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domingo, 13 de septiembre de 2015

Puericracia


I.

El pueblo en sentido fuerte es la memoria viva de los ancestros, la tradición sedimentada en la costumbre y las instituciones, la prudencia extraída de la historia nacional, los monumentos como testimonio invariable del pasado; en fin, todo aquello que marca su carácter distintivo respecto a los pueblos vecinos.

Si el pueblo fuera la capacidad de la multitud en abstracto para decidir cualquier cosa, todo el género humano sería un solo pueblo. Partiendo de ahí, cabría inferir que las leyes sobre las que se fundan los gobiernos y se erigen las fronteras suponen un obstáculo a la civilización, pues desnaturalizan un fenómeno previo a toda cultura, la humanidad, cuya esencia es intemporal y ahistórica. Es así que de la democracia cosmopolita a la anarquía media un solo paso.

II.

El principio según el cual todos deben ser escuchados antes de tomarse una decisión que los concierna puede considerarse justo, pero no implica el derecho a voto de aquellos a quienes se da audiencia. Se les escucha para conocer el problema, no para resolver cuál sea la solución, tarea para la que no son aptos ni imparciales.

Es por ello que las cuestiones difíciles no las despacha la mayoría ciudadana, sino que quedan en manos de los mejores, los cuales han de ser pocos para evitar la vacilación o el disenso. Así, resulta inconcebible una política económica que, representando intereses contrapuestos, adopte sus decisiones asambleariamente, esto es, sin planificación y, por así decirlo, al calor del momento; o un mando militar que, al fijar su estrategia, dé preponderancia al criterio de los rangos más bajos por ser los más numerosos, mientras soslaya el de los generales.

III.

Por otro lado, si hay algo infinitamente más dañino que la locura de uno solo es la demencia colectiva. Un loco puede ser aislado y corregido, como hacemos al envolvernos las heridas y contusiones, que sanan con el tiempo; muchos, en cambio, deben ser combatidos y extirpados del cuerpo social al modo de cánceres, dado que, al igual que éstos, descomponen progresivamente el organismo.

La locura, lejos de ser una singularidad histórica, constituye el estado connatural de todo pueblo, el cual, cuando se le permite fallar por mayoría, obra como un insensato, pues toma muchas decisiones que, al revelarse equivocadas, poco después repudia, cuando habría sido más juicioso seguir al partido que desde el comienzo las censuró. Procede al revés que el sabio, toda vez que éste se rige por principios y claras razones, acudiendo acaso a otros más capaces si titubea. Por el contrario, el idiota ignora a los más prudentes, sigue ciegamente a los que se apasionan y dan mayores voces, y sólo triunfa de su propia estupidez tras penosas experiencias, pagando con ello un precio muy alto. 

El mismo pueblo al que se adula llamándolo soberano es tratado permanentemente como un menor de edad. Por este motivo no se procesa ni se castiga a los votantes por otorgar su confianza a mandatarios incapaces y desleales, ni por promover leyes inicuas o adherirse a ideologías que manifiestamente perjudican al interés común. En su lugar, o bien se suspende el juicio sobre qué sea lo bueno o lo malo (lo que es el efecto más perverso de la democracia), o bien se da por hecho que no hubo en el yerro mala intención, conduciéndonos de esta manera como hacemos al juzgar las culpas de los niños.

miércoles, 14 de enero de 2015

Occidente




Hay que agradecer al estoicismo la revelación de que ni la vida ni la libertad ni el placer valen nada si no se encaminan a un fin moral superior.

La vida del criminal no vale lo que la del héroe, ni la libertad del estúpido lo que la del genio, ni el placer en el mal se aquilata igual que el que se halla en el bien. Estas palabras por sí solas -vida, libertad y placer- no significan nada en términos de valor objetivo. Están absolutamente supeditadas a fines morales.

Como el árbol estéril es la vida que no aspira más que a conservar la vida, la libertad que no quiere más que ser libre, el placer que sólo desea aumentarse. Estas pasiones, sin ser perversas en sí mismas, son ociosas, por lo que deben arrancarse para dejar lugar a otras más elevadas y productivas.

Una vida inmoral no merece ser vivida; una sociedad indiferente al mal y al bien tampoco es digna de ser defendida. Los límites morales de una nación son semejantes a sus murallas, pues señalan sus dominios y constituyen su defensa. De la misma manera que el líquido sin contención se derrama, así el hombre sin ley.

La ciudad fundada en el placer, la libertad o la vida se edificará en el vacío y, condenada a sucumbir, al cabo no será ni viva ni libre ni placentera. 

jueves, 1 de enero de 2015

La esclavitud puede ser moral




Las relaciones de poder se conciben en términos de propiedad, disponibilidad o influencia. La propiedad es la potestad más completa, ya que está sujeta a justo título pero no a condición; la disponibilidad, a su vez, está sujeta a justo título y a condición (se dispone de algo o de alguien por un cierto tiempo), mientras que la influencia carece de justo título y de condición, siendo un mero poder de hecho. 

En base a lo anterior, observamos que en las sociedades se dan de ordinario tres estratos de vinculación:

- El de la influencia, que es el que ejercen todos entre sí a través de la costumbre.

- El de la disponibilidad, al que se obligan los iguales con arreglo a contratos suscritos de forma voluntaria.

- El de la propiedad, al que todos excepto el soberano están sujetos según leyes que deben observarse imperativamente.

Sólo en las democracias se finge, mediante la falacia del contrato social, que las leyes emanan de la voluntad del pueblo y no implican un derecho de propiedad del Estado sobre sus nacionales. Pero lo cierto es que la naturaleza del Estado es propietaria y no arrendataria, imperativa y no voluntaria. Ninguna autoridad promulga leyes "sub conditione" o por tiempo determinado, ni somete a la voluntad de sus súbditos la cuestión de si éstos han de regirse o no por leyes.

Pues bien, tal es la relación soberana que tiene el dueño con su esclavo, y el padre con sus hijos hasta la emancipación de éstos. Relación sujeta en cualquier caso a límites morales, dado que propiedad no es tiranía ni derecho omnímodo y antisocial.

Destruido el mito de la libertad política, la esclavitud deja de ser una abominación "per se". Es un mal necesario, como el trabajo asalariado o la sujeción a leyes. En la Edad de Oro, según la representaban los poetas antiguos, no había ni normas ni trabajo. Los partidarios de la democracia liberal creen que ésta es una suerte de Edad de Oro del espíritu en la que todo fluye espontáneamente según el sentir de cada uno, y de ahí que rechacen sofísticamente como bárbara, injusta y abusiva cualquier forma de imperio.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Soberanía popular




El derecho a legislar en una república democrática es el poder que ejerce el pueblo en su conjunto sobre cada uno de sus individuos. No emana, entonces, del individuo, sino del pueblo constituido como tal bajo el soberano.

Se demuestra: Ningún individuo tiene poder en la república para, actuando en su propio nombre, forzar a otro o limitar sus derechos. Carece también de este poder cualquier grupo de individuos, por extenso que sea, salvo que se trate del mismo pueblo. Ahora bien, el efecto pleno nunca es superior a su causa plena. En consecuencia, el pueblo no obtiene su poder de los individuos que lo componen, sino que, por el contrario, cifra su poder y su obediencia en un individuo al que reconoce como a su líder.

De este modo, la idea de mandato para definir la relación entre el pueblo y su representante es completamente equivocada. Sin una cabeza visible que lo encarne legítimamente el pueblo está desprovisto de todo poder y de cualquier supremacía política, como se ha probado. Por tanto, no puede mandar nada con carácter vinculante. Es dicha cabeza la que podrá dar órdenes y erigirse en autoridad, ello según su misma índole y prescindiendo de toda sujeción a un mandato. No obedece al pueblo, puesto que es el pueblo, mientras que lo que vulgarmente se entiende como pueblo no es más que una muchedumbre sujeta a un territorio, una autoridad y una ley.

En una palabra, el pueblo sólo es tal en sentido jurídico-político al dotarse de un representante o líder; hasta entonces es una horda o una turba. El líder, auténtico soberano, ostenta el poder del que el pueblo-muchedumbre carece, si bien lo debe a que dicha multitud existe y ha proyectado su potestad fuera de sí.

