JUANA DE IBARBOUROU
(Melo, Uruguay, 1892-Montevideo, Uruguay, 1979)
Palabras del frustrado suicida a la muerte
Dejar por ti el pan claro, la leche sosegada,
El perro de la sombra y el corro de las voces;
Dejar por ti los jaspes y el caballo del agua,
Los órganos del viento, los vegetales roces.
Dejar por ti, más ocre que toda la miseria,
Mi fulgurar de abejas, de flautas y luciérnagas,
Y aún tú, la cegadora, no quererme en tu valle
Donde todos los días los caminos entregas.
Cerrarme tus dominios, arisca y enconada;
Vedarme tus manzanos, romper por mí tus puentes,
Ver que estoy desvalido y negarme tu nave.
Sentir mi acerbo grito y no hacerte presente.
Dejarme así anhelante y así alucinado,
Sin tu brazo de ámbar redondeándome el hombro,
Mientras en el jardín la tormenta del día
Dobla los alhelíes y enronquece los coros.
Tener la seca lengua tajada y encendida
De contestar las voces del ángel que rechaza,
Y hacerte hielo oscuro, cuando puedes decirme
Para el sueño, la única, la inocente palabra.
El sueño que ya nunca en mis nervios madura
Ni levanta en mi frente su lucero tranquilo,
Ni acomoda en mi pecho, recostada, su luna,
Ni me acerca su espejo de imágenes sin filo.
Me has dejado perdido, mutilado, en la mengua
De mi paso seguro y mi aliento completo.
La de los briosos rasos que ya no me quiere ahora
Y no tengo tampoco tus dormidos corderos.
De nuevo en el dominio del sol amargo, amargo,
Ya te vuelvo la espalda hacia los duros llanos,
Hacia las malas tierras de gramíneas estériles,
De juncos maltratados e inútiles veranos.
De “Perdida”
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viernes, 25 de mayo de 2018
miércoles, 9 de mayo de 2018
Circe Maia
(Montevideo, Uruguay, 1932)
Sincronías
¿Cómo se hará para estirar la mano
y atraer hacia aquí todo el presente
y atarlo?
Que no se escape el sol sobre una hoja
El mosquito en el aire
Ronco motor doblando la esquina
Y en el paladar el gusto del durazno.
***
Posibilidad
¿De qué manera ataco con palabras
cosas tan delicadas?
La mirada de un niño de tres meses
¿puede acaso tocarse
con las palabras «meses», «tres», «mirada»?
Hay que dar un rodeo
dar vueltas y volver sobre sonidos
sobre voces, oídas, leídas,
tal vez muy usadas…
Es posible que un día se abran
y en la hendidura brote
la mirada.
Los gestos milenarios que repito
desde el tender la mesa a hacer dormirse
los niños, me descubren
de pronto, su otra cara.
Es mi mano y no es sólo la mía.
Vieja mano, viejísima, viniendo
desde siglos, se mueve
por detrás de una fría, gris mirada.
Visto y pensado, el mundo
contemplado, extendido
delante de los ojos
y los ojos buscando ver los hilos
de la espesa maraña.
.. .Y sin embargo, manos
que nada ven, las ciegas
manos, mucho más hallan,
y sin buscar encuentran
una viva sustancia:
en palabras no entra
en los ojos no cabe.
Manos sólo la palpan.
(Montevideo, Uruguay, 1932)
Sincronías
¿Cómo se hará para estirar la mano
y atraer hacia aquí todo el presente
y atarlo?
Que no se escape el sol sobre una hoja
El mosquito en el aire
Ronco motor doblando la esquina
Y en el paladar el gusto del durazno.
***
Posibilidad
¿De qué manera ataco con palabras
cosas tan delicadas?
La mirada de un niño de tres meses
¿puede acaso tocarse
con las palabras «meses», «tres», «mirada»?
Hay que dar un rodeo
dar vueltas y volver sobre sonidos
sobre voces, oídas, leídas,
tal vez muy usadas…
Es posible que un día se abran
y en la hendidura brote
la mirada.
***
ManosLos gestos milenarios que repito
desde el tender la mesa a hacer dormirse
los niños, me descubren
de pronto, su otra cara.
Es mi mano y no es sólo la mía.
Vieja mano, viejísima, viniendo
desde siglos, se mueve
por detrás de una fría, gris mirada.
Visto y pensado, el mundo
contemplado, extendido
delante de los ojos
y los ojos buscando ver los hilos
de la espesa maraña.
.. .Y sin embargo, manos
que nada ven, las ciegas
manos, mucho más hallan,
y sin buscar encuentran
una viva sustancia:
en palabras no entra
en los ojos no cabe.
Manos sólo la palpan.
miércoles, 21 de marzo de 2018
“...Es que todo es tan hermoso”
Mauricio Rosencof
(Florida, Uruguay, 1933)
Poemas escritos estando preso durante 13 años, parado en una celda de dos por uno, incomunicado y sin agua. Inventó una clave morse y conseguía hojas para armar cigarrillos que salieron escondidas en los dobladillos de las camisas que iban a ser lavadas.
1
He
vuelto
a conversar
con la
alpargata.
No debo
hacerlo
más.
Evitaré
en lo
sucesivo
su mirada.
**
24
En el muro
los pájaros mancha
anuncian humedad.
Es la estación
de las lluvias
en el más allá.
**
66
Te silbo
bajito
pensamiento
triste,
tango.
Que no
te vayan
a escuchar.
**
84
Te has posado en la reja, hijita.
¿Qué haces allí? Vete.
Afuera corren los risueños aires de abril.
¿Por qué rondas y rondas
como una mariposa
en este pozo?
En el follaje vibra una tarde de otoño.
¿La oyes? Vete.
Vete, que donde tú vayas yo vivo en ti.
Anda, fantasmita:
Elige un lugar al sol,
tómame de la mano
y vete.
De Conversaciones con la alpargata, Editorial Arca, 1985.
***
Nepo
Tenía
un garabato en la cabeza
y el andar tranquilo.
Nos miramos de lejos,
sin poder hablar.
**
Te acordás
¿Te acordás, Ñata,
del Parque Rodó?
La noche rondando
los faroles
silenciosa,
***
Nocturno
Crecimos, ella empezó a trabajar
en una farmacia del Cordón.
Salía a las 7 y en alguna ocasión
arreglaba mis cosas para irla a buscar
me pasaba en la vidriera para verla despachar
rubia, de blanco almidón
y eran tales sus gracias y mi metejón
que no había caso y me ponía a fumar
bajábamos del bondi en la otra parada
ganando dos cuadras para caminar
y mirando atentos que nadie viera nada
en los racimos de sombra nos íbamos a ocultar
Ella se limpiaba la boquita pintada
y aquello era una de besar y besar...
**
Otoño
Aquella tarde de otoño era dorada
árboles y casas tras un tour amarillento
las copas calmas... el cielo tenue
el sol más lento...
sus ojos sonreían estaba enamorada...
Caminábamos los dos la hora encantada
en que el farol garúa su primer aliento
cuando salta a su paso un presentimiento
“...Dios mió...”
dice... “ que nunca pase nada”
qué puede pasar?...
nada nada va a pasar no sé...
no sé...
“...es que todo es tan hermoso”
nos besamos con miedo y volvimos a andar
pero tanto silencio se nos hizo penoso
entonces eligió hojitas secas para pisar
y el juego volvió el dorado más luminoso.
De La Margarita, Historia de amor en 25 sonetos (Editorial Colihue, 1994)
(Florida, Uruguay, 1933)
Poemas escritos estando preso durante 13 años, parado en una celda de dos por uno, incomunicado y sin agua. Inventó una clave morse y conseguía hojas para armar cigarrillos que salieron escondidas en los dobladillos de las camisas que iban a ser lavadas.
1
He
vuelto
a conversar
con la
alpargata.
No debo
hacerlo
más.
Evitaré
en lo
sucesivo
su mirada.
**
24
En el muro
los pájaros mancha
anuncian humedad.
Es la estación
de las lluvias
en el más allá.
**
66
Te silbo
bajito
pensamiento
triste,
tango.
Que no
te vayan
a escuchar.
**
84
Te has posado en la reja, hijita.
¿Qué haces allí? Vete.
Afuera corren los risueños aires de abril.
¿Por qué rondas y rondas
como una mariposa
en este pozo?
En el follaje vibra una tarde de otoño.
