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lunes, 11 de mayo de 2020

Fénelon, sobre cómo debe predicarse la infinitud de Dios



El ser infinito, no teniendo ningún límite en ningún sentido, no puede tener en ningún sentido ni grado ni diferencia, sea esencial o accidental, ni manera precisa de ser, ni modificación. 
Por tanto, todo lo que es limitado, diferenciado, modificado no es el ser absoluto, infinito, universal. 
Por tanto, todo ser limitado, diferenciado, modificado no puede ser una modificación del ser infinito; ya que llamarlo infinito modificado equivale a llamarlo infinito y finito, dado que la modificación no es más que un límite del ser y una imperfección esencial. 
Por tanto, todo ser modificado y diferenciado, todo ser que no es concebido bajo la idea clara del ser inmodificable, y sin sombra de restricción, es necesariamente un ser que no es por sí mismo, un ser defectuoso, un ser distinto realmente del que es esencialmente inmodificado e inmodificable en todos los sentidos. 
Por tanto, es absurdo decir que lo que llamamos comúnmente sustancias creadas no son sino modificaciones del ser infinito. Éste no sería tal si tuviera en un solo instante alguna modificación. 
Por otro lado, cuando hablamos de modificaciones de un mismo ser lo hacemos sobre una cosa que es esencialmente relativa a este mismo ser, de manera que no puede tenerse ninguna idea de un modo más que concibiéndolo mediante la idea misma de la sustancia modificada; y no puede concebirse un modo sin concebir también los demás modos, que emanan necesariamente como él de la sustancia modificada. Es así que no puedo concebir la figura sin concebir la extensión a la cual ella pertenece esencialmente; y no puedo concebir la divisibilidad ni el movimiento sin concebir asimismo la extensión y la figura como sus límites.  
De donde concluyo que si las sustancias que llamamos creadas no fueran sino modificaciones del ser infinito, no podría concebirse ninguna de ellas sin contener en el mismo concepto formal, o en la misma idea, al ser infinito. Por ejemplo, no podría pensar en una hormiga sin concebir actualmente y formalmente la esencia divina, lo cual es falso y absurdo. Además, no podría concebir una criatura sin concebir las otras por la misma idea, así como no puedo concebir la divisibilidad sin concebir la figura y la extensión, ni concebir la voluntad del ser pensante sin considerar su inteligencia. 
Por tanto, las criaturas no son modificaciones de una misma sustancia. 
Por tanto, son verdaderas sustancias realmente distintas las unas de las otras, que subsisten y son diversamente modificadas independientemente las unas de las otras, de manera que un cuerpo se mueve mientras que el otro permanece en reposo; y que un espíritu quiere la verdad y quiere el bien mientras que el otro yerra y se deleita en lo malo. 
Por tanto, estas sustancias realmente distintas entre ellas subsisten y se conciben en una total independencia recíproca, si bien no subsisten ni pueden ser concebidas independientemente respecto a la causa superior que las hace pasar de la nada al ser. 
Por tanto, existen seres que son inferiores a otros. El ser y la perfección son la misma cosa. El ser infinito, que es de una unidad suprema, es infinitamente ser porque es infinitamente perfecto. Yo existo verdaderamente y no soy Él, soy infinitamente menos perfecto que Él, puesto que no soy por mí mismo como Él, sino por Su sola fecundidad. El ser que no se conoce y no conoce al Ser que lo ha creado es menos perfecto y menos ser que yo, que me conozco y conozco mi causa. 
Por tanto, existen grados infinitos del ser unidos en su totalidad por la simplicidad indivisible del ser infinito, y que se dividen infinitamente en las producciones de dicho Ser. 
Por tanto, los grados infinitos del Ser tomado intensivamente no tienen nada en común con la multiplicación extensiva del ser, siendo así que Dios es infinito por los grados infinitos tomados intensivamente que se encuentran congregados en Él, a los que nada puede añadirse. Finalmente, la multiplicación extensiva del ser por la creación del universo no añade nada a este género de infinito intensivo, que es el que corresponde a Dios.

