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20 de enero de 2026

El interesante discurso de Mark Carney ante el Foro de Davos

 



Dado su indudable interés, las valiosas reflexiones planteadas y la oportunidad del momento, me parece pertinente, como documento aleccionador, insertar el discurso integro pronunciado el 20 de enero de 2026 por el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en la Cumbre de Davos: 


“Es un placer, y un deber, estar con ustedes en este momento decisivo para Canadá y para el mundo.

Hoy hablaré sobre la ruptura del orden mundial, el fin de una bonita historia y el comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite.

Pero también les digo que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que encarne nuestros valores, como el respeto por los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.

Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma. Y, ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a apaciguar para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que la docilidad les garantice la seguridad.

No será así.

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él, planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se mantenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero colocaba un cartel en su escaparate: ‘¡Proletarios de todos los países, uníos!’. Él no creía en ello. Nadie cree en ello. Pero coloca el cartel de todos modos, para evitar problemas, para mostrar su conformidad, para llevarse bien con los demás. Y, como todos los tenderos de todas las calles hacen lo mismo, el sistema persiste.

No solo a través de la violencia, sino también a través de la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos.

Havel lo llamó ‘vivir en una mentira’. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar así, cuando el verdulero quita su cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse.

Es hora de que las empresas y los países quiten sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de controversias.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las diferencias entre la retórica y la realidad.

Ese acuerdo ya no funciona.

Permítanme ser directo: nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición.

Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica pusieron de manifiesto los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar.

No se puede ‘vivir en la mentira’ del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.

Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC [Organización Mundial del Comercio], la ONU, la COP [Conferencia de las Partes, la cumbre anual de Naciones Unidas sobre el cambio climático]—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, se han visto muy mermadas.

Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en materia de energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de combustible o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.

Pero seamos claros sobre adónde nos lleva esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de normas y valores para perseguir sin obstáculos su poder e intereses, los beneficios del ‘transaccionalismo’ serán más difíciles de replicar. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar continuamente sus relaciones.

Los aliados se diversificarán para protegerse contra la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía, una soberanía que antes se basaba en las normas, pero que cada vez se fundamentará más en la capacidad de resistir la presión.

Como ya he dicho, esta gestión clásica del riesgo tiene un precio, pero el coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que construir cada uno su propia fortaleza. Las normas compartidas reducen la fragmentación. Las complementariedades son sumas positivas.

La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si adaptarse a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La cuestión es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestra antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado ‘realismo basado en valores’ o, dicho de otro modo, nuestro objetivo es ser pragmáticos y guiarnos por principios.

Esos principios que nos guían son nuestro compromiso con los valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza, salvo cuando sea conforme con la Carta de las Naciones Unidas y el respeto de los derechos humanos.

Somos pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos comprometemos de manera amplia y estratégica, con los ojos bien abiertos. Aceptamos activamente el mundo tal y como es, sin esperar a que sea como deseamos.

Canadá está calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos dando prioridad a una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del orden mundial, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego para el futuro.

Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.

Estamos construyendo esa fortaleza en nuestro país.

Desde que mi gobierno asumió el poder, hemos reducido los impuestos sobre los ingresos, las ganancias de capital y la inversión empresarial, hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial y estamos acelerando una inversión de un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y mucho más.

Vamos a duplicar nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos haciendo de manera que se fortalezcan nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, el acuerdo europeo de adquisición de material de defensa.

En los últimos seis meses hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes.

En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar.

Estamos negociando acuerdos de libre comercio con la India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Para ayudar a resolver los problemas mundiales, estamos aplicando una geometría variable, es decir, diferentes coaliciones para diferentes cuestiones, basadas en valores e intereses.

En lo que respecta a Ucrania, somos un miembro fundamental de la Coalición de los Voluntarios y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.

En cuanto a la soberanía del Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el artículo 5 [de la OTAN] es inquebrantable.

Estamos trabajando con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los ocho países nórdicos y bálticos) para reforzar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, entre otras cosas mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares de horizonte lejano, submarinos, aviones y tropas sobre el terreno. Canadá se opone firmemente a los aranceles sobre Groenlandia y pide que se celebren conversaciones específicas para alcanzar los objetivos comunes de seguridad y prosperidad para el Ártico.