¿La oyes? Vete.
Vete, que donde tú vayas yo vivo en ti.
Anda, fantasmita:
Elige un lugar al sol,
tómame de la mano
y vete.
De Conversaciones con la alpargata, Editorial Arca, 1985.
***
Nepo
Tenía
un garabato en la cabeza
y el andar tranquilo.
Nos miramos de lejos,
sin poder hablar.
**
Te acordás
¿Te acordás, Ñata,
del Parque Rodó?
La noche rondando
los faroles
silenciosa,
***
Nocturno
Crecimos, ella empezó a trabajar
en una farmacia del Cordón.
Salía a las 7 y en alguna ocasión
arreglaba mis cosas para irla a buscar
me pasaba en la vidriera para verla despachar
rubia, de blanco almidón
y eran tales sus gracias y mi metejón
que no había caso y me ponía a fumar
bajábamos del bondi en la otra parada
ganando dos cuadras para caminar
y mirando atentos que nadie viera nada
en los racimos de sombra nos íbamos a ocultar
Ella se limpiaba la boquita pintada
y aquello era una de besar y besar...
**
Otoño
Aquella tarde de otoño era dorada
árboles y casas tras un tour amarillento
las copas calmas... el cielo tenue
el sol más lento...
sus ojos sonreían estaba enamorada...
Caminábamos los dos la hora encantada
en que el farol garúa su primer aliento
cuando salta a su paso un presentimiento
“...Dios mió...”
dice... “ que nunca pase nada”
qué puede pasar?...
nada nada va a pasar no sé...
no sé...
“...es que todo es tan hermoso”
nos besamos con miedo y volvimos a andar
pero tanto silencio se nos hizo penoso
entonces eligió hojitas secas para pisar
y el juego volvió el dorado más luminoso.
De La Margarita, Historia de amor en 25 sonetos (Editorial Colihue, 1994)
lunes, 26 de febrero de 2018
Se engaña quien crea la verdad
(Montevideo, Uruguay, 1956)
Críticas
Tengo la cartera corta
Tengo la mirada absorta
En mi interior
Tengo un corazón apenas
Siempre me tragué las penas
Y lo peor
Tengo muy pocos amigos
Que de nada soy testigo
Oigo decir
Mis canciones son cerradas
Mis pasiones son erradas
Qué porvenir
No me sobra simpatía
Ni me falta melancolía
Que canto mal
Voy ajeno por ahí
Sin patrimonio sin heridas
Elemental
Pocas veces doy un mimo
Al deporte no me arrimo
Qué cicatriz
Tengo la cabeza atada
Tengo la mirada añada
Que soy feliz.
***
El tiempo en la cara
Hay quienes intentan remontar un barco
Hay quienes intentan sumergir mi voz
Hay quienes se creyeron conquistadores
Descubren el dorado en cualquier rincón
Ta' loco aquel que quiera volar
Buscando un sitio al lado del sol
Ta' loco aquel que quiera tu corazón
Quien colocó tu color
En cada rayo del sol
Se quema aquel que quiera tu corazón.
Hay gente que quisiera tirarse al agua
Sin que siquiera se le moje el pantalón
Hay otros tan ilusos que se ilusionan
Con un mundo en que no haya desilusión
Ta' loco aquel que quiera volar
Buscando un sitio al lado del sol
Ta' loco aquel que quiera tu corazón
Quien colocó tu color
En cada rayo del sol
Se quema aquel que quiera tu corazón.
***
Te abracé en la noche
Te abracé en la noche
era un abrazo de despedida
te ibas de mi vida
Te atrapó la noche
la oscuridad traga y no convida
quedé a la deriva
Tal vez fue un derroche
los sentimientos más bendecidos
flotan como idos
Te besé en la noche
con aquel beso desconocido
que se fue contigo
Te abracé en la noche
era un abrazo de despedida
te ibas de mi vida
Te atrapó la noche
La oscuridad traga y no convida
Quedé a la deriva
Tal vez fue un derroche
los sentimientos más bendecidos
flotan como idos
Te besé en la noche
con un sabor desaparecido
que se se fue contigo.
***
La casa de al lado
No hay tiempo no hay hora no hay reloj
no hay antes ni luego ni tal vez
no hay lejos ni viejos ni jamás
en esta olvidada invalidez
Si todos se ponen a pensar
la vida es más larga cada vez
te apuesto mi vida una vez más
aquí no hay durante ni después
Dejá no me lo repitas más
nosotros y ellos vos y yo
que nadie se ponga en mi lugar
que nadie me mida el corazón
La calle se empieza a incomodar
el baile del año terminó
los carros se encargan de cargar
los restos del roto corazón
Acá en esta cuadra viven mil
clavamos el tiempo en un cartel
somos como brujos del reloj
ninguno parece envejecer
Mi abuelo me dijo la otra vez
me dijo mi abuelo que tal vez
su abuelo le sepa responder
si el tiempo es mas largo cada vez
Discrepo con aquellos que creen
que hay una sola eternidad
descrean de toda soledad
se engaña quien crea la verdad
Acá no hay tango
no hay tongo ni engaño
aquí no hay daño que dure cien años
por fin buen tiempo
aunque no hay un mango
estoy llorando
toy me acostumbrando
Se pasa el año se pasa volando
ya no hay más nadie que pueda alcanzarlo
y yo mirando sentado en el campo
como se pasa el año volando
No pasa el tiempo no pasan los años
inventa cosas con cosas de antaño
a nadie espera la casa de al lado
se va acordando
se acuerda soñando
Por eso te pido una vez más
tomátelo con tranquilidad
puede ser ayer nunca o después
pero tu amor dame de una vez.
miércoles, 21 de junio de 2017
Capaz de maullar
IDA VITALE
(Montevideo, Uruguay, 1923)
La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.
¿Es más que su sabor el gusto de la vida?
**
Vértigo
Varada velocísima en
tu borde,
veraz de veras,
en vilo, en vela
virando hacia,
en ti guarecida,
guarnecida quiero seguir
imaginando cómo se amanece,
capaz de maullar
por las azoteas del frío
o del ardor final,
feliz naciendo
de la diaria muerte.
**
Cirugía de invierno
Lo dicho queda, cala,
corroe la leve pulpa que otro construye a solas,
como en la fronda que el otoño ataca.
Porque el otoño seca las hojas
de manera bellísima:
deja en el aire las puras nervaduras,
ésas casi invisibles
en las que reparábamos apenas
y evapora esa verde sustancia que era,
para nosotros, hoja.
Así de pronto terminan los verdores.
Hay que arrastrar cadáveres amados
y consentir el lujo
de la infinita dilación indecisa
y el filo que mutila la voz, la tolerancia.
(Montevideo, Uruguay, 1923)
La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.
¿Es más que su sabor el gusto de la vida?
**
Vértigo
Varada velocísima en
tu borde,
veraz de veras,
en vilo, en vela
virando hacia,
en ti guarecida,
guarnecida quiero seguir
imaginando cómo se amanece,
capaz de maullar
por las azoteas del frío
o del ardor final,
feliz naciendo
de la diaria muerte.
**
Cirugía de invierno
Lo dicho queda, cala,
corroe la leve pulpa que otro construye a solas,
como en la fronda que el otoño ataca.
Porque el otoño seca las hojas
de manera bellísima:
deja en el aire las puras nervaduras,
ésas casi invisibles
en las que reparábamos apenas
y evapora esa verde sustancia que era,
para nosotros, hoja.
Así de pronto terminan los verdores.
Hay que arrastrar cadáveres amados
y consentir el lujo
de la infinita dilación indecisa
y el filo que mutila la voz, la tolerancia.
jueves, 11 de mayo de 2017
¡Estrechar vivo, radiante el imposible!
DELMIRA AGUSTINI
Íntima
Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mí misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismo:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad: yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú que sabes si pesan, si consumen
alma y sueños de Olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas,
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a Dios, al sol, la flor, el aire,
¡la vida toda porque tú eras vida!
Si con angustia yo compré esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor, mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
yo abriré dulcemente para ti.
(De El libro blanco (Frágil), 1907)
Cortesía de Elena Anníbali
(Uruguay, 1886-1914)
Íntima
Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mí misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismo:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad: yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú que sabes si pesan, si consumen
alma y sueños de Olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas,
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a Dios, al sol, la flor, el aire,
¡la vida toda porque tú eras vida!
