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viernes, 4 de agosto de 2017

Lo más asombroso de todo es que éramos honrados

William Saroyan

(EE.UU., 1908-1981)

De Cosa de risa
Se encontrarían con esas personas -esos desconocidos-, cada mujer y marido conocería a esos extraños y todos se mostrarían amables unos con otros. Se alegrarían de verse. Las voces volverían a la vida para que las oyeran esos otros. Cada uno de ellos recordaría en su fuero interno cosas buenas, y al recordarlas, se alegrarían de haberlas vivido. Serían divertidos, solidarios, inteligentes, ingeniosos. Beberían y después volverían a beber. Hasta podrían llegar a reirse. A algunos quizá se le ocurriera algo que decir para que todos los demás se rieran. Podrían reirse muchísimo, hasta el extremo de sentirse un poco avergonzados. Quizá sería la misma penumbra la que al principio arrancara las risas. El rojo del cielo, la quietud de las niñas, el súbito recuerdo de sus hijos jugando en el jardín de atrás de la inmensa compasión y bondad y preocupación que sus hijos mostraban por ellos, incluso el recuerdo de los estallidos de maldad y fealdad de sus hijos, como si ya hubieran dejado atrás la infancia.
Cada uno de los cuatro sabría lo peor sobre sí mismo, pero lo pondría a un lado, y así permanecería oculto todo el tiempo que estuvieran juntos, y casi olvidado. Casi, pero no del todo. De vez en cuando aparecería un indicio en sus ojos.
Sin embargo, por un momento conocerían el bienestar. Sabrían que el bienestar es una mentira, también. Sabrían que es desesperado y triste, pero no se preocuparían por ello. Sostendrían sus copas en la mano y beberían, hablando rápidamente, con facilidad y sin sentido. 
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De La comedia humana
No sentía ni amor ni odio sino algo parecido al asco, y al mismo tiempo una gran compasión, no solamente por aquella pobre mujer, sino por todas las cosas y por la forma terrible que tenían de resistir y morir. Se imaginó a la mujer en el pasado, una hermosa joven sentada junto a la cuna de su bebé. Se la imaginó observando aquella asombrosa cosa humana, sin habla e impotente y llena de porvenir. La vio mecer la cuna y la oyó cantar al niño. Mírala, se dijo a sí mismo. De pronto se encontró en su bicicleta, pedaleando a toda prisa por la calle a oscuras, con los ojos llenos de lágrimas y murmurando palabrotas juveniles y descabelladas. Cuando llegó a la oficina de telégrafos ya había dejado de llorar, pero todo lo demás había empezado, y él sabía que no había forma de detenerlo. – De otra forma yo también estaría muerto -dijo, como si lo estuviera escuchando alguien que no tuviera muy buen oído.
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De El audaz muchacho del trapecio volador
Por el aire en un trapecio volador, canturreaba en su cabeza. Qué divertido era, era increíblemente gracioso. Un trapecio hacia Dios, o hacia la nada, un trapecio que vuele a algún tipo de eternidad; rogaba a conciencia por la fuerza que se precisa para que el vuelo sea agradable.

Tengo un centavo, se dijo. Una moneda americana. En la noche la puliré hasta que reluzca como un sol y estudiaré bien lo que dice en ella.

Caminaba por la ciudad misma, entre los otros seres vivos. Había uno o dos lugares a los que ir. Vio su imagen en las vidrieras de las tiendas y se decepcionó con su apariencia. No se veía tan fuerte como se sentía; de hecho, parecía un muñecote enfermo, enfermo en todos lados, la nuca, los hombros, los brazos, la columna, las rodillas. Nunca se cumplirá esta voluntad, se dijo, y con cierto esfuerzo trató de juntar sus partes y ponerse tenso, artificialmente erecto y sólido.

Pasó por varios restaurantes asumiendo una disciplina magnífica, rehusándose incluso a mirar dentro y llegó al final a un edificio al que decidió entrar. Subió en el ascensor hasta el decimoséptimo piso, caminó por el recibidor y luego de abrir una puerta, caminó hasta la oficina de desempleo. Había antes que él una docena de hombres; se quedó en una esquina, esperando a que llegara su turno. Finalmente era galardonado por este gran privilegio de ser entrevistado por un flaca y atolondrada señorita de cincuenta años.

Estaba avergonzado. Escribir, dijo patéticamente. ¿Quiere decir que su caligrafía es buena? ¿Es eso?, dijo la longeva doncella. Bueno, sí, respondió. Pero me refiero a que sé escribir. ¿Escribir qué?, dijo la mujer, casi con enojo. Prosa, dijo simplemente. Se hizo una pausa. Al final, la mujer dijo: ¿Sabe usar una máquina de escribir? Por supuesto, dijo el muchacho.
Está bien, vaya; tenemos su dirección; estaremos en contacto con usted. No hay nada, nada esta mañana, nada en absoluto.

