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25 febrero 2010

La culpa

Roche ha muerto, oigo decir a Mar, la administrativa que ha entrado a las seis, en el turno de mañana del depósito de coches. Habla por teléfono con un hilo de voz, susurrando como lo haces cuando estás violando un secreto. De un infarto.
Entro en la oficina y Mar me mira pero no me hace caso, sólo constata que he escuchado lo que está diciendo y se siente culpable, como si Roche no habría muerto si ella hubiera sabido mantener la boca cerrada. Le hago un gesto con la mano para que no se preocupe, vuelvo a mi garita que está comunicada con la suya por una puerta y le doy la espalda al sentarme. Tengo cosas que hacer y trabajaremos juntos durante ocho horas. Habrá tiempo.

Mar, pese a levantarse a las cuatro y media de la mañana, llega siempre maquillada y arreglada al trabajo como si tuviera una cita. Ya has oído ¿verdad?, dice, con esa mirada de pobre de mí que usa para sacar a los seguratas todo lo que quiere. Iba a decirle que sí, que cómo era posible, que ayer mismo lo vi y que parecía estar mucho mejor, que a los hombretones como él, con sólo cuarenta y dos años, el corazón no se les para, que parece una broma de mal gusto, pero no soy capaz de decir nada porque una congoja horrible me aprisiona la garganta, sólo acierto a ajustarme la corbata de mi uniforme de soldadito, por hacer algo con las manos, y se me escapa un gemido de tristeza y enfado y confusión.
Termino de rellenar el informe diario y salgo a que me dé el aire, a respirar un poco porque el nudo que tengo está creciendo y temo que de un momento a otro me impida respirar. Voy a la máquina de café intentando evitar las lágrimas. No quiero llorar. Sólo quiero un café bien caliente, un cigarrillo, qué tendrá la mierda de tabaco que tras meses sin fumar ni un pitillo hay momentos en que parece ser lo único que te puede hacer la vida soportable; y sobre todo quiero apartarme de Mar, quiero alejarme de ella porque estoy a punto de decir algo que no debo, algo que los dos pensamos desde que nos han dado la noticia y que no queremos decir porque en cuanto lo hagamos será realidad, porque aun no siendo ciertas, las palabras le darán cuerpo y para siempre será verdad aunque lo cierto sea tan sólo que Roche se ha muerto, que lo ha hecho de un infarto al corazón, de miocardio, como si hubiera otras muertes que no implicaran que el corazón se te pare.

