Simón Díaz
(Barbacoas, Venezuela, 1928-Caracas, id., 2014)
Tonada de Luna Llena
Yo vide una garza mora
dándole combate a un río.
Así es como se enamora
Tu corazón co el mío.
Yo vide una garza mora
dándole combate a un río.
Así es como se enamora.
Así es como se enamora,
Tu corazón con el mío.
Tu corazón con el mío.
Luna, Luna, Luna Llena,
Menguante.
Luna, Luna, Luna Llena,
Menguante.
Anda muchacho a la casa,
Anda muchacho a la casa.
Y me traes la carabina,
Y me traes la carabina.
Pa matá este gavilan
Que no me deja gallina,
Que no me deja gallina.
Anda muchacho a la casa
Y me traes la carabina.
Pa matá este gavilan
Que no me deja gallina.
La luna me está mirando
Yo no sé lo que me ve
Yo tengo la ropa limpia
Ayer tarde la lavé.
La luna me está mirando
Yo no sé lo que me ve
Yo tengo la ropa limpia,
Yo tengo la ropa limpia,
Ayer tarde la lavé,
Ayer tarde la lavé.
Luna, Luna, Luna Llena,
Menguante.
Luna, Luna, Luna Llena,
Menguante.
Ooooh, Luna Llena, póngase.
***
Tonada Del Cabrestero
Camino del llano viene
Puntero en la soledad
El cabestrero cantando, ay
Su copla en la madrugá
El toro pita la vaca
Y el novillo se retira
Como el novillo era toro
La vaca siempre lo mira
Mariposa, nube de agua
La luna busca la sombra
Y no la puede encontrar
Porque la sombra se esconde
Detrás de la madrugá
No llores más nube de agua
Silencia tanta amargura
Que toda leche da queso
Y toda pena se cura
Lucerito nube de agua
Ya viene la mañanita
Cayendo sobre el palmar
Y el cabestrero prosigue
Con su doliente cantar
Mañana cuando me vaya
Quién se acordará de mí
Solamente la tinaja
Por el agua que bebí
Lucerito nube de agua.
***
Mercedes
Mercedes se está bañando en las orillas de un río
Mis ojos la están mirando, pero es de un amigo mío
Yo no quisiera mirarla pero no tengo la culpa
Se parece a una esmeralda con flores de chupa chupa
Que yo le avise a mi amigo, muy difícil me resulta
Allá hay un caimán cebao que mide más de una cuadra
Con más cachos que un venado y más dientes que 20 babas
Ella inocente de todo se baña sin percatarse
Que cuando llegue al recodo el caimán puede acercarse
Y yo solo en la barranca, y Mercedes sin fijarse
Me voy corriendo a su casa pa que mi amigo lo sepa
Le echaré una cantaleta y le digo lo que pasa
Que hay un inmenso peligro que corre allí si mujer
Que se lo dice un amigo que algo tenemos que hacer
Que vaya pronto a salvarla, y de ñapa voy con él
Cuando llegamos al pozo la mujer no se veía
El caimán patas arriba, dormía de lo más sabroso
Le di el pésame en el acto y abrazándolo le digo
Eso pasa a cada rato, que son cosas del destino
Y que de aquí en adelante
Que cuente con un amigo.
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sábado, 23 de abril de 2016
sábado, 17 de octubre de 2015
Ay, corazón, que tengo el pecho maluco
Letras de canciones populares de Venezuela
El cantar tiene sentido
(Popular venezolana)
El cantar tiene sentido,
entendimiento y razón.
El cantar tiene sentido,
oye, mi amor, entendimiento y razón.
La buena pronunciación,
el instrumento al oído.
La buena pronunciación,
oye, Julián, el instrumento al oído.
La noche me enamora más que el día
pero mi corazón nunca se sacia
de sentir el paso de la luna
que en el silencio de la sombra viaja.
Allá afuera viene un barco
y en él viene mi amor.
Sus ojos me están mirando
al pie del palo mayor.
Y esa corona que por la playa rueda
esa corona, ¿de quién será?
Esa corona, vida, será de algún marino
que hizo su tumba en el fondo del mar.
***
El gavilán
Versión de Ángel Custodio Loyola
Si el gavilán se comiera,
óyelo bien, como se come el ganao…
Si el gavilán se comiera,
óyelo bien, como se come el ganao,
ya yo me hubiera comido
el gavilán colorao.
Gavilán,
pío, pío,
gavilán,
tao, tao.
Ese gavilán, primito,
óyelo bien, pequeño y muy volador…
Ese gavilán, primito,
óyelo bien, pequeño y muy volador,
que se remonta en lo alto
para divisar el pichón.
Canoero del río Arauca,
del río Arauca, pásame pa’l otro lao…
Canoero ’el río Arauca,
del río Arauca, pásame pa’l otro lao,
que me viene persiguiendo
el gavilán colorao.
En las Barrancas de Apure,
óyelo bien, suspiraba un gavilán…
En las Barrancas de Apure,
óyelo bien, suspiraba un gavilán,
y en el suspiro decía:
«Muchachas de Camaguán».
***
La lavandera
(Popular venezolana)
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera del barrio mío,
la que lava la ropa
con agua ‘e río, con agua ‘e río.
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera del Orinoco,
me lava la ropa
con agua ‘e coco.
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera de la cañada,
la que deja la ropa
bien perfumada, bien perfumada.
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera de mi tesoro,
me lava la ropa
con agua de oro.
Ay, mi lavandera,
coge tu jabón
para que me laves
este pantalón.
Ay, mi lavandera,
lávame este flux,
pues ninguna lava como
como lo lavas tú.
***
El novio pollero
(Popular venezolana)
Yo tengo un novio pollero,
mamita, si usted lo viera,
que cuando va por la calle
pregona de esta manera:
”Van los pollitos, los pichoncitos,
el tararita y el tarará.”
¡Que si usted lo viera, mamá,
que si usted lo viera!
Para a descansar
mi negra,
para a descansar.
Mamita, mi carbonero,
no vino anoche y no vino ayer.
Y yo lo estuve esperando
desde las ocho hasta la diez.
Gallo fino y kirikirikiki,
mamaíta, mamaíta,
me pica la cucaracha,
dale leña con un palo,
dale tú, dale tú,
dale tú, que yo la mataré.
***
Mañana me voy
(Popular venezolana)
Mañana me voy, me voy,
pero no digo pa’ dónde,
porque hay mucha picardía
tú lo sabes, cómo no,
para engañar a los hombres.
Me gusta comer con hambre
y beber agua con sed,
hablar con él que me entienda
y pedirle a quien me dé.
De los pájaros del monte,
quisiera ser diostedé
echarle la cruz al agua,
para poderla beber.
***
La flor del cacao
(Popular venezolana)
Amor del alma, vengo a cantar este golpe,
amor del alma, que el amigo me mandó,
amor del alma, pa’ que mañana o pasa’o,
amor del alma, y haga lo mismo que yo.
Cuál es la flor de cacao,
cuál es flor del romero,
cuál es la mujer que pone
su amor en un parrandero.
Pero dale que dale,
su amor en un parrandero.
Amor del alma, de la quebrada es el agua,
amor del alma, de los páramos es el viento,
amor del alma, y de una mujer ingrata,
amor del alma, y un mal agradecimiento.
Amor del alma, mi mamá tiene la culpa,
amor del alma, de que yo sea parrandero,
amor del alma, si me ella lava los pies,
amor del alma, con aguardiente primero.
Amor del alma, yo no me caso con viuda,
amor del alma, y aunque se vista de se’a,
amor del alma, porque es mula que otro amansa
amor del alma, y alguna maña le que’a.
***
Allá viene un corazón
(Popular venezolana)
Yo no sé que tengo yo, corazón
que tengo el pecho maluco.
Ay, corazón, que tengo el pecho maluco,
allá viene un corazón,
corazón bello que tengo el pecho maluco,
allá viene un corazón.
Será porque me comí, corazón,
las alas de un pataruco.
A la una canta el guapo, corazón,
y a las dos canta el cobarde.
Y yo cantaré a las tres, corazón,
por haber llegado tarde.
A las orillas de un río, corazón,
y a la sombra de un laurel.
Me acordé de ti bien mío, corazón,
viendo las aguas correr.
El cantar tiene sentido
(Popular venezolana)
El cantar tiene sentido,
entendimiento y razón.
El cantar tiene sentido,
oye, mi amor, entendimiento y razón.
La buena pronunciación,
el instrumento al oído.
La buena pronunciación,
oye, Julián, el instrumento al oído.
La noche me enamora más que el día
pero mi corazón nunca se sacia
de sentir el paso de la luna
que en el silencio de la sombra viaja.
Allá afuera viene un barco
y en él viene mi amor.
Sus ojos me están mirando
al pie del palo mayor.
Y esa corona que por la playa rueda
esa corona, ¿de quién será?
Esa corona, vida, será de algún marino
que hizo su tumba en el fondo del mar.
***
El gavilán
Versión de Ángel Custodio Loyola
Si el gavilán se comiera,
óyelo bien, como se come el ganao…
Si el gavilán se comiera,
óyelo bien, como se come el ganao,
ya yo me hubiera comido
el gavilán colorao.
Gavilán,
pío, pío,
gavilán,
tao, tao.
Ese gavilán, primito,
óyelo bien, pequeño y muy volador…
Ese gavilán, primito,
óyelo bien, pequeño y muy volador,
que se remonta en lo alto
para divisar el pichón.
Canoero del río Arauca,
del río Arauca, pásame pa’l otro lao…
Canoero ’el río Arauca,
del río Arauca, pásame pa’l otro lao,
que me viene persiguiendo
el gavilán colorao.
En las Barrancas de Apure,
óyelo bien, suspiraba un gavilán…
En las Barrancas de Apure,
óyelo bien, suspiraba un gavilán,
y en el suspiro decía:
«Muchachas de Camaguán».
***
La lavandera
(Popular venezolana)
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera del barrio mío,
la que lava la ropa
con agua ‘e río, con agua ‘e río.
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera del Orinoco,
me lava la ropa
con agua ‘e coco.
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera de la cañada,
la que deja la ropa
bien perfumada, bien perfumada.
Yo tengo mi lavandera,
mi lavandera de mi tesoro,
me lava la ropa
con agua de oro.
Ay, mi lavandera,
coge tu jabón
para que me laves
este pantalón.
Ay, mi lavandera,
lávame este flux,
pues ninguna lava como
como lo lavas tú.
***
El novio pollero
(Popular venezolana)
Yo tengo un novio pollero,
mamita, si usted lo viera,
que cuando va por la calle
pregona de esta manera:
”Van los pollitos, los pichoncitos,
el tararita y el tarará.”
¡Que si usted lo viera, mamá,
que si usted lo viera!
Para a descansar
mi negra,
para a descansar.
Mamita, mi carbonero,
no vino anoche y no vino ayer.
Y yo lo estuve esperando
desde las ocho hasta la diez.
Gallo fino y kirikirikiki,
mamaíta, mamaíta,
me pica la cucaracha,
dale leña con un palo,
dale tú, dale tú,
dale tú, que yo la mataré.
***
Mañana me voy
(Popular venezolana)
Mañana me voy, me voy,
pero no digo pa’ dónde,
porque hay mucha picardía
tú lo sabes, cómo no,
para engañar a los hombres.
Me gusta comer con hambre
y beber agua con sed,
hablar con él que me entienda
y pedirle a quien me dé.
De los pájaros del monte,
quisiera ser diostedé
echarle la cruz al agua,
para poderla beber.
***
La flor del cacao
(Popular venezolana)
Amor del alma, vengo a cantar este golpe,
amor del alma, que el amigo me mandó,
amor del alma, pa’ que mañana o pasa’o,
amor del alma, y haga lo mismo que yo.
