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sábado, 26 de diciembre de 2009

Nada nuevo sobre el Sol




Es moneda común entre la carcomida intelectualidad atea el contemplar a Dios como una tiniebla de ignorancia a la que se hace retroceder con la luz de la razón, y en particular de la razón científica. Los inapelables hechos y la meticulosa observación disiparían, pues, los goyescos monstruos que la imaginación se forja a lo largo de las generaciones, siendo Dios la suma o prosopopeya de todos ellos. Serán, pues, los ciclópeos esfuerzos científicos los que con su poderío expulsen inexorablemente al ídolo entronizado y liberen al hombre de las oxidadas cadenas de su fantasía.

Si los ateos tuvieran en sus filas a un filósofo acuñador de mitos, sin duda habría plasmado ya un bello relato de esta Atenea sin rostro, laica por supuesto, en que a gusto suyo se ha convertido la ciencia contemporánea. Asumen que están estrechando el cerco a Dios en la que creen su morada. Y sin embargo, ¿cuántos de ellos desconocen que Dios está fuera de la naturaleza según la teología cristiana?

San Agustín sitúa a Dios en un "no lugar" desde el que opera la creación ex nihilo. Para este Padre la interacción de Dios con el mundo no sólo es inconveniente: también es impensable. Dios, que es solo espíritu, no moldea la materia con sus manos, generándola en cambio de la nada con la sola referencia de la idea pura. Dios, que es infinitamente previsor, tampoco innova en las causas segundas ni les da un nuevo influjo, en la medida en que sus rationes seminales o substancias esparcidas por el mundo contienen ya todo el ser futuro (cfr. Monadología).

En el pensamiento escatológico medieval, popularizado por Dante, son en consecuencia los ángeles y no Dios quienes mueven las esferas de los cielos por estratos, según su jerarquía, hasta llegar a la esfera de esferas. El motivo de la inclusión subrepticia de agentes sobrenaturales en el mundo de lo observable fue, con todo, apologético y no científico. Puesto que Aristóteles definía la vida como automovimiento y los cuerpos celestes, eternos y perfectos, parecían moverse por sí mismos, se temió que ello fuera excusa para librarlos de la jurisdicción de Dios y dar aliento al paganismo que los divinizaba como potencias naturales. Por ello se los redujo a objetos del entendimiento y a meros esclavos de la Providencia representada por el cosmos. No los movían, pues, los ángeles según las leyes de la física ni en sustitución de éstas, ya que el mundo supralunar aristotélico es inmutable e inengendrado, resultando su regularidad aprehensible por el cálculo.

Luego, si ni siquiera las criaturas angélicas interferían en el orden regular de los fenómenos, salvo por vía de milagro, todavía menos Dios. Hay que esperar a Newton y a su equivocada cosmología, que Leibniz impugnó por su novedosa extravagancia, para encontrar algo semejante sostenido con cierta respetabilidad académica.

No es la ciencia la que destierra a Dios, sino Dios el que, desencantando el mundo, le allana el camino a aquélla. Es la teología y no la ciencia la que consolida el deísmo racionalista de Spinoza:


Ninguna definición implica ni expresa una multitud ni un número determinado de individuos; en la medida en que no implica ni expresa nada más que la naturaleza de la cosa tal como es en sí. Por ejemplo, la Definición del triángulo no incluye nada más que la naturaleza simple de éste; pero no un cierto número de triángulos: de esta manera, la definición de la Mente como cosa pensante o la de Dios como Ente perfecto, no incluye más que la Naturaleza de la Mente y de Dios, y no un cierto número de mentes o de Dioses.

La mente, lo pensante y lo uno son voces recurrentes en la tradición neoplatónica, la cual articuló en Jámblico y Proclo las generaciones de númenes que Spinoza, valiéndose de la misma, rechaza por su inconsistencia. Aunque es dudoso que los primeros sabios entre los antiguos creyeran en los dioses a los que dieron forma en sus relatos poéticos. Así, escribe Cardano:

