II.
III.
No puede haber un discurso científico sobre el mal.
Hablar del bien o el mal del hombre, esto es, del bien o el mal relativos a la especie humana o a cualquier otro concepto universal, que suponga una multiplicidad de seres, conlleva pronunciarse sobre los fines comunes a todos los elementos implicados. Pues, si no hay comunidad de fines, bien y mal no son sino palabras vacías más allá de las singularidades subjetivas que denotan, como quiere el psicologismo. Bajo estas coordenadas, nos está vetado el juicio sobre lo bueno y lo malo en términos colectivos, ya que de una relación de semejanza no se deduce una de identidad. Así será mientras no sepamos discernir los deberes -idénticos para quienes están sujetos a ellos- de las meras pulsiones.
Con más razón, por cierto, nos abstendremos de calificar la bondad o maldad del universo, siendo éste la mayor colectividad existente y el conjunto más amplio de todas las cosas conocidas. Por tanto, queda Dios absuelto de responsabilidad y se torna inmune a las extravagantes críticas que, emulando a los maniqueos, los ateos formulan cuando pretenden ocuparse del problema del mal.
Mas, si se quisiera sobrepasar los propios límites metodológicos y establecer una definición del bien como general happiness o el máximo bienestar del mayor número de individuos, al modo de Stuart Mill, sería fácil mostrar que jamás se dan ni este máximo ni esta mayoría, salvo tal vez en la imaginación de utilitaristas y socialistas. En efecto, la felicidad así entendida -a la que con más finura cabría llamar simplemente alegría, como hicieron algunos estoicos- no tiene un objeto fijo, al carecer de fin estable, y por tanto tampoco una medida. De suerte que, mientras que la felicidad strictu sensu se realiza e incrementa cuando alcanza su meta, la alegría, que es sucedáneo de aquélla para las bestias y los estúpidos, se extingue y revierte en su opuesto tras la náusea que experimentamos al saciarnos.
Por otro lado, tampoco procede hablar de una sola mayoría de bienaventurados a la que dirigir lo bueno, sea lo que sea esto. Hay, por el contrario, infinitas combinaciones concebibles en las que el mayor número de hombres esté satisfecho en detrimento de la menor parte de ellos. Sin embargo, sólo unas pocas resultan compatibles entre sí. Verbigracia, casi todos aprecian los honores recibidos, muy particularmente cuando se consideran dignos de los mismos. Sin embargo, también la mayoría suele ceder, si se sabe impune, a placeres poco honorables y peligrosos para su reputación. ¿Cuál es, pues, la mayoría universal de hombres felices a la que se refiere Mill: la primera o la segunda? Ambas son posibles y se excluyen mutuamente.
No cabe, entonces, que haya moral sin una idea de deber válida objetivamente considerada. Ésta no dependerá ni de nuestro placer ni, en ocasiones, de nuestra conveniencia o conservación; por tanto, tampoco de nuestro cerebro ni del azar genético. Lo bueno y lo malo se establecerán en función de los fines asignados a determinadas colectividades, puesto que, haciendo abstracción del mundo, es tan imposible cometer una inmoralidad contra uno mismo como robarse la cartera. Estos fines se valorarán a su vez en atención a fines supremos, estimados buenos por su propia virtud, a saber: ser benéfico, evitar la ingratitud, no perjudicar a nadie y dar a cada cual lo suyo.
La única norma esencial en una democracia es aquella que establece que el pueblo es soberano. Esto no puede entenderse en un sentido meramente jurídico -es soberano según la norma-, sino que ha de tomarse en un sentido ideológico, por el cual el pueblo es soberano según él mismo. A partir de este último sentido, toda constitución que no reconozca dicha prerrogativa viola el derecho natural, que es de carácter originario y, en cuanto tal, eterno. No siendo, pues, la soberanía derivada o graciable, se es soberano por naturaleza o por voluntad.
Si el pueblo es soberano por naturaleza, debería existir un pueblo natural y, como tal, no dependiente de unas fronteras ni de un censo establecido, esto es, de un Estado previo que lo declare como pueblo. Ahora bien, no existe ningún pueblo de esta índole, ya que todos son agregados de poblaciones en torno a un poder preexistente. Así, no dándose sociedad humana alguna en la que no sea observada sumisión frente a los que ostentan la suprema potestad, la soberanía natural sólo puede identificarse con la autoridad directa de los gobernantes, o con la de aquellos por la que los mismos obtuvieron el poder.