Cuál es la flor de cacao,
cuál es flor del romero,
cuál es la mujer que pone
su amor en un parrandero.
Pero dale que dale,
su amor en un parrandero.
Amor del alma, de la quebrada es el agua,
amor del alma, de los páramos es el viento,
amor del alma, y de una mujer ingrata,
amor del alma, y un mal agradecimiento.
Amor del alma, mi mamá tiene la culpa,
amor del alma, de que yo sea parrandero,
amor del alma, si me ella lava los pies,
amor del alma, con aguardiente primero.
Amor del alma, yo no me caso con viuda,
amor del alma, y aunque se vista de se’a,
amor del alma, porque es mula que otro amansa
amor del alma, y alguna maña le que’a.
***
Allá viene un corazón
(Popular venezolana)
Yo no sé que tengo yo, corazón
que tengo el pecho maluco.
Ay, corazón, que tengo el pecho maluco,
allá viene un corazón,
corazón bello que tengo el pecho maluco,
allá viene un corazón.
Será porque me comí, corazón,
las alas de un pataruco.
A la una canta el guapo, corazón,
y a las dos canta el cobarde.
Y yo cantaré a las tres, corazón,
por haber llegado tarde.
A las orillas de un río, corazón,
y a la sombra de un laurel.
Me acordé de ti bien mío, corazón,
viendo las aguas correr.
domingo, 11 de enero de 2015
Tomó el camino equivocado, porque la equivocación a veces te salva
Gustavo Valle
(Caracas, Venezuela, 1967)
Happening
(Unos fragmentos)
1
Pensó: Maldición… Comenzar de nuevo… ¿Otra vez? Comenzar de nuevo, comenzar…
Conducía su vieja Range Rover modelo 76 por la carretera que sube a los estacionamientos de guarda y custodia del INTT. A esa altura la ciudad alcanza su perímetro y comienza un ascenso en dirección Este donde aparecen casas humildes, viejos talleres mecánicos, chiveras y pequeñas fábricas en ruinas.
La ciudad lo expulsaba hacia esos suburbios conectados con la autopista y después con un largo camino de playas que iban desde Higuerote hasta Güiria. Se dejaba acompañar de una bebida y simulaba un poco de libertad alejado de aquellas calles violentas como envueltas en llamas.
Era viernes. Once de la noche. Oscuros nubarrones habían quedado después del aguacero y la iluminación era bastante precaria. Entre sus muslos sostenía una lata de cerveza cuando se dispuso a encender un cigarrillo. La maniobra demandaba especial cuidado: el volante, la lata, el cigarrillo y el yesquero debían estar sincronizados. Pero al salir de una curva, justo al dejar atrás unas casitas que parecían tragadas por la montaña, ocurrió lo que nunca debió haber ocurrido.
Segundos antes sus pensamientos registraron episodios caóticos, fragmentados. Segundos después ya no pensaría en nada o casi nada y solo querría olvidar.
No se escuchó el rechinar del frenazo (¿o acaso nunca aplicó los frenos?) El vehículo derrapó y golpeó aquel bulto que quedó atrás, tendido a varios metros. El motor se apagó pero los faros quedaron encendidos: uno agujereando la oscuridad y el otro clavado contra el asfalto. La cerveza se derramó en sus pantalones ¿o se había orinado encima? El cigarrillo cayó de sus labios y ahora estaba al lado de sus mocasines flotando en un charco de alcohol.
Pensó: esto no forma parte de los ensayos.
Acomodó el retrovisor izquierdo pero no vio nada. Solo el vapor que se desprendía del asfalto como neblina o hielo seco. Amagó en abrir la puerta y salir, pero no lo hizo. Sintió miedo. Un miedo muy distinto a los miedos que solía sentir. Un miedo a ser atacado con violencia o simplemente a haber cometido el peor error de su vida.
Respiró hondo. Trató de calmarse. Vivió esos segundos en que el destino de un hombre puede girar ciento ochenta grados. Segundos que se le hicieron oscuros, larguísimos, como todos los que vendrían después.
Miró el retrovisor derecho. No fue una decisión, fue un reflejo, algo que no quería hacer y sin embargo hizo. Entonces sí. Ahí estaba. Reflejado en el pequeño rectángulo a un costado de la carretera. Era una masa, un volumen, una pila de trapos amontonados, ¿un animal, una persona?, parte de la carga de un camión, una bolsa de basura, un espejismo, un montículo opaco bajo la intermitencia de un viejo poste de luz.
Sus piernas temblaban. En el parabrisas, como una secuencia en blanco y negro, se proyectaron imágenes de algo equivalente a su pasado. Escuchó el ruido de un motor, quizás un helicóptero, una moto o una patrulla aproximarse. Más tarde recordaría que también escuchó algo parecido a una voz, quizás un grito.
Subió la ventana en busca de refugio y se aferró al volante como a una tabla de salvamento. Giró la llave del encendido –la vieja Range Rover se sacudió como un oxidada lavadora–, pisó el acelerador y se marchó a toda velocidad.
***
Los tiros le pasaban silbando encima del güiro, fuiz, fuiz —dijo Morocho como si él fuera el protagonista, convencido de tener frente él a todo un auditorio—. ¿Han escuchado el silbido del plomo cuando te roza la azotea?, y el tipo encaletado en la cueva vietnamita respirando con unos pitillitos que se fachaban con los bambúes de los Changurriales. Les cortaban las puntas y parecían esnórqueles de buzo, pero arriba no había agua sino un coñazo de tierra, con el cuerpo en posición horizontal, con el bambú pegado a la boca y esa cuerda de milicos, toda esa banda de coñoemadres haciendo sonar sus botas. Y corrían —continuó Morocho como poseído— de un lado a otro, él escuchaba las voces, las mentadas de madre, los gritos, los tiros, las explosiones. Metido en esa cueva, que en realidad era un zanjón, escuchaba todo como a más volumen, bum bum bum, como si en vez de pasos fueran desgracias y todos ellos sin mover un dedo, con esa coñamentazón de tierra en los ojos en los oídos en las narices, solamente pegados a esa milagrosa varita de mierda. Y rezó, Hernán rezó mucho, él que nunca rezaba, que no creía sino en la rebelión popular y el hombre nuevo, pero allí estaba, con el bambú bien cosido a la boca con la mente en un padrenuestro, en un credo mal recordado de esos que la vieja nos enseñó de chiquitos, cualquier porquería para pasar el tiempo, porque el tiempo era una cosa jodida, ahí sepultados como colgados del infinito, eso decía, recuerdo, infinito, había que pasar ese infinito, había que esperar hasta abrir los ojos y decir, ya está, ya pasó, ya pasaron, vámonos de esta mierda, a correr por la meseta, sin mirar atrás, porque el tiempo era como gelatina que se te pegaba a los huesos, y en medio de todo eso, no sé por qué, le daba por recordar cantidad de cosas. A la vieja, a la vieja la recordó un montón, me dijo, en la playa, en Chacopata, la arena, las olas del mar, a Hernán siempre le gustaron las olas, meterse bajo el agua, abrir los ojos y sentir esa comezón en las pestañas. Y también recordó a la Ceci, la del lunarcito en el cuello, y vio con sus ojos llenos de tierra los tobillos de la Ceci metidos en las mediecitas blancas acanaladas, y su falda azul marino, y sus pelos con rulos largos y sus ojos de ratoncito, y esos ojos lo miraban ahí abajo, te lo juro, me decía, los ojitos de la Ceci descendieron del más allá para meterse en la cueva vietnamita y seguirlo o acompañarlo o protegerlo, no sé qué diablos hacían esos ojitos allá abajo, pero ahí estaban. Bueno, ese fue el refugio, a veces los refugios son eso, un zanjón de mierda que te protege de algo todavía peor, como cajitas chinas, o como esas muñecas rusas que van unas dentro de otras, y una esconde a la siguiente, y otra se mete más adentro, y le sigue una última que al romperse lleva en su interior a una recién nacida, un piojito de muñeca rusa, una porquería sin brazos, sin piernas. Bueno eso era él, decía, esa última muñeca rusa, la que estaba dentro de todo, protegida y aplastada, como invisible. Y ahí estuvieron, en esas cuevas casi dos días metidos, dos días que, coño, fueron como un mes completo, y cuando ya no escucharon más botas, ni gritos, ni tiros, ni mentadas de madre, ni detonaciones, cuando ya se había hecho de noche y no escucharon a ningún hijodeputa más, salieron. Pero salieron como salen las ratas después de un corrientazo, con un miedo que les corría por las piernas como si se hubieran meado. Y claro que se mearon, y se cagaron también, y se pusieron a correr como locos y en un momento dado Hernán paró, y miró hacia arriba y vio un cielo bastante despejado, sin luna, las estrellas parecían polvo, un chaparrón de polvo cayéndole en el cogote, y entonces comenzó a correr con toda esa mierda encima, con todo ese chaparrón encima, el miedo atrinca, pana, y con una debilidad del carajo porque le pesaba el FAL y la falta de comida, y después de correr y correr a cielo abierto llegaron a una enramada de cosechadores donde había unos arbolitos de merey que los protegían de los Broncos y los Camberras. Aunque los aviones ya se habían ido, pero el ruido hijodeputa de esas máquinas se le había metido como una sanguijuela y lo escuchaba en cualquier cosa, cuando escuchaba un pajarito escuchaba un Camberra, cuando escuchaba sus propios latidos oía un Camberra, todo lo oía como si fuese el rugir arrecho de esos coñoesumadres. Y la lluvia de bombas que lanzaron, y toda esa panda de güevones haciendo el cafecito, despertándose en la mañana, lindo madrugonazo, alrededor de una cocinita maltrecha. Hernán le había dicho al comandante que cambiaran la cocinita por una nueva, porque esa tenía un escape y a veces soltaba unos chorros de candela que en la noche era como gritar, aquí estamos, con un montón de armas oxidadas y muertos de hambre aquí estamos, luchando por una patria nueva aquí estamos, estos cuarenta mamagüevos haciendo la revolución en los Changurriales, péguennos en la jeta su plomamentazón oficial. Y bueno, así fue, recién despertado, con la tacita de peltre en las manos, con las lagañas todavía colgándole de los ojos, Hernán vio cómo el cielo se llenó de aviones y escuchó el traca traca ese, y casi al instante llegaron las bombas. ¿Han visto cómo caen esas bichas? —Morocho esperó una respuesta y todos movieron la cabeza de un lado a otro—. De bolas que no lo han visto, y ellos tampoco vieron un carajo porque empezaron a explotar como si estuvieran sembradas, como si estuvieran acampando encima de ellas, algún malparido que apretó el botón y bum, a correr, bum, bum, bum, a correr. Esa fue la primera carrera, agarraron lo que pudieron y salieron disparados, los primeros hacia el anillo que estaba previsto para contingencias, un escape que había sido ensayado una cagalera de veces. Por suerte mi hermano no se pegó en ese grupo porque a unos quinientos metros los estaban esperando. Eso fue una sangría, tiros de gracia, nucas agujeradas, remates, ejecuciones, pero bueno, gracias al barbudo Hernán hizo lo que no había que hacer y tomó el camino equivocado, porque la equivocación a veces te salva. Y entonces se fueron unos quince por el lado contrario a los Changurriales, por la meseta, donde nadie pensaba que iban a escapar pues era a cielo abierto, y fue así que llegaron a las cuevas vietnamitas y se quedaron dos días mientras la cacería se extendió…
Morocho recuperó el aliento y continuó.
