THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)
ENTREVISTA a THOMAS BERNHARD realizada por Asta Scheib
Pregunta: ¿Quién es Thomas Bernhard?
Thomas Bernhard: Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer.
Pregunta: ¿Hay seres de los que usted dependa, que tengan una influencia decisiva en su vida?
Thomas Bernhard: Uno siempre es dependiente de las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El hombre que estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo de muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi abuelo paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte de mi madre. Fue una relación que duró más de treinta y cinco años. Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo. Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también; después se pone a buscar. A todas las personas que todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello. Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo. Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía.
Tal como he dicho antes, es difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre.
En realidad, lo que se dice agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un derrumbe total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto de litro de vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace soportable. Pero cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se pasa muy mala noche. La vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar pastillas, no tomarlas, cuándo tomarlas, para qué tomarlas. Uno va enloqueciendo de mes en mes, porque las cosas se van embrollando.
Pregunta: ¿Cuándo tuvo usted alguna alegría por última vez?
Thomas Bernhard: Uno se alegra cada día de seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto constituye un capital inapreciable.
Aprendí, del ser que se me ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el punto de no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.
Lo que más me gustaría es saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que lleva dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas. Cuando la gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra. Como cuando se ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la puerta. Aunque también se puede forzar la puerta, cuando no queda más remedio. Todo el mundo puede dejarse una ventana abierta en el desván. Esto puede ser muy estimulante.
Pregunta: ¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?
Thomas Bernhard: Sencillamente me he limitado a sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya que mi cuerpo estaba agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y años. ¿Es eso bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir. La vida puede asumir infinitas formas.
Mi madre murió a los cuarenta y seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona mucho mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella era el punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que esta persona era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía más que pensar en ella, sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba. Incluso ahora, sigo viviendo con esta persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Así he conseguido apartarme de algunas atrocidades integrales, que no se pueden excluir con la edad, ya que todo está dentro de uno. Para mí, ella fue el elemento de moderación y de disciplina. Y por otra parte también el elemento de apertura al mundo.
Pregunta: En algún momento de su vida ¿se ha sentido usted satisfecho?
Thomas Bernhard: Nunca me he sentido satisfecho de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de protección. Con mi amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar. Ella se sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos. Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco que se pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras siempre es poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.
Cuando yo tenía diecinueve años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la pedantería empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a Roma, a Split, pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes interiores que hicimos. Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con mucha sencillez. Por las noches la nieve caía encima de nuestra cama. Sentíamos esta predilección por la sencillez. Las vacas pastaban junto al dormitorio, tocando a donde vivíamos, donde tomábamos la sopa rodeados de libros.
Pregunta: ¿Usted está conforme con su vida de escritor?
Thomas Bernhard: Bueno, uno siempre anhela mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un fenómeno que aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del último paso para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre los mismos, claro está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve dentro de él. Y entonces se hacen las cosas bien. Siempre se tienen muchas ideas: hacerse monje, ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a la gente muy sencilla. Lo que evidentemente es un error, porque uno no pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede convertirse en monje o en ferroviario, claro está. Siempre he sido un solitario. A pesar de este fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al principio, claro, aún creía que tenía que ir a los sitios y participar. Pero por lo menos desde hace un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros escritores.
Pregunta: Uno de sus temas principales es la música. ¿Qué significa para usted?
Thomas Bernhard: Estudié música cuando era joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me ha gustado, la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba para poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He jugado, cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la música se volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente. Como precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por sí solo.
Pregunta: Sus ataques, principalmente contra el Estado y contra la Iglesia, son a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung) describe usted el catolicismo como «lo que destruye el alma del niño, lo que le asusta, lo que anega su carácter». Para usted, su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio universal?
Thomas Bernhard: Yo amo a Austria. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla.
Soy de la opinión que todos los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los perros.
Pregunta: ¿Para usted no es importante el reconocimiento, como escritor y como ser humano en su propia patria?
Thomas Bernhard: El hombre, desde el principio, está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño, del don que el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por mucho que repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le golpea con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se conoce el eco. En el fondo, también se está enamorado del odio y del desdén.
Pregunta: ¿Es quizá por esta razón que de entrada, en sus libros, empieza usted por hacer tabla rasa? Da la impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con determinadas personas. ¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?
Thomas Bernhard: Sí. A veces se vuelve casi insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer se me echó literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este camino reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por ejemplo, está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y recibe de repente un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de reaccionar y apenas alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien, siga por este camino. » Uno mismo provoca estos incidentes. Lo que pasa, es que no se contaba con ello. Apenas puedo seguir viviendo en Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por todas partes se me hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan siniestras, falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que la gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los cristales. Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban rompiéndome las ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se aleja. Porque fui lo suficientemente estúpido, hace veintidós años, de dar mi dirección, ahora ya no puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente se sube al muro que rodea mi casa. Cuando por la mañana bajo hasta el portal, ya hay gente encaramada. Dicen que quiere hablar conmigo. O, los fines de semana, la gente va a ver al escritor, como antes iban al parque a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta Ohlsdorf y asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas como un preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy más, conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis cosas. Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa del actor. Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de mi editorial. Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los teatros o en los conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre las provoca la masa enfervorizado que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos.
