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jueves, 15 de julio de 2010

Contra Hume




La explicación causal desde un plano epistemológico no es nada más allá de las correlaciones entre hechos, tan refinadas como se quieran. Pero presuponemos con razón que la causalidad es algo más, ontológicamente hablando. El motivo es el siguiente. Si se diera en la materia una indiferencia pura respecto a ser causada o incausada, debería ser -en todo lugar y a cada instante- una cosa o la otra en una proporción aproximada del cincuenta por ciento. Ahora bien, como nada observado nos induce a pensar que sea así, dada la regularidad y previsibilidad de los fenómenos, inferimos que no hay tal indiferencia y, por tanto, que la acausalidad no es una característica general de la materia. Luego, tertium non datur, lo es la causalidad, pues afirmar que la materia es a veces acausal equivale a confesar que lo es en ciertas circunstancias, esto es, bajo determinados efectos, lo que supone sostener un aserto autocontradictorio.

martes, 5 de enero de 2010

El destino de Fausto




Si la filosofía ha de servir a algún fin más allá de sus lúdicas especulaciones, es al de cuestionar la solidez y universalidad del sentido común. Nada es lo que parece, y de la apariencia es imposible obtener el ser, como se verá.

Los impugnadores de la metafísica tradicional, de Kant para abajo, o de toda metafísica, de Wittgenstein para abajo, tienen a la realidad por "la verdad misma". La genealogía de esta extendida opinión puede perseguirse sin excesivos quebraderos de cabeza. Se distingue en ella entre la doxa de las meras palabras, o esencias, y la episteme de lo testificable por los sentidos, las existencias. Esta subordinación de la primera a la segunda -en contra del parecer de Platón, que las conjugaba a la inversa- tiene un único fundamento que podríamos llamar intuitivo, a saber, que las palabras "provienen de dentro" y los objetos de los sentidos "de fuera". Dentro están los ídolos y fuera los dioses; dentro las representaciones y fuera los arquetipos; dentro los significantes sin significado, las quimeras, y fuera los significados sin significante, la Esfinge.

Esta visión, tenida hoy por supremamente racional, es en gran medida deudora del irracionalismo. La razón es menesterosa, se nos dice; es una voluble prostituta que engaña y mercadea con sus encantos. Es, sobre todo, mujer: debe ser sometida por un principio que la domine y determine, ya que de lo contrario se adecuará a cualquier dueño. Librémonos, en fin, de la razón y de su voz interior, pues ambas están corrompidas por lo fatuo del hombre, absurdo y mudable como él, así como por la tradición de los pueblos, que es vanidad sobre vanidad. Bacon no habría existido sin Lutero.

Pero ¿qué es la verdad? La verdad es un concepto definible o nada es. Ahora bien, la realidad empíricamente considerada, al depender de la pura observación según el positivismo, no se obtiene por derivación de ningún principio lógico superior que la comprenda. Éste es el motivo por el que no se la puede definir, sino, a lo sumo, describir. La palabra "realidad" es un término tan vacío como "ozingobru" si no se refiere a esta o aquella realidad contemplada. Por ello no puede emplearse como fundamento de ningún sistema, ya que ella misma, dada su inconsistencia ontológica, requiere de él.

Somos capaces de abstraer las características generales de los objetos para aplicarlas a una pluralidad de ellos. Con todo, como no hay muchas realidades, sino sólo una solidaria en todas sus partes, no es pensable siquiera una definición de realidad que pueda extrapolarse a varias de ellas. "Perro" viene a ser un vocablo apto a los efectos de una definición a priori; "realidad" no. No hay nada común con carácter necesario en dos situaciones reales distintas, pues las variables tiempo y espacio también son relativas a los estados de cosas; y nadie, salvo tal vez un metafísico, puede pretender que las leyes de la naturaleza sean algo más que una abstracción de nuestra mente. Pues esto es lo que se nos ha asegurado: que la realidad está por encima de cualquier metafísica.