Si con angustia yo compré esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor, mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
yo abriré dulcemente para ti.
(De El libro blanco (Frágil), 1907)
Cortesía de Elena Anníbali
jueves, 27 de abril de 2017
Dile al que huye "regresa a casa"
Eduardo Félix Milán
(Rivera, Uruguay, 27 de julio de 1952)
No demasiado
pero sí mucho.
no demasiado como masa
diluyendo al creyente en ti,
quitándole intensidad: "aquí estoy",
dile al que huye, "regresa a casa",
Mucho es el sentido que se ha perdido en la marcha
de ir hacia dónde, en la mancha de ir hacia
o en la de ir: se ha perdido el sentido
a sí mismo, ensimismado.
Sin sentido de mí estás dormida en tu sueño,
no yo, vuelve tú.
***
El compromiso del poeta es escribir un vaso
real, algo sublime que sirva para más
que vivir. Vivir no alcanzó nunca.
Pedir esencia, pedir médula, pedir hueso:
pedir endurecimiento de la arena, si la arena
ya es frágil, leve de pie, velo de pie,
es pedir roca caliza, sedimento. Para la sed
de ti desnuda como bajar al Precámbrico.
Algo terrible nos pasó y nos dimos cuenta:
el hueso que pedimos al poema era el mismo
hueso que el hueso de África
aunque quisiéramos roca.
Las arenas de África están llenas de poemas.
***
Para leer algo más, haga clic aquí
(Rivera, Uruguay, 27 de julio de 1952)
No demasiado
pero sí mucho.
no demasiado como masa
diluyendo al creyente en ti,
quitándole intensidad: "aquí estoy",
dile al que huye, "regresa a casa",
Mucho es el sentido que se ha perdido en la marcha
de ir hacia dónde, en la mancha de ir hacia
o en la de ir: se ha perdido el sentido
a sí mismo, ensimismado.
Sin sentido de mí estás dormida en tu sueño,
no yo, vuelve tú.
***
El compromiso del poeta es escribir un vaso
real, algo sublime que sirva para más
que vivir. Vivir no alcanzó nunca.
Pedir esencia, pedir médula, pedir hueso:
pedir endurecimiento de la arena, si la arena
ya es frágil, leve de pie, velo de pie,
es pedir roca caliza, sedimento. Para la sed
de ti desnuda como bajar al Precámbrico.
Algo terrible nos pasó y nos dimos cuenta:
el hueso que pedimos al poema era el mismo
hueso que el hueso de África
aunque quisiéramos roca.
Las arenas de África están llenas de poemas.
***
Para leer algo más, haga clic aquí
miércoles, 15 de febrero de 2017
Desde donde veía con tanta sed la copa
Teresa Amy
(Montevideo, Uruguay, 1950-id., 2017)
Una película del Este
fue altísima,
un torbellino sostenido de escorpiones
al centro debatiéndose y débil ya
por la succión en los muslos las piernas
formidables cazadores ajustaban las ligas como
a través de un tul petrificado pasaban
las imágenes ¿sería para siempre?
¿sólo esa noche? ¿la doble condición de casa y sangre?
¿muda? No había cañaveral hacia abajo ni
piedras firmes ni agua bendecida:
un estertor se disolvía y escapaba cada vez más fuerte
desde donde veía con tanta sed la copa: la medida del duelo
el hilo de un reflejo que iba penetrando
sin importar ya nada ya lejos sin remedio
**
Príncipe valiente
una lanza, una espada barroca, la daga veneciana una noche de
niebla
no son nada
la armadura en Damasco, un escudo de esparta, los estandartes
púrpura
no son nada
una guerra Cruzada, las batallas perdidas en Germania, todas
las luchas
no son nada
un castillo pagano, las torres erizadas, la comba perfecta de la flecha
son nada
si no es por tu valor
el silencioso valor de tus heridas
(Montevideo, Uruguay, 1950-id., 2017)
Una película del Este
fue altísima,
un torbellino sostenido de escorpiones
al centro debatiéndose y débil ya
por la succión en los muslos las piernas
formidables cazadores ajustaban las ligas como
a través de un tul petrificado pasaban
las imágenes ¿sería para siempre?
¿sólo esa noche? ¿la doble condición de casa y sangre?
¿muda? No había cañaveral hacia abajo ni
piedras firmes ni agua bendecida:
un estertor se disolvía y escapaba cada vez más fuerte
desde donde veía con tanta sed la copa: la medida del duelo
el hilo de un reflejo que iba penetrando
sin importar ya nada ya lejos sin remedio
**
Príncipe valiente
una lanza, una espada barroca, la daga veneciana una noche de
niebla
no son nada
la armadura en Damasco, un escudo de esparta, los estandartes
púrpura
no son nada
una guerra Cruzada, las batallas perdidas en Germania, todas
las luchas
no son nada
un castillo pagano, las torres erizadas, la comba perfecta de la flecha
son nada
si no es por tu valor
el silencioso valor de tus heridas
domingo, 12 de febrero de 2017
Tela, tela del día
CIRCE MAIA
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, id.)
I
Nos llaman. Llaman de todos lados
voces, tareas.
Desde los patios, calles, ventanas
se alzan las voces
agitadas, dispersas.
Tela, tela del día.
Antes eras un lienzo de color indeciso.
(Decíamos: qué haremos
qué haremos de esta noche
esta luz, este tiempo?)
Ahora tienes siempre
un decidido corte y un color definido
Eres como un vestido
para usarte y gastarte.
Tela, tela del día,
luz hilvanada en fuertes
trabajosas puntadas
cuando por fin de noche
se sueltan tus costuras
flotas ante los ojos
-ya por dentro del sueño-
flotas, te sueltas, caes.
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, id.)
I
Nos llaman. Llaman de todos lados
voces, tareas.
Desde los patios, calles, ventanas
se alzan las voces
agitadas, dispersas.
Tela, tela del día.
Antes eras un lienzo de color indeciso.
(Decíamos: qué haremos
qué haremos de esta noche
esta luz, este tiempo?)
Ahora tienes siempre
un decidido corte y un color definido
Eres como un vestido
para usarte y gastarte.
Tela, tela del día,
luz hilvanada en fuertes
trabajosas puntadas
cuando por fin de noche
se sueltan tus costuras
flotas ante los ojos
-ya por dentro del sueño-
flotas, te sueltas, caes.
lunes, 1 de agosto de 2016
He vuelto a hundir la cara entre las flores
JUANA DE IBARBOUROU
(Melo, Uruguay, 1892-Montevideo, 1979)
ENCUENTRO
Olor de manzanillas curativas.
Manzanillas doradas y nevadas
Que guardan las abuelas campesinas.
En el flanco dulzón de las cuchillas
Y en la húmeda axila de los bajos,
Junto al camino zigzagueador
Y en torno de los ranchos,
La manzanilla da su aroma áspero
En los meses de sol.
Yo la he sentido hoy en el camino
Que bordean podados tamarindos
Y me saltó al encuentro como un perro
Festejador y amigo.
Fragancia amarga y sana
Que araña un poco la garganta,
Pero que tiene una bondad
De agua.
He vuelto a hundir la cara entre las flores
De olor cordial y antiguo.
Rueda-rueda de hojuelas cándidas
En torno del redondo corazón amarillo.
Y toda la mentira del mar se me ha hecho clara
De un golpe. Quiero el campo
Como todos los hombres de América lo quieren.
No tenemos entraña de marinos. Un ancho
Amor de labradores en la sangre nos viene.
La montaña y la pampa, la colina y la selva,
La altiplanicie brava y los llanos verdeantes
Donde pasta la vaca y galopa el bisonte,
Están más cerca nuestro que el mar innumerable.
Al tornar a mi casa he sentido en el viento
El vaho de mis campos fuertes del Cerro-Largo.
Me mana una alegría honda de reconquista.
El ramo puro albea en mi mano.
De La rosa de los vientos, 1930.
***
Solo mi azor y yo la muerte final
Es un gris azulado de ceniza
y cinco verdes de distintos grados,
que usa mi campo hoy para su risa
y el banquete plural de sus ganados.
Pero yo tengo en la ancha carretera
par mi gula de correr caminos
jóvenes chopos, pinos sin montera,
canto del libre viento en mis oídos.
De mi azor centelléanme los ojos,
desde mi mano que la tensa rienda
de mi hacanea, mido a mis antojos.