En materia de comercio plurilateral, defendemos los esfuerzos por tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas.

En cuanto a los minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse del suministro concentrado.

En materia de inteligencia artificial, estamos cooperando con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemonías e hypercalers [grandes empresas de servicios de infraestructura y nube privada, que cuentan incluso con millones de servidores].

No se trata de un multilateralismo ingenuo. Tampoco se trata de depender de instituciones debilitadas. Se trata de crear coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, esto supondrá la gran mayoría de las naciones.

Y se trata de crear una densa red de conexiones entre el comercio, la inversión y la cultura, a la que podamos recurrir para afrontar los retos y oportunidades del futuro.

Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.

Las grandes potencias pueden permitirse actuar por su cuenta. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar las condiciones. Las potencias medias, no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes.

Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía al tiempo que se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto.

No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos.

Lo que me lleva de vuelta a Havel.

¿Qué significaría para las potencias medias ‘vivir en la verdad’?

Significa llamar a las cosas por su nombre. Dejar de invocar el ‘orden internacional basado en normas’ como si siguiera funcionando tal y como se anunciaba. Llamar al sistema por lo que es: un periodo de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a los aliados y a los rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica procedente de una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, estamos manteniendo el cartel en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y acuerdos que funcionen tal y como se describe.

Y significa reducir la capacidad de influencia que permite la coacción. Construir una economía nacional fuerte siempre debe ser la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica, es la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Tenemos vastas reservas de minerales críticos. Contamos con la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más grandes y sofisticados del mundo. Tenemos capital, talento y un gobierno con una inmensa capacidad fiscal para actuar con decisión.

Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestra arena pública es ruidosa, diversa y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad.

Somos un socio estable y fiable —en un mundo que es todo lo contrario—, un socio que construye y valora las relaciones a largo plazo.

Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia.

Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal y como es.

Estamos quitando el cartel de la ventana.

El antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.

Pero, a partir de esa fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.

Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de fortalecer nuestra posición interna y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos con franqueza y confianza.

Y es un camino abierto a cualquier país que desee recorrerlo con nosotros".

4 de septiembre de 2025

Horizontes de incertidumbre en la geopolítica mundial

 La geopolítica mundial está cambiando a pasos agigantados. Es el momento de los análisis rigurosos, de las interpretaciones bien fundamentadas, de las prospectivas capaces de ilustrar lo que está sucediendo como soporte argumental de lo que puede suceder.



La última reunión de la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai merece especial atención. Es un hecho que precisa reflexión a fondo por las importantes repercusiones que pudiera tener. ¿Hasta qué punto puede entenderse como una reacción al trumpismo arancelario y como provocación respondida por China con una contundencia que sorprende y que seguramente va a suponer un fuerte impacto en el despliegue de las paranoias imprevisibles del errático Donald Trump? ¿De qué manera el Putin ruso, criminal de guerra declarado, está sacando beneficio de esa provocación, con implicaciones indudables en relación con el futuro de Ucrania? ¿Cómo valorar la presencia activa de India en esa configuración reforzada del poder de Asia por lo que supone de desentendimiento de ese país hacia Estados Unidos que siempre le creyó afín?

¿Y qué decir de los BRICS que, conscientes de su dimensión de escala, cuestionan el valor referencial del dólar mientras tratan de afianzarse como un vigoroso espacio productivo y comercial integrado? ¿Qué perspectivas cabe augurar en este contexto al futuro de Palestina una vez comprobado por parte del régimen criminal de Israel que puede culminar su histórico plan genocida, utilizando el terrorismo de Hamás como pretexto, sin otra réplica que las manifestaciones puntuales de rechazo y con la complicidad indecente de todos los poderes de la Tierra? ¿Qué horizonte se perfila para el Derecho Internacional y los organismos de cooperación y defensa de los derechos humanos a escala mundial?
Y, last but not least, ¿Qué papel corresponde desempeñar a la Unión Europea, emparedada entre dos imperios concurrentes, amenazadas sus democracias y su identificación con la defensa de los derechos humanos por la xenofobia y el populismo fanático que socavan la solidez de sus propios pilares constitutivos? Una pregunta necesitada de respuesta cuando se asiste a un deterioro de la confianza en la democracia.

