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jueves, 4 de octubre de 2012

Hay una maravillosa poesía en el habla común

 Carta de Denise Levertov a William Carlos Williams

“Queridos Bill y Floss: He estado increíblemente descuidada con las cartas este verano… por favor, perdonen mi grosería por no haber respondido antes para agradecer “The American Idiom” y para contestar a tus comentarios sobre mis poemas recientes. A manera de excusa, la verdad es que estaba pasando un tiempo tan bueno al aire libre en Maine, nadando y nadando y caminando y simplemente mirando, que aborrecía pasar tiempo adentro encerrada en mi estudio… además, finalmente, nos encontrábamos en un estado de parálisis y tensión por la cuestión de si debíamos gastar hasta el último centavo que tenemos (y es la primera y tal vez última vez que fortuitamente tenemos algo de dinero extra) en la compra de una vieja granja.
Bien, lo hicimos -al menos eso creo-; las negociaciones tendrían que haber concluido hace un par de días, ya que Mitch se quedó allá con ese propósito… pero todavía no sé nada.
Ahora bien, con respecto a “The American Idiom”, estoy de acuerdo en que hay muchos escritores jóvenes (es poco probable que los viejos puedan cambiar, de todos modos) que necesitan que les digan eso porque empiezan a escribir en un estilo “literario” prestado que no tiene raíces en su propia vida y que no corresponde a la manera en que sienten y hablan. Además coincido en que hay una maravillosa poesía en el habla común, una poesía dolorosa y desgarradoramente humana que sólo puede escucharse y celebrarse si el poeta la escucha y la libera… la obra de tu vida lo demuestra.
Pero, en mi caso particular, no puedo poner en primer lugar la idea de “el idioma americano”. Para ti siempre ha sido un punto central, casi una misión. Pero cada persona debe conocer sus propias necesidades. Mi necesidad y mi deseo es encontrar en cada poema el tono y la medida de lo que siento, aunque el lenguaje, palabra por palabra y medida por medida, impresione o no al lector como “americano”. El poema que te apesadumbró, “La escalera de Jacob”, tiene que ser como es porque suena de la manera en que pienso y siento sobre él, o de la manera más próxima que me resulta posible. Si lo reestructuro para convertirlo en otra cosa sería traicionar lo que sé que debo hacer. Debes tener en cuenta que no crecí en América, y tampoco en una atmósfera inglesa sino europea, mi padre se naturalizó en Inglaterra más o menos en la época en que yo nací… su formación y origen era judío, ruso, centroeuropeo… y mi madre, orgullosamente galesa, había vivido en Polonia, Alemania y Dinamarca, etc. todos los años entre 1910 y 1923. Y luego, cuando vine de Estados Unidos, ya tenía 24 años… así que aunque era impresionable, buen material para el crisol de razas, el idioma americano es para mí una lengua adquirida. Sin dudas soy una poeta americana, si soy algo -sé que no soy una poeta inglesa-, pero no obstante siento que los grandes poetas europeos también “me pertenecen” como herencia. Tal vez no sea bueno carecer de profundas raíces locales, estar cómoda en todas partes y ninguna, pero si la propia vida te ha llevado a ser una persona así, y si una es poeta por aptitud natural y por constitución, sin duda debe aceptarlo: por ejemplo, mi habla cotidiana no es puramente americana: soy adaptable y con frecuencia la modifico para encajar con las personas con las que me encuentro, pero cuando hablo con Mitch y conmigo misma mi vocabulario es una mezcla de distintos elementos… más americanos que cualquier otra cosa, pero tampoco un americano estándar, por así llamarlo, si es que algo así existe, y por supuesto no existe. Y creo fervientemente que la primera obligación del poeta es ser dueño de su propia voz… descubrirla y usarla. Y la “voz” propia no habla solamente con el vocabulario con frecuencia descuidado e impreciso con el que hacemos las compras de almacén sino con todos los recursos de la propia vida, sean cuales fueren, independientemente de que sean “americanos” o de otras culturas, siempre y cuando sean verdaderamente propios y no fingidos.
Agrega a esto el hecho de que “La escalera de Jacob” fue escrita en una iglesia en México (al menos fue empezada allí, mirando una pintura primitiva).
Además, por cierto que no está compuesta en yambos. Cuando vaya a verte (pronto, espero), te lo leeré y si todavía te interesa el asunto lucharemos hasta el final.
Me alegra que te gustaran algunos de los otros poemas y espero que no sientas que estoy desertando de todo lo que te resulta más caro… tu propia obra sigue siendo tan rica y necesaria para mí como lo ha sido desde que empecé a leerla hace 13 años, pero simplemente no puedo estar de acuerdo con todo lo que dices sobre el Lenguaje Americano y creo que tienes que conceder que de todas maneras yo soy un caso especial… soy una ciudadana de segunda, naturalizada tardíamente, no una chica completamente americana, y que me condenen si pienso fingir ser otra cosa o descartar las otras influencias culturales que forman parte de mi sistema, pese a lo que cualquiera pueda decir.
Cariños,

Denise

P.S. Caramba, acabo de darme cuenta al fechar esta carta que el sábado fue tu cumpleaños. Por favor, acepta mis mejores deseos y que tengas un año de buena salud y de muchos poemas y alegrías.”

Traducción de Mirta Rosenberg en el Diario de Poesía 82 (Argentina).

lunes, 17 de septiembre de 2012

Si todas las muchachas fueran mías

WOLFANG AMADEUS MOZART
(Salzburgo, actual Austria, 1756 - Viena, 1791) 

De La flauta mágica
Libreto de Emmanuel Schikaneder

(2) Aria de PAPAGENO

Yo soy el pajarero,
siempre alegre, ¡oh, arriba!
Como pajarero soy conocido por
viejos y jóvenes en todo el país.
Cazo con reclamo y toco la flauta.
Puedo estar alegre y contento,
porque todos los pájaros son míos.
Yo soy el pajarero,
siempre alegre, ¡oh, arriba!
Como pajarero soy conocido
por los viejos y los jóvenes
en todo este país.
¡Me gustaría tener una red
para muchachas,
las cazaría por docenas!
Luego las metería en la jaula
y todas ellas serían mías.
Si todas las muchachas fueran mías,
las cambiaría por azúcar:
y a la que yo más quisiera
le daría enseguida el azúcar.
y me besaría con delicadeza,
si fuera mi mujer y yo su marido.
Dormiría a mi lado y la acunaría
como si fuese una niña.
(...)

PAMINA

¡Tamino mío! ¡Oh, qué felicidad!

TAMINO

¡Pamina mía! ¡Oh, qué felicidad!
Aquí están las puertas del espanto,
que me amenazan
con la miseria y la muerte.