En la dulce mañana de neblina
sin rumbo andamos por camino y senda,
sólo mi azor y yo la muerte fina.
(Melo, Uruguay, 1892-Montevideo, 1979)
ENCUENTRO
Olor de manzanillas curativas.
Manzanillas doradas y nevadas
Que guardan las abuelas campesinas.
En el flanco dulzón de las cuchillas
Y en la húmeda axila de los bajos,
Junto al camino zigzagueador
Y en torno de los ranchos,
La manzanilla da su aroma áspero
En los meses de sol.
Yo la he sentido hoy en el camino
Que bordean podados tamarindos
Y me saltó al encuentro como un perro
Festejador y amigo.
Fragancia amarga y sana
Que araña un poco la garganta,
Pero que tiene una bondad
De agua.
He vuelto a hundir la cara entre las flores
De olor cordial y antiguo.
Rueda-rueda de hojuelas cándidas
En torno del redondo corazón amarillo.
Y toda la mentira del mar se me ha hecho clara
De un golpe. Quiero el campo
Como todos los hombres de América lo quieren.
No tenemos entraña de marinos. Un ancho
Amor de labradores en la sangre nos viene.
La montaña y la pampa, la colina y la selva,
La altiplanicie brava y los llanos verdeantes
Donde pasta la vaca y galopa el bisonte,
Están más cerca nuestro que el mar innumerable.
Al tornar a mi casa he sentido en el viento
El vaho de mis campos fuertes del Cerro-Largo.
Me mana una alegría honda de reconquista.
El ramo puro albea en mi mano.
De La rosa de los vientos, 1930.
***
Solo mi azor y yo la muerte final
Es un gris azulado de ceniza
y cinco verdes de distintos grados,
que usa mi campo hoy para su risa
y el banquete plural de sus ganados.
Pero yo tengo en la ancha carretera
par mi gula de correr caminos
jóvenes chopos, pinos sin montera,
canto del libre viento en mis oídos.
De mi azor centelléanme los ojos,
desde mi mano que la tensa rienda
de mi hacanea, mido a mis antojos.
En la dulce mañana de neblina
sin rumbo andamos por camino y senda,
sólo mi azor y yo la muerte fina.
De Azor, Editorial Losada, 1953.
viernes, 24 de junio de 2016
Hola, doña Adelaida, ¿se acuerda de mí?
Armonía Somers
(Armonía Liropeya Etchepare Locino)
Uruguay, 1914-1994
DE ARCHIVO
De Sólo los elefantes encuentran mandrágora
"Porque ellos se fueron dejando en el suelo un gran frasco conectado a mi cuerpo y tuve que verlo todo de reojo, el cómo iba saliendo yo de mí en forma de un líquido lactescente, espeso, que por momentos obstruía el catéter y luego era empujado desde adentro por alguien a su placer y a mi cargo."
***
"Entonces fue cuando me sentí empujada hacia el voluminoso libro por alguien que no era yo, pero que estaba emboscado en mí al punto de actuar con mi propia materia gris, mis propios e intransferibles brazos y sus manos."
***
"... yo vi todo el color del mundo, el color Sinfonía me enloqueció, el color mástil diferenciado del velamen, el de las cubiertas del pasaporte, el color eternidad, el color del minuto colmado y del minuto vacío cuando se llevan en angarillas a quien se amó, el único que es ausencia de color, el de las cavidades negras del espacio de Einstein. Y ninguno tuvo primacía, porque el color no es elegido, explota sobre nosotros y tantos no lo ven que los pocos quedamos enamorados o aterrados y a plena boca abierta."
***
Réquiem por Azucena
Yo creo que un relato es siempre parte o continuación de los demás que hemos hecho, vivido, soñado u oído como bellas mentiras, y por eso suelo superponer algún trazo coloquial o algún nombre a fin de no romper la unidad invisible de todo lo narrado. Y también están aquellos sucesos que nos transmitieron como reales, pero se ignora si quien relata ha sido testigo, protagonista o simplemente lector, y en este último caso el suscribirlos sería una apropiación indebida. Entonces el narrador contumaz toma la anécdota y la repite oralmente aquí, allá y quién sabe si de pronto aparezca el que le diga: Pero si eso lo leí en o lo escuché a... De modo que por simple eliminación o por cansancio de que nadie haya acusado hasta hoy el golpe, decidí contar lo de Azucena y Adelaida.
Vita
Azucena era la primera niña que había parido Adelaida, y las dos, hija y madre, se parecieron en algo más que la A inicial de sus nombres: una mancha de color vinoso que la chica heredara en plena mejilla, y que con el tiempo la ya adolescente disimuló mediante una leve caída de cabellera rubia en tal punto crítico. Y ese detalle de coquetería, por estar enamorada en silencio de un muchachuelo del barrio muy parecido en color a un cuadro naif: piel blanca, ojos azules, pelo rojo, pecas herrumbre puro, y al que quizás por tal policromía y brillantez le endilgaran el apodo de El Cometa.
La madre de Azucena, o sea Adelaida, dio a luz siete hijos en su corta vida matrimonial, que habrá durado aproximadamente el producto de esta breve multiplicación, 7 x 9 "= 63 meses, con algo de margen para los puerperios, es claro, menos el séptimo, al que no sobreviviera. Y como la dueña de aquella fecundidad estuviese tan ocupada en hacer esos siete chicos en tan poco tiempo, vino a ser la primogénita Azucena quien, desde que tuvo algunas escasas fuerzas, los acogió en sus brazos durante la época indefensa de cada uno. Es como una madre, se acostumbró a oír decir a la gente, viéndola siempre con niño vivo, nunca con muñecas inertes. O mejor dicho, cargando aquellos muñecos que berreaban, comían, ensuciaban el habitat, dormían y despertaban para volver a hacerlo todo de nuevo en un interminable ciclo.
Pero algo iba a suceder como un fenómeno muy especial no investigado aún por los relatores: que a medida que nacían, como si se fuera agostando el árbol luego de cada remesa frutal, las criaturas eran cada vez más chicas. Quizás por la rapidez de las hornadas, o por lo que la genética quiera explicar, el asunto continuó así en la línea evolutiva, o en la involución, si se mantiene fidelidad a la palabra. Y con el último niño, es decir el séptimo, la mujer murió. Y Azucena se abrazó a éste como a las anteriores, sintiendo cada vez menos el peso de la carga. De pronto, pasados ya siete años del último vástago, a quien se le pusiera el obvio nombre de Septimio, se cayó en la cuenta de que aquel achicamiento progresivo de las crías había ido en serio: el niño era, y así lo confirmaron los médicos, enano, pero de un enanismo muy particular, ya que nunca pasaría de los cincuenta centímetros de estatura.
Azucena siguió con el enano en brazos mientras caían las hojas del almanaque con el color de las estaciones sucesivas. Los demás hermanos se fueron de la casa cada cual a su destino, como ocurre siempre para que este mundo sea un muestrario de diferencias. Y con el ensañamiento del tiempo al que nadie ha descrito en la exacta medida de su ferocidad, los años se abalanzaron sobre la ya mujer que, con el pequeño pigmeo encima, envejeció hasta llegar a los ochenta..
Por una operación matemática simple, fácil es colegir cuántos años tendría entonces Septimio, nacido durante el décimo de Azucena.
Y éste vino a ser el final, un final tan humilde y tan anónimo que quedó sin registrar en ningún The End cinematográfico, en ningún libro de cuentas rendidas con el cielo, en ningún memorial de la tristeza. Porque lo cierto es que una tarde tibia de sol otoñal, parada Azucena en la puerta de su antigua y semiderruida casa –casa de cien años, mujer de ochenta, enano envuelto en ropas de bebé de setenta–, acertó a pasar un anciano decrépito apoyado en su bastón, la miró, descubrió cierta mancha vinosa de su cara, que también había sido la marca de la madre, y le dijo: Hola, doña Adelaida, ¿se acuerda de mí? Soy aquel muchacho pelirrojo del barrio a quien le decían El Cometa. Sabrá ahora que yo estaba enamorado de su hija Azucena, tan bonita y tan maternal, con su rebelde pelo rubio que le cubría un lado de la cara. Pero un día nos cambiamos de zona, yo me estiré, me casé, tuve hijos y nietos, enviudé, y hoy he venido a despedir a un amigo de la infancia que murió en la otra cuadra. Y no sabe cuántos buenos y bullangueros recuerdos me despertó el obituario a pesar de ser lo que era, un toque de silencio... Su voz de tortuga vieja, que deben tenerla como todos los seres comunicantes, quedó flotando en el aire dorado unos segundos mientras el dicente se alejaba siempre renqueando. Y de pronto el hombre que recapacita, se vuelve y pregunta: Pero dígame, doña Adelaida, ¿hasta cuándo piensa usted seguir teniendo niños?
