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lunes, 6 de diciembre de 2010

Sobre la moralidad mínima del poder


Una monarquía o cualquier suerte de aristocracia no quedan adulteradas por la práctica del secreto político, ya que en ellas, "ex theoria", el poder no es ejercido por todos ni en nombre de todos. A partir de aquí se nos presentan dos consideraciones obvias. Por un lado, la más llana razón práctica nos enseña la necesidad de que el poder soberano disponga en su brazo ejecutor de toda la información, la cual integra y hace posible su derecho natural a la acción gubernativa. Por el otro, en estricta lógica jurídica, nace la obligación en cada súbdito de proporcionar siempre dicha información al soberano o a sus ministros, y a nadie más, so pena de ser juzgado como traidor. Ahora bien, si el pueblo fuese auténticamente soberano, como prescribe la democracia, y la comunidad internacional en bloque pudiera llamarse democrática de un modo irreprochable, objetivo al que sin duda aspira en términos generales, no habría ningún individuo en todo el orbe (con la exclusión de los menores de edad y los incapaces) que no ostentase a la vez la obligación de proporcionar información política a sus conciudadanos y el derecho a recibirla de ellos. La cuestión crucial, sin embargo, es si la precisaría para obrar frente al mundo, pues sólo la acción unívoca y determinante "ad extra" define al poder soberano, o por el contrario vendría a recabarla en función de un simple derecho epistémico, el derecho a la verdad, a fin de deliberar consigo mismo de infinitas maneras y con incierto resultado, lo cual es la esencia del parlamentarismo. Ahora bien, siendo este derecho a ser informado propio de todo sujeto de una comunidad global perfectamente democratizada, se trata en consecuencia de un derecho del mundo y no frente al mundo, por lo que no caracteriza en modo alguno la única soberanía que merece ser referida con este nombre. A un soberano deliberante y no obrante, que sólo es capaz de racionalizar lo que va a acontecer de una manera u otra, yo lo llamo soberano retórico. De este tipo es la soberanía popular, invocable y legislable, pero sólo como ficción y al margen del ejercicio cotidiano de la política, que no radica en ilustrar al amigo y permitir que nos ilustre, sino en identificar al enemigo y prevenirse de él, lo cual exige el cauto silencio y el acecho en las sombras.

Entendido esto, debería ser claro para todos que las filtraciones que han venido alborotando el panorama internacional en las últimas semanas, con la supuesta pérdida de credibilidad de las instituciones y partes implicadas, no alcanzan el meollo de la soberanía y versan sobre la facultad de conocer -con el ojo ubicuo del periodismo y la lengua ubicua de internet como metáforas de una suerte de espíritu de lo verdadero, superente moral- antes que sobre la de obrar, mucho más vital y sensible. Se da por hecho que el pueblo no es un soberano "de facto", aunque conserve a juicio de muchos la casta para serlo y se encuentre, bajo el particular criterio de este discurso hegemónico, permanentemente secuestrado por oligarcas. Cuál sea la más pura democracia y la más digna de estima, partiendo de lo democrático como lo originario-bueno, dependerá para estas cabezas de hasta qué punto se crea viable la sustitución del principio primario o activo de la soberanía por su principio secundario o reflexivo. Es decir, de en qué medida se confíe en disolver los presupuestos de la acción, a saber, los fines e intereses del Estado, cuyo mantenimiento justifica la existencia de un poder soberano, en el ácido de la deliberación y su ambiguo escepticismo, que al mismo tiempo que reclama que todo se discuta y se elucide, carece de una ética unitaria por su misma caracterización pluralizante y agonística. Luego sólo una democracia corrupta en sus principios, parcial y fundamentalmente hurtada al debate y al escrutinio, donde quepan a diario el silencio, la simulación y el engaño como precondiciones para el mantenimiento del poder, al que se subordinan cualesquiera otras expectativas racionales o humanistas, se salvará de ser una democracia utópica y una anarquía enmascarada. Una tal quimera ni se da hoy ni se puede dar en el futuro, pues dejaría de ser en el preciso instante en que empezase a ser, confundiéndose los fines con el instrumento y el todo con sus partes inorgánicas. Si lo que se pretende, en fin, es que, una vez rasgados todos los velos gracias a la mirada omniabarcante del cuarto poder, sea el pueblo el mandatario y portavoz de sí mismo según sus humores inmediatos, ya de forma directa o a través de una potestad de veto universal, se pretende la anarquía, es decir, que la propia noción de poder quede enervada y devenga impracticable. Así, todo derecho público se vería reducido a las relaciones de fuerza y coerción propias del estado de naturaleza: la primitiva y brutal ingenuidad por la que suspira el lunático Assange.

