Cuando se habla del Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor hay que hacerlo con lenguaje teológico preciso, conforme al dogma. Si alguien dijera esto:
"...Cristo realmente presente en el pan y en el vino consagrados..."
inmediatamente yo le corregiría enfatizando que la presencia no es algo que ocurra "en" las especies (pan y vino) sino que las especies se transubstancian en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Esta doctrina eucarística es fundamental, esencial. Pues bien, el que se expresa tan incorrectamente es PP Franciscus, en la catequesis (?) de este Miércoles. E insiste, más adelante:
"...Invocamos al Espíritu para que venga y en el pan y en el vino esté Jesús."
Desconcertante...porque es el Papa.
Después habla más apropiadamente:
"...La acción del Espíritu Santo y la eficacia de las mismas palabras de Cristo pronunciadas por el sacerdote, hacen realmente presente, bajo las especies del pan y del vino, su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz una vez por todas (Cf. CCC, 1375). "
Pero, incluso así, resulta sumamente desconcertante que un documento papal contenga esas imprecisiones, esas confusiones, acerca de una doctrina netamente católica, principal en el Credo Católico.
El resto del texto (leer aquí), vulgar, con expresiones chocantes (improvisadas?), como todas las suyas desde que llegó. Nunca, ninguno de sus predecesores habló así. Si digo que, doctrinalmente, estamos en el nivel más bajo de toda la Historia Papal, no exagero.
n.b. He evitado escribir 'heterodoxia' porque me da miedo. Y vergüenza, también
Hermana Esperanza, la superiora del Convento de las Hermanas de la Cruz, del que yo era entonces capellán, me decía que ella prefería los Oficios del Jueves Santo temprano, para disfrutar más de la tarde ante el Monumento. La capilla tenía detrás un patio con naranjos, todos abiertos en azahar, y arriates con rosales y alhelíes, y macetas de claveles. Con el incienso de la liturgia y las flores del patio, la capilla olía a rinconcito de la Gloría. Y, como en otro Tabor, allí se estaba bien, y se hacía suave la oración y dulce la adoración, aunque el Monumento contuviera la Presencia de la Pasión, con sacrificio. Y el misterio inmenso del Amor de Dios Sacramentado.
Después de treinta y pico años de celebrante del Jueves Santo, en cada Monumento que recuerdo veo lo mismo, los mismos olores, los mismos cirios encendidos, los mismos sonidos, las mismas horas, incluso el sueño y las cabezadas somnolientas de los fieles adorantes, que son como un eco heredado de Getsemaní, presente en todos los Monumentos, todos los Jueves Santos.
Todo porque es el mismo Señor en cada Monumento, y se repiten los signos del memorial de su Sacrificio y el deseo de su Comunión.
Y yo quisiera lo que rezan aquellas oraciones antiguas: Adorarle en cada Monumento, ofrecerme, consagrarme, rezando por todos y por todo, para que los hombres crean, amen y esperen al Cristo que les amó hasta el extremo. Para que el mundo no desprecie la Sangre derramada por su salvación.
...Y como a la Hermana Esperanza de la Cruz, cada Monumento, cada Jueves Santo, se me hace tan corto, tan breve...
En las noches de vigilia de Adoración Nocturna me acostumbré a adorar (a orar, a rezar) desde lejos. Lejos es la distancia desde el confesonario, donde estoy yo, al altar de la capilla del Sagrario, donde está expuesto Él, unos metros, diez o quince, con la nave de la iglesia por medio, en transversal, a la mitad justa de la planta del templo.
Donde yo estoy está oscuro, sólo con la bombillita de dentro confesonario, encendida para poder rezar el breviario o algunos libros piadosos para sostener la oración, la meditación. Muchas veces, cuando levanto la vista del libro, al mirar en dirección a la Custodia, el altar iluminado frente a mí, con la oscuridad de la nave separando la distancia, causa una especie de efecto túnel; otras veces me parece el efecto de un escenario iluminado en una gran sala oscura. La mirada, en todo caso, siempre queda atrapada por la luz, a la que tiende irresistiblemente, imperceptiblemente, como imantada por la luz atrayente, suavemente fascinante. El centro de esa luz, esas noches, es Él manifestándose en la Hostia Sagrada, un punto, una pequeña figura redonda, distante, blanca bajo el cristal del viril, entre las puntas temblorosas de las llamas de los candeleros encendidos.
Yo estoy en mi oscuridad, sentado en el confesonario, rezando, meditando, oyendo al fondo los rezos a dos coros de los adoradores. No estoy en el primer plano de la luz. Me he quedado como una de esas figuras secundarias que pintan los pintores en los ángulos, en los fondos de los grandes cuadros con grandes escenas de gloria, teofanías, apariciones, éxtasis...Siempre hay algún figurante menor, no un santo, ni un ángel, sino algún frailuco, uno que estaba sin que se notara, un pobre, una vieja, un niño, alguien o algo que está en el cuadro para rellenar espacio, para completar la escena; lo mismo hubiera valido en vez suya poner una tinaja, o una maceta, o una piedra, o un perro. O a mí, yo mismo en el rincón de sombra.
En mi oscuridad, sin estar en la escena mayor, dentro de la capilla, sin que se note. Pero de lejos, veo; en la penumbra, adoro; en el silencio, rezo. Lo mejor es que estoy y no se me ve. Y no hace falta que nadie me vea. Sólo Él, que en su luz me ve a mi, en lo oscuro.
Una noche me di cuenta de que aquella distante luz del Sacramento también me alumbraba a mí, desde lejos, suavemente: Si miraban desde el Sagrario, cuando el ojo se hacía a la gradación de la luz, desde la capilla iluminada a la nave oscura, al fondo, en el muro de enfrente, el confesonario conmigo dentro, también recibía, recogía, un rebajado resplandor, una penumbra luminosa.
Es mi consuelo. Verme así. Sabiéndome en el espacio de su luz, en su sombra radiante, presenciándole creído, amado, deseado, alabado, adorado.
La Sagrada Liturgia tiene pormenores de sutil intimidad, rincones exquisitos para el alma más recogida. De entre todos, las visitas y la adoración del Monumento del Jueves Santo son los más privilegiados; también - ¡ay! - muy poco frecuentados.
Cada vez son más raras las estaciones, las visitas a los siete Monumentos que mandaba la piedad tradicional, la buena, la pre-conciliar. Al post-concilio le estorba el Monumento, le irritan flores, cera y adornos; hasta en los guiones litúrgicos aprobados se recomiendan minimalismos, expresión de una fe mal formada, acomplejada, con un resabio recóndito de las mezquindades del Judas quejoso por el nardo costoso para los pies del Señor.
Mantengo, en cuanto puedo, una especie de nunquam satis referido al Monumento: Lo mejor, siempre lo mejor y, aun cuando sea lo mejor, quedará siempre mejorable, porque siempre le cabe más y mejor: Nunquam satis!
Cómodas abiertas, manteles almidonados y rizados, encajes estirados, todo sacado de año en año para el Señor, sólo para el Señor. Macetas cuidadas, esmerados alhelíes, pulcras calas, delicadas celindas, celados claveles, sólo para la tarde del Monumento. Candeleros brillantes, cera de calidad, mucha cera encendida. Lo material que acude a componer un ámbito, una peana, un Tabor para lo espiritual. Sentidos y teofanía, lo que se ve y lo que no; lo que huele a Dios, lo que suena a Cristo, las cosas sencillas, cuidadas, que dan una sombra de esplendor a lo inefable: El amor para el Amor.
Así se compone el Monumento: Cosas, almas, rezos, sensaciones, detalles, ofrendas...Y en el centro Dios oculto, Cristo en Sacramento. La Presencia y los que se presentan ante su trono de misericordia, recogidos, con el temor y el temblor de los piadosos, el fervor de los humildes que creen sin ver, aunque lo que ven les ayuda a creer, a adorar más y mejor. También nunquam satis.