Veo entrar un coche en el depósito. Son las siete menos cuarto así que debe de ser Pablo, el jefe. Es el único que llega tan temprano además de los médicos que trabajan en el hospital de Vall d’Hebron que está justo frente a nosotros y que hacen uso del parking que comparte espacio con el depósito. Los gruistas han ido desfilando, despacio, hacia el vestuario pero hoy me hago el ocupado, evito hacer las bromas de cada día, me las ingenio para no cruzarme con ellos cuando van llegando, sobre todo con Pedro. Ayer mismo Pedro trabajó con Roche, solían ir juntos en la grúa. Aunque, si he de decir la verdad, hacía tiempo que nadie quería trabajar con Roche.
El jefe entra en su despacho y cierra la puerta. Sólo me asomo un segundo para pedirle el servicio del día y tras un breve saludo pulsa el botón Enter de su ordenador para imprimirlo y me lo da. Roche está incluido en el servicio, con la grúa ciento ochenta y ocho, de ayudante de Pedro como venía haciéndolo últimamente. Se lo devuelvo a Pablo, joder no me he dado cuenta, dice y lo oigo teclear otro nombre, no sé si Pedro querrá irse a casa, si no, se me ha quedado suelto, llamaré a Carlos a ver si tiene un ayudante libre. Me devuelve la hoja, estaba jodido desde hace tiempo, dice y vuelve a sus tablas, a sus cálculos, al número de coches ingresados por grúa. Claro que estaba jodido. ¿No lo habrías estado tú?
A Mar se le ha corrido todo el maquillaje. Se lo digo y coge la llave del baño. Bastante enfadada viene la gente a pagar los ciento cincuenta euros de la grúa como para que parezca que les está atendiendo una versión femenina del Joker.
Miro por la ventana. Por la zona donde están las máquinas de café y de comida se aprecia movimiento pese a que aún no asoma el sol por el horizonte. Una de las cosas de bueno que tiene el depósito donde trabajo es que está al aire libre. Los depósitos subterráneos te dan una sensación de claustrofobia que no siempre es fácil de llevar. Te sientes aislado del mundo de modo que la vida interior del depósito se convierte en lo único plausible, sólo un rumor de motores, de tacos mal disimulados y de dinero cambiando de manos, si sólo pisaba diez centímetros del paso de cebra.
Veo salir a Pablo del despacho, no te vayas por favor, y me dice que tiene que ir a casa a buscar las gafas, que las ha olvidado. No es el único que ha olvidado algo. Roche también ha olvidado venir. Tal vez se le ha cambiado el turno. Tal vez esté en el infierno de los gruistas.
Llega el operario del parking y lo veo pararse con Ramón, lo veo llevarse las manos a la cabeza, casi le oigo abrir los ojos y mentir con ellos, joder qué fuerte pero cómo, y no acaba la frase porque no hay frase que acabar. Unos segundos más tarde me saluda, hola Toni, qué tal, te has enterado, y yo digo que sí con la cabeza la muevo hacia abajo y como si tuviera muelles me rebota, dos o tres veces, cada vez un poco menos, ¿quieres un café, cortado, sin azúcar?, y se va hacia la máquina.
Pablo sube a la moto del servicio, la arranca, se coloca el casco y sale hacia casa. Las gafas dice. Los ciudadanos cabreados no han comenzado a llegar así que puedo seguir dándole vueltas a la cabeza puedo seguir pensando en Roche, maldito Roche, cobarde de mierda.

Hace cinco años le compró una moto a Pau, su hijo. Joder hoy en día los críos tienen que tenerlo todo. Vaya moto, sus frenos de disco, sus dos cilindros, su escape modificado, el limitador de velocidad eliminado por sólo un poco más y su ataúd de pino y el sentimiento de culpa para Roche, el dolor para siempre, el dolor por haber matado a su hijo. Sólo tardó dos semanas en estrellarse contra un muro, para que no dejara de quererle. Culpable.
Creo que no volví a oírle reír. Durante meses ni siquiera sonreír. Su cara se convirtió en una máscara grotesca donde los ojos, la nariz, la boca no eran más que oquedades muertas. Roche.
Reparto las grúas en la antigua garita del CAS. Sin bromas ni protestas. Nadie se queja de la grúa que le doy ni del compañero que tiene asignado. Sólo Paco tuerce el gesto pero antes de que abra su bocaza le digo que si tiene algún problema hable con Pablo, que le llame por teléfono porque ha olvidado las gafas y se ha ido a casa a buscarlas. Miro hacia la garita y Mar vuelve a hablar por teléfono; con alguna compañera, o con su marido, o tal vez ha conseguido contactar con Roche desde el más allá.
Roche tuvo un brote, así lo llamaban, como si le estuviera saliendo una planta en alguna parte del cuerpo. Se volvió violento. La mayor parte del tiempo parecía normal pero a veces, de repente, sin saber por qué, ni siquiera él sabía por qué, se volvía loco. No llegó a hacer daño a nadie pero hubo un momento en que era imposible encontrar a alguien que quisiera trabajar con él. Nadie quería trabajar con él. Nadie quería verse en él. Porque Roche era el tío más querido de todo el depósito, el mejor compañero, el más bromista. Roche hacía que trabajar resultara un poco menos jodido. Y ahora parecía Satanás encarnado, un tentetieso de humores que nunca sabías hacia qué lado estaba inclinado.
Reúno un poco de valor y regreso a la garita. El del parking está haciendo el arqueo y prefiero no distraerle pese a que me muero por hablar con alguien. Oigo a Mar que cuelga. Te has enterado de algo, le digo, sabes algo más, un infarto vuelve a decirme, sólo eso, se acostó bien, sí, de puta madre pienso, no hay más que verlo, y Mar se echa a llorar otra vez qué burro soy, perdona es que me duele.

