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martes, 2 de junio de 2020

Divinae leges natura, humanae moribus constant


El derecho natural parte de una definición del sujeto de derechos. El hombre no tiene derecho a hacer nada que sea impropio del hombre. Por tanto, si ser racional y social es propio del hombre, éste no tiene derecho a ser irracional y dañino para sus semejantes. 

Esta noción de derecho está vinculada al poder (porque ser racional y ser social son facultades humanas), pero también al deber y a un orden superior, que es lo que los estoicos entendían por naturaleza.

La naturaleza no es el reino de la permisión. A la piedra no le está permitido dejar de ser piedra, ni al agua dejar de ser agua, ni al carnero dejar de ser carnero. La permisión es algo más imaginario aue efectivo, porque todo está sometido a reglas no escritas mucho más inexorables que las que promulgamos los hombres. La propia constitución natural señala el deber.

Si el fuego arde necesariamente, porque de no ser así no sería fuego, escapa a nuestro poder prohibir al fuego que arda mientras sea fuego. Todo evento irresistible excluye lógicamente el permiso y la prohibición por igual.

La permisión y la prohibición pueden depender de un legislador que las sancione o, en defecto de éste, deben tener condiciones objetivas de posibilidad, dándose tres casos:

- Es posible que A esté permitido o prohibido.

- Es necesario que A esté permitido y es imposible que A esté prohibido.

- Es necesario que A esté prohibido y es imposible que A esté permitido.

Se afirma que es necesario que A esté prohibido cuando no está permitido, y que es imposible que A esté prohibido cuando está permitido. Tal es lo mismo que decir que “no permitido” y “prohibido” son sinónimos, mientras que “permitido” y “prohibido” son antónimos. Por tanto, nunca es meramente posible que algo esté permitido o prohibido, pues siempre nos encontramos ante un caso necesario o un caso imposible.

Ahora bien, si algo no está permitido por ausencia de permisión expresa, y asumimos que lo que no está expresamente permitido está prohibido, tal cosa estará prohibida. Y si es así, dado que en la naturaleza no hay reglas expresas, se sigue que todo en ella está prohibido, lo que es una afirmación gratuita. Si se quiere, tanto como la afirmación contraria, que también se seguiría del principio que sostuviera que todo lo que no está expresamente prohibido está permitido. Estos dos principios son incompatibles, ya que si no consta nada expreso, todo estaría permitido y prohibido al mismo tiempo.

En cambio, si lo permitido y lo prohibido dependen de la voluntad del legislador, nada explica por qué al legislador le está permitido legislar, o por qué a éste antes que a aquél.

Por esta razón no es aceptable que las condiciones de posibilidad de lo permitido o lo prohibido vengan dadas por las expresiones de un legislador cualquiera, sino sólo por las que vemos en la naturaleza, las cuales son expresiones de Dios en tanto que la crea mediante su palabra.

lunes, 13 de abril de 2009

Qué cabe esperar de la empatía




Cuando las pasiones originales de la persona principalmente afectada están en perfecta consonancia con las emociones simpatizadoras del espectador, necesariamente le parecen a este último justas y apropiadas, y en armonía con sus objetos respectivos; en cambio, cuando comprueba, poniéndose en el caso, que no coinciden con lo que siente, entonces necesariamente le parecerán injustas e inapropiadas, y en contradicción con las causas que las excitan. En consecuencia, aprobar las pasiones de otro como adecuadas a sus objetos es lo mismo que observar que nos identificamos completamente con ellas; y no aprobarlas es lo mismo que observar que no simpatizamos totalmente con ellas. El hombre que resiente el daño que me ha sido causado y observa que mi enojo es igual al suyo, necesariamente aprobará mi resentimiento. La persona cuya simpatía late junto a mi pena no puede sino admitir la razonabilidad de mi pesar. Quien admira el mismo poema o el mismo cuadro igual que los admiro yo, ciertamente calificará de justa mi admiración. Quien ríe el mismo chiste igual que yo, no podrá negar la corrección de mi risa. Por el contrario, la persona que en todas esas diferentes ocasiones no siente la emoción que siento yo, o no la siente en la misma proporción, no podrá evitar desaprobar mis sentimientos debido a la discordancia de éstos con los suyos. Si mi animosidad va más allá de la correspondiente con la indignación de mi amigo; si mi aflicción excede la que puede acompañar su más tierna compasión; si mi admiración es demasiado grande o demasiado pequeña con respecto a la suya; si yo río a carcajadas y dando grandes voces cuando él apenas sonríe o, por el contrario, yo sólo esbozo una sonrisa cuando él ríe ruidosamente; en todos estos casos, tan pronto como él pase de considerar el objeto a observar cómo me afecta, en la medida en la que haya una desproporción mayor o menor entre sus sentimientos y los míos, debo incurrir en mayor o menor medida en su reprobación: y en todas las circunstancias sus sentimientos son el patrón y medida a través de los cuales juzga los míos.


