La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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viernes, 22 de octubre de 2010

Crepita el fuego en el crepúsculo






Crepita el fuego en el crepúsculo.
El lado de la lluvia desarma el cobre,
trae desde muy lejos brotes de cierzo.
Te espero en la noche.
Te miro en la noche más larga,
entre los dedos húmedos del silencio,
cuando tu cuerpo es casi una vela al viento,
desnuda entre los jirones de una cama de sábanas moradas
y un puente tendido al río de barcas vacías y cañaverales.
Te espero en el humo,
entre la brasa de un cigarrillo rubio y la oscuridad,
mientras despacio desembalas a la gata interior
y te transformas devorando con pequeños mordiscos una manzana.
Oigo tus dientes, escucho la jugosidad de tu boca,
y al acercarte a mi, buscas rozarme con la dureza de tus pechos,
nace esa sensación que en un instante abre una puerta
y crea un sendero entre los dos en el cual sobran las palabras.




F



miércoles, 13 de octubre de 2010

Traes un puente de lluvia







Traes un puente de lluvia y de silencio detrás de las mieses.
Apagadas las horas de los pájaros
el viento mece la tarde y se demora en los cauces de la espera.
Veo pasar las nubes cargadas de harapientos oropeles,
la humedad sin rostro bulle en el aire
¡Que sagaz es el agua cuando se vierte sin pudor en la corriente!.
Quebrada y dulce lluvia.
Un océano me persigue para llamarme por mi nombre,
sin luz y sin árboles, solo vestido por la bruma de la tierra.
Me rodeo de ti y de tu sombra en el bullir de los dedos,
lamo cada instante que vivo contigo y me señalo débil,
ahora soy una mancha de arena mojada
en mitad de una vieja carretera al mar.
Octubre se dirime en el último rayo,
el otoño calcula los colores del invierno
y es roja y de nieve la cumbre en su devorado adiós.
Hay crepúsculos habitados por salmos y devotas campanas,
mientras tu boca no deja que amaine el largo gemido
y busca recodos de olvido prendidos a mi carne.
Enciende el fuego, trae el vino y hazme tu copa.
Afuera se ha ido el sol naufrago de laboriosas luces,
adentro crepita todo lo que has prendido en esta pequeña habitación.





F


domingo, 26 de septiembre de 2010

Un día de otoño






No resisten los crepúsculos el avance del año
y con los últimos meses caen con estrépito ante cualquier mirada.
Sigo sintiendo frío
y sé de la tristeza de la lluvia de principios de otoño.
Mi cuerpo sigue recordando estremecido tus labios,
y con el calor de tu boca tengo, todavía,
las pequeñas señales de tus uñas en mi espalda.
Rasgo los atardeceres como las hojas de un periódico leído,
hay en este café demasiadas cosas que tienen las huellas de tu paso
y sí, es cierto, es de los pocos sitios donde sirven un buen oporto.
Algo se me escapa, la vida suele plantearme incertidumbres,
pero no logro percibir
todo lo que un día de lluvia puede arrastrar con su silencio.
Hay un gran escaparate a la calle peatonal,
se dejan ver los primeros paraguas y afloran las gabardinas,
con ellas viene esa sensación tan particular
que acumulas hasta los alrededores del invierno,
donde todos somos un poco más introvertidos
y las ausencias calan y crean una pertinaz alarma en la piel.






F


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