El día del accidente estaba yo de servicio. Un día tranquilo, como tantos. Roche había entrado en la oficina de administrativos para darle a Patricia una denuncia. Entonces vio, a través del cristal, una grúa que traía la moto de Pau, destrozada, un amasijo de cables, hierros y goma doblada. Roche se quedó mirándola, era imposible que la hubiera reconocido pero supongo que el corazón, el maldito corazón, se le disparó como una alarma de intrusión, supongo que empezó a sentir que se le salía por la boca y comenzó a andar hacia la zona M donde dejan las motos más destrozadas, primero despacio y cada vez más rápido, y dio un par de vueltas alrededor de aquello en que se había convertido la moto de Pau, buscando algún número de la matrícula, o la pegatina de la tienda donde la compró o cualquier detalle que lo sacara de la duda que lo estaba ahogando, menuda hostia, le dice el compañero que está ingresando la moto, y el chaval, lo han traído aquí enfrente pero yo creo que buff, estaba muy mal y Roche lo coge del pecho, la matrícula, dime la matrícula Paco, y Paco mira sus notas, se la dice y Roche la memoriza y va corriendo a la oficina y le dice a Patricia, la administrativa, que cuelgue el teléfono y mire quién es el titular de esa moto, que cuelgue el maldito teléfono y mire esa matrícula en el IMH, y Patricia lo mira asustada, hasta Pablo ha salido del despacho para ver qué pasa, los gritos, los gritos, y Patricia dice Pau pero no sigue porque ve el apellido y se da cuenta y Roche grita, joder, aún oigo el eco de esos gritos en mi cráneo, como si le estuvieran cortando un brazo, como si la muerte se le hubiera agarrado al pecho y tirara de él, sin soltarlo. Y silencio. Unos segundos. Es aún peor. Roche sale corriendo. Al hospital de Vall d’Hebron. Enfrente. Con Pau.
Pasó meses de baja. Volvió varias veces, intermitentemente, y de nuevo al vacío, al agujero. Caminaba envarado, rígido, supongo que consecuencia de las pastillas que no saben de selección cuando se trata de tranquilizar. Lo tranquilizan todo, hasta la calma y entonces caminas sin mover los hombros, despacio, con la vista clavada en el suelo, y hablas bajo, como si a nadie en el mundo le interesara lo que dices, pero todo el mundo supiera lo que necesitas, todo el mundo te dice que hay que seguir adelante, que todos tenemos problemas y una palmadita en la espalda. Y que das miedo Roche, aunque nadie se atreva a decírtelo.
 

Son las diez y Pablo ha encontrado sus gafas, o al menos ha regresado. Mar recupera el ritmo normal de trabajo y atiende a la gente que se acerca a ventanilla. El chico del parking se afana en reparar una de las barreras de entrada que le está dando problemas y la chica de la limpieza intenta pasar desapercibida que es lo mejor que puede hacer la chica de la limpieza. Las grúas van cogiendo coches en la calle y los traen al depósito y yo intento que los ciudadanos sean seres humanos civilizados, cabreados pero civilizados. Y me enfado, aunque tampoco mucho, porque, en el fondo, a todos nos alegra que Roche, de morirse, lo haya hecho de un infarto.

29 diciembre 2009

Seguridad

-Señorita, me cago.

A la azafata aquello le pareció muy sospechoso pese a lo cual y por si acaso, activó el nuevo protocolo de despresurización intestinal y volvió a instruir al pasaje sobre el modo de utilizar las mascarillas de oxígeno.