20 de julio de 2025

El epicentro de la tensión mundial

 


El epicentro de la tensión mundial. Un espacio de conflicto permanente. La cartografía como soporte esencial para conocer e interpretar la realidad.

28 de junio de 2025

Palestina es la brújula moral del mundo

 

Incluyo este texto porque creo que resume con claridad la dimensión y las connotaciones de la tragedia palestina. Rebasa con creces los límites espaciales de este pequeño territorio del Oriente Medio para significar hasta qué punto simboliza en nuestros días los riesgos a los que se enfrenta la decencia de la comunidad internacional ante la inconcebible e impúdica impunidad de que goza la práctica sistemática y deliberadamente genocida del Estado de Israel, ese país en el que un criminal de guerra y reconocido corrupto ha llegado a ser primer ministro. Abyecto y depravado palmarés el de ese Estado que tanto prometía.
Un genocidio que con valentía y dignidad ha denunciado el Presidente del Gobierno de España, singularizándose de la hipocresía y el silencio cómplice de los dirigentes del mundo. Ninguno ha levantado la voz con tanta contundencia. Ninguno. Lo que pone a prueba la insensibilidad y la baja altura moral del panorama político contemporáneo.
Y es que ciertamente cuanto sucede en esa tierra tan brutalmente castigada - convertida por el ocupante en un campo de concentración y exterminio - se identifica con la BRUJULA MORAL en torno a la cual gravita la crítica situación en que se encuentran el Derecho Internacional y la defensa de los Derechos Humanos. Inequivoca piedra de toque de los problemas de nuestra época, su trascendencia es incuestionable. Por eso lo traigo aquí.
A ello se refiere el intelectual argelino Akram Belkaid, miembro del Consejo de Redacción del prestigioso Orient XXI https://orientxxi.info/es cuando escribe:
"Los palestinos no tienen nada. Su Estado no existe, ningún país reconoce sus pasaportes; muchos viajan, cuando pueden, con documentos jordanos o de otras nacionalidades. Su realidad cotidiana, en Rafah, Gaza, Nablus, Ramala o Hebrón, es el resultado de un proceso devastador donde la arbitrariedad y el acaparamiento de tierras se acompañan de una legislación excepcional que convierte a Israel en un Estado de apartheid. En este sentido, la causa palestina se suma a las luchas por la independencia y desafía a todos aquellos que se niegan a aceptar que el colonialismo arcaico viola el derecho internacional con impunidad. Es, ante todo, una cuestión de justicia.
Desde la respuesta de Israel a los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023, lo que ha estado sucediendo en Gaza —bombardeos intensivos, asedio y el uso del arma del hambre— demuestra una crueldad y un laissez-faire occidental raramente vistos en las últimas décadas. ¿Qué podría impedir que otros países desaten tal violencia mientras se arrogan la impunidad de la que goza Israel?"

20 de mayo de 2025

El viejo sueño israelí de vaciar Gaza

 

RECOJO AQUI, TRADUCIDO DEL FRANCÉS, EL EXCELENTE ARTICULO DE ALAIN GRESH SOBRE LA HISTORIA DE LA POLITICA DE ISRAEL EN GAZA Y SOBRE LA TEORÍA DE "LA GRAN CONMOCIÓN" QUE HA DADO ORIGEN AL EXTERMINIO QUE EN TODOS LOS SENTIDOS PADECEN LA SOCIEDAD Y EL TERRITORIO PALESTINOS. IMPORTANCIA DE LA GEOGRAFÍA Y LA HISTORIA PARA ENTENDER LO QUE PASA.


La propuesta del presidente estadounidense Donald Trump de deportar a más de dos millones de palestinos gazatíes a Egipto y Jordania ha suscitado reacciones muy diversas y un importante apoyo en Israel. Se corresponde con viejos proyectos del movimiento sionista y del establishment israelí, para el que este territorio representa, desde 1949, un obstáculo duradero que debe ser erradicado.

