Mostrando entradas con la etiqueta Australia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Australia. Mostrar todas las entradas

20 de octubre de 2008

Cruzar los Andes hablando de Tasmania


La vida está trenzada de experiencias múltiples, que se van anudando al cabo del tiempo hasta dejar un poso en la memoria y en la afectividad.
Muchas son fortuitas, producto del azar, aparecidas de repente, quizá irrepetibles, fugaces tal vez. Pero cuando resultan gratificantes, su recuerdo perdura. Y no sólo por lo que pudieran tener de originalidad, sino porque revelan las ingentes posibilidades que encierran las relaciones humanas cuando se abren al descubrimiento de otras personas hasta entonces desconocidas, y que de repente, sin preverlo, la casualidad pone en nuestro camino.

Recientemente he tenido una experiencia de este tipo durante mi viaje a Suramérica. Fiel al consejo que recomendé en otro post anterior, aproveché de nuevo la oportunidad para cruzar la Cordillera de los Andes en autobús, con el fin de apreciar los paisajes de la alta montaña que en esta época del año se muestran espléndidamente cubiertos de impresionantes mantos de nieve y a la vez salpicados por un sinfín de cascadas y regatos que encauzan las aguas del deshielo provocado por los primeros calores de la primavera austral.

Tomé el autobús en la Terminal de Santiago de Chile, con dirección a Mendoza. El trayecto dura en principio seis horas y sólo cuesta 120 pesos argentinos, unos 25 euros. Por lo general, cuando hago este viaje elijo de antemano el asiento número 12 del piso superior. Está en la primera fila y constituye un observatorio excelente para ver, sin obstáculo alguno, el impresionante panorama que se abre a la vista del observador, permanentemente atraido por el paisaje, sus contrastes, sus colores, sus complejidades y bellezas.

Normalmente me gusta conversar en estos viajes porque siempre que lo he hecho descubro vivencias personales que a veces me resultan inconcebibles. Algún día daré cuenta de ellas. En esta ocasión, la casualidad hizo que se sentase a mi lado una mujer argentina joven, acompañada de una niña, de unos diez años, que hablaba perfectamente inglés. A medida que avanzaba la ruta me llamaron la atención las conversaciones entre ambas y el nivel de conocimientos que la mujer, agradable y solícita, demostraba hacia todo lo que la niña le preguntaba, con respuestas brillantes en las que el español se mezclaba con la lengua de mi admirado John Keats.

Como se trataba de cuestiones que tenían que ver con la naturaleza, quise terciar en los comentarios y de pronto descubrí la identidad de la pareja. Se trataba de una madre con su hija, que habían efectuado días antes el viaje de Mendoza a la capital chilena, con la intención de que la niña conociera ese país y se asomara a la inmensidad del Pacífico, para conocerle en este lugar del mundo, que también mira a Oceanía. La mujer, como he dicho, era mendocina, pero la niña no. Viven en Australia, concretamente en la isla de Tasmania, a donde aquélla había emigrado hacía casi veinte años y donde había organizado su vida y su actividad. Allí vivían su esposo y su otro hijo, con los que se volvería a encontrar de nuevo antes de fin de año, al regresar del viaje realizado a Argentina por razones personales, y porque además esta mujer no quería desprenderse de sus raíces.

Como nunca habia conocido a nadie que viviera en Tasmania y todo lo que hace referencia a los pueblos del mundo me interesa, la conversación derivó desde entonces a los temas que me permitieran conocer la vida en aquella isla remota y de paso descubrir las formas de vida y las costumbres de un mundo situado en los antípodas exactos de España. Recibí no una, sino varias lecciones magistrales, que de pronto pusieron ante mi una realidad tan curiosa como fascinante, adobada con comentarios sobre el desarrollo sostenible, sobre la crisis financiera, sobre el consumo energético, sobre el cambio climático, sobre la vida en las ciudades, sobre la inmigración…. y sobre lo que sucesivamente ambos divisábamos desde nuestra atalaya en el piso alto del autobús de Andesmar.

El tiempo pasó volando mientras el cielo se iba oscureciendo, para convertirse ya en noche cerrada cuando atravesábamos el poblado nuevo de Potrerillos, a unos 40 Kms. de Mendoza. Entonces me habló de su vida y de su trabajo en la pequeña ciudad de Longford, ubicada en la mitad septentrional de Tasmania. Es ahí donde Giovi di Matteo, que así se llama la cultísima señora, dedica, en compañía de su esposo, esfuerzos e inteligencia a un proyecto empresarial realmente interesante. Los dos son expertos en medicina natural y en técnicas destinadas a mejorar la calidad de vida de la gente, mediante el uso de las hierbas naturales de la isla, en las que su marido, como farmacéutico, es experto cualificadísimo. Me habló con entusiasmo de su empresa, Pindari Herb Farm, y del sinfín de aplicaciones que en ellas se llevan a cabo. Tomé nota y la comento aquí para que se sepa.

El viaje no duró seis horas, sino ocho, del mediodía al anochecer. Se me pasaron en un suspiro, porque estuvieron ocupadas en lo más grato que a mi edad le puede pasar a un ser humano, que además es cultivador impetinente e impertinente de la Geografía: hablar con personas interesantes, descubrir sus historias personales y sus inquietudes, comentar e interpretar los paisajes que se ven, disfrutar con la conversación y con la sonrisa. Descubrí Tasmania cruzando la Cordillera de los Andes. ¿No les parece digno de ser mencionado?

Fotografía: Tunel del Cristo Redentor, en el paso fronterizo entre Argentina y Chile a través de los Andes
Related Posts with Thumbnails