24 noviembre 2009

IX Premio Diomedea de Relato Mínimo

El relato "El Niño y la Guerra", justo en el post anterior, ha resultado finalista del IX Diomedea. Para quienes no lo sepáis ésta es una iniciativa desinteresada de Sergi Bellver en su bitácora. Si os gusta la literatura en general y el cuento en particular no dejéis de visitarla. Os lo pongo fácil: tan sólo pinchad en el título de la entrada. Veréis como me lo agradecéis

04 septiembre 2009

Teide


Si recorres la red buscando literatura reciente, sobre todo española y, sobre todo, referida al cuento, seguro que conoces a Sergi Bellver. Sergi es un loco por la literatura que, además de escribir y enseñar a escribir, en la Escuela de Escritores por ejemplo, tiene una enorme ilusión por hacer cosas nuevas e iniciativa, y valor, suficientes para embarcarse en un nuevo proyecto que él ha denominado Teide ( Taller-Estudio Itinerante de Escritura) que pretende llevar la literatura a cada rincón de, ésta, nuestra piel de toro. Desde luego deseo que Sergi tenga el pelín ese de suerte que siempre viene bien cuando te metes en un follón de esas dimensiones, tengo la certeza de que trabajo y del bueno no va a faltar, y desde aquí te invito a que pinches en el título del artículo y eches un vistazo a su web en la que te explicará el proyecto y sus primeras convocatorias con todo detalle.

31 mayo 2009

Ausencia


Carles hace girar la silla de ruedas ciento ochenta grados y vuelve a repasar cada una de las dos docenas de piezas que le quedan por colocar. Las coge, las voltea, las mira por todos los ángulos que le ofrecen, como un gemólogo analiza un diamante, y las vuelve a dejar sobre la mesa de la sala. Se diría que sabe perfectamente cuál es el lugar que corresponde a cada una pero está disfrutando del momento, dilatándolo, recreándose tras más de dos meses de trabajo. En el sofá, Nieves sostiene el portátil sobre los muslos y teclea con agilidad de mecanógrafa mientras oye la tele. Ni sabe ni le importa el canal que tiene puesto. Ahora está absorta en el trabajo, en sus tablas y sus cuentas, en sus proyectos. Sólo el tecleo sobre el portátil, el ocasional chirrido de las ruedas de la silla de Carles y el murmullo de la tele rompen un silencio que hace tiempo que ha dejado de ser cómodo, y mucho menos cómplice. Nieves pregunta a Carles si quiere cenar. Nieves come muy poco desde hace un par de meses. Está adelgazando. También Carles ha bajado de peso, claro que en su caso no es exactamente adelgazar lo que ha hecho, aunque también. Nunca ha querido preguntar cuánto pesa una pierna o cuánto deja de pesar un cuerpo sin la pierna derecha. Tres kilos o cuatro, calcula. Preguntarlo le haría sentirse como de compras en una carnicería.
Carles, concentrado en las piezas, alza la mano sin levantar la vista de la mesa para pedir a Nieves que espere un poco pero ésta no advierte el gesto y sigue hablando sola y le dice que a ella le da igual, que en realidad no tiene hambre y no va a cenar, que lo decía para que él se preparara lo que quisiera sin esperarla. Carles sacude la cabeza, afirmando. Coge una pieza con tres salientes y un entrante y la acerca lentamente a uno de los huecos que quedan en este tetris horizontal. Entra dócil, con suavidad. Desde que perdió la pierna nada ha encajado en su vida con esa perfección. Más bien todo se ha desencajado y ha quedado como un edificio de oficinas tras un terremoto. Devastado, desordenado, víctima de un caos a veces imperceptible desde el exterior.
Encima de la mesa sólo quedan ocho piezas sin colocar. Nieves apaga el ordenador y se queda mirando la tele, con el portátil cerrado en su regazo. Se frota el nacimiento de la nariz con los dedos pulgar e índice de la mano derecha y no llega a abrir la boca porque Carles se le adelanta y le dice que vaya a acostarse si quiere, que él irá enseguida, mientras mueve las piezas que le quedan por encajar en el puzzle como si fueran los cubiletes de un trilero. Nieves se acerca a la mesa y ve que el puzzle está prácticamente terminado. Le dice que pensaba que no sería capaz de acabarlo. Carles le contesta que él también, mientras encaja una nueva pieza delante de ella, una pieza blanca por completo, del mismo color que todas y cada una de las diez mil que completan el puzzle. Nieves besa la frente de Carles desde arriba, detrás de él, agarrada a las asas de la silla y, después, se dirige hacia la puerta de la sala. Carles lleva la mano derecha al lugar donde su mente recuerda haber tenido una pierna y toca el asiento de cuero. Le dice a Nieves que si mañana tiene tiempo de pasarse por la tienda le compre otro puzzle. Nieves le pregunta cómo lo quiere, le pregunta si ha pensado en algo especial esta vez. Carles, mientras juguetea con una pieza entre los dedos, una pieza blanca, inmaculada, le contesta que lo quiere igual que éste último. Nieves se lleva el dedo índice de la mano derecha a la boca y se lo mordisquea.
—Pero en negro —añade Carles, sin levantar la vista de la mesa, mientras Nieves sale de la sala y desaparece en su habitación.

