






En
Litago, pregón y Trapecismo para comenzar. El
VII Festival Internacional de Poesía "Moncayo" fue otra vez una fiesta por todo lo alto. Gratificaciones, porque todo fue grato

gracias al empeño de
Trinidad Ruiz
Marcellán (

no sé cómo lo hace) y a su numeroso grupo de Colaboradores que tiene muy cerca y a un grupo de amigos de los de verdad que le echan muchas manos (Marcelo sobre todo; pero Nati, Moisés, Gonzalo, Chari, Tere, Sofía, Pili,
A Borina Moncaína,
El Embrujo de Trasmoz...) Se trata de un Festival participativo, en el que no se excluye a nadie; es un Festival para la comarca, que, en sus anteriores ediciones y en ésta, ha recorrido cuantos lugares le ha sido posible, cuantas toponimias ciñen el
Moncayo en esta parte de Aragón: Trasmoz, Litago, Tarazona, Novallas, Vera, Veruela... Tiene, pues, ese afortunado rostro popular que tanto seducía al poeta que este año ha sido, con mérito más que legítimo, recordado y reivindicado (¡como si hiciera falta! Pues, sí; últimamente, parece que sí hace falta):
Gustavo Adolfo Bécquer.
Para
Bécquer han sido los honores. La fuente española de la poesía moderna manó unos días más que nunca no sólo a través de las lecturas que en el templo del Monasterio de
Veruela hicieron los poetas en diversas lenguas (flamenco, búlgaro, húngaro, turco, vascuence, y en las sedosas voces castellanas de
Geraldine Hill y
Ana Esteban), sino con la presencia activa de cinco poetas llegados de
Bélgica, de
Bulgaria, de
Madrid y de
Zaragoza para enseñarnos su propia obra:
Zhivka Baltadzhieva,
Germain Droogenbroodt,
Ana Muñoz,
Agustín Porras y
Manuel Vilas (me gusta más este "formato" reducido de poetas: dejan un mayor sedimento; quedan más palabras suyas impregnando el aire; muestran así un perfil más acabado de su fisonomía literaria).
Este VII Festival contó, además, con un acontecimiento extraordinario resultado del esfuerzo del escultor, músico y poeta
Luigi Maráez. Él puso el trabajo, la inquietud, el empeño de construir una obra escultórica que figura ya para siempre en las faldas del castillo de
Trasmoz, no lejos de su cementerio: un
Bécquer sentado, vaciado en bronce, con reloj de cadena, libro y bastón. Aunque no se ha llegado con mucho a sufragar el gasto mediante las aportaciones desinteresadas de los amantes de
Bécquer y de la poesía, es preciso no ignorar a todos cuantos sí dieron muestra de su generosidad (algunos de su munificencia) que se solicitaba a través de la página web abierta al efecto.
Luigi Maráez no fue sólo el autor de esa obra; fue también el músico invitado junto a su inseparable
Âlime Hüma al piano, y cerraron esta VII edición (que se abrió el día 25 de julio en
Tarazona con la conferencia inaugural de
Ángel Guinda sobre la poesía de
Gustavo Adolfo Bécquer) con un concierto que tuvo como digna causa los poemas del poeta sevillano musicados por los propios Luigi y Âlime. Una edición excelentemente conducida por
María José Moreno y que cuenta con una instalación artística de Luigi Maráez en el
Museo del Vino de Veruela; que vio subir al escenario a
Kike Reyes (violín),
Ana Segura (piano),
Carmen Franca (flauta travesera),
Angie Ruiz Forés (voz); que acogió la proyección del audiovisual
Gustavo Adolfo Bécquer de
Leónidas Martín Saura y dio forma a la edición en los "Papeles de Trasmoz" de la
Carta tercera de
Bécquer con magnífica presentación de
Jesús Rubio, uno de los más sensibles especialistas en la obra becqueriana.