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sábado, 2 de noviembre de 2013

El mundo por de dentro




Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas de esta vida, y así con vana solicitud anda de unas en otras sin saber hallar patria, ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene por ejercicio el apetito, y éste nace de la ignorancia de las cosas, pues si las conociera cuando codicioso y desalentado las busca, así las aborreciera, como cuando arrepentido las desprecia; y es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura sólo en la pretensión de ellos, porque en llegado cualquiera a ser poseedor, es juntamente descontento. El mundo, que a nuestro deseo sabe la condición, para lisonjearla, pónese delante mudable y vario; porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos atrae: con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí y ellos a nosotros.  
Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento de estas cosas, me hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me llevaban los ojos, y a donde tras la conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de todos; y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira descompuesto seguía las pendencias pisando sangre y heridas, ya por la de la gula veía responder los brindis turbados. Al fin, de una calle en otra andaba (siendo infinitas) de tal manera confuso, que la admiración aun no dejaba sentido para el cansancio, cuando llamado de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo, volví la cabeza. Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por mil partes el vestido y pisado; no por eso ridículo, antes severo y digno de respeto.  
- ¿Quién eres, dije, que así te confiesas envidioso de mis gustos? Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos y placeres los deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que por fuerza os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo; déjame gozar y ver el mundo. 
Desmintiendo sus sentimientos, riéndose, dijo: 
- Ni te estorbo ni te envidio lo que deseo, antes te tengo lástima. ¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así alegre le dejas pasar, hurtado de la hora, que fugitiva y secreta te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester, si le llamares? Dime, ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que ellos sólo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados, y en una cadena, y que cuando más caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas, y es ya llegada; y según vives, antes será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo de ella como si no la hubiese; que éste lo viene a temer cuando lo padece, y embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin. Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir. 
- Eficaces palabras tienes, buen viejo, traído me has el alma a mí, que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde y qué haces por aquí?  
- Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir verdades en lo roto y poco medrado. Y lo peor que tu vida tiene es no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño, estos rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo que me quieren; y estos cardenales de rostro, estos golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya; que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y en teniéndole unos os desesperáis, otros maldecís a quien os lo dio, y los más corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es adonde salen todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van divididos sin cansarte. Yo te enseñaré el mundo como es, que tú no alcanzas a ver sino lo que parece. 
- ¿Y cómo se llama, dije yo, la calle mayor del mundo donde hemos de ir? 
- Llámase, respondió, Hipocresía, calle que empieza con el mundo y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga, si no una casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros paseantes, que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos cuantos ves por ahí lo son.

Francisco de Quevedo

miércoles, 16 de enero de 2013

La mancha




Es evidente que nos encontramos en un estado de corrupción. Basta con admitir que existe una ley natural para valorar hasta qué punto el hombre la cumple sin coacción -miedo o esperanza- en términos generales. Podemos encontrarla en el denominador común de las religiones preponderantes. Mi mujer, exbudista, hoy cristiana, me habló de los cinco preceptos básicos que todo hombre medio debe cumplir en su antiguo credo: no matar la vida, no robar, no cometer estupros, no mentir y no embriagarse. Los cuatro primeros, según se encargó de explicarme, dependen del último en sentido amplio, que representa el mantenimiento de la conciencia frente al ataque de las pasiones. Cada uno de ellos e infinitos más se resumen en el amor cristiano.

Ahora bien, si restringimos el primer principio a no matar sin razón justa, es decir, para proteger un bien equivalente que no es posible conservar de otra manera, ninguno de ellos cae fuera de la observancia de los brutos animales en su práctica totalidad. Eso es admirable y debería movernos a reflexión: aunque no sean racionales cumplen con una ley racional. Mientras que en el hombre sucede justo lo contrario, ya que continuamente son traspasados, y lo serían en mayor medida si no hubiera leyes o costumbres que obligasen a refrenar el deseo de perturbar el orden.

En efecto, las criaturas asociales sobre las que nos ha sido dado dominar y disponer a nuestro antojo jamás guerrean, y por cierto casi nunca a muerte, si no es por defenderse de peligros inminentes, disputarse la supervivencia con otros depredadores o rivalizar por una hembra con elementos de su misma especie. Tampoco estiman de ordinario ninguna comida o bien que no proceda de su trabajo. Carecen de la doblez de las personas. No contemplan el sexo vago, sino que lo restringen a la búsqueda de descendencia, evitando el derroche de energía. Desprecian, en fin, los placeres superfluos.

De lo que se deduce que, existiendo esa ley eterna de la que hasta las bestias son peritas, y que el hombre, la más racional de las criaturas que deambulan por la tierra, infringe como si desconociera (aunque el error resulte inexcusable), en base a esa norma grabada en nuestras entrañas y perfectamente comprensible incluso por el más ignorante, digo, podemos inferir que algo ofusca nuestra inteligencia de forma permanente como para no cumplirla con la fidelidad debida.