Además, ¿qué crees que pensaban Homero y Virgilio cuando representaron por todas partes aquellos dioses envueltos en riñas y peleas ―los primeros, ciertamente, a favor de los griegos o de los troyanos; los segundos a favor de Turno y Eneas―, sino que unas estrellas favorecían a una parte, mientras que otras a la otra? De ahí todos esos encuentros y concilios de los dioses. Pues resulta completamente absurdo creer que los dioses hicieran estas cosas como si fuesen hombres; y más absurdo aún creer que cuando ellos escribieron esto no pretendían ocultar bajo tantas palabras ningún sentido en absoluto, sino que aquellos ilustres poetas construyeron una fábula por cierta vana aplicación, al igual que la quimera, cuyos distintos miembros no sirven para nada. Por lo tanto, cuando dijeron que Venus favorecía a Eneas porque era el más bello; cuando Juno (es decir, la fortuna) y la Luna, a Turno; cuando Apolo o el Sol, a Héctor porque era esforzado y justo, bajo la envoltura de la fábula, no quisieron dar a entender otra cosa más que el genio o el astro que domina sobre cada uno en su nacimiento. Pero el genio de los héroes lo buscaban a partir de la virtud y la naturaleza de los planetas que les eran semejantes.

Es decir, ni tan sólo podemos remontar con seguridad la superstición de las causas mágicas a los tiempos de la barbarie, pues los mismos dioses venerados por la plebe bien pudieron ser -como Cardano aventura líneas más adelante- reyes astrónomos cuya memoria fue extraordinariamente honrada, al haber descubierto los planetas a los que dieron nombre. Gracias a ello no sería incompatible su postulación alegórica con el dogma de fe del monoteísmo trascendente. Y, siendo falsa la astrología judiciaria, no está forzosamente vinculada a la religiosidad idólatra, que multiplica las causas sin necesidad. El propio Moisés funda la semana del Señor en los siete días, correspondientes a los siete astros conocidos: Apolo-Sol, Júpiter, Saturno, Marte, Mercurio, Venus y Diana-Luna.

Leibniz va más allá y extiende la noción de un principio ordenador al Extremo Oriente:

Al adscribir al Li las mayores perfecciones, le adscriben algo más excelso que todo esto, y de lo cual la vida, el conocimiento y el poder de las criaturas son sólo sombras o débiles imitaciones. Es en cierto modo como aquellos místicos -entre otros Dionisio el Pseudo-Areopagita- que negaron que Dios pudiera ser un ser o un ente, pero dijeron al mismo tiempo que podía ser mayor que el ser, esto es, super-ente o hiperousía. Por tanto, entiendo que los chinos sostienen, según el Padre Sainte-Marie, que el Li es la ley que gobierna y la inteligencia que guía las cosas; que no es, no obstante, inteligente en sí mismo, mas a través de la fuerza natural sus operaciones devienen tan bien reguladas y ciertas que podría decirse que lo es.

(...)

Así, uno puede hallar satisfacción incluso en los modernos intérpretes chinos, y elogiarlos, ya que reducen el gobierno del Cielo y y otras cosas a causas naturales, distanciándose de la ignorancia del vulgo, que busca milagros sobrenaturales -o más bien supracorporales- así como busca espíritus como aquellos propios de un "Deus ex machina".

En fin, la reciente modernidad no ha querido librarse de la supuesta intrusión de Dios en un ámbito que no le correspondía, el de lo fenoménico, sino de hipótesis teológicas que estorbaban a la concepción materialista del mundo. Es en d’Holbach donde mejor se aprecia el falseamiento de la filosofía anterior, pues vemos que toma de Spinoza la unidad e infinitud de la substancia, que no conoce el azar, pero sólo en su dimensión extensa, olvidando la cognoscitiva. Al mismo tiempo, toma de Leibniz la fuerza de la materia, obviando el principio de razón suficiente y convirtiéndola en tendencia sin dirección ni origen, algo contradictorio a todas luces. Y así llega a las siguientes conclusiones dogmáticas:

Los hombres se equivocarán siempre, cuando abandonen la experiencia en favor de sistemas originados en la imaginación. El hombre es obra de la Naturaleza: existe en ella, está sometido a sus leyes y no puede liberarse o salir de ella ni siquiera por el pensamiento. En vano su espíritu quiere lanzarse más allá de las fronteras del mundo visible; siempre se verá obligado a regresar. Para un ser formado por la Naturaleza y circunscrito a ella, no existe nada más allá del gran todo del que forma parte y a cuyas influencias está sujeto. Los seres que se suponen más allá de la Naturaleza o distintos de ella serán siempre quimeras de las cuales no nos será jamás posible formarnos ideas verdaderas, ni del lugar que ocupan, ni de su manera de actuar. No hay ni puede haber nada fuera del recinto que contiene todos los seres.