Mortis
Sí: Azucena murió allí mismo de un síncope. El homúnculo envuelto en puntillerías antiguas rodó y se desnucó. Y esto último no lo contaba Gastón, pero hay que ser piadosos aunque a fuerza de la desnuda verdad, pues ¿qué iba a hacer un anciano tan pequeño en este inhóspito mundo?, ¿irse a vivir a una colmena para cuidar a la reina? Gastón sabe lo demás, hasta el nombre de la calle en que ocurrió aquello tan extraño, unos niños que nadan cada vez más pequeños al punto de alcanzar lo absoluto. Yo respondo sólo del final, ya que suelo darme a investigar historias truncas, tengo un banco de datos. No, computadora no, las fichas me caen más humanas. Al manejar la de Azucena creí aspirar un vaho sutil de leche coagulada.
Cuentos de ajustar cuentas
Ediciones Trilce - Montevideo 1990
(Armonía Liropeya Etchepare Locino)
Uruguay, 1914-1994
DE ARCHIVO
De Sólo los elefantes encuentran mandrágora
"Porque ellos se fueron dejando en el suelo un gran frasco conectado a mi cuerpo y tuve que verlo todo de reojo, el cómo iba saliendo yo de mí en forma de un líquido lactescente, espeso, que por momentos obstruía el catéter y luego era empujado desde adentro por alguien a su placer y a mi cargo."
***
"Entonces fue cuando me sentí empujada hacia el voluminoso libro por alguien que no era yo, pero que estaba emboscado en mí al punto de actuar con mi propia materia gris, mis propios e intransferibles brazos y sus manos."
***
"... yo vi todo el color del mundo, el color Sinfonía me enloqueció, el color mástil diferenciado del velamen, el de las cubiertas del pasaporte, el color eternidad, el color del minuto colmado y del minuto vacío cuando se llevan en angarillas a quien se amó, el único que es ausencia de color, el de las cavidades negras del espacio de Einstein. Y ninguno tuvo primacía, porque el color no es elegido, explota sobre nosotros y tantos no lo ven que los pocos quedamos enamorados o aterrados y a plena boca abierta."
***
Réquiem por Azucena
Yo creo que un relato es siempre parte o continuación de los demás que hemos hecho, vivido, soñado u oído como bellas mentiras, y por eso suelo superponer algún trazo coloquial o algún nombre a fin de no romper la unidad invisible de todo lo narrado. Y también están aquellos sucesos que nos transmitieron como reales, pero se ignora si quien relata ha sido testigo, protagonista o simplemente lector, y en este último caso el suscribirlos sería una apropiación indebida. Entonces el narrador contumaz toma la anécdota y la repite oralmente aquí, allá y quién sabe si de pronto aparezca el que le diga: Pero si eso lo leí en o lo escuché a... De modo que por simple eliminación o por cansancio de que nadie haya acusado hasta hoy el golpe, decidí contar lo de Azucena y Adelaida.
Vita
Azucena era la primera niña que había parido Adelaida, y las dos, hija y madre, se parecieron en algo más que la A inicial de sus nombres: una mancha de color vinoso que la chica heredara en plena mejilla, y que con el tiempo la ya adolescente disimuló mediante una leve caída de cabellera rubia en tal punto crítico. Y ese detalle de coquetería, por estar enamorada en silencio de un muchachuelo del barrio muy parecido en color a un cuadro naif: piel blanca, ojos azules, pelo rojo, pecas herrumbre puro, y al que quizás por tal policromía y brillantez le endilgaran el apodo de El Cometa.
La madre de Azucena, o sea Adelaida, dio a luz siete hijos en su corta vida matrimonial, que habrá durado aproximadamente el producto de esta breve multiplicación, 7 x 9 "= 63 meses, con algo de margen para los puerperios, es claro, menos el séptimo, al que no sobreviviera. Y como la dueña de aquella fecundidad estuviese tan ocupada en hacer esos siete chicos en tan poco tiempo, vino a ser la primogénita Azucena quien, desde que tuvo algunas escasas fuerzas, los acogió en sus brazos durante la época indefensa de cada uno. Es como una madre, se acostumbró a oír decir a la gente, viéndola siempre con niño vivo, nunca con muñecas inertes. O mejor dicho, cargando aquellos muñecos que berreaban, comían, ensuciaban el habitat, dormían y despertaban para volver a hacerlo todo de nuevo en un interminable ciclo.
Pero algo iba a suceder como un fenómeno muy especial no investigado aún por los relatores: que a medida que nacían, como si se fuera agostando el árbol luego de cada remesa frutal, las criaturas eran cada vez más chicas. Quizás por la rapidez de las hornadas, o por lo que la genética quiera explicar, el asunto continuó así en la línea evolutiva, o en la involución, si se mantiene fidelidad a la palabra. Y con el último niño, es decir el séptimo, la mujer murió. Y Azucena se abrazó a éste como a las anteriores, sintiendo cada vez menos el peso de la carga. De pronto, pasados ya siete años del último vástago, a quien se le pusiera el obvio nombre de Septimio, se cayó en la cuenta de que aquel achicamiento progresivo de las crías había ido en serio: el niño era, y así lo confirmaron los médicos, enano, pero de un enanismo muy particular, ya que nunca pasaría de los cincuenta centímetros de estatura.
Azucena siguió con el enano en brazos mientras caían las hojas del almanaque con el color de las estaciones sucesivas. Los demás hermanos se fueron de la casa cada cual a su destino, como ocurre siempre para que este mundo sea un muestrario de diferencias. Y con el ensañamiento del tiempo al que nadie ha descrito en la exacta medida de su ferocidad, los años se abalanzaron sobre la ya mujer que, con el pequeño pigmeo encima, envejeció hasta llegar a los ochenta..
Por una operación matemática simple, fácil es colegir cuántos años tendría entonces Septimio, nacido durante el décimo de Azucena.
Y éste vino a ser el final, un final tan humilde y tan anónimo que quedó sin registrar en ningún The End cinematográfico, en ningún libro de cuentas rendidas con el cielo, en ningún memorial de la tristeza. Porque lo cierto es que una tarde tibia de sol otoñal, parada Azucena en la puerta de su antigua y semiderruida casa –casa de cien años, mujer de ochenta, enano envuelto en ropas de bebé de setenta–, acertó a pasar un anciano decrépito apoyado en su bastón, la miró, descubrió cierta mancha vinosa de su cara, que también había sido la marca de la madre, y le dijo: Hola, doña Adelaida, ¿se acuerda de mí? Soy aquel muchacho pelirrojo del barrio a quien le decían El Cometa. Sabrá ahora que yo estaba enamorado de su hija Azucena, tan bonita y tan maternal, con su rebelde pelo rubio que le cubría un lado de la cara. Pero un día nos cambiamos de zona, yo me estiré, me casé, tuve hijos y nietos, enviudé, y hoy he venido a despedir a un amigo de la infancia que murió en la otra cuadra. Y no sabe cuántos buenos y bullangueros recuerdos me despertó el obituario a pesar de ser lo que era, un toque de silencio... Su voz de tortuga vieja, que deben tenerla como todos los seres comunicantes, quedó flotando en el aire dorado unos segundos mientras el dicente se alejaba siempre renqueando. Y de pronto el hombre que recapacita, se vuelve y pregunta: Pero dígame, doña Adelaida, ¿hasta cuándo piensa usted seguir teniendo niños?
Mortis
Sí: Azucena murió allí mismo de un síncope. El homúnculo envuelto en puntillerías antiguas rodó y se desnucó. Y esto último no lo contaba Gastón, pero hay que ser piadosos aunque a fuerza de la desnuda verdad, pues ¿qué iba a hacer un anciano tan pequeño en este inhóspito mundo?, ¿irse a vivir a una colmena para cuidar a la reina? Gastón sabe lo demás, hasta el nombre de la calle en que ocurrió aquello tan extraño, unos niños que nadan cada vez más pequeños al punto de alcanzar lo absoluto. Yo respondo sólo del final, ya que suelo darme a investigar historias truncas, tengo un banco de datos. No, computadora no, las fichas me caen más humanas. Al manejar la de Azucena creí aspirar un vaho sutil de leche coagulada.