Encontramos, es cierto, animales cuyo comportamiento -regular o esporádico- parece ir contra los principios naturales. Pero son la excepción que confirma la regla, al revés de lo que sucede con el hombre. Si los crímenes fuesen algo marginal y extraordinario, no se precisarían las leyes que los previenen, pues, como dice el brocardo, la ley no se ocupa de lo insignificante.

¿Qué es, en definitiva, lo que embota nuestros sentidos y discernimiento hasta colocarnos por debajo de las fieras salvajes? ¿Se trata del albedrío, del que nosotros disponemos y ellas no? Sería como culpar al cuchillo del acuchillamiento. No es por la conciencia que caemos, sino a pesar de ella. No por la inteligencia, que tiende a lo razonable, ni por el deseo, que desea lo inteligible. Lo que nos oprime, entonces, no está en la voluntad, como creyeron los budistas; más bien es previo a sus estímulos. Los teólogos se referían al pecado original para designar esta postración vergonzosa. El Islam lo niega, lo que habría de valer como prueba de falsedad de dicha religión. Pero no es el asunto que corresponde tratar aquí.

No ha visto jamás la luz una generación de hombres ajena a la ira, a la envidia, a la mentira, a la vanidad y a la vileza. Aceptado el axioma según el cual el mayor bien para un animal sociable es cooperar socialmente, ¿cómo justificar una violación constante de esa regla en las criaturas inteligentes, que en sí constituiría la frustración voluntaria de los fines de la humanidad?

El hombre es el único animal dañino para su especie, capaz de destruirse si no se somete a principios superiores. Sin duda, como ser finito, nada hay en él que sea óptimo o infalible. Pero si comparamos la suma perfección de sus órganos y lo robusto de su salud física con la debilidad de su alma, asombra ver que su sentido moral, pese a resultar innato y por ende natural, pese a ser el rasgo más característico y determinante de su especie y condición necesaria de su índole sociable, sea tan endeble, vacilante y propenso a recaídas como para precisar de los continuos estímulos o amenazas de la ley y la religión, y aun con todo ser deficitario y capaz de las mayores aberraciones. Es impensable que el hombre yerre más donde menos debería y encuentre en el error moral un placer y una condescendencia que no halla en ningún otro error cognitivo.

No es más placentero hacer el mal que el bien: ambos proporcionan cierta satisfacción, que el malo juzga mayor en el primer caso y el bueno en el segundo. Luego la supuesta razón de inclinarse por lo peor en lugar de por lo mejor -cuando no hay excusa de ignorancia o fuerza mayor- es, bien mirado, una ausencia de razón, una carencia de fin y un sinsentido completo tanto en términos naturales como morales.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Monstrum in animo




"Es difícil definir el amor. Lo que de él se puede decir es que en el alma es una pasión de reinar; en los espíritus una simpatía, y en el cuerpo un apetito oculto y delicado de poseer lo que se ama después de muchos misterios."
"Si juzgamos del amor por la mayoría de sus efectos, más se asemeja al odio que a la amistad."

La Rochefoucauld

miércoles, 10 de octubre de 2012

Es necesario que el hombre sufra




Porque es finito y, como tal, experimenta crecimientos y decrecimientos.

Porque si pueden alcanzarse los fines de un ser racional, sufrir es preferible a no existir. Y si no pueden alcanzarse, sufrir es poco más que un espasmo moralmente indiferente.

Porque, ya que al hombre no le ha sido dado permanecer siempre en acto e igual a sí, padecer es una consecuencia inevitable de la concatenación de causas y efectos, de manera que si quisiera rechazar una parte de la misma se vería obligado a renunciar al todo.

Por su culpa pasada, presente o futura.

Para dar ejemplo de virtud. Así como el respeto precisa que nos incomodemos ante los demás, la virtud exige que nos incomodemos ante nosotros mismos.

Porque no todo en el hombre es bueno y lo peor debe sacrificarse a lo mejor, como sucede con los metales impuros.

Por su opinión errónea de que el sufrimiento y la pérdida son males, y el placer y la ganancia bienes.

Por su ignorancia de la providencia, o su desconfianza hacia ella.

Por amor a la vida eterna, que se labra en el desprecio de la temporal.

lunes, 10 de septiembre de 2012

O Dios o la nada moral


Llamo bien a la preferencia, en igualdad de condiciones, del ser sobre el no-ser.

Llamo moralmente bueno a todo acto dirigido a hacer el bien, y bueno a todo hecho necesario para que dicho acto pueda realizarse.

