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martes, 7 de abril de 2009

Otro liberal indigno




Hay que reconocerlo: en un pueblo ilustrado, el despotismo es el argumento más fuerte contra la existencia de la Providencia. Lo repetimos, en un pueblo ilustrado, porque los pueblos aún ignorantes pueden estar oprimidos sin que sus convicciones filosóficas disminuyan. Pero una vez que el espíritu humano ha emprendido la senda de la razón y que la incredulidad ha llegado a nacer, el espectáculo de la tiranía parece apoyar con terrible evidencia a los argumentos de esa incredulidad.

La incredulidad repetía al hombre que ningún ser justo velaba sobre sus destinos; y sus destinos quedan en efecto abandonados a los caprichos de los más feroces y viles entre los humanos. Le decía que las recompensas de la virtud, los castigos del crimen, promesas huecas de una doctrina agotada, no eran sino vanas ilusiones de imaginaciones débiles y timoratas; que es el crimen recompensado, y la virtud la que es proscrita. Le decía que lo mejor que se podía hacer, durante esta vida efímera, durante este extraño periplo sobre la tierra, sin pasado y sin futuro, y tan corto que apenas parece real, era aprovechar cada instante, a fin de cerrar los ojos sobre el abismo que nos aguarda para devorarnos. La arbitrariedad predica la misma doctrina con cada uno de sus actos. Invita al hombre a la voluptuosidad, a causa de los peligros con los que le rodea. Es preciso aferrarse a cada hora, ante la incertidumbre de la hora venidera. Haría falta una fe muy profunda para poder creer, bajo el reinado visible de la crueldad y de la locura, en el reino invisible de la sabiduría y la bondad.

Esta fe viva e inquebrantable difícilmente podría ser patrimonio de un pueblo antiguo. Las clases ilustradas, por el contrario, buscan en la impiedad una desdichada compensación a su sumisión. Al desafiar, bajo apariencias de audacia, a un poder que ya no temen, se creen menos despreciables por su servilismo hacia el poder que les espanta; y se diría que la certeza de que no existe otro mundo les supone un consuelo de los oprobios que sufren en este.

Se ensalza entretanto la ilustración del siglo, la destrucción del poder espiritual, y la conclusión de toda lucha entre la Iglesia y el Estado. En cuanto a mí, declaro que si es preciso elegir, prefiero el yugo religioso al despotismo político. Bajo el primero, hay al menos convicción entre los esclavos y sólo los tiranos están corrompidos; pero cuando la opresión está separada de toda idea religiosa, los esclavos son tan depravados y tan abyectos como sus amos.

A una nación agobiada bajo el yugo de la superstición y de la ignorancia hemos de compadecerla, pero podemos estimarla. Esa nación conserva en medio de sus errores la buena fe. El sentido del deber la sigue guiando. Puede tener virtudes, aunque esas virtudes estén mal orientadas. Pero unos servidores incrédulos, que se arrastran con docilidad, que se agitan con celo, que reniegan de los dioses mientras tiemblan ante un hombre, que no tienen más impulso que el temor ni más motivación que el salario que les arroja, desde lo alto de su trono, el mismo que les oprime; una raza que, en su voluntaria degeneración, carece de ilusión alguna que la eleve, de error alguno que la excuse, una raza semejante ha caído del rango que la Providencia había asignado a la especie humana; y las facultades que le resten, como la inteligencia que despliegue, sólo son, para ella y para el mundo, una desgracia y una vergüenza complementarias.


Benjamin Constant

jueves, 5 de marzo de 2009

El tiro errado


Se nos presentó al salvaje lleno de temor ante los fenómenos de la naturaleza a menudo maléficos, y que convertía en dioses, sin el menor temor, las piedras, los troncos de los árboles, la piel de los animales salvajes, en una palabra, cuantos objetos se presentaban ante sus ojos. Se concluyó de ello que el temor era la única fuente de la religión. Pero, al razonar así, se dejaba de lado la cuestión fundamental. No se explicaba de dónde procedía este temor del hombre a la idea de poderes ocultos que actúan sobre él. No se explicaba la necesidad que el hombre tiene de descubrir y adorar a estos poderes ocultos.

Cuanto más se acerca uno a los sistemas contrarios a cualquier idea religiosa, más difícil de explicar se hace esta disposición. Si el hombre no difiere de los animales más que porque posee, en un grado superior, las facultades de las que está dotado; si su inteligencia es de la misma naturaleza que la suya, y sólo más ejercitada y más comprensiva, todo cuanto esta inteligencia produce en él, debería producirlo en ellos, en un grado, sin duda, inferior, pero en algún grado.

Si la religión proviene del miedo, ¿por qué los animales, algunos de los cuales son más tímidos que nosotros, no son religiosos? Si proviene del reconocimiento, al ser tanto las ventajas como los rigores de la naturaleza física los mismos para todos los seres vivos, ¿por qué la religión sólo pertenece a la especie humana? Si se indica como fuente de la religión la ignorancia de las causas, estamos obligados a reproducir continuamente el mismo razonamiento. La ignorancia de las causas existe para los animales más que para el hombre; ¿de dónde procede que sólo el hombre intente descubrir las causas desconocidas? Por otra parte, al otro extremo de la civilización, en una época en la que la ignorancia de las causas físicas ya no existe, y en la que el hombre ya no tiene miedo ante la naturaleza, ¿no veis que se reproduce la misma necesidad de una correspondencia misteriosa con un mundo y con seres invisibles?


Benjamin Constant