Por otro lado, la facultad de juzgar las causas y dirigir los ejércitos nunca ha correspondido al pueblo ni a meras personas privadas, siendo en cambio una prerrogativa originaria de los reyes delegada en hombres de su confianza.

Luego no es posible constituir una democracia, dado que el pueblo no es verdadero poder constituyente. Por el mero hecho de formar una sociedad todo el pueblo admite que puede ser juzgado y castigado si traspasa los límites morales que la cimientan. Esos límites son en sí mismos la soberanía (el mantenimiento de la ley y el orden) y el soberano no es otro que el encargado de salvaguardarlos contra el enemigo interior y exterior. No el pueblo, sino aquel que puede juzgar y castigar al pueblo.

De donde se concluye que ninguno de los atributos de la soberanía (legislar, juzgar y defender la patria) corresponde al pueblo, entendiendo por tal a la suma de los individuos que lo forman.

Así pues, sólo puede concebirse la soberanía popular en términos negativos y excepcionales: como la defensa violenta que ejerce el pueblo, a través de sus notables, contra los tiranos manifiestos que violan la ley y corrompen lo público.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Proteo





La democracia liberal se sustenta en tres principios tácitos: novedad, mediocridad, sensibilidad.

Novedad: La verdad histórica se nos está revelando ahora, por primera vez en su intensidad máxima.

Mediocridad: Todo individuo es intercambiable dentro de una estructura preestablecida y autosubsistente (todos pueden lograrlo todo).

Sensibilidad: La ética se reduce a compasión.

El primer principio es mesiánico, o meramente relativista; el segundo es mecánico; el tercero, empático.

La realidad moral es percibida instintivamente por los sentidos como sufrimiento y fijada como el mínimo común denominador de la especie (sensualismo, psicologismo).

Puesto que todos tenemos una capacidad semejante de sufrimiento, se infiere que también tenemos potencias intelectuales y móviles morales semejantes (confusión entre acciones y pasiones; obsesión por clones y robots; igualitarismo, animalismo, ateísmo).

La verdad es la adecuación entre la percepción moral empática, elevada a estándar social, y su plasmación intelectual en leyes generales ("adaequatio intellectus et rei"). Al ser la percepción siempre nueva, también lo es la verdad, que cambia continuamente y permanece en estado líquido: sólo es válida tal y como la percibe hoy el hombre medio. Ello justifica la necesidad de constantes sufragios populares y exime a la política de congruencia ("tabula rasa", maquiavelismo, anarquismo).

Destruido el sensualismo, destruida la democracia.

martes, 15 de julio de 2014

Fons virtutis




I.

La soberanía es la facultad de crear, suspender y abolir el derecho (Schmitt). De este principio se sigue que sólo puede ejercerla quien está desprovisto de cualquier derecho, toda vez que su prerrogativa no emana de un reconocimiento o de un acuerdo, sino de un hecho bruto que es para la multitud la razón misma de la obediencia. Por ello, afirmar que el pueblo tiene derechos supone reconocer que no es soberano.

Nadie puede crearse a sí mismo. Cabe que un derecho nazca de otro, y sin embargo el derecho en que se fundan todos los derechos no puede autoconstituirse como una tautología. Nace de las cosas mismas, de la realidad incontestable.

Cuando el soberano suspende o deroga el ordenamiento, él subsiste porque no depende de su creación. Es superior a todo lo promulgado e inferior sólo a la justicia natural, a la que debe someterse. Pero el pueblo sin ley ni siquiera es pueblo: es manada o es horda.

II.

En contra de lo asentado, constituye la ideología democrática dominante sostener que lo más plural, heterogéneo, contingente e inarmonioso que existe, el pueblo, sea ya no sólo el soberano actual, sino el único soberano legitimado concebible.

Pretender que el sujeto principal de la política, el soberano, sea al mismo tiempo su propio objeto, el súbdito, también forma parte del credo.

Estos actos de fe no se promueven en beneficio del pueblo, sino para su engaño y ruina, puesto que el verdadero soberano no tiene que rendir cuentas por sus actos. Permanece en la sombra mientras otros, soberanos nominales, asumen sus responsabilidades.

III.

El poder originario corresponde siempre a uno y sólo a uno, porque es indivisible y no puede entrar en contradicción consigo mismo. Pero eventualmente cabe cederlo o delegarlo. Así, en la Antigua Roma el poder de los primeros reyes se hizo derivar de los mismos dioses, que a su vez lo obtenían de Zeus. La monarquía cesó por la impiedad de Tarquinio el Soberbio, arrogándose el Senado la autoridad suprema ex Deo. El Senado delegó el poder en los cónsules, recuperándolo más tarde para sí al limitar las atribuciones de éstos. Finalmente, César recobró el cetro de los monarcas, que es el de Dios, motivo por el cual los césares eran monarcas y dioses al mismo tiempo.

Pues bien, la soberanía en todos estos casos es una y la misma: la capacidad efectiva de dirigir al pueblo en nombre del supremo bien. La democracia sería sólo un modo en el que el poder absoluto se ramifica hacia los estratos inferiores, sin que por ello su raíz se vea afectada. La raíz se pudre cuando el pueblo se proclama soberano, proclamación que equivale a la negación radical del verdadero soberano, esto es, a la anarquía. 

Por el contrario, el pueblo vota porque hay un censo de votantes y una ley electoral. Estos dos elementos -censo y ley- preexisten al pueblo y a su pretendido poder constituyente, que no es tal, y que se reduce a ser un mero filtro de los aspirantes a ocupar cargos electos. Que vote cuanto quiera: no es soberano. Soberano es quien decidió quién, cuándo y cómo podía votar; y no fue el pueblo.

Que el poder sólo puede ser unitario no es, por cierto, una afirmación gratuita, sino un hecho que puede verificarse siempre y en cualquier régimen. En democracia dirige la mayoría a través de un partido, o una coalición con un programa común, habida cuenta de que es imposible satisfacer a la mayoría y a la minoría al mismo tiempo cuando tienen intereses opuestos. La voz del legislador es una sola, consistente en todo el ordenamiento, aunque sean muchos quienes redactan las leyes. En el gobierno es el jefe del ejecutivo quien nombra a los ministros como cargos de su confianza. En la administración de justicia los jueces son o bien únicos o bien impares y con un presidente a la cabeza. Así pues, aunque muchos ejerzan el poder, siempre se excluye a la pluralidad en beneficio de la unidad, porque es la esencia del poder ser uno consigo mismo. 

IV.

Cuando decimos que el pueblo tiene derecho a no ser tratado injustamente, implicamos en el aserto que el soberano tiene el deber de tratar al pueblo justamente. Puesto que, si el pueblo fuera realmente el alfa y omega de la república, sólo habría que invocar su deber para consigo mismo de no ultrajarse. Un poder solipsista, que no sólo nace de sí mismo, sino que también recae en sí mismo no puede considerarse un poder social. Es el poder natural que todo hombre tiene sobre su cuerpo, que no puede extrapolarse -salvo por metáfora- al cuerpo social, caracterizado por la discontinuidad y cuyos intereses son dispares y opuestos.

El pueblo, como cualquier otra fuerza de la naturaleza, puede canalizarse y reconducirse. El hombre es la materia más dúctil, porque tiene algún grado de racionalidad y obedece al miedo o a la esperanza. Se le adula, se le distrae, puede inducírsele obrar en su propia contra, dividiéndolo, e incluso cabe confiar en que no recordará muchos de los agravios padecidos al cabo de poco tiempo.

Si el pueblo fuera la mayor fuerza y la más organizada, las mejores obras deberían fluir de la creación colectiva, pertenecerían al folklore y el genio colectivo sería incomparablemente superior al sujeto aislado. Sin embargo, las obras más colosales del espíritu pertenecen a individuos; y así, el mayor sujeto creador es el individuo frente a la colectividad, no ésta frente aquél.

