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27 diciembre 2009
07 octubre 2009
El hombre del parque
Publicado por
Jesus Esnaola
A B. le gusta ir al parque. Siempre al mismo banco, siempre a la misma hora. A B. le gusta observar a la gente, memorizar sus hábitos, sus rutinas.
B. es un tipo moreno, de estatura y peso normales. Siempre viste vaqueros y camiseta y, ahora, en invierno, una cazadora sencilla. No habla nunca si no es imprescindible y consigue lo que pretende; pasar desapercibido.
El sólo mira, graba en su cerebro lo que ve, selecciona y elimina, busca. Sin dejar escapar un gesto de su cara.
A las cinco de la tarde el parque se llena de niños que acaban de salir del colegio. Todos ellos van acompañados por sus madres o sus abuelas. B. prefiere este parque a otros por que los niños y niñas casi nunca van acompañados por sus padres. Los padres se aburren pronto de las conversaciones de las mujeres, de jugar o estar pendientes de su hijo, y se acercan al primer hombre que ven para hablar de fútbol, de política, o de lo mal nacido que es el jefe. B. no sólo no tiene el problema de aburrirse en el parque, sino que disfruta de su visita. Un día tras otro aprende algo nuevo, cada día añade detalles nuevos al mapa de costumbres que va creando en su cabeza. Costumbres ajenas. Costumbres de madres. Costumbres de niños.
Tras semanas de observación, sabe que la madre del niño pegón del parque, también es la que más habla en el corro de madres, y la que menos pendiente está de su niño. Sabe que Ángeles y Paula, desoyen a menudo los consejos de mamá y se alejan unos cincuenta metros al este, junto a la fuente, donde se sientan al pie de un árbol. Sabe lo que merienda cada uno de los niños, quién prefiere lo dulce a lo salado, y dónde prefieren ocultarse cuando juegan al escondite.
En invierno anochece temprano. No son ni las seis de la tarde y el día va perdiendo su claridad que, a duras penas intentan suplir las farolas.
Las madres comienzan a batirse en retirada. Comienzan a llamar a sus hijos y van gritando que es hora de ir a casa, a bañarse, a cenar. A descansar. En unos minutos sólo un niño se balancea en uno de los columpios. B. se levanta del banco, más ágil de lo que hasta ahora parecía, y se dirige hacia él. El niño lo mira, frena el balanceo y baja del columpio. B. le tiende una mano que el niño coge sin dudar.
-Es tarde cariño. Mamá nos espera.
B. es un tipo moreno, de estatura y peso normales. Siempre viste vaqueros y camiseta y, ahora, en invierno, una cazadora sencilla. No habla nunca si no es imprescindible y consigue lo que pretende; pasar desapercibido.
El sólo mira, graba en su cerebro lo que ve, selecciona y elimina, busca. Sin dejar escapar un gesto de su cara.
A las cinco de la tarde el parque se llena de niños que acaban de salir del colegio. Todos ellos van acompañados por sus madres o sus abuelas. B. prefiere este parque a otros por que los niños y niñas casi nunca van acompañados por sus padres. Los padres se aburren pronto de las conversaciones de las mujeres, de jugar o estar pendientes de su hijo, y se acercan al primer hombre que ven para hablar de fútbol, de política, o de lo mal nacido que es el jefe. B. no sólo no tiene el problema de aburrirse en el parque, sino que disfruta de su visita. Un día tras otro aprende algo nuevo, cada día añade detalles nuevos al mapa de costumbres que va creando en su cabeza. Costumbres ajenas. Costumbres de madres. Costumbres de niños.
Tras semanas de observación, sabe que la madre del niño pegón del parque, también es la que más habla en el corro de madres, y la que menos pendiente está de su niño. Sabe que Ángeles y Paula, desoyen a menudo los consejos de mamá y se alejan unos cincuenta metros al este, junto a la fuente, donde se sientan al pie de un árbol. Sabe lo que merienda cada uno de los niños, quién prefiere lo dulce a lo salado, y dónde prefieren ocultarse cuando juegan al escondite.