Llamo racional a lo que requiere de una razón para ser comprendido, en oposición a lo irracional y a lo autoevidente.

Por tanto, todo lo moralmente bueno, al tener el bien como fin inteligible, es racional.

Por tanto, todo lo bueno, al tener lo moralmente bueno como fin inteligible, es racional.

Por tanto, un universo que sea su propia razón y, no siendo evidente por sí mismo, carezca de fundamento absoluto no será racional y no será bueno.

Esto es así porque lo que carece de razón carece de fines necesariamente, pues de lo incomprensible no ha de derivarse nada comprensible. Y, de este modo, dado que lo que carece de fines carece de toda preferencia, se concluye que lo que carece de la preferencia, en igualdad de condiciones, del ser sobre el no-ser es indiferente en el orden moral y por completo ajeno al bien.

Luego, si nada hay fuera del universo, éste es ajeno al bien y el hombre es parte del universo, se sigue que el hombre es ajeno al bien.

viernes, 24 de agosto de 2012

Sacrificio vicario





En términos morales el hombre es un culpable absoluto, pues yerra por su propia iniciativa, sin que nadie le enseñe, y lo hace a sabiendas de su error, hallando en él satisfacción. Desafío a cualquiera a encontrar a un solo ser humano con uso de razón que sea ajeno a estas pasiones o esté permanentemente por encima de ellas. Por tanto, siendo el hombre culpable en su totalidad, se sigue que el hombre no puede perdonar al hombre. Debe perdonarlo Dios. Ahora bien, perdonarlo sin humillarlo sería injusto, porque quien yerra merece ser humillado. Así, puesto que el hombre no quiso humillarse por sí mismo, se humilló Dios al asumir la humanidad y avergonzó al hombre cargando con sus vergüenzas.

martes, 8 de mayo de 2012

Fumus est







Tómese un guarismo y multiplíquese por cero. No importa lo grande que aquél sea, o el tiempo que haya permanecido: una vez se lo asocia a su nada, es nada.

Tómese a un hombre y póngase ante su muerte.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Homini lupus




Existen otras pasiones que no tienen nombre propio, algunas de las cuales ni siquiera han sido observadas por la mayoría de los hombres. Por ejemplo, ¿de qué pasión procede el placer de contemplar desde la orilla el peligro de los que se encuentran en el mar con una tempestad o en lucha, o el de ver, desde una fortaleza segura, cómo combaten dos ejércitos en el campo de batalla? Esto produce en conjunto una sensación de júbilo, aunque se mezclen la alegría y la tristeza; pues a la novedad y a la representación de nuestra seguridad actual que resulta grata se une la compasión, que es penosa. Mas la sensación placentera se hace tan predominante que usualmente los hombres se alegran realmente de ser espectadores de las desgracias de los demás.


Hobbes

domingo, 12 de febrero de 2012

El precepto viviente




La indeterminación del lugar del hombre en la naturaleza lo convierte en un ser moralmente huérfano, sujeto a perpetuas vacilaciones y extravíos. Legislador de sí mismo, no reconoce fácilmente el deber que le es propio. Ni siquiera al concebir el bien con claridad se siente obligado a realizarlo, pues lo bueno y lo verdadero no tienen todavía la fuerza vinculante de lo debido. Obligarse es atarse a algo superior y, al mismo tiempo, a algo semejante, con el que quepa un vínculo genético y no una mera ligazón imaginaria.

Así, ni el panteísmo ni el platonismo son capaces de alumbrar la idea de deuda. No se debe nada al universo, y nada se debe a lo absoluto inmutable. La vida sólo a la vida se somete; la inteligencia sólo a la inteligencia. La moral clásica es una moral para los buenos, para quienes ya conocen el bien y, por remoto o abrupto que sea, están dispuestos a seguirlo y a perseverar en él. Pero tienen tanto derecho a recriminar a los viciosos su laxitud como éstos a burlarse de su rigor, al no haber ninguna fidelidad común que pueda aunarlos en todas las circunstancias. No hay conversión ni arrepentimiento allí donde al error no han seguido la deslealtad y el fraude, pues errar es humano. Sin embargo, no se puede ser fiel a lo impersonal ni cabe defraudar a lo inerte.

Por otro lado, el amor al prójimo es demasiado débil para ser fundamento de la moral, ya que se basa en la percepción de la similitud entre aquél y nosotros, y no en la idea de autoridad. Es por ello que los malos aborrecerán a los buenos, los fuertes a los débiles y los propios a los extraños. Sólo pactarán entre sí los que deseen obtener alguna ventaja, y ello mientras cumplir el pacto sea más ventajoso que romperlo. Quien se mantenga en la virtud sucumbirá forzosamente ante la falta de escrúpulos de quienes le rodean.

