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viernes, 22 de junio de 2018

Hablar entre las mudas soledades

Lope Félix de Vega Carpio 
(Madrid, España, 1562-ibidem, 1635)





Soneto 14

Ir y quedarse y con quedar partirse,
partir sin alma e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse, 
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo y ser demonio en pena
y de serlo jamás arrepentirse,

hablar entre las mudas soledades,
pedir, pues resta sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.

viernes, 27 de abril de 2018

El hambre es aire en el estómago, agua sucia

Carolina María de Jesús 

(Sacramento, estado de Minas Gerais, Brasil, 1914 - São Paulo, estado de São Paulo, id., 1977)


“En el libro pongo lo que pasa en los barrios. Porque soy escritora anoto lo que sé en los papeles; porque soy madre, con la venta de fierros, latas y cartones, compro frijoles, pan y carne para mis hijos. Tengo que hacer fila para conseguir agua junto a mujeres groseras que hablan procacidades y se burlan de mí porque se han enterado que escribo.”



Quarto de Despejo: Diário de uma favelada
(Fragmentos)

“No tenía un centavo para comprar pan. Entonces lavé tres botellas y las cambié en lo de Arnaldo y me dio pan. Compré 20 de carne. Un kilo de tocino y un kilo de azúcar y seis cruzeiros de queso. Y se acabó el dinero.”
**
Fui a buscar papel y permanecí fuera de casa una hora. Al volver vi varias personas en las orillas del río. Era que allí había un señor inconsciente por el alcohol, y los insensibles de la favela le escudriñaban los bolsos. Le quitaron el dinero rompiendo los documentos (…) Son las 5. ¡Y el Señor Heitor ya enciende la luz! Yo voy a lavar a los niños para ir a la cama, porque necesito salir. Preciso dinero para pagar la luz. Aquí es así. La gente no gasta luz, pero debe pagar. Salí fuera a buscar papel. Iba deprisa porque era tarde. Encontré una señora. Iba maldiciendo su vida conyugal. Miré pero no dije nada. (…) Até las bolsas, puse las latas que recogí en otra bolsa y regresé a casa. Al llegar puse la radio para saber la hora. Eran las 23:55. Calenté comida, leí, me desnudé y después me acosté. El sueño llegó enseguida.
**
19 de Julio. Desperté a las 7 con la charla de mis hijos. Dejé el lecho, fui a buscar agua. Las mujeres ya estaban en el grifo. Las latas en fila. Nada más llegar la Florenciana me preguntó
-¿De qué partido es aquella pancarta? Leí P.S.B. y respondí Partido Socialista Brasileño. Pasó el señor Germano, y ella preguntó de nuevo:
-Señor Germano, ¿esa pancarta de qué partido es?
-Del Janio [sobrenombre del PSB por Jânio Quadros, diputado, prefecto y gobernador de SP antes de ser Presidente de la República]
Ella se alegró y comenzó a decir que el Dr. Ademar de Barros [dos veces gobernador del Estado] es un ladrón (….) Llegó mi vez, puse mi lata para llenar. La Florenciana siguió alabando al Janio. El agua comenzó a disminuir en el grifo. Comenzaron a hablar de la Rosa. Que ella cargaba agua desde las 4 de la madrugada, que ella lavaba toda la ropa en casa. Que ella debe pagar 20 cruzeiros al mes. Mi lata se llenó y me fui enseguida.
…Estuve recordando los disgustos de esos días (…) Soporto los inconvenientes de la vida diaria. Ya que no conseguí almacenar para vivir, decidí almacenar paciencia.
**
Nunca fui nadie. Tengo mucho sentido común. No quiero tener procesos. Mi documento de identidad es 845.936. Fui al depósito para recibir el dinero del papel; 55 cruzeiros. Volví rápido, compré leche y pan. Preparé Toddy para los niños, hice las camas, puse alubias en el fuego, barrí la barraca. Llamé al Señor Ireno Venancio da Silva encargándole una hamaca para los niños. Me gustaría que ellos se quedaran en el patio para que los vecinos no riñeran con ellos. Le di 16 cruzeiros. Mientras hacía la hamaca, fui a enjabonar la ropa. Cuando volví, el señor Ireno estaba terminando la hamaca. Hice algunas correcciones y él lo terminó. Los niños aprecian la hamaca al instante. Todos querían columpiarse al mismo tempo.