Cuentos de ajustar cuentas
Ediciones Trilce - Montevideo 1990
sábado, 9 de abril de 2016
El dulce nombre volitivo y puro
IDA VITALE
(Montevideo, Uruguay, 1924-Actualmente vive en EE.UU.)
KLEE — En clave de infancia mítica, la escala de colores de Klee parte como una nave del crepúsculo. La máquina de gorjear abre la frontera hacia el país fértil y el mundo clarea. ¿Nacerá cuadro y otra cosa? ¿Cristal o sangre? Todo es todo. Las flechas no fatídicas, avanzan lealmente en su espacio. Los laberintos juegan a la libertad. Las ciudades se despliegan en el horizonte. La geometría de Klee es no euclidiana. Reclama el derecho a ser tan móvil como la naturaleza. Del Blauer Reiter al Blaue Vier, su pintura se "forma" y podrá ser "Estrella, Vaso, Planta, Animal, Cabeza u Hombre". Nunca un trazo feliz requirió explicación. Klee no quiere dar el hombre tal cual es sino el que podría ser, en otras estrellas, por ejemplo. Klee -esclerosis de la piel- se muere poco a poco, extrañamente, pero danza en sus pinturas, en sus grabados, danza de los afligidos, danza de falena, trocado en árboles rítmicos, en el templo de la aspiración "hacia allá". Al final, cuando la mano no responda, danzará con la espátula. La música lo ha acompañado desde siempre. La música es su otro enclave.
***
No es la sombra
(Homenaje)
No te parezca sombra de las cosas
el dulce nombre volitivo y puro
que no te niegan cuando las acosas.
Él es el vuelo de las mariposas
que ahora se escapa por el aire oscuro,
el perfume que pierdes de las rosas.
Un nombre exige a veces las penosas,
duras porfías contra lo inseguro
y se concede en leves, misteriosas
horas o en las que pesan como fosas.
Algunas veces flotas, Palinuro
llevado hacia las sílabas gloriosas:
fantasmas que guiando en lo inseguro
buscan mostrarte el Nombre, no su glosa.
(Montevideo, Uruguay, 1924-Actualmente vive en EE.UU.)
KLEE — En clave de infancia mítica, la escala de colores de Klee parte como una nave del crepúsculo. La máquina de gorjear abre la frontera hacia el país fértil y el mundo clarea. ¿Nacerá cuadro y otra cosa? ¿Cristal o sangre? Todo es todo. Las flechas no fatídicas, avanzan lealmente en su espacio. Los laberintos juegan a la libertad. Las ciudades se despliegan en el horizonte. La geometría de Klee es no euclidiana. Reclama el derecho a ser tan móvil como la naturaleza. Del Blauer Reiter al Blaue Vier, su pintura se "forma" y podrá ser "Estrella, Vaso, Planta, Animal, Cabeza u Hombre". Nunca un trazo feliz requirió explicación. Klee no quiere dar el hombre tal cual es sino el que podría ser, en otras estrellas, por ejemplo. Klee -esclerosis de la piel- se muere poco a poco, extrañamente, pero danza en sus pinturas, en sus grabados, danza de los afligidos, danza de falena, trocado en árboles rítmicos, en el templo de la aspiración "hacia allá". Al final, cuando la mano no responda, danzará con la espátula. La música lo ha acompañado desde siempre. La música es su otro enclave.
***
No es la sombra
(Homenaje)
No te parezca sombra de las cosas
el dulce nombre volitivo y puro
que no te niegan cuando las acosas.
Él es el vuelo de las mariposas
que ahora se escapa por el aire oscuro,
el perfume que pierdes de las rosas.
Un nombre exige a veces las penosas,
duras porfías contra lo inseguro
y se concede en leves, misteriosas
horas o en las que pesan como fosas.
Algunas veces flotas, Palinuro
llevado hacia las sílabas gloriosas:
fantasmas que guiando en lo inseguro
buscan mostrarte el Nombre, no su glosa.
***
LA MÁQUINA CIEGA
Te estás acercando al lugar
donde
mejor se muere;
allí
un sol negro alumbra
el frío.
Manos sin prisa
ceden
a la otra gravedad
donde caer definitiva
a solo.
Juntas todas las lágrimas
llevan a donde
estalla
noche catedralicia.
Te estás acercando al lugar
donde
mejor se muere;
allí
un sol negro alumbra
el frío.
Manos sin prisa
ceden
a la otra gravedad
donde caer definitiva
a solo.
Juntas todas las lágrimas
llevan a donde
estalla
noche catedralicia.
lunes, 28 de marzo de 2016
Un orden, una trama clarísima
| Tomada de lavoz.com |
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, Uruguay)
De música inaudible
La que toca, de espaldas
el rostro en el espejo
las manos invisibles.
Y todo el amplio cuarto, desde el mármol veteado
del piso, hasta las vigas
del techo alto, vibra.
Sobre inmenso mantel de azules-rojos
dibujos laberínticos
el sonido resbala.
Alrededor –afuera-lejos otro sonido alumbra
-agria luz destemplada-
Holanda del seiscientos.
Afuera sangra Europa, tiempo en sombra.
Aquí dentro
el color crea música
un orden, una trama clarísima.
El profesor escucha
sobre un bastón la mano izquierda
la otra mano en el clave.
La jarra es un acorde blanco.
***
SI P, ENTONCES Q
Red fortísima, de hilos de acero.
Afirmación y negación se enlazan
se siguen, se desprenden como gotas
de plomo derretido, que se sueltan
de las premisas, como de altos hornos.
Nadie corta estos hilos.
Nadie pellizca la piel de la lógica.
Los finísimos dedos arrojan
su red sobre las cosas.
Sin embargo
la red vuelve vacía.
martes, 9 de febrero de 2016
Si comprende el idioma en que hablo
Juana de Ibarbourou
(Uruguay, 1892-1979)
De archivo
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
(Uruguay, 1892-1979)
De archivo
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
viernes, 13 de noviembre de 2015
No me gusta decir "juego", ni "jugar con las palabras". No me parece un juego
CIRCE MAIA
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, Uruguay)
Entrevista, por Carlos Reyes
—¿Qué significa para usted un premio de esta magnitud (Gran Premio a la Labor Intelectual, distinción especial que cada tres años otorga la Dirección de Cultura, del Ministerio de Educación y Cultura)?
—Un poco me resultó abrumador, es un premio importante. La única manera que puedo recibirlo es no personalmente, a mi poesía. La poesía es tan Cenicienta en las librerías, y sin embargo el poema no es solo la poesía escrita. La poesía nos rodea desde tantos siglos, es tan antigua su voz, y tan plural.
—¿Siente que la poesía es una herramienta social?
—No, no estoy segura. Las definiciones, en general, todas nos dejan insatisfechos. Yo sobre todo le veo su papel importante por la posibilidad que brinda de saltar de un mundo a otro. Por eso también hago traducciones. Saltar de mundos lingüísticos y también de las realidades. Cada cultura es un mundo. Penetrar en un lenguaje es el deseo de penetrar en un mundo. La poesía es una extraordinaria herramienta para entrar en la vida de una lengua, en profundidad, con intensidad. Lo veo así.
—Usted publicó su primer libro en 1944...
—Pero ese es un libro infantil: tenía 11 años y a mi padre se le ocurrió, estando yo en sexto de escuela. Y no fue una buena experiencia. Ni siquiera lo cuente. Mi primer libro, del que me sentí responsable de él, fue En el tiempo.
—Bueno, desde su primer libro, ¿cómo ha ido cambiando su poesía?
—Esa es una pregunta que corresponde más a un estudioso. Yo no me doy cuenta bien, no lo sabría contestar. Creo que sin embargo se mantiene lo que puse en el prólogo de En el tiempo. Yo no soy de hablar en metáforas, es muy vivo el lenguaje corriente. Hay muchas formas de escribir, una es tipo diálogo. Y en mi último libro, Dualidades, insisto en eso y todos los poemas se me vuelven cercanos al diálogo, a la forma de la conversación. Claro, un poema no es una charla, pero puede adoptar esa forma. Tal vez se intensificó en mi obra ese modo de escribir conversacional.