PAMINA

En todas partes
estaré a tu lado.
Yo misma te guiaré,
el amor me conducirá

(le toma de la mano)

Él sembrará de rosas el camino,
pues rosas y espinas van unidas.
Y si tú tocas tu flauta mágica,
ella nos protegerá en el camino.
En una hora mágica mi padre
la talló de lo más hondo
de una encina milenaria,
entre truenos y relámpagos,
tempestades y huracanes.
Ven y toca la flauta,
nos guiará por el camino de espanto.
**
Imagen: Tamino y Pamina, acuarela de Max Slevogt. Tomada de wikipedia.com

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El dueño del fuego

Con Abelardo Castillo. Tomada de 123people.com 
SYLVIA IPARRAGUIRRE
(Junín, Buenos Aires, Argentina, 1947)



La mañana ya había empezado con un pequeño malestar. O por lo menos esto es lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensaría más tarde al salir del aula. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro dejaban pasar como a desgano esa ambigua claridad del invierno que obligaba a encender las luces, a no mirarse las caras, a hablar sin levantar la voz. En un rincón, el portero forcejeaba con la estufa a kerosene. Los asistentes a la clase de etnolinguística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy
-¡Coño! -dijo el portero. La estufa exhibía un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con pequeñas explosiones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora. El portero se levantó y dijo-: Ya vuelvo, voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen. El pronombre reflexivo o algo en el acento espafiol del portero provocó discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Lengua y Cultura del Chaco Argentino, debía comenzar en unos minutos. Se contaba con un indio: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más de una hora.
A las diez y media en punto apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva cara de indio. El pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Su aspecto era muy pulcro; llevaba medias y alpargatas. Murmuró un saludo y se dirigió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y castellano, la leyenda: "El hombre es la medida de todas las cosas". La doctora salió del aula. Cuando volvió, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge Dusseldorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguistiche indizien des Kurtunwandels in NordostNeuquinea (München, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente citado por los alumnos de la Facultad, quienes deseaban desentrañar algún día sus profundos conceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La universidad argentina se conmovía con su presencia. El portero, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.
-Gracias -dijo en correctísimo castellano-. Puede retirarse.
Todos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo también. La clase comenzaba.
-La clase anterior -dijo la doctora a quien le gustaba ir directamente al punto- habíamos llegado hasta la parte de caza y pesca, armas e implementos, ¿verdad?
Todos dieron cabezadas afirmativas.
-Bien, hoy no usaremos cintas grabadas -dijo la doctora-. Vamos a retomar con el propio informante la parte correspondiente a pesca. Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice "pescar"?
El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared y dijo: -Sokoenagan.
-Muy bien. Así que esto es "pescar".
El indio sacudió la cabeza. -No -dijo-. Yo voy a pescar.
-Ah, bien, la primera persona verbal. Entonces, usted va a pescar. -lo señaló pero el indio no dijo nada-. Bien, pero, ¿cómo se dice "pescar"?, solamente eso.
-Sokoenagan -dijo el indio.
La doctora quedó con el bolígrafo en alto.
-Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos "él pesca"?
-Niemayó-rokoenagan -dijo el indio.
-Perfectamente -dijo la doctora y se explayó en consideraciones fonéticas. Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.
-Recapitulemos -dijo, por fin, la doctora-. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan. Existe una glotalización con valor distintivo en...
El indio decía que no con la cabeza. Parecía que lo recapitulado no era correcto.
-¿Cómo? -dijo la doctora.
-Está sentada, todavía no fue -dijo el indio. Hubo un breve silencio.
-Un tiempo continuo o un elemento espacial en la conjugación -avisó la doctora a la clase-. Explíquese -dijo severamente. Por un momento pareció que iba a agregar "buen hombre" pero no fue así.
-Está sentado, pero todavía no fue a pescar. Está pensando -dijo el indio-, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.
Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no facilitaba las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.
-¿Podrá ser, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del objeto nombrado?
-No creo que sea el caso -dijo, con frialdad, la doctora.
El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia de campo, intervino:
-Permítame, doctora -Era un hombre que sabía manejarse con los indios.- ¿Qué querés decir cuando decís que lo estás viendo, Marcelino? -El antropólogo tuteaba al toba aunque debía tener veinte años menos. La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.
-Si no lo veo, digo de una manera distinta -dijo el indio. Y agregó-: Pero no pesca; va a ir a pescar.
Hubo un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones a unas alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía las últimas corrientes teóricas; sin embargo, añoraba la época de la Antropología Clásica y soñaba con reeditar a uno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses, capaces de internarse en lo más profundo y salvaje de la jungla, todo por la ciencia. Él mismo ya había estado en el Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había trabajado con estadísticas, lenguajes procesados y computadoras. Los murmullos se generalizaron.
-Muy bien, Marcelino -dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.
La clase continuó. El indio permanecía sentado, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el respaldo de la silla.
-Pasemos a la caza -dijo la doctora, acomodándose los anteojos. El antropólogo sintió nuevamente que le correspondía tomar la palabra.
-Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino?
-Sí -dijo el indio.
-¿Había algún rito... -el antropólogo titubeó-, quiero decir, alguna reunión, alguna ceremonia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?
-No -dijo el indio y miró vagamente a su alrededor.
Se produjo un corto silencio. La doctora intervino. Manifestó su interés en preguntar sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo totalmente de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiese formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía contraer por maleficio del animal perseguido. Él se había enfermado de ese modo. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Recordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo hacerlo. Pero él, después, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz que era paraguayo y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.
La última palabra sonó extraña en el aula. Los presentes miraban al indio como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran a descubrir en él una cualidad que antes no habían percibido. En el aire flotaba una observación notable: ese indio era argentino.
-Me fui un domingo a hablarle -proseguía el toba. No había variado su actitud y su mirada permanecía fija en el suelo-. Y me pelié.
Trabajábamos toda la semana, no había domingo.
Estudiando su cuaderno de notas, la doctora dijo:
-Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultural. Miró al antropólogo que acudió otra vez en su auxilio.
-Está bien, Marcelino -dijo el antropólogo con cierta advertencia en el tono de su voz; tenía experiencia de campo y sabía cómo hablar con los indios-, está muy bien -ahora parecía dirigirse a una criatura-, pero queremos que nos cuentes cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho años cuando te viniste del Chaco.
-Sí, me vine -dijo el indio-. Yo no quise entrar en la transculturación. -Como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó nota de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba-. Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los vagones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados.
La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y dijo con tono autoritario:
-Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética. Miró otra vez al indio.

-¿Cómo se dice "pez"?
El indio suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. No pareció un gesto oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.
-Naiaq -dijo.
-Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto -dijo con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora.
-Si el pez está ahí y yo lo veo, sí -interrumpió el indio-, si no, no. -Todos lo miraron.- Hay otra forma -concluyó, finalmente, el toba.
-¿Cuál? -preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos.
-Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak -dijo el indio. Algunos de los presentes creyeron advertir una sombra de sonrisa en su cara pétrea, pero sus ojos estaban serios y fijos.
-Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte lingüística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y armas -dijo la doctora, marcando tremendamente las erres.
Todos se relajaron. Sería lo mejor. La clase en pleno se daba cuenta de que la doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El informante debía colaborar, de otro modo era imposible organizar adecuadamente la parte fonética.
-Un merecido receso, doctora -dijo, sonriente, el antropólogo. Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo y la doctora se retiraron a un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indio que permanecía sentado en su silla.
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-Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día. -Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de su silla. Cada tanto, un rápido parpadeo le modificaba la expresión.
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-Así que la ciudad no te gusta -le dijo uno de los estudiantes-, sin embargo vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.
El indio dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo: -Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad -dijo-, por todos lados ciudad.
Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeó las manos académicamente.
-Continuamos -dijo.
Mientras todos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.
-Bueno, Marcelino -dijo el antropólogo, colocándose frente al toba-, reconocés estos elementos, estas armas... sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio. Desde la silla, el toba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano.
-Sí -dijo-, sí.
-¿Alguno te llama la atención en forma especial? -continuó preguntando el antropólogo.
El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo-. Esta es una flecha para pescar.
-Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas estas cosas guardadas en su casa.
De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron; el antropólogo dio un brusco paso hacia atrás. E1 indio le habló en voz baja.
-Por supuesto, Marcelino -el antropólogo intentaba reír-, por supuesto. -Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco -informó a la clase.
Se oyeron unas risas aisladas, nerviosas. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo recorrían parte por parte. No había ninguna afectación en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.
-Esta es de caza -dijo sin dirigirse a nadie. Paradójicamente se veía mucho más corpulento sin el saco. Su cuello y sus hombros eran poderosos. En su frente, inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena desde el entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad. No parecía el mismo que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora-. Y ésta es la de guerra. Al decirlo el indio miró al antropólogo. La flecha que sostenía era la más grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo.- Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos. -Miró otra vez al antropólogo y después a todos; antes de que el antropólogo hablara, dijo.- Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a la llanura del indio.
Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada impropio, pero algo había en su manera de pararse y de tomar el arco que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar interés pero era evidente que estaba algo desconcertado e incómodo.
El toba, con una destreza sorprendente, tensó la cuerda y la amarró al extremo del arco. Todos los ojos estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmente oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:
-Cómo se dice "flecha", Marcelino.
El indio levantó bruscamente la cabeza. Hichqená -dijo.
-Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que...
El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro -de tipo mongólico, pensó automáticamente el antropólogo- se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces -en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla- irradió de su cuerpo, una fuerza recíproca entre su brazo y la tensión del arco, una especie de potencia masculina, en fin, que fastidiaba especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:
-Kal'lok -y repitió más fuerte-, Kal'lok. Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha, la más larga, con el penacho de plumas. El antropólogo se levantó de su silla. Estaba pálido. La doctora había dejado su cuaderno de notas sobre el escritorio.
-Creo que no es necesario... -empezó a decir.
-¡Ena...! ¡Ená...! ¡Peritnalik! -la voz profunda del toba rebotó en las paredes.
Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha de guerra en el arco y volvía a tensar la cuerda. Había quedado de perfil a la clase y en esa actitud era muy fácil imaginar su torso desnudo, como en un sobrerrelieve. La flecha ocupaba exactamente el vacío de la tensión. Su punta alcanzó casi la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.
-Hanak ená ña'alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák... -murmuró la voz ronca del indio. Estaba inmóvil. Sólo sus ojos describieron, lentamente, un semicírculo que los abarcó a todos. Algunas cabezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían delante. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.
-Kal'lok -dijo el indio.
El silencio pesó como una losa.
El toba bajó, despacio, el brazo y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiro el saco y se lo colgó del antebrazo.
El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, personas que se inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas. El antropólogo, todavía pálido, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.
-Perfectamente, Marcelino, perfectamente -dijo.
Esto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. Recorrió el aula la información de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como "...el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva..." y también algo más, pero no se podía asegurar.
Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó sin mirarlo.
El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron últimos. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición es fundamental para los fines científicos.