Los duros materialistas han esgrimido ese espantajo, la realidad fenoménica, frente a cualquier conceptualización que escapase de ella. Sin embargo, a pesar de existir en cuanto tal ("real" y "existente" son indudablemente sinónimos), la realidad carece de significación propia. No puede oponerse a "lo irreal", porque no hay impedimento absoluto para que lo que hoy no existe sí exista mañana. Ergo, no hay "realidad" ni "irrealidad" a priori, sólo convenciones descriptivas.

Exigir que una proposición verdadera se ajuste, para serlo, a un estado de hecho constituye lo que viene conociéndose como la teoría escolástica de la adaequatio, la cual rechazo con los argumentos que siguen:

a) Es insuficiente, puesto que una teoría tal no podría dar razón de dos fenómenos aparentemente contradictorios.

b) Es dogmática, ya que anticipa como verdadera aquella realidad a la que el enunciado debe amoldarse. Esto es, presupone la verdad como previa la adaequatio y, por consiguiente, como condición de la adaequatio misma.

c) Es reduccionista, dado que limita lo verdadero a lo real-efectivo, negando la virtualidad de lo posible, esto es, aquello cuyo contrario no entraña contradicción.

A no ser que establezcamos principios previos a lo real e independientes de lo fenoménico, todas las predicciones empíricas serán o bien actos de fe, o bien profecías autocumplidas.

Hume establece como principio general el carácter a posteriori e injustificable de la relación causa-efecto. Si el orden de las ideas se deriva del de las impresiones, y las verdades apodícticas son, al cabo, tautologías, deducimos que éstas no son capaces de reflejar la realidad objetivamente, ni aquéllas pueden lograr el valor de verdad más que de un modo convencional o intersubjetivo. Las causas y los efectos son, para Hume, simples divisiones imaginarias que el hombre traza sobre el mundo, a modo de meridianos y paralelos, con el fin de lograr en él cierta capacidad de acción. No es, entonces, la causa la que genera el efecto, como nos enseña la razón práctica, sino que es el mismo efecto el que, retrotrayéndose por la fuerza de la Costumbre, se convierte en causa abstracta. Su realidad es puramente subjetiva, construida siempre de nuevo y sin más fines que serle útil al sujeto en cada momento.

La crítica de Hume no sólo apunta a la metafísica, sino a la misma ciencia, que basa la certeza de los enunciados en su verificación empírica (esto es, en el grado de repetición de lo previsto por ellos), sin reparar en que es la experiencia la que sostiene al razonamiento y no a la inversa. No es que los hechos confirmen una teoría, sino que la conforman efectivamente desde el momento en que son tomados como reglas para otros hechos, hechos cuya regularidad nadie (excepto la misma vacilante regla) nos asegura. El sustrato de la racionalidad es la irracionalidad, lo inarmónico, lo caótico. Todo lo que no sea un hecho perece en su propio discurso. Siendo el nudo hecho inaprehensible, la única escapatoria que la modernidad ofrece al hombre es la ataraxia y la resignación, trágica o irónica, ante la fatalidad de los acontecimientos.

lunes, 5 de octubre de 2009

Partir de cero en lo empírico




El conocimiento, en todas sus formas, es una vivencia psíquica; es conocimiento del sujeto que conoce. Frente a él están los objetos conocidos. Pero ¿cómo puede el conocimiento estar cierto de su adecuación a los objetos conocidos? ¿Cómo puede transcenderse y alcanzar fidedignamente los objetos? Se vuelve un enigma el darse de los objetos de conocimiento en el conocimiento, que era cosa consabida para el pensamiento natural. En la percepción, la cosa pasa por estar dada inmediatamente. Ahí, ante mis ojos que la perciben, se alza la cosa; la veo; la palpo. Pero la percepción es meramente vivencia de mi sujeto, del sujeto que percibe. Igualmente son vivencias subjetivas el recuerdo y la expectativa y todos los actos intelectuales edificados sobre ellos gracias a los cuales llegamos a la tesis mediata de la existencia de seres reales y al establecimiento de las verdades de toda índole sobre el ser. ¿De dónde sé, o de dónde puedo saber a ciencia cierta yo, el que conoce, que no sólo existen mis vivencias, estos actos cognoscitivos, sino que también existe lo que ellas conocen, o que en general existe algo que hay que poner frente al conocimiento como objeto suyo?