Adam Smith

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Hay algo más en la caridad, que es fundamento y pilar de toda ella, y es el amor de Dios, por el cual amamos a nuestro prójimo. Por ello concibo la caridad como el amor a Dios por Sí mismo, y a nuestro prójimo por Dios. Todo lo que es verdaderamente amable lo es por Dios, como si fuese un fragmento de Él, que retiene un reflejo o una sombra de Sí mismo. No sorprende que debamos poner nuestro afecto en lo invisible: todo lo que amamos de veras es esto; lo que adoramos bajo el afecto de nuestros sentidos no merece el honor de un título tan puro. Así, adoramos la virtud, aunque sea invisible a los ojos de los sentidos. Por ello, la parte que amamos en nuestros nobles amigos no es la que abrazamos, sino una parte insensible que escapa a nuestro abrazo. Dios, siendo la suma bondad, no puede amar otra cosa que a Sí mismo; ni nos ama más que por aquella parte que es como si fuera Él mismo, y la traducción de Su Santo Espíritu. Calibremos el amor hacia nuestros padres, el afecto de nuestras esposas e hijos, que no son sino bobos espectáculos y ensueños, carentes de realidad, verdad o constancia. En primer lugar existe un poderoso vínculo afectivo entre nosotros y nuestros padres; sin embargo, ¡con qué facilidad se disuelve! Nos entregamos a una mujer, olvidamos a nuestra madre en una esposa, y el vientre que nos contuvo, en aquel que contendrá nuestra imagen. Una vez esta mujer nos ha bendecido con hijos, nuestro afecto desciende del nivel al que hace un momento había llegado, y se hunde del lecho conyugal hasta el motivo y retrato de nuestra posteridad, donde el afecto tampoco encuentra una mansión segura. Estos mismos, conforme crecen en años, desean nuestro fin; o volviéndose solícitos hacia una mujer, encuentran el cauce legal para amar a otros antes que a nosotros. Por lo que me parece que un hombre bien podría ser enterrado en vida y contemplar él solo su tumba.


Sir Thomas Browne

domingo, 22 de febrero de 2009

Atracción de lo alto




Éste es el motivo por el que las máquinas nunca podrán equipararse al hombre: son incapaces de elevación. Pueden proceder en círculos cada vez más amplios; pueden hacer complejas deducciones y aumentar de modo exponencial el número de premisas; pueden incluso adquirir nueva información continuamente, pero no son capaces de ascender hasta los primeros principios ni de obtener una creatividad genuina, más allá del cruce combinatorio. Ven las consecuencias, suponen la causalidad y prescinden del sentido, expresado en el memorable aforismo según el cual lo semejante atrae a lo semejante.

Lo indeducible excede cualquier previsión racional; la excede igualmente el impulso innato a actuar, o los fines que lo mueven (el amor al mal, el amor al bien), que no se reducen ni a lo imitativo ni a lo empático. Existe en el plano de la praxis una separación infinita entre la voluntad y el deber, entre lo contingente y lo necesario. Pues, si todo puede hacerse, nada se debe; si no hay voluntad absoluta, no procede hablar de obediencia ni de auténtica rectitud de ánimo, con lo que el autómata más esclarecido sería tan amoral como el animal más bajo.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sobre el carácter no inteligible del deber


Una idea jamás se nos somete, porque ni es maleable según el acto de comprensión ni acaba de comprenderse nunca, si es cierto que toda verdad remite a otra. Comprender una idea es en realidad ser comprendido por ella, tomar en ella parte (participar). Existe, pues, la satisfacción que nace de contemplar -someternos a algo- y la que surge del actuar -someter algo.

Se predica la inmanencia del deseo. Ahora bien, todo lo que está en nosotros y no empieza en nosotros no es deseado. Por tanto, es impuesto. Las ideas se nos imponen, en la medida en que nadie desea tenerlas, o dado que el hecho de desear tal cosa no es ni previo a ni determinante de la eventualidad de contar con ellas.

No somos más libres para entender de lo que lo somos para creer. Lo que creemos lo entendemos en parte, y lo que no entendemos no lo poseemos -ni lo creemos. ¿Es el creer un desear lo entendido cuando no se entiende por completo? ¿Es un semisaber, una categoría intermedia o fronteriza del intelecto? ¿O es un someterse a algo inmaterial, pero distinto de una idea?

De la comprensión no se sigue la acción, y viceversa. El principio del deber no deriva ni del juicio (Sócrates), ni de la apetencia (Nietzsche), ni de una imposición formal arbitraria (Kant). Creer es someterse de buen grado, sin coacción, a una voluntad extraña; una suerte de obediencia contemplativa. Pero también es la única forma de entendimiento que incide en el libre albedrío. El único acceso a una casa abandonada.