Hasta tal punto es precaria la sociedad de los hombres que se requiere una espada siempre en alto para infundirles miedo al vicio y al exceso. El animal permanece en sus inclinaciones naturales y jamás abandona su equilibrada mediocridad. El hombre, aunque capaz de conocer las realidades superiores, al rechazarlas arriesga su propia conservación, incurre en el olvido de sí y cae por debajo de la bestia, avergonzándose y odiándose, sentimientos desconocidos en el irracional.

He aquí el absurdo: El hombre, siendo la cúspide de la creación, superior al bruto en infinitos grados, es la criatura más corruptible en su propia naturaleza y la menos autónoma respecto a Dios, la que muestra hacia Él una mayor dependencia frente al abismo del mal. Esperaríamos de la máquina mejor acabada y más completa el que pudiera permanecer más tiempo sin su artífice, obrando por su propio mecanismo. En el hombre, en cambio, la necesidad de un Principio Superior es tal que el carecer de él lo conduce a negarse a sí mismo, ya sea afirmándose contra todo el género humano, con lo que queda destruida su noción, ya subordinándose a éste, lo que aniquila su individualidad. Ahora bien, el hombre que se somete a Dios, si es secundado por sus semejantes, puede librarse del dilema de ser tirano o esclavo, de subyugar a la Humanidad o ser doblegado por ella.

No basta con confiar en la virtud si no somos virtuosos, ni con amar al prójimo si éste no es amable. Para acallar las pasiones que nos arrastran a la parcialidad y a la injusticia hemos de convertir a la virtud en nuestro prójimo y al prójimo en nuestra virtud. Amar a Dios como a una persona y a las personas como a Dios.

viernes, 6 de enero de 2012

Diógenes




La moral concierne a la eternidad, pues algo sólo es bueno si lo es siempre, y sólo es malo si lo es siempre. Ahora bien, si el hombre no es siempre, el bien y el mal no pueden ser naturalmente su objeto, ya que son valores que le exceden en grado infinito.

‎"Seremos nada" es tanto como decir "somos nada", despoja a la humanidad de todo valor. Si te pago con dinero que mañana no valdrá, no me aceptarás esa divisa. Para el ateísmo el hombre es moneda falsa.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El misterio más cercano, el más lejano




Hace casi cuatro años que orbito en derredor de esta idea: ¿Qué es lo esencial en el hombre? Es la conciencia de haber perdido algo que se mereció y ya no se merece; es aprobar lo bueno y preferir lo malo; es ir en pos de la propia sombra, y es la vergüenza por existir.

El hombre no es esencialmente racional, porque yerra por su propia voluntad, y querer está en su esencia, hasta el punto de que es correcto afirmar que alguien es -antes que lo que hace- lo que intenta y desea. Pero, por la explicación inversa, tampoco resulta esencialmente irracional.

La esencia del hombre, entonces, es la escisión, la herida, el desdoblamiento, la caída. ¿Cuándo cae el hombre? Cuando está a cierta altura. ¿Respecto a qué? Respecto al animal. Por tanto, el hombre ya es hombre antes de caer, porque conoce a Dios, y cae sin embargo, porque no se conoce a sí mismo.

jueves, 18 de agosto de 2011

Confórmate


Al ojo sano le cumple ver todo lo que es posible ver, y no decir: "Quiero el verde". Pues esto es propio del que padece oftalmía. Y el oído y el olfato sanos deben estar preparados para todo lo que sea posible oír u oler; el estómago sano, estarlo finalmente para todo lo que se pueda comer, como la muela para todo cuanto por constitución es susceptible de ser molido. Por consiguiente, la inteligencia sana debe estar preparada para todo lo que acontezca, y la que dice "que se salven mis hijos" o "que alaben todos lo que haga", es el ojo que busca el verde, o los dientes que buscan lo blando.

*

También el que persigue los placeres como un bien y rehuye las fatigas como un mal es impío, pues es obligado que uno así haga muchos reproches a la naturaleza común por haber distribuido contra el merecimiento entre malvados y buenos, dado que muchas veces los malvados encuentran el placer y consiguen aquello que lo produce, y en cambio los buenos caen en el dolor y aquello que lo produce.

Todavía, el que teme las fatigas temerá un día lo que haya de ocurrir en el mundo, y esto ya es impío. Y el que persigue los placeres no se librará de cometer injusticia, y esto es claramente impío. Es preciso, frente a aquello ante lo que la naturaleza común se muestra indiferente (pues no habría creado a uno y otro si no se mostrase indiferente frente a uno y otro) que, frente a esto, los que quieran seguir a la naturaleza y estar de acuerdo con ella permanezcan indiferentes. Así pues, quienquiera que frente al dolor y el placer, la muerte y la vida, la gloria y la infamia, de las cuales la naturaleza universal hace un uso indiferente, no se comporta indiferentemente por su parte, está claro que es impío.