Fénelon

miércoles, 18 de agosto de 2010

Infierno




Reproduzco una suma sintetizada de mis intervenciones en un breve debate con un amigo teólogo sobre la clásica cuestión de la justicia en la eternidad de las penas. El suyo no es un posicionamiento católico, sino origenista, aunque algún santo como Gregorio de Nisa lo compartiera con él. Se argumenta que si Dios es infinitamente justo y misericordioso, no puede recompensar pecados finitos con castigos infinitos. Ésta es la idea central y en torno a ella giran todas las defensas que se pueden articular para guarnecerla. Pese a que los teólogos cristianos han tenido no pocas dificultades intentando refutar a quienes de tal modo hablaban, creo que no es ésta la solución correcta ni la que más conviene a la dignidad de Dios. Juzgo que ello es así en atención a tres puntos:

1. En primer lugar, porque el hombre permanece en estado de caída y su tendencia es al mal, salvo que medie la gracia. Ahora bien, una vez muerto, cesa la posibilidad misma de recibirla. De lo contrario, si todos tuvieran que salvarse, habría que prorrogar el Juicio de Dios por siempre -pues cabe pensar que alguien podría resistirse a la gracia y merecer por tanto condenación- o sería preciso concluir que tal Juicio -concebido antes de los tiempos y revelado al final de ellos- adolece de provisionalidad.

2. En segundo lugar, porque lo temporal no guarda proporción con lo eterno, y así las penas y recompensas del otro mundo tampoco pueden guardarla con nuestras obras en éste.

3. En tercer lugar, porque la Escritura rechaza esta doctrina.

* * *


1. Vemos a diario que el plan de Dios para el hombre se frustra y que el mal sobreabunda al bien, no por accidente, sino por voluntad plena de quienes los causan, aunque tengan luego tal vez materia para arrepentirse. Así, no hay que dar por hecho que el castigo eterno lo recibamos en contra de nuestra voluntad. Puesto que pecamos porque queremos, ¿por qué no suponer que también en la eternidad seremos castigados asintiendo a ello?

Asimismo, es repelente desde un punto de vista moral el que todos deban salvarse, porque implica que Dios hace fuerza a los malos para que se conviertan, aun resistiéndose éstos con toda su alma. Con tal de operar algo semejante habría que anular el entendimiento de los que odian a Dios, insuflando un nuevo espíritu en lugar de transformar el viejo.

Varados en el error opuesto, algunos sueñan ser cosa sencilla el anular la voluntad. Sócrates pensó que enseñándose al hombre la virtud se lo haría bueno. Esto es algo que la experiencia niega, pues no pecan más los ignorantes que los avisados, y Dios se complace en humillar a los que se glorian de su ciencia. Si creemos en la ley eterna inscrita en nuestros corazones, no hay ignorancia posible en materia de moral, por desfigurados que estén nuestras almas y los códigos humanos. Antígona supo que no tenía excusa para con los dioses, aunque las leyes tebanas favoreciesen la impiedad.

Admito que el pecado es alienación, pero no lo igualo a la ignorancia. De este modo Ovidio: Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor. Y con él Pablo: Hago el mal que no quiero y el bien que quiero no lo hago. De esta manera actúan los pecadores, es decir, todos los hombres.

Es más, si la ignorancia excusa el pecado y éste es sólo ignorancia, ¿acaso está excusado siempre? ¿Se trata de una ignorancia plena o sólo parcial? Si fuera plena, no cabría hablar de mala fe, ni siquiera de mentira, pues Dios es la verdad y no miente quien no conoce qué sea ésta. El que así se encontrase estaría tan lejos de Dios como cualquier animal, ajeno al bien, a la vergüenza y al arrepentimiento, y no merecería más que él la salvación de su alma. Se repite a menudo que es imposible conocer a Dios por completo, pero no escuchamos con tanta asiduidad el reverso: que tampoco nadie, siendo racional, puede ignorarlo absolutamente.

2. Tocante a la proporción de las penas eternas, surge la duda de si pueden imputarse sin injusticia castigos eternos a pecadores finitos que en nada pueden perjudicar a Dios y que en vida ya sufren la miseria de una existencia carente de virtud.

Es cierto que una pena desproporcionada así entendida sería injusta, pero se niega la menor, esto es, que el daño de los individuos finitos sea finito. Séneca estableció que el mal no se detiene, pues carece de fines, al contrario que las acciones morales. Ahora bien, si un acto se juzga por su intención, según Pedro Abelardo, entonces quien quiere dañar en grado infinito debe ser castigado en grado infinito, si no se enmienda antes.

Más todavía. Quien no se enmienda aprueba el mal en él y debe aprobarlo también en los otros tantas veces como suceda. Luego, en cierto modo, aprueba un mal infinito.

3. Aquel que protesta a Dios impugna su vida misma, reniega de su ser, de su nacimiento, abomina de su destino y levanta el puño contra la propia verdad. ¿Cómo va a ser capaz de alzarse si no media la gracia o, cuando menos, la penitencia sincera? ¿Puede Dios restituir los dones a quien los desprecia airadamente? No lo ha hecho jamás. Disculpa el pecado contra el Hijo, pero no aquel contra el Espíritu.