En invierno anochece temprano. No son ni las seis de la tarde y el día va perdiendo su claridad que, a duras penas intentan suplir las farolas.
Las madres comienzan a batirse en retirada. Comienzan a llamar a sus hijos y van gritando que es hora de ir a casa, a bañarse, a cenar. A descansar. En unos minutos sólo un niño se balancea en uno de los columpios. B. se levanta del banco, más ágil de lo que hasta ahora parecía, y se dirige hacia él. El niño lo mira, frena el balanceo y baja del columpio. B. le tiende una mano que el niño coge sin dudar.
-Es tarde cariño. Mamá nos espera.
05 octubre 2009
Alternativa
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Jesus Esnaola
Frankenstein cogió a la niña de la mano. Pasó de largo junto al lago, algo le decía que era mejor evitarlo, y entró con la pequeña en un huerto cercano. Vio un fresal y se agachó para recoger el delicioso fruto, rojo y jugoso. La niña abrió su boquita y disfrutó de la fresa, color de fresa, como a ella le gustaba. Recorrieron juntos el huerto y mientras Frankenstein recogía fresas, cerezas, ciruelas, albaricoques, peritas de sanjuán, la niña las iba engullendo de un solo bocado; tan sólo abría la boca y las devoraba, una tras otra, sin aparente fatiga ni hartazgo. Frankenstein la miraba divertido, ignorante de lo difícil que era ir junto a una niña capaz de tragar de aquella manera pero satisfecho por la sensación que tenía de que había hecho bien alejándose del lago. La recolecta prosiguió del mismo modo que la ingestión masiva de frutas cada vez más grandes, por aquella niñita tan mona, tan pequeña y tan tragona. Por fin Frankenstein llegó a un campo de sandías. Miró aquellos grandes balones de interior carnoso, comparó lo que veía en el campo con el tamaño de la boca de su amiguita y sonrió. Recogió la más grande, la más pesada y la llevó hasta la niña. Apoyó la sandía en la boca de ella de modo que casi ni se la veía, y cuando creía que la pequeña sería aplastada por la fruta, sintió cómo algo cedía, vio cómo la madíbula de la niña se desencajaba, comenzaba a dilatarse hasta que la sandía comenzó a atravesar su boca, a recorrer su cuerpecito por dentro, por las entrañas, hasta que se instaló en el vientre hinchándolo y pesándole tanto que la niña quedó sentada, de culo, bamboleándose como un tentetieso.
07 septiembre 2009
Víctor
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Jesus Esnaola
Durante el verano que nos llevó de quinto a sexto de básica Víctor se transformó. No sólo se convirtió en el único niño del curso cuyos padres estaban separados sino que pasó de ser un relamido, remilgado y gafotas empollón, a una especie de John Rambo, sin ametralladora pero con todos y cada uno de los músculos de aquel. Sustituyó las gafas por unas lentillas, el chándal azul marino con rayas blancas en los laterales, por camisetas y vaqueros tan negros como ceñidos, y los libros por una desmesurada afición a dibujar ojos voladores allá donde conseguía que su boli marcara con regularidad. El asombro por un cambio tan radical no nos dejaba reírnos de Víctor como habíamos hecho hasta entonces . En todo caso un día, durante el recreo y tras haberlo anunciado con carteles por todo el cole, Víctor se plantó en el patio y se quedó boca abajo, en equilibrio, haciendo el pino. Y así comenzó a andar por la línea lateral del campo de fútbol, sobre sus manos, un paso tras otro. Algunos rieron, otros sonrieron y unos pocos jalearon el intento. Víctor intentaba recorrer de esa manera el perímetro completo del campo de fútbol, tal y como había anunciado en su propaganda. Debió de lograrlo porque no recuerdo muchas risas con Víctor como objeto desde aquel recreo.