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Cada cosa ha nacido para algo: el caballo, la vid... ¿De qué te extrañas? También el sol dirá: "He nacido para determinada tarea", y los restantes dioses. Y tú ¿para qué? ¿Para gozar? Mira si esta idea se sostiene.

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El dolor, o es un mal para el cuerpo, en cuyo caso que lo manifieste él, o lo es para el alma. Ahora bien, a ella le cabe velar por su serenidad y su calma propias, y no imaginar que es un mal. Pues todo juicio, impulso, deseo y rechazo están dentro, y ahí no asciende ningún mal.

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La inteligencia libre de pasiones es una fortaleza. Pues nada más firme posee el hombre en lo cual refugiarse y continuar inexpugnable. El que no ha visto esto es un ignorante. El que lo ha visto y no busca su cobijo es un desdichado.

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Es vergonzoso que en una vida en que el cuerpo no se rinde tu alma se rinda la primera.

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No merezco causarme pena a mí mismo, pues jamás la he causado a otro voluntariamente.

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Hazte cuenta de que todo el que se aflige o muestra su desagrado con lo que sea es semejante a un cerdo al ser sacrificado, que patalea y gruñe. (...) Sólo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos.

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Para la piedra que se arroja hacia arriba no es ningún mal bajar ni ningún bien subir.

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¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayudan también en lo que depende de nosotros? Comienza, pues, a rogar sobre estas cosas, y verás. Ése pide: "¿Cómo me acostaré con aquélla?". Tú: "¿Cómo dejaré de desear acostarme con aquélla?". Otro: "¿Cómo me desharé de aquél?". Tú: "¿Cómo no necesitaré deshacerme?". Otro: "¿Cómo no perderé a mi hijo?". Tú: "¿Cómo no temer perderlo?". En una palabra, dirige en este sentido tus plegarias y mira a ver qué pasa.

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Toma sin orgullo, abandona sin esfuerzo.

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Total, si existe la divinidad, todo está bien; si se trata del Azar, no seas tú también azar.

*

O vives aquí y ya te has acostumbrado, o te sustraes fuera y eso querías, o mueres y terminaste tu misión: fuera de esto no hay nada. Por lo tanto, ten buen ánimo.

*

Aguarda, pues, hasta que te familiarices tú mismo con estas cosas, como un estómago fuerte asimila todos los alimentos, como el fuego brillante convierte en llama y resplandor propios lo que le echas.


Marco Aurelio

domingo, 20 de marzo de 2011

Ex Deo




Es el hombre un animal vil y degenerado, aborto de la naturaleza, más digno de la soga que del abrazo. Un tal Timón de Atenas, filósofo misántropo, vivía apartado de la sociedad, rechazando la comunicación con todo semejante. Se dice que hizo poner entre los árboles de su huerta muchas horcas para que allí se quitaran la vida los hartos y cansados de vivir. Estuvo justificado su odio, pues no hay bestia más innoble y traicionera que el ser humano, salvo que se lo crea del linaje de Dios y objeto privilegiado de su providencia.

Marco Aurelio, tenido por un hombre sabio, moderado y justo, escribió lo siguiente de sí mismo:

En cincuenta años que he vivido he querido probar todos los vicios y pecados de esta vida, por ver si la malicia de los hombres tiene algunos límites y términos. Y hallo por mi cuenta después de bien considerado y contado todo, que cuanto más como, más muero de hambre; cuanto más bebo, mayor sed tengo; si mucho duermo, más querría dormir; mientras más descanso, más quebrantado me hallo; cuanto más tengo, más deseo; y harto de buscar, menos hallo guardado; y finalmente ninguna cosa alcanzo que no me embarace, harte y luego no la aborrezca y desee otra.

Dedúcese de esto que no hay méritos objetivos en nuestra especie, ni aun en sus más conspicuos individuos, para ser tributaria de simpatía o piedad de ninguna clase; o acaso no mayores que los que dispensamos a los cuadrúpedos de cuyo trabajo forzado nos servimos y cuya carne gustamos devorar. Por nuestras obras seremos, en palabras de Inocencio III:

Alimento para el fuego, comida para los gusanos y masa de podredumbre.

Por tanto, todo el favor que pueda concedérsenos viene de Dios, de nuestra semejanza con Él y de su misericordia hacia nosotros.