Si, por otro lado, el pueblo es soberano por voluntad, no lo es por naturaleza, sino por fuerza, en la medida en que la voluntad se ejerce siempre sobre algo distinto a ella. Y en tanto que la voluntad del pueblo difícilmente será unánime, la soberanía procede de la fuerza que, autodeterminándose, una parte del pueblo ejerce sobre la otra, que debe claudicar. Pero, incluso si dicha voluntad fuera unánime en virtud de un contrato, lo sería por un tiempo y no por siempre, pasado el cual debería ejercerse la fuerza para mantenerlo en vigor. Es decir, habría desde ese momento una parte del pueblo que sería soberana sin serlo por naturaleza ni por voluntad, lo que es imposible. Con todo, si se da una sola parte del pueblo a la que no pueda atribuirse la condición de soberano, no puede afirmarse que la totalidad lo es. Por tanto, el pueblo no es soberano.
La necesidad orwelliana de reeducar al vulgo sólo es sentida por los ideólogos de la democracia. Los talantes más conservadores se conforman con contenerlo en los límites de la sensatez y el orden, lo cual pasa por negar su soberanía y, por ende, su sabiduría y autotutela intelectual.
El demócrata cree que el pueblo ha de estar a la altura de su propio arquetipo, por lo que confiere al poder público una facultad omnímoda para reformarlo y amoldarlo según determinadas expectativas. Paradójicamente, el Estado democrático acaba descubriendo en la instrucción de los ciudadanos una facultad de control mucho mayor que la que el déspota obtenía de la ignorancia de los súbditos. Y así, el gobierno que menos debía injerirse en la vida de sus administrados es el más insolente celador de su conciencia; al tiempo que la república que más debía estar sujeta al constante escrutinio de sus miembros pende del ligero azar de cómo sea concebido el ideal de la educación por parte de la elite dirigente.
Lo que sostenía de los gobernantes el sofista Trasímaco, a saber, que sólo procuran por su interés, es más cierto en democracia que en cualquier otro régimen, ya que incluso los ideales están sujetos a definición por la potestad política, en lugar de ser ésta el medio para realizarlos. Es distópico, pues, que lo racional, que es perseguir un fin fijo con medios variables, se invierta para justificar un sistema de gobierno en el que fines variables son perseguidos con medios fijos.
Uno de los mayores errores de un siglo que los profesó todos fue creer que una constitución política puede ser creada y escrita "a priori", mientras que la razón y la experiencia se aúnan para probar que una constitución es una obra divina y que precisamente la más fundamental y esencialmente constitucional de las leyes de una nación no puede estar escrita.
Algunas personas creyeron haber dado con una excelente agudeza a expensas de los franceses al preguntarles, "¿En qué libro se encuentra escrita la Ley Sálica?". Mas Jérôme Bignon respondió con bastante acierto, muy probablemente sin saber cuánta razón tenía, que ésta "está escrita en los corazones de los franceses". Supongamos, de hecho, que una ley de tal importancia existiese sólo porque está escrita. Sin duda cualquiera que fuese la autoridad que la hubiera escrito tendría el derecho de abrogarla, y la ley no poseería la cualidad de inmutabilidad divina que caracteriza las verdaderas leyes constitucionales. La esencia de una ley fundamental es que nadie tiene el derecho de abolirla. Pues ¿cómo podría estar sobre todos los hombres si algunos hombres la hubieran creado? El consenso popular no es posible. Y aunque así fuera, un acuerdo no es con todo una ley, y a nadie obliga salvo que un poder más alto asegure su cumplimiento. (...) "La fuerza de la ley civil subyace sólo en la convención. Pero ¿de qué sirve ésta si no existe ninguna ley natural que decrete su obligatoriedad? Promesas, contratos y juramentos son meras palabras. Tan fácil es violar este vínculo fútil como establecerlo. Sin la doctrina de un Divino Legislador, toda obligación moral deviene ilusoria. Poder por un lado, debilidad por el otro: estos son todos los vínculos de las sociedades humanas."