Pregunta: Usted ha dicho, en Extinción que uno debería dejarse erigir en viejo bufón a los cuarenta. ¿Por qué?
Thomas Bernhard: Este método es el único que permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la imagen que tengo de mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces funciona. La imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de interés, ni siquiera se le reconoce como bufón.
Pregunta: ¿Fue para usted la escritura, sobre todo en sus libros primerizos como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su enfermedad?
Thomas Bernhard: Mi abuelo era escritor. Hasta después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir. Cuando yo tenía dieciocho años, se descubrió en el pueblo donde había nacido mi abuelo una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a unos periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir». Entonces uno dijo: «Mándemelo el lunes». Así recibí el encargo de escribir sobre un campo de refugiados. Al día siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he vuelto a sentirme tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa: escribir algo que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado. Pero en fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para escribirlo! Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.
Pregunta: ¿Qué siente ahora, cuando críticos como Reich-Ranicki o Benjamín Henrichs escriben sobre usted con admiración? ¿También se siente entusiasmado?
Thomas Bernhard: Con las críticas no me he vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las creía; pero cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración, estas devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas una crítica negativa». Así funciona.
Pregunta: ¿Le molestan las críticas feroces?
Thomas Bernhard: Sí, hoy en día todavía sigo cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han fascinado, desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son los entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los editores, a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por el camino, el sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por encima pasan los ejércitos de redactores y críticos. Pasan por encima de los cadáveres de todos los que hacen algo creativo. Volvemos a topar con algo fascinante: me hiere, pero ya no me molesta en mi trabajo.
Pregunta: En una conferencia usted dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que somos miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?
Thomas Bernhard: No. Todo lo que hago, lo hago sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí, tanto el funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el espectáculo, el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está volando la gente ya espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo mismo, con una diferencia importante: mientras el aviador sólo se estrella una vez, en cuyo caso suele matarse o quedar muy mal parado, el escritor también suele salir muerto o mal parado-, pero siempre resucita. Siempre vuelve a dar el espectáculo. Y cuando más viejo se hace, más alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista. Entonces la gente se pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a estrellar?
Yo gozo escribiendo, lo que no es nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la cuerda está algo deshilachada. Pero en fin, así es. Nadie es eterno. Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez: es algo que los demás probablemente no conocen.
Pregunta: En sus libros, salvo contadas excepciones, no da usted una imagen muy favorable de la mujer. ¿Es un fiel reflejo de su experiencia personal?
Thomas Bernhard: Sólo puede decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz. Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres.
Pregunta: Tras la muerte de la compañera de su vida, ¿existe alguien de quien usted no puede prescindir?
Thomas Bernhard: No, podría rodearme de cientos de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada peor. Hace poco soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que no has estado aquí ha sido el más horrible». Como si sólo hubiese sido un intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue algo tan fuerte, irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el punto de vista del espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde observo el mundo. Punto.
Pregunta: ¿Cree usted en la posibilidad de otra forma de existencia tras la muerte?
Thomas Bernhard: No. Gracias a Dios no. La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin. Este es el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo muchas ganas de vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he acariciado la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a los veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora, sin embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se está muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende esto.
Lo más extraordinario que me ha ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y se acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las tuyas, entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La enfermera le vuelve a echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En seguida te vuelves a enfrentar a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido, recoge las cosas; entre tanto vuelve ya el enfermero y pone la etiqueta numerada en el dedo gordo del pie del cadáver. Acabas de vaciar el cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera dice: «También tiene que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en una obra de teatro.
Entonces aparece la mala conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa.
Me siento incapaz de volver a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido. Nada me molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble.
Sentirme perfectamente en mi casa en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía trabajar. A menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme dispuesto a trabajar la llenaba de felicidad. Nos quedábamos con frecuencia cinco meses, o más, en un país. Eran los momentos culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien que sabe apreciarla y que sabe dejarle a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte, positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis errores. Lo echo de menos. Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos.
Es una gran ventaja haber vivido esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los directores, por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya no le importa nada. Lo único, es tener todavía dinero en el banco para poder seguir viviendo. Por lo demás mi ambición ya no era lo que había sido, pero con su muerte también se acabó. Nada te conmueve. Sigues disfrutando con los filósofos antiguos, con algunos aforismos. Es parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas horas se puede llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes: antes tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se acabó. Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida. En cambio en el escenario, en el teatro, lo único que se levanta es el telón. Sólo quedan los actores que, durante meses y meses, han sufrido hasta la noche del estreno. Ellos deberían representar a los personajes que uno ha imaginado. Pero no lo consiguen. Estos personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se componen de carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como algo grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor. Las tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo han sido eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro todo lo pisotea. Siempre es una catástrofe.
Pregunta: Sin embargo usted sigue escribiendo, tanto libros como obras dramáticas. ¿De catástrofe en catástrofe?
Thomas Bernhard: Sí.
Cortesía de Matías Rivas, en Fb.
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domingo, 2 de abril de 2017
martes, 22 de octubre de 2013
En lo más oscuro, sólo lo incomprensible es convincente
THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)
Helada
(Fragmentos)
Jamás pude bastarme a mí mismo, y hoy menos que nunca. Es sorprendente, ¿verdad? Los hombres creo yo, fingen sólo no estar solos, porque siempre están solos. Cuando se ve cómo son absorbidos por sus comunidades: ¿o bien son precisamente las uniones, las sociedades, las religiones, los Estados, pruebas de una soledad infinita?