No creo que una interpretación del Evangelio donde todos deban ser salvos sea adecuada. El Bautista anuncia amenazadoramente que "está puesta el hacha a la raíz del árbol, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego". Si la analogía del santo precursor no es sumamente imperfecta, esto significa que el pecador que no se convierte muere de forma definitiva, como muere el árbol talado y envuelto en llamas. Jesús subraya también la premura de la conversión con estas palabras: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma". Pero, si como se cree, siempre fuera posible purificarse una vez muerto sin que la salud del alma se viera definitivamente afectada, ¿a qué esa urgencia que Jesús intenta transmitir?

Se dice bien que hasta el mínimo mal tendremos que purgarlo. Sin embargo la Iglesia distingue entre el pecado mortal y el venial. Luego, salvo que creamos como los estoicos que todos los pecados pesan lo mismo, convendremos en que no todos merecen la condenación eterna. De ahí la institución del Purgatorio, que la Iglesia Católica sostiene -en parte en base a un célebre pasaje de Pablo- y los protestantes niegan.

Por último, nadie postula que en el infierno sólo pueda haber odio. El mal absoluto no existe, ya que, a diferencia del bien, el mal tiende a cero y no puede gozar de plenitud alguna. De ahí que sea un estado de imperfección e inarmonía, una lucha ganada contra el bien claudicante, un "gusano que no muere" porque encuentra razones para justificarse y perpetuar su ira. En el infierno, pues, existirán el remordimiento y el temor de Dios, pero serán la consecuencia de una fe de diablos que "creen y tiemblan", según las palabras de Santiago. No habrá reconciliación posible con Dios, y no figura ejemplo en la Biblia con el que pueda demostrarse lo contrario.

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Ignorabimus?




Si volvemos la vista a los animales y a la tierra bruta que pisan; a las moléculas orgánicas y al fluido en el que se mueven; a los insectos microscópicos y a la materia que los produce y los envuelve, es evidente que la materia general está dividida en materia muerta y en materia viva. Pero ¿cómo puede la materia no ser una, o toda ella viva o toda ella muerta? ¿La materia viva está siempre viva? ¿Y la materia muerta está siempre realmente muerta? ¿No muere nunca esta materia viva? ¿La materia muerta no empieza nunca a vivir?

¿Hay alguna otra diferencia que pueda ser señalada entre la materia muerta y la materia viva, además de la organización, y la espontaneidad real o aparente del movimiento?

Lo que llamamos materia viva, ¿no sería solamente una materia que se mueve por sí misma? Y lo que llamamos materia muerta, ¿no sería una materia móvil por otra materia?

Si la materia viva es una materia que se mueve por sí misma, ¿cómo puede dejar de moverse sin morir?

Si hay una materia viva y una materia muerta por sí mismas, ¿bastan estos dos principios para la producción general de todas las formas y de todos los fenómenos?

En geometría una cantidad real unida a una cantidad imaginaria da un todo imaginario; en la naturaleza, si una molécula de materia viva se une a una molécula de materia muerta, ¿el todo está vivo o está muerto?

Si el conjunto puede estar muerto o vivo, ¿cuándo y por qué estará vivo?, ¿cuándo y por qué estará muerto?

(...)

¿Varía la energía de una molécula viva por sí misma, o varía solamente según la cantidad, la cualidad, las formas de la materia muerta o viva a la cual se une?

¿Existen materias vivas específicamente diferentes de materias vivas?, ¿o es toda materia viva esencialmente idéntica? Lo mismo pregunto sobre las materias muertas.

Si pudiéramos suponer toda la materia viva, o toda la materia muerta, ¿habría otra cosa que no fuera materia muerta, o materia viva?, o ¿no podrían las moléculas vivas recuperar la vida, tras haberla perdido, para perderla de nuevo, y así sucesivamente, hasta el infinito?


Diderot

lunes, 14 de septiembre de 2009

Leibniz contra Turing




A fin de no repetir discusiones, condensaré mi planteamiento en pocas tesis que no se han rebatido todavía y que explican mi posición suficientemente:

1) Por compleja que sea, una máquina artificial puede carecer de respuestas y no actuar; por simple que sea, un ser vivo capaz de actuar lo hará siempre.