Spinoza, burlándose del pesimismo de los teólogos, cifraba la moral en que "el hombre es lo más útil para el hombre". Mas tal es sólo cierto para con los hombres ordinarios, que sirven y son servidos, pero no respecto a los que todos están obligados a servir, a saber, los príncipes y máximas potestades. Quien ostenta la suprema magistratura no precisa ser justo, sino hábil y cauto, como supo Maquiavelo. Luego, la moral de los hombres no puede aplicarse por igual a todos ellos por razón de la utilidad, ya que no es en absoluto claro que siempre sea útil obrar honorablemente, si no he de temer consecuencias adversas tras mis actos. La moral debe sancionarse, pues, en virtud de la autoridad; y no por cierto de la humana, que es de la que más debemos defendernos, sino de la divina.

domingo, 13 de febrero de 2011

Sursum corda




Todo animal cumple instintivamente con el deber de preservar su vida y su descendencia. El bruto sabe que su acto es bueno por derecho natural, pero no está en disposición de abstenerse de realizarlo en base a un juicio ético. No se obligó a ese acto mediante juicios ni, por tanto, queda facultado para emanciparse de él racionalmente.

El hombre, a diferencia de la bestia, adopta una posición intermedia: no alcanza a desear el bien gracias a un juicio, no obstante pueda apartarse de él juzgando. Juzgar no es aquí sinónimo de comprender. Se elige en base al discernimiento de las alternativas, mas se obra movido por la ignorancia. El juicio ético por el que el hombre se aparta del bien y lo rechaza es incapaz de hacerle reflexionar sobre el bien mismo, conllevando su olvido voluntario.

Se sigue que no puede hacerse el bien sin desearse el bien; que es imposible desearlo sin conocerlo; y que no es posible conocerlo sin amarlo, ya que quien lo odie evitará pensar en él y se hará del mismo una idea errónea. Por tanto, quien ama el bien desea el bien. Esto nos conduce a razonar en círculo, salvo que postulemos que ese amor es innato en el hombre. Ahora bien, si fuera innato, sería evidente y no precisaría de juicios para mantenerse, como en cambio es el caso. Luego precisa de la gracia para cobrar dicha evidencia.

No es, pues, por la voluntad que el hombre ama al bien, ni es por la reflexión que conoce, desea y tal vez hace lo bueno, sino según el amor que le ha sido infundido, y no por cierto de un modo natural, ya que para lograr distinción sobre este punto no puede fiarse de sus instintos contaminados por las pasiones. Otro tanto cabe decir de su razón, no menos corrupta; y, aun sana, limitada.

No se asciende a Dios por silogismos; tampoco al Bien supremo, que es el propio Dios. Si éste no desciende, el hombre queda a oscuras.

miércoles, 26 de enero de 2011

El fin de lo bueno




La felicidad es al alma lo que la salud al cuerpo; por tanto, el infeliz es un enfermo. Será crónico si no halla curación definitiva a su estado, y hereditario si de nadie más se contagia una vez ha nacido.

El hombre es homo infirmus. El pecado original hace que la razón y el deseo se disocien a medida que la primera se desarrolla. Así, en un niño predominan todavía las voliciones sobre las concepciones, por lo que la infelicidad es rara o circunstancial; en el adulto, en cambio, se da un estado de frustración permanente y es la felicidad la que deviene extraña.

Se debe esto a que, en lugar de adoptar fines externos (i.e., el trabajo) y de realizar nuestras potencias conforme a nuestra naturaleza, volvemos sobre nosotros y nos constituimos como fin, simulando que la potencia indeterminada pudiera ser causa final de sí misma. Reconocemos, sin embargo, que esto es falso. Por este motivo llamamos virtuoso a quien se olvida del interés pasajero para perseguir otro más estable y propio; y, semejantemente, tenemos por noble en grado sumo a quien llega a renunciar a las prerrogativas de su individualidad para la consecución de un ideal. Ahora bien, todas estas actitudes son acostumbradas en los animales y no les hacen violencia.

Hete aquí, entonces, la pregunta: ¿Por qué en los brutos toda actividad se dirige al exterior, según la naturaleza, mientras que en el hombre refracta hacia sí mismo y en sí mismo se detiene sin obtener fruto? Nadie anda hacia sí, y sin embargo solemos obrar hacia nosotros, esto es, según nuestras voliciones y al margen de la razón. ¿Cómo entender, pues, que seamos tanto más irracionales cuanto más racionales nos tornamos, ya sea respecto al animal, ya respecto al niño? ¿Acaso apelaremos al error? Con todo, es indudable que el hombre usa mal de su raciocinio no por defecto de atención, sino de intención.

El paganismo definió el vicio como un círculo en los mitos de Ixión, Sísifo y Tántalo: un incesante volver sobre sí para encontrar lo mismo que se había dejado. Adán y Eva, que procedían de la animalidad y cohabitaban con ella, cobran conciencia para descubrir que están desnudos y son animales. Vemos en el paraíso de unos el mismo miserable bucle que en el infierno de los otros.

