestra y la incansable búsqueda de la verdad en la zurda y, a la vista de que estoy condenado a errar por siempre, me ordenase: 'Escoge', escogería humildemente la izquierda, respondiendo: 'Dame, Padre. La verdad pura sólo a ti te pertenece'.

Se aspira a la verdad porque se tiene fe en ella más allá de toda hesitación; una verdad cuyo contenido particular no importa tanto como su carácter vinculante, envolvente y eterno. Si el escéptico resuelve los motivos de sus dudas, se convertirá en teísta o en deísta; si los olvida, en ateo. Pero nadie -creyente o descreído- tiene derecho a combatir la certeza ajena con la incertidumbre propia. La duda puede redundar en acicate para la acción (la moral de Descartes) o la experimentación, y sin embargo es incapaz de persuadir, pues se ha proscrito del ámbito de lo teórico.

El darwiniano Nietzsche atribuía la tendencia escéptica al mestizaje de razas en Europa. Así, el más célebre entre los incrédulos, lejos de ver el enquistamiento de la duda como un rasgo de racionalidad, lo contempla como un claro signo de corrupción de los instintos y decadencia de las costumbres.