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De En el invierno de las ciudades, Ed. Galerna, 1988. ©.
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miércoles, 22 de agosto de 2012

Brevísimos

¿Para qué quieres vivir?

El filósofo paseaba por los campos cuando encontró en el río a un pescador muy atareado.
—¿Qué haces, buen hombre? —le preguntó.
—Echo las redes.
—¿Para qué?
—Para pescar.
—¿Para qué quieres pescar?
— Para vender el pescado.
—¿Para qué quieres venderlo?
—Para obtener algunas monedas.
—¿Y para qué quieres el dinero?
—Para comer.
—¿Pero, para qué quieres comer?
—¡Para vivir, señor, para vivir!
— ¿Pero para qué quieres vivir…?
El pescador se quedó perplejo, y enmudeció.
—¿Para qué quieres vivir? –insistió el filósofo.

El pescador caviló unos momentos y al fin respondió:
—Para pescar.

Cuento de Giovanni Papini
***
La cabeza del perro

Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro... hasta que descubro que no tengo perro.

Cuento de Arthur Conan Doyle
***
La Mosca que soñaba que era un Águila

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.

En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

Cuento de Augusto Monterroso
***

El juramento del cautivo


El Genio dijo al pescador que lo había sacado de la botella de cobre amarillo:
—Soy uno de los genios heréticos y me rebelé contra Salomón, hijo de David (¡que sobre los dos haya paz!). Fui derrotado; Salomón, hijo de David, me ordenó que abrazara la fe de Dios y que obedeciera sus órdenes. Rehusé; el Rey me encerró en ese recipiente de cobre y estampó en la tapa el Nombre Muy Alto, y ordenó a los genios sumisos que me arrojaran en el centro del mar. Dije en mi corazón: a quien me dé la libertad, lo enriqueceré para siempre. Pero un siglo entero pasó, y nadie me dio la libertad. Entonces dije en mi corazón: a quien me dé la libertad, le revelaré todas las artes mágicas de la tierra. Pero cuatrocientos años pasaron y yo seguía en el fondo del mar. Dije entonces: a quien me dé la libertad, yo le otorgaré tres deseos. Pero novecientos años pasaron. Entonces, desesperado, juré por el Nombre Muy Alto: a quien me dé la libertad, yo lo mataré. Prepárate a morir, oh mi salvador.

Cuento de “Las mil y una noches”

***
Tomados del blog http://cuentosconluzpropia.blogspot.com.ar

martes, 26 de junio de 2012

De toda creación saldrás con vergüenza


GABRIELA MISTRAL
Seudónimo de Lucilia Godoy
(Vicuña, Chile, 1889-Nueva York, EE.UU., 1957)

Decálogo del artista

I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.

II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.

III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.

IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.

V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.

VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.

VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.

VIII. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.

IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.

X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza.

miércoles, 18 de mayo de 2011

¿Por qué, mi corazón, tú no descansas?

FRIEDRiCH NIETZSCHE
Lützen, 1844 – Weimar, Alemania, 1900) 

Un poema de Así habló Zaratustra: "Was mir die Nacht erzählt?" ("¿Qué te dice la noche?"):


Oh! hombre, ¡presta atención!
¿qué dice la profunda medianoche?

Yo dormía, yo dormía
De un profundo soñar me he despertado
El mundo es profundo
Más profundo de lo que el día ha pensado
Profundo es su dolor
El deseo es más profundo que el dolor
El dolor dice: ¡aléjate!
Mas todo deseo quiere eternidad
Quiere profunda, profunda eternidad.
***
Habla el solitario



¿Tener yo pensamientos?
¡Buenol Ya sé que por señor me quieren.
¿Pero hacerse uno mismo pensamientos?
¡Cuán gustoso olvidara yo tal arte!

A aquel que se fabrica psnsamientos
Sus mismos pensamientos lo dominan;
Y no quiero servir ahora ni nunca.
***
Mi hogar


Tengo mi hogar y patria en las alturas;
Por esto de subir no siento anhelo
Ni mis ojos levanto nunca al cielo.
Desde arriba yo miro las honduras.
Yo soy uno que debe bendecir,
y todo el que bendice mira al suelo.
***
Crepúsculo



Ya que el día cansado está del día,
Ya que el ansia anhelante del arroyo
Esperanzas susurra de consuelo,
Ya que la esfera pálida del cielo
En finas blondas de oro suspendida,
¡Descansa! al oído dice al fatigado ...
¿Por qué, mi corazón, tú no descansas?
¿Qué te espolea en tu incesante huida
Que los pies te ensangrienta?...
Di, ¿qué esperas?

lunes, 2 de mayo de 2011

¡Demasiado!

Tomada de mundo52.com
Un poema de RAY BRADBURY
(Waukegan, Illinois, EE.UU., 1920-)

Tenemos el arte para que la verdad no nos mate
¿Sólo conoces lo Real? Cae muerto.
Eso dijo Nietzsche.
Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
Para nosotros el mundo es demasiado.
Después de cuarenta días el Diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el Tiempo
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba,
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto... ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón! ¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero
de nuestras anomalías.
Y Shakespeare envenena el dardo de la Muerte
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un Arca de huesos
porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio;
extrae esa Verdad con las tenazas del Arte
y emploma el abismo en donde estaba
oculta en las sombras con el Tiempo y las Causas.
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón
con la boca de Yorick demos gracias al Arte.

We Have Our Arts So We Don’t Die of Truth.
**

domingo, 3 de abril de 2011

Repróchate los errores y alégrate los aciertos

PITÁGORAS
(Isla de Samos, Grecia, h 572 a.C. - h 497 a.C.)