Comentario:
Escribo capaz de actuar porque hay seres vivos incapaces de ello, al no contar con un mínimo sistema motor. Lo que quiero expresar es que si un ser vivo posee una capacidad general de responder a estímulos que se presenten a su consideración, lo hará en cualquier caso, pues incluso la indecisión es en él una decisión negativa. Por el contrario, si una máquina está habilitada para obrar, no necesariamente responderá en todas las situaciones que acudan a su evaluación, pudiendo sufrir lagunas totales. Más aún: necesariamente no responderá en alguna tesitura que no haya sido prevista.

2) Los organismos naturales nunca eligen al azar, ya que en ellos jamás se da la indiferencia absoluta que resultaría de juicios perfectamente simétricos ante una dicotomía.

Comentario: Se elige al azar cuando en el contenido de la decisión no influye la circunstancia particular que la motiva. Por tanto, no puede en estos supuestos establecerse una conexión entre el estímulo concreto y la respuesta concreta.

El animal decide como nosotros, en base a juicios. La mosca juzga cuál es el mejor lugar para posarse, en qué momento exacto debe huir, etc. La menor complejidad no desnaturaliza al acto de juzgar, que consiste en subsumir un hecho en un razonamiento para aprobar o desaprobar un fin práctico. No hay, entonces, más que una diferencia de grado entre nuestros juicios y los suyos.

3) La imposibilidad de simetría en nuestros juicios proviene de la infinidad actual de nuestras percepciones, sean éstas claras o confusas.

Comentario: Un número infinito de percepciones presupone un número infinito de estímulos con el que aquéllas se relacionan. Las máquinas artificiales pueden generar una infinidad de respuestas lógicas, pero no así una infinidad de relaciones perceptivas, debiendo recurrir al azar forzosamente en cuanto éstas se agotan.

4)
La infinidad de percepciones se debe, a su vez, a la infinita sutileza de nuestros órganos, que no pueden dejar de verse afectados por todo cuanto ocurre en el universo.

Comentario: Se parte de la derivación del axioma según el cual toda causa tiene un efecto. Así, hay infinidad de causas en el universo, las cuales, si no afectaran a nuestros órganos carecerían de efectos en ellos, rompiendo la cadena de la causalidad. Por lo que no es vano asumir que todo lo que afecta a nuestros órganos determina en mayor o menor medida nuestros juicios, cuya materia prima son las relaciones perceptivas. De una sensibilidad infinita se sigue una flexibilidad infinita.

Sin embargo, la materia con la que están fabricadas las máquinas artificiales también es infinitamente sutil, si bien sus relaciones perceptivas son, como se ha dicho, finitas. Esto prueba que los autómatas no experimentan verdaderas percepciones ni constituyen un auténtico organismo.

5) Si el hombre o el animal tuvieran que decidir sólo en base a lo percibido y a la razón, no decidirían nunca, puesto que jamás terminarían de procesar todos los datos de que disponen. Por consiguiente, radica en ellos un principio de espontaneidad ausente en la máquina.

Comentario: Deben, pues, tener en cuenta toda esta información como determinante pero no necesitante en su obrar. Como condición necesaria y no suficiente de su albedrío.

6) La vida es continua y unidireccional; la materia discontinua y multidireccional. El ser del hombre no puede detenerse sin morir, ni adoptar dos voluntades al mismo tiempo. Sí lo pueden los autómatas, puesto que no están vivos; ergo los hombres no son autómatas.

Comentario: Ahora bien, los autómatas no son más que cuerpos; luego los hombres son más que cuerpos.

martes, 8 de septiembre de 2009

Previsión infinita




Ningún asno se dejará morir de hambre por ser situado, como el de Buridán, entre dos montones de paja idénticos a la misma distancia. Si en lugar de a un asno, colocamos a un autómata en esta tesitura, cabe la posibilidad de que suspenda la elección o "se cuelgue". Esta posibilidad, repito, no se da nunca en un organismo vivo, porque siempre opta por lo que cree mejor y siempre encuentra una razón para ello.

Ésta es, en opinión mía, una de las diferencias más relevantes entre las máquinas artificiales y las naturales. La máquina perfeccionada podrá imitar hasta el extremo al organismo natural, pero nunca lo hará por una necesidad interna, mas en función de si las operaciones de que se trate han sido previstas antes en su programa.

El asno es capaz de enfrentarse a infinidad de situaciones distintas, a las que dará respuestas también distintas, por más que sigan una misma pauta con ligeras variaciones. Así, si la vida del asno careciera de límites en el tiempo, seguiría obrando indefinidamente sin llegar jamás al extremo de no saber qué resolver.

