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jueves, 16 de octubre de 2008

Hoja de reclamaciones


Los espiritualistas admiran la imponente regularidad de los movimientos celestes, el orden y armonía que en ellos presiden. ¡Crédulos! En el universo no hay ni orden ni armonía; por el contrario "la irregularidad, los accidentes, el desorden excluyen la hipótesis de una acción personal, regida por las leyes de una inteligencia, siquiera sea humana".

A Copérnico le costó treinta años de trabajo la publicación de su libro De las Revoluciones celestes; Galileo tardó veinte para fecundar el principio del péndulo; después de diecisiete de obstinadas lucubraciones, consiguió Kepler la fórmula de sus leyes, y Newton octogenario decía que aún no había llegado a comprender el mecanismo de los cielos. ¡Y se nos quiere hacer creer que esas leyes sublimes, que unos genios tan potentes apenas llegaron a encontrar y a formular, no revelan en la causa que la ha impuesto a la materia ni siquiera una inteligencia igual a la humana! ¡Y osa Renan escribir esta frase: "En cuanto a mí, pienso que no hay en el universo una inteligencia superior a la del hombre"! ¡Y hay atrevimiento para defenderse tras accidentes que no lo son, y proclamar que no existe armonía inteligente en la construcción del mundo! ¿Qué sería necesario para satisfaceros, censores de Dios?

Helo aquí: sería preciso desde luego que no hubiera espacio (¡!), o que ese espacio fuese menos vasto, porque decididamente hay demasiado sitio en lo infinito. "Si le convenía a una fuerza creadora individual, dice Büchner, crear mundo y habitaciones para los hombres y los animales, fáltanos saber de qué sirve ese espacio inmenso, desierto, vacío, inútil (?) en el cual nadan soles y globos. ¿Por qué no se han hecho habitables para los hombres los demás planetas de nuestro sistema solar?". Pedís una cosa verdaderamente sencilla. Antojóse la fantasía de estos señores declarar inútil el espacio y querer que todos los globos estuviesen en contacto. El caricaturista Granville tuvo ya la misma idea: representa efectivamente en uno de sus bellos croquis a los habitantes de Júpiter trasladándose por medio de un puente colgante a pasearse por Saturno, fumando su regalía; el anillo de Saturno queda reducido a un gran balcón, donde los saturnianos van por la noche a tomar el fresco. Si este es el universo deseado, cuyo primer resultado sería hacer inmóvil el sistema del mundo, sus inventores obrarían mejor dirigiéndose formalmente a la Escuela de puentes y calzadas que a la filosofía, la cual nada tiene que hacer en semejante empresa.

"Si existiese Dios, añaden, ¿de qué servirían las irregularidades, las inmensas desproporciones de magnitud y distancia que se encuentran entre los planetas de nuestro sistema solar? ¿A qué esa carencia completa de todo orden, de toda simetría, de toda belleza?".

Preciso es convenir en que se necesita gran dosis de pretensión para admirar las decoraciones de los coliseos del teatro humano pintadas a grandes brochazos, y negar la belleza, la simetría a las obras de la naturaleza. Creemos que sea esta la primera vez que se le dirige semejante acusación. Sobre que sólo nos dan negaciones: negación de Dios, negación del alma, negación de la razón y de sus más altas potencias: siempre negaciones. Esto constituye su propiedad; su cacareada conciencia científica no es más que un engaño.

Camille Flammarion

miércoles, 1 de octubre de 2008

El mejor de los mundos, a pesar de todo


Si fijamos nuestra atención en el campo de los seres inorgánicos y comparamos entre sí los distintos elementos de que constan, vemos que en su pluralidad se hace patente una doble unidad:

1. la unidad propia de la semejanza;

2. la unidad entre las fuerzas y las aptitudes, de suerte que las unas proporcionan lo que las otras requieren para su actividad, y así se complementan mutuamente en una cierta medida.

Pues bien, en ambas modalidades se da plenamente el hecho de la teleología fenoménica.

(...)

