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25 de octubre de 2009

El patrimonio expoliado, ¿a quién pertenece?



Con todos los honores, como corresponde a la importancia de la pieza, el bellisimo busto de Nefertiti ha sido reinstalado en el Nuevo Museo de Berlin tras su rehabilitación, al tiempo que observamos cómo las colas adquieren a veces longitudes gigantescas cuando se trata de admirar algunas de las maravillosas exposiciones presentadas en el Museo del Quai Branly de Paris, (no se lo pierdan si visitan la capital francesa), dedicado a las Civilizaciones no occidentales de Africa, Asia, Oceanía y América. Y, ¿quién no ha quedado sin habla al contemplar en el British Museum de Londres o en el Louvre parisino las manifestaciones del arte procedente de la acrópolis ateniense o de las civilizaciones surgidas junto al Tigris y al Eufrates? Todos ellos reflejan, como valiosisimo atractivo turístico, la huella implacable del expolio provocado por la colonización y los efectos asociados a ella.

Ya nadie habla de lo que la presencia colonial supuso en aquellos pueblos sujetos a la dominación extranjera. Las leyes internacionales prohiben la explotación de unos pueblos por otros, sancionan las invasiones y condenan la usurpación de sus bienes históricos. Sin embargo, mientras la conquista y el trabajo forzado son severamente cuestionados, los objetos sustraídos durante el proceso de colonización provocan un entusiasmo sin precedentes. Muchos visitantes de esos templos del patrimonio arrebatado tienen la impresión de que siempre han estado ahí, forman parte del legado cuya ubicación la historia justifica como algo inevitable que hay que entender en función de las circunstancias que motivan la existencia de ese botín, producto del saqueo llevado a cabo sobre todo desde comienzos del siglo XIX hasta la primera guerra mundial, cuando las potencias coloniales procedieron a ese usurpación que hoy exhiben, orgullosas, en sus museos más emblemáticos.
La resolución 42-7, aprobada por la ONU en 1987, habla textualmente en su preámbulo de « La importancia que reviste la devolución de los bienes culturales que tengan para ellos (los pueblos afectados por el expolio) un valor espiritual y cultural fundamental, a fin de crear colecciones representativas de su patrimonio cultural». ¿Supondrá esa resolución algo más que una mera declaración de intenciones como a las que estamos acostumbrados cuando de medidas que afectan a los poderosos se trata?
Nadie se imagina en estos momentos que pueda producirse la devolución de tan importante legado a los paises de donde procede, por más que las reclamaciones no cesen (Grecia lo viene haciendo con reiteración desde los años ochenta) y Zahi Hawass, responsable de la conservación de los restos arqueológicos de Egipto, se haya convertido en la voz tronante que solicita la retracción sin demora. El contencioso no suscita preocupación alguna a los Estados que acaparan esos bienes. Jamás responden a las reclamaciones o, en todo caso, como ha hecho Francia, se limitan a proponer la creación de comisiones que, sin guión ni plazos, se limiten a estudiar las propuestas presentadas. El Reino Unido siempre ha mostrado un desdén absoluto ante las peticiones de Grecia de recuperar las esculturas del Partenón que adornan las salas más concurridas del British Museum, o ante la solicitud de Egipto de hacerse con la Piedra Rossetta, que permitio a Jean-François Champollion descifrar la escritura jeroglífica

Es un tema crucial de nuestro tiempo y uno de los fenómenos más representativos de lo que significó la historia colonial del mundo. De ahí que, con independencia de lo que pueda suceder y mientras admiremos en Londres, Paris o Berlin, entre otras ciudades que han capitalizado el expolio, las maravillas procedentes de los paises que antaño dominaron, lo que nunca podremos perder de vista es la inmensa lección de historia que inevitablemente habrá de ir asociada a la contemplación e interpretación de tanta riqueza rentabilizada por quienes no la crearon.

