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martes, 11 de septiembre de 2012

Hasta velar las explicaciones


TOM MAVER
(Buenos Aires, Argentina, 1985) 


Cada lugar, por desértico o remoto que sea…

Cada lugar, por desértico o remoto que sea,
sueña con que aparezcan los viajeros.
No hay sabana, por ejemplo,
que no quiera que la recorran
las ancestrales patas de los elefantes,
sentir ese cosquilleo por kilómetros,
el roce de sus pesadas trompas grises
como dedos peinando los pastizales:
¿quién no quiere ser tocado así?

Y sus pieles agrietadas, cuando finalmente llegan
a los enormes piletones y el agua entra en contacto
con ellas, de golpe, desde ese fondo de cansancio
y aturdimiento, resplandecen en la tarde africana.
¿Cuán largos serán, en su longeva vida de elefantes,
estos instantes atravesados por el milagro?

A través del agua que les corre por el rostro,
se miran. Hay algo de impenetrable en sus miradas.
Ahora, como de un cuerpo amado del cual
deben alejarse para siempre,
se dan vuelta y empiezan a dirigirse,
casi con la misma parsimonia con que llegaron,
hacia los caminos de polvo y arena
donde sus trompas ya empiezan a olfatear
las estaciones de sequía acercándose.
Pero, ¿qué sabana del mundo, por hermosa que sea,
no querría ser sostén de esa desesperación?
***

ESTAS PIEDRAS dispersas
¿qué fueron: una muralla,
una columna, una estatua griega?

No sé qué dicen.
Hablan diferentes lenguas
al responder de dónde vienen
las partes de mi corazón.

Me asusta
que en su desvarío
llegue un punto en que empiezan
a hablar cuerdamente
acerca de su locura.
No razonan en su pasión
sino que apasionan su razonamiento
hasta velar las explicaciones

Yo sigo el curso sacudido
de sus desacuerdos porque me sirve
para descifrar lo que en verdad piensan
 acerca de cuando estaban unidas
y yo aún sabía lo que pasaba en mi corazón.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ahora, mientras lavo los platos la mañana siguiente

 
Otro poema de TOM MAVER
(Buenos Aires, Argentina, 1985)


¿Para qué definir lo que está
en constante movimiento, para qué?
Sin ir más lejos, eso que yo llamo mi casa
por no decirle lluvia de madrugada
aunque lo sea, o incluso embarcación en altamar,
no deja, por eso, de tener un puerta
por donde entra el viento, la luz, el polvo,
como vos, constantes forasteros que la pueblan.
Pienso en mi corazón o en el tuyo, y me maravillo.
¿Qué habré hecho para merecer
otra mañana, qué extraña energía me empuja
hacia el presente? ¿Y a vos?
Llegás como si nada, y nada me resulta
tan asombroso como esto de que estés
a mi lado, sin fisuras, vos, a quien creí parte
del viento huracanado que, según dijiste,
parecía mover la casa de lugar.
Y en efecto, desde que llegaste, todo
parece haber sido movido. De pronto, tomás la guitarra
y dejás de hablarme para ponerte a cantar.
Qué extraño sentir que ahora este mundo llega
hasta donde llega tu voz.
Dios mío,
¿no serás acaso algo que desde siempre,
desde antes incluso que yo llegara, conmueve,
atrae y rodea mis fuerzas?
Antes de que todo esto termine, antes
de que calles y juntes tus cosas para irte,
miro mis manos, las abro y cierro
mientras la música sigue melodiosa
como corriendo entre mis dedos…
¿Quién, yo podría preguntarte, puede detener los huracanes?
Ahora, mientras lavo los platos la mañana siguiente
vuelvo a mirar mis manos, y me pregunto,
¿quién no es asombroso como un huracán,
quién no es un mundo atravesado de huracanes?
***
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char