Cerré la puerta, fui a vender las latas. Llevé a los niños. El día está cálido. Me gusta que reciban los rayos solares. ¡Qué suplicio! Cargar a la pequeña Vera y llevar la bolsa sobre la cabeza. Vendí las latas y los metales. Cobré 31 cruzeiros. Quedé satisfecha. Pregunté:
-Señor Manuel, ¿el señor no equivocó la cuenta?
-No, ¿Por qué?
-Porque el saco de latas no pesaba tanto como para valer 31 cruzeiros. Es el total que necesito para pagar la luz.
Dije adiós y volví a casa. Llegué, hice la comida. Mientras la cazuela hervía yo escribí un poco. Di de comer a los niños y fui a la Klabin [fábrica de papel de Mauricio Klabin] a buscar papel estropeado. Dejé a los pequeños jugando en el patio. Tenía mucho papel. Trabajé deprisa pensando que aquellas bestias humanas son capaces de invadir mi barraca y maltratar a los niños. Ellas esperan a que yo salga para zurrar a mis hijos. Justamente cuando, no estando yo, las criaturas están solas e indefensas. En ocasiones yo enciendo la radio y danzo con los niños.
***
…En las favelas, las jóvenes de 15 años permanecen hasta la hora que ellas quieren. Se mezclan con meretrices, cuentan sus aventuras (…) Están los que trabajan. Y están los que llevan la vida torcida. Las personas de mayor edad trabajan, los jóvenes es que reniegan del trabajo. Tienen las madres, que recogen frutas y legumbres en los mercados. Tienen las iglesias que dan pan. Tienen el San Francisco que todos los meses entrega manutención, café, jabón etc. Ellas van al mercado, recogen cabezas de pescado, todo lo que pueden aprovechar. Comen cualquier cosa. Tienen estómago de cemento armado (…)
En ocasiones yo enciendo la radio y danzo con los niños; simulamos una lucha de boxeo. Hoy compré mermelada para ellos. En cuanto di un pedazo a cada uno, percibí que me dirigían una mirada tierna. Y mi João José dijo:
-¡Qué madre tan buena!
Quando las mujeres fieras invaden mi barraca, mis hijos les tiran piedras. Ellas dicen:
-¡Qué niños tan mal educados!
Yo respondo: Mis hijos están defendiéndome. Ustedes son incultas, no pueden comprender. Voy a escribir un libro sobre la favela. Citaré todo lo que aquí pasa. Y todo lo que ustedes hacen. Yo quiero escribir el libro, y ustedes, con estas escenas desagradables, me facilitan los argumentos.
***
El hambre es aire en el estómago, agua sucia; a veces hierbajos que no se pueden digerir; vacío e hinchazón. El hambre es amarilla de toda amarille; el hambre es sombra intensa, es palidez sepulcral, es viento airado en la cabeza, viento de nublado y desesperanza. Es una sensación progresiva el hambre, para quien la ha sufrido a temporadas cada vez más juntas, y conoce los meandros del cauce seco y pedregoso. Ignoro si el hambre es contagiosa, pero imagino que sí; porque la he visto cercada de otras hambres. Abundancia y hambre se rechazan como polos idénticos de un mismo imán. Los guetos de pobres y los guetos de ricos, son opuestos y, para mayor desgracia, complementarios y nada mezclables. Definí el hambre en sus consecuencias finales, al escribir mi poema “Hambre”, hiriente como un dardo intencionado.
**
“1 de enero de 1960: espero que 1960 sea mejor que 1959. Sufrimos tanto en 1959 que uno tiene ganas de decir; vaya vaya no más... no lo quiero a usted más... ¡nunca más! Este 1 de enero me levanté a las 7 y fui a buscar agua”.