27 mayo 2009

Papeles inesperados

Como si nuestro amigo Julio se hubiera guardado un as en la manga todos estos años. Este mismo 2009 hemos conmemorado el 25 aniversario de su muerte y nos encontramos con que centenares de papeles guardados en una vieja cómoda se han convertido en un libro póstumo, casi se diría que de autohomenaje, gracias al excelente y apasionado trabajo de Carles Alvarez Garriga, experto donde los haya en la obra de Cortázar, y de la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez. Enfín que en un volumen de unas 450 páginas, quien no tenga suficiente con todo lo que nos dejó escrito Julio, se encontrará con once relatos inéditos, tres historias de cronopios perdidas, trece poemas, un capítulo inédito de "Libro de Manuel", artículos de temática variada, once episodios protagonizados por Lucas y un largo repertorio de cartas, pequeños ensayos e inclasificables. No bromeo, no. Lo edita Alfaguara y ya lo tienes en las librerías. La verdad, no entiendo qué haces ahí sentado todavía. Ve a por él.

26 mayo 2009

Perturbaciones

La editorial Salto de Página acaba de publicar la antología de relato fantástico español actual "Perturbaciones". El prólogo y la selección corren a cargo de Juan Jacinto Muñoz Rengel y es una verdadera guía de escritores jóvenes y no tanto, en muchos casos casi desconocidos, que merecen mucho la pena. Un libro magnífico que te hará pasar muy buenos momentos y seguro que te dará más de un nombre al que, a partir de ahora, querrás seguir. No te lo pierdas.

23 abril 2009

¿Rutina?