Al cabo, el verdadero propósito de la Ilustración hoy reivindicada no fue comprender la realidad (que en Kant es ya un ignotum o cosa en sí), sino dominarla.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El paganismo cristiano -y III




¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas; y os los voy a referir para que, sabedores de ellos, o muramos o nos salvemos, librándonos de la muerte y de la Moira. Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran. Manifestóme que tan solo yo debo oírlas; pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil -para que me esté allí sin moverme-, y las sogas láguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con mas lazos todavía.

(...)

Hicimos andar la nave muy rápidamente. Y, al hallarnos tan cerca de la orilla que allá pudieran llegar nuestras voces, no se les encubrió a las sirenas que la ligera embarcación navegaba a poca distancia y empezaron un sonoro canto:

¡Ea, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes; pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con ganas de oírlas, y moví las cejas, mandando a los compañeros que me desatasen; pero todos se inclinaron y se pusieron a remar. Y, levantándose al punto Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos lazos, que me sujetaban más reciamente. Cuando dejamos atrás las sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que había yo tapado sus oídos y me soltaron las ligaduras.


Homero

***




Pero el demonio, que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están "en los músculos de su vientre" (Job 40,16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos inmundos, pero él los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Js 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.


Vida de San Antonio Abad

jueves, 26 de noviembre de 2009

Felix mutatio




El cristianismo fue la vanguardia monoteísta que reformó el paganismo, despojándolo de su corrupta exterioridad poética y de su vinculación al poder político. No supuso una total desnaturalización del sustrato grecolatino, sino su purificación de toda suerte de supersticiones y su emancipación de la tiranía sacerdotal. Concebida la Iglesia como pueblo elegido, en vez de como casta de religiosos, destruye el poder omnímodo de éstos. El misterio impenetrable de los arúspices se objetiva en el texto inteligible, la revelación cerrada. En contrapartida, una tal liberación genera disensiones, proliferando como nunca hasta aquel momento los herejes, esto es, los que se apartan de la comunidad por su particular comprensión de lo revelado. Ahora bien, quienes contemplan la persecución de la herejía como una facultad despótica desconocida por aquel pueblo ignoran que sólo puede emerger lo herético donde existe la posibilidad de cuestionamiento de la tradición. Al carecer la Antigüedad clásica de ortodoxia, no había apenas límites a la fe y los supuestos de impiedad eran escasos y tasados. Pero tampoco se daba una auténtica elección en consciencia. Del mismo modo en que los esclavos no se someten a la ley, que rige para los hombres libres, sino que son dichos hombres quienes los someten a ellos según su voluntad, estaban a salvo los paganos de censura por su conducta religiosa, pero debían obediencia ciega a innúmeros maestros de la religión. Los cuales, a su vez, prescindían de la razón y daban rienda suelta a crueles arbitrariedades, al haberse divorciado el logos de los mitos y supercherías en que creía la plebe.

No hay, fuera de esto, fuera de la libertad, novedad esencial en el cristianismo ni término fundamental de esta creencia que los paganos no conocieran y aceptaran ya de un modo u otro.

1. La noción de Dios todopoderoso está en Homero. Zeus en la Ilíada sostiene la cadena áurea que atraviesa el universo:


Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis. Mas si yo me resolviese a tirar de aquella, os levantaría con la tierra y el mar; ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo y todo quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los hombres.


2. Existen, además, conexiones entre el mito hesiódico de Perséfone y el relato de Adán y Eva: la caída en lo femenino, la subordinación de la fuerza a la materia, la maldición de la tierra y el advenimiento de la muerte. Lo que prueba que al menos aquél proviene de una tradición muy anterior.

3. Por otro lado, filósofos de todas las épocas, sin contarse entre los escépticos, rechazan el craso antropomorfismo teológico y se burlan de las creencias populares: Jenófanes, Heráclito, Parménides, Sócrates, Epicuro y Evémero.