—¿Se siente integrante de una generación?
—Tampoco me parece muy satisfactorio el concepto de generación. ¿Generación del 45? Somos todos muy diferentes. Aunque es claro, en cada uno resuenan las otras voces. Pero no tanto de la generación de uno: de lo que ha leído, y vivido. También le corresponde más a un estudioso decirlo.
—¿De Idea Vilariño se siente muy próxima?
—La conocí a Idea fugazmente. Idea tiene también una transparencia, en tanto que usa un vocabulario accesible. Pero en ella es muy fuerte lo exótico, que no aparece para nada en mi poesía.
—¿Sus experiencias de vida marcaron su poesía?
—Es imposible que no la marcaran: lo leído y lo vivido siempre te marcan muy fuertemente. Pero tampoco me parece que mi poesía sea confesional. No me gusta la primera persona. Aunque por mucho que uno hable del mundo, habla de sí mismo. Nunca me pareció muy lúdica la poesía, ni eso de jugar con las palabras. Porque no veo las palabras en sí mismas. A veces hasta una gran desconfianza tengo por la palabra. Más que la palabra, es el pensamiento poético, una forma de lenguaje. Y me gusta más verlo como oral que como escrito. No me gusta decir "juego", ni "jugar con las palabras". No me parece un juego.
—¿Y qué lugar tendía?
—No sé. Tampoco un trabajo. A mí un poco me choca lo de "labor intelectual", porque el que escribe no está sintiendo que es un trabajo penoso. Y tampoco es un juego: es más serio que un juego.
—¿Cuáles son sus poetas de cabecera?
—Me gusta descubrir, por eso traduzco mucho. De golpe me deslumbra un autor. La tarea de traducir hace leer con más cuidado, y eso te marca, te influye.
—De su poesía se han editado discos. ¿Cómo valúa eso?
—Me pidieron una vez que leyera. Y no estoy tan segura de eso, de varios poemas leídos uno después del otro. Un poema exige tiempo: es leerlo, y tiene que crear su propia resonancia. En ese montón de poemas, me parece que se pierde mucho. Yo leí igual, porque me pedían. Pero no me doy cuenta si esa experiencia es buena o no. Pero sí me parece muy importante que se haga oral. El poema se tiene que oír. En el libro, es como una partitura. El poema requiere tiempo de asimilación, porque exige volver.
—Usted recibió en 2012 la Medalla Delmira Agustini. ¿Se siente vinculada a la gran poetisa, o es solo el nombre de la medalla?
—Yo la leía mucho, hace muchos años, pero no es la poesía que más me ha marcado. Pero va más allá de ser para mí el nombre de una medalla. Ella tuvo su asombroso mundo poético, pero lo veo como poesía fundamentalmente erótica, ajena a cómo se ha dado en mí la poesía.
—La poesía estuvo muy presente en su infancia...
—Sí, con mi hermana disfrutábamos mucho, leíamos como un juego. La poesía estaba muy presente en los niños, a veces en los juegos. Los romances españoles se cantaban como juegos, y así se mantuvieron vivos durante siglos. Ahora no veo que los niños canten en las veredas: empezando que ya no pueden ni jugar allí. Pero de todos modos, en la infancia está presente la poesía, más de lo que creemos. Es el sustento de la cultura: los grandes poemas han sido para los pueblos su alma.
—¿De chica le hacían memorizar poemas?
—Las maestras, a veces. El recitado era lo que menos nos gustaba. Era un sufrimiento, delante de un montón de gente. Pero para uno mismo, es como una compañía un poema. Te lo decís todo y disfrutás. Te acompaña: es otra cosa propia de la poesía.
"No me veo como una intelectual"
"Yo no estudio mucho literatura, por eso me siento abrumada por un premio que requiere labor intelectual. Yo estoy acá en Tacuarembó, con una enorme familia, y no me veo como una intelectual. He disfrutado mucho con lo que estudiado, con lo que he leído, pero más bien por el lado de la filosofía. La filosofía exige estudio: pero en la poesía siempre he puesto por delante el placer. He disfrutado", afirma Circe Maia.
Fuente: elpais.com.uy
| Créd.: elpais.com.uy |
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, Uruguay)
Entrevista, por Carlos Reyes
—¿Qué significa para usted un premio de esta magnitud (Gran Premio a la Labor Intelectual, distinción especial que cada tres años otorga la Dirección de Cultura, del Ministerio de Educación y Cultura)?
—Un poco me resultó abrumador, es un premio importante. La única manera que puedo recibirlo es no personalmente, a mi poesía. La poesía es tan Cenicienta en las librerías, y sin embargo el poema no es solo la poesía escrita. La poesía nos rodea desde tantos siglos, es tan antigua su voz, y tan plural.
—¿Siente que la poesía es una herramienta social?
—No, no estoy segura. Las definiciones, en general, todas nos dejan insatisfechos. Yo sobre todo le veo su papel importante por la posibilidad que brinda de saltar de un mundo a otro. Por eso también hago traducciones. Saltar de mundos lingüísticos y también de las realidades. Cada cultura es un mundo. Penetrar en un lenguaje es el deseo de penetrar en un mundo. La poesía es una extraordinaria herramienta para entrar en la vida de una lengua, en profundidad, con intensidad. Lo veo así.
—Usted publicó su primer libro en 1944...
—Pero ese es un libro infantil: tenía 11 años y a mi padre se le ocurrió, estando yo en sexto de escuela. Y no fue una buena experiencia. Ni siquiera lo cuente. Mi primer libro, del que me sentí responsable de él, fue En el tiempo.
—Bueno, desde su primer libro, ¿cómo ha ido cambiando su poesía?
—Esa es una pregunta que corresponde más a un estudioso. Yo no me doy cuenta bien, no lo sabría contestar. Creo que sin embargo se mantiene lo que puse en el prólogo de En el tiempo. Yo no soy de hablar en metáforas, es muy vivo el lenguaje corriente. Hay muchas formas de escribir, una es tipo diálogo. Y en mi último libro, Dualidades, insisto en eso y todos los poemas se me vuelven cercanos al diálogo, a la forma de la conversación. Claro, un poema no es una charla, pero puede adoptar esa forma. Tal vez se intensificó en mi obra ese modo de escribir conversacional.
—¿Se siente integrante de una generación?
—Tampoco me parece muy satisfactorio el concepto de generación. ¿Generación del 45? Somos todos muy diferentes. Aunque es claro, en cada uno resuenan las otras voces. Pero no tanto de la generación de uno: de lo que ha leído, y vivido. También le corresponde más a un estudioso decirlo.
—¿De Idea Vilariño se siente muy próxima?
—La conocí a Idea fugazmente. Idea tiene también una transparencia, en tanto que usa un vocabulario accesible. Pero en ella es muy fuerte lo exótico, que no aparece para nada en mi poesía.
—¿Sus experiencias de vida marcaron su poesía?
—Es imposible que no la marcaran: lo leído y lo vivido siempre te marcan muy fuertemente. Pero tampoco me parece que mi poesía sea confesional. No me gusta la primera persona. Aunque por mucho que uno hable del mundo, habla de sí mismo. Nunca me pareció muy lúdica la poesía, ni eso de jugar con las palabras. Porque no veo las palabras en sí mismas. A veces hasta una gran desconfianza tengo por la palabra. Más que la palabra, es el pensamiento poético, una forma de lenguaje. Y me gusta más verlo como oral que como escrito. No me gusta decir "juego", ni "jugar con las palabras". No me parece un juego.
—¿Y qué lugar tendía?
—No sé. Tampoco un trabajo. A mí un poco me choca lo de "labor intelectual", porque el que escribe no está sintiendo que es un trabajo penoso. Y tampoco es un juego: es más serio que un juego.
—¿Cuáles son sus poetas de cabecera?
—Me gusta descubrir, por eso traduzco mucho. De golpe me deslumbra un autor. La tarea de traducir hace leer con más cuidado, y eso te marca, te influye.
—De su poesía se han editado discos. ¿Cómo valúa eso?
—Me pidieron una vez que leyera. Y no estoy tan segura de eso, de varios poemas leídos uno después del otro. Un poema exige tiempo: es leerlo, y tiene que crear su propia resonancia. En ese montón de poemas, me parece que se pierde mucho. Yo leí igual, porque me pedían. Pero no me doy cuenta si esa experiencia es buena o no. Pero sí me parece muy importante que se haga oral. El poema se tiene que oír. En el libro, es como una partitura. El poema requiere tiempo de asimilación, porque exige volver.