Hay hasta en los animales más insignificantes grados ínfimos de reflexión que, pese a no bastar para que hablemos de consciencia, son análogos a nuestros procesos cognitivos. El instinto es el modo de economizar estos contadísimos despliegues de razón que conforman los patrones decisorios de los brutos. Se basa en un número limitado de experiencias anteriores, pero su aplicación a las futuras carece de restricciones, que en cambio sí rigen en lo artificial. Esto es, en la más sofisticada de las máquinas podrá encontrarse algún residuo de imprevisión para el que no quepa dar razón de acciones determinadas, mientras que tal posibilidad queda excluida en el insecto menos desarrollado.

Aunque pueda hablarse en una máquina de infinitas partes que la constituyan potencialmente, sus fines estarán limitados al objetivo de la programación, por lo que serán necesariamente cuantificables. Una máquina artificial sólo podrá experimentar aquello para lo que está preparada, resultando ciega para lo demás. Un ser vivo, sin embargo, lo experimentará absolutamente todo, con independencia de que sólo sea consciente de una pequeña parte. Esto es gracias a que sus órganos van al infinito en sutileza.

miércoles, 16 de julio de 2008

De ojos e invidentes




Lo que sucede es que los del otro lado de la valla (los defensores del diseño inteligente) creen que lo que hay y existe es de una "complejidad irresoluble" tal, por utilizar la frase de Michael Behe, que no se dan cuenta de que hemos llegado a donde estamos en el jardin de la vida, por tanteo a ciegas (el "relojero ciego" por extender la analogia del reloj de Paley desde el conocimiento biologico moderno que Dawkins sintetiza).

Anibal Monasterio


Tanteo a ciegas es una contradicción en los términos. El ciego que tantea no es completamente ciego: "ve" con la mente, con su sentido de la orientación, con su oído, con su tacto. Preguntémonos por qué la naturaleza tantea de un modo y no de otro, y por qué tiende a ofrecernos productos exitosos en lugar de hacerse y deshacerse como la tela de Aracne. Brentano habla de "la teleología inconsciente que caracteriza a la vida vegetativa":

En una cierta oposición a las manifestaciones del instinto se muestra la otra clase de fenómenos que ya mencioné: la de los movimientos voluntarios. Queremos mover un miembro, y éste, al punto, se mueve. Tampoco puede dudarse que es nuestra voluntad lo que causa este movimiento. Mas no lo causa de una manera directa, sino, por el contrario, muy mediata. La voluntad produce directamente un efecto que escapa a nuestra conciencia, y éste, de igual manera, determina la aparición de otro, y así sucesivamente, hasta que por fin surge el movimiento que queríamos hacer, tras una larga serie de incidencias que en gran parte desconocemos y que no entraban en nuestras intenciones.

No hay ser vivo que no muestre una fuerte inercia hacia su supervivencia: existir es perseverar. En suma, la selección de los mejores no reduce a la nada a los menos favorecidos. La evolución explica el modo del cambio, pero no la razón profunda del cambio, y por ende tampoco su fin. No es, pues, que el diseño sea ciego, sino que la biología se venda los ojos por ceñirse, como dicta su objeto, a lo estrictamente empírico.

martes, 20 de mayo de 2008

Ars longa











Entre la moral humana estándar y el comportamiento sociable de muchos animales para con su especie hay escasos paralelismos, a pesar de que nuestro origen biológico común podría hacernos pensar lo contrario. Una diferencia psicológica fundamental entre ellos y nosotros impide hablar de continuidad y, por tanto, de evolución en este punto: sólo el hombre es consciente de que va a morir. Con lo que ni el beneficio del grupo ni la expectativa de supervivencia bastarán para explicar las actitudes altruístas en el hombre, por no hablar de las heroicas.

No es el afán por retener la vida o difundirla el que nos convierte en seres benéficos para nuestros semejantes. Si éste fuera nuestro cometido, obraríamos en vano, sabiéndonos mortales. El evolucionismo ideológico y cualquier forma de vitalismo son mucho más apropiados para justificar la guerra que para cimentar la cooperación.

No son, entonces, nuestros genes los que nos persuaden a ser buenos, pues ningún acto libre depende por completo de lo que se obró en el pasado, de lo que un antecesor obró en nuestro lugar o de cualquier variable de contexto.