—Ajá, y entonces llegaron a los ranchitos de los cosechadores de merey, como ya dije, y allí descansaron, tomaron aire, también un poco de agua, cerca había un arroyo y ahí limpiaron sus caras todas cagadas que parecían las caras del demonio. Y se hubiesen quedado a vivir ahí o por lo menos a dormir una nochecita, pero era peligroso, así que de nuevo a caminar, a correr, a huir, y así se fueron de la casucha pero apenas cruzaron el arroyo y avanzaron un poco hacia la carretera, escucharon disparos y de nuevo las balas como zancudos, fuiz, fuiz, malparidos, coñoemadres, gritó, cuerpo a tierra, y cargó el FAL con las cuatro municiones que le quedaban, esos cuatro plomos que lo sacarían con vida. Y las besé, me dijo, antes de meterlas en el peine las besé, una, dos, tres, cuatro, y en un momento no hubo más disparos y atacaron en formación elíptica por el costado de donde venía el plomo. Ahí vieron a tres hijoeputas encaletados detrás de unos troncos de chaguaramos caídos, más cagados que ellos, cagadísimos, con sus fales apuntando a la nada, las manos les temblaban, hasta se debieron cagar en sus uniformes esos soldaditos mientras repelían. Y los agarraron sin dispararles ni un tiro, a los soldaditos, les cayeron a culatazos y quedaron en el suelo, y ahí los amarraron y negociaron. Pero entonces el de mayor rango se hizo el arrechito, intentó quitarle el fal a mi hermano, así no más, como si fuera tan fácil, pensó que lo iba a sorprender, no sé qué habrá pensado el marico ese, seguro alguna güevonada aprendida en la escuela de Panamá qué se yo, y bueno, a Hernán no le quedó otra que darle, y le dio, y ahí quedó bien quemado, pudo haber salvado su vida el capitancito ese, pero ahí no se podía andar con juegos y si se jugaba se perdía. Bueno, dejaron al oficial ahí, y le dieron libre a los soldados que salieron escupidos pensando que les iban a tirar por atrás, pero no, echaron a correr y corrieron y siguieron corriendo y ellos hicieron lo mismo pero en dirección contraria, y anduvieron varias horas más hasta que llegaron a la carretera y ahí esperaron encaletados a que pasara alguien que los pudiera llevar. Y después de dos horas viendo pasar carros y camiones de aquí para allá y de allá para acá, apareció la camioneta del gordo Gerald, la Wagoneer marrón que muchas veces los llevó a comprar medicinas y comida a Anaco y al Tigre, y entonces le hicieron señas, épale gordo, y el gordo Gerald los reconoció y paró y Hernán se subió junto con otros cuatro y luego volvieron más tarde a buscar a los demás…
Bueno, así fue la vaina. Después se supo que el malparido de Istúriz los había delatado, un pobre güevón que habían reclutado a los trece años en San Mateo y que le habían colgado un fusil para hacer la revolución. ¡A los trece años! Pues bien, ahí tienes, por andar reclutando carajitos, el tipo hacía la revolución y después comenzó a informar a la DISIP, dio las coordenadas y pallá fueron los aviones, bum bum bum. Y los que tiraron ese coñazo de bombas y agujerearon esas nucas, ¿saben qué? —concluyó Morocho— ahora beben Buchanans dieciocho años en los ministerios y apoyan sus cagalitrosos culos en los sillones de la Asamblea.
De: Happening (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2014)
**
Antidiscursotransgenérico
(Palabras del autor al recibir el premio)
Me piden que diga un discurso. Con esa amabilidad caraqueña, con esa diplomacia del Caribe que sabe hacernos sentir culpables si no hacemos lo que nos piden, me piden que diga un discurso. Pero, ¿un discurso, Andrés?, le pregunto a mi generoso anfitrión. ¿Te refieres a ese género literario que cultivó Demóstenes, Cicerón, Fidel y nuestro ínclito Comandante Supremo? Yo carezco de esos talentos. Yo no puedo alcanzar esas medidas, me es imposible producir semejantes efectos colaterales. Según la Irreal Academia Española, un discurso es un “Escrito o tratado en que se discurre sobre una materia para enseñar o persuadir”. Y yo sólo podría enseñar a dudar. A lo sumo a reírnos un poco de nosotros mismos. Además, no tengo el gen de la persuasión: yo nací sin ese gen. Y para colmo no me gustan los discursos. Me marean, me sacan ronchas. Los discursos son caramelos envenenados, producidos y empacados en los despachos del poder. ¿No estamos todos hasta la coronilla de caramelos envenenados provenientes del poder? Y, como para salir del paso, añadí: Además, tengo que ir a la playa. Las playas argentinas son como una tienda de electrodomésticos después de un saqueo, kilométricas, con vientos patagónicos soplando del sudeste y gente bebiendo mate en vez abrir una cerveza fría. “Bueno, no te preocupes…”, me dijo Andrés, “No te sientas obligado. Vete a la playa, descansa y, si no escribes nada, no pasa nada. A lo sumo la gente se irá más temprano”. Hubo una pausa. ¿Más temprano? Me alarmé. ¿Cómo más temprano? La gente no puede irse más temprano. Yo no viajé de tan lejos para que la gente se vaya más temprano. Yo vengo con ganas de verlos a todos, de escuchar sus últimas desgracias o alegrías, sus chismes, sus mentiras, sus miedos, sus desilusiones, sus locuras…
Todo esto fue por teléfono. Y al colgar, tras pensarlo un poco, recapacité. Me dije: Gustavo, asúmelo, como quien dice: la ocasión lo amerita. Haz un esfuerzo, no seas ingrato. Ya resignado me puse a investigar cómo diablos se escribía un discurso. Y en mi investigación me topé con el Discurso de Angostura, con el discurso directo e indirecto, con el discurso de Salvador Allende ante las grandes Alamedas, con el discurso del excelentísimo señor presidente Nicolás Maduro ante la Asamblea Nacional, su memoria y cuenta, entre comillas, y también me topé con el Discurso del Método y con el Discurso Amoroso y con El discurso del Rey y con El fin del discurso y muchos otros discursos. Los leí, los releí, investigué. Créanme, me apliqué como buen ex alumno de la Escuela de Letras, como un orgulloso tesista de Guillermo Sucre. Y después de todo eso pensé que ya estaba preparado para escribir mi discurso de recepción del Premio Transgenérico (por cierto, me han preguntado si este galardón me faculta para militar en el movimiento LGBT venezolano) ¿Discurso de recepción, dije? Pude haber dicho “de aceptación”, porque los premios pueden rechazarse, como lo han hecho infinidad de pedantes a lo largo de la historia. Pero yo dije sí, acepto, hasta que la muerte nos separe. O, como dijo Nicanor Parra cuando la Universidad de Chile le otorgó un premio: “Soy un monstruo insaciable. No puedo rechazarlo, todas las flores me parecen pocas”.
Con estas ideas a cuestas, me senté con el firme propósito de escribir mi discurso, pero antes pensé que debía hacerme de algunas citas prestigiosas, una que otra referencia importante. Entonces llegaron nuevos problemas, porque los autores a los cuales acudí, es decir, los que tengo en mi parnaso particular, son gente medio malaleche, misántropos, malaspulgas, sujetos poco edificantes, como el mismo Nicanor, por ejemplo, o Mario Levrero, que se la pasaba en calzoncillos y pantuflas, de oficio dudoso (es decir, daba talleres literarios; yo también me dedico a dar talleres literarios, por cierto) mientras ocupaba su cabeza en perpetrar genialidades. Y pensé además en Renato Rodríguez, cuando sintamos que se nos oxida la pluma o el teclado se nos atasca, leamos a Renato Rodríguez. Y de Levrero el libro que más me gusta es precisamente El discurso vacío, donde el uruguayo se empeña en escribir sin decir absolutamente nada (como ven, soy un buen alumno de Levrero).Y de Nicanor Parra pensé en sus Discursos de sobremesa, que en realidad deberían llamarse, en honor a su poesía, antidiscursos. Me encontraba, pues, en tan buena compañía, cuando volvió a sonar el teléfono. Eso fue anoche, como a las diez y media. Era Andrés.“¿Quíhubo?”, me dijo, y pasó a preguntarme por el discurso, que cómo iba eso, que no me sintiera presionado, insistió, que es algo muy breve, que si no, no me preocupe. Pero el efecto de su amistad y su diplomacia fue el de preocuparme triplemente. Entonces, de golpe, ya acorralado y sin salida, me dispuse a escribir el dichoso discurso de recepción o de aceptación o de celebración y tecleé: (abro comillas) Buenas noches, gracias por estar aquí y no en otra parte, gracias a la Sociedad de Amigos de la Fundación para la Cultura Urbana por mantener contra viento y marea este premio; a Andrés por la amistad y el estimulante apoyo telefónico, y al jurado por otorgarle a mi novela Happening (de título intraducible y de argumento que no pienso revelar a menos que me paguen o me peguen) este premio inmerecido. Porque todo premio es inmerecido hasta que se demuestre lo contrario. No quiero presumir, pero escribir una novela es un asunto muy agotador; de corazón, no se los recomiendo… (cierro comillas)
Hasta ahí llegué. El resto del discurso se los debo. De los caramelos envenenados que se encarguen otros.
Muchas gracias a todos.
Gustavo Valle
Enero de 2014
(Caracas, Venezuela, 1967)
Happening
(Unos fragmentos)
1
Pensó: Maldición… Comenzar de nuevo… ¿Otra vez? Comenzar de nuevo, comenzar…
Conducía su vieja Range Rover modelo 76 por la carretera que sube a los estacionamientos de guarda y custodia del INTT. A esa altura la ciudad alcanza su perímetro y comienza un ascenso en dirección Este donde aparecen casas humildes, viejos talleres mecánicos, chiveras y pequeñas fábricas en ruinas.
La ciudad lo expulsaba hacia esos suburbios conectados con la autopista y después con un largo camino de playas que iban desde Higuerote hasta Güiria. Se dejaba acompañar de una bebida y simulaba un poco de libertad alejado de aquellas calles violentas como envueltas en llamas.
Era viernes. Once de la noche. Oscuros nubarrones habían quedado después del aguacero y la iluminación era bastante precaria. Entre sus muslos sostenía una lata de cerveza cuando se dispuso a encender un cigarrillo. La maniobra demandaba especial cuidado: el volante, la lata, el cigarrillo y el yesquero debían estar sincronizados. Pero al salir de una curva, justo al dejar atrás unas casitas que parecían tragadas por la montaña, ocurrió lo que nunca debió haber ocurrido.
Segundos antes sus pensamientos registraron episodios caóticos, fragmentados. Segundos después ya no pensaría en nada o casi nada y solo querría olvidar.
No se escuchó el rechinar del frenazo (¿o acaso nunca aplicó los frenos?) El vehículo derrapó y golpeó aquel bulto que quedó atrás, tendido a varios metros. El motor se apagó pero los faros quedaron encendidos: uno agujereando la oscuridad y el otro clavado contra el asfalto. La cerveza se derramó en sus pantalones ¿o se había orinado encima? El cigarrillo cayó de sus labios y ahora estaba al lado de sus mocasines flotando en un charco de alcohol.
Pensó: esto no forma parte de los ensayos.
Acomodó el retrovisor izquierdo pero no vio nada. Solo el vapor que se desprendía del asfalto como neblina o hielo seco. Amagó en abrir la puerta y salir, pero no lo hizo. Sintió miedo. Un miedo muy distinto a los miedos que solía sentir. Un miedo a ser atacado con violencia o simplemente a haber cometido el peor error de su vida.
Respiró hondo. Trató de calmarse. Vivió esos segundos en que el destino de un hombre puede girar ciento ochenta grados. Segundos que se le hicieron oscuros, larguísimos, como todos los que vendrían después.