Incluso es discutible que haya en el pueblo un conato real. No cabe hablar de verdadera fuerza cuando está dispersa y, por así decirlo, en potencia. Un cuchillo corta porque toda la presión se concentra en su filo; pero el pueblo no tiene filo: su único filo son los líderes, que no son pueblo. El pueblo ni siquiera es una unidad en el tiempo, se olvida de sí mismo. Nietzsche escribió que la plebe no extiende el conocimiento de su estirpe más allá de su abuelo.

Los ancestros eran para los romanos lo que los santos y los Papas para los cristianos: anclajes venerables, guías intemporales. Se los invocaba porque el pueblo no tiene memoria, "no va más allá de su abuelo". Esta memoria pertenece a la autoridad, que debe custodiarla y mantenerla en vigor. En ella funda la legitimidad de su poder, análogamente a como un Papa romano lo funda en la sucesión apostólica. De Maistre sostuvo la tesis de que los pueblos salvajes no se corresponden con los primitivos, sino que son aquellos pueblos corrompidos que, desgajándose de la tradición, han olvidado su pasado y los límites que les imponía. Aquellos que, por decirlo así, han sido amputados de un cuerpo más antiguo y mejor.

He abandonado todo ideal respecto a la multitud, pues sólo el individuo merece enaltecimiento. Las masas son despreciables per se, así como los grupos y los géneros. Los derechos del pueblo nacen de su carencia de virtud y de su necesidad de protección. Por el contrario, los héroes no tienen derechos, en tanto que crean el derecho: suya es la carga del deber.

V.

La democracia es una mentira vil con la que el poder de facto pretende desvincularse del límite que para él suponían las inveteradas buenas costumbres y anegarlo en el torrente incesante de la opinión y la moda. Proclamando soberano al que debe obedecer se lo hace cómplice de su propia desgracia y se ofrece al que debe mandar una excusa para que adultere en su cometido, que es velar por la justicia siempre y pese a quien pese.

La monarquía es el sistema más próximo a la verdad. El poder, que es uno y tiende a lo unitario, se encarna en un individuo que es capaz de gobernar. No niego que esta teoría admite mil prácticas tiránicas. En este sentido, sólo estoy evaluando la consistencia filosófica de cada alternativa, su validez a priori. La democracia puede ser buena (en el sentido de conveniente en un tiempo y lugar), pero nunca será justa, porque es absurda y está basada en el engaño de muchos.

Respetar la pluralidad de intereses, de ideas o de credos no equivale a fundar la república en el magma fragmentario del pueblo, el cual continuamente se deja zarandear por las corrientes de opinión y carece de profundidad de análisis o de una visión a largo plazo. Es plausible una división virtuosa del poder, no así su atomización. Nadie está en disposición de creer seriamente que la soberanía ha estallado en millones de pedazos para que toque una parte alícuota a cada ciudadano, del mismo modo que nadie creería que su dignidad humana está repartida por sus órganos, tejidos y vasos sanguíneos. Los conceptos absolutos no pueden dividirse.

No hay mayor esclavo que aquel que no conoce su condición. El pueblo no es ni puede ser soberano, y cuanto antes se desengañe sobre este punto mejor le resultará. Llamar fuerte al que es débil y sabio al que es estúpido no sólo no ayuda al que así es adulado, sino que además se degrada la dignidad de estas cualidades, al otorgárselas a cualquiera. Nos lamentamos por la corrupción política y no vemos que la misma fuente de su poder, la supuesta legitimidad electoral, está corrompida y no obedece a ninguna lógica jurídica aceptable. Son usurpadores avalados por otros usurpadores.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Sobre la moralidad mínima del poder


Una monarquía o cualquier suerte de aristocracia no quedan adulteradas por la práctica del secreto político, ya que en ellas, "ex theoria", el poder no es ejercido por todos ni en nombre de todos. A partir de aquí se nos presentan dos consideraciones obvias. Por un lado, la más llana razón práctica nos enseña la necesidad de que el poder soberano disponga en su brazo ejecutor de toda la información, la cual integra y hace posible su derecho natural a la acción gubernativa. Por el otro, en estricta lógica jurídica, nace la obligación en cada súbdito de proporcionar siempre dicha información al soberano o a sus ministros, y a nadie más, so pena de ser juzgado como traidor. Ahora bien, si el pueblo fuese auténticamente soberano, como prescribe la democracia, y la comunidad internacional en bloque pudiera llamarse democrática de un modo irreprochable, objetivo al que sin duda aspira en términos generales, no habría ningún individuo en todo el orbe (con la exclusión de los menores de edad y los incapaces) que no ostentase a la vez la obligación de proporcionar información política a sus conciudadanos y el derecho a recibirla de ellos. La cuestión crucial, sin embargo, es si la precisaría para obrar frente al mundo, pues sólo la acción unívoca y determinante "ad extra" define al poder soberano, o por el contrario vendría a recabarla en función de un simple derecho epistémico, el derecho a la verdad, a fin de deliberar consigo mismo de infinitas maneras y con incierto resultado, lo cual es la esencia del parlamentarismo. Ahora bien, siendo este derecho a ser informado propio de todo sujeto de una comunidad global perfectamente democratizada, se trata en consecuencia de un derecho del mundo y no frente al mundo, por lo que no caracteriza en modo alguno la única soberanía que merece ser referida con este nombre. A un soberano deliberante y no obrante, que sólo es capaz de racionalizar lo que va a acontecer de una manera u otra, yo lo llamo soberano retórico. De este tipo es la soberanía popular, invocable y legislable, pero sólo como ficción y al margen del ejercicio cotidiano de la política, que no radica en ilustrar al amigo y permitir que nos ilustre, sino en identificar al enemigo y prevenirse de él, lo cual exige el cauto silencio y el acecho en las sombras.

Entendido esto, debería ser claro para todos que las filtraciones que han venido alborotando el panorama internacional en las últimas semanas, con la supuesta pérdida de credibilidad de las instituciones y partes implicadas, no alcanzan el meollo de la soberanía y versan sobre la facultad de conocer -con el ojo ubicuo del periodismo y la lengua ubicua de internet como metáforas de una suerte de espíritu de lo verdadero, superente moral- antes que sobre la de obrar, mucho más vital y sensible. Se da por hecho que el pueblo no es un soberano "de facto", aunque conserve a juicio de muchos la casta para serlo y se encuentre, bajo el particular criterio de este discurso hegemónico, permanentemente secuestrado por oligarcas. Cuál sea la más pura democracia y la más digna de estima, partiendo de lo democrático como lo originario-bueno, dependerá para estas cabezas de hasta qué punto se crea viable la sustitución del principio primario o activo de la soberanía por su principio secundario o reflexivo. Es decir, de en qué medida se confíe en disolver los presupuestos de la acción, a saber, los fines e intereses del Estado, cuyo mantenimiento justifica la existencia de un poder soberano, en el ácido de la deliberación y su ambiguo escepticismo, que al mismo tiempo que reclama que todo se discuta y se elucide, carece de una ética unitaria por su misma caracterización pluralizante y agonística. Luego sólo una democracia corrupta en sus principios, parcial y fundamentalmente hurtada al debate y al escrutinio, donde quepan a diario el silencio, la simulación y el engaño como precondiciones para el mantenimiento del poder, al que se subordinan cualesquiera otras expectativas racionales o humanistas, se salvará de ser una democracia utópica y una anarquía enmascarada. Una tal quimera ni se da hoy ni se puede dar en el futuro, pues dejaría de ser en el preciso instante en que empezase a ser, confundiéndose los fines con el instrumento y el todo con sus partes inorgánicas. Si lo que se pretende, en fin, es que, una vez rasgados todos los velos gracias a la mirada omniabarcante del cuarto poder, sea el pueblo el mandatario y portavoz de sí mismo según sus humores inmediatos, ya de forma directa o a través de una potestad de veto universal, se pretende la anarquía, es decir, que la propia noción de poder quede enervada y devenga impracticable. Así, todo derecho público se vería reducido a las relaciones de fuerza y coerción propias del estado de naturaleza: la primitiva y brutal ingenuidad por la que suspira el lunático Assange.

