Todo animal encuentra bellas a sus crías. El sentido de la belleza en los irracionales se limita, por extensión, a aquello con lo que puedan establecer una relación de semejanza más o menos estrecha, por lo general inconsciente. Esta condición se pierde en el hombre, cuyo juicio estético comprende cualquier cosa de la que quepa predicarse cierta unidad, cierta variedad y cierta proporción.
El amor a la belleza es la huida del narcisismo originario, que es reemplazado por otro de carácter ideal. Lo bello deja de estar en función de la selección sexual y pasa al ámbito de las formas inmateriales preexistentes. En realidad, no hay punto de contacto entre el afecto empático del perro hacia sus crías y la admiración que nos despierta contemplar el cielo estrellado. El hombre conoce y desea el bien, ama lo bello y toma parte en lo verdadero sin más consideraciones etológicas o contextuales, según su propia naturaleza. Cuando se aleja de ella, prefiriendo el mal, lo inarmónico y lo falso, tampoco se aproxima a la del animal: parte hacia ninguna parte.
Igualmente radical, pues, ha de ser la distinción entre el hombre y las bestias, e igualmente relativos sus vínculos.
domingo, 21 de septiembre de 2008
El (falso) principio zooantrópico
sábado, 31 de mayo de 2008
Llave equivocada
No veo cómo puede trazarse una analogía entre un paisaje bello y cualquier otro fenómeno bello (por ejemplo, un lienzo) sin haber esclarecido con carácter previo en qué consiste la belleza y cómo se aplica a todos sus objetos. Afirmas que la belleza es aquello que proporciona una ventaja evolutiva al que puede percibirla, al estimular su atención. Ahora bien, si tenemos algo por bello no porque incremente nuestras posibilidades de supervivencia, sino como secuela inútil de la facultad adquirida a aquellos efectos, ¿podremos llamarlo bello según la definición evolucionista?
No es cierto, además, que sólo lo agradable a los sentidos estimule nuestra atención. La función del dolor en cualquiera de sus grados es exactamente la misma y, llevándose a cabo desde medios opuestos, cuenta con una eficacia mucho más contrastada. La naturaleza no tenía ninguna necesidad de valerse de lo proporcionado y apolíneo para instarnos a perpetuar nuestra especie, disponiendo de la fuerza irresistible de lo amenazador y espantoso, de lo molesto y de lo inquietante. Sentimos un gran placer cuando un gran dolor cesa; con eso bastaba.
viernes, 16 de mayo de 2008
Belleza, maldición
- Dezidnos, padre bendicto,
¿halláis scripto
si es pecado estrañudar?
Más os quiero preguntar
y ñotar;
esperad ansí un poquito:
digo que escondo el cabrito
por hazer berrar la cabra,
y remojo la palabra
a cada habla,
¿es gran pecado infinito,
o es medio pecadito?
- Si el hombre de birra pura
por ventura,
adrede despierna un grillo
por no vello ni oíllo
y encobrillo
¿es pecar contra natura?
- Otra cosa más escura
y más dura
quiero, Gregorio, hazer:
pregúntale, quiero ver
su saber,
que según su gestadura
es lletrado en la scriptura.
Decid, padre, ¿es gran pecado
deñodado
andar tras las zagalejas
y henchirle las orejas
de consejas
por metellas en cuidado?
Dexar entrar el ganado
en lo vedado
por andallas namorando,
¿estálo Dios oteando
y assechando?
Si de esto tiene cuidado,
ni punto estará parado.
Que todos en mi lugar
a la par
andan transidos d'amores:
los jurados, lavradores,
y pastores,
y aun el crego a más andar
lo veo resquebrajar
y sospirar
por Turibia del Corral.
Dezidme, fraile, ¿es gran mal
desigual,
o se deve perdonar,
pues no se puede escusar?
- Este mundo peligroso
sin reposo
nos trae a todos burlados,
ciegos, mal aconsejados,
desviados
d'aquel reino glorioso.
¿Quién puede ser más dichoso
ni gozoso
que tener puesto el querer,
el amor y su poder
sin torcer
'n este niño muy gracioso,
puerto de nuestro reposo?
Quien se viere sujuzgado
y apretado
de mundano pensamiento,
contemple su nacimiento.
¡Quán contento
lo verá desnudo echado,
de los fríos trespassado
y adorado
de los brutos animales!
Luego olvidará los males
desiguales
que le presenta el pecado.
- ¿Pecado es ser namorado?
- ¿Crio Dios, por la ventura,
hermosura
para nunca ser amada?
Criola demasiada
para nada.
¿Cómo dizís que es locura?
Mirad, mirad la scriptura:
¿qué cordura
hallarés más amadora
dende Andrán hasta ahora?
'N esta hora
fue discreta criatura
que ño siga esta ventura.
Se a Dios esto pesara,
ño criara
zagalas tan relluzientes;
fueran prietas y sin dientes,
y las frentes
más angostas que la cara;
las narizes le ensanchara
y achicara
los ojos como hurones,
y ñunca nuestros coraçones
de passiones
nuestras vidas aterrara,
ni de Dios nos apartara.
Esmeróse su poder
en hazer
tan graciosas sus hechuras
que entre todas hermosuras
son más puras,
más dinas de obedecer.
¿Quién dexará de querer
su valer,
pues son de ñuestra costilla?