Nada de esto es válido
. El origen de los actos morales radica en la desproporción infinita entre lo hecho y lo que queda por hacer. El amor innato hacia la rectitud sólo puede desarrollarse bajo una perspectiva de urgente eternidad.

jueves, 17 de abril de 2008

L'Homme Machine-II




La tesis fatalista predica que las acciones de un hombre son tan independientes de su albedrío como su grupo sanguíneo, tan inexorables como los latidos de su corazón -incluso más. Se da la paradoja, entonces, de que el mundo puede cambiarnos (porque somos en función de un tiempo y de un lugar), pero no podemos cambiarnos a nosotros mismos. ¡Como si no fuéramos mundo!

Establezco que obrar sobre sí y autodeterminarse son sinónimos. Padecerse a sí mismo no tiene ningún sentido, y hacerse a sí mismo tampoco: son ficciones del lenguaje. Obrar, pues, es actuar el sujeto sobre su cuerpo, al menos en la apariencia racional, que es la que nos importa a los efectos de este razonamiento. Ahora bien, si el sujeto y el cuerpo son idénticos, no hay autodeterminación, sino determinación de un cuerpo por otro.

* * *

Por fijarlo en forma de esquema, estos son los casos que el sentido común acepta o descarta (1-4), frente al que rechaza sólo el materialista (5):

1) Padecerse a sí mismo: imposible (por la definición de "padecer", que remite a los fines ajenos).

2) Hacerse a sí mismo: imposible (por la función de todo "sí mismo" como sujeto previo a cualquier predicado que se le adjudique).

3) Padecer algo por otros: posible (el resto del mundo incidiendo en nuestro cuerpo).

4) Hacer algo a otros: posible (nuestro cuerpo incidiendo en el resto del mundo).

5) Hacernos algo a nosotros: imposible (nuestro cuerpo incidiendo en nuestro cuerpo; "tertium non datur", puesto que 1 y 2 son manifiestamente absurdos).

El "yo" sólo puede ser un conjunto o agregado cuando padece. Cuando actúa debe ser una unidad real y substancial, salvo que se pretenda o bien que 1 y 2 son posibles, o bien que existen alternativas a 1 y 2.

En suma, si el "yo" es sólo un cuerpo y el "yo" no actúa sobre sí mismo ni se padece a sí mismo, ni existe modo de cambiar un cuerpo más allá de la acción o la pasión que éste experimente, entonces el "yo" no puede cambiarse. Esto es, hay cuerpos (los comprendidos en la noción extensa del "yo") que no pueden cambiar a otros (estos mismos cuerpos), lo cual atenta contra el principio general de que la materia está codeterminada.

Luego, suponiendo que quepa continuar hablando de "cuerpos" en plural y no se reduzca el universo a un único cuerpo (lo que agravaría la paradoja), o renunciamos al principio de codeterminación, o renunciamos a la consecuencia del siervo albedrío.

miércoles, 16 de abril de 2008

L'Homme Machine-I




La escatología positivista es absurda. Supongamos que mi comportamiento es predecible por un observador que conozca a la perfección mi cuerpo y las leyes que lo rigen en tanto que compuesto material. Tras un cálculo preciso, el omnisapiente escrutador de mi albedrío me indica: "En este instante, consideradas todas las variables, incluida esta conversación que estamos manteniendo, es necesario que te rasques la barbilla y ladees la cabeza a la izquierda". Visto lo cual, procedo a acariciarme la nuca y estirar la pierna derecha.

¿Eres capaz de imaginar, lector, alguna situación en la que, tras decirme detalladamente lo que haré en los próximos segundos, yo no pueda más que ceder ante tus exactas previsiones, como cede ante la gravedad la piedra que rueda por la pendiente hasta el lago?

lunes, 19 de noviembre de 2007

Infinito en acto (II)
















No aprendemos nada que no supiéramos ya.


Podemos aprender infinitos conceptos.

Luego, sabemos infinitos conceptos.


Todo lo que sabemos tiene un reflejo físico.

Por consiguiente, tendrá infinitos reflejos.

Y, siendo nuestro cuerpo finito, serán reflejos infinitamente pequeños.


Si algo físico y sólo físico está dividido hasta el infinito, carece de inicio: cualquier parte que se tome dependerá de otra que, a su vez, también será dependiente de una tercera.

Si carece de inicio, carece de movimiento unitario.

Ahora bien, los seres vivos se mueven.

Por tanto, los seres vivos tienen alma.


Todavía más: toda porción de materia posee cierto grado de inercia, esto es, de movimiento unitario.

Ergo, toda la materia está infinitamente animada.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

En el laberinto


Sólo la geometría puede proporcionarnos el hilo conductor para recorrer el laberinto de la composición del continuo, de los máximos y de los mínimos, y de lo indesignable, y del infinito, y nadie llegará a una metafísica verdaderamente sólida sin haber recorrido dicho laberinto.