“Me gustaría que Gaza se hundiera en el mar”. Estamos en septiembre de 1992. La Unión Soviética ha desaparecido y, una tras otra, las diversas crisis internacionales que jalonaban la Guerra Fría, desde África meridional hasta Centroamérica, se van cerrando. Israel discute en Washington con los países árabes, así como con una delegación jordano-palestina sobre el futuro de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este. El hombre que ha expresado el deseo de ver cómo desaparece Gaza a la vez que negocia con los palestinos acaba de ganar las elecciones israelíes de junio de 1992, en las que ha derrotado a una coalición de derecha dirigida por Isaac Shamir. Se llama Isaac Rabin. Un extremista judío lo asesinará dos años después por firmar los Acuerdos de Oslo de 1993. Aunque Rabin precisa entonces que su deseo de ver cómo Gaza se hunde en el mar le parece poco realista, sabe que gran parte de sus compatriotas y de sus oponentes políticos comparten su afán de acabar con este territorio donde las esperanzas de terminar con el pueblo palestino llevan cincuenta años estrellándose.

La ciudad portuaria de Gaza tiene una larga historia, en ocasiones gloriosa, que se remonta a la Antigüedad. Pero la “Franja de Gaza” nunca constituyó una entidad administrativa homogénea, ni en tiempos del Imperio otomano ni bajo el mandato británico (1922-1948). La guerra árabe-israelí de 1948-1949 dibujó sus contornos. Tras ella, Israel aumentó su territorio en comparación con el plan de reparto de Palestina aprobado el 29 de noviembre de 1947 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. De esta ampliación escaparon Cisjordania y Jerusalén Este (que se verían anexionados por Jordania), así como 365 kilómetros cuadrados en la frontera con el Sinaí: un jirón de tierra que incluía la ciudad de Gaza. Su estatuto seguiría siendo incierto durante mucho tiempo, ya que Egipto, que la controlaba, entró en un periodo de convulsiones con el derrocamiento del rey Faruk el 23 de julio de 1952.Gaza se caracterizaba por una gran proporción de refugiados en su población. A los 80.000 habitantes originales procedentes de la Nakba [la ‘catástrofe’] de 1948-1949 se les añadieron entre 200.000 y 250.000 palestinos expulsados de sus hogares. 

Una única esperanza los movía: el regreso. Aquellos a quienes Israel denuncia como “infiltrados” atraviesan la línea de alto el fuego para recuperar sus bienes confiscados o bien para vengarse. Fue Moshé Dayán, el por entonces jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, quien mejor comprendió su mentalidad tras el asesinato del miembro de un kibutz cercano a la frontera con Gaza, en abril de 1956: “No culpemos a los responsables de su muerte —declaró en el funeral de un joven oficial—. Llevan ocho años instalados en campos de refugiados y nos apropiamos ante sus ojos de las tierras y los pueblos donde vivían ellos y sus padres”.A las acciones individuales de los “infiltrados” les sucedieron las acciones colectivas de una nueva generación de militantes. Primero, contra las mortíferas incursiones de Israel, que creó una unidad secreta para “atacar en origen los núcleos de la infiltración” (1) dirigida por un ambicioso oficial que acabaría convirtiéndose en primer ministro del país, Ariel Sharón; y, más adelante, contra el proyecto concebido por El Cairo junto con la Agencia para los Refugiados de Palestina (UNRWA) de instalar a decenas de miles de refugiados en el Sinaí.

 El mortífero ataque israelí del 28 de febrero de 1955, que causó decenas de víctimas mortales, llevó a una intifada en Gaza el 1 de marzo, animada por un comité de coordinación que agrupaba a Hermanos Musulmanes, comunistas, nacionalistas e independentistas. “Firmaron el proyecto del Sinaí con tinta, nosotros lo tacharemos con nuestra sangre”, “Traslado no, asentamiento no”, se coreaba en las calles de la ciudad y, al cabo de poco, en todo el territorio. Los manifestantes abucheaban a Israel, a Estados Unidos y al nuevo hombre fuerte de Egipto, Gamal Abdel Nasser. Reclamaban armas, entrenamiento militar y el derecho a organizarse. El movimiento se extendió hasta El Cairo. El rais aceptó recibir a los organizadores, prometió abandonar el proyecto de asentamiento y ayudar con la creación de milicias. 

