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19 abril 2011

Jesús en Galilea

Basado en hechos reales


Mi cuñado Jesús me ofreció su casa de Galilea, un pequeño pueblo cerca de Logroño. No pude rechazar la perspectiva de unas vacaciones gratis, amén de que llamarme Jesús (sí, yo también) y pasar las vacaciones en Galilea, parecía lo más natural. Y he de decir que, pese a que en general han sido unos días agradables, ser Jesús en Galilea resultó mucho más duro de lo que nunca imaginé.
He pasado todas las vacaciones multiplicando panes, además de peces, y realizando todo tipo de milagros que, de verdad, no debería alternar con mis días de descanso. Enfín, he devuelto la luz a los ciegos, el sonido a los sordos y la palabra a los mudos, apañé a un par de cojos para que anduvieran con soltura e incluso el viernes estuve a punto de realizar una rápida resurrección, que por no fastidiarles el entierro a los del pueblo que tan bien les estaba quedando y porque creí que tal vez fuera cierto que la naturaleza es sabia y que si había decidido que al viejo Damián le había llegado su hora a los ochenta y ocho años por algo sería.
El sábado, sin embargo, la casualidad quiso que escuchara una conversación entre la alcaldesa y la oposición, el otro concejal, expresando su coincidencia en la voluntad de redondear el programa de fiestas del mes de agosto con una espectacular crucifixión, que si bien no pude enterarme de en quién habían pensado para tan apreciado papel, dadas mis últimas intervenciones en el pueblo y el sospechoso silencio con que fue recibida mi llegada al bar del Santi decidí que, por si habían considerado hacerle a uno el honor, estaría bastante más seguro en Donosti. Además si hay que hacer un esfuerzo y milagrear un poco, pues vale, aunque sea durante mis vacaciones, pero las pasiones y los martirios nunca se me han dado bien que por algo uno es de naturaleza quejica y tirando a miedoso. 

Así que, dejé una prolija e instructiva epístola para que el párroco leyera durante la próxima misa y que explicaba al pueblo de Galilea que a mí se me daban bien los milagros y demás intervenciones divinas mientras que mi cuñado Jesús, más dotado para el drama, se encargaría de sufrir una pasión dignísima a nada que se lo pidieran con educación. Después cogí billetes para el autobús de las diez de la mañana del lunes.
Por si acaso.

13 abril 2009

Apóstata no practicante


Con motivo del proyecto de ley sobre el aborto, me veo de nuevo integrado en un segmento de población, utilizado en las encuestas que realizan los distintos medios de comunicación, que se llama católico no practicante. Por una vez me paro a pensar en qué significa ser católico no practicante. Durante muchos años me he limitado, como seguramente habréis hecho muchos de vosotros, a creer que era ser católico y no ir a misa, pero hoy, no sé por qué, me resulta demasiado simple y vago. No me vale. Así que lo amplío y pienso que es un católico que no participa de los ritos propios de su Iglesia. Pero me encuentro con que conozco a muchos, poco católicos digamos, que se casan, bautizan a sus hijos y acuden, espero que con poca frecuencia, a funerales. Yo mismo participo de estos ritos con frecuencia aunque sólo sea como asistente. Y seguramente cuando muera, aunque sólo sea entonces, mis seres queridos celebrarán un funeral en el que un cura que no me conoce hablará de lo gran tipo que he sido y del sitio de privilegio que Dios me tiene reservado en el cielo. Sin embargo no creo que eso me convierta en católico, aunque lleve detrás la coletilla de no practicante. Tampoco tiene nada que ver con el comportamiento social y ético que uno mantiene, suponiendo que Hannibal Lecter hubiera sido bautizado resulta gracioso pensar en él como un católico no practicante, sobre todo si uno tiene la mala suerte de acabar formando parte de su menú.
Así que llego a la conclusión de que un católico no practicante es una persona que fue apuntada a la Iglesia por medio del bautizo, que incluso hizo la Primera Comunión, como es mi caso, y que después de esto no ha querido saber nada de la Iglesia el resto de su vida. Y no sé a los demás, pero a mí, me da bastante rabia que se me siga considerando católico, según para qué intereses, así que propongo que se me incluya en otro segmento de población que se podría llamar "apóstata no practicante". Si borrarse de la Iglesia fuera tan sencillo como marcar la casilla de darse de baja en la web de la parroquia, yo lo haría. Y si tú lo harías también, eres, como yo, un apóstata no practicante. Y la Iglesia ya no podrá usarnos para ampliar sus estadísticas de socios.

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