Así como una misma ciudad, vista por diferentes partes, parece otra y resulta como multiplicada en perspectiva, así también sucede que, por la multitud infinita de sustancias simples, hay como otros tantos universos diferentes, los cuales no son, sin embargo, sino perspectivas de uno solo, según los diferentes puntos de vista de cada mónada. Ésta es la manera de conseguir la mayor verdad posible con el mayor orden posible.

Leibniz.





El dibujo es del puño de Leibniz y se encuentra en el manuscrito de la Characteristica.

En breve me ocuparé de este espinosísimo asunto.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Infinito en acto


Hemos hablado de cómo los inventores del cálculo infinitesimal (Leibniz entre ellos) concibieron la circunferencia como un polígono de infinitos lados. Esto se refiere precisamente a un intento de cuadrar superficies curvas, esto es, de reducir figuras curvas a figuras rectas, cuyas medidas son más fáciles de calcular. Se trata de inscribir, primero, el cuadrado en el círculo. Más adelante, se inscribe un polígono con el doble de lados que el cuadrado, es decir, con ocho lados, todos iguales. Luego uno de dieciséis lados. Así se va aproximando el área del círculo. El resultado sólo sería exacto si el polígono tuviera infinitos lados.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Charlatán


Todo es materia.
La verdad es algo.
La verdad es materia.

La verdad es materia.
La materia tiene partes.
La verdad tiene partes.

La verdad tiene partes.
Una no-verdad no puede formar parte de una verdad en tanto que verdad.
Las partes de la verdad son verdad.

Con lo cual, o la verdad -cualquier verdad- tiene infinitas partes verdaderas, o tiene partes simples, esto es, no materiales (partes sin partes). Lo último se descarta, en base a la asunción primera. Por tanto:

Me llamo Daniel y escribo este blog.

Descomponga al infinito.

domingo, 8 de julio de 2007

La unidad y lo ilimitado


Una extensión ilimitada no debería conllevar una contradicción, ya que parece que algunas cosas pueden demostrarse a partir de ella, por ejemplo, que dos líneas rectas ilimitadas en el mismo plano que no sean paralelas tienen un punto en común. Y esto no puede ser dicho de las limitadas. Lo que afirmamos de ellas, sin embargo, es que es posible que sean prolongadas hasta que interseccionen.

* * *

Llamamos "mundo" al agregado de todos los cuerpos, el cual, si es infinito, no es ni siquiera un ente, así como no lo son ni una línea recta infinita ni el mayor número posible. De modo que Dios no puede ser concebido como el alma del mundo: no como el alma de un mundo finito, pues Dios mismo es infinito, ni como la de un mundo infinito, dado que un cuerpo infinito no puede ser concebido como un ente; luego, lo que no implica una unidad en sí mismo no tiene forma substancial, y por consiguiente carece de alma. En este caso Marciano Capella acierta al llamar a Dios una inteligencia extramundana.

Leibniz.

martes, 22 de mayo de 2007

En el pozo


Si el universo es finito, entonces tiene forma. Si tiene forma, está delimitado por una suerte de espacio distinto al universo. No obstante, en tanto que el espacio vacío no existe, tendría que tratarse de una prolongación del universo (lo que contradice la hipótesis) o de otro universo (lo que es absurdo).

Si el universo es infinito, la totalidad de sus partes es expresable en un número. Ahora bien, la idea misma del máximo de los números naturales es autocontradictoria, por lo que se rechaza. Sin embargo, cualquier cantidad está ya dividida hasta el infinito, al estar compuesta por la sucesión de todos los números que la preceden, que es infinita.

Todo esto se me hace en extremo chocante. Pero también podría ser que yo fuera muy estúpido.

domingo, 20 de mayo de 2007

Ser para la muerte


La locura es perseguir un fin infinito que no guarda relación con ningún otro, ni real ni lógica. Ahora bien, la vida puede vivirse de dos maneras: como infinita, dando por hecho que somos o seremos inmortales, o como finita, asumiendo lo contrario. En el primer caso existe una relación con Dios o con el destino, que nunca nos abandonan. En el segundo la vida es sólo un chispazo entre dos abismos. Apagarse es su liberación, su retorno a la cordura.

La vida atea surge sin propósito y se extingue por necesidad. Está segregada y al margen de cualquier sistema que la supere y le dé sentido. Guarda, en consecuencia, una total desconexión con lo que no sea ella misma. Acotada por lo caduco de su aliento, sólo puede ensancharse a fuerza de desindividualizarse, esto es, de negarse por disolución.