En suma, el poder sólo exige una moralidad mínima para mantenerse, y es el respeto en la medida de lo posible a la ley y a los pactos con fuerza de ley. El soberano tiene un derecho natural a mentirnos por mor del orden, como vio Maquiavelo, no obstante este autor se equivocase al desvincular poder y moral. La moral y el poder proceden de fuentes diferentes, pero pueden y deben converger en una determinada praxis política. Platón distinguió en su República a los obreros de los príncipes guardianes y los filósofos, estableciendo así una separación entre la clase que obedece, la que ejecuta y la que aconseja. A quien ejecuta se le exige fidelidad, no veracidad (o no necesariamente); al que aconseja, fidelidad y veracidad; a quien obedece, fidelidad, veracidad y sumisión. De ahí que deba reputarse perverso todo intento de sustraer al poder de la influencia de la moral extralegal, esto es, de la religión, ya que por sí mismo no está obligado a ser moral más que de un modo muy limitado, mientras que los cultos y las ascesis se deben por su propia naturaleza a la verdad y al rigor.

sábado, 3 de octubre de 2009

Extrañas prerrogativas




Decir cosas demasiado evidentes puede parecer estúpido, pero no está de más recordarlas en los tiempos inanes que nos ha tocado vivir.

El ateísmo carece de utilidad pública. A diferencia de las religiones, es un movimiento puramente intelectual que no parte de ninguna necesidad social con la que se corresponda y mediante la cual justifique su supervivencia política. No tiene, como aquéllas, el denominador común del control de las pasiones, la idea de orden necesario o la de responsabilidad insoslayable. Y si en algo se pareciera a esto, sería accidentalmente, pues estas características no forman parte del negar a Dios, mientras que sí están implícitas en el afirmarlo.

Por este motivo el ateísmo como creencia heterogénea, sólo recientemente extendida y aun así insignificante, se basa en la mera negatividad u odio hacia un determinado tipo de proposiciones metafísicas y hacia las formas de vida que conllevan. El ateo descansará cuando no quede un solo creyente en el mundo o, más bien, cuando crean todos como él. El creyente, en cambio, todavía deberá mantener la pureza de espíritu, cumplir con ciertos preceptos y reverenciar determinadas verdades; cosas estas todas que para el ateísmo no pueden ser más que superfluas y venir sobreimpuestas por la tradición o estar aconsejadas por la utilidad.

Por ello, "Dios es bueno, luego sed buenos" es un razonamiento y un mandato al que sólo el fanático y el ateo pueden sustraerse, pues para ambos el proselitismo es la máxima prioridad, si no la única. Por convertir al antagonista ejercerán todo tipo de violencias, sin prestarse a argumentar siquiera lo que consideran evidente y cuya consecución reviste una urgencia suma e inaplazable. Acabar con la fe, casi se ha llegado a decir, es acabar con el mal. Pues ¿dónde está el ateo que crea en la mejorabilidad de las religiones? Si confiara en que van a perfeccionarse como consecuencia del progreso general, no las abandonaría ni las hostigaría: tendría paciencia y auguraría su transformación. Por el contrario, espera que ese mismo progreso las barra. No caben en su concepción de la realidad, y por esta razón perseguirlas, sea de palabra o de obra, es su destino manifiesto.

No se olvide, entonces, todo esto cada vez que en Occidente se plantee el debate de hasta qué punto la facultad de herir los sentimientos religiosos con burlas y acusaciones en falso es un derecho.

viernes, 28 de agosto de 2009

Fundación


Es preciso que el hombre se dote de un remedo de demiurgo para devenir hombre. La sociedad es un conjunto de individuos que originariamente se reúne en torno a algo, sea un tótem o una hoguera. Hay en el hecho mismo de la reunión un elemento de suprapersonalidad implícito, se reconozca o no. No es concebible que la legitimación del poder político provenga de un poder menor, de un poder apolítico e inorgánico, así como la causa jamás es inferior al efecto que produce. Son zarandajas democráticas y narcisistas las que nos inclinan a creer lo contrario.

La propia noción de individuo libre e igual es abstracta, creada por una entidad institucional, mientras que el hombre natural se identifica por sus atributos efectivos: estirpe, lugar de nacimiento, ámbito de acción, etc. La libertad y la igualdad son potencias que se plasmarán según el poder disponga. Un hombre solo, fuera del recinto social, no es más que un bruto; y lo mismo vale para miles o millones de ellos, mera manada si no se organizan y someten en función de una idea que los supere.