PP Franciscus ha repetido (se repite mucho) que no se debe criticar, que la crítica hace tanto daño a la Iglesia, que la murmuración intra-eclesial es tan nociva, etc. etc. etc. Sin embargo, él mismo no deja de criticar, lanzar puyas (siempre en la misma dirección) y arremeter contra algún bando bien caracterizado...pero que al final no identifica. PP Franciscus pide claridades que él no da.
Comenzar el Sínodo llamando 'fariseos' a los obispos no es alentador. Cuando en la Misa de apertura del Sínodo PP Franciscus espetó a los cardenales y obispos presentes (concelebrantes y asistentes) que "...(para saciar su avidez de poder y dinero) los malos pastores cargan los hombros de las personas con pesos insoportables que ellos no mueven ni siquiera con un dedo", PP Franciscus estaba perfilando tan peyorativamente a la Jerarquía que cuesta no creer que mantenga un prejuicio muy negativo sobre, por lo menos, una parte notable de los asistentes al Sínodo. Si no, ¿por qué les lanzó esa tremenda crítica?
Ayer Domingo, en la parroquia, predicando la Parábola de los Viñadores Homicidas, comencé explicando lo que el mismo Evangelio deja muy claro al principio: Que el Señor dirigió aquella parábola a los 'principes sacerdotum et seniores populi' (Mt 21,23) y también al final del texto se recalca que "...Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos". (Mt 21,45). ¿Sintieron lo mismo los prelados presentes? Confieso que me parece terrible.
¿De verdad cree PP Franciscus que la Jerarquía es un sanedrín de saduceos y fariseos ávidos de poder y dinero que cargan los hombros de los fieles con pesos insoportables? ¿Se refería...a quién, a qué?
Pensando en la campaña pre-sinodal de Kasper, se podría suponer que PP Franciscus se refería a la onerosa carga espiritual de vetar la Comunión a los divorciados mal-casados. ¿Sería eso?
La Comunión, el Sacramento de la Eucaristía, se implica en el desorden del divorcio y el adulterio de manera - entiendo yo - muy ligera. El Sacramento de la Comunión ha sufrido desde los años '50 una contínua rebaja pastoral-espiritual tan enorme que (es un detalle elocuente) se ha pasado en cincuenta años de la tradicional práctica del ayuno eucarístico desde la noche-víspera de la Comunión al actual ayuno de una quasi-hora que supone, prácticamente, la anulación del ayuno eucarístico con la consiguiente pérdida de conciencia eucarística y del práctico (quasi universal) incumplimiento de las tres cosas necesarias para comulgar bien: 1. Estar en gracia de Dios 2. Guardar el ayuno eucarístico 3. Saber a Quien se recibe
Los numerosísimos comulgantes del catolicismo postconciliar 1. han perdido la conciencia de pecado-gracia, 2. ignoran y no practican el ayuno eucarístico, 3. no tienen recta, formada y devota consciencia de la Presencia.
Como para la eclesiología y teología sacramental del post-concilio la Misa, más que Oblación-Sacrificio-Acción-Comunión, es, sobre todo, sinaxis-reunión-fiesta-asamblea comunitaria, la recepción del Sacramento es, más que nada, un acto comunitario, social. Por eso la insistencia en la admisión-acogida de los excluidos que, por enfatizarse el comunitarismo de la Misa (y los Sacramentos) quedan más señalados como excluidos. Cuando se entiende la Comunión (y la Misa) como un sacramento social, otras consideraciones morales-espirituales quedan minimizadas y relegadas. Exigen desde la perspectiva de la comunidad-comunión la admisión a la eucaristía como expresión comunitarista y superación de disciplinas, penas y exclusiones canónicas.
Si el Sínodo admitiera a los divorciados malcasados a la Comunión, el golpe lesivo, muy grave, sería doble: Al Matrimonio y a la Eucaristía. A los ojos de los fieles, quedarían devaluados los dos Sacramentos; de hecho, sería así. Las consecuencias también serían degenerantes, afectando a la moral familiar, la pastoral sacramental y la doctrina-teología de ambos Sacramentos.,
El timón de la Iglesia está en manos de jerarcas que sintieron la frustración de no ver puesto en práctica el V2º en toda su plenitud, desplegado en todas sus posibilidades y alcances (reales o supuestos), según la variopinta gama de reformas y novedades alentadas por el espectral 'espíritu del concilio'. El estímulo francisquista está removiendo todo aquel mundo.
Hasta dentro de dos semanas no sabremos en queda el Sínodo. Y luego un largo año hasta el otoño del 2015, a la espera del documento final.
Hasta entonces, sin exageradas aprensiones, oremus pro Ecclesia (et trememus etiam).
p.s.Del cartel con la pintura de Marc Chagall sólo me gusta que el novio es macho y la novia hembra.
Huele a Dios la calle entera,
fresca con juncia y mastranzo,
desde la cuesta a mi puerta
donde le han puesto un altar
al Amor de los Amores
para que pueda parar
la Custodia y le cantemos
y nos bendiga al pasar
el Señor Sacramentado
¡Gloria a su Majestad!
De la colcha del balcón
al repostero del patio
y el florón de la cochera,
toda la casa se ha puesto
tan lujosa y tan compuesta
que se parece a un palacio
(aunque sólo sea por fuera).
Las macetas de geranios,
los macetones de hortensias,
los jarrones de celindas
y los otros de azucenas,
los violeteros con calas
blancas con boca de jarro
y su pico color yema
y las guirnaldas de saco
recubiertas de romero
bien trenzadas con un lazo
grana y amarillo como
la bandera del estanco.
Del estrado de mi abuela
han sacado aquel brasero
que parece que es de oro,
ya encendido el sahumerio
con incienso y cardamomo,
y huele de acera a acera
a Sagrario, Altar y Trono.
Delante del umbral ponen
la alfombra con un camino
de felpa grana y orillos;
la chacha Amparo batiendo
su pericón del domingo
se ha pasado la mañana
espantando a los chiquillos
que pisaban el tapiz
tentados por tanto brillo
-Niño, quita de ahí los pies
que no es pasil pa'borricos,
Y se abanica el pecho,
muy ufana, con sonido
de las medallas que lleva,
lo menos diez (y otras cinco
que no se ven, porque van
sujetas con un ganchillo
de la cinta del refajo
por debajo del tontillo).
-El día menos pensado
te clavas tó el santerio,
y te vas a parecer
San Sebastían con sus pinchos
(eso le dice a la Chacha,
bromeando, el tio Enriquito).
Cuando se escucha la esquila
por la esquina del Toñito,
la cuesta abajo se colma
con la bulla del gentío
que viene en la procesión:
Detrás de la Cruz, los niños
de Primera Comunión,
y luego todas las niñas
con sus trajes de organdí
y raso, las limosneras,
los rosarios, un sin fin
de moñas, velas y velos,
todo blanco merengado.
Las mocitas, las pollitas,
entre doce y trece años,
con las Hijas de María
coplas pías van cantando:
-...Las blancas palomas, las rubias abejas, vuelan al Sagrario de doradas rejas... ...Quién a tu puerta, Jesús, se llegara volando en presura de amor y pureza... ...los ángeles cantan, las almas desean, los pechos latientes con fervor Te esperan... ...Ven Sacramentado Señor, que la fuerza del querer enciende nuestra vida entera... ...Ven, que desmayamos si pronto no llegas...'
El paso del Patriarca,
-¡Qué precioso! -¿Verdá, agüela,
que trae la varita en flor
que le hiciste cuando aquella
calentura de mi madre
que por poco no lo cuenta?