Rutina. Salgo a la hora de siempre de casa y entro en la estación de Torrassa. Llego al andén y me sitúo justo en la línea de separación que hay entre las baldosas que quedan entre los dos primeros bancos de la derecha. Esto casi me garantiza ser el primero en entrar en el vagón y, por lo tanto, sentarme. Saco de mi mochila "El fantasma de Canterville". Estoy listo.
El convoy entra en la estación. Según lo previsto, me siento y, como otros pasajeros, comienzo a leer. Es muy temprano y casi me duermo. Lucho contra el sopor pero al final me vence el sueño y cierro los ojos unos segundos. Los vuelvo a abrir, agitado, temiendo haberme saltado mi parada de destino. Pero no. Estoy en Plaza de España. Aún falta mucho. Pero algo me llama la atención. El hombre que va sentado justo en frente de mí viste un trasnochado traje negro con chaleco, tiene el cabello negro, ensortijado, y un pequeño y cuidado bigote. "Demonios", pienso, "este tío es clavado a Poe". Bajo la vista hacia mi libro pero no puedo evitar volver a mirarlo y, entonces, me doy cuenta de que el hombre que está a su lado, un tipo magnífico, con barba y mirada intensa es clavadito a Cortázar. Juguetea con un cigarrillo apagado, preparado para encenderlo en cuanto se asome a la salida del metro. Estoy perplejo y comienzo a fijarme en el resto del vagón. Se abre la puerta para que entren los pasajeros que aguardan en la parada de Universitat y, justo con los pitidos que anuncian el cierre de puertas, se asoma un bastón blanco, tanteando el suelo. Voy a levantarme para cederle el sitio pero algo me hace quedar a medio impulso y sentarme de nuevo; el hombre que sigue al bastón es igual que Borges. Si no fuera por el asiento habría caído de espaldas al suelo. Y no es sólo Borges. Están todos. Las decenas de escritores y escritoras que me han acompañado durante tantos años entran y salen de mi convoy como si fueran trabajadores que acudieran a sus empresas, ojerosos, somnolientos, algunos ojeando libros que en sus respectivas épocas nunca habrían podido leer porque, entonces, sus autores ni siquiera habían nacido. Dickens lee por encima a Ruiz Zafón y se pavonea por las continuas referencias que éste hace de él. Poe lleva una novela de Stephen King y lo veo reírse, orgulloso como siempre, de que lo consideren su sucesor. Sentado en el suelo, Bukowski bebe de una botella envuelta con la sección de economía de El Periódico mientras, Cortázar, garabatea en un trozo de papel las “Instrucciones para beber de una botella sin derramar gota”. Charles Baudelaire recita, admirado, poemas de Gil de Biedma y Manolo se desdobla en Carvalho para descubrir con Terenci quién diablos acabó con Tutankhamon.
No puedo evitar buscar a Oscar Wilde. Al fin y al cabo, suyo es el libro que tengo entre mis manos. Pero no lo veo.
El convoy entra en la estación de Sagrera y comienzo a prepararme para bajar. Con naturalidad. Extrañamente natural.
Me levanto, guardo “El fantasma de Canterville” en la mochila y la cargo en mi espalda. Me quedo de pie, esperando que el metro se detenga y veo mi reflejo en el cristal de la puerta. Tengo un aspecto horrible. Me enderezo la pajarita y en mi cerebro comienza a formarse una idea. Un espejo, o un cuadro, sí, mejor un cuadro, que absorbiera los defectos de uno. La pintura se iría deteriorando mientras la persona retratada seguiría siempre igual. Creo que al protagonista lo llamaré Dorian, sí, Dorian Gray.

09 abril 2009

Al otro lado del espejo

Tras un largo período de ausencia, aquí estoy para comunicaros dos breves noticias. Por un lado la aparición de una nueva revista digital dedicada al cuento que se llama "Al otro lado del espejo". Picad en el título del artículo para dirigiros a la página de la revista. Aún no he podido mirarla con atención pero merece, como poco, mi apoyo inicial. La segunda noticia, y sé que está feo que lo haga yo, es que el relato "La mesilla" que se encuentra unos artículos atrás, y con el que gané el concurso semanal de "Relatos en cadena" el diecisiete de marzo, también ha sido declarado ganador del mes. Queda poco humilde pero para una vez que gano algo me apetece que lo sepáis. Enfin, nos seguimos leyendo.