Tomado de lahaine.org. Traducción de PSdeJ a partir de la Edición Popular, con prólogo de Audálio Dantas.
Texto completo en: https://www.lahaine.org/quarto-de-despejo-diario-de

jueves, 26 de abril de 2018

¿Restos, pedazos, fragmentos, nosotros también somos eso?

VIRGINIA WOOLF 

(Londres, Inglaterra, 1882-Lewes, Sussex, id., 1941)

Lunes o martes

Perezosa e indiferente, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre…

Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; omnibuses se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. «Compro metal»… ¿Y la verdad?

Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla… ¿Azúcar? No, gracias… La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.

Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada… ¿Y la verdad?

Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan… ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?

Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.
**
La marca en la pared

Pero, en lo referente a la marca, realmente no estoy segura. A fin de cuentas, no creo que fuera una marca dejada por un clavo; era demasiado grande, demasiado redondeada.
Hubiera podido levantarme, pero si me levantaba y la miraba, había diez probabilidades contra una de que no supiera averiguarlo con certeza; debido a que, cuando se hace una cosa, una nunca sabe cómo ocurrió. Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento...
La ignorancia de la humanidad... Para demostrar cuan poco dominio tenemos sobre nuestras posesiones —cuan accidental es nuestro vivir, después de tanta civilización—, séame permitido enumerar unas pocas cosas entre todas las que perdemos a lo largo de nuestra vida, comenzando por la pérdida que siempre me ha parecido la más misteriosa entre todas:
¿qué gato es capaz de masticar o qué ratón es capaz de roer, tres estuches azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego vinieron los casos de las jaulas de pájaros, de los aros de hierro, de los patines metálicos, del recipiente para carbón estilo Reina Ana, del tablero de bagatela, del organillo... todo ello desaparecido, y también las joyas. Ópalos y esmeraldas, enterrados están entre las raíces de los nabos. ¡Qué difícil e irritante asunto es la certeza! Lo increíble es que lleve ropas puestas y esté rodeada de sólidos muebles en este instante. En realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo. ¡Que la lancen a una a los pies de Dios totalmente desnuda!
¡Cruzar, rodando los prados de asfódelo igual que los paquetes de papel castaño son lanzados por el tobogán en correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, esto parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo destrozo y reparación, todo tan al azar, tan sin sentido...
Pero después de la vida. El lento arrancar de gruesos tallos verdes, de manera que el cáliz de la flor, al inclinarse, no arroje sobre una un diluvio de luz roja y morada. A fin de cuentas, ¿por qué no habría una de nacer allá, tal como nació aquí, indefensa, sin habla, incapaz de centrar la vista, a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los pies de los Gigantes? Y en lo tocante a decir lo que son árboles, lo que son hombres y mujeres, o si semejantes entes existen, no se estará en condiciones de hacerlo en el curso de cincuenta
años aproximadamente. No habrá nada, salvo espacios de luz y de tinieblas, cruzados por recias vallas, y quizá, bastante arriba, marcas en forma de rosa de confuso color —oscuros rosados y azules— que, al paso del tiempo, se harán menos confusas, se convertirán en... No sé en qué.
Pero esa marca en la pared no es un agujero, ni mucho menos. Puede haber sido causada por una sustancia redonda y negra, como un pequeño pétalo de rosa, resto del pasado verano, ya que no soy un ama de casa muy esmerada —y, como demostración, basta mirar, por ejemplo, el polvo en la repisa del hogar, polvo que, según dicen, enterró a Troya tres veces, y sólo algunos fragmentos de cerámica se resistieron a ser aniquilados, lo cual parece cierto.

Relatos completos (Virginia Woolf), Alianza Ed., 2006
**
Entre actos
(1941)

¿Era aquella voz nosotros mismos? ¿Restos, pedazos, fragmentos, nosotros también somos eso? La voz se apagó.»

Entre actos, Lumen, 2008.


miércoles, 25 de abril de 2018

Cuando tú, mi poesía, lees poesía

Juan Rodolfo Wilcock

(Buenos Aires, Argentina, 1919-Viterbo, Italia, 1978)



Cuando tú, mi poesía, lees poesía,
se oscurece el cielo de una verde luz,
la gente escapa de la orilla del mar
por una impresión remota de tormenta
o de litigio entre los elementos;
enarbolan llamas los cables del tranvía
y un gran silencio baja sobre la ciudad:
es la poesía que se contempla a sí misma.
Lees palabras de un tiempo desaparecido,
de un presente que se desmorona sin pausa
velozmente en el informe pasado,
de un rey y coronas, jardines y guerras,
tú, que eres la corona de todo imperio
y el jardín del mundo conocido
y la guerra de sentidos de la naturaleza,
lees "¿quién creerá en mis versos en el porvenir
si digo ahora todo tu valor?"*,
y sucede en ese momento que esos versos,
como una flecha arrojada hacia los siglos,
alcanzan a quien un día los inspiró.
Y entonces, lo oscuro verde se hace total,
la gente se guarece, agobiada,
y en un silencio como de terremoto,
se alza la luna sobre los Castillos Romanos
y lentamente gira todo hacia el azul,
mientras tú, mi poesía, lees poesía.

De Italienisches Liederbuch. 
Milano, Rizzoli, 1974
Versión de Jorge Aulicino
**
*Soneto XVII

¿Quién creerá en el futuro a mis poemas
si los colman tus méritos tan altos?
Y soy, lo sabe Dios, como una tumba
que esconde y muestra apenas tus virtudes.

Si pudiera nombrar tus bellos ojos
y en metros nuevos numerar tus gracias,
diría el porvenir: “Miente el poeta,
son rasgos celestiales y no humanos”.

Se haría burla de mis viejos pliegos
como de los ancianos charlatanes,
sería la evidencia “un rapto lírico”,
“verso inflamado de canción antigua”.