Miró el retrovisor derecho. No fue una decisión, fue un reflejo, algo que no quería hacer y sin embargo hizo. Entonces sí. Ahí estaba. Reflejado en el pequeño rectángulo a un costado de la carretera. Era una masa, un volumen, una pila de trapos amontonados, ¿un animal, una persona?, parte de la carga de un camión, una bolsa de basura, un espejismo, un montículo opaco bajo la intermitencia de un viejo poste de luz.
Sus piernas temblaban. En el parabrisas, como una secuencia en blanco y negro, se proyectaron imágenes de algo equivalente a su pasado. Escuchó el ruido de un motor, quizás un helicóptero, una moto o una patrulla aproximarse. Más tarde recordaría que también escuchó algo parecido a una voz, quizás un grito.
Subió la ventana en busca de refugio y se aferró al volante como a una tabla de salvamento. Giró la llave del encendido –la vieja Range Rover se sacudió como un oxidada lavadora–, pisó el acelerador y se marchó a toda velocidad.
***
Los tiros le pasaban silbando encima del güiro, fuiz, fuiz —dijo Morocho como si él fuera el protagonista, convencido de tener frente él a todo un auditorio—. ¿Han escuchado el silbido del plomo cuando te roza la azotea?, y el tipo encaletado en la cueva vietnamita respirando con unos pitillitos que se fachaban con los bambúes de los Changurriales. Les cortaban las puntas y parecían esnórqueles de buzo, pero arriba no había agua sino un coñazo de tierra, con el cuerpo en posición horizontal, con el bambú pegado a la boca y esa cuerda de milicos, toda esa banda de coñoemadres haciendo sonar sus botas. Y corrían —continuó Morocho como poseído— de un lado a otro, él escuchaba las voces, las mentadas de madre, los gritos, los tiros, las explosiones. Metido en esa cueva, que en realidad era un zanjón, escuchaba todo como a más volumen, bum bum bum, como si en vez de pasos fueran desgracias y todos ellos sin mover un dedo, con esa coñamentazón de tierra en los ojos en los oídos en las narices, solamente pegados a esa milagrosa varita de mierda. Y rezó, Hernán rezó mucho, él que nunca rezaba, que no creía sino en la rebelión popular y el hombre nuevo, pero allí estaba, con el bambú bien cosido a la boca con la mente en un padrenuestro, en un credo mal recordado de esos que la vieja nos enseñó de chiquitos, cualquier porquería para pasar el tiempo, porque el tiempo era una cosa jodida, ahí sepultados como colgados del infinito, eso decía, recuerdo, infinito, había que pasar ese infinito, había que esperar hasta abrir los ojos y decir, ya está, ya pasó, ya pasaron, vámonos de esta mierda, a correr por la meseta, sin mirar atrás, porque el tiempo era como gelatina que se te pegaba a los huesos, y en medio de todo eso, no sé por qué, le daba por recordar cantidad de cosas. A la vieja, a la vieja la recordó un montón, me dijo, en la playa, en Chacopata, la arena, las olas del mar, a Hernán siempre le gustaron las olas, meterse bajo el agua, abrir los ojos y sentir esa comezón en las pestañas. Y también recordó a la Ceci, la del lunarcito en el cuello, y vio con sus ojos llenos de tierra los tobillos de la Ceci metidos en las mediecitas blancas acanaladas, y su falda azul marino, y sus pelos con rulos largos y sus ojos de ratoncito, y esos ojos lo miraban ahí abajo, te lo juro, me decía, los ojitos de la Ceci descendieron del más allá para meterse en la cueva vietnamita y seguirlo o acompañarlo o protegerlo, no sé qué diablos hacían esos ojitos allá abajo, pero ahí estaban. Bueno, ese fue el refugio, a veces los refugios son eso, un zanjón de mierda que te protege de algo todavía peor, como cajitas chinas, o como esas muñecas rusas que van unas dentro de otras, y una esconde a la siguiente, y otra se mete más adentro, y le sigue una última que al romperse lleva en su interior a una recién nacida, un piojito de muñeca rusa, una porquería sin brazos, sin piernas. Bueno eso era él, decía, esa última muñeca rusa, la que estaba dentro de todo, protegida y aplastada, como invisible. Y ahí estuvieron, en esas cuevas casi dos días metidos, dos días que, coño, fueron como un mes completo, y cuando ya no escucharon más botas, ni gritos, ni tiros, ni mentadas de madre, ni detonaciones, cuando ya se había hecho de noche y no escucharon a ningún hijodeputa más, salieron. Pero salieron como salen las ratas después de un corrientazo, con un miedo que les corría por las piernas como si se hubieran meado. Y claro que se mearon, y se cagaron también, y se pusieron a correr como locos y en un momento dado Hernán paró, y miró hacia arriba y vio un cielo bastante despejado, sin luna, las estrellas parecían polvo, un chaparrón de polvo cayéndole en el cogote, y entonces comenzó a correr con toda esa mierda encima, con todo ese chaparrón encima, el miedo atrinca, pana, y con una debilidad del carajo porque le pesaba el FAL y la falta de comida, y después de correr y correr a cielo abierto llegaron a una enramada de cosechadores donde había unos arbolitos de merey que los protegían de los Broncos y los Camberras. Aunque los aviones ya se habían ido, pero el ruido hijodeputa de esas máquinas se le había metido como una sanguijuela y lo escuchaba en cualquier cosa, cuando escuchaba un pajarito escuchaba un Camberra, cuando escuchaba sus propios latidos oía un Camberra, todo lo oía como si fuese el rugir arrecho de esos coñoesumadres. Y la lluvia de bombas que lanzaron, y toda esa panda de güevones haciendo el cafecito, despertándose en la mañana, lindo madrugonazo, alrededor de una cocinita maltrecha. Hernán le había dicho al comandante que cambiaran la cocinita por una nueva, porque esa tenía un escape y a veces soltaba unos chorros de candela que en la noche era como gritar, aquí estamos, con un montón de armas oxidadas y muertos de hambre aquí estamos, luchando por una patria nueva aquí estamos, estos cuarenta mamagüevos haciendo la revolución en los Changurriales, péguennos en la jeta su plomamentazón oficial. Y bueno, así fue, recién despertado, con la tacita de peltre en las manos, con las lagañas todavía colgándole de los ojos, Hernán vio cómo el cielo se llenó de aviones y escuchó el traca traca ese, y casi al instante llegaron las bombas. ¿Han visto cómo caen esas bichas? —Morocho esperó una respuesta y todos movieron la cabeza de un lado a otro—. De bolas que no lo han visto, y ellos tampoco vieron un carajo porque empezaron a explotar como si estuvieran sembradas, como si estuvieran acampando encima de ellas, algún malparido que apretó el botón y bum, a correr, bum, bum, bum, a correr. Esa fue la primera carrera, agarraron lo que pudieron y salieron disparados, los primeros hacia el anillo que estaba previsto para contingencias, un escape que había sido ensayado una cagalera de veces. Por suerte mi hermano no se pegó en ese grupo porque a unos quinientos metros los estaban esperando. Eso fue una sangría, tiros de gracia, nucas agujeradas, remates, ejecuciones, pero bueno, gracias al barbudo Hernán hizo lo que no había que hacer y tomó el camino equivocado, porque la equivocación a veces te salva. Y entonces se fueron unos quince por el lado contrario a los Changurriales, por la meseta, donde nadie pensaba que iban a escapar pues era a cielo abierto, y fue así que llegaron a las cuevas vietnamitas y se quedaron dos días mientras la cacería se extendió…
Morocho recuperó el aliento y continuó.
—Ajá, y entonces llegaron a los ranchitos de los cosechadores de merey, como ya dije, y allí descansaron, tomaron aire, también un poco de agua, cerca había un arroyo y ahí limpiaron sus caras todas cagadas que parecían las caras del demonio. Y se hubiesen quedado a vivir ahí o por lo menos a dormir una nochecita, pero era peligroso, así que de nuevo a caminar, a correr, a huir, y así se fueron de la casucha pero apenas cruzaron el arroyo y avanzaron un poco hacia la carretera, escucharon disparos y de nuevo las balas como zancudos, fuiz, fuiz, malparidos, coñoemadres, gritó, cuerpo a tierra, y cargó el FAL con las cuatro municiones que le quedaban, esos cuatro plomos que lo sacarían con vida. Y las besé, me dijo, antes de meterlas en el peine las besé, una, dos, tres, cuatro, y en un momento no hubo más disparos y atacaron en formación elíptica por el costado de donde venía el plomo. Ahí vieron a tres hijoeputas encaletados detrás de unos troncos de chaguaramos caídos, más cagados que ellos, cagadísimos, con sus fales apuntando a la nada, las manos les temblaban, hasta se debieron cagar en sus uniformes esos soldaditos mientras repelían. Y los agarraron sin dispararles ni un tiro, a los soldaditos, les cayeron a culatazos y quedaron en el suelo, y ahí los amarraron y negociaron. Pero entonces el de mayor rango se hizo el arrechito, intentó quitarle el fal a mi hermano, así no más, como si fuera tan fácil, pensó que lo iba a sorprender, no sé qué habrá pensado el marico ese, seguro alguna güevonada aprendida en la escuela de Panamá qué se yo, y bueno, a Hernán no le quedó otra que darle, y le dio, y ahí quedó bien quemado, pudo haber salvado su vida el capitancito ese, pero ahí no se podía andar con juegos y si se jugaba se perdía. Bueno, dejaron al oficial ahí, y le dieron libre a los soldados que salieron escupidos pensando que les iban a tirar por atrás, pero no, echaron a correr y corrieron y siguieron corriendo y ellos hicieron lo mismo pero en dirección contraria, y anduvieron varias horas más hasta que llegaron a la carretera y ahí esperaron encaletados a que pasara alguien que los pudiera llevar. Y después de dos horas viendo pasar carros y camiones de aquí para allá y de allá para acá, apareció la camioneta del gordo Gerald, la Wagoneer marrón que muchas veces los llevó a comprar medicinas y comida a Anaco y al Tigre, y entonces le hicieron señas, épale gordo, y el gordo Gerald los reconoció y paró y Hernán se subió junto con otros cuatro y luego volvieron más tarde a buscar a los demás…
Bueno, así fue la vaina. Después se supo que el malparido de Istúriz los había delatado, un pobre güevón que habían reclutado a los trece años en San Mateo y que le habían colgado un fusil para hacer la revolución. ¡A los trece años! Pues bien, ahí tienes, por andar reclutando carajitos, el tipo hacía la revolución y después comenzó a informar a la DISIP, dio las coordenadas y pallá fueron los aviones, bum bum bum. Y los que tiraron ese coñazo de bombas y agujerearon esas nucas, ¿saben qué? —concluyó Morocho— ahora beben Buchanans dieciocho años en los ministerios y apoyan sus cagalitrosos culos en los sillones de la Asamblea.