04 septiembre 2009
Teide
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Jesus Esnaola
Si recorres la red buscando literatura reciente, sobre todo española y, sobre todo, referida al cuento, seguro que conoces a Sergi Bellver. Sergi es un loco por la literatura que, además de escribir y enseñar a escribir, en la Escuela de Escritores por ejemplo, tiene una enorme ilusión por hacer cosas nuevas e iniciativa, y valor, suficientes para embarcarse en un nuevo proyecto que él ha denominado Teide ( Taller-Estudio Itinerante de Escritura) que pretende llevar la literatura a cada rincón de, ésta, nuestra piel de toro. Desde luego deseo que Sergi tenga el pelín ese de suerte que siempre viene bien cuando te metes en un follón de esas dimensiones, tengo la certeza de que trabajo y del bueno no va a faltar, y desde aquí te invito a que pinches en el título del artículo y eches un vistazo a su web en la que te explicará el proyecto y sus primeras convocatorias con todo detalle.
13 julio 2009
Galilea
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Jesus Esnaola
Pese a que en general han sido unos días bastante satisfactorios, he de decir que ser Jesús en Galilea es mucho más duro de lo que nunca pensé. He pasado todas las vacaciones multiplicando panes, amén de peces, y realizando todo tipo de milagros que, de verdad, no debería alternar con mis días de descanso. Enfín, he devuelto la luz a los ciegos, el sonido a los sordos y la palabra a los mudos, apañé a un par de cojos para que anduvieran con soltura e incluso el viernes estuve a punto de realizar una rápida resurrección, que por no fastidiarles el entierro a los del pueblo que tan bien les estaba quedando y porque creí que tal vez sea cierto que la naturaleza es sabia y que si había decidido que al viejo Damián le había llegado su hora a los ochenta y ocho años por algo sería.
El sábado, sin embargo, la casualidad quiso que escuchara una conversación entre la alcaldesa y la oposición, el otro concejal, expresando su coincidencia en la voluntad de redondear el programa de fiestas del mes de agosto con una espectacular crucifixión, que si bien no pude enterarme de en quién habían pensado para tan apreciado papel, dadas mis últimas intervenciones en el pueblo y el sospechoso silencio con que fue recibida mi llegada al bar del Santi decidí que, por si habían considerado hacerle a uno el honor, estaría bastante más seguro en Donosti. Además si hay que hacer un esfuerzo y milagrear un poco, pues vale, aunque sea durante mis vacaciones, pero las pasiones y los martirios nunca se me han dado bien que por algo uno es de naturaleza quejica y tirando a miedoso. Así que, no sin antes dejar una prolija e instructiva epístola para que el párroco lea durante la próxima misa explicando al pueblo de Galilea que a mí se me dan bien los milagros y demás intervenciones divinas mientras que mi cuñado Jesús, más dotado para el drama, se encargaría de sufrir una pasión más que digna a nada que se lo pidieran con educación, decidí coger el autobús de las diez de la mañana del lunes. Por si acaso.
18 junio 2009
Apunten, fuego
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Jesus Esnaola
Desde el bar donde tomábamos café pudimos oír el chirrido de los frenos, vimos al autobús dar bandazos de derecha a izquierda e irse al final contra la gente que esperaba en la marquesina, arrollándolos. El chico que había en la barra junto a mí se levantó de un salto del taburete y, por primera vez, vi que llevaba colgada del cuello una cámara de fotos. Apuntó y disparó sobre el amasijo de hierros en que se había convertido el frontal del autobús, apuntó y disparó sobre los cuerpos desparramados por el suelo, tiñendo el asfalto de negro sangre; apuntó y disparó sobre los gritos de dolor. Sólo después de apuntar y disparar sobre todo lo que creyó conveniente sacó un móvil de su bolsillo, supongo que para llamar a emergencias. No pude soportar más el espectáculo y, tras dejar el importe del café sobre la barra, me fui.