Esto es lo que un sabio y profundo teólogo ha dicho de la obligación moral. Es igualmente cierto para las obligaciones políticas y civiles. La ley sólo es verdaderamente sancionada, y propiamente ley, cuando se tiene por emanada de una más alta voluntad, de modo que su cualidad esencial sea no ser la voluntad de todos. De lo contrario, las leyes serían meras ordenanzas. Como el autor recién citado afirma, "quienes fueron libres para aprobar dichas convenciones no se han privado a sí mismos del poder de revocación, y sus descendientes, que no tomaron parte en el establecimiento de tales normas, están todavía menos obligados a observarlas." Ésta es la razón de que el sentido común primitivo, que afortunadamente es anterior a los sofismas, haya buscado siempre la sanción de las leyes en un poder sobrenatural, ya sea reconociendo que la soberanía procede de Dios, ya rindiendo culto a ciertas leyes no escritas dadas por Él.
Los glosadores de la ley romana insertaron sin alarde un notable fragmento de jurisprudencia griega en el primer capítulo de su colección. "Entre las leyes que nos gobiernan, dice, algunas están escritas y otras no". Nada podría resultar más simple y aun así más profundo. ¿Conocemos alguna ley turca que de manera explícita autorice al Sultán a condenar a muerte a un hombre inmediatamente sin intervenir decisión de un tribunal? ¿Conocemos alguna ley escrita, incluso alguna ley religiosa, que prohíba tal cosa a los soberanos de la Europa cristiana? Sin embargo, el turco no se sorprende más de ver a su señor ordenando sumariamente la ejecución de un hombre que de verlo acudir a la mezquita. Junto con el Asia toda, y de hecho con la Antigüedad toda, cree que el poder directo sobre la vida y la muerte es legítimo e inherente a la realeza. Nuestros príncipes, no obstante, se estremecerían con la sola idea de condenar a un hombre a muerte, puesto que a nuestro juicio esta condena constituiría un asesinato atroz. Con todo, dudo si sería posible prohibir a nuestros monarcas este poder mediante una ley fundamental escrita sin producir mayores males que aquellos que se habría deseado prevenir.
Interroga a la historia de Roma sobre los poderes exactos del Senado. No te revelará nada, al menos respecto a los límites precisos de este poder. En general, es evidente que el pueblo y el Senado se equilibraron mutuamente en una lucha sin fin. Sabemos que el patriotismo o el agotamiento, la debilidad o la violencia terminaron estas peligrosas batallas, pero nada más sabemos. Observando estos grandes momentos de la historia, es en ocasiones tentador el pensar que las cosas habrían sucedido con mucha mayor suavidad si hubiera habido leyes estrictas que definieran dichos poderes. Pero sería un gran error. Tales leyes, comprometidas siempre por hechos impredecibles y excepciones necesarias, no habrían durado seis meses o habrían causado el hundimiento de la república.
La Constitución inglesa es un ejemplo que nos resulta más próximo, y por ello más contundente. Examínala con cuidado; verás que sólo se mueve mientras permanece inmóvil (si este juego de palabras me está permitido). Se mantiene a través de excepciones. El mandato del "habeas corpus", por ejemplo, se ha suspendido con tanta frecuencia y por períodos tan dilatados que podría sospecharse que la excepción se ha convertido en regla. Supón por un momento que los autores de esta famosa acta hubieran emprendido la tarea de determinar las circunstancias en que puede suspenderse. La habrían aniquilado obrando así.
En la sesión de la Cámara de los Comunes de 26 de junio de 1807, un lord citó la autoridad de un gran estadista para probar que el rey no tenía derecho a disolver el Parlamento durante su sesión, mas tal opinión fue contestada. ¿Dónde está la ley? Intenta establecerla y determinar enteramente por escrito las instancias en las que el rey posee este derecho: causarás una revolución. Un miembro dijo que el rey tiene este derecho en una situación crítica. Pero ¿qué es "una situación crítica"? Una vez más, intenta decidirlo por escrito.
