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domingo, 26 de abril de 2009

El cristianismo no es un idealismo




La muerte termina con las enfermedades, pero no es en sí misma un término. Una enfermedad mortal, en sentido estricto, quiere decir un mal que termina en la muerte, sin nada más después de ella. Y esto es la desesperación.

Pero en otro sentido, más categóricamente aún, ella es la enfermedad mortal. Pues lejos de morir de ella, hablando con propiedad, o de que ese mal termine con la muerte física, su tortura, por el contrario, consiste en no poder morir, así como en la agonía el moribundo se debate con la muerte sin poder morir.

(...)

En esta última acepción, pues, es la desesperación la enfermedad mortal, ese suplicio contradictorio, ese mal del yo: morir eternamente, morir sin poder morir sin embargo, morir la muerte. Pues morir quiere decir que todo ha terminado, pero morir la muerte significa vivir la propia muerte; y vivirla un solo instante es vivirla eternamente. Para que se muera de desesperación, como de una enfermedad, lo que hay de eterno en nosotros, el yo, debería poder morir, como hace el cuerpo, de enfermedad. ¡Quimera! En la desesperación el morir se transforma continuamente en vivir. Quien desespera no puede morir; "como un puñal no sirve de nada para matar pensamientos", nunca la desesperación, gusano inmortal, inextinguible fuego, no devora la eternidad del yo, que es su propio soporte. Pero esta destrucción de sí misma que es la desesperación es impotente y no llega a sus fines. Su voluntad propia está en destruirse, pero no puede hacerlo, y esta impotencia misma es una segunda forma de destrucción de sí misma, en la cual la desesperación no logra por segunda vez su finalidad, la destrucción del yo; por el contrario, es una acumulación de ser o la ley misma de esa acumulación. Es ella el ácido, la gangrena de la desesperación, el suplicio cuya punta, dirigida hacia el interior, nos hunde cada vez más en una autodestrucción impotente. Lejos de consolar al desesperado, el fracaso de su desesperación para destruirse es, por el contrario, una tortura que reaviva su rencor, su ojeriza; pues acumulando incesantemente en la actualidad desesperación pasada, desespera de no poder devorarse ni de deshacerse de ser yo, ni de aniquilarse. Tal es la fórmula de la acumulación de la desesperación, el crecimiento de fiebre en esa enfermedad del yo.

(...)

Quien desespera quiere, en su desesperación, ser él mismo. Pero entonces, ¿no quiere desprenderse de su yo? En apariencia, no; pero observando de más cerca, siempre se encuentra la misma contradicción.

(...)

Sócrates probaba la inmortalidad del alma por la impotencia de la enfermedad del alma (el pecado) para destruirla, como hace la enfermedad con el cuerpo. Igualmente se puede demostrar la eternidad del hombre por la impotencia; de la desesperación para destruir al yo, por esa atroz contradicción de la desesperación. Sin eternidad en nosotros mismos no podríamos desesperar; pero si se pudiera destruir al yo, entonces tampoco habría desesperación.


Kierkegaard

lunes, 7 de abril de 2008

Nadie puede jactarse de ser más que un individuo


Todo hombre por sí mismo, como individuo, debe rendir cuentas ante Dios. Ningún tercero osará interponerse en este examen entre Dios y el individuo. Sin embargo este diálogo, al poner la cuestión sobre el tapete, osa y ha de osar a recordarle al hombre, de un modo inolvidable, que la más desastrosa de todas las evasiones consiste en esconderse en la multitud en un intento de escapar al escrutinio al que Dios lo somete en tanto que individuo. Tiempo atrás, Adán intentó esto mismo cuando su mala conciencia lo condujo a imaginar que podía esconderse entre los árboles. Puede que sea incluso más fácil y práctico, y más cobarde, el esconderse entre la multitud en la esperanza de que Dios no será capaz de distinguirnos al uno del otro. Pero en la eternidad cada uno deberá rendir cuentas como individuo. Esto es, la eternidad exigirá de él aquello que debería haber vivido como individuo. La eternidad representará ante su conciencia todo lo que ha hecho como individuo a quien se haya olvidado a sí mismo en el fatuo bullicio. En la eternidad se le pedirá que rinda cuentas estrictamente como individuo a quien haya intentado permanecer en la multitud, donde no era posible una estimación tan precisa. Cada uno deberá rendir cuentas ante Dios como individuo. El rey deberá rendirlas como individuo; y el más despreciable de los mendigos, como individuo. Nadie puede jactarse de ser más que un individuo, y nadie piensa en su abatimiento que no sea un individuo, puesto que tal vez en sus asuntos mundanos no se hizo con un nombre, sino que fue reputado como un colectivo.


Kierkegaard

domingo, 4 de marzo de 2007

Dios - El mundo


Si dos hombres comieran nueces juntos, y a uno no le gustara más que la cáscara y al otro sólo la semilla, debería decirse que se complementan bien. De la misma forma, debe decirse que Dios y el mundo se complementan mutuamente. Lo que el mundo rechaza, descarta, desprecia: los sacrificados, las semillas, justamente a ellos Dios los aprecia infinitamente, los recoge con mayor celo que el mundo a aquellos a los que ama con la mayor pasión.

