En alguna ocasión, a
raíz de comentarios en las redes sociales, he discutido con colegas
sobre la composición de los libros de microrrelatos (lo que son, lo
que deberían ser). Esto me ha dado material para pensar durante los
últimos meses, sobre todo teniendo en cuenta que si bien mi primer
libro nació como un reflejo de mi blog, aunque siempre existió la
intención de darle un valor añadido a través de la ordenación y
división en dos partes diferenciadas, lo que escribo en este momento
nace con la ilusión de convertirse en libro. Por decirlo de un modo
más sencillo: en el primer caso escribí microrrelatos que acabaron
convirtiéndose en libro mientras que ahora me planteo crear un libro
para el que escribo microrrelatos.
Sin embargo, mis dudas
sobre la conveniencia de una u otra opción, si es que pueden éstas
juzgarse como formas independientes de su contenido, son más grandes
según avanzo. Incluso me hace plantearme lo que puede tener de
artificioso pretender a priori que una de las dos opciones sea mejor
o superior a la otra. ¿Os parece necesario que un libro de
microrrelatos tenga un trabajo de composición que le dé un “sentido
superior” de conjunto? Y si es así ¿cuál es la forma que puede
adoptar un libro de microrrelatos? O dicho de otro modo ¿en base a
qué puede organizarse un libro de microrrelatos? ¿Os parece válida
la presentación de un libro de microrrelatos como una colección de
piezas en la que lo único exigible sea la calidad individual de cada
uno de los textos incluido? ¿Es posible, incluso, que esa voluntad
de sobredimensionar el libro de microrrelatos nazca de un complejo de
inferioridad, siquiera inconsciente? Y, por último, ¿cuál es la
longitud ideal (en páginas) de un libro de microrrelatos?