Todos quieren vivir felices, mi querido Galión: pero para ver con claridad en qué consiste lo que hace una vida completamente bienaventurada, andan a ciegas. Y de tal manera no resulta sencillo conseguir esa vida feliz, que cada uno se aparta de ella tanto más, cuanto con mayor ahínco la busca; si ha equivocado el camino: porque, como quiera que éste conduce a la parte contraria, la misma vehemencia los impulsa a una mayor distancia. Es necesario, pues, que primeramente estudiemos en qué consiste la felicidad que apetecemos: una vez conseguido esto, hemos de mirar y examinar las cosas que nos rodean, con el fin de encontrar el camino más corto por donde podamos llegar a ella: conoceremos sobre la marcha, y por muy poco recto que sea el camino, el adelanto tan grande que conseguimos cada día, y lo mucho que nos vamos alejando de aquello a que nos empuja nuestro natural apetito. Pero mientras andemos errantes por todas partes, sin seguir los pasos de un guía, sino el estruendo y gritos disonantes que nos llevan a la distracción, la vida se nos irá acabando entre constantes errores y sin darnos tiempo a nada, puesto que ésta resulta muy corta, aun cuando trabajemos noche y día para el bienestar del espíritu. Por consiguiente, es necesario determinar adónde vamos y por dónde; y no sin la ayuda de algún experto que haya explorado antes los caminos que hemos de recorrer: porque no se da aquí la misma circunstancia que en cualquier otro viaje. En éstas, conocido algún límite del camino, y preguntando a las gentes del país por donde se pase, no se sufren errores: en cambio aquí, cuanto más conocido sea y más trillado esté, nos engaña muchísimo mejor. En nada, por consiguiente, hemos de poner mayor empeño que en no seguir, según acostumbran las ovejas, al rebaño que va delante y que caminan, no por donde se debe ir, sino por donde va todo el mundo. Porque ninguna cosa nos proporciona mayores desgracias que aquello que se decide por los rumores: convencidos, además, de que lo mejor es aquello que ha sido aceptado por la mayoría de las gentes, y de éstos tenemos muchos ejemplos; vivimos no según nos dicta la razón, sino por imitación. De ahí ese amontonamiento tan grande de los unos que caen sobre los otros. Es lo mismo que sucede en las grandes aglomeraciones de hombres, cuando la multitud se comprime contra sí misma de tal manera que no cae nadie sin que arrastre a otro tras de sí, y la caída del primero siguen las de los demás: puedes comprobar cuando quieras que lo mismo sucede en todos los órdenes de la vida; nadie se equivoca solamente para él, sino que es causa y autor del error de los demás. Perjudica, pues, ser arrastrado por los que van delante, y mientras cada uno prefiere mejor confiarse que juzgar, jamás se medita sobre la vida, y siempre se cree en los demás; el error, que va pasando de mano en mano, nos hace dar vueltas y nos precipita al abismo, pereciendo por los malos ejemplos de los otros. Acertaremos tan pronto como nos separemos de los demás; ahora, en cambio, la multitud se ha plantado en contra de la razón, como defensora de su perdición. Sucede aquí lo mismo que en las elecciones, en las cuales, después de haber elegido sus pretores, los mismos que los eligieron se sorprenden de haberlos votado, cuando el favor, en su huida, dio la vuelta alrededor de la asamblea. Aprobamos las mismas cosas que censuramos después; éste es el resultado de cualquier negocio donde se sentencia por el mayor número de votos.
(...)
Es seguro, es agradable el camino para el que la naturaleza te ha equipado. Ella te ha provisto de aquellos recursos que, si no los desaprovechas, te elevarán a la misma altura de Dios.
Ahora bien, igual a Dios no te hará el dinero: Dios nada posee. Tampoco la pretexta: Dios está desnudo. No lo hará tu buena reputación, ni la exhibición de tu persona, ni la notoriedad de tu nombre difundida entre los pueblos: nadie conoce a Dios, muchos tienen de él mala opinión, y ciertamente con impunidad. Tampoco el tropel de siervos que llevan tu litera por las vías de la ciudad y de los países extranjeros: Dios, el más grande y más poderoso que todos, guía con su impulso el universo. Ni siquiera tu hermosura o tu pujanza pueden hacerte feliz: nada de esto resiste el paso del tiempo.
(...)