Honra, en primer lugar, y venera a los dioses inmortales,
a cada uno de acuerdo a su rango.
Respeta luego el juramento, y reverencia a los héroes ilustres,
y también a los genios subterráneos:
cumplirás así lo que las leyes mandan.
Honra luego a tus padres y a tus parientes de sangre.
Y de los demás, hazte amigo del que descuella en virtud.

Cede a las palabras gentiles y no te opongas a los actos provechosos.
No guardes rencor al amigo por una falta leve.

Estas cosas hazlas en la medida de tus fuerzas,
pues lo posible se encuentra junto a lo necesario.

Compenétrate en cumplir estos preceptos, pero aténete a dominar
ante todo las necesidades de tu estómago y de tu sueño,
después los arranques de tus apetitos y de tu ira.

No cometas nunca una acción vergonzosa,
Ni con nadie, ni a solas:
Por encima de todo, respétate a ti mismo.

Seguidamente ejércete en practicar la justicia, en palabras y en obras,
Aprende a no comportarte sin razón jamás.

Y sabiendo que morir es la ley fatal para todos,
que las riquezas, unas veces te plazca ganarlas y otras te plazca perderlas.

De los sufrimientos que caben a los mortales por divino designio,
la parte que a ti corresponde, sopórtala sin indignación;
pero es legítimo que le busques remedio en la medida de tus fuerzas;
porque no son tantas las desgracias que caen sobre los hombres buenos.

Muchas son las voces, unas indignas, otras nobles, que vienen a herir el oído:
Que no te turben ni tampoco te vuelvas para no oírlas.
Cuando oigas una mentira, sopórtalo con calma.

Pero lo que ahora voy a decirte
es preciso que lo cumplas siempre:
Que nadie, por sus dichos o por sus actos,
te conmueva para que hagas o digas nada que no sea lo mejor para ti.

Reflexiona antes de obrar para no cometer tonterías:
Obrar y hablar sin discernimiento es de pobres gentes.
Tú en cambio siempre harás lo que no pueda dañarte.

No entres en asuntos que ignoras,
mas aprende lo que es necesario:
tal es la norma de una vida agradable.

Tampoco descuides tu salud,
ten moderación en el comer o el beber,
y en la ejercitación del cuerpo.

Por moderación entiendo lo que no te haga daño.
Acostúmbrate a una vida sana sin molicie,
y guárdate de lo que pueda atraer la envidia.

No seas disipado en tus gastos
como hacen los que ignoran lo que es honradez,
pero no por ello dejes de ser generoso:
nada hay mejor que la mesura en todas las cosas.

Haz pues lo que no te dañe, y reflexiona antes de actuar.
Y no dejes que el dulce sueño se apodere de tus lánguidos ojos
sin antes haber repasado lo que has hecho en el día:
"¿En qué he fallado? ¿Qué he hecho? ¿Qué deber he dejado de cumplir?"
Comienza del comienzo y recórrelo todo,
y repróchate los errores y alégrate los aciertos.

Esto es lo que hay que hacer.
Estas cosas que hay que empeñarse en practicar,
Estas cosas hay que amar.
Por ellas ingresarás en la divina senda de la perfección.
¡Por quien trasmitió a nuestro entendimiento la Tetratkis,
la fuente de la perenne naturaleza.

¡Adelante pues! ponte al trabajo,
no sin antes rogar a los dioses que lo conduzcan a la perfección.
Si observares estas cosas
conocerás el orden que reina entre los dioses inmortales y los hombres mortales,
en qué se separan las cosas y en qué se unen.

Y sabrás, como es justo, que la naturaleza es una y la misma en todas partes,
para que no esperes lo que no hay que esperar,
ni nada quede oculto a tus ojos.

Conocerás a los hombres,
víctimas de los males que ellos mismos se imponen,
ciegos a los bienes que les rodean, que no oyen ni ven:
son pocos los que saben librarse de la desgracia.
Tal es el destino que estorba el espíritu de los mortales,
como cuentas infantiles ruedan de un lado a otro,
oprimidos por males innumerables:
porque sin advertirlo los castiga la Discordia,
su natural y triste compañera,
a la que no hay que provocar, sino cederle el paso y huir de ella.

¡Oh padre Zeus! ¡De cuántos males no librarías a los hombres
si tan sólo les hicieras ver a qué demonio obedecen!

Pero para ti, ten confianza,
porque de una divina raza están hechos los seres humanos,
y hay también la sagrada naturaleza que les muestra y les descubre todas las cosas.
De todo lo cual, si tomas lo que te pertenece,
observarás mis mandamientos,
que serán tu remedio, y librarán tu alma de tales males.

Abstente en los alimentos como dijimos,
sea para las purificaciones, sea para la liberación del alma,
juzga y reflexiona de todas las cosas y de cada una,
alzando alto tu mente, que es la mejor de tus guías.

Si descuidas tu cuerpo para volar hasta los libres orbes del éter,
serás un dios inmortal, incorruptible,
ya no sujeto a la muerte.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La gallina puso un huevo

COPLAS




Yo soy fulano de tal,
criado con leche 'e coco,
al que le pongo la mano,
si no muere, queda loco.

***

El domingo que fue al baile
su padre la regañó;
pa que regañe por algo
el domingo irá con yo.

***

Me mandaron no sé dónde,
a buscar no sé qué rosa;
y me volví no sé cuándo,
trayendo no sé qué cosa.

***

La gallina puso un huevo
pero lo puso movido,
de tanto bailar bambuco
con el gallo amanecido.

***

Ay dame lo que te pido,
que no te pido la vida,
de la cintura pa' bajo
de las rodillas pa' rriba.

***

Ven muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer de vivir
no me torne a dar la vida.

domingo, 21 de noviembre de 2010

No intenten deslumbrar al burgués

Paul Klee

JUAN CARLOS ONETTI
(Uruguay, 1909-España, 1994)



Decálogo más uno para escritores principiantes


I

No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
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II

No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
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III

No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
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IV

No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa.
Ni siquiera en el lector hipotético.
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V

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre
para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
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VI

No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
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VII

No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando
asomaron la nariz, hoy son genios.
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VIII

No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?
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IX

No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
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X

Mientan siempre.
**
XI

No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela,
que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer".

domingo, 1 de agosto de 2010

El durazno engendra el duraznero

LA SERIE DE GARBELD
de JORGE AULICINO
(Buenos Aires, Argentina, 1949)


Garbeld, vanguardista
–Este nuevo poeta, Breton –dijo Garbeld, y meneó la cabeza–.
 –¿Qué le pasa con él? –preguntó un crítico de arte–.
 –Nos dice que el método de asociaciones libres es el indicado para la poesía, pero no lo lleva a fondo. Acabo de leer su poema "Unión libre" en esta revista llegada del Continente; relaciona el sexo de la mujer con martas y musarañas, el pelo con un incendio de bosque. Son asociaciones obvias, ¿no cree? La mujer es pelirroja, sin duda. –Clásicas –aceptó el periodista–. –Elementales –dijo Garbeld–. El clasicismo presenta las asociaciones sin comparaciones expresas, como otro realismo. Le doy un ejemplo, español: "Vencida de la edad sentí mi espada". La mejor máquina poética debería funcionar sin apoyos internos, incluso; sin comparaciones tácitas. Eso no es posible. Por eso la vanguardia es imposible.