De más está recurrir a revelaciones especiales: no hay ninguna gran verdad que haya escapado a la mayoría de los pueblos. Todos, excluyendo a los más embrutecidos, supieron de algún modo que la infinitud del mal no está en su grandeza, mas en su capciosa autorrecurrencia. La distinción que estipularon entre el espíritu y el alma del hombre obedece a la experiencia de la eterna disonancia entre el querer y el quererse, siendo este último signo de vanidad, que es amar lo que se muere.

¿Es el hombre el único ser que no obra espontáneamente para la eternidad? Aunque las bestias estén apegadas a lo terreno, lo están para siempre si desconocen que van a morir. Perecen, dado que no pueden elevarse a los principios por los que viven, pero son felices, ya que no hay paradoja ni tropiezo en su aplicación práctica. Por regla de semejanza, lo feliz se inmola en pro de la felicidad y lo sano por causa de la salud. El hombre sacrifica animales a los dioses por guardar aquéllos analogía con lo inmortal y lo puro, que sólo están muy imperfectamente en él. Quien compadece al animal ignora, presa de la melancolía, que es él quien debería ser compadecido, puesto que "no existe ser más desgraciado que el hombre entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra".

Sin coherencia no hay moral; ni música, sino ruido, sin armonía. Sin eternidad no hay coherencia, sino círculo; sin conocimiento no hay eternidad, sino engaño. Luego, será feliz quien sepa que es eterno, para la eternidad trabaje y persevere en tal disposición eternamente.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Ciegos




Senza dubbio noi qua basso facciamo il gioco de la cieca, e representamo comedie alle creature de la corte celeste, e li bruti e piante ci aiutano a fornirla fra li theatri del mare e della terra; (...) E sì come lo spirito caldo di bruti, quasi ignorando la sua origine, desidera questo gioco que fa, così la mente nostra si diletta di questa comedia, per non conoscer meglio; ma chi è persuaso dell'altra vita migliore, grida: "Cupio dissolvi". Ma è necessario che un giorno tutti spogliati de le mascare che portiamo che sono i corpi e gl'affetti loro, habiamo a ricevere da Dio laude o castigo secondo chi meglio fece e disse il suo detto e atto. Io trovo tra noi rade volte essere sacerdote quel che è di animo pio e santo, ma spesso li Caifa e li Iasoni; né esser re chi ha reggio animo, ma chi la fortuna, cioè la nostra ignoranza, ha fatto re; né li buoni haver bene, né li mali male, ma come disse Salomone: "Vidi neque velocium esse cursum neque fortium bellum neque sapientum panem, neque artificum gratiam, sed tempus casumque in omnibus" (Ecl. 9:11). Dunque siamo vestiti altri di veste sacerdotale, altri regia, altri plebea, altri schiava, altri santa, altri empia; ma poi quandoci spoglieremo si vedrà tutto il roverso. Perché non è pittore chi ha pennelli e colori, et imbratta le mura, ma chi saperia pingere, benché non habbia li strumenti; né habito fa monaco. Dunque non è re chi ha regno, ma chi sa regnare; né nobile chi è figlio di nobile, ma chi ha animo nobile. Così come in tragedia non è Agamennone chi rapresenta la sua persona, né Tersite chi di Tersite si veste, né Hecuba chi si veste di reina vecchia e sconsolata. Dunque la politica nostra ha forza mentre dura questa comedia, ma è forza che si finisca.

(...)

Di più si vede che gl'huomini si fanno dei e gl'idoli cose vive, et altri adorò serpi, altri il fuoco, altri le stelle. Dunque giocamo tutti alla cieca, e sendo trascorsi a bestemie tali, era bene che Dio n'avvisasse, e poi ci lasciò fornir la comedia. Ma già veggio le scene votarsi, e le tende scommoversi: sarà dunque fine. Perché conviene allo sommo bene levar questa apparenza di male anchora dagl'effetti suoi, e questi gusti di Venere e di Baco, che, come habiam mostrato, son affani temprati in qualche diletto per burlarci, han da finire. Dunque la generazione e corruttione fine haverà, e la contrarietà che la mantiene.

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Ma l'huomo cieco che non mira l'eterno, si scandaliza invano, si duole del punto, e non gode de l'ampio theatro delli beni sacri.

Campanella

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El hombre es naturalmente crédulo, incrédulo, tímido, temerario.

El hombre no es más que un sujeto lleno de error natural, e inefable sin la gracia. Nada le muestra la verdad. Todo lo engaña. Estos dos principios de verdad, la razón y los sentidos, además de que a cada uno de ellos les falta sinceridad, se engañan recíprocamente el uno al otro; los sentidos engañan a la razón con falsas apariencias. Y esta misma fullería que ellos traen en el alma, la reciben de ella a su vez; en revancha. Las pasiones del alma los enturbian y les entregan impresiones falsas. Ellos mienten y se engañan a porfía.