Ateos: ¿Cómo puede ser el mal un problema, si de la muerte os viene tan gran beneficio?

Teutoniam dudum belli atra pericl.mp3

martes, 3 de abril de 2007

Sobre la realidad de lo inmaterial


Puede existir una extensión sin forma (el espacio infinito), pero no una forma sin extensión. Se sigue que forma y extensión no son equivalentes.

Si la forma es una propiedad de la materia, es decir, algo que explica la materia, entonces la forma no puede ser explicada con cualidades materiales tales como la extensión. Pero esto es absurdo, luego la forma no es una propiedad de la materia.

Si la forma es parte de la materia, entonces hay una parte de la materia que carece de forma. Pero esto es absurdo, luego etc.

Ahora bien, si la forma no es ni una propiedad de la materia ni parte de ésta, entonces es inmaterial. Pero la materia tiene forma, con lo que la forma es real a la par.

Nada más. Gloria a Dios.

16 Requiem Ex F_ O...

lunes, 1 de enero de 2007

La Creación posible


Los fenómenos "paranormales" (¿entra aquí la acausalidad cuántica?), mientras no se demuestren, están excluidos por la Navaja. Pero Dios no es un fenómeno (no se percibe, ni es múltiple, ni está en el tiempo), sino el ente nouménico que -mediante la Creación u originación absoluta y radical de las cosas- evita que los fenómenos se multipliquen al infinito en acto. En otras palabras, si Dios o la Creación primigenia e irrepetible no existieran, el universo no podría progresar, dado que en el tiempo sin límite por el que éste se extiende ya habría sido todo lo que puede llegar a ser. Ahora bien, eso significa que en lo sucesivo, a partir de cierto umbral, tendríamos una infinidad de universos idénticamente recurrentes. Lo cual, al margen de inverosímil, al lograrse una reversión física perfecta, es absurdo según el principio de la identidad de los indiscernibles.

¿Qué prueba la aplicación ontológica de la Navaja? Dos cosas:

1) El universo no ha existido siempre, por lo que hay Creación.

2) El universo no existirá por siempre, por lo que hay Restauración.

Y ambas son dogmas cristianos, predicados por ignorantes que nada sabían de Ockham ni de la lógica más elemental. Esto es también un poderoso argumento en favor de la revelación.

Otra forma un poco más original de expresar la conclusión sería ésta:

Hay dos subconjuntos de lo posible:

a.1) Lo posible incondicionado o posible en todos los universos, que se opone a lo imposible o contradictorio (v.g., es posible que algo sea lo que es, y es imposible que sea lo que no es).

a.2) Lo composible en un universo, es decir, lo posible para sus leyes particulares e invariables.

Y, dentro de este último, dos subconjuntos más:

a.2.1) Lo composible y cierto, que sucederá en algún momento (hechos con razón suficiente).

a.2.2) Lo composible e incierto, que no sucederá jamás (hechos sin razón suficiente).

Ahora bien, transcurrido un tiempo infinito (como el que media desde este instante hasta la eternidad ingénita que nos proponen los ateos), los hechos de a.2.1 se habrán consumado. Pero, ante la aporía de que el mundo se repita, sólo nos queda afirmar que nuevas leyes indeducibles de las anteriores serán plasmadas, y que éstas procederán conformes a la voluntad de Dios, que se sitúa en a.1 y carece de restricciones fácticas.

* * *

Si algo es de un modo antes que de otro, puede deberse a dos motivos: 1) que sea un modo invariable y 2) que tenga una causa modal. Si algo es de un modo invariable, debe serlo siempre. Ahora bien, tal no existe en la naturaleza. Luego todo tiene causa.

Aún más: 1) Todo tiene una causa, o bien 2) todo deviene por sí mismo, sin causa (lo que suele llamarse, con evidente contradicción en los términos, "causa sui"). Sin embargo, algo que se autogenera debe existir para generarse antes de ser generado y, por tanto, existir antes de que exista, lo cual es absurdo. Luego el universo no es autogenerado.

Agrego: Para demostrar que algo no tiene razón hay que probar, además, que no puede tenerla.

Todavía más: Dios no se extiende en el tiempo y necesita sólo una razón, que es él mismo, para ser (es ridículo pedir una razón para la razón). Pero el universo necesita infinitas razones para extenderse infinitamente en el tiempo pasado. Ergo, si no hay razones para que ningún universo sea ingénito, aplicamos la Navaja: es creado por Dios.