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miércoles, 30 de octubre de 2013

La increible historia de GIT, el niño cartero y las canciones perdidas

     Era una noche como cualquier otra. Navegaba por el inmenso océano musical que es la red en busca de nuevos tesoros por descubrir. A golpe de ratón saltaba de aquí para allá seguro de tener un buen día de pesca. Me preguntaba cuántos artistas buenos había ahí fuera esperando ser descubiertos y lo que es peor, cuántos nunca llegarían a serlo. El día había muerto hacía ya un buen rato y, casi sin darme cuenta, me quedé dormido...

Abrí los ojos lentamente y traté de enfocar mi visión mientras me los frotaba con fuerza. Ante mí, y en todas direcciones, se extendía una yerma llanura que parecía no tener fin.  El sol brillaba con fuerza y una cálida brisa me acariciaba con suavidad.

-Aquí es -me dijo.
-¿Quién eres tú? -le dije al tiempo que me volvía.
-Soy el que va a responder tu pregunta.
-¿Mi pregunta?
-Si. Te preguntabas si la buena música llega a conocerse o bien si muere en la más absoluta soledad.
-Y un chico vestido de cartero (detalle del que acababa de darme cuenta) va a decírmelo, ¿no? -le dije sorprendido todavía de lo real de aquel sueño.
-Sígueme, por favor.

Caminamos una docena de pasos aproximadamente hacía el interior del desierto con la mirada puesta en el suelo. De pronto, se paró en seco.

-Es aquí.
-Aquí...claro... -afirmé en tono condescendiente.
-Ten paciencia, internauta desesperado.-me espetó en tono reprobatorio. No ves porque no te detienes a ver. Es tan sencillo como eso.

El chico se agachó en cuclillas, apartó la arena con la mano y dejó al descubierto una ranura estrecha y alargada.

-¿Qué es eso? -pregunté.
-Un buzón, ¿acaso no lo ves?
-¿Esa ranura en el suelo es un buzón?
-No exactamente. Esto es un planeta-buzón. Los hay de muchas utilidades. Este es aquel al que van las canciones más bonitas que se componen. Aquellas que, a pesar de nacer en la más absoluta soledad, están destinadas a ser conocidas por el mundo.
-Ya, claro. ¿Y según tú, cómo funciona este "planeta-buzón"?.
-Es bastante sencillo. Cada vez que se termina de componer una canción que merece la pena, una carta aparece en mi bolsa (se señaló la bandolera que colgaba de él).
-¿Y qué haces con ella? ¿A quién se la envías?
-Yo no la envío a ningún sitio. Tan solo las dejo en el buzón. Una vez en él, ya no tengo nada más que hacer, él se encarga del resto.
-¿Pero cómo sabes a quién enviarla?
-¿Por qué eres tan tozudo? ¿No confías en nadie o qué? -preguntó entre sorprendido y enfadado.
-Donde yo vivo las cosas no son tan sencillas, no se confía en algo así como así.
-¡Qué lástima me das! -Me miró casi con ternura-. Cada carta lleva un nombre escrito. El buzón tan solo se asegura de que esa persona, en algún momento de su vida, se encuentre con su canción.

Lo miré fijamente. La verdad es que había conseguido arrancarme una sonrisa con sus historias. Me caía bien, me daba un poco de pena dejar el sueño.

-Me sabe mal dejarte aquí, niño-cartero de mi sueño, pero debo despertar y volver al trabajo. Ha sido un placer conocerte.
-¡Pero que terco eres! -bramó-. ¿Crees que esto es un sueño??? Si no me crees, entonces esta carta supongo que debo romperla -dijo mientras rebuscaba en su bandolera y sacaba un sobre de ella. Me la entregó con un brusco ademán.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que el sobre llevaba mi nombre completo impreso. Era pequeño, dorado y no tenía solapa. No acertaba a explicar cómo lo había hecho aquel mocoso, pero había conseguido llamar mi atención.

-¿Cómo se abre? -una creciente curiosidad se adueñaba de mí.
-Esta carta no hay que leerla, debes escucharla. Es sencillo, solo tienes que pedirle que suene para ti. Las cosas son simples, no las compliques más.
Lo miré con cierto recelo. Todavía no creía por qué seguía haciéndole caso, y mucho menos que estuviera a punto de hablarle a un sobre.
-Por favor, suena para mí...- Susurré.

Entonces ocurrió. Una hermosa canción comenzó a escucharse por todas partes, como si el sonido viniera del cielo. El mundo se había detenido para que yo pudiera sentirla. Entendí entonces que aquella canción era para mí, que necesitaba que yo la descubriera para poder compartirla con la pasión y la entrega que se merecía. Sin mediar palabra, aquel chico me había hecho entenderlo todo.
 Pero el mundo comenzó a desvanecerse. La melodía se alejaba al tiempo que yo me elevaba sobre el desierto. No quería dejar aquel lugar, no ahora. Necesitaba saber el nombre de esa canción.

-¡No puedes dejarme así!!!! -grité mientras me alejaba-. ¿Cómo voy a encontrarla????
-¡Tranquilo!. ¡Ella te encontrará a ti!!!! ¡Solo tienes que confiar en mí!!!!

Comencé a girar sobre mí mismo mientras me alejaba a toda velocidad de aquel paisaje. Fue entonces cuando me desperté sobresaltado, entre sudores. Tenía las letras del teclado marcadas en mi frente, al parecer me había quedado dormido sobre él. Pensé en lo bonito que había sido aquel sueño, en lo maravilloso que sería tener la certeza de que ninguna canción hermosa quedara sin dueño, sin receptor, sin media naranja. Había sido tan real que me produjo un hondo pesar el estar de nuevo en el mundo real. Me percaté entonces de un detalle. Al quedarme dormido había tecleado en la pantalla tres letras al azar, que formaban una palabra desconocida para mí, GIT. ("Ella te encontrará a ti. Solo tienes que confiar en mí.")