De: Happening (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2014)
**
Antidiscursotransgenérico
(Palabras del autor al recibir el premio)
Me piden que diga un discurso. Con esa amabilidad caraqueña, con esa diplomacia del Caribe que sabe hacernos sentir culpables si no hacemos lo que nos piden, me piden que diga un discurso. Pero, ¿un discurso, Andrés?, le pregunto a mi generoso anfitrión. ¿Te refieres a ese género literario que cultivó Demóstenes, Cicerón, Fidel y nuestro ínclito Comandante Supremo? Yo carezco de esos talentos. Yo no puedo alcanzar esas medidas, me es imposible producir semejantes efectos colaterales. Según la Irreal Academia Española, un discurso es un “Escrito o tratado en que se discurre sobre una materia para enseñar o persuadir”. Y yo sólo podría enseñar a dudar. A lo sumo a reírnos un poco de nosotros mismos. Además, no tengo el gen de la persuasión: yo nací sin ese gen. Y para colmo no me gustan los discursos. Me marean, me sacan ronchas. Los discursos son caramelos envenenados, producidos y empacados en los despachos del poder. ¿No estamos todos hasta la coronilla de caramelos envenenados provenientes del poder? Y, como para salir del paso, añadí: Además, tengo que ir a la playa. Las playas argentinas son como una tienda de electrodomésticos después de un saqueo, kilométricas, con vientos patagónicos soplando del sudeste y gente bebiendo mate en vez abrir una cerveza fría. “Bueno, no te preocupes…”, me dijo Andrés, “No te sientas obligado. Vete a la playa, descansa y, si no escribes nada, no pasa nada. A lo sumo la gente se irá más temprano”. Hubo una pausa. ¿Más temprano? Me alarmé. ¿Cómo más temprano? La gente no puede irse más temprano. Yo no viajé de tan lejos para que la gente se vaya más temprano. Yo vengo con ganas de verlos a todos, de escuchar sus últimas desgracias o alegrías, sus chismes, sus mentiras, sus miedos, sus desilusiones, sus locuras…
Todo esto fue por teléfono. Y al colgar, tras pensarlo un poco, recapacité. Me dije: Gustavo, asúmelo, como quien dice: la ocasión lo amerita. Haz un esfuerzo, no seas ingrato. Ya resignado me puse a investigar cómo diablos se escribía un discurso. Y en mi investigación me topé con el Discurso de Angostura, con el discurso directo e indirecto, con el discurso de Salvador Allende ante las grandes Alamedas, con el discurso del excelentísimo señor presidente Nicolás Maduro ante la Asamblea Nacional, su memoria y cuenta, entre comillas, y también me topé con el Discurso del Método y con el Discurso Amoroso y con El discurso del Rey y con El fin del discurso y muchos otros discursos. Los leí, los releí, investigué. Créanme, me apliqué como buen ex alumno de la Escuela de Letras, como un orgulloso tesista de Guillermo Sucre. Y después de todo eso pensé que ya estaba preparado para escribir mi discurso de recepción del Premio Transgenérico (por cierto, me han preguntado si este galardón me faculta para militar en el movimiento LGBT venezolano) ¿Discurso de recepción, dije? Pude haber dicho “de aceptación”, porque los premios pueden rechazarse, como lo han hecho infinidad de pedantes a lo largo de la historia. Pero yo dije sí, acepto, hasta que la muerte nos separe. O, como dijo Nicanor Parra cuando la Universidad de Chile le otorgó un premio: “Soy un monstruo insaciable. No puedo rechazarlo, todas las flores me parecen pocas”.
Con estas ideas a cuestas, me senté con el firme propósito de escribir mi discurso, pero antes pensé que debía hacerme de algunas citas prestigiosas, una que otra referencia importante. Entonces llegaron nuevos problemas, porque los autores a los cuales acudí, es decir, los que tengo en mi parnaso particular, son gente medio malaleche, misántropos, malaspulgas, sujetos poco edificantes, como el mismo Nicanor, por ejemplo, o Mario Levrero, que se la pasaba en calzoncillos y pantuflas, de oficio dudoso (es decir, daba talleres literarios; yo también me dedico a dar talleres literarios, por cierto) mientras ocupaba su cabeza en perpetrar genialidades. Y pensé además en Renato Rodríguez, cuando sintamos que se nos oxida la pluma o el teclado se nos atasca, leamos a Renato Rodríguez. Y de Levrero el libro que más me gusta es precisamente El discurso vacío, donde el uruguayo se empeña en escribir sin decir absolutamente nada (como ven, soy un buen alumno de Levrero).Y de Nicanor Parra pensé en sus Discursos de sobremesa, que en realidad deberían llamarse, en honor a su poesía, antidiscursos. Me encontraba, pues, en tan buena compañía, cuando volvió a sonar el teléfono. Eso fue anoche, como a las diez y media. Era Andrés.“¿Quíhubo?”, me dijo, y pasó a preguntarme por el discurso, que cómo iba eso, que no me sintiera presionado, insistió, que es algo muy breve, que si no, no me preocupe. Pero el efecto de su amistad y su diplomacia fue el de preocuparme triplemente. Entonces, de golpe, ya acorralado y sin salida, me dispuse a escribir el dichoso discurso de recepción o de aceptación o de celebración y tecleé: (abro comillas) Buenas noches, gracias por estar aquí y no en otra parte, gracias a la Sociedad de Amigos de la Fundación para la Cultura Urbana por mantener contra viento y marea este premio; a Andrés por la amistad y el estimulante apoyo telefónico, y al jurado por otorgarle a mi novela Happening (de título intraducible y de argumento que no pienso revelar a menos que me paguen o me peguen) este premio inmerecido. Porque todo premio es inmerecido hasta que se demuestre lo contrario. No quiero presumir, pero escribir una novela es un asunto muy agotador; de corazón, no se los recomiendo… (cierro comillas)
Hasta ahí llegué. El resto del discurso se los debo. De los caramelos envenenados que se encarguen otros.
Muchas gracias a todos.
Gustavo Valle
Enero de 2014
viernes, 9 de enero de 2015
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor
MIYÓ VESTRINI
Seudónimo de Marie-Jose Fauvelles.(Francia, 1938-Venezuela, 1991)
LOS PAREDONES DE PRIMAVERA
No enseñaré a mi hijo a trabajar la tierra
ni a oler la espiga
ni a cantar himnos.
Sabrá que no hay arroyos cristalinos
ni agua clara que beber.
Su mundo será de aguaceros infernales
y planicies oscuras.
De gritos y gemidos.
De sequedad en los ojos y la garganta
de martirizados cuerpos que ya no podrán verlo ni oírlo.
Sabrá que no es bueno oír las voces de quienes exaltan el color del cielo.
Lo llevaré a Hiroshima. A Seveso. A Dachau.
Su piel caerá pedazo a pedazo frente al horror
y escuchará con pena el pájaro que canta,
la risa de los soldados
los escuadrones de la muerte
los paredones en primavera
Tendrá la memoria que no tuvimos
y creerá en la violencia
de los que no creen en nada.
***
Zanahoria rallada
El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente
o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-en-realidad-te parecía-la-única-salida
o que lo haces
para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos,
ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio donde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
dicen,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré una palabra sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.
De Valiente ciudadano, 1994.
***
VALIENTE CIUDADANO
A María Inmaculada Barrios
Morid con el pensamiento
cada mañana y ya no
temeréis morir.
(Tratado Hagakuse)
Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluvia
de Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.
Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.
Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.
Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.
Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.
Supongamos, señor,
que eres el bing-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hots-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
por los espaguetis de Portofino
por las favadas del Guernica
por los pasteles de coliflor de mi madre
por los largos tragos de cerveza y ron.
Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
yo, la pusilánime astuciosa
la del dedo en el aire
abanicando a la aburrida concurrencia.
Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.
Permíteme, señor,
contemplarme cómo soy:
el rifle en la mano
la granada en la boca
destripando a la gente que amo.
Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.
Y verás como nada,
ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca.
**
Té de manzanilla
Mi amigo,
el chino,
escribió una vez sobre cómo se sientan
y caminan
las mujeres después de hacer el amor.
No llegamos a discutir el punto
porque murió como un gafo,
víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla.
De haberlo hecho,
le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor
son los hombres que eyaculan
sin rencores
sin temores.
Y que después e hacerlo,
nadie tiene ganas
de sentarse
o de caminar.
Le puse su nombre a una vieja palmera africana
sembrada junto a la piscina de mi apartamento.
Cada vez que me tomo un trago,
y lo saludo,
echa una terrible sacudida de hojas,
señal de que está enfurecido.
Me dijo una vez:
La vida de uno es una inmensa alegría
o una inmensa arrechera.
Soy fiel a los sueños de mi infancia.
Creo en lo que hago,
en lo que hacen mis amigos,
y en lo que hace toda la gente que se parece a uno.
el chino,
escribió una vez sobre cómo se sientan
y caminan
las mujeres después de hacer el amor.
No llegamos a discutir el punto
porque murió como un gafo,
víctima de un ataque cardíaco curado con té de manzanilla.
De haberlo hecho,
le habría dicho que lo único bueno de hacer el amor
son los hombres que eyaculan
sin rencores
sin temores.
Y que después e hacerlo,
nadie tiene ganas
de sentarse
o de caminar.
Le puse su nombre a una vieja palmera africana
sembrada junto a la piscina de mi apartamento.
Cada vez que me tomo un trago,
y lo saludo,
echa una terrible sacudida de hojas,
señal de que está enfurecido.
Me dijo una vez:
La vida de uno es una inmensa alegría
o una inmensa arrechera.
Soy fiel a los sueños de mi infancia.
Creo en lo que hago,
en lo que hacen mis amigos,
y en lo que hace toda la gente que se parece a uno.
A veces nos quedamos solos
hasta muy tarde,
hablando de los gusanos que lo acosan
y del terrible calor que le entra todos los días
en esa arena y resequedad.
No ha cambiado de parecer:
un hambriento,
un desposeído,
puede sentarse y hacer amistad con Mallarmé.
Lautréamont nos acompañó una noche
y le dio la razón al chino:
la poesía debe ser hecha por todos.
Y llegaron los otros:
Rubén Darío mandando en Nicaragua,
Omar Khayyam con sus festejos,
Paul Eluard uniendo parejas de amantes.
Entre todos,
sumergimos al chino en la piscina, bajo la luna llena,
y se puso contento
como cuando tenía un río,
unos pájaros,
un volantín.
hasta muy tarde,
hablando de los gusanos que lo acosan
y del terrible calor que le entra todos los días
en esa arena y resequedad.
No ha cambiado de parecer:
un hambriento,
un desposeído,
puede sentarse y hacer amistad con Mallarmé.
Lautréamont nos acompañó una noche
y le dio la razón al chino:
la poesía debe ser hecha por todos.
Y llegaron los otros:
Rubén Darío mandando en Nicaragua,
Omar Khayyam con sus festejos,
Paul Eluard uniendo parejas de amantes.
Entre todos,
sumergimos al chino en la piscina, bajo la luna llena,
y se puso contento
como cuando tenía un río,
unos pájaros,
un volantín.
Ahora está arrecho otra vez,
porque le llevan flores
mientras trata de espantar a las cucarachas.
Quería que lo enterraran en Helsinki,
bajo nieves eternas.
Le dio la vuelta al mundo,
pasando por Londres donde una mujer lo esperaba,
y a su regreso,
tomó un té de manzanilla.
El,
que amaba tanto las sombras,
ya no pudo trasnocharse.
Lúcido y muy hipócrita,
tenía un miedo terrible a morirse en una cama.
Sé,
porque me lo escribió en un papelito,
que la frase que más le gustaba era de David Cooper:
la cama es el laboratorio del sueño y del amor.
porque le llevan flores
mientras trata de espantar a las cucarachas.
Quería que lo enterraran en Helsinki,
bajo nieves eternas.
Le dio la vuelta al mundo,
pasando por Londres donde una mujer lo esperaba,
y a su regreso,
tomó un té de manzanilla.
El,
que amaba tanto las sombras,
ya no pudo trasnocharse.
Lúcido y muy hipócrita,
tenía un miedo terrible a morirse en una cama.
Sé,
porque me lo escribió en un papelito,
que la frase que más le gustaba era de David Cooper:
la cama es el laboratorio del sueño y del amor.