-Por gracia del Patriarca
disfruta güena salud,
¡mira, ahí viene!, tan morena
y rebosando hermosura...
¡Ay, bendito el Patriarca,
que me libró de esa pena!
El paso de San Miguel
con el demonio debajo
espanta a to'el que le mira
cuernos, tridente y rabo.
-'Máma, máma ¿y si se escapa?
-El Arcangel - ¿no lo ves? -
lo lleva bien sujetado
con cadenas; mira, mira
como va cabeza abajo
al infierno derechito,
donde van todos los malos...
-¡Ay, que ya viene la Virgen!
Y trae el manto estrellado,
aquel que cuando la guerra
los rojos le acuchicharon.
- Un año estuve cosiendo
las estrellas, remendando
con lentejuelas de plata
los rotos que le dejaron.
-¡Qué preciosa, qué gloriosa,
qué bendita!...Con sus manos
viene al pueblo bendiciendo
y a todos consuelos dando.
(...) Y al fin viene la Custodia
con Jesús Sacramentado,
flores, incienso, campanas,
música, cirios y cantos,
y el golpear de los pechos,
y el musitar de los labios
repitiendo con fervores
el angelical Trisagio,
- ¡Santo, Santo, Santo!
¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo,
Gloria al Espíritu Santo!
¡Bendito el Señor que viene
humilde y sacramentado!
¡Bendito sea y alabado!
¡En los Cielos y en la Tierra
aclamado y adorado!
¡...por los siglos de los siglos,
y por todos Dios amado!
El cura, que va detrás,
busca la sombra del palio
y va arrastrando el pluvial,
barriendo juncia y mastranzo.
El alcalde, de chaqué,
con fino bastón de mando,
mira el reloj, de reojo,
que le enseña el secretario:
-'Hoy no almorzamos, lo menos,
hasta las tres o las cuatro...'
-Es que este año han tirado
por el recorrido largo...
Mi abuela criaba macetas de alhelíes para adornar el Monumento del Jueves Santo, alhelíes dobles, blancos y morados, de un olor dulce intenso. Venían a recoger las macetas la mañana del Jueves Santo, y las ponían sobre unos pedestales blancos con filos dorados, en la parte de fuera del Monumento, en los lados y por delante. De otras casas llevaban claveles, calas y celindas; de los naranjos en flor se cortaban ramitos de azahar que se ponían en jarritas con agua. Era cada año como una repetición floral del bálsamo de nardo de María de Betania, que perfumaba al Señor adelantando su santa sepultura.
Un Monumento es un sepulcro con Cristo viviente reservado, como esas imágenes del Cristo latiente del Quattrocento italiano, mitad eucarísticos, mitad pasionistas, que evocan, a la vez, Pasión y Resurrección. Un Monumento es una prueba de oración, de resistencia piadosa, un contraste de garantía de fe. Al Monumento van los cabales; en el Monumento están los católicos bien forjados, los de golpe de pecho sincero, los de rezo constante, los que saben guardar cada día un rato para el Señor.
En el Monumento se repite mucho la oración del contemplativo sin mística, que mira y no especula alturas teológicas, sino que simplemente mira el Misterio (¡Ahí está el Señor!) y cree como un pastor de nochebuena, o un mago oferente, o un centurión asombrado, con ojos elementales que creen aunque ven, a pesar de que ven la humildad del Misterio, ya sea la simple Hostia o las heridas abiertas de Dios que se deja ver sólo como hombre, como un simple hombre, despreciado por los soberbios, pero creído y adorado por los humildes. Y por los Ángeles.
Los Ángeles tampoco faltan al Monumento. Están y no se ven ni se van (ni se duermen), adorando, reconociendo al Señor en el Sacramento, admirados por su amor por los hombres, admirados por la falta de amor de los hombres, amando y adorando, aunque no son hombres.
A mí se me quedó el alma en el Monumento, una vez, de niño. Después repito cada año, variando sitios y circunstancias, parroquias, conventos, de capellán, de párroco, de visitante ocasional. Pero siempre es lo mismo, la misma atracción suave, el mismo intenso deseo de quedarme, de estarme más allá de lo que puede y soporta mi contemplación sin mística (que lo digo y no sé si será al fin mística, de otro grado).
Del grado del pecador, del insuficiente, del que se duerme. Pero del que vuelve y quisiera ser más para poder más.
Las velas de mi Señor
que acompaño con mi vela...
Quién pudiera siempre estar
junto al Señor, a su vera,
con la cabeza apoyada
sobre su pecho, escuchando
cómo late el Corazón
del Señor, y meditando
cuánto me ama sin que yo
le quiera con amor tanto
como merece su amor.
Lo bueno es que un jesuíta de fines de los '50 tenía todavía una muy sólida y católica formación. Lo malo es que sobrevino el Concilo del 62, con sus turbulencias. Un cura ordenado en 1969, el año del Misal de Pablo VI, se de-formaría en el experimetalismo litúrgico de aquellos años, cuando proliferaban las 'misas de arte y ensayo', con misales provisionales, leccionarios en fase de elaboración, rituales en preparación y la sensación generalizada de que todo era ad libitum, de que nada era fijo, de que todo era opcional, que cesó el tiempo de las rúbricas y se abría la nueva época de la creatividad litúrgica y pastoral.
La Compañía de Jesús es uno de los mayores problemas de la Iglesia postconciliar. La crisis y descomposición de la Compañía fue la vanguardia que adelantó la crisis y descomposición de las órdenes y congregaciones religiosas, unas por imitación y otras por contagio de contacto: Los padres de la Compañían ponían en crisis todo lo que tocaban, gestionaban, atendían o visitaban. Y bajo la seducción de los triunfos y valores de la prestigiosa Compañía, las demás congregaciones seguían por la vía que abrían los pioneros jesuítas, y se despeñaban todos juntos por el precipicio del secularismo galopante y el des-catolicismo virulento.
Un jesuíta con cargos de dirección, contactos con el prepósito Arrupe (de polémica memoria), siendo provincial en la Argentina de mediados de los '70 y otros detalles de su currículum, es un hombre de aquel tiempo, marcado por aquellas influencias, influído por aquellas tendencias. Si no del todo, sí lo suficiente para resultar inquietante considerando sus presentes responsabilidades y su singular ministerio.
Pero subrayo la primera formación, la de sus años vocacionales, de seminario, de noviciado. En este youtube que apareció ayer como aportación de un comentarista, se desvela un estupendo Bergoglio. Véanlo:
Supongo que se trata de alguna meditación o plática, en alguna jornada de retiro, o unos ejercicios espirituales. El que habla es un sacerdote de honda y sincera piedad eucarística, se le nota. Incluso el detalle de ilustrar con una anécdota personal, denota una espiritualidad sacramental arraigada, firme, bien discernida, atesorada y enriquecida desde aquellos años vocacionales que recuerda.
Otro particular destacable de la meditación: Cuando advierte del peligro, tan común hoy dia, de la Comunión indiferente, sin preparación, desmotivada, acelerada. Habla de lo que vive, de lo que ha vivido y conoce. Predica con su ejemplo, modestamente, con sencillez.
El sermón del día de San José también fue una plática piadosa, sencilla, al alcance de la gente que vive una espiritualidad católica familiar, profesional, parroquial, eclesial.
Ciertamente se espera del Papa una homilía de más nivel doctrinal, teológico, temático. Pero las palabras del Papa Francisco fueron muy católicas, hablando de San José y de su parte en el Misterio de la Redención. No sé cómo sonarían en los oídos no-católicos, no sé si los no-cristianos entenderían siquiera. Estoy seguro de que gustaron a todos los católicos.
Resumiendo, más allá de la mala impresión formal, la impresión sustancial podemos seguir esperando que, al final, se vuelva buena (?).
Pero la aprensión, sin embargo, sigue siendo temible.
