Amigos: hay funcionarios y funcionarios. Los del Centro Cívico de La Almozara eran de los primeros, de los que conectaron con los contenidos de nuestra primera programación poética, se esmeraron en disponerlo todo anuestro gusto, atentos, diligentes, generosos y sensibilizados. Los del Centro Cívico Torrero-La Paz eran de los segundos, de los que dan el perfil común (tantas veces tergiversado, por otra parte) que percibe la sociedad tras ese sustantivo. Fueron insensibles, rigurosos con el horario, conminatorios, mostrándonos continuamente el reloj de arena por los pasillos, con un alto grado de improvisación inútil o, mejor, entorpecedora, con su presencia disuasoria en cualquier rincón. Tuvimos (bueno, Ricardo tuvo) que hacerlo todo a toda prisa, incluso comprar cables para el sonido. En fin, un caos producto de su indiferencia absorta por la rutina. Naturalmente que agradecemos su disposición a llenar un hueco en sus programaciones, pero ello debe ir acompañado del buen gusto, de una mínima cortesía, de un elemental concepto de su papel como servicio público.
Ello no impidió a Ángel Sobreviela dibujar un perfil singular y atractivo de Gabriele D'Annunzio, de su personalidad poética, de su condición humana beligerante con el contexto histórico que le tocó vivir. Que Emilio Pedro Gómez nos enseñara que la imagen, junto a la palabra poética bien dictada, es una herramienta muy potente para penetrar en el sentido de la poesía, en su significado, en su más allá oculto por la inveterada costumbre de considerarla impenetrable. Que escucháramos en su lengua rítmica original a poetas alemanes como Rilke, Berndhart, Brecht... en boca de Tanja Gries. Que Cuidado con el Perro (David Guillén al piano, Rafa Sanemeterio en la voz y Diego "El Becario" a la guitarra) nos ofrecieran una pausa musical con un repertorio diverso, con diversos estilos que nos dan idea de su dominio de los diferentes registros que abordan: Bowie, Lou Reed, Sixteen Tons, y su insuperable tema "El intelectualoide" que nos puso ritmo y nos levantó de la silla a carcajada limpia. Que Carlos Bozalongo, poeta torreriano, nos entregara un documento más de su honda pasión por lo Humano (con mayúscula, claro), con lo raro que resulta hoy escuchar algo que diga, de verdad, del Hombre. Que Ortiz Albero nos historiara el activismo del grupo surrealsita Écrevisse y de su órgano de difusión El Ateneísta. Un activismo aquel poco valorado, pero que dió pruebas irrefutables de sus tareas con una exposición (que yo recuerdo como algo muy sobresaliente) en la Casa de los Morlanes. Una exposición que -lo digo conscientemente- Zaragoza no merecía; debió ser destinada a una más digna causa que a la apatía de la Zaragoza de entonce. Una lástima que Écrevisse se disolviera.
El micrófono abierto nos trajo el cultismo elegante de Fernando Burbano y la preocupación ontológica de Ricardo Fernández Moyano. Y no hubo tiempo para más; nos echaron. En la puerta de la sala, el funcionario golpeaba repetidamente con su dedo índice la esfera vidriosa del reloj.
Un ¡bravo! por Ricardo Díez; su atención y esfuerzo son impagables. Y su poesía mayúscula.