De Todos los poemas, Monte Ávila Editores, 1994.
miércoles, 7 de enero de 2015
El mar discurre de esperanza y sueño
CRUZ SALMERON ACOSTA
(Manicuare, estado Sucre, Venezuela, 1892-1929)
CIELO Y MAR
En este panorama que diseño,
para tormento de mis horas malas,
el cielo dice de ilusión y galas,
el mar discurre de esperanza y sueño.
La libélula errante de mi ensueño
abre la transparencia de sus alas,
con el beso de miel que me regalas
a la caricia de tu amor risueño.
Al extinguirse el último celaje,
copio en mi alma el alma del paisaje
azul de ensueño y verde de añoranza;
y pienso con oscuro pesimismo
que mi ilusión está sobre un abismo
y cerca de otro abismo mi esperanza.
**
PIEDAD
No era ni amor lo que ella me tenía;
era tal vez piedad, lástima era,
porque mi oculta pena comprendía
y ella se compadece de cualquiera.
Hoy que voy recobrando mi alegría,
animado quizás de una quimera,
se va tornando mucho menos mía,
como si ella ya no me quisiera.
Yo sí he formado de mi amor un culto,
y en tanto aquí mi juventud sepulto
y la aureola del martirio ciño.
¡No me quites, Señor; mi sufrimiento,
si es que habré de perder con mi tormento
la conmiseración de su cariño!
**
Azul
Azul de aquella cumbre tan lejana
Hacia la cual mi pensamiento vuela
Bajo la paz azul de la mañana,
¡Color que tantas cosas me revela!
Azul que del cielo emana,
Y azul de este gran mar que me consuela,
Mientras diviso en él la ilusión vana
De la visión del ala de una vela.
Azul de los paisajes abrileños,
Triste azul de los líricos ensueños,
Que me calman los íntimos hastíos.
Sólo me angustias cuando sufro antojos
De besar el azul de aquellos ojos
Que nunca más contemplarán los míos.
(Manicuare, estado Sucre, Venezuela, 1892-1929)
CIELO Y MAR
En este panorama que diseño,
para tormento de mis horas malas,
el cielo dice de ilusión y galas,
el mar discurre de esperanza y sueño.
La libélula errante de mi ensueño
abre la transparencia de sus alas,
con el beso de miel que me regalas
a la caricia de tu amor risueño.
Al extinguirse el último celaje,
copio en mi alma el alma del paisaje
azul de ensueño y verde de añoranza;
y pienso con oscuro pesimismo
que mi ilusión está sobre un abismo
y cerca de otro abismo mi esperanza.
**
PIEDAD
No era ni amor lo que ella me tenía;
era tal vez piedad, lástima era,
porque mi oculta pena comprendía
y ella se compadece de cualquiera.
Hoy que voy recobrando mi alegría,
animado quizás de una quimera,
se va tornando mucho menos mía,
como si ella ya no me quisiera.
Yo sí he formado de mi amor un culto,
y en tanto aquí mi juventud sepulto
y la aureola del martirio ciño.
¡No me quites, Señor; mi sufrimiento,
si es que habré de perder con mi tormento
la conmiseración de su cariño!
**
Azul
Azul de aquella cumbre tan lejana
Hacia la cual mi pensamiento vuela
Bajo la paz azul de la mañana,
¡Color que tantas cosas me revela!
Azul que del cielo emana,
Y azul de este gran mar que me consuela,
Mientras diviso en él la ilusión vana
De la visión del ala de una vela.
Azul de los paisajes abrileños,
Triste azul de los líricos ensueños,
Que me calman los íntimos hastíos.
Sólo me angustias cuando sufro antojos
De besar el azul de aquellos ojos
Que nunca más contemplarán los míos.
martes, 7 de octubre de 2014
La tierra giró musicalmente
EUGENIO MONTEJO
(Caracas, Venezuela, 1938-Valencia, España, 2008)
Dos Rembrandt
Con grumos ocres pudo el viejo Rembrandt
pintar su último rostro. Es un autorretrato
en su final. Hecho de encargo
para un joven pintor de 34.
(El mismo Rembrandt visto en otra cara.)
Puestos cerca esos cuadros
muestran en igual pose las dos bocas,
unos ojos intensos o vagos,
las manos juntas en el aire
y el tacto de colores
con hondas luces que se rompen
en sordos sollozos apagados...
Rembrandt en la vejez, al dibujarse
supo ser objetivo. No interfiere
en los estragos de su vida,
ve lo que fue, no afiade, no lamenta.
Su alma sólo nos busca por espejo
y sin pedirnos saldo
se acerca en sus dos rostros,
pero quién al mirarlos no se quema?
***
Adiós a mi padre
Mi padre muerto iba delante
y detrás junio, de verdor ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían.
Mi padre hablaba del camino,
de cafetales con piel de adormidera
que a un simple roce ya eran calles y torres.
Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido...
Atravesamos un bosque de apamates
que en lenta fila también iban marchando
no sé adónde.
Después sólo se oyeron las cigarras
estremecidas en un coro compacto.
Mi padre acaso creyó que las oía
pero ya entonces a bordo de un relámpago
su alma cruzaba remotas intemperies.
***
Regreso
Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos.
Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas.
Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio.
Fiel a sus tablas, sólo da reposo,
cuando en tardes la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos.
***
La tierra giró para acercarnos
La tierra giró para acercarnos
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.
| Rembrandt: Autorretrato |
(Caracas, Venezuela, 1938-Valencia, España, 2008)
Dos Rembrandt
Con grumos ocres pudo el viejo Rembrandt
pintar su último rostro. Es un autorretrato
en su final. Hecho de encargo
para un joven pintor de 34.
(El mismo Rembrandt visto en otra cara.)
Puestos cerca esos cuadros
muestran en igual pose las dos bocas,
unos ojos intensos o vagos,
las manos juntas en el aire
y el tacto de colores
con hondas luces que se rompen
en sordos sollozos apagados...
|
supo ser objetivo. No interfiere
en los estragos de su vida,
ve lo que fue, no afiade, no lamenta.
Su alma sólo nos busca por espejo
y sin pedirnos saldo
se acerca en sus dos rostros,
pero quién al mirarlos no se quema?
***
Adiós a mi padre
Mi padre muerto iba delante
y detrás junio, de verdor ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían.
Mi padre hablaba del camino,
de cafetales con piel de adormidera
que a un simple roce ya eran calles y torres.
Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido...
Atravesamos un bosque de apamates
que en lenta fila también iban marchando
no sé adónde.
Después sólo se oyeron las cigarras
estremecidas en un coro compacto.
Mi padre acaso creyó que las oía
pero ya entonces a bordo de un relámpago
su alma cruzaba remotas intemperies.
***
Regreso
Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos.
Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas.
Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio.
Fiel a sus tablas, sólo da reposo,
cuando en tardes la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos.
***
La tierra giró para acercarnos
La tierra giró para acercarnos
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.
sábado, 4 de enero de 2014
Adiós destino paraíso
NATASHA TINIACOS
| Tomada de leonardomelero.blogspot.com.ar |
(Maracaibo, Venezuela, 1981)
PIE DEL DESESPERO
Según la agencia ambientalista
una lata tarda entre ochenta y doscientos años en descomponerse,
una botella de plástico mil,
el vidrio millones.
Cuánto demorarán estas palabras en encontrar
su primer amanecer:
el día en que se abotonarán la camisa para tomar tu aliento.
Sólo intuyo qué cantidad de calendarios
tomará mi espalda en ceder
porque he aprendido a sobrevivir,
apretar los puños, fruncir el ceño
y esperar mi turno inclinada
donde los niños no hurgan la basura.
**
THE FOOT OF DESPAIR
According to the environmental agency
a can will take between eighty and two hundred years to decompose,
a plastic bottle a thousand,
glass a million.
How long will it take for these words to find
their first sunrise:
the day in which they will button up the shirt to take your breath away.
I can only sense how many calendars
my back will take to give in
because I have learned to survive,
to clench my fists, to frown
and wait for my turn slanted
where children do not go through the trash.
PIE DEL DESESPERO
Según la agencia ambientalista
una lata tarda entre ochenta y doscientos años en descomponerse,
una botella de plástico mil,
el vidrio millones.
Cuánto demorarán estas palabras en encontrar
su primer amanecer:
el día en que se abotonarán la camisa para tomar tu aliento.
Sólo intuyo qué cantidad de calendarios
tomará mi espalda en ceder
porque he aprendido a sobrevivir,
apretar los puños, fruncir el ceño
y esperar mi turno inclinada
donde los niños no hurgan la basura.
**
THE FOOT OF DESPAIR
According to the environmental agency
a can will take between eighty and two hundred years to decompose,
a plastic bottle a thousand,
glass a million.
How long will it take for these words to find
their first sunrise:
the day in which they will button up the shirt to take your breath away.
I can only sense how many calendars
my back will take to give in
because I have learned to survive,
to clench my fists, to frown
and wait for my turn slanted
where children do not go through the trash.
***
Ayer se me perdió el paraíso
mengüé como palabra suelta en medio del camino
una esquina roída semáforo en rojo trato de escapar
te confundí con la sombra del cielo perdón me equivoqué
eres tú soy yo somos cada quien
soy una calle trancada a la orilla de un bar
ya no me da la gana de menstruar
desborono trozos de luna tejidos por dentro
se me descose el concepto
me sirvo con hielo al fin corazón en las rocas al fin
adiós destino paraíso
tacto contacto ombligo milonga rito licor amantes en celo
costra del grito de Munch.
una esquina roída semáforo en rojo trato de escapar
te confundí con la sombra del cielo perdón me equivoqué
eres tú soy yo somos cada quien
soy una calle trancada a la orilla de un bar
ya no me da la gana de menstruar
desborono trozos de luna tejidos por dentro
se me descose el concepto
me sirvo con hielo al fin corazón en las rocas al fin
adiós destino paraíso
tacto contacto ombligo milonga rito licor amantes en celo
costra del grito de Munch.
sábado, 18 de mayo de 2013
La playa que antes de abandonar el sol ilumina
GUILLERMO SUCRE
(Tumeremo, estado Bolívar, Venezuela, 1933)
In-
flexiones de la palabra: hacen de uno muchos objetos
sin tocarlos sin gastarlos: no los palpan
re-
flexiones del cuerpo: escritura del universo
un objeto que no sea sensación
una memoria que no sea recuerdo
vaciar el sentido
lenguaje: reloj de arena
lo demás es lo viciado: lo pleno
de sentido de poder
palabras que no nuestras que no poseemos
de repente al apenas decirlas ya nos poseen
el mundo es una dicción que no nos es dado
pausar pautar sino con el cuerpo
***
Las palabras tienen que seguir siendo lo que son
lo que siempre han dejado de ser
no hay dos lenguajes: la misma palabra que habla
es la misma que calla
pero hay dos silencios: la misma palabra que calla
no es la misma que habla
cada palabra desplaza a otra que nunca logramos
decir.
***
Los que piensan que les ha llegado la hora
Los que piensan que les ha llegado la hora
y se aprestan para asumir su destino
los que saben que siempre llegan a deshora
contra todo destino
los que escriben para sobresalir
no para encontrar la salida ¿Hay salida?
los que sólo viven para poner la vida en palabras
los que escriben para poner la palabra en la vida
los que lo coleccionan todo para sentirse perdurables
los que han contemplado una sola vez la belleza
y ya ello les depara una riqueza un desamparo
para siempre
***
De SERPIENTE BREVE
en ro(s)cas de cristal serpiente breve
g.