Gustav Who. Impromtus de Garbeld, San Antonio, 1932
***
Durante una temporada en Monterrey, Garbeld analizó –fríamente, como era su costumbre– el poema "Piedra de Sol", de Octavio Paz. Comprendía el castellano, aunque no podía hablarlo ni escribirlo. No sabía nada sobre su fonética pero percibía con claridad extraña su estructura. "Observe que Paz habla de las ramas de un durazno", me dijo cuando volvía de procurarle, a alto precio, tabaco puro de Virginia en un lejano estanco. "Suena, en realidad, extraño", dije. "No por cierto si pensamos, y seguramente Paz lo pensaba, que el durazno engendra el duraznero." "Me temo –dije– que se equivoca, suele el pueblo llamar al árbol por su fruto". "Precisamente", repuso Garbeld–. "¿Y cree usted que esa sinécdoque es casual, producto de una comodidad o simplificación del lenguaje?" "Estoy casi seguro", dije. "Apunte para una filosofía de la gramática popular: resumen en la abundancia; percepción instintiva de la verdad platónica." "No intente confundirme", dije. "Está tan claro como el agua, joven. El durazno antecede al duraznero, pero no en la mera filosofía del lenguaje, y no sólo en la más profunda del pensamiento, sino en la realidad específica." "De modo –dije– que usted supone que el fruto permanece invisible hasta que el árbol entero crece a su alrededor como una obertura." "Lo ha dicho usted bastante bien", concluyó Garbeld (por así decirlo).


Gustav Who, Charlas en los trópicos, Oldenburg, Baja Sajonia, 1958
De Memoria de Garbeld, Ediciones en Danza, 2010
Tomados del blog del autor, otraiglesiaesimposible.blogspot.com 

domingo, 18 de julio de 2010

Las cosas del mundo son rocas, Edipo

CESARE PAVESE
(Italia, 1908–1950)



Acerca de Diálogos con Leucó
Por Carlos García Gual
(Fragmentos)

La fuerza del mito

El título de Diálogos con Leucó se le ocurrió a Pavese cuando ya había avanzado en la redac­ción de esos “diálogos breves” (según una carta de 20 de febrero de 1946). De la breve serie de diálogos mitológicos el más antiguo, titulado “Las brujas”, lo escribió el 13 de diciembre de 1945, y el más tardío, “Los hombres”, el 31 de marzo de 1947. El mismo 20 de febrero redactó el prólogo (“avvertenza”), un texto muy bien meditado y que conviene leer bien para enten­der su empeño. (Sorprenden­temente, esas interesantísimas líneas no están en la versión española ya citada). Lo recuerdo íntegro 4:

“De haber podido, habríamos prescindido de buen grado de tanta mitología. Pero estamos convencidos de que el mito es un lenguaje, un medio expresivo, es decir, no algo ar­bitrario, sino un vivero de símbolos al que pertenece, como a todos los lenguajes, una particular sustancia de significados que ningún otro podría expresar. Cuando recogemos un nombre propio, un gesto, un prodigio mítico, decimos en media línea, en pocas sílabas, una cosa sintética y comprensiva, un meollo de realidad que vivifica y nutre todo un organismo de pasión, de estado humano, todo un conjunto conceptual. Y si luego este nombre, este gesto y pro­digio, nos resulta familiar desde la infancia, desde la escuela, mejor que mejor. La inquietud es más auténtica y cortante cuando remueve una materia usual. Aquí nos hemos contentado con servirnos de mitos helénicos dada la perdonable boga popular de esos mitos, su inmediata y tradicional aceptabilidad. Nos horroriza todo lo que es descompuesto, heteróclito, accidental, y pretendemos –inclusive materialmente– limitarnos, darnos un marco, insistir sobre una presencia conclusa. Estamos convencidos de que una gran revelación sólo puede salir de la testaruda insistencia sobre una misma dificultad. No tenemos nada en común con los viajeros, los experimentadores, los aventureros. Sabemos que el más seguro –y el más rápido– modo de asombrarnos, es mirar impertérritos siempre el mismo objeto. En determinado momento nos parecerá –milagroso– que nunca lo habíamos visto”.

Estas líneas ilustran muy bien la actitud de Pavese al recurrir a esa mitología. Que el mito sea un lenguaje sui generis, un instrumento singular para expresar simbólicamente una realidad, o una percepción colectiva o personal de la realidad que no puede presentarse de otro modo, es decir, que está más allá de los moldes expresivos de la lógica, no es una idea original. Ya los pensadores y poetas alemanes del XVIII habían abundado en esa autonomía expresiva del imaginario, y por sus lecturas Pavese conocía muy bien esas teorías simbolistas. Furio Jesi, un temprano y perspicaz estudioso de esos textos, lo detectó muy bien, notando cómo la visión pavesiana enlaza con ese idealismo simbolista y se aparta tanto de la interpretación funcionalista de Malinowski como de la anterior teoría comparatista y evolucionista del ameno sir James Frazer.

Es significativo que Pavese, por lo que respecta al valor simbólico del mito, rechace la teoría de un sentido ‘empírico’, como decía Malinowski, para aceptar más bien –aunque no de un modo ortodoxo– la de Kerényi, es decir, la que parece derivar no de una indagación puramente etnológica, sino de las especulaciones sobre el símbolo con acentos diversos en el ambiente de la poesía germánica, pero más en conexión con la teoría de Goethe que con la de los románticos”5.

Con su pregnancia imaginativa, el mito servía para calmar mejor esa inquietud inextinguible a la que hace alusión; el mito tiene una contenida riqueza y alude a realidades que no alcanza la lógica habitual. Como dice en otro lugar6:

“Un mito es siempre simbólico, por esto no tiene nunca un significado unívoco, alegórico, sino que vive de una vida encapsulada que, según el lugar y el humor que lo rodea, puede estallar en las más diversas y múltiples florescencias”.

Los mitos conservan una fuerza poética propia, singular, que puede ser invocada o resucitada por un buen intérprete. De ahí su potencial literario; y también su alcance especulativo.
“Debes guardarte –sigue diciendo– de confundir el mito con las redacciones poéticas que de él se han hecho o se están haciendo; precede a la expresión que se le da; no es esa expresión; en su caso se puede hablar perfectamente de un contenido distinto a la forma (aunque de una forma por sumaria que sea no se puede prescindir jamás); y esto lo prueba el hecho de que el verdadero mito no cambia de valor, ya se exprese en palabras, con signos, o con música. El mito es, en suma, una norma de un hecho ocurrido de una vez por todas, y extrae su valor de esa unicidad absoluta que lo alza por encima del tiempo y lo consagra como revelación. Por eso se produce siempre en los orígenes, como en la infancia. Está fuera del tiempo.”
No vamos a detenernos ahora en comentar el trasfondo de estas ideas. Sería fácil conectarlas con textos de K. Kerényi, C.G. Jung, Joseph Campbell o Mircea Eliade, por ejemplo. Más interesante ahora es subrayar esa conciencia de que los mitos en toda cultura –y muy claramente en nuestra cultura occidental– circulan a lo largo de la tradición como una herencia colectiva, están arraigados en un imaginario que, aun desligado de su función religiosa, se transmite en la literatura y en el arte, desde los griegos. La tradición reelabora esos mitos en variados formatos y los usa para reflexiones y recreaciones varias. Es lo que Hans Blumenberg ha denominado “trabajo sobre el mito”. En su espléndido libro Arbeit zum Mythos, H. Blumenberg insistió en la “significatividad” que, en un principio, los mitos aportan a la interpretación humana del mundo.

La mitología griega

Desde luego, Pavese no pudo conocer ese libro7, pero habría estado muy de acuerdo con sus tesis sobre la “constancia icónica” de esos relatos que son una y otra vez recontados y reinterpretados. Y que, de modo ingenuo o irónico, viene a calmar esa inquietud ante la realidad cósmica inventando un trasfondo de figuras fantasmales. Pavese, no sólo poeta y novelista, sino ensayista y editor, un intelectual comprometido, conocía varías mitologías, pero era muy consciente de que sólo la de los griegos, al menos para los europeos, ofrecía una respuesta familiar a sus punzantes cuestiones. En principio, porque sus mitos estaban ligados a una educación, y también porque la riqueza de esa mitología, transmitida por una larga literatura, es incomparable, y revela una curiosa y singular “madurez mítica”, ligada a su tradición en una marco histórico y espiritual incomparable.