¿Debo decir que sólo los fenómenos están verdaderamente dados al que conoce, y que nunca jamás transciende éste el nexo de sus vivencias; o sea, que sólo puede decir con auténtico derecho: "Yo existo; todo no-yo es meramente fenómeno y se disuelve en nexos fenoménicos"? ¿Debo, pues, instalarme en el punto de vista del solipsismo? ¡Dura exigencia! ¿Debo, con Hume, reducir toda objetividad transcendente a ficciones que pueden explicarse por medio de la psicología, pero que no pueden justificarse racionalmente? Mas también ésta es una ruda exigencia. ¿Acaso la psicología de Hume no transciende, como toda psicología, la esfera de la inmanencia? ¿Es que bajo las rúbricas de "costumbre", "naturaleza humana" (human nature), "órgano sensorial", "estímulo", etc., no opera con existencias transcendentes (y transcendentes según confesión propia), cuando su meta es rebajar al grado de ficción todo transcender las "impresiones" e "ideas" actuales?

(...)

Esta ciencia a la que damos el nombre de metafísica, surge de una "crítica" del conocimiento natural en cada ciencia sobre la base de la intelección (obtenida en la crítica general del conocimiento) de la esencia del conocimiento y de la esencia del objeto de conocimiento según sus distintas configuraciones fundamentales; sobre la base de la intelección del sentido de las diversas correlaciones fundamentales entre conocimiento y objeto de conocimiento.

(...)

Casi ha venido a ser un lugar común de la filosofía de nuestro tiempo que pretende ser ciencia rigurosa el afirmar que sólo puede haber un método cognoscitivo común para todas las ciencias y, por tanto, también para la filosofía. Esta convicción cuadra perfectamente a las grandes tradiciones de la filosofía del siglo XVII, que también sostuvo que la salvación de la filosofía depende de que tome como ejemplar metódico a las ciencias exactas; ante todo, pues, a la matemática y a la ciencia matemática de la naturaleza. A la equiparación de método va unida la equiparación de objeto de la filosofía con las otras ciencias, y todavía hoy hay que señalar como opinión dominante la de que la filosofía -y, más concretamente, la doctrina suprema del ser y de la ciencia- puede estar no sólo relacionada con todas las restantes ciencias, sino, incluso, basada en sus resultados, del mismo modo que las otras ciencias están basadas unas en otras y pueden valer los resultados de unas como premisas de las otras.

(...)

En la esfera natural de investigaciones, una ciencia puede, sin más, levantarse sobre otra, y puede la una servir a la otra de modelo metódico -aunque únicamente en cierta medida, determinada y definida por la naturaleza de la esfera de investigaciones de que se trate-. La filosofía, en cambio, se halla en una dimensión completamente nueva. Necesita puntos de partida enteramente nuevos y un método totalmente nuevo, que la distingue por principio de toda ciencia "natural". Esto lleva consigo que los procedimientos lógicos que dan unidad a las ciencias naturales (con todos sus métodos especiales, que varían de ciencia a ciencia) tienen un carácter unitario por principio, al que se oponen los procedimientos metódicos de la filosofía como una unidad por principio nueva. Asimismo esto lleva consigo que, dentro del conjunto total de la crítica del conocimiento y de las disciplinas "críticas", la filosofía pura tenga que prescindir de todo el trabajo intelectual realizado en las ciencias naturales y en la sabiduría y los conocimientos naturales no organizados en ciencias; no le es lícito hacer de él ningún uso.


Husserl

sábado, 3 de octubre de 2009

Inmaculados


[El ateísmo es] la única visión del mundo que no incluye seres imaginarios, fantasmas en la máquina o voluntariosas teleologías a gusto del observador.


Hume, ateo, atribuía la causalidad a la imaginación. Es decir, para él la imaginación y la costumbre tenían mucho más peso que la razón en nuestra consideración del mundo.

Epicuro, ateo, creía en la declinación incondicionada de los átomos, que es un fantasma en la máquina.