31 mayo 2009
Ausencia
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Jesus Esnaola
Carles hace girar la silla de ruedas ciento ochenta grados y vuelve a repasar cada una de las dos docenas de piezas que le quedan por colocar. Las coge, las voltea, las mira por todos los ángulos que le ofrecen, como un gemólogo analiza un diamante, y las vuelve a dejar sobre la mesa de la sala. Se diría que sabe perfectamente cuál es el lugar que corresponde a cada una pero está disfrutando del momento, dilatándolo, recreándose tras más de dos meses de trabajo. En el sofá, Nieves sostiene el portátil sobre los muslos y teclea con agilidad de mecanógrafa mientras oye la tele. Ni sabe ni le importa el canal que tiene puesto. Ahora está absorta en el trabajo, en sus tablas y sus cuentas, en sus proyectos. Sólo el tecleo sobre el portátil, el ocasional chirrido de las ruedas de la silla de Carles y el murmullo de la tele rompen un silencio que hace tiempo que ha dejado de ser cómodo, y mucho menos cómplice. Nieves pregunta a Carles si quiere cenar. Nieves come muy poco desde hace un par de meses. Está adelgazando. También Carles ha bajado de peso, claro que en su caso no es exactamente adelgazar lo que ha hecho, aunque también. Nunca ha querido preguntar cuánto pesa una pierna o cuánto deja de pesar un cuerpo sin la pierna derecha. Tres kilos o cuatro, calcula. Preguntarlo le haría sentirse como de compras en una carnicería.
Carles, concentrado en las piezas, alza la mano sin levantar la vista de la mesa para pedir a Nieves que espere un poco pero ésta no advierte el gesto y sigue hablando sola y le dice que a ella le da igual, que en realidad no tiene hambre y no va a cenar, que lo decía para que él se preparara lo que quisiera sin esperarla. Carles sacude la cabeza, afirmando. Coge una pieza con tres salientes y un entrante y la acerca lentamente a uno de los huecos que quedan en este tetris horizontal. Entra dócil, con suavidad. Desde que perdió la pierna nada ha encajado en su vida con esa perfección. Más bien todo se ha desencajado y ha quedado como un edificio de oficinas tras un terremoto. Devastado, desordenado, víctima de un caos a veces imperceptible desde el exterior.
Encima de la mesa sólo quedan ocho piezas sin colocar. Nieves apaga el ordenador y se queda mirando la tele, con el portátil cerrado en su regazo. Se frota el nacimiento de la nariz con los dedos pulgar e índice de la mano derecha y no llega a abrir la boca porque Carles se le adelanta y le dice que vaya a acostarse si quiere, que él irá enseguida, mientras mueve las piezas que le quedan por encajar en el puzzle como si fueran los cubiletes de un trilero. Nieves se acerca a la mesa y ve que el puzzle está prácticamente terminado. Le dice que pensaba que no sería capaz de acabarlo. Carles le contesta que él también, mientras encaja una nueva pieza delante de ella, una pieza blanca por completo, del mismo color que todas y cada una de las diez mil que completan el puzzle. Nieves besa la frente de Carles desde arriba, detrás de él, agarrada a las asas de la silla y, después, se dirige hacia la puerta de la sala. Carles lleva la mano derecha al lugar donde su mente recuerda haber tenido una pierna y toca el asiento de cuero. Le dice a Nieves que si mañana tiene tiempo de pasarse por la tienda le compre otro puzzle. Nieves le pregunta cómo lo quiere, le pregunta si ha pensado en algo especial esta vez. Carles, mientras juguetea con una pieza entre los dedos, una pieza blanca, inmaculada, le contesta que lo quiere igual que éste último. Nieves se lleva el dedo índice de la mano derecha a la boca y se lo mordisquea.
—Pero en negro —añade Carles, sin levantar la vista de la mesa, mientras Nieves sale de la sala y desaparece en su habitación.
23 abril 2009
¿Rutina?
Publicado por
Jesus Esnaola
Rutina. Salgo a la hora de siempre de casa y entro en la estación de Torrassa. Llego al andén y me sitúo justo en la línea de separación que hay entre las baldosas que quedan entre los dos primeros bancos de la derecha. Esto casi me garantiza ser el primero en entrar en el vagón y, por lo tanto, sentarme. Saco de mi mochila "El fantasma de Canterville". Estoy listo.