Mas si entonces viviera un hijo tuyo,
mis versos y él dos vidas te darían.


Sonetos (William Shakespeare)
Traducción de Christian Law Palacín, Bartleby Editores, 2009.

miércoles, 11 de abril de 2018

Un Partenón no es más que una pequeña cantera de mármol

PAUL VALÉRY 

(Francia, 1871-1945)

La forma es para Valéry el objeto donde se ordena la libertad caótica de aquello informe, de acuerdo con la necesidad que fija la inteligencia del creador. Como dice Adorno de nuestro protagonista:
Se alimenta del infatigable impulso a objetivar y, en palabras de Cézanne, realizar, que no tolera nada oscuro, no aclarado, irresuelto, para el que la transparencia hacia afuera se convierte en medida del éxito en el interior. 
(Adorno, Th.; Notas sobre literatura, Obra Completa, traducción de Alfredo Brotons).


Degas en ocasiones hacía versos y ha dejado algunos deliciosos. Pero con frecuencia encontraba grandes dificultades en ese trabajo accesorio de su pintura. (Por otra parte él era un hombre para introducir en cualquier arte toda la dificultad posible). Dijo un día a Mallarmé: «Su oficio es infernal. No consigo hacer lo que quiero y sin embargo estoy lleno de ideas…». Y Mallarmé le respondió: «No es con las ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen los versos. Es con las palabras».
Stephan Mallarmé
*

 "En todo asunto, y antes de cualquier examen sobre el fondo, considero el lenguaje; acostumbro a proceder como los cirujanos que, ante todo, lavan sus manos y preparan su campo operatorio. Es lo que llamo limpieza de la situación verbal. Perdónenme esta expresión que asimila las palabras y las formas del discurso a las manos y a los instrumentos de un operador." (Poésie et pensée abstraite)
*

La ejecución del poema es el poema. Fuera de ella, esas sucesiones de palabras curiosamente reunidas son fabricaciones inexplicables.
*

 Esos momentos de un valor infinito, esos instantes que dan una especie de dignidad universal a las relaciones y a las intuiciones que engendran, son no menos fecundos en valores ilusorios o incomunicables. Lo que vale sólo para nosotros no vale nada. Es la ley de la Literatura. Esos estados sublimes son en realidad ausencias en las que se encuentran maravillas naturales que solamente se hallan allí, pero tales maravillas son siempre impuras, quiero decir mezcladas con cosas viles o vanas, insignificantes o incapaces de resistir la luz exterior, o si no imposibles de retener, de conservar. En el resplandor de la exaltación no es oro todo lo que reluce.

 *

Es un hecho fácil de observar que todos los movimientos automáticos que corresponden a un estado del ser, y no a un fin figurado y localizado, requieren un régimen periódico; el hombre que anda requiere un régimen de esta clase; el distraído que balancea un pie o que tamborilea sobre los cristales; el hombre en profunda reflexión que se acaricia el mentón, etc.



Otros daban a todos los objetos significaciones infinitas que suponían una metafísica oculta. Se valían de un delicioso material ambiguo [...] Cada cosa era alusión, nada se limitaba a ser.
*

Se me ha culpado, por ejemplo, de haber dado del mismo poema varios textos, y aun contradictorios. Este reproche me es poco inteligible, como puede esperarse después de lo que acabo de exponer. Al contrario, estaría tentado, si siguiera mi sentimiento, a comprometer a los poetas a producir (como lo hacen los músicos) una diversidad de variantes o de soluciones del mismo tema. Nada me parecería más conforme a la idea que me complace de un poeta y de la poesía.


No encuentro materia intelectual que no se haya visto a lo largo de los tiempos forzado al ritmo y sometido por el arte a extrañas, a divinas exigencias.
*

Las obras del espíritu, poemas u otras, se refieren únicamente a aquello que dio origen a lo que les dio origen, y absolutamente a nada más.
*

Nuestra época se siente a la vez más precisa y más superficial que ninguna otra: más precisa a su pesar, más superficial por sí sola.
*

Todo lo que he dicho hasta aquí se encierra en estas pocas palabras: la obra del espíritu sólo existe en acto. Fuera de este acto, lo que permanece no es más que un objeto que no ofrece ninguna relación particular con el espíritu. Transporte la estatua que se admira a un pueblo suficientemente diferente del nuestro: sólo quedará una piedra insignificante. Un Partenón no es más que una pequeña cantera de mármol. Y cuando un texto de poeta se utiliza como recopilación de dificultades gramaticales o ejemplos, deja inmediatamente de ser una obra del espíritu, puesto que el uso que se hace es enteramente ajeno a las condiciones de su generación, y por otra parte se le rehúsa el valor de consumación que da un valor a esta obra.
*