Kierkegaard


02 Marc-Antoine Ch...

domingo, 11 de febrero de 2007

Kierkegaard. La justicia divina


Si tú alguna vez has observado cómo suceden las cosas en este mundo, seguro que te ha ocurrido, como a otros antes que ti, que desalentado le has dado la espalda a todo y te has preguntado en tono de lamento: ¿ésta es una providencia justa?, ¿dónde está la justicia divina? Invasión de la propiedad ajena, robos, fraudes, todo lo que se relaciona con el dinero (el ídolo de este mundo) se castiga, se castiga severamente en este mundo; incluso lo que difícilmente puede llamarse un delito, como que un hombre pobre le suplique con la mirada a un transeúnte, se castiga severamente; tan severamente suceden las cosas en este -¡mundo justo!. Pero para los delitos terribles, como que un hombre se apropie de lo sagrado, que tome la verdad en vano y que de esta manera cada día de su vida sea una mentira continua - para estos delitos no se ve intervenir ninguna justicia punitiva; por el contrario, este hombre tiene permiso para expandirse sin limitaciones y abarcar un círculo más o menos grande, quizá toda una sociedad, que con admiración y adoración lo retribuye con todos los bienes terrenales. ¿Dónde está entonces la justicia divina?

A esto debe responderse: es precisamente la justicia divina la que en su tremenda severidad permite que las cosas sucedan así; está presente, es todo ojos, pero se oculta; para revelarse tal como es no quiere ser vista antes de tiempo, pero cuando se revele se verá que estaba allí, presente incluso en lo más pequeño. Si la justicia divina interviniera rápidamente de manera punitiva, los verdaderos delitos capitales no podrían consumarse. De quien, por debilidad, seducido por su deseo, arrastrado por sus pasiones sensuales, pero no obstante por debilidad, se extravía y toma el camino del pecado, de él la justicia divina se apiada y lo castiga, cuanto antes mejor. Pero al auténtico y al más grande criminal, a ése -recuerda que te lamentabas de que la justicia pareciera tan blanda o casi inexistente-, a ése la providencia lo enceguece, haciéndole creer ilusoriamente que su vida agrada a Dios y que es él quien en realidad ha logrado cegar a Dios: ¡tan terrible eres tú, justicia divina!

Que nadie se inquiete por esta objeción contra la justicia divina. Pues precisamente para ser justicia debe dejar primero que el delito se consuma en toda su culpa, pero el auténtico delito capital necesita -¡tenlo muy presente!- la vida entera para consumarse, y es precisamente el auténtico delito capital porque se perpetúa durante toda la vida. Pero ningún delito puede castigarse antes de ser consumado. De este modo la objeción desaparece. La objeción pretende en realidad que Dios castigue tan rápido que (es exactamente lo mismo) el castigo alcance al ladrón antes de que robe. Pero como el delito debe haberse consumado antes de ser castigado, y como el delito capital (exactamente lo que te subleva) necesita toda una vida para consumarse, entonces no puede ser castigado en esta vida; castigarlo en esta vida no sería castigarlo sino impedirlo, así como no sería castigar el robo si se castigara al ladrón antes de robar, impidiendo el robo e impidiendo al ladrón llegar a serlo.

Por eso no te quejes nunca cuando veas que prospera lo terrible que quiere sublevar tu mente contra Dios; no te quejes, no, tiembla, di: Dios de los cielos, él es uno de los peores criminales, cuyo delito requiere de toda la temporalidad para consumarse y que sólo se castiga en la eternidad.

Es entonces la severidad la que hace que el delito capital no se castigue en este mundo. Y en algunos casos es quizá también el cuidado hacia nosotros. Pues hay diferencia entre hombre y hombre; uno puede ser muy superior al otro. Pero también es una superioridad ser el peor criminal. Entonces la providencia lo deja sin castigo, también porque quizá se confundirían totalmente nuestras ideas si viéramos que él es un criminal. Como ves, la cuestión puede ser aún peor de lo que imaginabas cuando te quejabas; te quejabas de que Dios no castigaba lo que tú podías ver que era delito, pero, como ves, la cuestión puede ser aún peor de lo que te imaginabas cuando te quejabas. Quizás alguna vez haya vivido un criminal de tal envergadura que absolutamente nadie sospechara nada, sí, que Dios no hubiera podido hacerse entender por los hombres entre los que el criminal vivía si lo hubiera castigado, que Dios al castigarlo en el tiempo (más allá de que esto hubiera sido impedir el delito) casi necesariamente habría confundido a los hombres entre los que el criminal vivía, y esto, Dios, por su amor y cuidado hacia nosotros, no podría quererlo. Y de este modo no fuera castigado en el tiempo: ¡es terrible!

Sí, tiembla, porque haya delitos que necesiten todo el tiempo para consumarse, porque algunos quizá por consideración hacia nosotros ni siquiera puedan ser castigados en esta vida; tiembla, pero no acuses a la justicia de Dios, no, tiembla ante la idea (¡qué terrible suena cuando se dice así!) de este cruel privilegio de ¡no poder ser castigado más que en la eternidad! No poder ser castigado más que en la eternidad: ¡Dios misericordioso! Todo criminal, todo pecador que puede ser castigado en este mundo, puede también salvarse, salvarse para la eternidad. Pero el criminal cuyo signo distintivo es no poder ser castigado en este mundo, no puede salvarse, no puede salvarse para la eternidad siendo castigado en el tiempo, no, él no puede -éste es su privilegio- ser castigado más que en la eternidad. ¿Te parece entonces que hay algún fundamento para quejarse de la justicia de Dios?


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PD del Transcr.: Comparar con los textos de Séneca y Plutarco sobre la misma cuestión.