"Pero tú -se me dirá- tampoco practicas la virtud por otro motivo, sino porque esperas de ella algún placer". En primer lugar, si bien es verdad que la virtud proporciona placer, no es ésa la causa por la que se busca; porque no solamente proporciona deleite, no solamente proporciona placer y trabaja para éste, sino que su trabajo, aunque su intención vaya encaminada hacia otros fines, conseguirá también el deleite. Lo mismo sucede en el campo, en el que, a pesar de haber sido roturado para la siembra del trigo, nacen algunas flores que se entremezclan con éste y, sin embargo, no se gastó tanto trabajo con el fin de que nacieran estas pequeñas hierbas, que además no se sembraron: otro fue el propósito del sembrador y le sobrevino esto; de la misma manera también, el placer no es la recompensa ni la causa que nos mueve a practicar la virtud, sino que es algo accidental a ella: nos agrada, no porque deleite, sino porque nos agrada, deleita. El supremo bien está en el juicio mismo y en el hábito de la mejor intención: ésta, tan pronto como ha colmado su círculo de expansión, ciñéndose a sus propios fines, termina su misión y consigue el bien supremo sin aspirar a nada más.
"Más Estados han perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes", escribió Montesquieu. La Alemania nazi es el ejemplo más a mano, que si bien no pereció como Estado anduvo cerca de ello. La URSS es otro, por no salir del siglo XX. Cualquier país que permita la independencia de parte de su territorio es un país débil y degenerado. E converso, todos los que aceptan anexionarse voluntariamente a una nación mayor suelen ser también países que han perdido su papel en la Historia. Quisiera equivocarme, pero España va por un camino similar, esto es, el de convertirse en una mísera provincia de Europa, o en un lugar de paso entre ésta y África.
No creo que la democracia sea reformable más de lo que ya la ha reformado el constitucionalismo moderno. La democracia directa me parece por lo demás una distopía y algo que muy pocos desean. Hay que aceptar que no todas las épocas ni todos los entornos son propicios al rendimiento óptimo de regímenes democráticos, como mencioné de pasada en otro escrito. Y, en concreto, hay que rechazar la idea de un progreso político unidireccional y acumulativo con puntos de no retorno. En la Historia nada se repite, pero todo es reversible, y en ocasiones lo es para mejor, pues rectificar es de sabios. No se conseguirá salir del atolladero sin una mayor importancia de la religión, que debe recuperar el protagonismo perdido. La Iglesia, por su poder e influencia, fue la artífice principal de que una sociedad en ruinas tras la caída del Imperio sobreviviera a las invasiones, consolidara una razonable libertad burguesa, anduviese a la cabeza del progreso científico y alcanzara una unidad espiritual que no se encuentra en Asia ni en ningún otro lugar del mundo fuera de las fronteras de un determinado país. Sólo la autoridad superior, y por decirlo así, genética de los antepasados puede reconducir el tiempo presente, aprisionado entre la Escila de la teocracia y la Caribdis de la anarquía. Los logros de Europa son en buena parte los de la Iglesia, y viceversa. La Cristiandad o Europa, decía Novalis. Fueron sinónimos durante mucho tiempo, marca indeleble de nuestra excepcionalidad.
Si logramos abandonar la absurda idea de que aquello que no pase por "la decisión del pueblo" es tiránico (con mayor motivo si tal "decisión" no existe en realidad), tendremos la cura de humildad necesaria para una regeneración moral. De lo contrario nosotros mismos nos daremos muerte. Al cabo, son muchas falsas concepciones históricas las que habrá que desterrar de nuestra mitología política para salir del paso. La primera es que heredamos el concepto de democracia del paganismo y de la cultura grecolatina, sin más, en lugar de ser una reliquia histórica de un periodo de la historia de Atenas -una democracia esclavista, para mayores señas. Esta especie de arquetipo colectivo oculta que nada hay en el paganismo que conduzca a una ideología igualitaria, como demuestra abrumadoramente la historia de las culturas paganas. Ni siquiera en Occidente. El entrañable Homero era un elitista extremo, amén de misógino.
Porque si bien una cierta igualdad natural entre los miembros del género humano es indudable (nadie es tan fuerte como para someter a todos, ni nadie renuncia a su interés más que por la fuerza o por un interés mayor), ésta desaparece en el momento mismo en que se constituye la sociedad de los iguales. Escribe Spinoza:
Pues aunque cada uno de ellos considere justo tener el mismo derecho sobre el otro que el que éste se arroga sobre él, no obstante cree injusto que los forasteros que transitan por su país deban tener el mismo derecho a su gobierno que aquellos que lo han procurado con su trabajo, conquistándolo y manteniéndolo al precio de su sangre.