NOCHES BLANCAS
soñamos con las noches de San Petersburgo
y nos despertamos en Pittsburgo
EL OTRO AMANECER
el día dice que sí
porque la noche es
perdurable
IL PENSIEROSO
si de verdad existimos
por qué nos creemos ilusorios
RECUENTO
tu rabia minuciosa no es
como tu espléndida tristeza
***
HAY LA CABEZA QUE NACE EN EL ESPEJO PULIDA POR
el pensamiento
aparece como la música que regresa después de
un largo olvido
la luz que la dibuja desvela la noche de donde
emerge
remota como el pájaro que late en nuestras
manos
la piel quemada por las cicatrices de la
intemperie
es la cabeza amada que yace en los acantilados
al fondo de los años
la sal se destroza y se dispersa en su pelo
la playa que antes de abandonar el sol ilumina
se despeja en su frente
sus ojos fijan la fría fulguración de quien
despierta en medio del sueño
y ya no reconoce el mundo.
la vida no es avara ni para preservarla
hay que saber también arriesgarla
como en el amor: más fuerte cuando más lo alimenta
el desamor
más vívido cuando nace y se extingue cada día
***
martes, 12 de junio de 2012
Ignorante sí, pero una ignorante estremecida
IDA GRAMKO
(Puerto Cabello, Venezuela, 1924-1994)
Plegaria
No te puedo nombrar. No tienes nombre. Eres lo que se siente. Nunca lo que se explica. ¡Oh mi absoluto amado a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo limite! Perdóname la antigua reflexión.
No eres lo que se piensa. Eres lo que se ama. No eres conocimiento, sino sólo estupor. No eres el perfil sino el asombro. No eres la piedra sino lo inaudito. No eres la razón sino el amor.
De la mano del ángel yo he ascendido a tu hallazgo que nunca es un concreto tesoro sino continuamente un descubrimiento inenarrable. El ángel, a mi lado. Sintió también intensa, más intensa que nunca, más intensa que con algo o con alguien, esa visión de inmensidad. Como con nadie, no porque cada caso es singular, sino porque aquel acto fue más hondo que todos lo suyos, como si recibiéramos de pronto un advenimiento infinito.
Y es inútil pensar en encarnarte. Eres lo que nunca se puede encarnar ni nombrar porque sólo nos juntas las manos y nos haces doblar las rodillas.
Déjame sentirte, ¡Oh infinitud, oh zona inmensa, dimensión sobrehumana, oh mi Dios, siempre con la piel deslumbrada tanto que el cuerpo se me vuelva luz! Déjame estupefacta, arrebatada, y déjame que vibre para siempre con la palpitación mía e íntima.
Quisiera ser aquella que permanece atónita, ante ti. La que no sabe de tu nombre, la que no sabe de tu forma. Ignorante sí, pero una ignorante estremecida. Y que así sea.
***
ATIENDA aquel que dijo
hallar dicha y sosiego
en un sueño beatífico y tranquilo;
atienda a lo que digo y lo que creo.
¿Sabes, nocturno amigo,
a qué cosa en verdad llamamos sueño?
Atiende, hermano mío,
sin pena y sin recelo,
yo, que he soñado, yo, que no he dormido,
te pregunto sin voz desde mi lecho:
¿crees que el sueño protege del abismo,
rescata del asalto y del incendio?
Yo, soñadora inmóvil, no he creído
en mi rostro apacible cuando duermo.
Lucho soñando, sórdida, conmigo,
con un pájaro extraño, con el viento,
con un agudo y afilado pico
que me horada las sienes y el cerebro
y dejo sangre en el cojín y heridos
flotan ardiendo, aullando, mis cabellos.
Soñador y sonámbulo es lo mismo.
Se va entre nieblas, huérfano.
¿Quién hiló las almohadas? ¿El olvido?
La mano movediza del recuerdo
con un sombrío ovillo
y tejió la crisálida del lienzo
con una larga víbora de lino
que se enrosca en el alma y en el cuerpo.
Atienda aquel que alguna vez me dijo
hallar quietud seráfica en el sueño;
atienda a mi creencia, a mi pregunta,
que es la de todo soñador despierto.
Creo en mi corazón, su llama oculta
bajo las sábanas, ardiendo.
Creo en mi sangre muda
corriendo como un río del infierno.
¿Cree alguien en la calma de las tumbas,
en la paz de los muertos?
Quieren creer… ¡No lo han creído nunca!
Descansa en paz, sólo es un gran deseo.
Descansa en paz, pero la paz no escucha;
descansa en paz, pero el descanso es ciego.
La muerte, insomne, mira hacia la lucha
y el sueño es el más íntimo desvelo.
***
CEMENTERIO JUDÍO (PRAGA)
El orden sufre, lo transido acaba,
todo está en blanco, en doncellez, suspenso,
todo está en ave en formación, en ala
aún no rendida a la embriaguez del viento.
A la impaciencia virginal que aguarda
le va creciendo en derredor un lecho
nacido entre residuos que trabajan
con trizaduras de ámbito y de cuerpo.
Destino manifiesto en amenaza,
flecha que se dispara desde un resto.
El yo, en caída vertical, señala
un nuevo rumbo entre su añico recto.
La sombra de una faz entra en el alba
como en un rostro sin tocar y abierto.
La nueva cuna se descubre en lápida
que mece un canto maternal, terreno.
maternidad primera y subterránea
labrando el fruto en el hervor del hueso,
madre cautiva y tutelar que engaña
cubriéndose el jardín con un desierto
de vida individual que luego salva
del hombre, del sepulcro y del espectro.
Madre profunda que los nombres cambia
y toca un surtidor en un cabello,
y dice lluvia cuando ve una lágrima
y llama rosa a lo que fue un cerebro.
Cuando yo digo: falta,
ella pronuncia: acervo.
Si un hombre besa rostros que se apagan,
besando está lo personal, lo muerto,
pero ella esquiva rostros como máscaras
y se dispone al infinito beso,
aquel que liga el coágulo y la savia
en primitivo y cálido concierto.
Bajo los pies no hay muerte sino entraña,
arcilla en gestación y advenimiento
de nueva flor que antes de abrir prepara
y nutre abajo el despertar enhiesto.
El cráneo ya no lo es sino sustancia,
pierde un escombro su sentir deshecho,
juntos coinciden en la comba, irradian
la misma luz de anillo en el encuentro.
Crece la comba en globo, planetaria,
de la ascendente gravidez, y el cielo
mira la tierra maternal que agranda
hora tras hora el círculo y el huevo
donde se empolla un hombre con su larva
como si fuera un mínimo lucero.
"Este era un hombre. Concluyó." Y no basta.
El epitafio culminó en recelo.
Su historia avanza en árbol y en fragancia.
El hombre nunca dijo: aquí me quedo.
Dijo: aquí dejo mi emoción exhausta
como una rosa ajada sobre el fuego.
Aquí, ante el muro gris, frente de nada
o acaso de inasible pensamiento,
la certidumbre corporal se exhala
en torno, indefinible, como incienso.
Contorno movedizo que se apaga,
brasa quemada en último arabesco.
Ya no sustenta este perfil que horada
aún como ayer la brisa sin sustento,
ya no conforma la invisible llaga
que abren las uñas en el aire abierto,
defensa de una carne que me clava
erecto sobre el túmulo indefenso.
Ya no hay consuelo en la visión esclava
de una mirada que flotó en lo incierto:
formas transidas de ansiedad, mortajas
con que vestí de humanidad mi aliento.
¡Este es mi otoño! En vívida cascada
de hoja mortal e inútil, me desprendo.
Hambre de siglos ávidos me aguarda
desde una fosa en terrenal vocero.
No hay nada que explicar. Hay sólo instancia,
ayuno alerta en insistente ruego;
el cuerpo se despide en su migaja
igual que un pan a orillas del hambriento.
Pensar que sólo soy memoria hallada,
tiempo debido a un invisible dueño
que, inédito, en la sombra me buscaba
como una frente lúcida a un recuerdo.
Siéntome dentro de una inmensa dádiva,
todo el ambiente en torno es como un gesto
de manos extendidas que levantan
y ofrecen mi criatura entre sus dedos.
La tierra pide a todo una añoranza
y todo se lo da en remordimiento.
La soledad que por el hombre, ufana,
devino en gala fácil y ornamento,
erguida en su erosión como una alhaja
y hallando cofre y mano como cerco,
desaparece en la humildad que exclama
ya en su misión de semen e instrumento:
yo vine aquí como mujer, yo estaba
en mi femineidad como en fragmento.
Hubo una historia enorme con su fábula
para tan pobre y miserable objeto:
el grito de una mano entre la brasa;
notábase el clamor y no el incendio.
¡Ay!: era el hombre, pero el mundo abarca
ese alarido que hoy es más, engendro
de hogueras que se cruzan y avalanchas
de una escalera en caracol, subiendo
alígera, impalpable, entre barandas
de huesos que une un forjador eterno.
Hay sólo un mártir nítido, el fantasma;
cede un prestigio al levantarse un velo,
la pompa del racimo se desgarra
y se desborda el río prisionero.
Veste, para la túnica inmolada
no hay ya el reposo de tu piedra, un ceño
fluye de cada pliegue y se dispara
por cada arruga en manantial disperso.
Anda la vida libre y sin mordaza
de piel ceñida a un hontanar violento.
Espacio es puente en que las cosas traban
su antigua relación y su embeleso.
Continuación feliz de la muralla
en un semblante atónito y despierto,
fraternidad de la pared y el ansia,
sienes de cal con pájaros adentro.
Dos comisuras se abren, la ventana,
entre las que sonríe el universo.
Una clausura brota como rama
de la que pende un nuevo nacimiento.
Sangra un tumor, la rosa, y se desangra
en carne de otro mundo descubierto.
Todo retorna en despertar e infancia
como después de un minucioso sueño.
La forma humana, con terror de náufraga,
hoy vuelve, aullando, como un mar devuelto
que alza y remueve el mástil y las anclas
como ávidas raíces en ascenso
dejando atrás los árboles. Y avanzan
barcos llorando lianas en su esfuerzo
hacia la primavera de las aguas.
Surge un saludo, un abanico abierto.
Mana una fuente en ascensión confiada
a quien la muerte le rindió el silencio.
Capullos de olas se abren sin nostalgia
sobre ondas de un teclado resurrecto.
Sin ruido va el fragor, entre alborada.
La aurora siempre es un callado estruendo.
sábado, 18 de junio de 2011
Acatamos demasiados dogmas
JACQUELINE GOLDBERG
(Maracaibo, Venezuela, 1966)
7.
estoy en una isla en un lago en una isla
excedida de linaje
aparece una pantera nebulosa
mi longevidad será banquete
mis bronquios bocado superlativo
ofrezco utensilios
para compartir mi blandura
***
16.
un lavaplatos
una pesadilla
una mesa provista
dicen si hubo hogar el día anterior
no así los lunes
siempre astrosos
demenciales
de vajilla ilícita
que no aguarda cuidos
ni dignidad
***
30.
desde el fondo se insinúan
pulpos tiburones celacantos
vamos de un cielo a otro
acatamos demasiados dogmas
pocas escapatorias
a la boca van a dar constricciones
un abejorro
una codorniz
la redonda vejez
***
45.
¿dónde el cadáver comestible?
mejor pariente que capturado a la fuerza
blando si es para pronto
carbonizado al transcurrir el año
los huesos triturados
pueden añadirse a una sopa de plátano
consumirse con aflicción
la carne entre los dientes cierra la tarde
el llanto debe durar un par de madrugadas
no hay vereda sino secreto
la culpa será asunto de antropólogos
**
Nota: los poemas pertenecen al libro Limones en almíbar. Cortesía de Jorge Aulicino.
| Tomada de letralia.com |
(Maracaibo, Venezuela, 1966)
7.
estoy en una isla en un lago en una isla
excedida de linaje
aparece una pantera nebulosa
mi longevidad será banquete
mis bronquios bocado superlativo
ofrezco utensilios
para compartir mi blandura
***
16.
un lavaplatos
una pesadilla
una mesa provista
dicen si hubo hogar el día anterior
no así los lunes
siempre astrosos
demenciales
de vajilla ilícita
que no aguarda cuidos
ni dignidad
***
30.
desde el fondo se insinúan
pulpos tiburones celacantos
vamos de un cielo a otro
acatamos demasiados dogmas
pocas escapatorias
a la boca van a dar constricciones
un abejorro
una codorniz
la redonda vejez
***
45.