Los procesos químicos –los más importantes de todos- son igualmente los que mejor permiten comprobar las notas características de una teleología fenoménica.

a) No sólo dan la impresión, como ya hemos dicho, de que las diversas materias hubieran sido perfectamente calculadas en función las unas de las otras,

b) sino que, por ser las transformaciones de más radical alcance, llevan en todos los casos a cambios de máxima envergadura.

c) Por obra de estos procesos puede darse en el mundo el ingente cúmulo de las múltiples especies de los cuerpos, contando, exclusivamente, con una cantidad muy escasa de materias primas.

d) Ello se consigue, sobre todo, por las diversas combinaciones de los elementos, en razón de que éstas entran, a su vez, en otras combinaciones más complejas. Pues todo cambio en las proporciones de una combinación da como resultado una especie completamente distinta de materia. E, igualmente, el principio de la completa transformación de la materia en todas sus propiedades se confirma también en los órdenes superiores, o menos elementales, de la combinación química.

e) Ahora bien, tanto las proporciones en que los elementos pueden combinarse, como las de las síntesis de las combinaciones, son escasas; y no cabe llegar al infinito en el aumento de la complejidad, sino que pronto se topa con un límite.

He aquí un hecho igualmente teleológico en el más alto grado.

El hecho de que las materias se combinen en proporciones diversas tiene, sin duda, una significación teleológica, pero también la tiene el de que no se combinen en una gran diversidad de proporciones. También es teleológico el progreso desde las síntesis más elementales hasta las más complejas; pero igualmente lo es el que esta serie no constituya una cadena de una longitud excesiva. De lo contrario, es decir, si el aumento de la complicación llegase hasta el infinito, se perdería toda posibilidad de algo común, de modo que ya no habría ningún tipo de afinidad, ni tampoco, por tanto, ningún orden, ni vida orgánica alguna, ni ninguna investigación científica de la Naturaleza. Dicho con otros términos: en vez del orden, el caos. (El gran retraso con que se ha descubierto la limitación de las posibles síntesis de las materias es, en verdad, un humillante síntoma de los pocos alcances de nuestro espíritu). Whewell tiene toda la razón al observar que este descubrimiento no podría por menos de haberse llevado a cabo de una manera verdaderamente apriorística, ya que, de lo contrario, no cabría encontrar dos cuerpos pertenecientes a una y la misma especie.

f) También es un fenómeno teleológico el influjo que ejercen las condiciones físicas sobre las fuerzas químicas. Con el cambio de las primeras las afinidades químicas varían, lo cual permite que se separe lo unido y que se vuelva a unir lo separado, cosas enteramente imprescindibles para la continua circulación de la materia, que sin ellas se detendría inmediatamente.

g) Por último, las nítidas regularidades que nos muestran las leyes de las proporciones múltiples y de los equivalentes químicos son manifestaciones destacadas de la teleología fenoménica para todo el que las observe con suficiente atención. Con ellas ha llegado a establecerse la base más importante de la teoría atómica. Aunque hay quienes piensan que esta teoría no ha conseguido aún ser comprobada de una manera indudable, las mismas regularidades de que hablamos son, no obstante, hechos indiscutibles y forman serie con otros hechos parecidos de la naturaleza inorgánica, que no se explican suficientemente con la teoría atómica, como, por ejemplo, las leyes de los equivalentes térmicos y de los cambios de las proporciones del volumen al mezclarse los gases, los sólidos y los líquidos. En todos los casos, la diversidad, el orden superior y la armonía parecen responder a una exigencia estética.

Franz Brentano




Yo he conocido un naturalista modesto, observador ingenioso del más alto valor personal, que estudió directamente la vida de los insectos y descubrió verdaderas maravillas. Se llamaba Enrique Fabre y vivía en Sérignan (Vaucluse). Sólo al cabo de cincuenta o sesenta años de trabajos ininterrumpidos consiguió ver su reputación salvar las fronteras de su país natal. Todo el mundo ha leído, sobre todo después de la muerte de su autor, los diez volúmenes de los "Recuerdos entomológicos", y creo que ningún lector habrá dejado de ver la manifestación constante del espíritu en la Naturaleza, en cada insecto, hasta en cada molécula viviente. Recordemos, como ejemplo, el "Sphex", insecto himenóptero que construye en la tierra de las madrigueras varias habitaciones y pone un huevo en cada una de ellas, después de haber depositado una víctima, paralizada pero no muerta, para que sirva de alimento fresco a la larva cuando estalle. La víctima debe permanecer viva, pero inerte, tanto tiempo como dura el festín larvario, porque las pequeñas larvas no querrían regalarse carne podrida. Todo está previsto para su querida existencia por la madre que no las conocerá y que no sabe nada. Toda la vida de los insectos está llena de estos instintos de previsión.

Camille Flammarion




El Diseño Inteligente, esa moda americana.