Verónica Yattah
(Buenos Aires, Argentina, 1987)
Fue necesario que apagaran las luces del teatro
para que tu brazo se apoyara por última vez
sobre mi espalda.
Quietud absoluta no era
tu mano más bien latía
y por mínimos que fueran
esos movimientos decían algo.
Durante días habíamos estado dando vueltas
y a pesar de haber terminado, nos tentó
la idea de ir al teatro una vez más.
Cuando se apagaron las luces tuvimos nuestra despedida.
En el teatro no se podía interpretar eso,
en el teatro no se podía hablar.
Cuando encendieron las luces dijiste que la actriz
no había estado bien
que su declamación no era la de antes,
hablaste de esa decadencia.
***
El punto se transformó en golpe seco,
las líneas no.
Hasta detenernos las líneas blancas del costado de la ruta
fueron suaves cintas deslizándose.
¿Qué iluminaron las luces esa noche?
Las hice titilar
para espantar lo que veía,
te desperté, por si el punto era mi imaginación
y no ese perro mirándonos de frente.
Me agarraste la mano para no esquivarlo.
De dormir pasaste a ese movimiento
a esa invasión sobre el volante.
En la estación de servicio dijiste "era el perro o".
Yo no pude responder
y mientras el agua caía sobre el parabrisas
al señor le dijiste "sí,
en la ruta había niebla".
***
Como patitos llegamos,
como ciegos.
El segundo no vio al primero
el tercero no vio al segundo.
Tan cerca quedó un auto de otro
que mientras la barrera del tren bajaba
tuvimos tiempo de tomar espacio.
El tren iba a venir
pero no venía.
Vi a una chica darle un beso a un chico
y cómo encendían las luces del restaurante.
Y yo que estaba en bici apoyé mi mano
en el techo del auto vecino
para no tener que sostenerme toda
con la punta de los pies.
Y me sentí parte de algo.
Había viento y era mucho
tener una piel.
Era viernes.
Tenía el cuerpo cansado
y dos piernas fuertes.
Mostrando entradas con la etiqueta VERÓNICA YATTAH. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VERÓNICA YATTAH. Mostrar todas las entradas
viernes, 30 de junio de 2017
miércoles, 8 de junio de 2016
Cada cosa era mucho más que esa cosa
| Tomada de funesiana.com |
Lo rápido que pasaban las vacas y el campo
Lo rápido que pasaban las vacas y el campo.
Tuve que subirme a la parte de atrás de la moto
para descubrir eso
que a la velocidad del movimiento la íbamos inventando.
Salimos con el sol a la altura del horizonte.
Cada tanto soltabas el manubrio para señalar los carteles
las letras blancas sobre el fondo verde de los pueblos vecinos.
Mis dedos se entrelazaban entre sí y entre tu ropa.
A más de cien kilómetros por hora
los mosquitos comenzaron a ser agujas.
El sol permanecía a pesar de lo demás
que iba, en cambio, convirtiéndose en manchas.
Y como esas cámaras que logran captar el movimiento,
pude notar que el árbol era también una línea,
que la vaca era también una línea,
que cada cosa era mucho más que esa cosa
y que nosotras también iríamos dejando un rastro.
***
Naranja sobre blanco
De brotes ramas
de ramas flores, de flores
néctar.
Blanco o negro todo o nada
empezamos a vernos
sin reparar en matices.
La redondez de tus dedos
sobre un cuchillo que no corta
roza el pan
un sábado a la mañana.
La redondez de tus dedos
rozando mi corazón.
Naranja sobre blanco
la espiga de trigo bajo el sol
la molienda el molino
las manos de una mujer volviendo pan
la corona de harina.
Pan que ahora llevamos a nuestra boca
naranja sobre blanco
mermelada sobre miga tostada.
La redondez de tus dedos rozando mi corazón.
***
Por ejemplo ahora
Por ejemplo ahora, mientras miro la sandalia
de la señora dormida que viaja al lado mío en el colectivo
vuelve tu pie. La forma de tu pie.
¿Es algo de época esta obsesión por los pies?
¿Miraban así, tan hacia abajo,
las personas del siglo trece, del catorce?
¿Miraban así, con ese afán de retratar
ignorando el cielo,
los pies?
Sea como fuere vuelve tu pie largo, estilizado.
El arco de tu pie, eso también vuelve hoy.
La señora resopla. Está dormida en un colectivo
que atraviesa la ciudad en verano.
Y tu pie debe estar sintiendo el agua.
Es tan probable que hoy estés como tanteando
la temperatura del agua de una pileta en el campo.
En cambio acá estamos, la señora y yo
mirándole el pie a una desconocida,
mirándote el pie de nuevo.
Lo rápido que pasaban las vacas y el campo.
Tuve que subirme a la parte de atrás de la moto
para descubrir eso
que a la velocidad del movimiento la íbamos inventando.
Salimos con el sol a la altura del horizonte.
Cada tanto soltabas el manubrio para señalar los carteles
las letras blancas sobre el fondo verde de los pueblos vecinos.
Mis dedos se entrelazaban entre sí y entre tu ropa.
A más de cien kilómetros por hora
los mosquitos comenzaron a ser agujas.
El sol permanecía a pesar de lo demás
que iba, en cambio, convirtiéndose en manchas.
Y como esas cámaras que logran captar el movimiento,
pude notar que el árbol era también una línea,
que la vaca era también una línea,
que cada cosa era mucho más que esa cosa
y que nosotras también iríamos dejando un rastro.
***
Naranja sobre blanco
De brotes ramas
de ramas flores, de flores
néctar.
Blanco o negro todo o nada
empezamos a vernos
sin reparar en matices.
La redondez de tus dedos
sobre un cuchillo que no corta
roza el pan
un sábado a la mañana.
La redondez de tus dedos
rozando mi corazón.
Naranja sobre blanco
la espiga de trigo bajo el sol
la molienda el molino
las manos de una mujer volviendo pan
la corona de harina.
Pan que ahora llevamos a nuestra boca
naranja sobre blanco
mermelada sobre miga tostada.
La redondez de tus dedos rozando mi corazón.
***
Por ejemplo ahora
Por ejemplo ahora, mientras miro la sandalia
de la señora dormida que viaja al lado mío en el colectivo
vuelve tu pie. La forma de tu pie.
¿Es algo de época esta obsesión por los pies?
¿Miraban así, tan hacia abajo,
las personas del siglo trece, del catorce?
¿Miraban así, con ese afán de retratar
ignorando el cielo,
los pies?
Sea como fuere vuelve tu pie largo, estilizado.
El arco de tu pie, eso también vuelve hoy.
La señora resopla. Está dormida en un colectivo
que atraviesa la ciudad en verano.
Y tu pie debe estar sintiendo el agua.
Es tan probable que hoy estés como tanteando
la temperatura del agua de una pileta en el campo.
En cambio acá estamos, la señora y yo
mirándole el pie a una desconocida,
mirándote el pie de nuevo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char