3 de diciembre de 2008

El obelisco ausente de Luxor, visualmente recuperado

Confieso que siento admiración por la figura del obelisco, esa espléndida expresión de la arquitectura ornamental que forma parte inseparable de la cultura egipcia y que constituye el símbolo más representativo del poder y la unidad de un pueblo. Con esta pretensión lo diseñaron los egipcios y con la misma finalidad cobra esa profusión en el mundo como manifestación emblemática de la historia que se desea enaltecer. Lo vemos espectacularmente en Roma, donde no hay plaza histórica relevante que no cuente con un testimonio de los obeliscos de esbelta silueta, e incluso nada sorprende que la Vía de la Conziliazione que conduce al Vaticano esté jalonada por una serie espectacular de piezas que reproducen este diseño hasta confluir en el imponente obelisco que, con sus inscripciones de origen tapadas o borradas, preside el centro mismo de la Piazza de San Pietro. La figura del obelisco se ha reproducido también en el Nuevo Mundo y, que yo sepa, es perceptible en el National Mall de Washington, en la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, cerca del Boulevard Artigas en Montevideo, en la Plaza Altamira de Caracas o en el Paseo del Prado de La Paz, pero seguro que se yergue en muchos lugares más. Siempre en el centro o próximo al centro, allí donde más puede sobresalir.



Y lo vemos, destacado y solemne, en la Place de la Concorde de Paris, donde está instalado desde 1836. Siempre que voy a esa ciudad me acerco a contemplarlo detenidamente y, casi como un acto reflejo, pienso en lo que este monumento de 230 Tns. ha significado en la historia de Francia, el esfuerzo y el ingenio que supuso su traslado desde Tebas y la imagen que transmite a quien, desde el corazón de Paris, entiende este lugar como el vértice en el que confluyen las grandes arterias y perspectivas que configuran la impresionante concepción urbanística de la capital francesa.


Todo el mundo sabe que el obelisco que preside esa Plaza es el que falta en la entrada del Templo de Luxor, donde su ausencia resulta más que ostensible. En 1830 el rey Mohamed Ali ofreció a Francia, como obsequio y con el fin de congraciarse con sus ciudadanos, los dos obeliscos que enmarcan el acceso al templo, pero sólo uno de ellos efectuó el viaje que duró más de dos años y medio en un ejemplo de alarde técnico realmente impresionante. Hay quien, ignorando las fechas, señala que fue un regalo a los franceses por su ayuda en el traslado del templo de Abu Simbel, cuando bien es sabido que el proyecto del lago Nasser data de 1956 y las obras de recuperación fueron programadas y organizadas por la UNESCO a partir de ese momento.

No, el obelisco de granito rosa de la Concordia fue retirado de su implantación originaria por un acto de sumisión y complacencia con el poderoso, muy típico de la época y revelador de la posición que entonces Francia desempeñaba en el mundo. Otro caso más de los muchos que provocan la irritación del pueblo egipcio cuando visita los Museos de Londres, de Paris o de Berlín, en los que se exponen verdaderas maravillas de la civilización del Nilo (inasumible para muchos el que el busto de Nefertiti se exponga en el Museo Egipcio de la capital alemana), procedentes del expolio, del negocio fraudulento, del engaño o simplemente de la incapacidad para retener su patrimonio hasta bien avanzado el siglo XX. Hay informaciones que señalan la crítica situación en que se encuentra el obelisco que orna la Plaza de la Concordia. Se observa deterioro en la piedra, afectada por la contaminación y las condiciones meteorológicas, lo que justifica las preocupaciones por su estado y los riesgos a que se enfrenta su conservación. De ahí las opiniones que abogan por su devolución a su lugar de origen, postura a la que me sumo plenamente. 

En la primavera de este año he visitado Egipto y, entre otros deleites, he conocido y recorrido con detalle el templo de Luxor, ubicado en la ribera oriental del Nilo. He apreciado la asimetría de la portada y echado de menos la armonía y el equilibrio estéticos que sus artífices pretendieron darle cuando lo construyeron hacia 1500 a.C.. Aunque es evidente que esa sensación de vacío quedará para siempre, logré neutralizarla en parte cuando Maria Antonia y yo encontramos en un anticuario de El Cairo un grabado auténtico, fechado a comienzos del siglo XIX, donde figuran los dos obeliscos que entonces delimitaban el acceso al templo de Luxor. Quien no se conforma es porque no quiere, y en nuestro caso la visión del grabado nos devuelve la autenticidad del escenario original.

Visiones parecidas sobre el extraordinario legado artístico de Egipto permite sin duda a quien lo desee la magnífica colección que cuidadosamente ha conseguido agrupar el atento propietario de la galería de arte y libros antiguos situada en la Avenida Qasr el-Nil de El Cairo, donde lo adquirimos. Está a un paso del Museo de Antigüedades Egípcias y casi al frente de la famosa cafetería Groppi`s, de cuidada estética art déco, y además un espacio muy grato para tomar un té en el lugar que se enorgullece de haber sido en otro tiempo el suministrador de tan preciada planta a la Casa Real británica. Si viajan a El Cairo, no se pierdan este paseo. Ningún paquete turístico lo incluye, aunque la seguridad esté garantizada y el contacto directo con la calle no tenga desperdicio.

