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jueves, 1 de octubre de 2009

Introspección y mayéutica




El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal... Cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo.


La cita es de Borges, y el citado es Chesterton. No suelo discrepar del ingenioso apologista inglés, pero el mito que aquí se refleja me parece demasiado grosero y pernicioso como para pasarlo por alto. En primer lugar es falso que haya sensaciones sin palabras, esto es, ciegas o aconceptuales, pues de existir carecerían de lugar en la memoria y nadie podría referirse a ellas siquiera genéricamente. Si es su detalle y su particularísima esencia lo que la abstracción del lenguaje nos hurta, pregunto: ¿cómo se conoce ese detalle sin la palabra? La realidad psíquica es más gris que lo que el colorido otoño chestertoniano da que pensar. Nuestras percepciones confusas lo son tanto como las vagas expresiones con las que nos referimos a ellas; y no hay que presuponer más riqueza que la expresada, ni más cera que la que arde.

Tampoco es cierto que el lenguaje sea sólo una imagen de nuestro conocimiento actual del universo. Esto sería bastante aproximado si pudiera obtenerse de la lengua un retrato estático y, por así decirlo, cierta estampa de naturaleza muerta. Pero nadie en su sano juicio lo pretende. Las definiciones son convenciones útiles ante la abrumadora polisemia de las palabras, dada la infinidad de contactos con otros términos que, de establecerse, matizarían su significado. No hay significados universales -o más universales que otros- porque el lenguaje mismo es la sede de la universalidad. Y es una universalidad paradójicamente fragmentaria, pues, dado un continuo textual, nadie puede pronunciar dos veces la misma palabra. Así, del torrente de connotaciones implícitas nace la virtualidad creadora del lenguaje, potencialmente infinita. Sólo de este modo pueden convertirse las marchitas vaguedades del poso de nuestra consciencia en cadenas lógicas interminables, sucediéndose automáticamente de una forma casi taumatúrgica. El lenguaje, comadrona y parturienta al mismo tiempo, alumbra la verdad que el hombre posee, pero de la que no dispone sino con su mediación intangible.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Reversión del milagro




-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?


Borges*


* Al que acabo de resarcir de la injuria.

viernes, 5 de enero de 2007

En vano, Borges


El cine es una visión de la realidad, el teatro es un juicio a la humanidad, la filosofía es una reflexión sobre lo invisible. A diferencia de la obra teatral, una película no necesita tesis para tener sentido (ni siquiera desenlace cerrado, pues hay segundas partes). Es más, las mejores películas carecen de ella, limitándose a describir acciones edificantes o ridículas. El texto filosófico, a su vez, coloca la tesis al principio y no al final, como sí sucede en las representaciones teatrales.

La lírica suscita sentimientos, la narrativa convoca pensamientos y la filosofía introduce razonamientos. El cine es una especie de lírica visual; el teatro una narrativa visual. Ahora bien, que lo filosófico no tenga traducción escénica es una de las pruebas que considero irrefutables a la hora de demostrar el carácter no literario de dicha disciplina. Y otro tanto vale para su hermana, la teología.

En resumen:

Lo teológico y lo filosófico no pueden tener traducción escénica ni, por ende, ser considerados literatura, ya que:

1) La tesis aparece siempre al principio, con lo que se elimina la tensión narrativa. Como si una fábula empezase por la moraleja.

2) Al tratar sobre lo invisible, sus contenidos no pueden escenificarse.

3) El estilo no influye en la calidad o pertinencia del argumento. Escasa fortuna habrían conseguido Aristóteles o Hegel en caso contrario.

Sin embargo, sí se puede escribir literatura sobre LO SAGRADO. Tenemos la Biblia, la poesía mística y los autos sacramentales que, en palabras de Calderón, son «sermones / puestos en verso, en idea / representable cuestiones / de la Sacra Teología». Y ello es porque lo sagrado se puede hacer visible (en la misa, en la vida de un santo, en las visiones, en los milagros, en la Encarnación), y entonces hablamos de hierofanía.