(...)
Es un gran crimen hacer un ser humano que se sabe será infeliz, que al menos alguna vez será infeliz. La infelicidad que dura un instante es toda la infelicidad. Engendrar una soledad porque no se quiere estar solo, eso es criminal.
***
"La infancia sigue corriendo con uno como un perrito que, en otro tiempo, fue un compañero alegre y que ahora hay que cuidar y entablillar, y administrarle miles de medicamentos, para que no se le muera a uno entre las manos." Iba a lo largo de ríos y descendía entre quebradas. El atardecer construía, si se le ayudaba, las mentiras más costosas y complicadas. No lo protegía a uno del dolor ni de la indignación. Gatos al acecho lo atravesaban a uno con pensamientos oscuros. Como a él, las ortigas me arrastraban en algunos instantes a una lujuria diabólica. Lo mismo que él, desmenuzaba mi miedo con frambuesas y zarzamoras. Una bandada de cornejas mostraba la muerte por unos segundos. La lluvia traía humedad y desesperación. la alegría se devanaba entre las coronas de acederas. "La capa de nieve cubría la tierra como un niño". Ningún enamoramiento, ningún ridículo, ningún sacrificio. "En las aulas de la escuela se reunían los pensamientos sencillos, sin cesar." Luego, las tiendas de la ciudad con olor a carne. Fachadas y muros y nada más que fachadas y muros, hasta que volvía a irse al campo, a menudo por sorpresa, de la noche a la mañana. Donde empezaban otra vez los prados, amarillos, verdes, los campos pardos, los bosques negros. La infancia: sacudida de un árbol, ¡tanta fruta para tan poco tiempo! El secreto de su infancia estaba solo en él mismo. Crecer en estado salvaje, donde había caballos, aves de corral, leche y miel. Y luego otra vez: verse arrancado a ese estado primitivo, ser encadenado a proyectos que lo sobrepasaban. Planes sobre él. posibilidades multiplicadas que se reducen a una tarde llena de lloros. A tres o cuatro certidumbres. Inalterables. A tres o cuatro principios. esquemas. "Qué pronto se pueden construir aversiones. Sin decir palabra, el niño lo busca ya todo. Y no consigue nada." Los niños, realmente son mucho más insondables que los adultos.
Sus frases son golpes de remo, con las que avanzaría si no hubiera una gran corriente. A veces se corta, se calla de súbito, como para asegurarse de que la situación en que encuentra será resuelta por otra a continuación. "No se puede dirigir nada." El futuro y el pasado remoto tiran en él de una misma cuerda, y a menudo diez veces en una sola frase. Es uno de esos que piensan continuamente en grandes pérdidas, sin renunciar. Se le aparece el mar, y en el mar una piedra hundida, un fragmento gigantesco, parte de una ciudad gigantesca, el fin de una historia no prevista y muy antigua. La muerte teje una red… Colores, que no son más que excrecencias de flores silvestres, lo anestesian parcialmente de forma filosófica… Traer aquí y llevar adentro extremos para poder escupirlos otra vez. Tensiones de imágenes subacuáticas siniestras. La palabra "contraerse" aparece a menudo. La palabra "verdadero" y las otras, "falso" e "irreal". La palabra "espiga" tiene, llegado el caso, el significado de "toda la historia de nuestro bienestar". Son sus ojos los que hablan, son los que hacen realidad el pensamiento, los que alternan violencia y tranquilidad ante los ojos de los demás, para inquietud ajena. El pintor, creo yo, está tan solo que nadie lo comprenderá jamás. No es un tipo. Confiado siempre a sí mismo y rechazándolo todo, ha utilizado todas las posibilidades hasta el hastío. Contemplarlo significa contemplar milenios. "Las montañas, sabe usted, son a menudo elementos de refuerzo con los que se puede prever a largo plazo." O "de forma inhumanamente humana". Él está en condiciones de irritar a los hombres donde no hay hombres. De contener furias donde no hay ninguna furia. "¿No es un animal el que habla? ¿No soy un bicho?" Todo tiende al progreso de la decadencia. Todo apunta a una infancia fácil en sus juicios, que pronto se vio herida, a un "centro nervioso afectado", a un doble sentido orgánico y fértil de la locura. (…)
***
Vigesimosexto día
"Tengo que señalarle", dijo el pintor, "que un paso más allá" se piensa de forma muy distinta, que un paso más allá se existe de forma muy distinta, son las mismas virtudes y las misma cuestiones, las mismas negligencias, las mismas impresiones, las mismas causas, pero unos efectos horriblemente distintos…Sólo con dificultad me puedo hacer comprender por usted, podría hablar a un árbol, al fin y al cabo hablo a una silueta, sí, a una silueta, a un concepto extensible hasta la locura, pero usted es un ser humano, cuya constitución es siempre de oído fino. Quisiera señalarle que, cuando se evoca el concepto de "paisajes exangües", se evoca simplemente y se hincha como un globo, como un globo gigantesco, con una fuerza de pulmones inigualable, con la fuerza de pulmones de todo el inmenso universo, que entonces es posible moverse fuera de al vertiente de sombra de nuestro mundo de ideas…Me enfrento con el grado de frialdad más temerario, que el pensamiento considera cierto y agudo, y abandonado de Dios y ridículo en sentido máximo…Lo que acabo de decir es un rodeo muy desviado, un rodeo de la más baja destrucción humana, sin embargo, escucha: atravieso aquí una "congelación profunda de mi