“La fascinación de los mitos griegos nace del hecho de que posiciones inicialmente mágicas, totémicas, matriarcales, fueron –por la elaboración ágil del pensamiento consciente sobrevenida en los siglos (...) a.C.– objeto de nuevas y profundas interpretaciones, de contaminaciones, de injertos –todo ello presidido por la razón– y de este modo llegaron a nosotros con la riqueza de toda esa claridad y tensión espiritual, aunque también abigarradas de antiguos sentidos simbólicos ajenos”8.
Como ya se ha dicho, los mitos pueden presentarse en formas literarias diversas, y eso sucede ya en la antigua literatura helénica. Tanto la épica como la lírica y la tragedia griegas relatan cada una a su manera los mitos del repertorio tradicional. Y el diálogo puede también servir para ese fin, aunque no sea una de las maneras más usuales y espontáneas para contar ingenuamente los mitos. Elegir ese formato de los diálogos breves –que no apuntan a la mera narración, sino que colorean dramática o irónicamente el texto, con un toque de subjetividad al poner la narración en boca de determinados caracteres–, es seguir un cierto modelo literario. En la tradición griega el de los diálogos de Luciano; en la italiana, los de Leopardi9. (En contraste con los opúsculos del satírico de Samósata, en los de Pavese, que no pretende caricaturizar a los dioses y héroes, no hay tono burlón ni rasgos cómicos, pero sí una inevitable ironía poética, de tintes melancólicos. En esa línea está, desde luego, próximo a Leopardi. La elección de ese formato, de forma muy consciente, subraya esa intención irónica10).

Como se espera, la forma del diálogo breve tiende a rememorar los mitos desde miradas subjetivas. No se trata de resumir los relatos míticos, sino de aludir a ellos y rastrear en ellos sus rasgos inquietantes o notas enigmáticas. Es muy significativo de su idea el hecho de que Pavese anteponga a cada texto unas líneas que resumen de manera previa la escena y cuentan quiénes son los actores del breve encuentro, para situar al lector, que podría desconocer o no recordar ese contexto, por más que los mitos sean conocidos. Digamos que, aunque los personajes sean conocidos, no suelen ser de los más habituales en los tablados de la mitología. Al sesgo de su evocación de los textos clásicos, los encuentros y diálogos abren una perspectiva propia, insinuando aspectos y cuestiones que nos hacen reflexionar sobre la condición infeliz de hombres y dioses, con un toque existencialista y subversivo, de acentos ácidos e irónicos, ecos de su propia inquietud. Como señala Lorenzo Mondo, bajo la superficie mitológica se desliza una honda inquietud.

"El sentido último de estos Diálogos parece resolverse en una contrastada inquietud religiosa, en una anámnesis torturante y recurrente. Conviene de todos modos subrayar su complejidad, su carácter irreductible a una lectura unívoca. Es un libro de fugas y retornos, de ocultamientos y de emergencias. Presenta una arquitectura ambiciosa que a cada paso se desmonta, se abre a representaciones y argumentaciones divergentes, en un continuum que refleja el fluir de una conciencia indecisa”11.

Los Diálogos son un texto de difícil lectura, de un oscuro simbolismo, que puede desconcertar a más de un lector, como de hecho sucedió en su tiempo12; un texto que pareció extravagante e inconfortable a los críticos y a los filólogos, con la honrosa excepción del clasicista Mario Untersteiner, que desde muy pronto comprendió todo el alcance poético y la originalidad de la obra.

La diosa blanca

¿Por qué el título de Diálogos con Leucó? En principio, podríamos ver en ella una alusión al nombre de su amada de esos años: Blanca Garufi. Pero, además, Leucó es diminutivo de Leucótea, “la Diosa blanca”, una figura mítica de discreto relieve en el repertorio antiguo, divinidad menor, pintoresca y marina, muy al margen de los grandes dioses del Olimpo13. Ino Leucótea tiene sólo una aparición relevante en la literatura griega. Aparece en la Odisea, canto V, versos 333 y siguientes, para auxiliar a Ulises, zarandeado en su balsa por una furiosa tempestad enviada por su enemigo Poseidón. Surge del mar como una gaviota y le habla y le da un velo mágico con el cual el héroe debe arrojarse al borrascoso mar, y sobrevivir hasta llegar náufrago a Feacia. En los veintisiete diálogos del libro de Pavese sólo aparece en dos: el primero, el de "Las brujas" (donde charla con Circe y se evoca el episodio del encuentro de Ulises con la maga que transforma a sus huéspedes en cerdos y lobos); y, más adelante, el de "La viña" (donde anuncia a Ariadna, abandonada por Teseo, la pronta llegada de Dioniso). La diosa es una confidente marginal de los amoríos de Circe y Ariadna, amantes de héroes aventureros y seductores. Junto a Las brujas hay en el libro sólo otro encuentro inspirado en la Odisea: La isla, donde dialogan Calipso y Odiseo. (Nuevo tema del abandono y el amor insatisfecho).

De todos modos, recordemos que, siendo el primero de los diálogos, "Las brujas", marcó el camino a seguir; fue el ejemplo para los otros encuentros. Ya en ese texto está el motivo recurrente en tantos otros: la inmortalidad divina se enfrenta a la existencia mortal, y una y otra condición se revelan como insatisfactorias. Los héroes siguen su camino, mientras que las be­llas inmortales, tanto Circe como Calipso, se quedan en sus islas abandonadas. Dejándolas atrás, los astutos héroes se apresuran hacia un destino que acaba en muerte. No sé si Pavese pensaría también en el extraño destino de Leucótea: una mortal que, en su desesperación, se suicida arrojándose al mar, pero a la que los dioses le conceden, raro privilegio, la condición de diosa en las profundidades marinas. De allí emerge para auxiliar a Ulises. Pavese sentía pasión por la Odisea homérica y tuvo un tenaz interés en buscarle una nueva versión italiana. Me parece evidente que en esas imágenes de la parlera Leucótea late el recuerdo del pasaje homérico, aunque la gaviota y el velo ahí no se mencionen.

Pavese recurre a los mitos griegos –o, mejor dicho, a figuras y coloquios fingidos entre personajes de ese mundo imaginario– para dar expresión a sus propias inquietudes y desasosiegos, como si en esas imágenes y en sus destinos trágicos hallara un medio para dar curso a esos anhelos sin respuesta. Bajo las máscaras mitológicas nos invita a asistir a ese intercambio de reflexiones y recelos. Como un pasaporte para el teatro de sombras, como un velo de Leucótea para sobrenadar en la tormenta, extrae del viejo repertorio helénico esas figuras desconcertantes. No le in­teresa referir las hazañas prodigiosas de los dioses y los héroes, no nos recuerda el fulgor de esas fantasías, sino que comenta, a través de esas charlas, despedidas, fracasos, desilusiones, amores sin rumbo, quiebras de la felicidad. Ni la condición divina ni la arrogancia heroica son satisfactorias, y se anhelan en vano una a otra. El destino resulta absurdo e inevitable, y las preguntas se estrellan contra un muro. La selección de personajes y de episodios con final amargo es muy característica. Podríamos recordar, aplicada al juego con los mitos, la frase de Derek Walcott: “Los clásicos consuelan, pero no bastante”. Sólo queda un furtivo placer, o un ambiguo consuelo, en las palabras, en los razonamientos sobre el pasado y el destino, en el juego con las imágenes de esas figuras fantasmagóricas, marionetas ilustradas del teatrillo de la memoria, marginales al Olimpo de los Felices.