Condorcet, ateo, confiaba en el progreso de la especie humana hasta alcanzar un universo en el que "el sol no alumbrará en la tierra más que a hombres libres". Una teleología más que voluntariosa, a mi entender.

Vía (comentarios).

viernes, 31 de julio de 2009

Una refutación de Hume antes de Hume




Las proposiciones universales son los fundamentos de la demostración filosófica

Ahora bien, este error de Nizolio no es despreciable porque lleva en el fondo algo de gran importancia. Pues, si los universales no son otra cosa que colecciones de singulares, se seguirá que no existe la ciencia por demostración (cosa que dice también Nizolio más adelante), sino colección de singulares o inducción. Mas por este procedimiento desaparecerán absolutamente las ciencias y los escépticos habrán conseguido la victoria. En efecto, por este procedimiento no pueden formarse nunca proposiciones perfectamente universales, porque por inducción nunca se puede estar seguro de que se han experimentado todos los individuos, sino que siempre nos moveremos en el ámbito de la proposición "todo lo que he experimentado es tal cosa". Pero, como no puede darse ninguna verdadera razón universal, siempre permanecerá la posibilidad de que innumerables cosas que tú no has experimentado sean distintas. Pero dirás que el fuego (es decir, el cuerpo luminoso, fluido y sutil) que brota de la leña de modo ordinario, quema; decimos, de modo universal, aunque nadie haya experimentado todos los fuegos de tal tipo, sino porque esto ya ha quedado claro en aquellos que hemos experimentado. Así que inferimos de esto y creemos con certeza moral que todos estos fuegos queman y nos quemarán si acercamos la mano.

Pero esta certeza moral no está fundada en la inducción solamente, ya que no se consigue sólo por la inducción, sino con la ayuda y el apoyo de las siguientes proposiciones universales que dependen no de la inducción de los singulares, sino de la idea universal o definición de los términos: 1.ª Si la causa es la misma o semejante en todos los casos, el efecto será el mismo o semejante en todos los casos. 2.ª No se presupone la existencia de una cosa que no es percibida. Y, finalmente, 3.ª Todo lo que no se presupone, en la práctica hay que tenerlo por nada, antes de que se pruebe.

De estas proposiciones surge la certeza moral de la proposición "todo aquel fuego quema". Pues supongamos que el fuego que ahora se me presenta sea de tal clase, digo, que sea en todos los aspectos (en lo referente a nuestra cuestión) semejante a los anteriores, porque, por hipótesis, no percibo diferencia alguna que afecte a la cuestión; y lo que no se percibe no se presupone, por la proposición de apoyo 2.ª Por la proposición 3.ª, lo que no se presupone, en la práctica, hay que tenerlo por nada. Luego hay que mantener, en la práctica, que es igual en todos los aspectos (en lo referente a nuestra cuestión). Ahora bien, por la proposición 1.ª, el efecto, es decir, la combustión, por hipótesis, será semejante en todos los aspectos. Luego hay que admitir, en la práctica, que cualquier fuego dado de tal clase, o todo aquel fuego, quemará. Cosa que se pretendía demostrar.

De esto ya queda claro que la inducción per se no produce nada, ni siquiera certeza moral, sin la ayuda de proposiciones dependientes no de la inducción, sino de la razón universal. Porque, si también estas proposiciones de apoyo tuvieran su valor por inducción, necesitarían de nuevas proposiciones de apoyo y así no tendríamos certeza moral en un proceso hasta el infinito. Pero la certeza perfecta no puede esperarse totalmente de la inducción con la ayuda de cualquier tipo de apoyo y, así, no conoceremos nunca perfectamente sólo por inducción la proposición "el todo es mayor que una de las partes". En efecto, aparecerá luego quien niegue, por cualquier razón peculiar, que sea verdadera en otros casos no experimentados, como sabemos, de hecho, que Gregorio de S. Vicente negó que el todo fuese mayor que una de sus partes, por lo menos en los ángulos de contacto; y que otros lo han negado a propósito del infinito; y que Thomas Hobbes (pero ¡hasta ese hombre!) comenzó a dudar de aquella proposición geométrica demostrada por Pitágoras y considerada digna de un sacrificio de hecatombe, cosa que yo he leído, no sin estupor.