En las Cortes Generales se conjuntan tendencias políticas opuestas que, tras las debidas deliberaciones y votaciones, llegan a plasmar una voluntad común y coherente consigo misma. Pues bien, el pueblo nunca decide de esta manera en las democracias representativas. Los resultados de sus actos volitivos son siempre inarmónicos, porque expresa la pluralidad sin resolverla. Conduce al poder simultáneamente a partidos que defienden programas incompatibles. Así, si hay muchas voluntades y ningún acuerdo que las comprenda a todas, no es correcto decir que el pueblo ha decidido tras concluir una elección. Sólo ha asentido a que otros decidan por él, sin saber quiénes serán, lo que a duras penas puede llamarse decisión, y todavía menos decisión soberana.
Decidir, en el lenguaje habitual, significa llegar en un momento particular a una determinación, no a muchas mutuamente excluyentes. Si el pueblo puede elegir, es porque las opciones elegibles se excluyen unas a otras, pues de lo contrario más valdría gobernar en coalición perpetua. Y si elige a los representantes de una cámara plural, forzosamente tomará una decisión contradictoria consigo misma. Por tanto, salvo que cambiemos el significado de las palabras, una decisión así no puede ser considerada tal. Es más bien un asentimiento a la decisión ajena en función de una regla de proporcionalidad entre el número de asentimientos y el número de cargos decisorios.
Ergo, si el pueblo no decide, el pueblo no es soberano.
Siendo las leyes voluntad del pueblo, al obedecerlas se obedece a sí mismo. Luego no obedece a nadie que no sea él. Y, sin embargo, el pueblo es el único soberano absoluto al que se exime de toda responsabilidad política no por su grandeza y sabiduría, sino por su pequeñez y necedad.
¿Que quién lo exime? ¡El mismo pueblo!
Vox populi, vox Dei. Cuán incierta y cuán falaz es esta regla, cuántos males produce, y con cuánto espíritu de partido y crueldad de intención este fatal proverbio ha sido diseminado entre las gentes, es cosa que hemos aprendido gracias a la más triste lección. Ciertamente, si escuchásemos lo que dice esa voz como si ella fuera el heraldo de la ley divina, apenas si podríamos creer que hay un Dios. Pues ¿hay algo tan abominable, tan malvado, tan contrario a todo derecho y a toda ley, que el consenso general o, por mejor decirlo, que la conspiración de una muchedumbre no defienda de cuando en cuando? Hasta el día de hoy hemos oído del saqueo de templos divinos, de audacia e inmoralidad acendradas, de leyes violadas, de derrocamientos de reinos. Y de seguro, si esta voz fuera la voz de Dios, sería exactamente lo opuesto de aquel primer Fiat por el que Él creó esta elegante estructura y la edujo de la nada. Tampoco habla jamás Dios a los hombres de esta manera -a menos que desease sepultarlo todo nuevamente en la confusión y reducirlo a un estado de caos-. En vano, por tanto, deberíamos buscar los dictados de la razón y los decretos de la naturaleza en el consenso de los hombres.
(...)