27 de mayo de 2008

El Amazonas: un patrimonio de todos

La Sociedad Geográfica de Lima ha respaldado, como no podía ser de otro modo, la versión de Jacek Palkiewicz, explorador polaco e intrépido viajero en la América profunda, sobre el origen exacto del río Amazonas. La exactitud que establece es absoluta: el gran curso fluvial, que desde los Andes atraviesa Sudamérica de Oeste a Este hasta culminar en el Atlántico, nace en el Nevado Quehuisha, en la región peruana de Arequipa, a 5.179 metros de altitud. El hecho de haber fijado el nacimiento en ese punto sitúa al Amazonas a la cabecera del cuadro de honor de los ríos del mundo. Con sus 7.040 Kilómetros desbanca de la primera posición al que hasta ahora la había ostentado, el "río de los mil ríos", "el río de la vida", es decir, el Nilo, con sus 6.693 Kms. Una diferencia exigua, pero diferencia al cabo. En tan enorme longitud, ¿significa algo, de existir, esa diferencia?


Ahora bien, a falta de conocer y valorar los métodos utilizados por nuestro colega polaco, cuesta asumir que el origen de un río como el Amazonas pueda detallarse con tanta precisión. Siempre hemos entendido que un colector fluvial, incluso de menor tamaño, no surge en un punto determinado y de ahi parte linealmente en su camino hacia el mar. Son múltiples las referencias hídricas, numerosos los lugares donde el agua aflora, se entrecruza y va formando la urdimbre que progresivamente consigue dar forma a un río con su estructura y sus variaciones de caudal, reforzadas por los aportes que les suministran los afluentes que vertebran su propia red. Un sistema complejo casi siempre, eso es lo que es. Incluso en el caso del Nilo, los admirables exploradores británicos que se arriesgaron a investigar "las montañas de la Luna", donde se cree que nace el rio que fundamenta la civilización egipcia, nunca tuvieron la total seguridad de que del lago Victoria salían los flujos que avenarían hasta el Mediterráneo.


La propia Royal Geographical Society de Londres se ha mostrado cautelosa con la aseveración del polaco y con la ratificación hecha por su Asociación colega del Perú. Prefiere mantener la reserva a que obliga la dificultad de concretar algo tan difuso como es la génesis y la trayectoria de un curso de agua, que se complican cuanto mayor magnitud poseen.


Por mi parte, enhorabuena al Perú y felicitaciones también al Ecuador, cuya gloria en el descubrimiento del río Amazonas, tal y como figura en la placa colocada en la Plaza de Armas de Quito, no debe ser cuestionada. Pues, ¿cómo negarse a ello con tamaña inscripción?: "Bien se podría gloriar Babilonia de sus muros, Nínive de sus letras, Constantinopla de su imperio, que Quito las vence por llave de la Cristiandad, por conquistadora del mundo, pues a esta Ciudad pertenece el descubrimiento del gran río de las Amazonas".

Impresionante, ¿no les parece? Insisto: enhorabuena a los dos. Se la merecen.

31 de marzo de 2008

Los paisajes invariables del "río de la vida"


Las visiones que nos aportan el curso del Nilo y la perspectiva inconfundible de la aridez, que enseguida sobreviene tras una estrechísima franja de verdor, transmiten la sensación de que el tiempo parece haberse detenido en Egipto. Sumidos en esa neblina provocada por la arena del desierto, los paisajes de hoy no deben diferir mucho de los que a lo largo de la Historia han marcado los rasgos dominantes de una realidad en la que coexisten las imágenes de siempre con las transformaciones a que obliga una corriente turística masiva, que poco se percata de los problemas del entorno, cuando no los menosprecia.


Inmenso y deslumbrante país éste que lo debe todo al "río de los mil ríos", y en el que el agua y la arena son elementos entreverados y recurrentes en un tapiz de colores bien definidos que se exigen mutuamente y sin los cuales no es posible entender la gigantesca dimensión de la civilización y de la cultura que en este espacio brillaron milenios antes de nuestra era.
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