Un poema sobre el papel es solamente una escritura sometida a todo aquello que se puede hacer de una escritura. Pero entre todas sus posibilidades hay una, y solamente una, que coloca por fin el texto en las condiciones en las que adquirirá fuerza y forma de acción. Un poema es un discurso que exige y que causa una relación continua entre la voz que es y la voz que viene y que debe venir. Y esta voz debe ser tal que se imponga, que excite el estado afectivo en el que el texto sea la única expresión verbal. Quiten la voz, y la voz precisa, todo se hace arbitrario. El poema se convierte en una sucesión de signos que sólo tienen relación por estar materialmente indicados unos después de otros.
*

Hay que pagar a un precio desconocido el placer de no utilizar lo conocido.
*

En Teoría estética y poética. Paul Valéry. Editorial Visor, Barcelona, 1999. Traducción de 
Carmen Santos.

viernes, 23 de marzo de 2018

Un caos de ventanas abiertas

ROBERTO JUARROZ

(Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, 1925-Temperley, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1995)

23 – IX

No hay tiempo.
Ya no hay tiempo.
Pero, ¿alguna vez hubo tiempo?

La ilusión de la vida por delante,
se conjuga con el verbo
de la vida por detrás.

Y todo transcurrir no es más que un punto,
quizá un punto extensible
o el revés de ese punto,
porque el tiempo es puntual.
Un punto que a veces se desliza levemente,
como una gota de asombro de la luz
o un inesperado corpúsculo de sombra,
tan sólo para justificar algo parecido a un nivel
en el barómetro casi fijo
que mide la presión imposible de la vida.

O tal vez simplemente
la presión diagonal de lo imposible.
**
48 - III

Un caos lúcido, 
un caos de ventanas abiertas.

Una confusión de vértigos claros 
donde la incandescencia se construye
con el movimiento total de la ruptura.

Viajar por las líneas
que se quiebran a cada instante
y rodar como un émbolo sin guía
hacia los núcleos aleatorios 
de las cancelaciones primigenias.

Tocar las vértebras sin eje,
los círculos sin centro,
las particiones sin unidad,
los choques sin contacto,
las caídas sin escuadra,
los pensamientos sin quien piense,
los hombres sin más rostro que su dolor.

Y recoger allí la ley de lo casual,
la norma de lo imposible:
cada forma es un borde cortante del caos,
un ángulo perplejo de sus ojos abiertos,
los únicos abiertos.

Porque el caos es la tregua de la nada,
la lucidez sin compromiso,
la intersección aguda
de un espacio sin interés por los objetos 
y de un tiempo pensante.
**
Detenerse ante el asombro
que se despliega en el gesto de la rosa
o en la maravillada tertulia
que entablan los colores y los pájaros
sobre la franja insegura del atardecer,
equivale a asombrarse del asombro.

Aparece entonces una nueva inocencia,
más esencial que la primera.
Sólo en ella germina
el asombro definitivo:
el reconocimiento a través de las máscaras.

La salvación por el asombro.

De Poesia Vertical Antologia esencial. Selección de Sandra Santana Mora y Beatriz San Vicente supervisada por Laura Cerrato.
***
30

La guillotina del día
decapita
la nomenclatura triste de las cosas
y todo pasa a tener un solo nombre,
presentido, vertiginoso, impronunciable.
Todo juega el gran juego:
desfilar,
transitar como un gesto de adiós,
temblar, saltar, pensar o no pensar,
sentir, caer, callar el nombre.
Callar el nombre,
decirlo
sin la palabra agreste de un lenguaje.
Toda la realidad al fin es esto:
decir un nombre de otro modo.

De Novena poesía vertical. Carlos Lohlé1986

lunes, 5 de marzo de 2018

Cosa que decimos, cosa que asesinamos

Violette Leduc 

(Francia, 1907-1972) 