Que naturaleza nos ensilla
que ño podemos trocer
de subjectos suyos ser.
Gil Vicente
sábado, 10 de mayo de 2008
Más sobre la belleza
La multiplicación del tamaño de un grato jardín no lo convierte en nada espantoso, ni genera en él monstruos donde no los había. El paraíso terrenal, por ejemplo, es representado como un lugar indefinidamente vasto.
Ahora bien, si el juicio estético sobre una mariposa varía en función de su magnitud, no es por la magnitud en sí, sino por la disminución del efecto de condensación o armonía, una de las cuatro reglas que he citado. La ampliación microscópica de este animal hace que perdamos la perspectiva adecuada bajo la cual se lo considera bello.
Si sucediese al revés, es decir, que un objeto feo se embelleciera al ampliarlo, no sería atinado cambiar nuestro juicio a propósito del mismo, pues se supone que el objeto a evaluar debe tomarse siempre "in toto" y no exclusivamente desde una de sus partes.
Y si, en fin, resultara que algo deviene menos desagradable por el mero hecho de reducirlo, habría que concluir que la causa es la regla de la acumulación, esto es, el estímulo simultáneo y en distintas direcciones de nuestros sentidos, hasta llegar a la percepción inconsciente. La belleza, en efecto, "es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar" (Rilke).
Las reglas de la belleza
No estamos nada dispuestos a admitir que sólo hay una religión verdadera, y muy poco dispuestos a reconocer que sólo una moral verdadera existe. Pero, imaginando que estos ámbitos pueden separarse realmente, sí parecemos más proclives a aceptar que algunas reglas estéticas universales subyacen en nuestra apreciación de la belleza, razón por la cual esta palabra designa no sólo un estado de ánimo, sino también una característica objetiva.
Si lo bello no fuera más que una propiedad del ojo del que ve, como lo es el color o el tamaño relativo de lo percibido por la vista, una leve alteración del órgano mediante una prótesis podría hacer que, de la misma manera que lo que primero era pequeño se vuelve grande por el efecto de un cristal de aumento, algo nos resultara encantador en un momento y detestable poco después, sin que nada en ese objeto cambiase de hecho.
Swift se burlaba de la búsqueda renacentista de la perspectiva al hacer crecer y decrecer a su Gulliver. Con ello escarnecía también la moral y la religión. Supuso, como Hume, que el sentimiento placentero que nos causan la proporción y la forma dependía de juicios emitidos por la fuerza de la costumbre, y no éstos de aquél.
Estoy en deuda con Swift, precisamente, por una de las demostraciones más inapelables de la fealdad intrínseca del cuerpo de las mujeres, al constatar mediante su famoso personaje lo repulsiva y amenazadora que resulta una hembra gigante. La sedicente belleza femenina, pues, es sólo extrínseca y está en función de nuestras pasiones; en particular de nuestra pasión por someterlas, que sólo se manifiesta cuando dicho sometimiento resulta factible.
Esto no se aplica a lo bello ni a lo sublime. Un ameno jardín no dejará de serlo al multiplicar por cien su tamaño, y la silueta de un héroe no será menos gloriosa por representarse en miniatura. Es por ello que la cualidad estética de lo observado, su fuerza evocadora, permanece al margen o por encima de la circunstancia particular del espectador medio. Tal es así aunque éste se encuentre pasajeramente embrutecido por un mal hábito que redunde en una disposición confusa de sus percepciones.
Las reglas de la belleza son, entonces, inteligibles y se sintetizan en cuatro: acumulación, contraste, variación y condensación.
sábado, 3 de mayo de 2008
Bajo la máscara-I
La naturaleza del sexo es contraria a la belleza, aunque se sienta atraída por ella, como enemigos que son. Todo acto erótico es narcisista. Fornicamos porque nos ofende que haya alguien más bello que nosotros (o bello sin ser nosotros), razón por la cual aspiramos a someterlo.
El sexo es amor en tanto que busca la unidad, odio en tanto que persigue la destrucción. El sexo sin compromiso, también llamado amor libre, es sólo odio.
viernes, 14 de diciembre de 2007
La belleza
En general todas las mujeres la usan astutamente como arma, sirviendo al poder que no ostentan. Los hombres, en cambio, como reclamo, captando a los cuerpos que no poseen. Toda relación de atracción es una relación de dependencia. Quien no somete es sometido. Y ¿sabías? La belleza de este mundo no quiere adoradores, sino réditos.
viernes, 9 de marzo de 2007
Autorretrato en espejo
Hay dos maneras de estudiar la belleza visual: como efecto y como causa. La belleza como efecto depende de la luz, la perspectiva y el estado de ánimo. La belleza como causa, en cambio, todo se lo debe a la proporción y a la armonía.
La historia del arte pictórico encarna ambos paradigmas sucesivamente: en su cumbre (Renacimiento y Barroco), la belleza plasmada es de tipo objetivo, según normas rígidas y áureos cánones, sin más concesiones al espectador que las que permitía una teatralidad retórica. Sin embargo, en su declive estético la pintura se vuelve relativista y reduccionista, encastillándose en lo opinable de la percepción, ya sea la luz (Impresionismo), la perspectiva (Cubismo) o el estado de ánimo (Expresionismo). Tras agotar todos sus corsés, carente ya de esqueleto, la obra se suicida en la abstracción o en la repetición.
Aprendamos de esto.