Leibniz

miércoles, 6 de mayo de 2009

Qué cabe esperar de la empatía-II




Pero, siendo nuestro objeto más la parte especulativa de la moral que su parte práctica, bastará con señalar lo que fácilmente se concederá, según creo: que no hay cualidades que sean más acreedoras de la buena voluntad y la aprobación del género humano que la beneficencia y la humanidad, la amistad y la gratitud, los afectos naturales y el espíritu público, o cualesquiera otras que procedan de una tierna simpatía para con los demás, y de una preocupación generosa hacia nuestra estirpe y especie. Éstas, dondequiera que se encuentren, parecen comunicarse entre ellas de un modo tal en cada observador que reclaman en su propio nombre los mismos sentimientos favorables y afectuosos, que son así ejercidos en derredor suyo.


Hume

* * *





Revolviendo los vientos las llanuras
del mar, es deleitable desde tierra
contemplar el trabajo grande de otro;
no porque dé contento y alegría
ver a otro trabajando, mas es grato
considerar los males que no tienes.


Lucrecio

lunes, 9 de marzo de 2009

Entusiasmo e hipocresía




La inclinación natural goza de otra ventaja: y es que arrastra consigo todo el ingenio y la agudeza de la mente; y cuando llega el momento de enfrentarse a los principios religiosos, busca todos los métodos y formas de eludirlos, alcanzando el éxito casi siempre. ¿Quién puede dilucidar los sentimientos del hombre y dar una explicación a esos extraños ataques y excusas con los que la gente se satisface cuando defiende sus inclinaciones naturales contra sus deberes religiosos? Esto es algo que el mundo entiende muy bien; y nadie que no sea un insensato dejará de fiarse de un hombre porque ha oído que dicho hombre, mediante el estudio y la filosofía, alberga una serie de dudas especulativas acerca de los asuntos teológicos. Y al tratar con una persona que hace grandes profesiones de religión y devoción, ¿no es verdad que muchos que son considerados prudentes se ponen en guardia porque temen que esa persona los engañe y defraude?

Además, hemos de tener en consideración que los filósofos que cultivan la razón y la reflexión necesitan menos de esa clase de motivaciones religiosas para mantenerse dentro de los límites de la moral; y que los hombres vulgares, que quizá tengan necesidad de ellas, son absolutamente incapaces de darse cuenta de que la religión pura nos dice que Dios está satisfecho con que nos limitemos a practicar la virtud dentro de la conducta humana. Las recomendaciones de la Divinidad son interpretadas generalmente como si se tratase de cumplir con preceptos superficiales, o de experimentar arrebatos de éxtasis, o de mostrar una credulidad fanática. No necesitamos retroceder a los tiempos antiguos, ni visitar regiones remotas para encontrar ejemplos de esta degeneración. Hay algunos entre nosotros que son culpables de esa atrocidad, una atrocidad que no fue conocida en las supersticiones griegas y egipcias, y que consiste en atacar expresamente la moralidad y decir que, cuando nos apoyamos en ella, somos irremisiblemente abandonados del favor divino.

Pero aunque la superstición o fanatismo no estuviese en oposición directa con la moralidad, siempre dará lugar a consecuencias desastrosas, ya que distrae nuestra atención de lo realmente importante, da lugar a nuevas y superficiales clases de mérito e introduce una distribución absurda de alabanzas y censuras; además, debilita extraordinariamente esos compromisos que el hombre tiene con los motivos naturales de la justicia y el humanitarismo. Del mismo modo, un principio de acción que no pertenezca a los motivos familiares que animan la conducta humana sólo tendrá fuerza sobre el temperamento en contadas ocasiones, y será necesario sacarlo a flote mediante un constante esfuerzo, a fin de que el fanático piadoso pueda estar satisfecho con su propia conducta y pueda llevar a cabo sus devotas tareas. Con aparente fervor, se ponen en práctica muchos ejercicios religiosos en momentos en los que el corazón se siente frío e indiferente. Y de esta forma, se va adquiriendo poco a poco un hábito de disimulo, y el fraude y la hipocresía se convierten en los principios dominantes. De aquí proviene la explicación de esa observación común que afirma que el máximo celo religioso y la más profunda hipocresía, lejos de ser incompatibles, suelen estar unidos en un mismo individuo.