Fue entonces cuando Nasser formalizó el estatuto del territorio. El 11 de mayo de 1955 promulgó una “ley fundamental de la región bajo control de las fuerzas egipcias en Palestina”. La ley convirtió Gaza en la única porción de la Palestina histórica que conservaba la autonomía y mantenía viva la idea de un Estado y la del drama de los refugiados palestinos.Nasser se radicalizó a medida que perdía la fe en las negociaciones para llegar a una paz supervisadas por británicos o estadounidenses. Asistió a la conferencia de países no alineados de Bandung en abril de 1955; firmó un acuerdo de compra de armas con Checoslovaquia, hecho público en septiembre de 1955 —rompiendo así lo que era un monopolio occidental en Oriente Próximo—; y anunció también la creación de unidades palestinas en Gaza, aunque bajo vigilancia estricta: el rais desconfiaba de toda acción que corriera el riesgo de embarcarlo en una guerra con Israel, y no dudaba en perseguir y encarcelar a los militantes más exaltados. 

En el horno de Gaza se forjaron los dirigentes que tuvieron un papel de primera importancia en Al Fatah, en especial Jalil al Wazir (Abú Yihad) y Mohamed Jalaf (Abú Iyad), que serían los principales ayudantes de Yasir Arafat (2). Dadas las fluctuaciones de Nasser y la subordinación de sus reivindicaciones a la política regional e internacional de El Cairo, conservaron una desconfianza duradera a propósito de los regímenes árabes. La liberación de los palestinos solo podía llegar de manos de los propios palestinos.

 “Por razones de seguridad”

En abril de 1955, el Gobierno israelí discutió una propuesta de David Ben-Gurión, el por entonces ministro de Defensa, para ocupar Gaza. El Gabinete la rechazó, pero no pasó de ser un aplazamiento. Cuando, el 26 de julio de 1956, Nasser nacionalizó la Compañía del Canal de Suez, los Gobiernos británico, francés e israelí decidieron derrocarlo. Cada capital perseguía sus propios objetivos. París quería ganar en Egipto la guerra que estaba perdiendo en Argelia, eliminando los envíos de armas al Frente de Liberación Nacional (FLN); el Reino Unido confiaba en recuperar su declinante influencia en Oriente Próximo, e Israel se proponía ampliar sus conquistas, especialmente en Gaza. 

La ocupación de este último territorio se extendió del 2 de noviembre de 1956 al 7 de marzo de 1957. Fue preciso un ultimátum estadounidense para imponer la retirada a un Gobierno israelí que se mostraba más que reticente a emprenderla. Conocemos bien los episodios de lo que se dio en llamar la “crisis de Suez”, pero algo menos lo que sucedió en Gaza durante aquella primera ocupación. Con muchos de los dirigentes palestinos encarcelados en Egipto, los intentos de resistencia armada fueron limitados. No así la represión israelí. “Con entre 930 y 1200 personas asesinadas (para una población de 330.000 habitantes), el saldo en víctimas mortales […] fue terriblemente elevado —recuerda el historiador Jean-Pierre Filiu—. Si a ello le añadimos el número de heridos, encarcelados y torturados, cerca de un habitante de cada cien sufrió en sus propias carnes la violencia del invasor”.

El regreso de la administración egipcia, reclamado unánimemente por la población de Gaza, abrió un periodo de relativa calma. Las incursiones israelíes se volvieron menos numerosas, al igual que los “infiltrados”. Nasser consolidó su liderazgo en el mundo árabe y se impuso la idea de que la unidad árabe permitiría la liberación de Palestina. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP), estrechamente controlada por El Cairo, nació en 1964 a partir de una decisión de la Liga Árabe, mientras que Al Fatah, creado por Yasir Arafat, realizó sus primeras acciones armadas desde Jordania en enero de 1965. Entretanto, Gaza se convirtió para Nasser en un escaparate del calvario palestino. Por allí pasaron Ernesto “Che” Guevara (1959), así como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir (1967). El viaje de la célebre pareja les inspiró escasa empatía por los refugiados; frente a su sino, la autora de El segundo sexo se preguntaba: “¿No eran en parte responsables?” (3).