Oremus, ergo, pro Papa nostro Francisco.
p.s. Que, por cierto, parece haberse avejentado diez años en estos diez días. El peso de la tiara, debe ser. O el traqueteo de la sedia y el ritmo marchoso de los sediarii, quizá.
En la Misa de esta tarde todos, repito: t-o-d-o-s han comulgado de rodillas. No sé si ha sido por temor de Dios o por temor al cura, tengo esa duda. De todas formas, se trata de un santo temor, muy meritable, ambos, el uno y el otro (con grados, of course: Dios debe ser temido y adorado in aeternum, y el cura debe ser temido y obedecido un ratito, lo que dura la Misa, una horita, más o menos. Pero conste que lo segundo lleva a lo primero).
Tengo, no obstante, soporto, quiero decir, llevo con contenida santa ira y paciencia de padre del desierto, la insubordinada rebeldía irreverente de una impía in-reverenda, monja trans-ubicada pro familiare causa, que se obstina en comulgar en la mano. La im-prójima, que mide poco más o menos jeme y medio (en su más extensa longitud corporal, toca y tacón incluídos), se planta y eleva la palma de la mano izqdª con aparente sumisión devota pero, de hecho, con desplante de furriel cuartelero, con la mirada baja, pero descarada, muy firme, muy tiesa, muy modosita, pero inflexible como un remache del Acorazado Potemkin. Un caso.
Lo mejor, los monaguillos, cinco piezas de valor y peligro por igual, que me entienden hasta los guiños, pero que en cualquier punto, instante o versículo son capaces de tropezar con el baldaquino de Bernini y derribarlo, sin exagerar. Estas piezas tabardillo-angelicales (fifty-fifty) son mi preocupación y mi auxilio en el altar (fifty-fifty), imprevisibles en sus atinos y desatinos quasi-rúbrico-litúrgicos. Hoy me ha emocionado el 3º en el escalafón, comulgando arrodillado con más apostura que un infante de la casa de Habsburgo.
De este mismo sujeto me ha mandado su muy virtuosa madre (un dechado de potencias domésticas) una foto del otro día, cuando bailó de Seise ante el Santísimo, en la Octava del Corpus. Admiren:
Es el más alto de la fila de la derecha, of course. Lo que pasa es que ese estado de quietud perfilado es transitorio y no coincide siempre con la necesidad del momento; quiero decir que en cuanto le pierdo ojo me monta una conversación ad altarem con el monaguillo de al lado (que es su hermano), cuya distracción puede durar, por ejemplo, lo que va del Sursum corda al sine fine dicentes. Y en ese momento se echa una carrera por el presbiterio hasta la credencia, para coger la campanilla.
Le he prometido, no obstante, un duro falso de Fernando VII si me trae media castañuela de los Seises. O un botón. Aunque mi predilectus es el 2º en el escalafón monaguillil, su hermano también, que con cinco años declaró su intención de ser cura, y la mantiene. Oremus!
Ya de noche, mi tía me ha contado por teléfono la crónica de la Procesión del Corpus en el pueblo, cuya totalidad me excuso de transcribir en el blog porque el blog se queda insuficiente para contener la ponderada e hiperbólica cuenta de mi queridísima tía Antoñita. Para que Uds. se hagan idea, empezó con un -"¡Niño, hijo, qué Procesión! Todo lo que te diga es poco..." ; siguió con -"...porque tú sabes que nuestra calle es la mejor, tantos balcones colgados, tantas macetas, cinco o seis altares, el que puso tu hermano el mejor, que no sé cómo tuvo cuerpo para montar ese altar, levantado desde las 7 de la mañana..." y después siguió con -"...hasta las once y media largas no pasó el Señor, en esa Custodia que no se podía mirar de lo que brillaba, como que tu hermana y tus sobrinos se han llevado una semana limpiando plata..." y luego -"...y el altar de la puerta del ayuntamiento viejo, que al final lo han puesto, con el San Sebastián...Como en el balcón daba el sol que no se podía aguantar, me bajé a la calle y me senté enfrente, en la esquina del altar, en una silla que me sacó Emilia, a la sombrita..."
Cuando era chico, de niño, en la casa antigua del pueblo, para el Día del Corpus nos traían las primeras brevas. Hoy me he quedado con ganas de tomar alguna. Cosas del tiempo, antojos, mitad nostalgia, mitad capricho.
Y en el sentido, aun más profundo, he tenido toda la mañana el olor de la juncia y el mastranzo pisado, la fragancia fresca de una mañana de Corpus.
No quiero calcular el tiempo que hace que no veo un concurso de Eurovisión, porque se me vienen encima todos los años que tengo. Tengo tantos que recuerdo haber visto en directo el La-la-la; con tierna edad, pero lo vi y me acuerdo. Y recuerdo también la Poupée de cire-Poupée de son, y a Sandie Shaw, también. Los años de Abba y demás me pillaron con la edad del pavo, cuando ya no echaba cuenta de esas cosas, ocupado en asuntos más graves y con gustos más trascendentales.
Pero este año, por la anécdota del mequetrefe con la barretina que estropeó la actuación del representante España, he visto unas cuantas veces el video de Eurovisión...y me ha gustado. El Daniel Diges canta muy bien, y tiene cara de buena gente. Y me gusta mucho la coreografía de ballet con los cuatro muñecos, que bailan estupendamente y ambientan la canción con un toque "mágico-infantil" muy logrado. Pero lo que me ha enganchado es la música, porque en cuanto oigo un vals en tono menor, me afecta donde sea y como sea; debe ser algún invencible subconsciente romático, o algo así. También puede ser lo del síndrome de Peter Pan, y tal. No lo excluyo. ¡Touché!!
Pero además está la letra. La letra que no me sé y sólo me he quedado con el "Algo pequeñito, algo chiquitito...uoooó-uó-uoó...". Y también dice algo de una rosa blanca y un perdón...y no sé qué más. Lo suficiente para quedarme con la copla y tararearla y tal. En privé, naturellement.
Pero no iba a hablar de todo esto que estoy hablando, iba a hablar de curas, de curas y de cosas de curas. Y de malas y buenas interpretaciones/conceptuaciones sobre ser cura.
Por ejemplo, una excelente, acertadísima, justa y cabal, oportunísma idea sobre un cura y sus cosas, sobre esencias y potencias sacerdotales, es la que expusoo ayer o antes de ayer en Roma el Cardenal Meisner (por cierto que me alegro mucho de poder alabar a un Cardenal, y un Cardenal alemán, además). Pues el Emmº y Revmº Cardenal Joachim Meisner, entre otras cosas, ha dicho esto:
"Un confesionario en el que está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más impresionante de la paciencia de Dios que espera".
Me imagino que por tener en su Catedral de Colonia el relicario de los Reyes Magos, SS. MM. de Oriente le habrán concedido la gracia (¡todo es gracia!) de hacernos a los curas este extemporáneo regalo de Reyes, porque las palabras de Don Joaquín Meisner me han parecido como un desbordamiento obsequioso del Corazón de Jesús al que los Santos Magos regalaron Oro, Incienso y Mirra, y que ahora nos manda por boca del Arzobispo de Colonia esa preciosa comprensión/exposición del Misterio de su Corazón, pátiens et multae misericórdiae, que tantas veces está latiendo (viviendo y reinando) en escenas sacerdotales como esa que describe Meisner: Un sacerdote, un cura, sólo, en una iglesia vacía, en un confesonario, esperando y orando. Realismo santo, tan descarnado como místico, tan simple como sobrenatural. Es así.