Leucó –en la Odisea– emerge del fondo marino como parlera y blanca gaviota. (Las diosas antiguas gustan de esas metamorfosis en veloces aves). Le aconseja a Ulises abandonar su almadía, y, tan sólo abrigado con su velo, echarse a nadar en el mar embravecido. Ulises, un tanto desconfiado siempre ante las ayudas divinas, obedece al rato, y así llega dos días después más tarde a la isla de los feacios. Apenas arriba a la costa, desnudo y náufrago, arroja el héroe de nuevo el velo al mar, como le dijera la diosa marina, y prosigue su complicado regreso.
Podría decirse que los mitos pueden usarse, como el velo mágico de Leucó, a modo de salvavidas ocasional para náufragos en apuros. Pero sólo por un tiempo; es inevitable tener que devolverlo más o menos pronto al mar y enfrentarse de nuevo a la inquietud cotidiana. Para la mayoría de sus lectores de entonces, Diálogos con Leucó resultó una obra muy extraña, una extravagancia difícil de aceptar en la trayectoria del novelista y del poeta comprometido con la ética y estética del realismo contemporáneo. El rechazo de la crítica, desconcertada y escandalizada, fue casi unánime. Pavese se sintió sin duda dolido de esa incomprensión, aunque luego se jactara de cierta alegría ante ese rechazo. Para él era la obra que mejor lo definía, y llegó a escribir –en carta a una amiga y poco antes de su suicidio– que era su “carta de presentación ante la posteridad” (“biglietto di visita preso i posteri”). Junto al cadáver, pues, quiso dejar, no por azar, el libro de los coloquios míticos, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta, como un recorrido por un paisaje antiguo, como un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos, entremezclados los ecos de la infancia y las siluetas de diosas y héroes de una cálida y ambigua familiaridad, voces antiguas para expresar angustias y dudas de siempre.

Releer los Diálogos con Leucó, un texto tan ambicioso como poco leído, y a la vez recordar cuánto significaron para su autor puede ser, aquí y ahora, cierto desafío intelectual a la vez que un amistoso homenaje. Creo, por otra parte, que es uno de los textos más interesantes de un escritor del siglo XX, uno de los “clásicos” europeos del siglo, en cuanto a la capacidad de sugerencias que ha sabido recobrar, poéticamente, de los antiguos mitos griegos.
***
4 Este “prefacio a los dialoguillos” sí está incluido en El oficio de vivir (págs. 275-6, de la traducción argentina citada). Está también en la versión de El oficio de vivir hecha por Esther Benítez (Bruguera Alfaguara, Madrid, 1979, Pág. 400-401). Cito por ésta. que Pavese prefiriera adherirse a esa interpretación simbolista, vinculada a la época del idealismo alemán, y no a las teorías de autores funcionalistas que él editara en la serie de estudios sobre mitología que dirigía en la editorial Einaudi. Como si su sensibilidad como poeta se impusiera a la del novelista y editor atento a las corrientes más modernas.

5 F.Jesi, Literatura y mito. Barral, Barcelona, 1972, pág. 146. Es curioso que Pavese prefiriera adherirse a esa in­terpretación simbolista, vinculada a la época del idealismo alemán, y no a las teorías de autores funcionalistas que él editara en la serie de estudios sobre mitología que dirigía en la editorial Einaudi. Como si su sensibilidad como poeta se impusiera a la del novelista y editor atento a las corrientes más modernas.

6 Véase el ensayo “Del mito, del símbolo y de otras cosas”, recogido en La literatura americana y otros ensayos (Trad. esp. Bruguera, Barcelona, 1987, págs. 305-64). Cita en págs. 308-9.

7 Arbeit am Mythos se publicó en 1979. Ahora tenemos una buena traducción española (de P. Madrigal, Pai­dós. Barcelona, 2003).

8 Cf. Oficio de vivir, pág. 304.

9 Lo señala muy bien Nieves Muñiz, en su Introduzione a Pavese, Laterza, Bari, 1992, pág. 112-3: “Enlazando pues con esa tradición en la que se hallan Platón y Luciano, Pavese cambia la operación realizada en La tierra y la muerte para mostrar el otro lado de la medalla: no ya (o no sólo) drama humano proyecta­do en el mito, sino el mito mismo visto en el doble sentido que ya señalé, mito como proyección del drama humano”. “Al traer al presente la mitología antigua intentaba pues que una operación de extrañamiento destinada a impedir que –a causa de la excesiva familiaridad de los lectores con la versión más difundida– se perdiese su capacidad de sugerencias, pero después utiliza esa misma familiaridad del público con las lecturas escolares como un arma indispensable para dar a la propia obra la profundidad y la credibilidad de los recuerdos infantiles, el solo verdadero mito del hombre moderno” (traducción de Carlos García Gual). Son excelentes también las observacio­nes de Nieves Muñiz sobre la dificultad y el atractivo de Diálogos con Leucó, id., pág 129.

10 “Para quien sabe escribir, una forma es siempre algo irresistible. Corre el riesgo de decir tonterías y de decirlas mal, pero la forma que lo tienta, pronta a embeberse en sus palabras, es irresistible.(Me refiero, por ejemplo, al género del pequeño diálogo mitológico tuyo.” (Oficio, nota del 27 de septiembre del 46).

11 Cf. L.Mondo, Quell´antico ra­gazzo. Vita di Cesare Pavese, Rizzoli, Milán, 2006, pág. 152.

12 Cf. Nieves Muñiz, o.c., pág. 130. También L. Mondo comenta muy atinadamente (o.c, págs. 149-53) el rechazo casi unánime a la obra por casi toda la crítica literaria contemporánea, que no sabía dónde situarla. Pero me parece dudosa su observación sobre la influencia de Nietzsche sobre este texto. Pavese había leído El origen de la tragedia en 1940, es decir algunos años antes de pensar en estos "dialoguillos míticos”, que distan mucho del fervor dionisíaco.

13 Apunto, de pasada, que sólo coincide en el nombre con la poderosa “Diosa blanca” patrocinada por Robert Graves, en un libro que se publicó pocos años después.
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[Resumen de la intervención en el “Congreso Internacional Cesare Pavese”, celebrado en la Universidad Complutense].

Carlos García Gual es escritor y crítico literario. Autor de La antigüedad novelada y Apología de la novela histórica.
Artículo: http://www.elboomeran.com 04/10/2009
Tomado de http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/
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LOS CIEGOS
De Diálogos con Leucó

No hay episodio de Tebas en que falte el ciego adivino Tiresias. Poco después de este coloquio comenzaron las desventuras de Edipo -es decir; se le abrieron los ojos y él mismo se los reventó horrorizado.

(Hablan Edipo y Tiresias.)


EDIPO. Viejo Tiresias, ¿debo creer lo que aquí en Tebas se dice: que los dioses te han enceguecido por envidia?
TIRESIAS. Si es cierto que todo nos lo envían ellos, debes creerlo.

EDIPO. ¿Tú qué dices?
TIRESIAS. Que se habla demasiado de los dioses. Estar ciego no es una desgracia distinta a la de estar vivo. Siempre he visto cómo las desgracias llegan a tiempo allí donde deben llegar.

EDIPO: Pero, entonces, ¿para qué sirven los dioses?
TIRESIAS: El mundo es más viejo que ellos. Ya llenaba el espacio y sangraba, gozaba, era el único dios -cuando el tiempo aún no había nacido. Las cosas mismas reinaban entonces. Ocurrían cosas-; ahora, a través de los dioses, todo se ha convertido en palabras, ilusiones, amenazas. Pero los dioses pueden fastidiar, acercar las cosas o alejarlas. No pueden tocarlas ni cambiarlas.
Llegaron demasiado tarde.