4. La doctrina platónica, continuadora de la pitagórica, introduce la consideración ontológica de la verdad (como ser y no sólo como saber), la creación racional del mundo, la inmortalidad del alma, la superioridad de la virtud respecto al placer, la encarnación del espíritu (el descenso de las almas a los cuerpos en el Fedro) e incluso vestigios de la Trinidad y el pecado original. La relación entre Dios y sus criaturas es, como en el Génesis, de semejanza relativa, según leemos en el Timeo:

Digamos ahora por qué causa el Hacedor hizo el devenir y este universo. Es bueno y el bueno nunca anida ninguna mezquindad acerca de nada. Al carecer de ésta, quería que todo llegara a ser lo más semejante posible a él mismo.


5. La resurrección de los muertos figura en los mitos de Esculapio, Alceste y Orfeo, por lo que no es cierto que los griegos la tuvieran por imposible, como alguien ha querido deducir del discurso de Pablo en el Areópago.

6. El infierno aparece vivamente retratado en la Eneida de Virgilio, no sólo como un Hades sombrío, última morada del olvido y la disolución, sino como un lugar de males eternos:

En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma. Vense en el fondo del zaguán la mortífera Guerra, los férreos Tálamos de las Euménides y la insensata Discordia, ceñida de sangrientas ínfulas la serpentina cabellera.


7. El derecho romano contempla desde Augusto la figura del Pontifex Maximus, cuya potestad ordenatoria presupone una cierta unidad doctrinal, aunque vaga y sincrética.

8. La unión entre religión y ética, y por tanto las ideas de derecho natural, Providencia y salvación se imponen progresivamente por influencia del platonismo medio, el neoplatonismo y el estoicismo: Plutarco, Máximo de Tiro, Séneca, Filón de Alejandría, el Corpus Hermeticum, los Oráculos Caldeos, Plotino, etc.

9. Los mismos emperadores paganos adoptan cultos monoteístas: Marco Aurelio, Juliano. Se abandona al fin la literalidad de los mitos, ya meros envoltorios de una realidad más profunda y una moral más alta.

Por tanto, no vino Cristo a atosigar las almas con doctrinas bárbaras, mas las desembarazó de sus ataduras a los hombres y, desbrozándolas de sus errores, sujetólas a Dios solo (Mt. 11:30):


Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.


Cimentó la autoridad en el amor antes que en la obediencia (Mt. 10:35):

Porque he venido para enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra.


Y rechazó la compulsión sobre los increyentes (Jn. 8:32):

Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

domingo, 15 de noviembre de 2009

De Grecia, la democracia




SOLUS SAPIT HIC HOMO
RELIQUI VERO UMBRAE MOVENTUR

Sólo este hombre sabe
Los otros son sombras que revolotean
(Od. X, 494-495).

viernes, 13 de noviembre de 2009

Neopaganos, involucionistas




¿Cuántas veces escucharemos contraponer la brillante, escéptica y expansiva cultura grecolatina, germen de la Ilustración, a la arcaica, provinciana y cruel literatura religiosa del pueblo hebreo, Hidra de todos los fanatismos? Existe, sin embargo, un sesgo fundamental en esta apreciación, consistente en tomar la parte por el todo y considerar a los filósofos y moralistas clásicos como índices de la sociedad en que vivían. Lejos de serlo, fueron sus críticos más feroces, semejantes a los profetas entre los judíos. Demócrito reía; Heráclito lloraba; Pitágoras se escondía; Empédocles se deificaba; Sócrates escarnecía; Epicuro despreciaba; Séneca condenaba. No eran los representantes del vulgo, ni siquiera las más de las veces se los tuvo por prohombres. Marginados, cuando no perseguidos, escribieron para un tiempo que no era el suyo.

La moral pagana no debe buscarse en Platón, sino en Homero. Su Ilíada y su Odisea fueron lo más parecido a un texto sagrado para los antiguos griegos. Ahí estaban codificados poéticamente sus valores patrióticos y sus nociones de heroísmo, de autoridad, de honor, de astucia, de piedad hacia los dioses y de compasión hacia el hombre. Los poetas eran para los helenos el equivalente a los teólogos para los cristianos. Así, los dioses homéricos no cuidan menos de los hombres que la divina providencia monoteísta:



Los dioses, semejantes a huéspedes extranjeros bajo toda clase de formas, recorren las ciudades y vigilan la soberbia de los hombres y su rectitud (Od. XVII, 485-487).


