El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal... Cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo.
La cita es de Borges, y el citado es Chesterton. No suelo discrepar del ingenioso apologista inglés, pero el mito que aquí se refleja me parece demasiado grosero y pernicioso como para pasarlo por alto. En primer lugar es falso que haya sensaciones sin palabras, esto es, ciegas o aconceptuales, pues de existir carecerían de lugar en la memoria y nadie podría referirse a ellas siquiera genéricamente. Si es su detalle y su particularísima esencia lo que la abstracción del lenguaje nos hurta, pregunto: ¿cómo se conoce ese detalle sin la palabra? La realidad psíquica es más gris que lo que el colorido otoño chestertoniano da que pensar. Nuestras percepciones confusas lo son tanto como las vagas expresiones con las que nos referimos a ellas; y no hay que presuponer más riqueza que la expresada, ni más cera que la que arde.
Tampoco es cierto que el lenguaje sea sólo una imagen de nuestro conocimiento actual del universo. Esto sería bastante aproximado si pudiera obtenerse de la lengua un retrato estático y, por así decirlo, cierta estampa de naturaleza muerta. Pero nadie en su sano juicio lo pretende. Las definiciones son convenciones útiles ante la abrumadora polisemia de las palabras, dada la infinidad de contactos con otros términos que, de establecerse, matizarían su significado. No hay significados universales -o más universales que otros- porque el lenguaje mismo es la sede de la universalidad. Y es una universalidad paradójicamente fragmentaria, pues, dado un continuo textual, nadie puede pronunciar dos veces la misma palabra. Así, del torrente de connotaciones implícitas nace la virtualidad creadora del lenguaje, potencialmente infinita. Sólo de este modo pueden convertirse las marchitas vaguedades del poso de nuestra consciencia en cadenas lógicas interminables, sucediéndose automáticamente de una forma casi taumatúrgica. El lenguaje, comadrona y parturienta al mismo tiempo, alumbra la verdad que el hombre posee, pero de la que no dispone sino con su mediación intangible.