Fundamentar el poder en la libertad (Rousseau) es contradictorio, ya que el primero es negación o límite de la segunda; fundarlo en la autoridad legitimada o en la norma suprema (Kelsen) es tautológico, dado que es el poder mismo quien, materializándose en ellos, los legitima; debe fundarse en la sumisión a la razón y a la verdad admitidas por todos los hombres de recto juicio.

sábado, 4 de julio de 2009

Sectitas




Una de las marcas de identidad del liberalismo es no saber distinguir entre lo legítimo y lo conveniente; esto es, entre el non laedere y el honeste vivere. Es, pues, legítimo que se celebren ritos laicos, si bien hay que reconocer que son hoy una deshonesta nadería. Eventos de esta índole, como admiten sus promotores, constituyen un pretexto para otorgar visibilidad (vulgo propaganda) a la inconexa y autorreferencial ideología atea. Así, el mismo segmento político que reclama el derecho al propio cuerpo frente a la sociedad -que, en suma, es la libertad de prescindir de la ética en todo aquello que no cause un mal directo al prójimo- exhibe ahora el derecho -en realidad deber- a entregar un cuerpo al cuerpo social, pues, bien mirado, no otra cosa son esta clase de presentaciones y bienvenidas democráticas. Travestir el deber de libertad es un acto de extrema hipocresía política y metafísica, mas hételo aquí en toda su crudeza reivindicativa. Tales acontecimientos son meros juegos de sombras, costumbres impulsadas por ciertas elites, pero sin raigambre, carentes al cabo de contenido positivo en el grupo en que se promulgan, confinadas a vociferar arbitrarias filias y fobias individuales con el bien y las libertades comunes como excusa improvisada y rescindible. Ello a diferencia de lo historiado entre los paganos, cuya exaltación de lo público era verdaderamente religiosa y no estúpida, impostada y reactiva como en este caso.

jueves, 14 de mayo de 2009

Vindicación de la sociedad natural




Cuán lejos la mera naturaleza podría llevarnos es algo que podemos juzgar por el ejemplo de esos animales que aún siguen sus leyes, e incluso de aquellos a los que ha otorgado una disposición más fiera y armas más terribles que las que la naturaleza ha pretendido que usáramos nosotros. Es una verdad incontestable que los hombres han causado más estragos entre los hombres, en un año, que el que han causado todos los leones, tigres, panteras, onzas, leopardos, hienas, rinocerontes, elefantes, osos y lobos en sus varias especies desde el comienzo del mundo, aunque se lleven muy mal entre sí y tienen una proporción mucho mayor de rabia y furia en su naturaleza que nosotros. ¡Pero qué decir de vosotros, legisladores, civilizadores de la humanidad, de Orfeo, Moisés, Minos, Solón, Teseo, Licurgo, Numa! ¡Si hablamos de vosotros, vuestras regulaciones han causado más perjuicio a sangre fría que el que ha causado o podría causar toda la rabia de los más fieros animales en sus mayores terrores o furias!


Burke, parodiando a los defensores de una moral instintiva extraña a la idea de pecado. En ella la culpa jamás es del hombre natural, sino de la cultura.

jueves, 19 de marzo de 2009

Anarquismo de Estado




Todo debe regularse, opina el socialista, salvo la vida humana en su origen. La ley rige para el macrocosmos estatal, pero está proscrita en el microcosmos materno, como si se tratase de un reino dentro de otro.

¿Cuál es el fin de esta farsa? Establecer una excepción ilusoria a la soberanía, una concesión única de la civilización al estado de naturaleza. Puesto que no sabemos qué es el hombre, obre cada cual en consciencia y que Dios elija a los suyos. Se vuelve pues al conocimiento privado del bien y del mal, que no puede concederse sin disolver el Estado (Hobbes, De cive).

No se olvide, sin embargo, este axioma político: que cualquier derecho que el poder público reconozca al ciudadano, también se lo reserva para sí contra éste.

miércoles, 11 de marzo de 2009

La marcha silenciosa


Todas las religiones y sectas tienen su ciclo, como las repúblicas, de monarquía vienen a república popular, y de ésta a uno pasa, luego a muchos y más tarde a todos, por la misma y diversas vías. Así, cuando las sectas llegan al ateísmo, nace la última malparanza del pueblo y el extremo de la ira de Dios, y retornan al bien penosamente. Cuando llégase a negar la providencia divina o la inmortalidad del alma, se padece reforma o cambio necesariamente, porque los pueblos y los príncipes pierden el freno de la conciencia, y aquéllos tórnanse sediciosos, y éstos, tiranos, y entonces cualquier legislador bueno o no bueno reciben fácilmente con avidez, etc.