memoria" que, sencillamente, me tomo la libertad de llamar "extrarradical" , quisiera decir: ¡me aparto de mí hacia dentro de mí mismo!, ¡para dejarme en paz a mí mismo! Quisiera decir: mi cerebro se aparta de las relaciones de parentesco con el mundo, se aparta de mí, se aparta de la maldad de las invenciones que me han permitido extinguirme… En lo más oscuro, sólo lo incomprensible es convincente, comprende, y quisiera exponerle a usted a una comparación fascinante, como se expone a un perro en un océano infinito, como se expone a un pájaro profundamente bajo tierra, como se expone a un hombre en su memoria: que no es la altura, que no es la profundidad, que altura y profundidad son ridiculeces frente a las circunstancias, que lo catastrófico es ridículo frente a la caridad…, pero la verdad es que a causa de estos conceptos míos tendré que desaparecer pronto, quemarme a causa de esos conceptos: siempre he tenido la idea de quemarme, tener que quemarme por repugnancia hacia mí mismo ha sido siempre mi secreto conjunto de circunstancias de la fama personal…Si dejo de morir, he pensado siempre, si dejo de ser confundido…, si dejo mis ideas…¡Comprenda usted!…Me preparo para el viaje y engaño al mundo…lleno mi maleta y engaño al mundo…Subo a mil trenes y engaño al mundo… Lo aparto de allí adonde voy…Porque el fin no es más que la náusea que le provoca a uno un hombre sencillamente podrido… Y sí, aunque también el fin sea un naufragio, tengo que sufrir ese estúpido y taimadamente estipulado acto sexual, es tortura, que la fatalidad de la existencia que dejo atrás hace degenerar en una conspiración diabólica segura de sus fines. No pienso en absoluto en la muerte", dijo el pintor, "no pienso en absoluto en la fama…, no pienso en absoluto en la lujuria, no en la lujuria de la disolución".
Traducción de Miguel Sáenz
Alianza Editorial
(Holanda, 1931-Austria, 1989)
Helada
(Fragmentos)
Jamás pude bastarme a mí mismo, y hoy menos que nunca. Es sorprendente, ¿verdad? Los hombres creo yo, fingen sólo no estar solos, porque siempre están solos. Cuando se ve cómo son absorbidos por sus comunidades: ¿o bien son precisamente las uniones, las sociedades, las religiones, los Estados, pruebas de una soledad infinita?
(...)
Es un gran crimen hacer un ser humano que se sabe será infeliz, que al menos alguna vez será infeliz. La infelicidad que dura un instante es toda la infelicidad. Engendrar una soledad porque no se quiere estar solo, eso es criminal.
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"La infancia sigue corriendo con uno como un perrito que, en otro tiempo, fue un compañero alegre y que ahora hay que cuidar y entablillar, y administrarle miles de medicamentos, para que no se le muera a uno entre las manos." Iba a lo largo de ríos y descendía entre quebradas. El atardecer construía, si se le ayudaba, las mentiras más costosas y complicadas. No lo protegía a uno del dolor ni de la indignación. Gatos al acecho lo atravesaban a uno con pensamientos oscuros. Como a él, las ortigas me arrastraban en algunos instantes a una lujuria diabólica. Lo mismo que él, desmenuzaba mi miedo con frambuesas y zarzamoras. Una bandada de cornejas mostraba la muerte por unos segundos. La lluvia traía humedad y desesperación. la alegría se devanaba entre las coronas de acederas. "La capa de nieve cubría la tierra como un niño". Ningún enamoramiento, ningún ridículo, ningún sacrificio. "En las aulas de la escuela se reunían los pensamientos sencillos, sin cesar." Luego, las tiendas de la ciudad con olor a carne. Fachadas y muros y nada más que fachadas y muros, hasta que volvía a irse al campo, a menudo por sorpresa, de la noche a la mañana. Donde empezaban otra vez los prados, amarillos, verdes, los campos pardos, los bosques negros. La infancia: sacudida de un árbol, ¡tanta fruta para tan poco tiempo! El secreto de su infancia estaba solo en él mismo. Crecer en estado salvaje, donde había caballos, aves de corral, leche y miel. Y luego otra vez: verse arrancado a ese estado primitivo, ser encadenado a proyectos que lo sobrepasaban. Planes sobre él. posibilidades multiplicadas que se reducen a una tarde llena de lloros. A tres o cuatro certidumbres. Inalterables. A tres o cuatro principios. esquemas. "Qué pronto se pueden construir aversiones. Sin decir palabra, el niño lo busca ya todo. Y no consigue nada." Los niños, realmente son mucho más insondables que los adultos.