El convoy entra en la estación. Según lo previsto, me siento y, como otros pasajeros, comienzo a leer. Es muy temprano y casi me duermo. Lucho contra el sopor pero al final me vence el sueño y cierro los ojos unos segundos. Los vuelvo a abrir, agitado, temiendo haberme saltado mi parada de destino. Pero no. Estoy en Plaza de España. Aún falta mucho. Pero algo me llama la atención. El hombre que va sentado justo en frente de mí viste un trasnochado traje negro con chaleco, tiene el cabello negro, ensortijado, y un pequeño y cuidado bigote. "Demonios", pienso, "este tío es clavado a Poe". Bajo la vista hacia mi libro pero no puedo evitar volver a mirarlo y, entonces, me doy cuenta de que el hombre que está a su lado, un tipo magnífico, con barba y mirada intensa es clavadito a Cortázar. Juguetea con un cigarrillo apagado, preparado para encenderlo en cuanto se asome a la salida del metro. Estoy perplejo y comienzo a fijarme en el resto del vagón. Se abre la puerta para que entren los pasajeros que aguardan en la parada de Universitat y, justo con los pitidos que anuncian el cierre de puertas, se asoma un bastón blanco, tanteando el suelo. Voy a levantarme para cederle el sitio pero algo me hace quedar a medio impulso y sentarme de nuevo; el hombre que sigue al bastón es igual que Borges. Si no fuera por el asiento habría caído de espaldas al suelo. Y no es sólo Borges. Están todos. Las decenas de escritores y escritoras que me han acompañado durante tantos años entran y salen de mi convoy como si fueran trabajadores que acudieran a sus empresas, ojerosos, somnolientos, algunos ojeando libros que en sus respectivas épocas nunca habrían podido leer porque, entonces, sus autores ni siquiera habían nacido. Dickens lee por encima a Ruiz Zafón y se pavonea por las continuas referencias que éste hace de él. Poe lleva una novela de Stephen King y lo veo reírse, orgulloso como siempre, de que lo consideren su sucesor. Sentado en el suelo, Bukowski bebe de una botella envuelta con la sección de economía de El Periódico mientras, Cortázar, garabatea en un trozo de papel las “Instrucciones para beber de una botella sin derramar gota”. Charles Baudelaire recita, admirado, poemas de Gil de Biedma y Manolo se desdobla en Carvalho para descubrir con Terenci quién diablos acabó con Tutankhamon.
No puedo evitar buscar a Oscar Wilde. Al fin y al cabo, suyo es el libro que tengo entre mis manos. Pero no lo veo.
El convoy entra en la estación de Sagrera y comienzo a prepararme para bajar. Con naturalidad. Extrañamente natural.
Me levanto, guardo “El fantasma de Canterville” en la mochila y la cargo en mi espalda. Me quedo de pie, esperando que el metro se detenga y veo mi reflejo en el cristal de la puerta. Tengo un aspecto horrible. Me enderezo la pajarita y en mi cerebro comienza a formarse una idea. Un espejo, o un cuadro, sí, mejor un cuadro, que absorbiera los defectos de uno. La pintura se iría deteriorando mientras la persona retratada seguiría siempre igual. Creo que al protagonista lo llamaré Dorian, sí, Dorian Gray.
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creación,
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Literatura,
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13:58
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comentarios
16 marzo 2009
Escritura creativa
Publicado por
Jesus Esnaola
Si te gusta escribir, escribe. Si conoces gente con tu misma pasión, mejor. Si tienes a mano una escuela o taller de escritura, fantástico. Y si la disciplina no es lo tuyo, tus amigos no leen ni el periódico y no tienes dinero para un taller, te voy a dar una opción. Existe un tipo fantástico llamado Alex Hernández Puertas que, de forma completamente desinteresada ha reunido una serie de herramientas de las que las nuevas tecnologías ponen en nuestras manos, para montarse un taller. Alex creó un podcast, originalmente, en el que va dando lecciones de muy buena calidad, tanto técnica como de contenidos, que en los últimos meses ha complementado con un blog y un foro, cuya finalidad es que todos los seguidores del podcast podamos ponernos en contacto y hablar, reflexionar y debatir sobre nuestra afición. Está fenomenal y, aunque va despacio, poco a poco empieza a crecer y a coger vidilla. Así que ya sabes, pica en el título de este artículo y preséntate. Te esperamos.
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