EDIPO: ¿Y eres tú, sacerdote, quien dice esto?
TIRESIAS: Si no supiera al menos esto, no sería sacerdote.
Piensa en un niño que se baña en el Asopo. Es una mañana de verano. El muchacho sale del agua y vuelve a ella feliz, se zambulle y vuelve a zambullirse. Se siente mal y se ahoga. ¿Qué papel juegan aquí los dioses? ¿Deberá atribuir a esos su fin, o en cambio el placer que disfrutó? Ni una cosa ni otra. Algo ha acontecido -que no es bueno ni malo, que no tiene nombre-, luego los dioses le darán un nombre.

EDIPO: ¿ Y dar un nombre, explicar las cosas, te parece poco, Tiresias?
TIRESIAS: Eres joven, Edipo, y como los dioses, que son jóvenes, esclareces tú mismo las cosas y las nombras. No sabes todavía que bajo la tierra está la roca, y que el cielo más azul es el más vacío. Para quien no ve, como yo, todas las cosas son un choque, nada más.

EDIPO: Pero, sin embargo, tú has vivido frecuentando a los dioses. Durante largo tiempo te has ocupado de las estaciones, de los placeres, de las miserias humanas. Más de una fábula se cuenta de ti, como si fueras un dios. Y alguna muy extraña, tan insólita que seguramente deberá tener un sentido -tal vez el de las nubes en el cielo.
TIRESIAS: He vivido mucho. He vivido tanto que cada historia que escucho me parece la mía. ¿ Qué decías del sentido de las nubes en el cielo?

EDIPO: Una presencia en medio del vacío...
TIRESIAS: Pero ¿cuál es esa fábula a la que atribuyes un sentido?

EDIPO: ¿Siempre has sido lo que eres, viejo Tiresias?
TIRESIAS: Ah, te comprendo. La historia de las serpientes. Cuando fui mujer durante siete años. Y bien, ¿qué hallas tú en esa historia?

EDIPO: A ti te ha acontecido y tú lo sabes. Pero tales cosas no acontecen sin un dios.
TIRESIAS: ¿Lo crees? Todo puede suceder en la Tierra. No hay nada insólito. En aquel tiempo me disgustaban las cosas del sexo -pensaba que envilecía el espíritu, la santidad, mi carácter. Cuando vi a las dos serpientes gozarse y morderse sobre el muslo, no pude reprimir mi despecho: las toqué con el bastón. Poco después era mujer -y durante años mi orgullo estuvo obligado a soportar. Las cosas del mundo son rocas, Edipo.

EDIPO: ¿Pero es verdaderamente tan vil el sexo de la mujer?
TIRESIAS: Nada de eso. No existen cosas viles, salvo para los dioses. Hay, sí, fastidios, disgustos e ilusiones que al tocar la roca se diluyen. Aquí la roca fue la fuerza del sexo, su ubicuidad, su omnipresencia bajo todas las formas y mutaciones. De hombre a mujer y viceversa (siete años después volví a ver a las dos serpientes), lo que no quise consentir con el espíritu me lo impusieron por la violencia o la lujuria, y yo, hombre desdeñoso o mujer envilecida, me desenfrené como una mujer y fui abyecto como un hombre y aprendí todas las cosas del sexo: llegué a tal punto que, hombre, buscaba a los hombres, y mujer, a las mujeres.

EDIPO: Entonces es verdad que un dios te ha enseñado algo.
TIRESIAS: Ningún dios está por encima del sexo. Es la roca, te digo. Muchos dioses son fieras, pero la serpiente es el más antiguo de todos los dioses. Cuando se oculta bajo tierra, allí tienes la imagen del sexo. Él contiene la vida y la muerte. ¿Qué dios puede encarnar y abarcar tanto?

EDIPO: Tú mismo. Lo has dicho.
TIRESIAS: Tiresias está viejo y no es un dios. Cuando era joven, ignoraba. El sexo es ambiguo y siempre equívoco. Es una mitad que parece un todo. El hombre llega a encarnárselo, a vivir en él como un buen nadador dentro del agua; pero entretanto ha envejecido, ha tocado la roca. Al final le queda una idea, una ilusión: que el otro sexo consiga saciarse. Pues bien, no lo creas. Yo sé que es una vana fatiga para todos.

EDIPO: Es difícil rebatir cuanto dices. Por algo tu historia comienza con las serpientes, y comienza también con el disgusto, con el fastidio por el sexo. ¿Qué le dirías a un hombre íntegro si te jurara que ignora ese disgusto?
TIRESIAS: Que no es un hombre íntegro, que todavía es un niño.

EDIPO: Yo también, Tiresias, he tenido encuentros en el camino de Tebas, y en uno de ellos se habló del hombre, desde la infancia hasta la muerte. También nosotros tocamos la roca. Desde aquel día fui marido y fui padre, y rey de Tebas. Nada hay ambiguo o vano, para mí, en mis días.
TIRESIAS: Edipo, no eres el único que cree esto. Pero la roca no se toca con palabras. Que los dioses te protejan. También yo te hablo y estoy viejo. Sólo el ciego conoce las tinieblas. Me parece vivir fuera del tiempo, haber vivido siempre, y no creo en los días. También dentro de mí hay algo que goza y que sangra.

EDIPO: Decías que ese algo era un dios. ¿Por qué, buen Tiresias, no intentas suplicarle?
TIRESIAS: Todos le rogamos a algún dios, pero lo que sucede no tiene nombre. El niño que se ahoga, una mañana de verano, ¿qué sabe de los dioses? ¿De qué le sirve suplicar? Hay una gran serpiente en cada día de la vida, y se oculta, y nos mira. ¿Alguna vez te preguntaste, Edipo, por qué los desdichados se vuelven ciegos cuando envejecen?

EDIPO: Ruego a los dioses que a mí no me suceda.
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Traducción Marcela Milano
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Leucó o Leucotea, la ninfa cuyo nombre le da su título al libro y de la que conviene recordar que, dentro del círculo de múltiples transformaciones que forman el ámbito mítico e histórico del mundo griego, antes de ser Leucó fue Ino, la hija de Cadmo, que, después de ser enloquecida por Hera, quien tenía celos de ella, echó a su hijo a un caldero de agua hirviendo, se arrojó al mar con su cadáver, y los dioses marinos, apiadados de ella, convirtieron a su hijo en el dios Palemón y a ella en Leucotea, la Diosa blanca, la Diosa de la Niebla, quien con su hijo protege a los marineros y los guía en la tempestad, le escucha decir a Circe, cuando ésta comenta la perenne nostalgia de Odisea, pobre mortal al fin y al cabo, por Itaca, por Penélope, por su hijo, por su perro, nostalgia de la que no lograban apartarlo ninguno de los poderosos encantos de Circe: “El hombre mortal, Leucó, sólo tiene esto de mortal: El recuerdo que lleva y el recuerdo que deja. Nombres y palabras son esto. Ante el recuerdo, también ellos sonríen, resignados”. Y todavía en otro de los diálogos titulado: “Las musas”, Mnemosine le dice a Hesíodo, quien le ha comentado “tú hablas, Mélete, y no puedo resistirte. Si bastara por lo menos venerarte”, que hay otra manera de hacerlo y ante la pregunta de Hesíodo sobre cuál es esa manera, responde: “Intenta decirles a los hombres estas cosas que sabes”.


Tomado de juangarciaponce.com
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Últimas palabras de Cesare Pavese escritas en su ejemplar de Diálogos con Leuco


Perdono tutti e a tutti chiedo perdono. Va bene? Non fate troppi pettegolezzi.

algo así como:

Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No chusmeen demasiado.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char