Una aproximación al sacerdocio que olvide las circunstancias que envuelven y en las que se desenvuelve el sacerdote del siglo XXI, es una impostura. Quiero decir que teorizar sobre un ideal en coordenadas y parámetros ideales y/o idealizados, es un absurdo y hasta un engaño. Del sacerdocio hay que enseñar la doctrina verdadera y la realidad en medio de la que se vive esa doctrina. Por eso me han gustado las palabras de Meisner.
La vida diaria de un sacerdote no es una escena de triunfo como la de esos cuadros del barroco que pintan al santo entre un coro de angelotes, con arreboles de nubes destellando gloria, y la Paloma del Espíritu Santo sobre la cabeza. No. Esa gloria - que vendrá, eso es cierto - ni será así, ni será aquí.
Las horas del cura pasan a diario, más bien, en un escenario como el que evoca Meisner. Como parecen en esas otras escenas de otros maestros del barroco, expertos en el claroscuro. Pienso en nuestro Zurbarán, y en Ribera, y en La Tour, y también en Rembrandt; incluso en el Caravaggio. Pero no encuentro apto un cuadro de Rubens para enseñar qué es la vida de un cura. Podría servir para hacer una presentación alegorizante, quizá; pero no para enseñar la verdad con sus cosas tal y como son.
Bien. Paso ahora a criticar brevemente lo que no es, las malas interpretaciones, los montajes, las películas sobre curas que falsean lo que es la vida de un cura. O, mejor dicho, "la película", porque me refiero a una película en concreto.
-***- Aquí aviso con asterisco para que se retire el beaterío entusista aplaudidor, la claque beata, la comparsa y el coro de los entusiasmados-as. Avisados quedan. Si siguen leyendo, allá se las apañen con el berrinche (si es que les atacara).-***-
Me refiero a esa peli a la que están dando tanta publicidad. Una publicidad, de entrada, muy extraña, muy chocante: ¿No se han dado cuenta de que no es de buen gusto montar el reclamo publicitario de una peli sobre un cura diciendo que la peli "ha hecho en taquilla más recaudación que 'Sexo en Nueva York' ??? ¿En qué están pensando, con qué están comparando???
Pero además entiendo que se trata de un documental admirativo, entusiasmado y excesivo. Que el joven sacerdote protagonista haya sido un tipo fenomenal, con muchos amigos, con mucho gancho y simpatía arrolladora, con muchos recursos personales, con brillante trayectoria y excelentes facultades, todo eso no lo niego. Pero todo eso no vale para proponerle como modelo. Un cura modélico, entiendo yo, es otra cosa.
Un cura-cura no suele ser un cura "de cimas", sino de planura, de llanura, de piso bajo. No quiero decir que no aspire a lo más alto del Cielo (recalco: ¡aspirar al Cielo!); lo que quiero decir es que su vida circula por terrenos bajos, a nivel del suelo. Ni se arrastra por las alcantarillas (aunque a veces tenga que bajar a ellas), ni se pasa el dia en las azoteas de un rascacielo (aunque algunas veces haya que subir a los pisos altos). Normalmente, la trayectoria a recorrer, el camino a transitar, es de baja altura, de discreto, muy discreto relieve.
Un cura-cura, corriente, sin "brillos", no despierta esas admiraciones ni sale en una peli taquillera. Tampoco se puede permitir el "lujo" de irse un Domingo a esquiar, porque los Domingos son los los días en que los curas-curas están ocupados, desde que amanece hasta que es de noche. El Domingo, para un cura, no es día de vacaciones.
Proponer con entusiasmo a un cura alpinista, es una ficción que puede despistar al que se sienta atraído por una "aventura" que luego no va a poder vivir cuando le toque ser cura en un pueblecito sencillo, con su gente sencilla; o en un barrio cualquiera, con gente tan corriente como la de cualquier sitio. Con gente y con cosas igual de corrientes, muy corrientes; vulgares incluso, de medio pelo y hasta de pelaje raso. La vida de un cura no es "aventura", no es "riesgo", no es "escalada". Un cura real no es un Don Quijote que ve gigantes donde hay molinos, ni confunde a una aldeana con una Dulcinea. Un Quijote no vale para cura.
Que no estoy diciendo que el protagonista de la peli haya sido un cura quijotesco. Lo que digo es que proponer un modelo sacerdotal "de cima", no es realista. Y la santidad es realismo. Tan crudo como las cinco llagas reales de Cristo Sacerdote, con corona de espinas auténticas y cruz pesada y azotes que te destrozan el cuerpo. Y tres clavos que te clavan al madero. La santidad de verdad suele ser una vida sencilla, sin destellos, como los treinta años de la Vida Oculta de Nazareth. Nazareth es un Misterio que se olvida mucho, como también que esos 30 años de vida del Salvador forman parte - la más extensa - del Misterio de la Redención.
Si a un seminarista o a un joven sacerdote se les anima con un modelo/proyecto "entusiasta", y después se topa con una realidad pura, dura y (entiéndasme) "rutinaria", ese joven se puede romper en mil añicos irrecuperables. Suele pasar, desgraciadamente. Los Domingos de "vida oculta" de un cura corriente, no dan oportunidad para escaparse a hacer montañismo.
Entre un atractivo cura de película y el depresivo Curé de Campagne de Bernanos, hay matices y niveles intermedios, más realistas, más apreciables, oportunos, y tanto más fructíferos sacerdotalmente cuanto más sencillamente amoldados a una santidad que no exige "cimas" sino que pide fidelidades. Fidelidades que son sencillos ministerios, carentes de brillos humanos, aunque plenos de gracia divina. Pero la gracia no se ve, ni se siente (aunque actue y transforme el alma, que tampoco se ve).
Lo que me sigue resultando chocante - perdón por insistir - es eso de escalar un Domingo. Y en compañía (detalle que, por mucho que lo expliquen, no tiene explicación). Como tampoco me imagino qué clase de vocación tiene este otro, ni qué tipo de parroquia piensa que va a tener. ¿Se dedicará a celebrar emocionantes misas en un 8.000, o en las crestas de hielo del Perito Moreno, o en lo alto de un errante iceberg???
Un buen final puede arreglar un mal principio, incluso una trayectoria regular, y hasta mala. Si la historia acaba bien, el final es bueno. Pero si el final fuera, digamos, extraño, dejaría la historia que fuera con esa misma extraña impresión final. En este caso que cuenta la peli, opino que brillan, por su ausencia, la discreción y la prudencia. Y como dije, me parece una peli excesiva, que peca por exceso.
Ningún cura, por regular que sea, se escapa de tener su pequeño coro de admiradores-as. Gente buena y agradecida, pero que quizá olvidan (o no saben) aquello que dijo el Señor que se debía responder cuando cumplimos algo a la perfección: "Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer". Y ya está. Sin películas. Sin claque.
Volviendo a la copla de Eurovisión, que con eso empecé, me he hecho estos dias algunas reflexiones al hilo de la misma; meditaciones de andar por casa, o por iglesia vacia como la que evoca el Cardenal Meisner, consideraciones pías chiquitas, pequeñitas, infantiles. Por ejemplo pensaba, ahora que ya han pasado las solemnidades del Corpus, con procesiones solemnes y todo ese despliegue que - ¡gracias a Dios! - hacemos en nuestras parroquias, por toda España, por tantos sitios; pensaba que, sin embargo, la piedad eucarística de nuestras parroquias, la de todos los días, es de tono sencillo. No se le expone al Señor Sacramentado en una custodia del Arfe todos los dias, sino que se le adora en su Sagrario con gestos y signos y cosas más sencillos, más pequeñitos/chiquititos: Una oración, una visita, una flor, una comunión espiritual, la comunión con recogimiento, con devoción, con temor y temblor (también), la acción de gracias acabada la Misa, alguna oración "de propina", alguna ofrenda por algo o por alguien...