Traducción: Martín Abadía
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De Mi nombre es Aram
(La historia del caballo blanco)
Yo sabía bien que mi primo Murad era de los que gozan simplemente con estar vivos más que cualquiera de esos que vienen al mundo por equivocación, pero esto, desde luego, superaba a lo que podían creer mis ojos.
Lo primero de todo era que mis más remotos recuerdos eran recuerdos de caballos, y mi anhelo mayor, el montar a caballo.
Esta era la parte maravillosa.
La segunda razón es que nosotros éramos pobres. Por esta segunda razón es por lo que yo no podía creer lo que estaba viendo.
Éramos pobres. No teniamos dinero. Toda nuestra tribu vivía en la miseria. Cada una de las ramas de la familia Garoglanián vivía en la más asombrosa y más cómica miseria del mundo. Nadie podía comprender de dónde sacábamos el dinero indispensable para llenarnos el estómago, ni siquiera poder llenarles el estómago a los viejos. Lo más asombroso de todo es que éramos honrados. Toda la familia había sido famosa por su honradez a lo largo, más o menos, de once siglos, aun en el tiempo en que solíamos ser los más ricos, de lo que entonces nos parecía el mundo. Éramos, primero orgullosos, luego honrados y creíamos, además, en el mal. Ninguno de nosotros sería capaz de aprovecharse de nadie en el mundo, aunque no fuera más que robándole.
**
La historia del caballo blanco. Final.
Una mañana, cuando íbamos a encerrarlo en el granero de la viña desierta de Fetvajián, nos topamos de manos a boca con el granjero John Byro, que venía de la ciudad.
--Deja que le hable yo - dijo mi primo -. Yo sé bien cómo hay que tratar con los granjeros.
--Buenos días, John Byro - dijo Murad.
El granjero se quedó mirando con mucha atención al caballo.
--Buenos días, hijos de mis amigos - contestó-. ¿Cómo se llama este caballo vuestro?
--Se llama Corazón - le dijo mi primo Murad en armenio.
--Bonito nombre - dijo John Byro - para un caballo tan bonito. Podría jurar que es el mismo que me han robado hace unos meses. ¿Me dejáis que le mire la boca?
--Naturalmente - dijo el primo Murad.
El granjero le miró la boca al caballo.
--Pelo por pelo y diente por diente - dijo-. Si no conociese tan bien a vuestros padres, juraría que era éste mi caballo. Pero bien sé la fama de honradez de vuestra familia. Sin embargo, el caballo es hermano carnal del mío. Si yo fuera desconfiado, creería más a mis ojos que a mis sentimientos. Adiós, amigos míos.
--Buenos días, John Byro - contestó mi primo Murad.
A la mañana siguiente, temprano, cogimos el caballo y lo llevamos a la granja de John Byro y se lo dejamos en el granero. Los perros vinieron detrás de nosotros sin dar un ladrido.
--Estos perros... - le dije yo muy bajo a Murad -. Creí que iban a ladrar.
--A otro cualquiera le ladrarían- dijo Murad -. Pero yo sé cómo hay que entenderse con los perros.
Mi primo Murad abrazó al caballo, juntó su nariz con la nariz del animal, le acarició y luego nos fuimos.
Aquella tarde John Byro vino a nuestra casa en su tartana y le enseñó a mi madre el caballo robado y devuelto.
--Yo no sé que pensar - dijo -. El animal ha venido más gordo que cuando se fue. Y más manso también. Doy gracias a Dios.
Mi tío Kosrove, que estaba en la salita, se excitó y empezó a bramar:
--Calma, hombre, calma. El caballo ya ha aparecido. No tiene ninguna importancia.

domingo, 1 de enero de 2017

Todas terminan, de a una cada vez, pero siempre hay árboles

William Saroyan
(EE.UU., 1908-1981

"Intenta". W. Saroyan
La hermosa gente
(fragmento)

OWEN: Bien, déjalos que lloren. ¿qué esperabas...? Las cosas terminan. Cambian. Se arruinan y mueren. O se destruyen. Ocurren accidentes. Sin estas cosas no podría haber... felicidad. Todas terminan, de a una cada vez, pero siempre hay árboles. Y ahí está la razón porque, eventualmente, cada uno de ellos termina también. Si quieres enseñarles cosas, enséñales todo. Creo que es una mejora considerable en ellos el que estén llorando por un perdido o muerto, pero, más tarde o más temprano tienen que saber que la muerte está en nosotros desde nuestra primera respiración. 
**
El Muchacho Audaz Del Trapecio Volador
(Fragmentos)