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Vigesimoprimer díaSus frases son golpes de remo, con las que avanzaría si no hubiera una gran corriente. A veces se corta, se calla de súbito, como para asegurarse de que la situación en que encuentra será resuelta por otra a continuación. "No se puede dirigir nada." El futuro y el pasado remoto tiran en él de una misma cuerda, y a menudo diez veces en una sola frase. Es uno de esos que piensan continuamente en grandes pérdidas, sin renunciar. Se le aparece el mar, y en el mar una piedra hundida, un fragmento gigantesco, parte de una ciudad gigantesca, el fin de una historia no prevista y muy antigua. La muerte teje una red… Colores, que no son más que excrecencias de flores silvestres, lo anestesian parcialmente de forma filosófica… Traer aquí y llevar adentro extremos para poder escupirlos otra vez. Tensiones de imágenes subacuáticas siniestras. La palabra "contraerse" aparece a menudo. La palabra "verdadero" y las otras, "falso" e "irreal". La palabra "espiga" tiene, llegado el caso, el significado de "toda la historia de nuestro bienestar". Son sus ojos los que hablan, son los que hacen realidad el pensamiento, los que alternan violencia y tranquilidad ante los ojos de los demás, para inquietud ajena. El pintor, creo yo, está tan solo que nadie lo comprenderá jamás. No es un tipo. Confiado siempre a sí mismo y rechazándolo todo, ha utilizado todas las posibilidades hasta el hastío. Contemplarlo significa contemplar milenios. "Las montañas, sabe usted, son a menudo elementos de refuerzo con los que se puede prever a largo plazo." O "de forma inhumanamente humana". Él está en condiciones de irritar a los hombres donde no hay hombres. De contener furias donde no hay ninguna furia. "¿No es un animal el que habla? ¿No soy un bicho?" Todo tiende al progreso de la decadencia. Todo apunta a una infancia fácil en sus juicios, que pronto se vio herida, a un "centro nervioso afectado", a un doble sentido orgánico y fértil de la locura. (…)
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Vigesimosexto día
"Tengo que señalarle", dijo el pintor, "que un paso más allá" se piensa de forma muy distinta, que un paso más allá se existe de forma muy distinta, son las mismas virtudes y las misma cuestiones, las mismas negligencias, las mismas impresiones, las mismas causas, pero unos efectos horriblemente distintos…Sólo con dificultad me puedo hacer comprender por usted, podría hablar a un árbol, al fin y al cabo hablo a una silueta, sí, a una silueta, a un concepto extensible hasta la locura, pero usted es un ser humano, cuya constitución es siempre de oído fino. Quisiera señalarle que, cuando se evoca el concepto de "paisajes exangües", se evoca simplemente y se hincha como un globo, como un globo gigantesco, con una fuerza de pulmones inigualable, con la fuerza de pulmones de todo el inmenso universo, que entonces es posible moverse fuera de al vertiente de sombra de nuestro mundo de ideas…Me enfrento con el grado de frialdad más temerario, que el pensamiento considera cierto y agudo, y abandonado de Dios y ridículo en sentido máximo…Lo que acabo de decir es un rodeo muy desviado, un rodeo de la más baja destrucción humana, sin embargo, escucha: atravieso aquí una "congelación profunda de mi
memoria" que, sencillamente, me tomo la libertad de llamar "extrarradical" , quisiera decir: ¡me aparto de mí hacia dentro de mí mismo!, ¡para dejarme en paz a mí mismo! Quisiera decir: mi cerebro se aparta de las relaciones de parentesco con el mundo, se aparta de mí, se aparta de la maldad de las invenciones que me han permitido extinguirme… En lo más oscuro, sólo lo incomprensible es convincente, comprende, y quisiera exponerle a usted a una comparación fascinante, como se expone a un perro en un océano infinito, como se expone a un pájaro profundamente bajo tierra, como se expone a un hombre en su memoria: que no es la altura, que no es la profundidad, que altura y profundidad son ridiculeces frente a las circunstancias, que lo catastrófico es ridículo frente a la caridad…, pero la verdad es que a causa de estos conceptos míos tendré que desaparecer pronto, quemarme a causa de esos conceptos: siempre he tenido la idea de quemarme, tener que quemarme por repugnancia hacia mí mismo ha sido siempre mi secreto conjunto de circunstancias de la fama personal…Si dejo de morir, he pensado siempre, si dejo de ser confundido…, si dejo mis ideas…¡Comprenda usted!…Me preparo para el viaje y engaño al mundo…lleno mi maleta y engaño al mundo…Subo a mil trenes y engaño al mundo… Lo aparto de allí adonde voy…Porque el fin no es más que la náusea que le provoca a uno un hombre sencillamente podrido… Y sí, aunque también el fin sea un naufragio, tengo que sufrir ese estúpido y taimadamente estipulado acto sexual, es tortura, que la fatalidad de la existencia que dejo atrás hace degenerar en una conspiración diabólica segura de sus fines. No pienso en absoluto en la muerte", dijo el pintor, "no pienso en absoluto en la fama…, no pienso en absoluto en la lujuria, no en la lujuria de la disolución".
Traducción de Miguel Sáenz
Alianza Editorial
martes, 22 de junio de 2010
Ni una línea, nada, ni un pensamiento, nada...
THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)
De La Calera
(Fragmento)
(...) Encuentro IV:
Konrad dice, en relación con su estancia en Bruselas hace ahora veintidós años, entonces hospitalizó a su mujer por un breve período en una clínica de Lovaina, no literalmente, pero sin embargo casi literalmente, lo siguiente: cuando no aguanto más en mi habitación, porque no puedo pensar ni escribir ni leer ni dormir y entonces, porque, en general, no puedo más, tampoco ir de un lado a otro por mi cuarto, es decir, temo, porque he ido ya durante muchísimo tiempo de un lado a otro por mi cuarto, que si, de repente, vuelvo a ir de un lado a otro, a cada instante lo temo, también mi ir de un lado a otro por mi cuarto se hará imposible, y porque lo temo, se hace también realmente imposible, porque golpean, es decir, golpean porque molesto, porque al ir de un lado a otro molesto, golpean o llaman o bien oigo simultáneamente golpear y llamar, lo que me resulta de lo más insoportable, porque temo que puedan volver en seguida a golpear o a llamar o a golpear y llamar simultáneamente… me voy, porque no aguanto más en mi cuarto, de mi cuarto, bajo al tercer piso y golpeo en la puerta del profesor… golpeo y espero hasta que el profesor oye mis golpes, me quedo ante la puesta del profesor y espero a que el profesor me diga que entre… pienso, mientras estoy otra vez ante la puerta del profesor, hace frío, estoy helado, no sé, son ya las once, son las doce, es la una de la mañana… a causa de ese continuo ir de un lado a otro por mi cuarto he perdido casi el sentido, espero, pienso ahora, cada vez, cuando estoy ante la puerta del profesor y espero, hasta que el profesor dice ¡adelante!, la puerta no está cerrada, dice, y yo abro la puerta y entro, y veo al profesor sentado a su escritorio… espero, pero no oigo nada. Nada. Golpeo. Nada. Espero y golpeo tanto tiempo, que pienso que debo darme la vuelta y volver a mi cuarto, el profesor no te va a abrir hoy, hoy no… ayer me abrió, antesdeayer me abrió, antesdeantesdeayer, durante toda la semana pasada me abrió, me abrió cada vez que llamé… pero hoy, pienso, el profesor no te va a abrir… golpeo y golpeo y escucho y no oigo nada. ¿No estará el profesor? ¿O está y es sólo que no me oye? ¿Se habrá ido otra vez al campo? Con cuánta frecuencia se va el profesor al campo, pienso, se va al campo de forma imprevista. A ver a esos cientos de parientes suyos, pienso. ¿Y si golpeara más fuerte aún?, pienso. ¿Más fuerte? Pero si ya he golpeado el doble, el triple de fuerte… ¡Golpear!, me digo. ¡Golpear! Realmente golpeo ahora fuertísimo, y pienso que ahora debe de haberme oído toda la casa, porque he golpeado tan fuerte como no había golpeado jamás… ¡Golpear más fuerte aún! Realmente, alguien tiene que haber oído ahora mis golpes… todas esas gentes tienen oídos sensibles, pienso, los oídos más sensibles, los oídos de todas esas gentes son de lo más sensible… pero golpeo otra vez más, ahora más fuerte aún, tan fuerte como nunca he golpeado, y escucho y oigo al profesor, viene a la puerta y la abre, pero la abre sólo a medias y yo le digo: espero no estorbar, la verdad es que ya es tarde, pero espero no estorbar… veo enseguida, dice Konrad, que el profesor se encuentra en pleno trabajo científicointelectual… ¡Mi Morfología!, dice, dice Konrad, ¡mi Morfología!... y yo digo, dice Konrad: si molesto, me vuelvo en seguida a mi habitación. ¡Ahora bien!, digo, y el profesor dice: ¡mi Morfología!, y yo pienso, dice Konrad, ¿por qué ha abierto la puerta sólo a medias el profesor?, sólo la abre lo suficiente para poder sacar la cabeza y hablar conmigo, de forma que yo no pueda entrar, nada más... Ahora bien, oiga, digo, dice Konrad, si molesto me vuelvo en seguida a mi habitación. Si le molesto... ahora veo, dice Konrad, que el profesor se ha desnudado ya, está completamente desnudo, completamente desnudo bajo la bata, veo y le digo: ¡se ha desnudado usted ya!, y luego: si molesto, me vuelvo al instante a mi habitación!, ¡basta con que me diga que no quiere que lo molesten ahora!... pero si usted me lo permite, si me lo permite sólo una vez más, entraré sólo unos instantes a su casa, digo, me marcharé en seguida, no sé en absoluto qué hora es... no tengo ni idea de qué hora puede ser, digo, voy todo el tiempo por mi cuarto de un lado a otro, de un lado a otro con ese problema mío y casi me vuelvo loco por ello... como sabe, ahora no trabajo ya desde hace días, no trabajo ya en absoluto, mi querido profesor, me resulta imposible, ni una línea, nada, ni un pensamiento, nada... una y otra vez pienso, ahora tengo un pensamiento, en realidad no es nada, nada, digo... y así ando todo el día ocupado en ese pensamiento, en realidad sólo con ese único pensamiento por mi cuarto de un lado a otro, arriba y abajo, de no tener ningún pensamiento, de no tener ni un solo pensamiento... porque, realmente, desde hace ya mucho tiempo no tengo ya ningún pensamiento, digo... y así espero y así ando, mientras espero