En suma, el poder sólo exige una moralidad mínima para mantenerse, y es el respeto en la medida de lo posible a la ley y a los pactos con fuerza de ley. El soberano tiene un derecho natural a mentirnos por mor del orden, como vio Maquiavelo, no obstante este autor se equivocase al desvincular poder y moral. La moral y el poder proceden de fuentes diferentes, pero pueden y deben converger en una determinada praxis política. Platón distinguió en su República a los obreros de los príncipes guardianes y los filósofos, estableciendo así una separación entre la clase que obedece, la que ejecuta y la que aconseja. A quien ejecuta se le exige fidelidad, no veracidad (o no necesariamente); al que aconseja, fidelidad y veracidad; a quien obedece, fidelidad, veracidad y sumisión. De ahí que deba reputarse perverso todo intento de sustraer al poder de la influencia de la moral extralegal, esto es, de la religión, ya que por sí mismo no está obligado a ser moral más que de un modo muy limitado, mientras que los cultos y las ascesis se deben por su propia naturaleza a la verdad y al rigor.

jueves, 4 de noviembre de 2010

La navaja contra Mill




No puede haber un discurso científico sobre el mal.

Hablar del bien o el mal del hombre, esto es, del bien o el mal relativos a la especie humana o a cualquier otro concepto universal, que suponga una multiplicidad de seres, conlleva pronunciarse sobre los fines comunes a todos los elementos implicados. Pues, si no hay comunidad de fines, bien y mal no son sino palabras vacías más allá de las singularidades subjetivas que denotan, como quiere el psicologismo. Bajo estas coordenadas, nos está vetado el juicio sobre lo bueno y lo malo en términos colectivos, ya que de una relación de semejanza no se deduce una de identidad. Así será mientras no sepamos discernir los deberes -idénticos para quienes están sujetos a ellos- de las meras pulsiones.

Con más razón, por cierto, nos abstendremos de calificar la bondad o maldad del universo, siendo éste la mayor colectividad existente y el conjunto más amplio de todas las cosas conocidas. Por tanto, queda Dios absuelto de responsabilidad y se torna inmune a las extravagantes críticas que, emulando a los maniqueos, los ateos formulan cuando pretenden ocuparse del problema del mal.

Mas, si se quisiera sobrepasar los propios límites metodológicos y establecer una definición del bien como general happiness o el máximo bienestar del mayor número de individuos, al modo de Stuart Mill, sería fácil mostrar que jamás se dan ni este máximo ni esta mayoría, salvo tal vez en la imaginación de utilitaristas y socialistas. En efecto, la felicidad así entendida -a la que con más finura cabría llamar simplemente alegría, como hicieron algunos estoicos- no tiene un objeto fijo, al carecer de fin estable, y por tanto tampoco una medida. De suerte que, mientras que la felicidad strictu sensu se realiza e incrementa cuando alcanza su meta, la alegría, que es sucedáneo de aquélla para las bestias y los estúpidos, se extingue y revierte en su opuesto tras la náusea que experimentamos al saciarnos.

Por otro lado, tampoco procede hablar de una sola mayoría de bienaventurados a la que dirigir lo bueno, sea lo que sea esto. Hay, por el contrario, infinitas combinaciones concebibles en las que el mayor número de hombres esté satisfecho en detrimento de la menor parte de ellos. Sin embargo, sólo unas pocas resultan compatibles entre sí. Verbigracia, casi todos aprecian los honores recibidos, muy particularmente cuando se consideran dignos de los mismos. Sin embargo, también la mayoría suele ceder, si se sabe impune, a placeres poco honorables y peligrosos para su reputación. ¿Cuál es, pues, la mayoría universal de hombres felices a la que se refiere Mill: la primera o la segunda? Ambas son posibles y se excluyen mutuamente.

No cabe, entonces, que haya moral sin una idea de deber válida objetivamente considerada. Ésta no dependerá ni de nuestro placer ni, en ocasiones, de nuestra conveniencia o conservación; por tanto, tampoco de nuestro cerebro ni del azar genético. Lo bueno y lo malo se establecerán en función de los fines asignados a determinadas colectividades, puesto que, haciendo abstracción del mundo, es tan imposible cometer una inmoralidad contra uno mismo como robarse la cartera. Estos fines se valorarán a su vez en atención a fines supremos, estimados buenos por su propia virtud, a saber: ser benéfico, evitar la ingratitud, no perjudicar a nadie y dar a cada cual lo suyo.

sábado, 16 de octubre de 2010

Perplejidades democráticas




La única norma esencial en una democracia es aquella que establece que el pueblo es soberano. Esto no puede entenderse en un sentido meramente jurídico -es soberano según la norma-, sino que ha de tomarse en un sentido ideológico, por el cual el pueblo es soberano según él mismo. A partir de este último sentido, toda constitución que no reconozca dicha prerrogativa viola el derecho natural, que es de carácter originario y, en cuanto tal, eterno. No siendo, pues, la soberanía derivada o graciable, se es soberano por naturaleza o por voluntad.

Si el pueblo es soberano por naturaleza, debería existir un pueblo natural y, como tal, no dependiente de unas fronteras ni de un censo establecido, esto es, de un Estado previo que lo declare como pueblo. Ahora bien, no existe ningún pueblo de esta índole, ya que todos son agregados de poblaciones en torno a un poder preexistente. Así, no dándose sociedad humana alguna en la que no sea observada sumisión frente a los que ostentan la suprema potestad, la soberanía natural sólo puede identificarse con la autoridad directa de los gobernantes, o con la de aquellos por la que los mismos obtuvieron el poder.

Si, por otro lado, el pueblo es soberano por voluntad, no lo es por naturaleza, sino por fuerza, en la medida en que la voluntad se ejerce siempre sobre algo distinto a ella. Y en tanto que la voluntad del pueblo difícilmente será unánime, la soberanía procede de la fuerza que, autodeterminándose, una parte del pueblo ejerce sobre la otra, que debe claudicar. Pero, incluso si dicha voluntad fuera unánime en virtud de un contrato, lo sería por un tiempo y no por siempre, pasado el cual debería ejercerse la fuerza para mantenerlo en vigor. Es decir, habría desde ese momento una parte del pueblo que sería soberana sin serlo por naturaleza ni por voluntad, lo que es imposible. Con todo, si se da una sola parte del pueblo a la que no pueda atribuirse la condición de soberano, no puede afirmarse que la totalidad lo es. Por tanto, el pueblo no es soberano.

jueves, 14 de octubre de 2010

Distopías




La necesidad orwelliana de reeducar al vulgo sólo es sentida por los ideólogos de la democracia. Los talantes más conservadores se conforman con contenerlo en los límites de la sensatez y el orden, lo cual pasa por negar su soberanía y, por ende, su sabiduría y autotutela intelectual.

El demócrata cree que el pueblo ha de estar a la altura de su propio arquetipo, por lo que confiere al poder público una facultad omnímoda para reformarlo y amoldarlo según determinadas expectativas. Paradójicamente, el Estado democrático acaba descubriendo en la instrucción de los ciudadanos una facultad de control mucho mayor que la que el déspota obtenía de la ignorancia de los súbditos. Y así, el gobierno que menos debía injerirse en la vida de sus administrados es el más insolente celador de su conciencia; al tiempo que la república que más debía estar sujeta al constante escrutinio de sus miembros pende del ligero azar de cómo sea concebido el ideal de la educación por parte de la elite dirigente.

Lo que sostenía de los gobernantes el sofista Trasímaco, a saber, que sólo procuran por su interés, es más cierto en democracia que en cualquier otro régimen, ya que incluso los ideales están sujetos a definición por la potestad política, en lugar de ser ésta el medio para realizarlos. Es distópico, pues, que lo racional, que es perseguir un fin fijo con medios variables, se invierta para justificar un sistema de gobierno en el que fines variables son perseguidos con medios fijos.

lunes, 18 de enero de 2010

El fundamento tácito del poder




Uno de los mayores errores de un siglo que los profesó todos fue creer que una constitución política puede ser creada y escrita "a priori", mientras que la razón y la experiencia se aúnan para probar que una constitución es una obra divina y que precisamente la más fundamental y esencialmente constitucional de las leyes de una nación no puede estar escrita.