I. Sueño

Absolutamente despierto, en posición horizontal, en medio del universo, ensayando la risa o el regocijo, la sátira, el fin de todo, de Roma y sí, de Babilonia, apretando los dientes, el recuerdo, demasiado calor volcánico, las calles de París, las llanuras de Jericho, demasiado resplandor, como el de un reptil abstracto, una galería de acuarelas, el mar y los peces con ojos, sinfonías, una mesa al lado de Torre Eiffel, jazz en la ópera, un despertador y el repiqueteo de la fatalidad, conversaciones con un árbol, el Nilo, una cupé Cadillac yendo hacia Kansas, el rugido de Dostoievski y el sol oscuro.
Esta tierra, el rostro de alguien que está vivo, la forma sin el peso, llorando sobre la nieve, música blanca, una flor magnífica dos veces más grande que el universo, nubes oscuras, la pantera enjaulada que mira, el espacio muerto, Mr. Eliot arremangado, horneando pan, Flaubert y Guy de Maupassant, una rima sin palabras. de significado previsto, Finlandia, las matemáticas sutilmente pulidas y resplandecientes como una cebolla verde entre los dientes, Jerusalén, la senda de la paradoja.
La profunda canción de un hombre, el sigiloso susurro de alguien visto alguna vez pero vagamente conocido, un huracán en los campos de maíz, un juego de ajedrez, derriba a la reina, al rey, Karl Franz, el Titanic negro, Mr. Chaplin llorando, Stalin, Hitler, una multitud de judíos, mañana es lunes, nadie que baile en las calles.
Un veloz momento en la vida: se acabó, la tierra otra vez.

*
Vio una moneda en la alcantarilla que resultó ser un centavo acuñado en 1923, y lo examinó de cerca, en la palma de su mano, recordando ese año, pensando en Lincoln, cuyo perfil estaba impreso en la moneda. No había casi nada que pudiese hacerse con esa moneda. Me compraré un coche, pensó. Me vestiré a la moda, visitaré a las putas del hotel, beberé y cenaré y luego volveré a estar tranquilo. O la meto en la ranura de una balanza y me peso.
Estaba bien ser pobre -pero era aterrador tener hambre- y los Comunistas, qué apetito tenían, cuánto amaban la comida. Estómagos vacíos. Recordó cuán desesperadamente necesitó comer. Todas las comidas eran pan y café y cigarrillos, y ahora ya se había quedado sin pan. El café sin pan nunca podría ser una comida decente y no había yuyos en el parque que pudieran cocinarse como la espinaca.
Si fuera por decir la verdad, estaba pasando bastante hambre, y no había finales de libros que tuviese que leer antes de morir. 
*
Por el aire en un trapecio volador, canturreaba en su cabeza. Qué divertido era, era increíblemente gracioso. Un trapecio hacia Dios, o hacia la nada, un trapecio que vuele a algún tipo de eternidad; rogaba a conciencia por la fuerza que se precisa para que el vuelo sea agradable.
Tengo un centavo, se dijo. Una moneda americana. En la noche la puliré hasta que reluzca como un sol y estudiaré bien lo que dice en ella.
Caminaba por la ciudad misma, entre los otros seres vivos. Había uno o dos lugares a los que ir. 
*
Desconcertado, se echó a un lado de la cama, pensando no hay nada que hacer más que dormir. Aún se imaginaba dando grandes zancadas a través del fluído de la tierra, nadando a la deriva, hacia el principio. Se puso boca abajo diciéndose tengo al menos que darle la moneda a algún niño. Un niño puede comprar montones de cosas con un centavo.
Luego rápida y aplicadamente, con la gracia del muchacho en el trapecio, se apartó de su cuerpo. Por un momento eterno fue todas las cosas: el pájaro, el pez, el roedor, el reptil y el hombre. Un océano de formas onduladas, infinita y oscuramente frente a él. La ciudad se incendiaba. El rebaño que era la multitud se amotinaba. La tierra giraba en círculos sin sentido y al darse cuenta de que él también lo hacía, ofreció su rostro perdido a lo vacuo del cielo y se quedó sin sueño, sin vida, perfecto.

Traducción: Martín Abadía
**

En este momento hay algún fulano, en alguna parte del mundo, que está tratando de emular a Shakespeare. Dentro de diez años será senador.
WILLIAM SAROYAN
*

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char