¿dónde el cadáver comestible?
mejor pariente que capturado a la fuerza
blando si es para pronto
carbonizado al transcurrir el año
los huesos triturados
pueden añadirse a una sopa de plátano
consumirse con aflicción
la carne entre los dientes cierra la tarde
el llanto debe durar un par de madrugadas
no hay vereda sino secreto
la culpa será asunto de antropólogos
**
Nota: los poemas pertenecen al libro Limones en almíbar. Cortesía de Jorge Aulicino.
jueves, 14 de abril de 2011
El silencio arrastra el aire
PATRICIA GUZMÁN
(Caracas, Venezuela, 1961)
EL POEMA DEL ESPOSO
(Fragmento)
El cielo tiene un lado sordo
Mi esposo me ha dicho que no le siga hablando
Que si yo quiero él va y le pregunta qué le pasa
Mi esposo prefiere que yo mire para abajo
Aquí los vínculos son más fecundos
Aquí si tengo que orar me perfumo
(Los perfumes se ofrecen como oraciones)
Aquí tengo un libro lleno de lamentaciones, gemidos y ayes
(Yo no he querido comerme el libro que me ofrece el ángel)
Aliméntate, me pide mi esposo
Aliméntate
Aliméntate
El cielo tiene un lado sordo
Aquí si tengo que orar me perfumo
***
Debajo de la Arcada
Aquí debajo de la arcada
Debajo del ala de agua que remonta mis días
Aquí, debajo de la arcada
En medio del pistilo del pecho del Ave,
Mendiga Aquí,
Debajo de la arcada
En medio del pistilo del pecho
Sellado Marcado con agua
¿Quién cuidará? De mí, lo oscuro
Si muero, quién dará un poco de agua a los hombres
luego Agua saca el Esposo de la casa
Agua
que todo aclara
Agua Mancha
Agua Náufraga en la voz del pájaro
Mancha la orilla de lo por vivir
Circuncisa el alma
Para que prenda el alma
entre las arcadas
Que todo es –apenas– advertencia
Que unciones de agua nos aguardan
Hallada la corona del corazón
Hallada la corona del pistilo del pecho
La corona de la oración
que mora entre las arcadas
“Así como se entiende claro un dilatamiento o
ensanchamiento en el alma, a manera de como si el agua
que mana de una fuente no tuviese corriente, sino que la
misma fuente estuviese labrada de una cosa, que mientras
más agua mana
se, más grande se hiciese [la arcada]; así
parece en esta oración, y otras maravillas
que hace Dios en el alma, que la habilita y va disponiendo para que quepa
todo en ella”. Y va disponiendo para que quepa
el acompañamiento de lo desconocido
la soledad intacta… y va disponiendo para que
las aguas se separen de las aguas
para que de El Edén surja un río/que riegue el jardín
para que el río se transforme/en cuatro cursos de agua
y el hombre se transforme/en un ser vivo
después del pájaro
después del árbol Y fue de tarde, y fue de mañana, un día
Y un ángel de El Eterno dijo
Aquí, debajo de la arcada
¿Acaso no sigo viendo aquí tras mi visión?
***
Canto de Oficio
(Fragmento)
A los ángeles en su conjunto se los llama cielo
(Me fue dado verlos)
Balbucientes llaman
Te ha sido asignado un nardo
Balbucientes llaman
Ayuna cuando ames sola
Fortalece tus animales
(Cuidarán de tu esposo mientras viajas)
Lava las tazas
Sirve
Inclínate
Retira las tazas el nardo los animales
(Me fue dado verlos)
***
* * *
Yo he querido aprender a cantar, siempre he querido
Y se lo he dicho a mis hermanas
Les he dicho que me escuchen
Les he dicho que me avisen que canto
les he dicho que no me besen en la boca mientras canto
Que no inviten a nadie para que me oiga
Yo he querido aprender a cantar, siempre he querido
No sé por qué no me oyen
Si sé que a la voz se la llama con la mano
Si yo no voy a entrar en el cielo de nadie
Si yo no voy a tomar el agua de los demás
El canto es bueno
Y uno no olvida estar triste
***
La casa de los afligidos
I
(fragmento)
A la esperanza
F. Hölderlin
Tú que no desdeñas la casa de los afligidos
¿Adónde me conduces?
Ya aletean en mí la noche y el jazmín
Privada ya de cánticos me ocupa el pecho el corazón
En la calma te busco
O cuando en alto viento arden los corazones traspasados
Y el brillo de la vida en la vida afiebra los tulipanes
En la calma te busco
En la calma te busco
Sujétame el corazón
Ampárame
En la calma te busco
Privada ya de cánticos el alma se desplaza
El silencio arrastra el aire
En casa de los afligidos
Íngrima amanece la flor
En casa de los afligidos
Él, que no desdeña
¿Adónde me conduce?
Los míos tienen limpio vestido
(He plantado una viña)
Los míos tienen limpio vestido
(He plantado jardines)
¿Adónde me arrastras tú que no desdeñas?
Privada ya de cánticos mi corazón habita la casa del duelo
Y me ha sido dado escuchar
“la pena del rostro es remedio del alma”
Y me ha sido señalado regresar a la iluminada cripta
Velar por estas dolencias de lo más que somos
Mientras van restándonos cavidades
Todo
Excepto el temblor
Mientras insisto en darle vuelta a cada rosa
Mientras agradezco
Mientras agradezco a Emily Dickinson haberme confiado
“el cerebro –es más extenso que el cielo–
el cerebro es más profundo que el mar
el cerebro es sólo el peso de Dios-”
Cerebro y Cielo y Dios
Escucharon el roce del cuchillo sobre mí
Cerebro y Cielo y Dios
(Limpio todo lo que en mí necesita ser limpiado)
Cerebro y Cielo y Dios
Al acallarme
El
que me esclarece
El
amantísimo
rozó mi frente y oscureció mi nombre
**
Cortesía de Ana Lafferranderie
| Tomada de 1bp.blogspot.com |
(Caracas, Venezuela, 1961)
EL POEMA DEL ESPOSO
(Fragmento)
El cielo tiene un lado sordo
Mi esposo me ha dicho que no le siga hablando
Que si yo quiero él va y le pregunta qué le pasa
Mi esposo prefiere que yo mire para abajo
Aquí los vínculos son más fecundos
Aquí si tengo que orar me perfumo
(Los perfumes se ofrecen como oraciones)
Aquí tengo un libro lleno de lamentaciones, gemidos y ayes
(Yo no he querido comerme el libro que me ofrece el ángel)
Aliméntate, me pide mi esposo
Aliméntate
Aliméntate
El cielo tiene un lado sordo
Aquí si tengo que orar me perfumo
***
Debajo de la Arcada
Aquí debajo de la arcada
Debajo del ala de agua que remonta mis días
Aquí, debajo de la arcada
En medio del pistilo del pecho del Ave,
Mendiga Aquí,
Debajo de la arcada
En medio del pistilo del pecho
Sellado Marcado con agua
¿Quién cuidará? De mí, lo oscuro
Si muero, quién dará un poco de agua a los hombres
luego Agua saca el Esposo de la casa
Agua
que todo aclara
Agua Mancha
Agua Náufraga en la voz del pájaro
Mancha la orilla de lo por vivir
Circuncisa el alma
Para que prenda el alma
entre las arcadas
Que todo es –apenas– advertencia
Que unciones de agua nos aguardan
Hallada la corona del corazón
Hallada la corona del pistilo del pecho
La corona de la oración
que mora entre las arcadas
“Así como se entiende claro un dilatamiento o
ensanchamiento en el alma, a manera de como si el agua
que mana de una fuente no tuviese corriente, sino que la
misma fuente estuviese labrada de una cosa, que mientras
más agua mana
se, más grande se hiciese [la arcada]; así
parece en esta oración, y otras maravillas
que hace Dios en el alma, que la habilita y va disponiendo para que quepa
todo en ella”. Y va disponiendo para que quepa
el acompañamiento de lo desconocido
la soledad intacta… y va disponiendo para que
las aguas se separen de las aguas
para que de El Edén surja un río/que riegue el jardín
para que el río se transforme/en cuatro cursos de agua
y el hombre se transforme/en un ser vivo
después del pájaro
después del árbol Y fue de tarde, y fue de mañana, un día
Y un ángel de El Eterno dijo
Aquí, debajo de la arcada
¿Acaso no sigo viendo aquí tras mi visión?
***
Canto de Oficio
(Fragmento)
A los ángeles en su conjunto se los llama cielo
(Me fue dado verlos)
Balbucientes llaman
Te ha sido asignado un nardo
Balbucientes llaman
Ayuna cuando ames sola
Fortalece tus animales
(Cuidarán de tu esposo mientras viajas)
Lava las tazas
Sirve
Inclínate
Retira las tazas el nardo los animales
(Me fue dado verlos)
***
* * *
Yo he querido aprender a cantar, siempre he querido
Y se lo he dicho a mis hermanas
Les he dicho que me escuchen
Les he dicho que me avisen que canto
les he dicho que no me besen en la boca mientras canto
Que no inviten a nadie para que me oiga
Yo he querido aprender a cantar, siempre he querido
No sé por qué no me oyen
Si sé que a la voz se la llama con la mano
Si yo no voy a entrar en el cielo de nadie
Si yo no voy a tomar el agua de los demás
El canto es bueno
Y uno no olvida estar triste
***
La casa de los afligidos
I
(fragmento)
A la esperanza
F. Hölderlin
Tú que no desdeñas la casa de los afligidos
¿Adónde me conduces?
Ya aletean en mí la noche y el jazmín
Privada ya de cánticos me ocupa el pecho el corazón
En la calma te busco
O cuando en alto viento arden los corazones traspasados
Y el brillo de la vida en la vida afiebra los tulipanes
En la calma te busco
En la calma te busco
Sujétame el corazón
Ampárame
En la calma te busco
Privada ya de cánticos el alma se desplaza
El silencio arrastra el aire
En casa de los afligidos
Íngrima amanece la flor
En casa de los afligidos
Él, que no desdeña
¿Adónde me conduce?
Los míos tienen limpio vestido
(He plantado una viña)
Los míos tienen limpio vestido
(He plantado jardines)
¿Adónde me arrastras tú que no desdeñas?
Privada ya de cánticos mi corazón habita la casa del duelo
Y me ha sido dado escuchar
“la pena del rostro es remedio del alma”
Y me ha sido señalado regresar a la iluminada cripta
Velar por estas dolencias de lo más que somos
Mientras van restándonos cavidades
Todo
Excepto el temblor
Mientras insisto en darle vuelta a cada rosa
Mientras agradezco
Mientras agradezco a Emily Dickinson haberme confiado
“el cerebro –es más extenso que el cielo–
el cerebro es más profundo que el mar
el cerebro es sólo el peso de Dios-”
Cerebro y Cielo y Dios
Escucharon el roce del cuchillo sobre mí
Cerebro y Cielo y Dios
(Limpio todo lo que en mí necesita ser limpiado)
Cerebro y Cielo y Dios
Al acallarme
El
que me esclarece
El
amantísimo
rozó mi frente y oscureció mi nombre
**
Cortesía de Ana Lafferranderie
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char