Campanella


domingo, 1 de febrero de 2009

Piedra de fundación




La moral no se genera sólo en función de las directrices que conducen a la supervivencia de la especie, y que sus miembros memorizarían hasta integrarlas en la costumbre. Es posible sobrevivir sin justicia, pero difícilmente se abandonará la barbarie en ese estado.

Tu vida y la mía no valen nada fuera de una sociedad que las ampare. Esto es, están sujetas al mismo estado de naturaleza que la de cualquier animal. Instaurar un sistema de valores es someterse a un poder que da o reconoce el valor. Si lo hace de un modo arbitrario, y por tal entiendo un modo falso o infundado, pronto perderá su autoridad, como la perdería el Estado que acuñase una moneda distinta cada trimestre. Mientras que si los basa en la razón (el patrón oro de todas las legislaciones), podrá dirigirse en términos racionales hasta al más irracional de sus súbditos, recurriendo a la fuerza sólo cuando ello sea imprescindible para restaurar el equilibrio.

Ahora bien, si nuestros juicios morales son tan antojadizos como las más inmorales de nuestras pulsiones, y no nos engañamos al respecto, entonces no hay ninguna razón interna para que prefiramos los unos a las otras. Tendremos que movernos en el ámbito de la simple coacción, sin importarnos siquiera su justicia, puesto que no damos a ésta un valor objetivo.

En tal escenario de barbarie el hombre queda reducido a la animalidad, con el añadido de ser una animalidad degenerada, esto es, anárquica. Pero incluso si se llega a un consenso respecto a qué es lo más favorable para la mayoría (lo cual no es necesario mientras los fuertes imperen), será un consenso indocto, con la imprevisión propia de los salvajes, ya que ninguno de quienes han contribuido a formarlo cree en el bien común y duradero.

No hay valor humano que pueda hacerse efectivo al margen del poder estatal. El principio tácito de toda civilización es que ningún inocente puede ser vejado jamás: Cabe obligarle a trabajar o a luchar, pero nunca a morir o a soportar un mal gratuito. Sin este presupuesto, que no admite ni condiciones ni matices, somos bestias viles o demonios, se cancela todo orden y cae toda prerrogativa que el hábito ciego o el terror no respalden. En breve, el derecho a la vida es absolutamente o no es en absoluto.

lunes, 19 de enero de 2009

Sócrates en Gaza




Si alguien hace un mal, es justo que se lo castigue. Si un militar israelí mata a un civil arbitrariamente, ¿no debemos imponerle una pena? Sí, no en vano Israel es un Estado de Derecho, por más dudas y reproches que os merezca.

Mi pregunta es, pues, quién debe castigar a Hamas por sus desmanes. Adelanto que en caso de que la respuesta sea “nadie”, o cualquier otra equivalente, se pierde toda autoridad moral para censurar a Israel en lo sucesivo.

domingo, 11 de enero de 2009

Lo pecaminoso de resistir a la Resistencia


Madrid, el Madrid que no protestó contra los asesinos del 11-M, pues debió de considerar que aquella masacre era proporcional a la ofensa de Aznar en las Azores, acusa ahora la desproporción en carne ajena. El Madrid de la movida y de Chueca, ruge a favor de Hamas, cuya criminalidad mide en función de su capacidad bélica ante Israel y no según el grado de opresión al que el primero somete a sus habitantes y a sus vecinos.

Las leyes de la historia y de la justicia poética, por las que se rige la izquierda, justifican cualquier ataque contra el orden establecido, al que se responsabiliza de todo el mal en el mundo. De ahí la buena prensa de los anarquistas en el Occidente post-mayo del 68. Vencido el nazismo, la Europa acomplejada y desarmada hizo moralmente suyas las causas de los desheredados, frente a los que mantendríamos una deuda infinita. Cualquier agresión que recibamos de ellos, desde la inmigración hasta el terrorismo, parte de nuestra culpa originaria y es, por tanto, muy merecida. En cambio, cualquier defensa que le haga frente estará marcada por la misma ilegitimidad usurpadora que causó el castigo que el destino -o Allah en persona- ejecuta hoy sobre nosotros.