y, sin embargo, sólo lo espero a usted, espero el día entero que vuelva usted a casa... Hoy ha vuelto usted dos horas más tarde a casa, digo, ayer una hora y media más tarde, realmente, hoy, dos horas y media más tarde... le oigo, porque siempre estoy atento, ya en la calle, cuando abre usted la puerta de la casa y cierra usted otra vez la puerta de la casa, oigo cuando entra usted en el vestíbulo, espero el día entero que entre usted en el vestíbulo... Hoy ha hecho usted probablemente sus compras, ha tenido que hacer gestiones, probablemente ha pagado sus cuentas, ha ido también probablemente a correos... y cuando está usted en el vestíbulo, pienso que ahora cerrará en seguida la puerta del piso, que ahora va usted a su cuarto... ahora se quita el abrigo, los zapatos, ahora se sienta al escritorio, pienso... ahora come usted algo, ahora empieza usted a escribir una carta, una carta a su hija que vive en Francia, a su hijo que vive en Rattenberg... o una carta de negocios... o se ocupa usted de su Morfología, pienso... oigo cada vez con mayor claridad cómo abre usted su cuarto, en los últimos tiempos abre usted su cuarto mucho más deprisa que al principio, va usted rápidamente a su cuarto, se quita el abrigo bruscamente... y entonces pienso que reflexiona si debe echarse en la cama o no, echarse en la cama vestido o no, echarse en la cama sin quitarse los zapatos o no echarse en la cama, si, antes de ocuparse de la Morfología, debe echarse o no... que entonces, cuando está echado en la cama, cuando ha estado echado en la cama, cobra conciencia de lo absurdo de su trabajo y de lo absurdo de su existencia... que tiene que cobrar conciencia de ese absurdo... que tiene que ganarse el pan de una manera tan deplorable, tiene que estudiar de una manera tan deplorable, que todos e ganan el pan de esa manera deplorable, todos tienen que estudiar de esa manera deplorable... de una manera todavía más deplorable, piense... y que, en el fondo, pienso yo, le dijo Konrad al parecer al profesor, dice Konrad, usted no tiene ya a nadie en absoluto... que usted entonces, tanto si se sienta al escritorio como sino, tanto si está echado en la cama como si no, cobra conciencia, tiene que cobrar conciencia de toda su infelicidad y, de hecho, de una infelicidad cada vez mayor... En ese instante le deja entrar el profesor... y yo voy, dice Konrad, inmediatamente a su cama y le digo, como veo que la cama está abierta, ha abierto usted ya la cama, es posible que quiera irse usted ya a la cama, o ¿quizás estaba usted ya en la cama...?, y le digo: no se moleste por mí, échese si le apetece, sólo quiero ir un poco de un lado a otro por su cuarto, por su cuarto, ya sabe usted que por mi cuarto no puedo hacerlo ya... si voy por mi cuarto de un lado a otro, digo, creo que todos oyen en la casa que voy por mi cuarto de un lado a otro, lo mismo que también usted, cuando leo, sabe que leo en mi cuarto, sabe que yo, cuando pienso, pienso en mi cuarto, y lo mismo sabe que escribo, cuando escribo en mi cuarto, y lo mismo, cuando estoy echado en la cama, que estoy echado en la cama… todas esas gentes saben siempre, creo, lo que hago, digo… porque oiga, digo, esas gentes saben también que pienso cuando pienso en mi cuarto, que pienso en el estudio… eso hace que me resulte imposible pensar en mi cuarto, pensar en mi cuarto en el estudio y, por esa razón, llevo ya tanto tiempo sin pensamientos… y qué horrible, pienso, es para mí no poder pensar en mi cuarto, qué horrible escribir una carta en mi cuarto… por eso, desde hace tanto tiempo, no leo ya, y tampoco puedo ya pensar… pero en su cuarto, digo, siempre me es posible todavía ir de un lado a otro… voy por su cuarto de un lado a otro y me tranquilizo… poco a poco y, al cabo de algún tiempo, de forma cada vez más intensa, digo, y: entonces puedo volver otra vez a mi cuarto… ya ve, digo, ahora me tranquilizo, todo mi cuerpo se tranquiliza… y esa tranquilidad, digo, pasa también luego lentamente a mi cerebro, es, cuando me tranquilizo aquí en su cuarto, simultáneamente una tranquilidad del cuerpo y del cerebro… realmente, digo, sólo necesito entrar en su cuarto, y me tranquilizo… ¿Qué es esto? Cuando, sin embargo, me resulta imposible visitar jamás a ninguna otra persona… entro en su habitación y me tranquilizo… Hoy, digo, ha vuelto usted a casa tan tarde, esas ridículas gestiones, digo, que tiene que hacer… ese correo ridículo, que recibe día tras día y día tras día tiene que contestar, esas gentes ridículas… yo no recibo ningún correo, no respondo ningún correo… y esos antipáticos colaboradores de su oficina que tiene usted que aguantar, que durante tantos años tiene ya que aguantar… esas cosas antipáticas, digo, le impiden volver antes a casa… y al dar usted la vuelta a la llave en la cerradura, digo, pienso cada vez que me salvará de esta horrible situación, digo, porque, sabe usted, digo, me siento siempre como si me ahogase… terminar mi vida ahogado, digo, ahogarme al final, grotesco que tuviera que