(...)

Nadie tiene seguridad, fuera de la fe, de si vela o duerme, en vista de que durante el sueño creemos vigilar tan firmemente como si de verdad lo hiciéramos. Como es frecuente soñar que soñamos, amontonando un sueño sobre otro, ¿no es posible pensar que esta mitad de la vida no es ella misma más que un sueño en el que se injertan otros, de los que despertamos con la muerte, y durante la cual consideramos tan poco los principios de la verdad y del bien como durante el sueño natural? Toda esta circulación del tiempo, de la vida, y estas diversas impresiones que sentimos, estos diferentes pensamientos que nos agitan, podrían ser sólo ilusiones semejantes al transcurrir del tiempo y a los vanos fantasmas de nuestros sueños. Creemos ver espacios, figuras, movimiento; sentimos fluir el tiempo, lo medimos, y, en fin, actuamos igual que durante la vigilia. De suerte que, al pasarnos la mitad de la vida durmiendo, por propia confesión, estamos en un estado en el que, aún cuando no nos lo parezca, no tenemos idea alguna de lo verdadero y todos nuestro sentimientos son ilusiones. ¿Quién sabe si esta otra mitad de la vida en la que creemos estar despiertos no es otro sueño un poco diferente del primero? ... ¿Quién duda de que si soñáramos en compañía, y por azar los sueños estuvieran de acuerdo, lo que es bastante frecuente, y si veláramos en soledad, nos creeríamos las cosas invertidas?

(...)

¿Qué quimera es, pues, el hombre?, ¿qué novedad, qué monstruo, qué caos, que sujeto de contradicciones, qué prodigio? Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra, depositario de lo verdadero, cloaca de incertidumbre y desecho del universo.

(...)

Conoced, pues, soberbios, qué paradoja somos para nosotros mismos. ¡Humillaos, razón impotente! Callad, naturaleza imbécil, aprended que el hombre supera infinitamente al hombre y escuchad, de vuestro maestro, vuestra condición verdadera, que ignoráis.

Escuchad a Dios.

Pascal

sábado, 20 de noviembre de 2010

Non cedere




Mientras otros se esmeran en la elección de un aire bueno y se preocupan singularmente por hallar una morada saludable, tú estudia el trato humano y sé juicioso en elegir tus compañías. Los aspectos, conjunciones y configuraciones de los astros, que mutuamente varían, intensifican o reducen sus influencias, no son sino las variedades de la conversación más cercana o más lejana de unos con otros, y son como la compañía de los hombres, por la cual éstos se hacen mejores o peores e incluso intercambian sus naturalezas. Dado que los hombres viven por ejemplos y de continuo están imitando alguna cosa, ordena tu imitación con arreglo a tu mejora, no a tu perdición. No busques rosas en el jardín de Atalo o flores sanas en una plantación ponzoñosa. Y como apenas hay nadie malo, sino que otros son peores para él, no tientes al contagio por proximidad ni te arriesgues a la sombra de la corrupción. Aquel que no haya sufrido tempranamente este naufragio, y en sus días juveniles escapara a esta Caribdis, puede tener un feliz viaje y no entrar en el puerto con velas negras. La conversación con uno mismo, o estar solo, es mejor que esa compañía. Algunos escolásticos nos dicen que está solo en estricto sentido aquel con quien no hay ningún otro de la misma especie en el mismo sitio. Nabucodonosor estuvo solo, aunque estaba entre las bestias del campo, y se puede decir aceptablemente que un hombre sabio está solo aunque esté rodeado de una turba de gente poco mejor que las bestias. Aquellos que no piensan, que no han aprendido a estar solos, se encuentran en una prisión para sí mismos si no están con otros, mientras que, por el contrario, aquellos cuyos pensamientos están en una feria prefieren en ocasiones retirarse en compañía, estar fuera de la multitud de sí mismos. El que necesita tener compañía tendrá necesariamente a veces mala compañía. Sé capaz de estar solo. No pierdas el beneficio de la soledad y la sociedad de ti mismo, ni te limites a conformarte, antes bien deléitate en ser solo y único con la Omnipresencia. Para el que está así dispuesto, el día no es inquieto ni la noche negra. La oscuridad podrá atar sus ojos, no su imaginación. Yacerá en su lecho como Pompeyo y sus hijos, en todos los puntos cardinales, especulará sobre el Universo y gozará del mundo entero en la ermita de sí mismo. Así, la antigua ascética cristiana encontró un paraíso en un desierto, y con poca conversación en la Tierra tenía una en el cielo; así, aquellos hombres hacían astronomía en cuevas y, aunque no contemplaban las estrellas, tuvieron la gloria del cielo delante de ellos.


Thomas Browne