Algunas personas creyeron haber dado con una excelente agudeza a expensas de los franceses al preguntarles, "¿En qué libro se encuentra escrita la Ley Sálica?". Mas Jérôme Bignon respondió con bastante acierto, muy probablemente sin saber cuánta razón tenía, que ésta "está escrita en los corazones de los franceses". Supongamos, de hecho, que una ley de tal importancia existiese sólo porque está escrita. Sin duda cualquiera que fuese la autoridad que la hubiera escrito tendría el derecho de abrogarla, y la ley no poseería la cualidad de inmutabilidad divina que caracteriza las verdaderas leyes constitucionales. La esencia de una ley fundamental es que nadie tiene el derecho de abolirla. Pues ¿cómo podría estar sobre todos los hombres si algunos hombres la hubieran creado? El consenso popular no es posible. Y aunque así fuera, un acuerdo no es con todo una ley, y a nadie obliga salvo que un poder más alto asegure su cumplimiento. (...) "La fuerza de la ley civil subyace sólo en la convención. Pero ¿de qué sirve ésta si no existe ninguna ley natural que decrete su obligatoriedad? Promesas, contratos y juramentos son meras palabras. Tan fácil es violar este vínculo fútil como establecerlo. Sin la doctrina de un Divino Legislador, toda obligación moral deviene ilusoria. Poder por un lado, debilidad por el otro: estos son todos los vínculos de las sociedades humanas."

Esto es lo que un sabio y profundo teólogo ha dicho de la obligación moral. Es igualmente cierto para las obligaciones políticas y civiles. La ley sólo es verdaderamente sancionada, y propiamente ley, cuando se tiene por emanada de una más alta voluntad, de modo que su cualidad esencial sea no ser la voluntad de todos. De lo contrario, las leyes serían meras ordenanzas. Como el autor recién citado afirma, "quienes fueron libres para aprobar dichas convenciones no se han privado a sí mismos del poder de revocación, y sus descendientes, que no tomaron parte en el establecimiento de tales normas, están todavía menos obligados a observarlas." Ésta es la razón de que el sentido común primitivo, que afortunadamente es anterior a los sofismas, haya buscado siempre la sanción de las leyes en un poder sobrenatural, ya sea reconociendo que la soberanía procede de Dios, ya rindiendo culto a ciertas leyes no escritas dadas por Él.

Los glosadores de la ley romana insertaron sin alarde un notable fragmento de jurisprudencia griega en el primer capítulo de su colección. "Entre las leyes que nos gobiernan, dice, algunas están escritas y otras no". Nada podría resultar más simple y aun así más profundo. ¿Conocemos alguna ley turca que de manera explícita autorice al Sultán a condenar a muerte a un hombre inmediatamente sin intervenir decisión de un tribunal? ¿Conocemos alguna ley escrita, incluso alguna ley religiosa, que prohíba tal cosa a los soberanos de la Europa cristiana? Sin embargo, el turco no se sorprende más de ver a su señor ordenando sumariamente la ejecución de un hombre que de verlo acudir a la mezquita. Junto con el Asia toda, y de hecho con la Antigüedad toda, cree que el poder directo sobre la vida y la muerte es legítimo e inherente a la realeza. Nuestros príncipes, no obstante, se estremecerían con la sola idea de condenar a un hombre a muerte, puesto que a nuestro juicio esta condena constituiría un asesinato atroz. Con todo, dudo si sería posible prohibir a nuestros monarcas este poder mediante una ley fundamental escrita sin producir mayores males que aquellos que se habría deseado prevenir.

Interroga a la historia de Roma sobre los poderes exactos del Senado. No te revelará nada, al menos respecto a los límites precisos de este poder. En general, es evidente que el pueblo y el Senado se equilibraron mutuamente en una lucha sin fin. Sabemos que el patriotismo o el agotamiento, la debilidad o la violencia terminaron estas peligrosas batallas, pero nada más sabemos. Observando estos grandes momentos de la historia, es en ocasiones tentador el pensar que las cosas habrían sucedido con mucha mayor suavidad si hubiera habido leyes estrictas que definieran dichos poderes. Pero sería un gran error. Tales leyes, comprometidas siempre por hechos impredecibles y excepciones necesarias, no habrían durado seis meses o habrían causado el hundimiento de la república.

La Constitución inglesa es un ejemplo que nos resulta más próximo, y por ello más contundente. Examínala con cuidado; verás que sólo se mueve mientras permanece inmóvil (si este juego de palabras me está permitido). Se mantiene a través de excepciones. El mandato del "habeas corpus", por ejemplo, se ha suspendido con tanta frecuencia y por períodos tan dilatados que podría sospecharse que la excepción se ha convertido en regla. Supón por un momento que los autores de esta famosa acta hubieran emprendido la tarea de determinar las circunstancias en que puede suspenderse. La habrían aniquilado obrando así.

En la sesión de la Cámara de los Comunes de 26 de junio de 1807, un lord citó la autoridad de un gran estadista para probar que el rey no tenía derecho a disolver el Parlamento durante su sesión, mas tal opinión fue contestada. ¿Dónde está la ley? Intenta establecerla y determinar enteramente por escrito las instancias en las que el rey posee este derecho: causarás una revolución. Un miembro dijo que el rey tiene este derecho en una situación crítica. Pero ¿qué es "una situación crítica"? Una vez más, intenta decidirlo por escrito.

De Maistre

sábado, 19 de diciembre de 2009

La virtud difícil




Todos quieren vivir felices, mi querido Galión: pero para ver con claridad en qué consiste lo que hace una vida completamente bienaventurada, andan a ciegas. Y de tal manera no resulta sencillo conseguir esa vida feliz, que cada uno se aparta de ella tanto más, cuanto con mayor ahínco la busca; si ha equivocado el camino: porque, como quiera que éste conduce a la parte contraria, la misma vehemencia los impulsa a una mayor distancia. Es necesario, pues, que primeramente estudiemos en qué consiste la felicidad que apetecemos: una vez conseguido esto, hemos de mirar y examinar las cosas que nos rodean, con el fin de encontrar el camino más corto por donde podamos llegar a ella: conoceremos sobre la marcha, y por muy poco recto que sea el camino, el adelanto tan grande que conseguimos cada día, y lo mucho que nos vamos alejando de aquello a que nos empuja nuestro natural apetito. Pero mientras andemos errantes por todas partes, sin seguir los pasos de un guía, sino el estruendo y gritos disonantes que nos llevan a la distracción, la vida se nos irá acabando entre constantes errores y sin darnos tiempo a nada, puesto que ésta resulta muy corta, aun cuando trabajemos noche y día para el bienestar del espíritu. Por consiguiente, es necesario determinar adónde vamos y por dónde; y no sin la ayuda de algún experto que haya explorado antes los caminos que hemos de recorrer: porque no se da aquí la misma circunstancia que en cualquier otro viaje. En éstas, conocido algún límite del camino, y preguntando a las gentes del país por donde se pase, no se sufren errores: en cambio aquí, cuanto más conocido sea y más trillado esté, nos engaña muchísimo mejor. En nada, por consiguiente, hemos de poner mayor empeño que en no seguir, según acostumbran las ovejas, al rebaño que va delante y que caminan, no por donde se debe ir, sino por donde va todo el mundo. Porque ninguna cosa nos proporciona mayores desgracias que aquello que se decide por los rumores: convencidos, además, de que lo mejor es aquello que ha sido aceptado por la mayoría de las gentes, y de éstos tenemos muchos ejemplos; vivimos no según nos dicta la razón, sino por imitación. De ahí ese amontonamiento tan grande de los unos que caen sobre los otros. Es lo mismo que sucede en las grandes aglomeraciones de hombres, cuando la multitud se comprime contra sí misma de tal manera que no cae nadie sin que arrastre a otro tras de sí, y la caída del primero siguen las de los demás: puedes comprobar cuando quieras que lo mismo sucede en todos los órdenes de la vida; nadie se equivoca solamente para él, sino que es causa y autor del error de los demás. Perjudica, pues, ser arrastrado por los que van delante, y mientras cada uno prefiere mejor confiarse que juzgar, jamás se medita sobre la vida, y siempre se cree en los demás; el error, que va pasando de mano en mano, nos hace dar vueltas y nos precipita al abismo, pereciendo por los malos ejemplos de los otros. Acertaremos tan pronto como nos separemos de los demás; ahora, en cambio, la multitud se ha plantado en contra de la razón, como defensora de su perdición. Sucede aquí lo mismo que en las elecciones, en las cuales, después de haber elegido sus pretores, los mismos que los eligieron se sorprenden de haberlos votado, cuando el favor, en su huida, dio la vuelta alrededor de la asamblea. Aprobamos las mismas cosas que censuramos después; éste es el resultado de cualquier negocio donde se sentencia por el mayor número de votos.