sábado, 10 de enero de 2009

Concordantia oppositorum


La falacia que se propone es la siguiente: Se establece una analogía entre el orden público de un Estado y un hipotético orden público internacional entre dos Estados, que por obra y gracia de la prosopopeya se convierten en individuos sometidos a no se sabe qué soberano o tercero superior. Esto es una tergiversación. La guerra es lo contrario al orden público: Es el regreso temporal al estado de naturaleza entre un grupo de súbditos y otro u otros. Es el estado de excepción que se justifica precisamente porque el orden público ha dejado de estar garantizado, sucumbiendo a poderes fácticos de cuya neutralización depende la continuidad jurídica del Estado, así como su integridad soberana.

Planteamientos como el de Albert serían respetables si no presupusieran que el Estado de Israel es o bien incompetente en lo militar, o bien torturador; que "masacra" por gusto o que responde a una conspiración antiislámica cuyo objetivo es eliminar a las "razas sucias" de la faz de la Tierra. De modo que o el razonamiento es equivocado, o Israel merece estos calificativos.

Esto, a la vista de los hechos, es mucho presuponer. La realidad es más bien la contraria, y no es ningún secreto el odio universal que sienten muchos musulmanes, espero que no la mayoría, hacia el pueblo judío. Si hay judíos que comparten este mismo odio, están sometidos a las leyes y al refrendo democrático de un Estado de Derecho, que puede llegar a juzgarlos y a condenarlos. A los palestinos, en cambio, sólo los juzga Allah (será un juicio benévolo, descuiden los devotos), ya que el mundo parece haberlos absuelto por su condición de parte débil y se diría que casi pasiva, de pura víctima, en el conflicto.

Así, haga lo que haga Israel, hará mal. Si se defiende por aire, es cobarde y aplica un castigo colectivo. Si realizan una incursión terrestre, son más sanguinarios todavía, si cabe. Si se conforman con el asesinato selectivo, queda justificada cualquier respuesta (aunque esto es inversión del causa-efecto) por parte de la "resistencia" palestina.

Las mentiras y omisiones de una prensa analfabeta en el mejor de los casos, el peso de la cultura de la imagen y del shock y su uso sistemático por la propaganda política; la crisis de identidad de Europa, el relativismo moral, el desprecio hacia los que prosperan y la convicción nihilista de que la civilización tiene una raíz oscura, pasional y negadora de sí misma (Marcuse), crean un caldo de cultivo donde los sentimientos se anteponen a la razón y se pide proporcionalidad en lugar de autoridad y justicia.

martes, 30 de diciembre de 2008

De príncipes y espadas


Los asiduos de esta bitácora saben que no suele ocuparse de política. Su editor no ve las noticias ni lee con regularidad prensa de ningún tipo desde los 18 años, lo que a algunos parecerá ridículo. He intentado evitar así esos pequeños actos de autodefensa que cotidianamente merman nuestra energía intelectual hasta extremos insospechados, según sintetiza Nietzsche en un ignoto pasaje que, como se ha visto, al menos a mí me impresionó.

Con todo, prescindiré del veto en esta ocasión, forzado por las circunstancias. Se trata de dilucidar no si hay una ética superior a la estatal, a lo que respondo que sí, sino si cualquier ética -incluso la mejor o más consensuada- es superior al principio de la autoridad terrenal suprema del ente soberano. A esto respondo que no, por las razones que siguen.

* * *



La soberanía es al Estado lo que la autotutela al individuo. Ahora bien, mientras que el individuo renuncia al estado de naturaleza para obtener comodidad y derechos, el Estado, garante de la seguridad del anterior, vive permanentemente inmerso en ese estado primario mientras nadie lo avasalle, en cuyo caso dejará de ser Estado, por la misma definición de soberanía.

Menciono también que el enemigo interno es en lo esencial distinto al enemigo externo. El primero está sometido a la ley: ésta se hizo contemplándolo como supuesto de hecho en los diversos delitos con el propósito de defender así al resto de ciudadanos. Por el contrario, el segundo no sólo escapa a la ley "ratio personae" (pues un Estado no puede enjuiciar a otro), sino que además atenta contra ella, es decir, aspira a dejarla potencialmente sin efectos atacando su raíz, que es de nuevo la soberanía como voluntad última y unilateral de una comunidad políticamente organizada. Por tanto, al enemigo externo no se lo combate con la ley, que de ordinario limita la fuerza, mas con toda la fuerza, con tal de que la ley pueda seguir siendo ley. Los terroristas nacionales serían un caso límite o intermedio entre los dos citados.