Mi caso no es único: tengo miedo a morir y estoy desolada por haber nacido. No he trabajado, no he estudiado. He llorado, he gritado. Las lágrimas y los gritos me han ocupado mucho tiempo. La tortura del tiempo perdido en cuanto pienso en él. No puedo reflexionar mucho tiempo, pero puedo complacerme en una hoja de ensalada mustia en la que no tengo sino penas que rumiar. El pasado no alimenta. Me iré tal y como llegué: intacta, cargada con los defectos que me han torturado. Desearía haber nacido estatua, soy una babosa sobre mi estiércol. Las virtudes, las cualidades, el coraje, la meditación, la cultura. De brazos cruzados, me quiebro ante esas palabras.
**
Volvamos atrás, ábrete el vientre, llévame contigo una vez más. Me has hablado tanto de tu miseria cuando buscabas una habitación, cuando no la encontrabas porque ya no tenías el talle fino. Suframos juntas de nuevo. Desearía no haber sido un feto. Presente, despierta en ti. Es en tu vientre donde vi tu vergüenza de antaño, tus penas. A veces dices que te odio. El amor tiene innumerables nombres. Tú habitas en mí como yo he habitado en ti. Te he visto desnuda, te he visto cuidar de tu higiene íntima. Ninguna madre ha sido más abstracta que tú. Tu piel, tus piernas, tu espalda cuando la lavo, el beso de las mañanas que te pido carecen de realidad. ¿Dónde encontrarse contigo? La nube, el olmo o el escaramujo te son indiferentes. No mueras mientras que yo viva.
De La bastarda
**
Seguíamos estrechándonos, nos queríamos engullir. Nos habíamos liberado de  nuestra familia, del mundo, del tiempo, de las certezas. La estreché contra mi pecho, contra mi corazón abierto en canal: quería que Isabelle entrase. El amor es una invención agotadora.
**
Lo hicimos de memoria, como si ya nos hubiésemos acariciado en otro mundo antes de nacer, como si volviésemos a encajar las piezas de un engranaje. La mano de Isabelle, la que me turbaba la cadera, era la mía; mi mano sobre el costado de Isabelle era la suya. Se reflejaba en mí, me reflejaba en ella: dos espejos se amaban.
**
Llegó del país de los meteroros, de las conmociones, de las catastrofes, de los estragos. Me lanzó una palabra liberada, un programa, en su hálito el frescor de los mares del norte. Tuve la fuerza para guardar silencio y hacerme de rogar.
Me esperaba, pero no era ninguna garantía. La palabra que había pronunciado era demasiado grande. Nos miramos, nos quedamos paralizadas. 
Me lancé a sus brazos.
Sus labios buscaban a Thérèse en mi pelo, en mi cuello, en el pliego de la bata, entre mis dedos, en mi hombro. ¿Por qué no podré reproducirme mil veces y ofrecerle mil Thérèses? Solo soy yo misma. Demasiado poco. No soy un bosque. Una brizna de paja en mi pelo, confeti en el pliego de mi bata, una mariquita entre mis dedos, una pluma en el codo, o una cicatriz en la mejilla me enriquecerían. ¿Por qué no seré para su mano la cabellera del sauce cuando me acaricia el pelo?
Cuando se ama, siempre se está en el andén de la estación. 
**
Pongo mis labios en sus labios, ligereza de una mariposa azul en un primer día de sol.
**
Hablamos. Una pena. Cosa que decimos, cosa que asesinamos. Las palabras que no medren, que no embellezcan, acabarán marchitándose en el interior de nuestros huesos.
De Thérèse e Isabelle

Imagen: 

Violette Leduc: In Pursuit of Love

A film by Esther Hoffenberg
2013

sábado, 3 de marzo de 2018

La vida es desierto y oasis

Walt Whitman

(West Hills, EE UU, 1819 - Camden, id., 1892)


NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
 sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
 No te dejes vencer por el desaliento.
 No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
 que es casi un deber.
 No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
 No dejes de creer que las palabras y las poesías
 sí pueden cambiar el mundo.
 Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
 Somos seres llenos de pasión.
 La vida es desierto y oasis.
 Nos derriba, nos lastima,
 nos enseña,
 nos convierte en protagonistas
 de nuestra propia historia.
 Aunque el viento sople en contra,
 la poderosa obra continúa:
 Tu puedes aportar una estrofa.
 No dejes nunca de soñar,
 porque en sueños es libre el hombre.
 No caigas en el peor de los errores:
 el silencio.
 La mayoría vive en un silencio espantoso.
 No te resignes.
 Huye.

 "Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
 dice el poeta.
 Valora la belleza de las cosas simples.
 Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
 pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
 Eso transforma la vida en un infierno.
 Disfruta del pánico que te provoca
 tener la vida por delante.
 Vívela intensamente,
 sin mediocridad.
 Piensa que en ti está el futuro
 y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
 Aprende de quienes puedan enseñarte.
 Las experiencias de quienes nos precedieron
 de nuestros "poetas muertos",
 te ayudan a caminar por la vida
 La sociedad de hoy somos nosotros:
 Los "poetas vivos".
 No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas...