(...)

Es seguro, es agradable el camino para el que la naturaleza te ha equipado. Ella te ha provisto de aquellos recursos que, si no los desaprovechas, te elevarán a la misma altura de Dios.

Ahora bien, igual a Dios no te hará el dinero: Dios nada posee. Tampoco la pretexta: Dios está desnudo. No lo hará tu buena reputación, ni la exhibición de tu persona, ni la notoriedad de tu nombre difundida entre los pueblos: nadie conoce a Dios, muchos tienen de él mala opinión, y ciertamente con impunidad. Tampoco el tropel de siervos que llevan tu litera por las vías de la ciudad y de los países extranjeros: Dios, el más grande y más poderoso que todos, guía con su impulso el universo. Ni siquiera tu hermosura o tu pujanza pueden hacerte feliz: nada de esto resiste el paso del tiempo.

(...)

"Pero tú -se me dirá- tampoco practicas la virtud por otro motivo, sino porque esperas de ella algún placer". En primer lugar, si bien es verdad que la virtud proporciona placer, no es ésa la causa por la que se busca; porque no solamente proporciona deleite, no solamente proporciona placer y trabaja para éste, sino que su trabajo, aunque su intención vaya encaminada hacia otros fines, conseguirá también el deleite. Lo mismo sucede en el campo, en el que, a pesar de haber sido roturado para la siembra del trigo, nacen algunas flores que se entremezclan con éste y, sin embargo, no se gastó tanto trabajo con el fin de que nacieran estas pequeñas hierbas, que además no se sembraron: otro fue el propósito del sembrador y le sobrevino esto; de la misma manera también, el placer no es la recompensa ni la causa que nos mueve a practicar la virtud, sino que es algo accidental a ella: nos agrada, no porque deleite, sino porque nos agrada, deleita. El supremo bien está en el juicio mismo y en el hábito de la mejor intención: ésta, tan pronto como ha colmado su círculo de expansión, ciñéndose a sus propios fines, termina su misión y consigue el bien supremo sin aspirar a nada más.


Séneca

Reflexiones sobre la decadencia




"Más Estados han perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes", escribió Montesquieu. La Alemania nazi es el ejemplo más a mano, que si bien no pereció como Estado anduvo cerca de ello. La URSS es otro, por no salir del siglo XX. Cualquier país que permita la independencia de parte de su territorio es un país débil y degenerado. E converso, todos los que aceptan anexionarse voluntariamente a una nación mayor suelen ser también países que han perdido su papel en la Historia. Quisiera equivocarme, pero España va por un camino similar, esto es, el de convertirse en una mísera provincia de Europa, o en un lugar de paso entre ésta y África.

No creo que la democracia sea reformable más de lo que ya la ha reformado el constitucionalismo moderno. La democracia directa me parece por lo demás una distopía y algo que muy pocos desean. Hay que aceptar que no todas las épocas ni todos los entornos son propicios al rendimiento óptimo de regímenes democráticos, como mencioné de pasada en otro escrito. Y, en concreto, hay que rechazar la idea de un progreso político unidireccional y acumulativo con puntos de no retorno. En la Historia nada se repite, pero todo es reversible, y en ocasiones lo es para mejor, pues rectificar es de sabios. No se conseguirá salir del atolladero sin una mayor importancia de la religión, que debe recuperar el protagonismo perdido. La Iglesia, por su poder e influencia, fue la artífice principal de que una sociedad en ruinas tras la caída del Imperio sobreviviera a las invasiones, consolidara una razonable libertad burguesa, anduviese a la cabeza del progreso científico y alcanzara una unidad espiritual que no se encuentra en Asia ni en ningún otro lugar del mundo fuera de las fronteras de un determinado país. Sólo la autoridad superior, y por decirlo así, genética de los antepasados puede reconducir el tiempo presente, aprisionado entre la Escila de la teocracia y la Caribdis de la anarquía. Los logros de Europa son en buena parte los de la Iglesia, y viceversa. La Cristiandad o Europa, decía Novalis. Fueron sinónimos durante mucho tiempo, marca indeleble de nuestra excepcionalidad.

Si logramos abandonar la absurda idea de que aquello que no pase por "la decisión del pueblo" es tiránico (con mayor motivo si tal "decisión" no existe en realidad), tendremos la cura de humildad necesaria para una regeneración moral. De lo contrario nosotros mismos nos daremos muerte. Al cabo, son muchas falsas concepciones históricas las que habrá que desterrar de nuestra mitología política para salir del paso. La primera es que heredamos el concepto de democracia del paganismo y de la cultura grecolatina, sin más, en lugar de ser una reliquia histórica de un periodo de la historia de Atenas -una democracia esclavista, para mayores señas. Esta especie de arquetipo colectivo oculta que nada hay en el paganismo que conduzca a una ideología igualitaria, como demuestra abrumadoramente la historia de las culturas paganas. Ni siquiera en Occidente. El entrañable Homero era un elitista extremo, amén de misógino.

Porque si bien una cierta igualdad natural entre los miembros del género humano es indudable (nadie es tan fuerte como para someter a todos, ni nadie renuncia a su interés más que por la fuerza o por un interés mayor), ésta desaparece en el momento mismo en que se constituye la sociedad de los iguales. Escribe Spinoza:


Pues aunque cada uno de ellos considere justo tener el mismo derecho sobre el otro que el que éste se arroga sobre él, no obstante cree injusto que los forasteros que transitan por su país deban tener el mismo derecho a su gobierno que aquellos que lo han procurado con su trabajo, conquistándolo y manteniéndolo al precio de su sangre.


El censo, pues, no es democrático. No es el pueblo quien decide qué sea pueblo, sino el poder soberano, mediante la regulación de las formas de adquirir la nacionalidad. Bastante tendrá el foráneo con que no se le moleste y se le conceda la libertad de abandonar el país. En él vemos sólo la igualdad remota del hombre, no la del ciudadano que comparte con nosotros intereses comunes de manera permanente.

La igualdad del género humano es el meollo de la revelación cristiana y uno de los exponentes de su triunfo. La libertad de conciencia se alcanzó también entre cristianos, siendo una reivindicación sostenida por buena parte de humanistas tras la Reforma. Voltaire era un caricato anticlerical que vivió de rentas, como todo su siglo. Los hitos principales ya estaban marcados cuando él empezó a escribir: Suárez, Grocio, Locke, Pufendorf, entre otros. Ninguno de ellos fue demócrata, y todos fueron cristianos. Por centrarnos sólo en lo estrictamente jurídico, debemos a la civilización cristiana la pervivencia del Derecho romano, compilado por el emperador Justiniano, así como su estudio y difusión durante el Renacimiento. Sin él Occidente no sería lo que es. También se le debe la doctrina iusnaturalista, enormemente desarrollada durante la Ilustración.

¿Qué nos han legado sus enemigos, apóstoles del resentimiento y agentes del odio? La lucha de clases, la discriminación positiva, los sistemas piramidales. Los vicios principales del Antiguo Régimen, si observamos sólo su última fase en Europa central (lo cual ya es un sesgo considerable), fueron la dispersión normativa, el desconocimiento del Derecho por los magistrados, la arbitrariedad procesal, el deficiente aprovechamiento de las tierras y los excesivos gravámenes del sistema tributario. Pero los revolucionarios franceses -de quienes los comunistas son continuadores ideológicos- aprovecharon la coyuntura de crisis para cuestionar la legitimidad misma del poder soberano y extender su demagogia igualitarista.