¡Qué demonios! era un buen momento para empezar a creer. Presioné intro y me encontré con una banda Madrileña llamada GIT, que acababan de estrenar su segundo trabajo We don´t know were we are. Comencé a escuchar los temas, sin prisa, con el gusanillo de quien cree estar seguro de no equivocarse en sus teorías aunque parezcan una locura. Me sentía como un arqueólogo que se ha quedado excavando solo porque está seguro de descubrir algo importante. Y, simplemente, sucedió. Tal y como aquel pequeño había vaticinado. Allí estaba, sonando majestuosa entre sus compañeras. Se llamaba Raincoat. Por fin nos conocíamos. Ahora mi misión era no permitir que cayera en el olvido.




Y hasta aquí la historia de cómo conocí a GIT. Puede que no me creáis, o puede que decidáis que hoy es un buen día para empezar a confiar en el destino de la música. Cuando encontréis un tema que os haga sentir algo distinto, no lo guardéis en un cajón. Hablad de él, compartidlo, amadlo y sentidlo como si fuera vuestro. Ese es en realidad el futuro de la música y de los artistas que luchan día a día por conseguir que una de sus canciones acabe en nuestro buzón...

                                                                      









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lunes, 7 de mayo de 2012

En los confines de Ambros Chapel...

Abrí los ojos. Nada. Oscuridad total. Las sienes me palpitaban al ritmo de un caballo desbocado. Sentía el frio y la humedad calando en todos mis huesos, lo cual suponía inequívocamente que estaba tirado sobre un suelo pétreo y húmedo. Me incorporé despacio, irguiéndome con pausa para no caer desplomado de nuevo. No recordaba cómo había llegado a estar envuelto en la más completa lobreguez que, paradójicamente, no causaba en mí el desasosiego o la incertidumbre que se le supone a las tinieblas. Contrariamente, me sentía lleno, rebosante de paz y con la plena confianza en que muy pronto todo cobraría sentido. Cuando mis pupilas se adaptaron a la oscuridad, comencé a distinguir cierta claridad a unos pocos metros de distancia. Un pasaje angosto se dibujaba ante mi mirada atónita. Apoyé las manos en ambas paredes y me arrastré con decisión hacia el final de aquel suelo alfombrado con tenues sombras que nacían y morían ante mi flemático caminar. No tardé mucho en alcanzar mi objetivo. Una gran puerta de madera cuya aldaba había sido arrancada de cuajo. La empujé sin demasiado convencimiento y, como esperaba, no cedió ante mi intento. Fue entonces cuando me percaté de una extraña inscripción tallada justo dónde debía reposar la aldaba. Aquella frase rezaba "el amor nos destrozará". Fruncí el ceño ante aquel críptico mensaje y lo repetí en voz alta pensando que quizás escuchase algo más que haciéndolo en mi cabeza. Justo al pronunciar las palabras, la puerta chirrió y se abrió ante mi mirada atónita. Demasiado sencillo. Decidí no hacerme preguntas y continué avanzando por las escaleras que surgieron tras esa extraña puerta. Varias teas colgaban a ambos lados iluminando los, al parecer, cientos de escalones que no dejaban ver el final de aquella inquietante ascensión. Asiendo una de aquellas antorchas, afronté mi camino sin perder la esperanza de encontrar un final. Fue entonces cuando percibí, muy tenue pero legible, arañada en la tea otra inscripción enigmática, "ardes desde tu interior". Me detuve, cerré los ojos y escuché mi corazón mientras posaba mi mano en él. Al principio no lo percibí, pero mi angustia ante el solo hecho de imaginarme un corazón frío lo hizo latir con fuerza. Suspiré entonces al tiempo que abría los ojos y descubría cómo las escaleras habían terminado repentinamente. Me hallaba en la antesala de una estancia esférica y sellada. Solo paredes. Sin ventanas, sin puertas, sin rendijas, sin resquicios...tan solo palabras y frases envolviendo los muros. Giraba sobre mi mismo leyendo "Tan Joven", "Luna asesina", "Las constantes están cambiando" o "Me gustaría que estuvieras aquí", todo giraba conmigo en una siniestra danza que por fin liberó mi percepción. Fue entonces cuando supe cómo había llegado hasta allí. Recordé mi sillón favorito, recordé cómo me había sentado a escuchar Constants are Changing ("Las constantes están cambiando") de Ambros Chapel, una banda que me había impresionado ya con Rome, su primer trabajo. Ahora todo cuadraba, evocaban a Joy Division ("Love Will Tear Us Apart"), a Echo and the Bunnymen ("The Killing Moon"), a Bauhaus ("Burning From the Inside"), a Pink Floyd ("Wish you were here") y a Suede ("So Young") entre otros muchos aromas musicales que inundaban mis fosas nasales. Podía recordar con claridad cómo me emocioné al comprobar que surgían de lo más profundo de nuestras entrañas, que no pertenecían a tierras lejanas, y de lo orgulloso que me sentí por ello. Ahora, mi cuerpo inerte yacía en un sillón mientras mi mente tomaba conciencia de encontrarse inmersa en el universo de Ambros Chapel, y lo más importante de todo, sabía a ciencia cierta que jamás podría ni querría abandonarlo.

Más info aquí.

Ambros Chapel : Lovers



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