Cosas pequeñas, chicas, que son grandes no por aquello que en sí son, sino por Aquel para Quien son y por Quien son . Si me explico.
p.s. Se me olvidaba el youtube con la copla deEurovisión; ahí va:
Los Congresos Eucarísticos, cuando empezaron allá por 1881, en Lille, inauguraron, en cierta forma, la gran presencia internacional del Catolicismo en la era moderna. La Iglesia Católica cerraba así el siglo XIX, tan lesivo para ella, con una enorme actividad y proyección internacional. Los Congresos supusieron una gran confirmación de la fuerza y la actualidad del Catolicismo en el mundo. A los pocos años de la pérdida de los Estados Pontificios y la conclusión del Concilio Vaticano I, con el Papa "prisionero" en los estrechos límites de la Ciudadela Vaticana, la Iglesia Romana se hacía más universal que nunca, movilizando por los cinco continentes a Cardenales Legados que representaban al Papa en estas grandes celebraciones-exaltaciones de la Fe Católica.
Por su parte, los congresos nacionales, siguiendo un modelo a escala menor, sirvieron para re-evangelizar y resaltar en cada momento determinadas iniciativas destinadas al revitalizamiento de las Diócesis.
Durante los años que siguieron al Vaticano II, los Congresos Eucarísticos internacionales y los nacionales sirvieron para propagar los "frutos del concilio", muy especialmente las iniciativas e innovaciones derivadas de la reforma litúrgica post-conciliar. Los Congresos Eucarísticos han sido unos extraordinarios observatorios-testimonios de los cambios habidos en el último siglo de la historia del Catolicismo.
Del celebrado estos últimos días en Toledo algunos se han extrañado de la poca publicidad que se le ha dado. Yo les respondería que la midieran con la que está teniendo la Jornada Mundial de la Juventud. Evento por evento, compárese la publicidad de uno y otro y se comprenderá la importancia que se le da a cada uno.
Podrían decirme que no se puede comparar una concentración mundial con una celebracion nacional. Vale. Acepto el sed contra. Pero insisto: Compárese con la propaganda que se le da al Año Santo Compostelano, que es algo nacional. Si se me contesta que el Jubileo de Santiago es algo con repercusión europea y hasta mundial, también acepto la razón. Es verdad. Insisto sin embargo: Se da publicidad a lo que se quiere cuánto y según se quiere. En este sentido, es evidente que ni los organizadores (la Diócesis de Toledo) ni los promotores (la Conferencia Episcopal Española) se han movilizado apenas discretamente.
Una probable razón sería la "decadencia" de este tipo de celebraciones. Volviendo a las comparaciones, es evidente también que una Jornada Mundial de la Juventud tiene actualmente más repercusión y moviliza a más gente que un Congreso Eucarístico Internacional. Respecto a estos últimos yo diría que los Congresos Eucarísticos Internacionales, de hecho, tienen una repercusión nacional, salvando la presencia de los peregrinos que acudan de otros sitios, que no son demasiados, aunque nunca falte un número relativamente apreciable. Y los nacionales tienen, más bien, una importancia diocesana. Como este de Toledo, verbigracia. Considerando la gente de Madrid y sus proximidades que se habrán desplazado más cómodamente por la proximidad, y calculando la representación que ha salido de Sevilla (no más de unas veinticinco personas), me ratifico en los límites poco más que diocesanos del Congreso Eucarístico Nacional.
Que sin embargo sí mantiene su valor para Roma, que ha enviado nada menos que al ex-Secretario de Estado, Cardenal Sodano, actual Camarlengo del Colegio Cardenalicio, para presidir la clausura. Todo un signo de que la Santa Sede sigue apreciando este tipo de concentraciones, les ve sentido. Yo también. Mis amigos sevillanos que han asistido estaban ayer tarde emocionados. Son creyentes, muy buenos, y se emocionan cuando hay motivo. Y en Toledo los ha habido.
No hará falta que diga que, a parte la espléndida puesta en escena y la muy buena organización, a mis amigos de Sevilla lo que les emocionaba ayer era el "Centro" del Congreso: El Señor Sacramentado, el Amor de los Amores, suyo y mio.
Opino, sin embargo, que cierto "sentido" ha estado escandalosamente ausente en el Congreso toledano. Cuando me mandaron, hará más de un mes, el folleto con el programa de actos-celebraciones, inmediatamente eché de menos algo que considero fundamental: No se ha programado/celebrado ninguna Misa tradicional, ni siquiera se le ha dado espacio en alguna conferencia, ponencia, mesa redonda etc.
La extrañeza es mayor tratándose de Toledo, sede hasta hace poco del actual Cardenal Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, D. Antonio Cañizares. Tanto más extraño cuanto que el monseñor toledano Juan Miguel Ferrer Grenesche, subsecretario de la susodicha Congregación, ha participado en los actos y - me figuro - dado que su promoción al Dicasterio es de hace apenas un año, habría tenido que ver en la preparación del congreso. Un Congreso Eucarístico, aunque sea nacional, no se improvisa en unos meses.
Vuelvo a tener la impresión de un "pacto de silencio" conjurado por nuestros Obispos para que el Motu Proprio Summorum Pontificum tenga la menor repercusión posible en España. Si no, no me explico.
A estas alturas, está clara y patente la voluntad "reformadora" de Benedicto XVI en materia litúrgica. La expresión "reforma de la reforma" no es una anécdota, no se ha acuñado por una casualidad. Pasarla por alto significa obviar una de las líneas de acción más claras y firmes del pontificado de Benedicto XVI.
El Motu Proprio de restauración de la Liturgia Tradicional va a cumplir tres años desde su promulgación, y en España todavía no ha habido un prelado que haya celebrado la Misa tradicional. Y su restauración o promoción en las distintas Diócesis es apenas nula. A regañadientes van concediendo nuestros Obispos las celebraciones, cuando se ven obligados por las peticiones o instancias de algunos grupos y asociaciones de fieles. Prefieren que no se les saque el tema, que no se insinue siquiera. A lo más aceptan situaciones bajo mínimos, a veces dejando patente su desagrado, con toda reluctancia. Esto desde Finisterre a Tarifa, desde el Rosellón al Campo de Gibraltar. Una renuencia jerárquico-nacional general.
¿Por qué? Yo digo que por falta de fe. Y quizá por mala fe. Sic.
Volviendo al Congreso de Toledo, me hizo especial gracia, por paradójico, uno de los actos. Se trataba de una exposición sobre tres españoles con causas de beatificación-canonización incoadas: Teresa Enríquez "loca del Sacramento" (s. XVI), Luís de Trelles, fundador de la Adoración Nocturna Española (s. XIX), y Manuel Lozano Garrido "Lolo", periodista jiennese (s. XX), que será beatificado - D. m.- el próximo 12 de Junio.
¿Se les ha escapado a los responsables y organizadores que todos estos ejemplos de piedad y santidad eucarística se nutrieron con la Santa Misa que ellos desprecian y/o ignoran?
¿Cabe entender que se estimule la participación de los fieles en liturgias mozárabes y se ignore deliberadamente la liturgia de la Santa Misa que fue la única vigente y común para todos los fieles de la Iglesia Católica hasta 1969-70?
¿No hubiera sido oportuno con ocasión de este Congreso de Toledo dar una repercusión "nacional" al Motu Proprio, celebrando la Liturgia Tradicional, exponiendo el significado/valor del Motu Proprio de Benedicto XVI, en alguna ponencia, mesa redonda, siquiera en algún acto ???
Pues no. Ni siquiera en algún acto. En ninguno.
A estas alturas, la cuestión me parece vergonzosa; tan lamentable como descalificante. Para nuestros Obispos, quiero decir. Que en España la resistencia al Motu Proprio esté teniendo estos "protagonistas" es asombroso. Una Jerarquía Episcopal que salvo pocas excepciones se ha formado, precisamente, con esa Liturgia Romana tradicional. Una renuencia tal sólo trasluce un escandaloso desprecio, tan absurdamente impropio. Y culpable, también.