En los meses que siguieron a la guerra de junio de 1967 y la nueva ocupación de Gaza, el Gobierno israelí expulsó a Jordania a 75.000 personas —la primera ministra Golda Meir los acusó de constituir una “quinta columna”—, mientras que a 25.000 más, que se encontraban en el exterior en el momento del conflicto, se les impidió volver. Entre 40.000 y 50.000 civiles huyeron. En 1968 se crearon dos colonias israelíes en Gaza. Aunque los fedayín (combatientes) lanzaban desde Jordania acciones armadas en Cisjordania, fue en Gaza donde se organizó la resistencia armada más larga, sin retaguardia, apoyada de forma masiva por la población de los campos. Se creó un frente amplio, pero sin los Hermanos Musulmanes, que eligieron la vía de la legalidad hasta 1987, con la creación de Hamás. Hubo que esperar a 1971 para que el Ejército israelí asegurara su control sobre Gaza bajo la dirección de Ariel Sharón, cuyos buldóceres abrieron grandes vías para permitir el paso de los vehículos blindados. Decenas de miles de habitantes de los campos de refugiados fueron perseguidos y miles de viviendas, destruidas. Las masacres de 1970 y 1971, tras las de 1956, se marcaron en la piel y en la memoria de los palestinos, sin mermar su voluntad de resistencia.

De ahí la recuperación de una vieja idea del movimiento sionista, “el traslado”, púdica palabra para referirse a una limpieza étnica, a la expulsión de los habitantes de sus hogares. “El traslado —como resume el periodista e historiador israelí Tom Segev— es la esencia misma del sueño sionista”. En el seno de un Gobierno israelí dominado por la “izquierda”, los ministros debatieron durante meses sobre el asunto, sin tabú alguno (4). “Les decimos que se vayan a El Arish [en el Sinaí] o a otra parte —explica uno de ellos—. Les damos primero la posibilidad de hacerlo voluntariamente. Si la persona en cuestión no recoge sus cosas, hacemos venir un buldócer para demoler su casa. Si aún queda gente, la expulsamos. Les damos 48 horas”. Otro admite: “Si queremos que este territorio sea parte del Estado de Israel, debemos deshacernos de una parte de su población, cueste lo que cueste”. Un tercero añade que no debe dudarse en usar la coerción: “Se trata de un dolor puntual y se puede explicar que es necesario por razones de seguridad”. Uno de los ministros, tras reconocer que no se dan las condiciones a nivel internacional para una operación semejante, hace la siguiente observación premonitoria: el uso de la fuerza solo será posible en el contexto “de una gran conmoción”.

Espíritu de resistencia gazatí y "la gran conmoción"


Una vez aplastada la resistencia armada en Gaza, la política pasó al primer plano. La OLP y sus diversas organizaciones se consolidaron en detrimento de las élites tradicionales. Poco tiene de casual que la primera intifada estallara en el enclave el 9 de diciembre de 1987. El conflicto supuso una importante alteración del orden de cosas y desembocó en la proclamación del Estado palestino durante una reunión del Consejo Nacional Palestino en 1988, en el marco de lo que se llamaría el “proceso de Oslo”. Su fracaso reforzó a Hamás, que lo había denunciado y que venció en las elecciones legislativas de 2005. 