Versión de Leandro Wolfson


martes, 27 de febrero de 2018

El agua es límpida como el soplo del viento

Cesare Pavese 
(Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950)



El tiempo pasa

Aquel viejo astuto una vez, sentado en la hierba,
esperaba que el hijo volviese con el pollo
mal acogotado, y le daba dos cachetazos. Por el camino
–caminaba al alba sobre aquellas colinas
le explicaba que el pollo se acogota con la uña
–entre los dedos– del pulgar, sin ruido.
En el crepúsculo fresco marchaban bajo las plantas
repletas de fruta y el muchacho llevaba
sobre el hombro un zapallo amarillento. El viejo decía
que en los campos los víveres son de quien los precisa,
tanto es así que bajo techo no crecen. Mirar bien
alrededor, primero, y después elegir con calma la uva más negra
y sentarse a la sombra y no moverse hasta que uno está lleno.

Hay quien come pollo en la ciudad. Por las calles
no se encuentran los pollos. Se encuentra al vejestorio
–todo lo que queda del otro viejo astuto
que, sentado en una esquina, mira a los que pasan
y, cuando quieren, le tiran dos monedas. No abre la boca
el vejete: decir cualquier cosa da sed,
y en la ciudad no se encuentran barriles que derramen,
ni en octubre ni nunca. Está el mostrador del cantinero
que tiene hedor a mosto, especialmente de noche.

En otoño, de noche, el viejo camina
pero no tiene más zapallo, y las puertas humosas
de las cantinas arrojan borrachos que barbotean solos.
Es una gente que bebe solamente de noche
(desde la mañana piensan en eso) y luego se emborracha.
El vejestorio, de joven, bebía tranquilo;
ahora, sólo de husmear le baila la barba:
hasta que le planta el bastón entre los pies a un ebrio
que cae a tierra. Lo ayuda a alzarse, le vacía los bolsillos,
(a veces al ebrio le sobra alguna cosa),
y a los dos los tiran afuera de la taberna humosa,
incluido él, que canta, que riñe,
y que quiere el zapallo y tenderse bajo la vid.
*
Il tempo passa

Quel vecchione, una volta, seduto sull' erba, / spettava che il figlio tornase col pollo / mal strozzato, e gli dava due schiaffi. Per strada / -camminavano all' alba su quelle colline- / gli spiegava che il pollo si strozza con l' unghia / -tra le dita- del police, senza rumore. / Nel crepuscolo fresco marciavan sotto le piante / imbottiti di frutta e il ragazzo portava / sulle spalle una zucca giallastra. Il vecchione diceva / che la roba nei campi è di che ne ha bisogno / tant' è vero che al chiuso non viene. Guardarsi d' attorno / bene prima, e poi scegliere calmi la vite più nera / e sedersele all' ombra e non muovere che si è pieni. // C' è chi mangia dei polli in città. Per le vie / no si trovano i polli. Si trova il vecchiotto /-tutto ciò ch' è rimasto dell' altro vecchione- / che, seduto su un angolo, guarda i passanti / che, si vuole, gli getta due soldi. Non apre la bocca / il vecchiotto: a dir sempre una cosa, vien sete, / e in città non si trova le botti che versano / nè in ottobre nè mai. C' è la griglia dell' oste / che sa puzzo di mosto, specialmente la notte. / Nell' autunno, di notte, il vecchiotto cammina, / ma non ha più la zucca, e le porte fumose / delle tampe dàn fuori ubriachi che cianciano soli. / E una gente che beve soltanto di notte / (dal mattino ci pensa) e così si ubriaca. / Il vecchiotto, ragazzo, beveva tranquilo; / ora, solo annunsando, gli balla la barba: / fin que ficca il bastone tra i piedi a uno sbronzo / che va in terra. Lo aiuta a rialzarsi, gli vuota le tasche/ (qualche volta allo sbronzo è avanzato qualcosa) / e alle due lo buttano fuori anche lui / dalla tampa fumosa, che canta, che sgrida / e che vuole la zucca e distendersi sotto la vite.
(Fuente: Cesare Pavese, Poesie, Mondadori, 1969)
**

Salobre y de tierra
es tu mirada. Un día
chorreabas agua de mar.
Hubo plantas
a tu lado, cálidas,
saben todavía de ti.
El agave, la adelfa.
Encierras todo en los ojos.
Salobres y de tierra
son tus venas, tu aliento.

Baba de viento cálido,
sombras del verano 
todo encierras en ti.
Eres la voz ronca
de la campana, el grito
de la perdiz escondida,
la tibieza de la piedra.
El campo es fatiga,
el campo es dolor.
A la noche el gesto
del campesino calla.
Eres la gran fatiga
y la noche que sacia.