¿Qué les debemos? La única libertad que instauraron, y que era hasta la fecha inaudita, fue la libertad de prensa, pero sólo en la medida en que fue un elemento indispensable de agitación para fines sediciosos y no fueron capaces de ahogarla después. Por otro lado, sus primeras y más importantes acciones para asegurar la libertad religiosa en un país eminentemente católico consistieron en perseguir sacerdotes y castigar o ridiculizar la devoción. La libertad que alzaron por bandera era sólo otro nombre para la ley del más fuerte, y la Iglesia hizo muy bien en atacarla.

Procuremos no ser epílogos de un error.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Un argumento antidemocrático


En las Cortes Generales se conjuntan tendencias políticas opuestas que, tras las debidas deliberaciones y votaciones, llegan a plasmar una voluntad común y coherente consigo misma. Pues bien, el pueblo nunca decide de esta manera en las democracias representativas. Los resultados de sus actos volitivos son siempre inarmónicos, porque expresa la pluralidad sin resolverla. Conduce al poder simultáneamente a partidos que defienden programas incompatibles. Así, si hay muchas voluntades y ningún acuerdo que las comprenda a todas, no es correcto decir que el pueblo ha decidido tras concluir una elección. Sólo ha asentido a que otros decidan por él, sin saber quiénes serán, lo que a duras penas puede llamarse decisión, y todavía menos decisión soberana.

Decidir, en el lenguaje habitual, significa llegar en un momento particular a una determinación, no a muchas mutuamente excluyentes. Si el pueblo puede elegir, es porque las opciones elegibles se excluyen unas a otras, pues de lo contrario más valdría gobernar en coalición perpetua. Y si elige a los representantes de una cámara plural, forzosamente tomará una decisión contradictoria consigo misma. Por tanto, salvo que cambiemos el significado de las palabras, una decisión así no puede ser considerada tal. Es más bien un asentimiento a la decisión ajena en función de una regla de proporcionalidad entre el número de asentimientos y el número de cargos decisorios.

Ergo, si el pueblo no decide, el pueblo no es soberano.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Soberanito




Siendo las leyes voluntad del pueblo, al obedecerlas se obedece a sí mismo. Luego no obedece a nadie que no sea él. Y, sin embargo, el pueblo es el único soberano absoluto al que se exime de toda responsabilidad política no por su grandeza y sabiduría, sino por su pequeñez y necedad.

¿Que quién lo exime? ¡El mismo pueblo!

sábado, 12 de diciembre de 2009

Padre del liberalismo




Vox populi, vox Dei. Cuán incierta y cuán falaz es esta regla, cuántos males produce, y con cuánto espíritu de partido y crueldad de intención este fatal proverbio ha sido diseminado entre las gentes, es cosa que hemos aprendido gracias a la más triste lección. Ciertamente, si escuchásemos lo que dice esa voz como si ella fuera el heraldo de la ley divina, apenas si podríamos creer que hay un Dios. Pues ¿hay algo tan abominable, tan malvado, tan contrario a todo derecho y a toda ley, que el consenso general o, por mejor decirlo, que la conspiración de una muchedumbre no defienda de cuando en cuando? Hasta el día de hoy hemos oído del saqueo de templos divinos, de audacia e inmoralidad acendradas, de leyes violadas, de derrocamientos de reinos. Y de seguro, si esta voz fuera la voz de Dios, sería exactamente lo opuesto de aquel primer Fiat por el que Él creó esta elegante estructura y la edujo de la nada. Tampoco habla jamás Dios a los hombres de esta manera -a menos que desease sepultarlo todo nuevamente en la confusión y reducirlo a un estado de caos-. En vano, por tanto, deberíamos buscar los dictados de la razón y los decretos de la naturaleza en el consenso de los hombres.

(...)

Primeramente, por tanto, decimos que, en lo concerniente a un consenso en cuestiones de moral y costumbres, ello no prueba en modo alguno la existencia de una ley de la naturaleza. Pues si lo que es justo y legal tuviera que ser determinado por la manera en que viven los hombres, la rectitud e integridad moral no serían apreciadas. ¿Qué inmoralidad no sería permitida, e incluso inevitable, si la ley nos fuese dada por el ejemplo de la mayoría? ¿A qué infamias, villanías y toda clase de cosas vergonzosas no nos arrastraría la ley de la naturaleza si hubiésemos de seguir el camino que la mayoría de la gente sigue? ¿Es que son pocos, entre las naciones civilizadas, educadas según leyes específicas que han sido por todos reconocidas como obligatorias, los que por su estilo de vida indican que están dando su aprobación a los vicios y muy a menudo, por su mal ejemplo, llevan a otros por el mal camino, cuyas faltas no podrían enumerarse? Es un hecho que ahora toda clase de mal ha crecido entre los hombres y se ha extendido por el mundo, afectando a todas las cosas. Ya en el pasado, los seres humanos mostraron un especial talento en la corrupción de las costumbres, e incurrieron en tal variedad de vicios, que no dejaron ninguno para que lo inventase o añadiese la posteridad; y hoy es imposible cometer cualquier crimen imaginable del que no tengamos ya un ejemplo. Si alguien quisiera juzgar la rectitud moral basándose en el consenso de los hombres acerca de sus acciones, y a partir de ahí inferir una ley de la naturaleza, no haría otra cosa que estar esforzándose en ser un insensato conforme a razón. Que se sepa, nadie, por tanto, ha intentado basar una ley de la naturaleza en este desafortunado consenso entre los hombres. Puede decirse, sin embargo, que la ley de la naturaleza ha de inferirse, no de la conducta de los hombres, sino de sus pensamientos. Hemos de indagar, no en las vidas de los seres humanos, sino en sus almas; pues es ahí donde los preceptos de la naturaleza están impresos y donde residen las reglas de moral, junto con esos principios que no pueden ser corrompidos por la conducta de los hombres. Y como estos principios son los mismos para todos y cada uno de nosotros, no pueden tener más autor que Dios y la naturaleza.

(...)

Pero si quisiéramos pasar revista a todos los géneros de vicios y virtudes, y nadie duda que en esta clasificación consiste la ley de la naturaleza, fácilmente se echará de ver que no hay ningún vicio o virtud sobre el que los hombres no se formen opiniones diferentes, apoyados por la autoridad y la costumbre. De tal manera es ello así, que, si el consenso de los hombres se tomase como regla de la moralidad, no habría en absoluto una ley de la naturaleza, o ésta variaría de lugar a lugar: una cosa sería moralmente buena en un sitio, y mala en otro; y los vicios mismos se convertirían en deberes.

(...)

En segundo lugar, decimos que si existiera entre los hombres un consenso unánime y universal acerca de una opinión, tal consenso no probaría que esa opinión es una ley de la naturaleza. Pues, ciertamente, cada persona tiene que inferir la ley de la naturaleza partiendo de los primeros principios naturales, no de la creencia de otra persona. Además, un tal consenso puede ser acerca de algo que en absoluto constituye una ley de la naturaleza. Por ejemplo, si entre todos los hombres se valora más el oro que el plomo, de ello no se sigue que esto haya sido decretado por una ley natural. Si todos los hombres, siguiendo la práctica de los persas, dejasen que los cadáveres humanos fuesen devorados por los perros, o, imitando a los griegos, los quemaran, esto no probaría que cualquiera de dichas prácticas es una ley de la naturaleza que obliga a los hombres; pues un acuerdo general de este tipo en modo alguno es suficiente para crear una obligación. Admito que un consenso así puede ser indicación de que hay una ley de la naturaleza; pero no llegaría a probar su existencia. Quizá pudiera hacerme creer con mayor vehemencia, pero no me permitiría conocer con mayor certeza que tal consenso es una ley de la naturaleza. Pues nunca sabré con seguridad si esta opinión es la opinión de cada individuo. Ello sería una cuestión de creencia, no de conocimiento. Pues si yo descubro que tal opinión se da en mi propia mente antes de reconocer el hecho de que hay un consenso general, entonces el conocimiento del consenso no me probará lo que yo ya sabía a partir de principios naturales; y si no puedo estar seguro de que es realmente mi propia opinión hasta haber comprobado que se da un tal consenso entre los hombres, entonces también podría razonablemente dudar de si ésta es la opinión de otros; pues es imposible sugerir una razón de por qué a todos los demás hombres les fuera concedido por naturaleza algo que yo noto que me falta. Y esa gente que piensa igual tampoco puede saber que algo es bueno porque todos lo piensan así; más bien piensan así porque, a partir de principios naturales, saben que algo es bueno. El conocimiento precede al consenso. De otro modo, una misma cosa sería al mismo tiempo causa y efecto, y el consenso de todos daría lugar al consenso de todos, lo cual es obviamente absurdo.