¿Cambiarán, se decidirán a mudar de actitud, reconocerán su injustificable cerrazón?
Si concedieran (o destituyeran) mitras con la condición de celebrar una Misa Tradicional, se iban a ver largas colas de aspirantes que repetirían, mutatis mutandis, el "París bien vale una Misa" del Borbón Enrique IV, con todo su mayor fervor.
Pero - otra vez - estoy soñando, delirando, figurando visiones.
Se recuerda lo que se quiere, y se recuerda más lo que se quiere más. Esta mañana volví, con esas mecidas de la memoria que van y vienen, como olas pequeñas en la playa, una vez con un sonido, otra con una imagen, una mañana de Mayo, fresca, con aire limpio oliendo a día nuevo.
Me habían bañado y vestido casi de ceremonia, estrenando ropa desde la camiseta al calcetín y la camisa. Y el traje. El traje lo escogí yo. Mi abuela tenía pensado uno con chaquetilla de terciopelo negro, calzón blanco, zapatillas de charol con hebillas de plata y una gola de encaje al cuello. Pero, unos meses antes, abuela murió, y a mí se me metió en la cabeza que, como me vistiera como mi abuela dijo, me moría como mi abuela. Y yo no quería.
Mi madre, sin preguntarme nada, lo adivinó todo. Mi oposición al modelo de mi abuela era firme, decidida. Conque me llevaron a que viera y escogiera yo mismo. Y elegí de un golpe, sin titubeos. Vi el traje en cuanto entré en la tienda y dije: ¡Ese!
Aquel era el modelo más atractivo de la galería: Caballero de Santiago, con una cruz de Santiago bordada en el pecho de la guerrera, flanqueda por dos hileras de botones, también con la cruz santiaguista, y charreteras con otras dos cruces pequeñas en el centro. Y entorchados dobles cruzando el pecho, con crucifijo de nácar. Un figurón de grana sobre blanco con complementos en oro.
Como yo era entonces el afeñique mayor del reino, con la figura de un cerillo de fósforo, es decir, cabeza sobresaliente y cuerpecillo canijo-patilargo, el aparato de aquella vestimenta cubría y suplía lo que mi percha corporal no tenía, y cuando me probé el rutilante uniforme resultó muy favorecedor, impresión que complugo a mamá, a tita, a las titas mayores y a las titas jóvenes, que se quedaron encantadas con el efecto. Un éxito.
...A no ser por las gafas, mis monumentales gafas de hipermétrope un punto estrábico, formidable artefacto compañero de mis dias desde la ternísima edad de año y medio (dieciocho meses decía mamá (mi madre nunca lo olvidaba)). Por las gafas, mis gafas, aquel uniforme santiaguista, quasi de opereta vienesa, no llegaba a rematar todo su brillante efecto. Mi tia Antoñita, experta estilista salvalotodo, con un bote de fijador Lucky y mucho peine, arregló y perfiló el conjunto y me dejó pulido, brillante y tieso como el muñeco que remataba la tarta.
La tarta fue otra obra maestra, casera, con siete bizcochos, uno sobre otro, en gradación de diámetro y espesor, de mayor a menor, cada uno con relleno diferente: Pasas, cidra, batata, miel con piñones, chocolate, natillas, y ron con almíbar el de arriba del todo. Y coronando el zigurat, un muñeco de azúcar. El muñeco era yo.
Mi tia le pintó al muñeco en el pecho una cruz de santiago, para más detalle identificativo, y hasta le hizo unas gafitas con papelillo dorado. Y el conjunto de los siete estratos tarteros se adornó con merengue y guindas coloradas, todo entonadísimo.
La tarde del Viernes pasó por casa toda la vecindad, las boticarias, el barbero de enfrente, la peluquera, el de la relojería, el cabo de los municipales, el de la guardia civil, el alcalde, el juez, el cura, el coadjutor y el sacristán. Y para mi temor y temblor, también el practicante y la matrona.
El practicante era uno de mis más odiados sujetos, porque ponía inyecciones a todo el mundo, un horror, que además era maestro de escuela y profesor de gimnasia, un summum integral de todos los monstruos de mi infancia. La matrona era otra horrenda monstruosidad, con trajecito de chaqueta y un bolsito que yo imaginaba que era una caja de Pandora peor que la original del mito; también ponía inyecciones, y hablaba con un acento del norte, con "eses" que se clavaban en los oídos como las agujitas de sus jeringuillas.
El Viernes por la tarde ya estaba todo puesto, el salón con la mesa larga para el almuerzo, y el estrado con la camilla grande para el desayuno, y otras dos mesas más en el comedor, todas con sus manteles blancos, servilletas plegadas, platos, tazas, vasos, copas, cubiertos, bandejas, salvillas, fruteros, jarras y botellas. Y dos gatos rondando, amenzando armar una zapatiesta. Tia Rosario los espantó al patio con un par de escobazos, pero aquella noche se dejaron bien cerradas las ventanas y las puertas del comedor y la cocina, por los gatos. Y mi tia Rosario contó luego que se pasó toda la noche soñando con los dos gatos bailando encima de las mesas y rompiéndolo todo.
No sé a qué hora se levantaron los mayores, pero cuando terminaron de vestirme y arreglarme estaban ya todos compuestos. Las tías mayores guardaban el luto de la abuela y fueron a Misa temprana, así pudieron quedarse con mis hermanos más pequeños. En ayunas, porque había que guardar el ayuno, salimos de casa en una lucida comitiva, yo delante, y detrás papá, mamá, las tias, mis hermanas con mi hermano, y más tias.
Ya en la iglesia, se armó un revuelo cuando entró el Cardenal, con los curas detrás, y el alcalde y las autoridades. Mi padre no salió a recibirlo porque se quedó con mamá en el sitio reservado, junto al banco donde estaba yo. El Cardenal venía porque aquel año se celebraba el Congreso Eucarístico Nacional, y se organizaron algunas Primeras Comuniones dentro de los actos de la semana preparatoria del Congreso. Mi tia me sacó del banco y me puso delante del Cardenal para que le besara el anillo, quitando de un empujón al sacristán, que vigilaba para que los niños no rompiéramos el orden.
Por fín empezó la Misa, que no recuerdo cual fue. Sí recuerdo que mis tias llevaban una temporada con las hojillas a dos tintas que traían impresas las oraciones de la Misa nueva, en español, porque mis tias, como buenas beatas, se sabían los rezos de la Misa en latín, pero en español no. Sospecho que la Misa tuvo que ser una componenda entre el Misal antiguo y las nuevas directrices litúrgicas, que se practicaban por entonces "ad experimentum", con los fieles como especie de ratones de laboratorio litúrgico. Las "gracias" del post-concilio (que todavía no han terminado los experimentos y las novelerías, ¡ay!). A pesar de las primeras reticencias y resistencias, mis tías también reconocían que la Misa en español era más cómoda, porque se entendía todo mejor. Al fin, hasta las torres más sólidas se rendían.
Lo que recuerdo muy bien, no se me olvida, es el momento de la Comunión. El Cardenal me levantó la barbilla con los dedos de la mano a la vez que me daba la Sagrada Hostia. Volví a mi sitio y me arrodillé en el reclinatorio y empecé a pedir al Señor por muchas cosas, por mucha gente. No sé cuánto tiempo estuve, pero mi madre tuvo que acercarse a decirme que me sentara, no fuera a marearme. Y seguí rezando.
Algunas veces, cuando comulgo, le digo a Él que soy aquel mismo de aquella mañana de Primera Comunión, que no se olvide.