Primeramente, por tanto, decimos que, en lo concerniente a un consenso en cuestiones de moral y costumbres, ello no prueba en modo alguno la existencia de una ley de la naturaleza. Pues si lo que es justo y legal tuviera que ser determinado por la manera en que viven los hombres, la rectitud e integridad moral no serían apreciadas. ¿Qué inmoralidad no sería permitida, e incluso inevitable, si la ley nos fuese dada por el ejemplo de la mayoría? ¿A qué infamias, villanías y toda clase de cosas vergonzosas no nos arrastraría la ley de la naturaleza si hubiésemos de seguir el camino que la mayoría de la gente sigue? ¿Es que son pocos, entre las naciones civilizadas, educadas según leyes específicas que han sido por todos reconocidas como obligatorias, los que por su estilo de vida indican que están dando su aprobación a los vicios y muy a menudo, por su mal ejemplo, llevan a otros por el mal camino, cuyas faltas no podrían enumerarse? Es un hecho que ahora toda clase de mal ha crecido entre los hombres y se ha extendido por el mundo, afectando a todas las cosas. Ya en el pasado, los seres humanos mostraron un especial talento en la corrupción de las costumbres, e incurrieron en tal variedad de vicios, que no dejaron ninguno para que lo inventase o añadiese la posteridad; y hoy es imposible cometer cualquier crimen imaginable del que no tengamos ya un ejemplo. Si alguien quisiera juzgar la rectitud moral basándose en el consenso de los hombres acerca de sus acciones, y a partir de ahí inferir una ley de la naturaleza, no haría otra cosa que estar esforzándose en ser un insensato conforme a razón. Que se sepa, nadie, por tanto, ha intentado basar una ley de la naturaleza en este desafortunado consenso entre los hombres. Puede decirse, sin embargo, que la ley de la naturaleza ha de inferirse, no de la conducta de los hombres, sino de sus pensamientos. Hemos de indagar, no en las vidas de los seres humanos, sino en sus almas; pues es ahí donde los preceptos de la naturaleza están impresos y donde residen las reglas de moral, junto con esos principios que no pueden ser corrompidos por la conducta de los hombres. Y como estos principios son los mismos para todos y cada uno de nosotros, no pueden tener más autor que Dios y la naturaleza.
(...)
Pero si quisiéramos pasar revista a todos los géneros de vicios y virtudes, y nadie duda que en esta clasificación consiste la ley de la naturaleza, fácilmente se echará de ver que no hay ningún vicio o virtud sobre el que los hombres no se formen opiniones diferentes, apoyados por la autoridad y la costumbre. De tal manera es ello así, que, si el consenso de los hombres se tomase como regla de la moralidad, no habría en absoluto una ley de la naturaleza, o ésta variaría de lugar a lugar: una cosa sería moralmente buena en un sitio, y mala en otro; y los vicios mismos se convertirían en deberes.
(...)
En segundo lugar, decimos que si existiera entre los hombres un consenso unánime y universal acerca de una opinión, tal consenso no probaría que esa opinión es una ley de la naturaleza. Pues, ciertamente, cada persona tiene que inferir la ley de la naturaleza partiendo de los primeros principios naturales, no de la creencia de otra persona. Además, un tal consenso puede ser acerca de algo que en absoluto constituye una ley de la naturaleza. Por ejemplo, si entre todos los hombres se valora más el oro que el plomo, de ello no se sigue que esto haya sido decretado por una ley natural. Si todos los hombres, siguiendo la práctica de los persas, dejasen que los cadáveres humanos fuesen devorados por los perros, o, imitando a los griegos, los quemaran, esto no probaría que cualquiera de dichas prácticas es una ley de la naturaleza que obliga a los hombres; pues un acuerdo general de este tipo en modo alguno es suficiente para crear una obligación. Admito que un consenso así puede ser indicación de que hay una ley de la naturaleza; pero no llegaría a probar su existencia. Quizá pudiera hacerme creer con mayor vehemencia, pero no me permitiría conocer con mayor certeza que tal consenso es una ley de la naturaleza. Pues nunca sabré con seguridad si esta opinión es la opinión de cada individuo. Ello sería una cuestión de creencia, no de conocimiento. Pues si yo descubro que tal opinión se da en mi propia mente antes de reconocer el hecho de que hay un consenso general, entonces el conocimiento del consenso no me probará lo que yo ya sabía a partir de principios naturales; y si no puedo estar seguro de que es realmente mi propia opinión hasta haber comprobado que se da un tal consenso entre los hombres, entonces también podría razonablemente dudar de si ésta es la opinión de otros; pues es imposible sugerir una razón de por qué a todos los demás hombres les fuera concedido por naturaleza algo que yo noto que me falta. Y esa gente que piensa igual tampoco puede saber que algo es bueno porque todos lo piensan así; más bien piensan así porque, a partir de principios naturales, saben que algo es bueno. El conocimiento precede al consenso. De otro modo, una misma cosa sería al mismo tiempo causa y efecto, y el consenso de todos daría lugar al consenso de todos, lo cual es obviamente absurdo.