16 marzo 2009

Aniversarios


Estamos de celebración. El mes pasado se conmemoró el doscientos aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe, y hace unos pocos días el veinticinco de la muerte de Julio Cortázar. Dos autores sin los que sería difícil entender la literatura actual pero, sobre todo, el cuento, género en el que ambos son indiscutibles maestros. Tal vez por eso, pese a que cualquier persona medianamente leída los conoce, no son muchos los que han seguido su obra. La razón es simple; el cuento no consigue sacudirse el sambenito de ser el hermano pequeño de la novela. Incluso no son pocos los que creen que el cuento es la obra de un gandul, incapaz de trabajar lo necesario para llegar a las doscientas páginas que, como mínimo, ha de tener cualquier novela que se precie.
Parece, sin embargo, que los nuevos tiempos, repletos de prisas y estrés, benefician a la rapidez del cuento, y esto, unido a las celebraciones que he citado en el inicio del artículo, haya ayudado al cuento a convertirse en un género respetado y solicitado por los lectores.
No voy a recomendaros los cuentos completos de nadie, ni pretendo que a partir de ahora os leáis todas las antologías que con casi cualquier excusa van inundando el mercado editorial. Tan sólo os invitaré a leer dos cuentos de cada uno de los autores citados. Ambos son excelentes ejemplos de su narrativa y, por descontado, son de mis favoritos. Entre las decenas de relatos de Poe "La caída de la casa Usher" y "Los crímenes de la calle Morgue". Son tan fáciles de conseguir como ir al catálogo de Alianza Bolsillo y comprar el volumen uno de sus cuentos (está editado en dos volúmenes). Si ya Poe es un magnífico escritor, no pocos autores reconocen que la traducción de Cortázar casi lo mejora). En el caso de Cortázar, dada la cantidad de cuentos que tiene publicados y su variedad, es más difícil, si cabe, quedarse sólo con dos pero allá va; leeros "Casa tomada" y "La noche boca arriba". Igual que antes, los tenéis en Alianza Bolsillo. Si os gustan, buscad vosotros mismos porque habréis encontrado un nuevo mundo donde nunca más brevedad, será sinónimo de inferioridad. Os lo garantizo.

Escritura creativa

Si te gusta escribir, escribe. Si conoces gente con tu misma pasión, mejor. Si tienes a mano una escuela o taller de escritura, fantástico. Y si la disciplina no es lo tuyo, tus amigos no leen ni el periódico y no tienes dinero para un taller, te voy a dar una opción. Existe un tipo fantástico llamado Alex Hernández Puertas que, de forma completamente desinteresada ha reunido una serie de herramientas de las que las nuevas tecnologías ponen en nuestras manos, para montarse un taller. Alex creó un podcast, originalmente, en el que va dando lecciones de muy buena calidad, tanto técnica como de contenidos, que en los últimos meses ha complementado con un blog y un foro, cuya finalidad es que todos los seguidores del podcast podamos ponernos en contacto y hablar, reflexionar y debatir sobre nuestra afición. Está fenomenal y, aunque va despacio, poco a poco empieza a crecer y a coger vidilla. Así que ya sabes, pica en el título de este artículo y preséntate. Te esperamos.

Negra y Criminal


En Barcelona existe una librería que es mucho más que una librería. No hablo de su labor en la organización de la Bcn Negra, que sí, o su participación en decenas de actividades de todo tipo que promocionen esta literatura negra que les apasiona. Os hablaré de lo que uno se encuentra si va a comprar un libro, o a curiosear por los estantes. Está en la Barceloneta, es pequeñita aunque suficiente, y sólo abre por las tardes menos el sábado que lo hace por las mañanas (las mejillonadas que organizan cada sábado son famosas). Bien, al entrar ves una mesa de despacho a la derecha donde se encuentra Paco Camarasa. Desde que entras eres su amigo. Aunque sepas lo que quieres pídele ayuda. Te sentará a la mesa con él, te preguntará para saber qué es lo que más te gusta, después te llevará por la librería, te mostrará novelas, te aconsejará y disuadirá, y todo ello lo hará con una pasión contagiosa que te hará salir de aquel lugar prometiéndote volver. Es una librería de las que no quedan con un librero irrepetible. Si eres de Barcelona y no la has visitado, aunque el género negro no sea tu favorito, no sé a qué esperas. Si no vives en Barcelona y te gusta el género busca un fin de semana y vente. Te volverás a casa con un montón de libros y un montón de amigos. En la calle de la Sal 5.

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