No exagero, vean Uds. y horripílense (si tienen sentimientos católicos (o les quedan)):
Hace un par de días supe del episodio: El arzobispo de San José de Costa Rica celebra Misa con/para los candidatos que se presentan a las elecciones presidenciales. Dicen que es "costumbre" celebrar esa Misa (lamentable "costumbre" y mentecato el arzobispo, digo yo).
Uno de los presentes, un tal Otto Guevara que se presentaba a la elección, no podía comulgar por ser divorciado y estar "emparejado" con una. Esa "una" es la que se acerca a comulgar, con todo el desvergonzado desparpajo de una "una", y entabla ese "diálogo" (supongo que "explicativo") con el arzobispo. La "escena" termina con la "una" tomando la Sagrada Forma, y el obispo que "cede", consiente y la deja (¿para no escandalizar"???).
Con ademanes, poses y actitudes quasi de hembra de lupanar, hace con la Forma Consagrada todo eso que ustedes pueden ver en el youtube; la secuencia sacrílega "culmina" cuando la "una" pone media Forma en el bolsillo de la camisa roja de su querido, el político, que "devotamente" parece conmoverse por el gesto.
El sacrilegio (o los sacrilegios (¿cuántos son???)) se ha consumado, casi a cámara lenta.
Telón.
Dicen que "inmediatamente" se "subsanó" el espisodio y el Arzobispo mandó recoger "inmediatamente" la Forma profanada del bolsillo de la camisa de Otto Guevara. Eso no sale en el youtube, conque no consta cómo se desarrollaría ese "epílogo".
¿Y ahora qué?
¿Algún excomulgado?
¿El arzobispo presente, testigo y hasta yo diría que "cómplice", quedará impune, sin mónitum que le amoneste su mentecatez?
La "ella" no merece ni que la escupan; el pelele del politicucho, lo mismo. Y los presentes que no reacccionaron (todos) casi idem de idem.
La "causa", sin embargo, es más remota y tiene otros responsables: ¡Desgraciado el día y la hora en que el Papa de Roma consintió que la Sagrada Comunión se diera de forma irreverente! Desgraciado el Papa que consintió y los obispos (?) que lo pidieron, y los demás obispos y sacerdotes que promovieron, impusieron, fomentaron esa lamentable "práctica", tan "des-significativa". Si algunos "agentes" de dentro, cizaña del enemigo, prentendían con eso "desvalorizar" el Sacramento, lo han conseguido plenamente, con las consecuencias que se pueden ver en este horrendo vídeo, un ejemplo más escandaloso por tratarse de esos "protagonistas", pero una "anécdota", una más entre las cientos de miles de Comuniones irreverentes-sacrílegas que se consuman en tantas y tantas iglesias del Orbe Católico.
Hela aquí, nuestra Iglesia, des-catolizándose paso a paso, hoy más que ayer pero menos que mañana.
Frente por frente a la fachada de mi parroquia hay un cartelón publicitario que reza: "DEJA QUE DIOS TE ECHE UNA MANO" . Representa una mano tendida, en escorzo directo desde el cartel al espectador. La gente que viene a la Iglesia lo ve y lo lee, no sé con qué impacto/efecto. Lo que no lee la gente (la mayoría, porque siempre hay un par de curiosos que lo leen todo) es la letra pequeña del cartelón publicitario que dice no se qué de una "iglesia" evangelista de no se cuántos quienes.
A mí, de entrada, me revuelve las tripas que en mi Sevilla de mi alma que quemaba gustosa y rumbosa a todo hereje que pillaba y olé, se vean ahora propagandas protestantes. Si tuvieran bemoles...¿A que no ponían el cartelón cuando Don Fernando de Valdés que gloria haya? Ah, ah, ah! Ahí les hubiera querido ver, con riesgo de chamusquina, ahí, ahí, a ver, a ver...
Total y puesto que no hay quemaderos funcionando (de herejes, que de muertos sí hay y son un bollante negocio), la urgencia ante el desafío se ingenia y remedia. Y resulta que mi cura se planta - los Domingos mayormente - en la puerta de la iglesia y aprovecha el cartel de los protestantes para estímulo católico. Y a uno le dice y a otro le comenta y al de más allá le recuerda y a otro que pasa le espeta lo del cartel de marras: "Deja que Dios te eche una mano, hombre!" (lo que mi cura lleva en mente y sugiere a cada quisque es, ni más ni menos que Confesión y Comunión, la mano que no echa Dios. Ita!).
Pues a eso voy y hago lo mismo a propósito de esta post-moderna propaganda fidei:
¿Han leído el articulete? Está simpático, ¿no? (obviando las heterodoxias irrverentes, claro). Porque lo del donut para "catequizar" es publicidad protestante, caca, caca, eso no se toca, eso no se lee. A la basura! Casi como el donut, que es repostería basura con relleno de colesterol.
Pero háganse una traducción en católico, y aprovechen los recursos del adversario hereje-sectario-cismático para reafirmarse en católico, más católico. Sin miedo: Ultra-Católico!!! Bien, bien, bien!!!
Porque es verdad: Nuestro mundo sinvergüenza que inculca a los inocentes que todo hay que probarlo para saber de todo (y es - piénsenlo Uds. bien - la misma argucia de la serpiente tentadora a nuestros Primeros Padres en el Edén --> Gn 3, 1-7 y ss. ) pone todos los obstáculos (consciente e inconscientemente) para que el hombre no "pruebe" a Dios.
Claro que advierto que "probar" a Dios crea "dependencia"--> "...los que me comen tendrán más hambre, los que me beben tendrán más sed" Ecclo 24, 21 . Es la gracia, la gracia santa, que crea hábito y "engancha" para la virtud.
¿Y qué se come, que se bebe? Ah, hermanos mios, comensales invitados al más exquisito rectorio, la más alta mesa, el mejor de los banquetes: No el pan que comieron nuestros padres y murieron, no. Comemos y bebemos el Pan y el Vino de la Vida, que es su Cuerpo inmolado, que es su Sangre derramada.
El cap. VI del Evangelio de San Juan, que hay que leer y meditar con frecuencia, cuanta más mejor, como una aperitivo instructivo para apetecer la dieta de los Ángeles, el alimento de los viatores, los caminantes.
Bien. Pues ya está neutralizado el adversario y vuelto católico, que es la verdad de la Verdad.
Yo no sabía qué decía ni qué rezaba cuando cantaba, pero cantaba sabiedo que rezaba, que alababa, que adoraba.
Primero fue la melodía con unas cuantas sílabas captadas al vuelo, apenas unas rimas que tenían sentido porque tenían origen. Las aprendí por tangencia, por contacto, codo a codo, en el mismo banco, de rodillas todos, los que cantaban sabiendo y yo que empezaba a saber cantando. Todos creyendo, todos adorando.
Sobrevaloraba entonces lo que ellos sabían. Como eran mayores, suponía que entendían lo que cantaban. Luego supe que la distancia entre mi ciencia y la suya no era tanta. Ellos, ellas, pronunciaban mejor, pero entendián casi lo mismo.
La admiración fue mayor y mayor el asombro cuando entendí que aunque supieran todo y todo su significado, al final creían igual, con la misma fe necesaria para todos, se supiera la letra o no se supiera. También descubrí que con cinco o seis años el Misterio es más facil, más cercano, más comprensible y menos discutible, más fascinante. Y sin preguntas.
De niños somos muy scotistas. El silogismo del "potuit, decuit, ergo fecit" se aplica con universal coherencia lógica.
Pero es así cuando se cree. Se cree y sobra todo lo demás: Sola fides sufficit!
Y afirmando con corazón tan sincero como el de un niño de cinco años que empieza a balbucear tarareando el Pangelingua y el Tantumergo sin entender pero sabiendo, creyendo y adorando.
También amando, con una conciencia muy cierta de que es Él y Él está porque puede y quiere y está.