Despreciando las más elementales categorías de la teoría política, hay quien llama teocracia a que la Iglesia opine sobre la ley y cuestione desde su legitimidad extrademocrática lo acaecido en el Parlamento. Cuando la democracia olvida que es un medio para la búsqueda de lo óptimo y se convierte en una especie de fin en sí de autorrealización narcisista, es normal que se den este tipo de reacciones histéricas contra quienes invierten el orden de prioridades.
La democracia aboga por el racionalismo como por la castidad una prostituta. Son racionalistas los pueblos que han permitido estas formas de gobierno a modo de contingencia histórica, pueblos cristianos, y lo seguirán siendo cuando la contingencia pase. Macbeth se hizo el loco porque fue lo más inteligente en aquel momento.
La mayor ventaja de los sistemas democráticos es la invisibilización del poder, que está difuso en todas partes y no se encarna en ninguna, ya que se identifica al soberano con las fuerzas inorgánicas que constituyen las masas de los votantes (quién realice dicha identificación y en virtud de qué potestad es cuestión sumida en espesas y permanentes brumas). Tal es el régimen del crecimiento económico y de la integración de los rebeldes. Cuando el crecimiento de la economía disminuye y el marco ideológico es común y pacíficamente aceptado, la democracia, instalada en la burocracia y tendente a la corrupción, se convierte en un factor de inestabilidad y en un estorbo.
Por ello, fingir que nuestros sistemas políticos van a quedar mancillados hoy por una influencia cultural que durante milenios no se ha movido de su sitio y que ha contribuido no poco a la paz social es una reverenda majadería. Miedo pueden dar las novedades, no una tradición que ha coadyuvado al progreso, moderando las pretensiones redentoras de éste. Miedo deben dar la tiranía y el nuevo hombre, que huyen de los límites que los superan, y en especial del que les impone el poder religioso si no se amanceba con las instituciones estatales.
Los derechos naturales constituyen ficciones, pero no más que las leyes, en tanto que intangibles y mediatizadas siempre por la cultura y el lenguaje. El pensamiento democrático, disolvente, sostiene que todo lo invocado como superior es, al cabo, humano, y todo lo humano pende de la contingencia de la voluntad. Cree humanizarse el derecho natural situándolo en su contexto histórico, al tiempo que se desea naturalizar cierto derecho positivo -el de decidir y autodeterminarse- como si fuera previo al hombre o innato. A esto se objeta lo siguiente:
1) Lo natural y lo humano no se oponen. Los derechos son naturales precisamente porque son humanos, esto es, racionales. Si fueran irracionales, no servirían para canalizar los actos de los hombres, orientados a un fin según una regla de proporción por la que se establecen los medios. Serían, por consiguiente, contra natura -al tomar por base algo inútil, incomprensible o indemostrable, un ente fuera del orden de las cosas, un presupuesto ajeno al continuo materia-lenguaje- y dividirían a la sociedad en facciones en lugar de promover su cooperación.
2) El derecho parte invariablemente de una instancia legitimadora superior al hombre. Si los hombres necesitan las leyes es porque desconfían de su palabra, de sus mañas y de su torcido obrar. Los sacrificios son más antiguos que las leyes (De Maistre), pues el hombre se sabe culpable desde que adquiere conciencia. Si la justicia fuera creación suya, entonces también la culpabilidad, que aquélla viene a corregir. Pero él conoce que no es así: nadie le ha enseñado a ser malo. Luego ¿por qué debería lo bueno depender de maestros, de sofistas de las apariencias? ¿No es también lo bueno universal, intemporal?
En definitiva, el derecho natural tiene dos niveles: En primer lugar, el puramente racional, por el que excluye la opinión. En segundo lugar, el ontológico, por el que se descarta su origen mundano. Las leyes son revelaciones cuando quieren abolir la costumbre no menos que cuando desean fundamentarla.
El Trasímaco platónico objeta a Sócrates en La República su actitud idealista, servil en su opinión a las apariencias, e ignorante de la realidad (physis):
lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte.
Si quieres contener algo, deja que se expanda;
Si quieres debilitar algo, déjalo crecer;
si quieres que algo sucumba, deja que ascienda;
si quieres expulsar algo, déjalo entrar.
Para reducir la influencia de alguien, auméntala antes;
Para menguar la fuerza de alguien, increméntala en primer lugar;
Para hacer caer a alguien, haz que se eleve;
Para tomar algo de alguien, dale algo primero.