Hume





Como la falsa piedad y la verdadera tienen qué sé cuántas acciones que les son comunes; como el exterior de una y otra son casi idénticos, no es solamente fácil, sino a la vez necesario, que la misma mofa que ataca a una beneficie a la otra, y que los rasgos con los que uno describe a ésta desfiguren a aquélla, a menos que se apliquen todas las precauciones de una caridad prudente, exacta y bien intencionada, lo que el libertinaje no está en disposición de hacer. Y hete aquí, cristianos, lo que de ello resulta, puesto que los espíritus profanos, muy lejos de querer participar de los intereses de Dios, han emprendido el censurar la hipocresía, no para reformar su abuso, lo que no es en absoluto su cometido, sino para hacer del caso una especie de diversión de la que el libertinaje pueda aprovecharse, concibiendo y haciendo concebir sospechas injustas hacia la verdadera piedad mediante malignas representaciones de la falsa. Hete aquí lo que han pretendido, exponiendo en el teatro y a la risa pública a un hipócrita imaginario, o lo mismo, si queréis, a un hipócrita real, y convirtiendo en su persona las cosas más santas en ridículas, el temor por los juicios de Dios, el horror del pecado, las prácticas más loables en sí mismas y las más cristianas. Hete aquí lo que han fingido, poniendo en boca de este hipócrita las máximas de la religión débilmente sostenidas, al mismo tiempo que las suponían rudamente atacadas; haciéndole censurar los escándalos del siglo de un modo extravagante; representándolo concienzudo sólo para la fineza y para el escrúpulo sobre los puntos menos relevantes, que sin embargo debía cumplir, mientras cargaba por lo demás con los crímenes más enormes; mostrándolo bajo un rostro de penitente que no servía más que para cubrir sus infamias; dándole, según su capricho, el carácter de la piedad más austera, que diríais la más ejemplar, aunque fuera en el fondo la más mercenaria y la más laxa.

¡Reprobables invenciones para humillar a las gentes de bien, para volverlas a todas sospechosas, para despojarlas de la libertad de declararse en favor de la virtud!


Bourdaloue

lunes, 1 de diciembre de 2008

Lo amorfo y lo incausado




La definición filosófica del alma es sólo una variante de la de substancia. La crítica a la asubstancialidad del materialismo, el cual sólo podría ser substancial volviéndose atomista y demostrando la existencia de partículas de infinita dureza, ya fue efectuada por Leibniz en el siglo XVII (cfr. Monadología). Así, si el fenómeno es algo más que un compuesto imaginativo (Hume) y la materia resulta divisible hasta el infinito (como se sigue de la definición de lo extenso), entonces hay algo en el cuerpo que no es corporal y que lo distingue del resto de cuerpos con los que está en contacto o se interrelaciona.

Ahora bien, si en realidad, como quería Spinoza, todo fluye y pertenece a un solo cuerpo, el del universo, nos veremos en la dificultad de justificar de qué manera un ente así podría moverse en direcciones opuestas al mismo tiempo, o qué sentido iban a tener para el caso nociones científicamente consensuadas como la de inercia. Spinoza requirió de la teoría metafísica de los modos para articular algo tan contraintuitivo como su monismo panpsiquista. Hasta la fecha el ateísmo no ha alcanzado tal grado de sofisticación, conformándose con meras hipótesis de trabajo.

sábado, 28 de abril de 2007

Hume y Darwin


Una de los principales motivos por los que se desecha la teleología viene dado por el debilitamiento escéptico de nuestra forma de ver el mundo. Confundir lo pasado con lo azaroso y lo futuro con lo ideal, tal es el peligro de la relativización de la causalidad que conlleva todo ateísmo. La falacia la remacha el empirista, para quien sólo lo visible es digno de análisis. De esta manera, en tanto que sólo sobreviven los medios, jamás vemos los fines ni los tomamos en cuenta.