—Usted recibió en 2012 la Medalla Delmira Agustini. ¿Se siente vinculada a la gran poetisa, o es solo el nombre de la medalla?
—Yo la leía mucho, hace muchos años, pero no es la poesía que más me ha marcado. Pero va más allá de ser para mí el nombre de una medalla. Ella tuvo su asombroso mundo poético, pero lo veo como poesía fundamentalmente erótica, ajena a cómo se ha dado en mí la poesía.
—La poesía estuvo muy presente en su infancia...
—Sí, con mi hermana disfrutábamos mucho, leíamos como un juego. La poesía estaba muy presente en los niños, a veces en los juegos. Los romances españoles se cantaban como juegos, y así se mantuvieron vivos durante siglos. Ahora no veo que los niños canten en las veredas: empezando que ya no pueden ni jugar allí. Pero de todos modos, en la infancia está presente la poesía, más de lo que creemos. Es el sustento de la cultura: los grandes poemas han sido para los pueblos su alma.
—¿De chica le hacían memorizar poemas?
—Las maestras, a veces. El recitado era lo que menos nos gustaba. Era un sufrimiento, delante de un montón de gente. Pero para uno mismo, es como una compañía un poema. Te lo decís todo y disfrutás. Te acompaña: es otra cosa propia de la poesía.
"No me veo como una intelectual"
"Yo no estudio mucho literatura, por eso me siento abrumada por un premio que requiere labor intelectual. Yo estoy acá en Tacuarembó, con una enorme familia, y no me veo como una intelectual. He disfrutado mucho con lo que estudiado, con lo que he leído, pero más bien por el lado de la filosofía. La filosofía exige estudio: pero en la poesía siempre he puesto por delante el placer. He disfrutado", afirma Circe Maia.
Fuente: elpais.com.uy
domingo, 4 de octubre de 2015
Con su grito vigilante de melancólico centinela
CONDE DE LAUTRÉAMONT
(Isidore Ducasse)
((Montevideo, Uruguay, 1846-París, Francia, 1870)
Los Cantos de Maldoror
Canto Primero I
I
Ruego al cielo que el lector, animado y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre, sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno, pues, a no ser que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual semejante al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma lo mismo que hace el agua con el azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro. En consecuencia, alma tímida, antes de que penetres más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, de igual manera que los ojos de un hijo se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro materno; o, mejor, como durante el invierno, en la lejanía, un ángulo de grullas friolentas y meditabundas vuela velozmente a través del silencio, con todas las velas desplegadas, hacia un punto determinado del horizonte, de donde, súbitamente, parte un viento extraño y poderoso, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, formando ella sola la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza, y, consecuentemente, hace restallar también el pico, como una persona razonable, que no está contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desprovisto de plumas, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondulaciones coléricas que presagian la tormenta, cada vez más próxima. Después de haber mirado numerosas veces, con sangre fría, a todos los lados, con ojos que encierran la experiencia, prudentemente, la primera (pues ella tiene el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las otras grullas, inferiores en inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geométrica (es tal vez un triángulo, aunque no se vea el tercer lado, lo que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), sea a babor, sea a estribor, como un hábil capitán, y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, porque no es necia, emprende así otro camino más seguro y filosófico.
II
Lector, quizás desees que invoque al odio en el comienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no has de olfatearlo, sumergido en innumerables voluptuosidades, tanto como quieras, con tus orgullosas narices, anchas y afiladas, volviéndote de vientre, semejante a un tiburón, en el aire hermoso y negro, como si comprendieras la importancia de ese acto y la importancia no menos de tu legítimo apetito, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones? Te aseguro que los dos deformes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eterno. Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la inefable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e incienso, pues se colmarán de una dicha completa, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.
Versión s/d
(Isidore Ducasse)
((Montevideo, Uruguay, 1846-París, Francia, 1870)
Los Cantos de Maldoror
Canto Primero I
I
Ruego al cielo que el lector, animado y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre, sin desorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno, pues, a no ser que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual semejante al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma lo mismo que hace el agua con el azúcar. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro. En consecuencia, alma tímida, antes de que penetres más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, de igual manera que los ojos de un hijo se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro materno; o, mejor, como durante el invierno, en la lejanía, un ángulo de grullas friolentas y meditabundas vuela velozmente a través del silencio, con todas las velas desplegadas, hacia un punto determinado del horizonte, de donde, súbitamente, parte un viento extraño y poderoso, precursor de la tempestad. La grulla más vieja, formando ella sola la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza, y, consecuentemente, hace restallar también el pico, como una persona razonable, que no está contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello desprovisto de plumas, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondulaciones coléricas que presagian la tormenta, cada vez más próxima. Después de haber mirado numerosas veces, con sangre fría, a todos los lados, con ojos que encierran la experiencia, prudentemente, la primera (pues ella tiene el privilegio de mostrar las plumas de su cola a las otras grullas, inferiores en inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geométrica (es tal vez un triángulo, aunque no se vea el tercer lado, lo que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), sea a babor, sea a estribor, como un hábil capitán, y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, porque no es necia, emprende así otro camino más seguro y filosófico.
II
Lector, quizás desees que invoque al odio en el comienzo de esta obra. ¿Quién te dice que no has de olfatearlo, sumergido en innumerables voluptuosidades, tanto como quieras, con tus orgullosas narices, anchas y afiladas, volviéndote de vientre, semejante a un tiburón, en el aire hermoso y negro, como si comprendieras la importancia de ese acto y la importancia no menos de tu legítimo apetito, lenta y majestuosamente, las rojas emanaciones? Te aseguro que los dos deformes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eterno. Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la inefable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e incienso, pues se colmarán de una dicha completa, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.
Versión s/d
martes, 25 de agosto de 2015
El modo íntimo que se vuelve altavoz
ANA LAFFERRANDERIE
(Montevideo, Uruguay, en 1969. Vive en Buenos Aires, Argentina, desde 1990)
Todo convive aquí, todo desplaza
la quietud receptiva de esa silla
la grieta del primer escalón.
La trampa de contar los minutos,
cada mañana de ir y venir.
Un gesto que es el mismo y no parece
esa ventana que se empieza a entornar.
El poema de Strand,
las palabras que cambian el rumbo de una idea
esta confianza que no sé retener.
Cada pregunta que no develaría
el motivo de estar
eso que insiste, flota comprimido
la esquina donde se agolpa el mundo
se agolpa hasta caer.
Y el deseo, ese otro yo que expande sus sentidos
una energía tibia que me ablanda,
hace de mí esta nuca que gira
y la señal de alerta que frenaba
tu cuerpo sumergido
el modo íntimo que se vuelve altavoz.
Ahora esta leyenda,
esa memoria de parir sin cuerpo
un foco blanco sobre todas las cosas
el duelo de aceptar tu forma
cualquier influjo de próximas palabras
la mirada
que vuelve sobre el tiempo,
el tiempo que no es.
De Día Primero, ed. Del Dock, 2015
Tomado de La ciudad de los espejos.
(Montevideo, Uruguay, en 1969. Vive en Buenos Aires, Argentina, desde 1990)
Todo convive aquí, todo desplaza
la quietud receptiva de esa silla
la grieta del primer escalón.
La trampa de contar los minutos,
cada mañana de ir y venir.
Un gesto que es el mismo y no parece
esa ventana que se empieza a entornar.
El poema de Strand,
las palabras que cambian el rumbo de una idea
esta confianza que no sé retener.
Cada pregunta que no develaría
el motivo de estar
eso que insiste, flota comprimido
la esquina donde se agolpa el mundo
se agolpa hasta caer.
Y el deseo, ese otro yo que expande sus sentidos
una energía tibia que me ablanda,
hace de mí esta nuca que gira
y la señal de alerta que frenaba
tu cuerpo sumergido
el modo íntimo que se vuelve altavoz.
Ahora esta leyenda,
esa memoria de parir sin cuerpo
un foco blanco sobre todas las cosas
el duelo de aceptar tu forma
cualquier influjo de próximas palabras
la mirada
que vuelve sobre el tiempo,
el tiempo que no es.
De Día Primero, ed. Del Dock, 2015
Tomado de La ciudad de los espejos.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
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No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char