Ni se abstienen de juzgarlos:

Zeus, que en su irritación se enoja contra los hombres que por la fuerza en el ágora dan sentencias torcidas (Il. XVI, 386-387).


Con todo, el dios pagano es sobornable. La diferencia entre el sacrificio abrahámico y el de Agamenón de su hija Ifigenia es clara: en éste el hombre busca tentar a Dios para obtener una recompensa; en aquél Dios pretende tentar al hombre para honrarlo.

La caridad, además, es en Homero una excepción. Aquiles sólo muestra misericordia ante las conmovedoras súplicas de un anciano padre derrotado; magnanimidad consistente en permitir un sepelio. En las jornadas siguientes, Troya es asaltada y arde hasta los cimientos. Odiseo, a su vez, no profesa apego más que por compañeros y familiares, y concluye su itinerario vital en una venganza sangrienta y premeditada.

En cambio, la paciencia divina recorre la Biblia del uno al otro confín, culminando en el Evangelio, en que aquélla se torna pasión. Desde siempre, Dios detiene su ira ante los buenos: los aparta de la sociedad corrompida, o incluso promete salvar a ésta por ellos. Tuerce el destino para premiar el arrepentimiento, mientras que el hado inflexible predomina en las creencias de los idólatras. Envía Yahvéh a sus emisarios para transmitir amenazas y dar al pecador ocasión de convertirse, al tiempo que la divinidad pagana hiere de lejos y fulmina.

La Biblia es un estupendo fresco donde se aprecia cómo el mal opera a través del bien y el bien a través del mal. No es un discurso moralizante bien estructurado donde nada es áspero, donde lo correcto y lo incorrecto están nítidamente separados por una línea racional por todos visible. Es el campo de juego del destino, el sendero hacia la perfección desde la imperfección, y el rechazo frontal de la idea de progreso. En realidad, se nos dice, el hombre degenera y su moral envejece si no es continuamente renovada desde lo alto.

La religión pagana honró a Homero para acabar divinizando los vicios. Hizo a los dioses dichosos y a los hombres esclavos de mil supersticiones. El cristianismo sacrificó a Dios en la cruz para liberarlos.

Un criminal verá en la Biblia una enciclopedia de la delincuencia. Cristo vio en ella el Nuevo Testamento. No hay una sola forma de leerla. Por este motivo, entre otros, existen la Iglesia y su magisterio.

martes, 31 de marzo de 2009

La fealdad es un fin amputado




Negar las consecuencias de un acto es negar el acto mismo; a su vez, negar el acto es negar la intención (Pedro Abelardo), y negar la intención es negar al sujeto (Mt. 7:20). Wittgenstein no hacía distingos entre la lógica y el pecado, pues sabía que contradecirse es la forma metafísica de suicidarse.

Por ello, en Homero, Odiseo es el paradigma del hombre sin honor, el de los mil ardides; la calderilla que se dispersa y nada vale (Hölderlin); el buen burgués (Horkheimer), que aspira a la perfección y jamás abandona la miseria, ya que a lo sumo conquista una suerte de nostalgia. Si bien el autoconocimiento pasa por la autonegación, en el sujeto ingenioso es la autonegación misma lo que se pretende dominar, como instrumento de control de los semejantes.

Negar las consecuencias de un acto sólo es legítimo cuando el acto es irracional (lo que más propiamente llamamos una pasión), o cuando el fin que se buscaba con él ya se ha cumplido o va a cumplirse por otros cauces.

Ahora bien, no puede confiarse el destino del hombre a la libertad, que todos los vientos nos molestarían al carecer de un puerto al que conducirnos (Séneca). Y el fin de vivir es el amor, la voluntad unitiva en el esfuerzo individual, que quiere engendrarse y reproducirse (Platón), mientras que el autoengaño diezma nuestras fuerzas y oscurece nuestro rostro. Sólo un criminal puede aborrecer su propia imagen, cuya imagen sobrenatural desconoce, y sólo él ha de decantarse, por fatal afinidad inversa, al implacable aborrecimiento de los demás (Nietzsche).