Son esas escenas que, de pronto, sin buscarlas ni esperarlas, se presentan ante los ojos del viajero. Escenas sencillas que alimentan y dan sentido a los ruidos de la calle; escenas sin duda intrascendentes, efímeras y circunstanciales aunque con un significado que induce a la mirada, a la reflexión y al comentario. Ocurrió el pasado fin de semana durante la visita que hicimos varios amigos a la villa palentina de Paredes de Nava, dentro de esos recorridos que nos gusta efectuar a la búsqueda de sorpresas, curiosidades y sensaciones novedosas. Siempre me ha atraído el lugar que vio nacer al pintor Pedro Berruguete, a su hijo Alonso, escultor, y al poeta Jorge Manrique. Es un lugar interesante desde el punto de vista histórico, con notable riqueza monumental y con un plan de recuperación arquitectónica francamente admirable. A los pocos días, averigüé que se debe a un Plan de Rehabilitación Integrada, aplicado al conjunto de los cinco pueblos, entre ellos Paredes, que configuran el área llamada Tierras del Renacimiento. A ella he dedicado la referencia que merece en una publicación científica sobre las Areas de Rehabilitación Integrada en Castilla y León, que se publicará en breve.
Al llegar a la Plaza Mayor me llamó la atención la escena. Un grupo de niños latinoamericanos jugaban y se divertían ante la atenta mirada de Jorge Manrique, el celebérrimo autor de las Coplas a la muerte de su padre, considerada una pieza esencial de la poesía medieval española. Es una obra que he leido muchas veces, que me sé casi de memoria, como tantos que en algún momento de su vida han recitado aquello de “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte…”, o “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar” o “cualquiera tiempo pasado fue mejor”….
La figura silente e impávida del poeta, de imagen juvenil, se veia agasajada por las voces animadas de los niños que lo utilizaban como pieza central de sus juegos. Por lo que averigüé, eran niños recién llegados de Michoacán. De las tierras altas mexicanas a las tierras abiertas y elevadas de la Tierra de Campos. Todo un mundo de contrastes se abría a su mirada, seguramente proyectada ahora por vez primera al mundo exterior.
Nada sabrían entonces de quién fue el que ahora les acogía en su regazo y les permitía disfrutar de la placidez en una tarde tranquila del otoño castellano. Pero lo acabarán sabiendo con el tiempo y hasta es posible que lo valoren como una referencia visual indisociable de su infancia. Mas de lo que no hay que dudar es que, pese a su inmaterialidad y a su mirada perdida, la imagen del poeta, que cantó a la vida en su tránsito hacia el mar, se sintió reconfortada con la presencia cercana y cálida de unos seres inocentes que, en los primeros años de su vida y llegados de la América descubierta a los pocos años de su fallecimiento, se abren a un mundo lleno de esperanzas e incertidumbres a la vera del poeta en el pais que les acoge y que ni se imaginan lo que va a suponer en sus trayectorias vitales.
Por cierto, deben saber que Paredes de Nava es también el pueblo natal de Gregoria Matorras, la madre del General José de San Martín, el Libertador de Argentina, Chile y Perú, y a la que el pueblo dedica una altiva escultura, a la que acompaña, entre otras, una lápida que "el niño argentino" dedica a tan relevante dama. Su lectura no tiene desperdicio.

Por cierto, deben saber que Paredes de Nava es también el pueblo natal de Gregoria Matorras, la madre del General José de San Martín, el Libertador de Argentina, Chile y Perú, y a la que el pueblo dedica una altiva escultura, a la que acompaña, entre otras, una lápida que "el niño argentino" dedica a tan relevante dama. Su lectura no tiene desperdicio.