Como la roca, la hierba,
como tierra, eres cerrada:
bates contra el mar.
No hay palabra
que pueda poseerte
o contener. Recibes
como la tierra los golpes,
de ellos haces vida, aliento
que acaricia, silencio.
Eres reseca, como el mar,
como el fruto de un escollo,
y no dices palabra
y ninguno te habla.

15 de noviembre del ‘45
*
Di salmastro e di terra
è il tuo sguardo. Un giorno
hai stillato di mare.
Ci sono state piante
al tuo fianco, calde,
sanno ancora di te.
L’agave e l’oleandro.
Tutto chiudi negli occhi.
Di salmastro e di terra
hai le vene, il fiato.

Bava di vento caldo,
ombre di solleone 
tutto chiudi in te.
Sei la voce roca
della campagna, il grido
della quaglia nascosta,
il tepore del sasso.
La campagna è fatica,
la campagna è dolore.
Con la notte il gesto
del contadino tace.
Sei la grande fatica
e la notte che sazia.

Come la roccia e l’erba,
come terra, sei chiusa;
ti sbatti contro il mare.
La parola non c’è
che ti può possedere
o fermare. Cogli
come la terra gli urti,
e ne fai vita, fiato
che carezza, silenzio.
Sei riarsa come il mare,
come un frutto di scoglio,
e non dici parole
e nessuno ti parla.

15 novembre 1945.

(Fuente: Cesare Pavese, Poesie, Mondadori, 1969) 
**
Los gatos lo sabrán

Aún caerá la lluvia
sobre dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un hálito o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
y tú regresarás.
Entre flores y alféizares,
los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás sola.
Los gatos lo sabrán.
Oirás viejas palabras,
vanas y cansadas
como vestidos usados
de las fiestas pasadas.

Tú también harás gestos.
Responderás palabras;
rostro de primavera,
tú también harás gestos.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera,
y la lluvia ligera,
el alba de jacinto,
que el corazón lacera
de quien no te espera,
son la triste sonrisa
que tú sonríes sola,
Llegarán otros días,
voces y despertares.
Sufriremos al alba,
rostro de primavera.
**
Simplicidad

El hombre solo -que ha estado en prisión- regresa a la prisión
cada vez que muerde un pedazo de pan.
En prisión soñaba con las liebres que escapan
sobre el manto invernal. En la niebla de invierno
el hombre vive entre muros de calles, bebiendo
agua fría y mordiendo un pedazo de pan.

Uno cree que después renace la vida,
que la respiración se calma, que regresa el invierno
con la fragancia del vino en la cálida hostería,
y el buen fuego, la cuadra y las cenas. Uno cree,
mientras está adentro, uno cree. Se sale una noche,
y las liebres las cazaron y las comen al calor
los otros, alegres. Hay que mirarlos desde el vidrio.

El hombre solo se atreve y entra para beber un vaso,
cuando ya se está helando, y contempla su vino:
el color humoso, el sabor pesado.
Muerde un pedazo de pan, que sabía a liebre
en prisión, pero ahora no tiene sabor a pan
ni a nada. Y el vino no sabe más que a niebla.

El hombre solo piensa en esos campos, contento
de saberlos ya arados. En el salón desierto,
en voz baja, prueba a cantar. Vuelve a ver,
a lo largo del terraplén, el penacho de las zarzas despojadas,
que en agosto fue verde. Le da un silbido a la perra.*
Y aparece la liebre y ya no tienen frío.

Nota del traductor: El vocablo cagna (perra) sería la metáfora de una prostituta. En mi opinión, lo mismo se podría decir de lepri (liebre).
(Fuente: Cesare Pavese, Poesie, Mondadori, 1969.)
**
De Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García, Ediciones del Dock, Cartografías, Buenos aires 2018
Traducción: Jorge Aulicino

miércoles, 21 de febrero de 2018

Y recuerdo una brisa triste por los olivos

Federico García Lorca

 (Fuente Vaqueros,​ Granada, España, 1898-camino de Víznar a Alfacar, Granada, id., 1936)


Llanto por Ignacio Sánchez Mejías





A mi querida amiga 
Encarnación López Júlvez


Fuente: cervantesvirtual.com


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1

La cogida y la muerte

Abajo   A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

   El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

   Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!



Arriba


2

La sangre derramada

ArribaAbajo   ¡Que no quiero verla!

   Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

   ¡Que no quiero verla!

   La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.

   ¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

   ¡Que no quiero verla!

   La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

   Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

   No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

   Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!



Arriba


3

Cuerpo presente

ArribaAbajo   La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

   Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.

   Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

   Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

   Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.

   ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

   ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.

   Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos:
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.

   Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.

   Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.

   Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.

   No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!



Arriba


4

Alma ausente

Arriba   No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

   No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

   El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

   Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

   No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

   Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char