La negativa de Estados Unidos y la Unión Europea de aceptar el resultado electoral, así como las diversas presiones árabes e internacionales y el sectarismo tanto de Al Fatah como de Hamás alimentaron las divisiones y llevaron a que el segundo se hiciera con el poder en Gaza. Israel decretó entonces un bloqueo del territorio y emprendió media docena de guerras sucesivas hasta el ataque del 7 de octubre de 2023.La tan esperada “gran conmoción” sacudió Israel, que volvió a impulsar el proyecto de expulsión que el presidente Donald Trump ahora respalda. Es, sin duda, la primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que un jefe de Estado llama abiertamente a perpetrar lo que el derecho internacional califica de “crimen contra la humanidad”. En una mezcla de cinismo y avaricia, los oligarcas de su entorno ven la creación de la “Riviera de Oriente Próximo” como una oportunidad para hacer buenos negocios inmobiliarios.

El Gobierno de Israel no ha tardado en abalanzarse por la brecha abierta. El ministro de Defensa Israel Katz le ha pedido al Ejército que se prepare para la “marcha voluntaria” de los palestinos de Gaza, a lo cual añadió con patente desvergüenza: “Los habitantes de Gaza deberían ser autorizados a abandonar la región y emigrar, como sucede en todas partes del mundo” (The Times of Israel, 6 de febrero de 2025). Katz olvida que, desde 1967, Israel no concede esta “libertad” sino a condición de no volver. Bien lo saben los palestinos que, por centenares o miles, a pie, a caballo, en carreta, solos o con la familia, con o sin equipaje, han regresado a su hogar arrasado para instalarse bajo tiendas de campaña pese a todos los peligros, las bombas sin explotar o los derrumbamientos. Con ello demuestran el apego que sienten hacia su tierra y un espíritu de resistencia que no han quebrantado décadas de guerra y ocupación.

(2Lire « Gaza l’insoumise, creuset du nationalisme palestinien », Le Monde diplomatique, août 2014.

(3Simone de Beauvoir, Tout compte fait, Gallimard, Paris, 1972.


10 de enero de 2025

El insaciable control del Artico


 Ese blanco y tan ansiado y codiciado objeto de deseo. El futuro está en el deshielo que el calentamiento global provoca.

La importancia del conocimiento geográfico resulta decisiva si se quiere entender lo que sucede tanto históricamente como en la actualidad. Es una herramienta intelectual indispensable para interpretar la lógica de los hechos que afectan al turbulento mundo en que vivimos. Ya lo he comentado muchas veces: sin territorio no hay poder, pues el poder es territorio.
La isla danesa de Groenlandia cobra actualidad al socaire de la propuesta - solo eso es de momento - del presidente norteamericano electo de adquirirla.... como sea. Conviene recordar que la idea no es nueva. El presidente Andrew Johnson ya lo planteó en 1860 dando lugar a una justificación desarrollada en 1867 por el Departamento de Estado en el que se insistía, con una base empírica muy potente, en la relevancia estratégica de la isla y la riqueza de sus recursos naturales. Ello coincide con el plan desplegado por William Seward, secretario de Estado norteamericano, que se traduce en la compra de Alaska a Rusia y de la intención de hacer lo propio con Islandia y Groenlandia, aunque no llegase a materializar la oferta. Casi un siglo después, tras la SGM, Harry Truman trató de efectuar su adquisición por 100 millones de dólares, que Dinamarca rechazó.
Los argumentos que ahora se esgrimen abundan en los mismos criterios de control de la cuantiosa y variada riqueza (minera, pesca...) que el territorio encierra, a los que se suma otro que conecta con los cambios ambientales que se están produciendo en el Ártico, y que mi hija ha estudiado en profundidad desde la perspectiva del Derecho Internacional Público: la relevancia estratégica de la isla aumenta sensiblemente como consecuencia del deshielo asociado al calentamiento global y a la apertura de nuevas rutas marítimas, como lo demuestran los análisis sobre la evolución de la masa helada en el Mar de Baffin.












En este contexto se explica también la presión sobre Canadá mientras emerge y se afianza la atención y el interés que China muestra por ese territorio, al que considera cercano y en sintonía con la estrategia de confrontación geopolítica y comercial con Estados Unidos, lo que explica la obsesión de Trump con el Canal de Panamá. No olvidemos que Dinamarca forma parte de la Unión Europea, que Estados Unidos trata de minar a través de la italiana Meloni y dirigentes europeos del mismo jaez.
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