Por último, una jurisdicción supraestatal, si es preciso que la defina, es aquella que ha recibido poder delegado de los Estados para sujetarlos a ciertos principios comunes y decidir sobre el grado de su cumplimiento, lo que antaño era el derecho de gentes y hoy llamamos derecho internacional.

A partir de estas definiciones procedo a perfilar mi conclusión.

En los Estados existe la noción del orden público, esto es, la normalidad jurídica de las instituciones expresada mediante su continuidad sin interrupción en el tiempo, así como por el ejercicio efectivo del imperio de la ley sobre un conjunto homogéneo de ciudadanos. En el derecho internacional, en cambio, no existe tal "continuum" ni tal homogeneidad, o son factores meramente metafóricos. Aludirían a la convivencia "de facto" de las naciones soberanas, que se dotan de recursos jurídicos para reconocerse pacíficamente entre sí y cooperar cuando se aprecien intereses comunes. No obstante, el único interés de esta índole que puede tenerse por universal, y cuya coordinación y aseguramiento resulta por tanto de suma prioridad, es la conservación de las respectivas soberanías, el "statu quo" irrenunciable, auténtico centro de gravedad de la agrupación factual que integra la sociedad de las naciones.

Existen además -subrayo "además"- casos tasados, supuestos de emergencia, en los que la comunidad internacional decide "a priori" (lo que ni mucho menos implica que acabe haciendo en la práctica) que, dada una eventualidad lo suficientemente grave y contraria a los principios comunes más básicos, se actuará solidariamente hasta que el equilibrio sea restaurado. Doy los ejemplos del genocidio, la anarquía (que entiendo como ausencia indefinida de soberanía) y, en menor medida, el incumplimiento de tratados sobre seguridad o derechos humanos cuando no lo justifique un cambio en las circunstancias que dieron lugar al compromiso.

Este segundo orden de principios es mucho más débil que el anterior, que lo vertebra y hace posible. No puede pretenderse, entonces, que el respeto a formas contractuales de Derecho (los tratados, los acuerdos...) eclipse la supremacía absoluta y genérica, con las debidas excepciones puntuales, de las formas substanciales de Derecho, los Estados, que, pese a lo que Rousseau crea, no son contratos.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Humanidad negativa




No se nos ha concedido la inmortalidad porque nada hay más peligroso que un hombre sin temor. Temer es un signo de impotencia, y sin embargo es necesario para que seamos útiles al cuerpo social. Si la moral resultase, como quiere el darwinismo, una prolongación de las costumbres heredadas de nuestra prehistoria animal, no se entendería que una de sus bases más importantes fuera algo tan dependiente de factores externos como el temor -y, por tanto, algo no heredable.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Sin principios


El punto débil de la argumentación anarquista es que, como el Trasímaco de la República, asimila el poder estatal a la explotación, cuando ello no es siempre así. Se llega a esta conclusión no por la observación de los hechos, sino por considerar que ningún poder supraindividual y coercitivo está suficientemente legitimado. Sin embargo, sólo el iuspositivismo identifica el derecho y la autoridad, que sería su condición suficiente. Quien no comparte esta premisa no verá a aquélla más que como condición necesaria.

El jacobinismo está en la raíz de los planteamientos de este jaez, por lo que debe ser rechazado. Acéptese la democracia como el sistema más eficiente en determinado tiempo y lugar, pero en absoluto ha de concederse que el pueblo sea soberano. Por dos motivos: 1) porque el ejercicio de la soberanía es orgánico, no pudiendo ser desempeñado por ningún ente que carezca de una personalidad definida y una voluntad única; y 2) porque los fines de una sociedad no se reducen a la suma de los fines de sus integrantes individuales, dado que el mantenimiento del vínculo de solidaridad que forman los miembros del grupo es ya un fin en sí.

El individuo sólo podría ser soberano si se rigiera a sí mismo, si bien es ésta una forma impropia de emplear el término. Hasta en el estado más salvaje el hombre entabla relaciones con sus iguales y limita su libertad en función de las expectativas del otro. En las sociedades más complejas, al enajenar parte de sus facultades, hay que suponer que recibe una utilidad proporcional al poder que delega. Si esta suposición no se verificase en un número significativo de casos, el Estado se disolvería naturalmente, o sobreviviría sólo con el empleo permanente de la violencia, anulando la libertad de quienes le están sometidos.