Locke

Casta meretrix




Despreciando las más elementales categorías de la teoría política, hay quien llama teocracia a que la Iglesia opine sobre la ley y cuestione desde su legitimidad extrademocrática lo acaecido en el Parlamento. Cuando la democracia olvida que es un medio para la búsqueda de lo óptimo y se convierte en una especie de fin en sí de autorrealización narcisista, es normal que se den este tipo de reacciones histéricas contra quienes invierten el orden de prioridades.

La democracia aboga por el racionalismo como por la castidad una prostituta. Son racionalistas los pueblos que han permitido estas formas de gobierno a modo de contingencia histórica, pueblos cristianos, y lo seguirán siendo cuando la contingencia pase. Macbeth se hizo el loco porque fue lo más inteligente en aquel momento.

La mayor ventaja de los sistemas democráticos es la invisibilización del poder, que está difuso en todas partes y no se encarna en ninguna, ya que se identifica al soberano con las fuerzas inorgánicas que constituyen las masas de los votantes (quién realice dicha identificación y en virtud de qué potestad es cuestión sumida en espesas y permanentes brumas). Tal es el régimen del crecimiento económico y de la integración de los rebeldes. Cuando el crecimiento de la economía disminuye y el marco ideológico es común y pacíficamente aceptado, la democracia, instalada en la burocracia y tendente a la corrupción, se convierte en un factor de inestabilidad y en un estorbo.

Por ello, fingir que nuestros sistemas políticos van a quedar mancillados hoy por una influencia cultural que durante milenios no se ha movido de su sitio y que ha contribuido no poco a la paz social es una reverenda majadería. Miedo pueden dar las novedades, no una tradición que ha coadyuvado al progreso, moderando las pretensiones redentoras de éste. Miedo deben dar la tiranía y el nuevo hombre, que huyen de los límites que los superan, y en especial del que les impone el poder religioso si no se amanceba con las instituciones estatales.

martes, 8 de diciembre de 2009

¿Qué es el derecho natural?




Los derechos naturales constituyen ficciones, pero no más que las leyes, en tanto que intangibles y mediatizadas siempre por la cultura y el lenguaje. El pensamiento democrático, disolvente, sostiene que todo lo invocado como superior es, al cabo, humano, y todo lo humano pende de la contingencia de la voluntad. Cree humanizarse el derecho natural situándolo en su contexto histórico, al tiempo que se desea naturalizar cierto derecho positivo -el de decidir y autodeterminarse- como si fuera previo al hombre o innato. A esto se objeta lo siguiente:

1) Lo natural y lo humano no se oponen. Los derechos son naturales precisamente porque son humanos, esto es, racionales. Si fueran irracionales, no servirían para canalizar los actos de los hombres, orientados a un fin según una regla de proporción por la que se establecen los medios. Serían, por consiguiente, contra natura -al tomar por base algo inútil, incomprensible o indemostrable, un ente fuera del orden de las cosas, un presupuesto ajeno al continuo materia-lenguaje- y dividirían a la sociedad en facciones en lugar de promover su cooperación.

2) El derecho parte invariablemente de una instancia legitimadora superior al hombre. Si los hombres necesitan las leyes es porque desconfían de su palabra, de sus mañas y de su torcido obrar. Los sacrificios son más antiguos que las leyes (De Maistre), pues el hombre se sabe culpable desde que adquiere conciencia. Si la justicia fuera creación suya, entonces también la culpabilidad, que aquélla viene a corregir. Pero él conoce que no es así: nadie le ha enseñado a ser malo. Luego ¿por qué debería lo bueno depender de maestros, de sofistas de las apariencias? ¿No es también lo bueno universal, intemporal?

En definitiva, el derecho natural tiene dos niveles: En primer lugar, el puramente racional, por el que excluye la opinión. En segundo lugar, el ontológico, por el que se descarta su origen mundano. Las leyes son revelaciones cuando quieren abolir la costumbre no menos que cuando desean fundamentarla.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El derecho de lo alto




El Trasímaco platónico objeta a Sócrates en La República su actitud idealista, servil en su opinión a las apariencias, e ignorante de la realidad (physis):


lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte.


Éste ha sido el caballo de batalla de los sofistas de todos los tiempos. Ahora bien, el iusnaturalismo suele profesarse en situaciones de inferioridad, más que en mentalidades y pueblos despóticos y expansionistas. Antígona es víctima de las leyes y por ello invoca a los dioses; los profetas claman a Dios porque la sociedad -esto es, la costumbre, la norma positiva- se ha corrompido; Cristo promueve una nueva moral frente a los guardianes de la ley. Las recompensas celestiales, en fin, ofrecen a los débiles lo que los fuertes les han arrebatado injustamente en la tierra.

Así, Aristóteles llama a los bárbaros "esclavos por naturaleza" en la medida en que sirven a hombres y no a leyes ("tal es la condición de todos aquellos en quienes el empleo de las fuerzas corporales es el mejor y único partido que puede sacarse de su ser"). El poder sabe que todo límite supranormativo es un límite a sí mismo, por lo que tiende a evitarlos. En la Edad Media, cuando el Papado viene a encarnar la moral universal e inmutable, los monarcas lo son "por la gracia de Dios" (título de modestia) y se teoriza sobre el regicidio y el tiranicidio como derechos del pueblo. En cambio, en el Imperio romano, donde la moral y la religión son difusas, el emperador es dios, Pontifex Maximus o ambas cosas. La fuerza bruta no necesita ni a la divinidad ni a la justicia. No los necesitaron los mongoles ni los turcos. Tampoco Danton ("no queremos juzgar al Rey, queremos matarlo"), ni el comunismo ni el nazismo, que se contemplaban como necesidades históricas.

Francisco de Vitoria dio a los indios la condición de hombres, mientras que las leyes de Nuremberg se la quitaron a los judíos. Hugo Grocio temía el poder de los españoles tanto como Maquiavelo anhelaba la hegemonía de los Borgia. Francisco Suárez escribe el Defensor fidei porque Jacobo I promulga la Trew Law. Los ejemplos van al infinito. Por otro lado, el nacionalista apela a la autodeterminación, que es un movimiento de la voluntad; el racista se sirve de la biología; el totalitario de la incuestionable autoridad. A todos ellos estorban la razón y el precedente, que no pueden improvisarse. El propio derecho positivo halla fundamento en un mandato de derecho natural, esto es, la “lex praevia, scripta, certa et stricta”.

Por último, el gobierno democrático se opone por principio al gobierno de los mejores. Esto conlleva que "lo mejor" es bajo este régimen una variable cultural en lugar de un fin más o menos estático al que avala el general consenso. La democracia pura es la anarquía. Conviene meditar sobre un producto que sólo es bueno cuando está adulterado.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La democracia en compendio




Si quieres contener algo, deja que se expanda;
Si quieres debilitar algo, déjalo crecer;
si quieres que algo sucumba, deja que ascienda;
si quieres expulsar algo, déjalo entrar.

Para reducir la influencia de alguien, auméntala antes;
Para menguar la fuerza de alguien, increméntala en primer lugar;
Para hacer caer a alguien, haz que se eleve;
Para tomar algo de alguien, dale algo primero.


Lao Tse