ahogarme al final… porque usted haya tenido alguna vez que hacer una serie de gestiones suplementarias, y haya vuelto demasiado tarde a su casa… y a su cuarto, mientras que yo me habré ahogado hace tiempo, le dice Konrad al profesor, realmente creo todos los días, a la misma hora, que me voy a ahogar, que me ahogo, pienso, por una ridiculez, porque usted, como podría ocurrir alguna vez, ha tenido que hacer otra gestión, dar otro rodeo, visitar a su tía más tiempo… le oigo en la calle, oigo sus pasos, oigo cómo da la vuelta a la llave en la cerradura de la casa, cómo le da la vuelta en la puerta del piso… ahora, digo, me tranquilizo, ya ve que me tranquilizo porque me ha dejado entrar en su cuarto, digo, si al menos no le molestase, digo, pienso, digo, que le he molestado ya tan a menudo, dice Konrad, pero si sigo solo un instante más, le dice al profesor, pienso siempre que me ahogaré… y entonces le oigo a usted… Qué miniatura más bonita, digo, tiene usted en la pared, esas bonitas miniaturas que jamás había visto… y entonces oigo cómo abre usted la puerta de su piso y cómo la cierra y cómo se echa usted en la cama y cómo se sienta usted a su escritorio y cómo se levanta otra vez del escritorio… y entonces voy por centésima vez de un lado a otro por mi cuarto, siempre de un lado a otro, y me digo: ahora puedes ya bajar a casa del profesor, ahora es correcto ya, y entonces otra vez: ahora, ir, bajar, bajar aprisa, ahora, ahora… y me vuelvo ya casi loco con ese pensar una cosa y otra, con ese incesante voyonovoy… es correcto, o no es correcto… y pienso: ¡ahora!, y ¡ahora!, y así se pasa una hora, y me digo, sin embargo, el profesor estará posiblemente ocupado con su Morfología… realmente estaba usted ahora precisamente ocupado con su Morfología, digo, dice Konrad, y al mismo tiempo, sin embargo, demasiado fatigado… Está usted demasiado fatigado, digo… ¡y muy ocupado!, digo, y voy al escritorio y veo que el profesor se ha estado ocupando de su Morfología… mientras yo, durante toda una hora, pensaba, voy a casa del profesor o no… Sí, digo, si molesto… dígame usted que molesto… que, naturalmente, molesto… dígame usted, si molesto, que molesto… que, naturalmente, molesto, le molesto ya todo el tiempo, digo, dice Konrad, que todos estos años le molesto… todos estos años que llevo viviendo con usted en esta casa… ¡soy un personaje molesto!... pero ya ve, digo, dice Konrad, espero dos horas, espero cuatro horas, seis horas, ocho horas… y no bajo a su casa… esperas tanto tiempo y entonces no bajas a casa del profesor, digo… y naturalmente bajo y golpeo en su puerta, golpeo muchísimo tiempo hasta que usted abre y me deja entrar… y me deja ir de un lado a otro por su cuarto, para que lentamente me tranquilice… y me tranquilizo, digo, y digo: posiblemente avanzaré esta noche un trecho en mi estudio, aunque sólo sea el trecho más corto… Posiblemente, digo, pero me digo eso día tras día, me digo día tras día, hoy, cuando el profesor vuelva a casa, bajarás a su casa y andarás por su cuarto de un lado a otro y entonces volverás a tu cuarto y empezarás a escribir el estudio… eso me digo, como sabe usted, dice Konrad, también hoy, ahora, y que ahora, me digo siempre, ahora empezaré a escribir el estudio… y al profesor le digo, dice Konrad, si por lo menos no le hubiera molestado... si no supiera yo, digo, que fácilmente se molesta a las personas, a una persona que necesita tranquilidad, a una persona como usted, profesor, a una persona como yo, profesor... a la que, cuando sin embargo sólo quiere estar sola, se la molesta... pero a diferencia de mí, le digo al profesor, que no puedo ya estar solo, usted quiere, y lo curioso es que, con ello, se ha hecho ya tan viejo, estar solo, porque naturalmente tiene usted que estar solo... y la verdad es que siempre me dice, cuando vengo a su casa, digo, dice Konrad, que quiere estar solo, que tiene que estar solo, incluso cuando no lo dice, incluso cuando no lo está... incluso cuando no dice nada oigo cómo dice quiero estar solo... mi querido profesor, digo, ahora me voy a mi cuarto, me he tranquilizado y: es exclusivamente mérito suyo que me haya tranquilizado... pero probablemente tampoco usted me podrá tranquilizar ya pronto, lo mismo que mi mujer no me puede tranquilizar ya, nadie, nada, digo... le doy las gracias, le doy las gracias, digo, y voy hacia la puerta, y el profesor me abre, y yo digo, no quería, la verdad es que no quería molestarlo, querido profesor, no quería molestarlo, no quería molestarlo y me doy la vuelta y oigo que el profesor vuelve a su cuarto... llego sorprendentemente deprisa a mi cuarto, pienso, y me siento al escritorio y empiezo a escribir, pero no puedo escribir... creo que tengo que poder escribir, pero no puedo... y me levanto y voy por mi cuarto de un lado a otro, arriba y abajo, lo mismo que también aquí, en la Calera, voy por mi cuarto de un lado a otro y arriba y abajo... una infeliz predisposición me hace ir toda la noche por mi cuarto de un lado a otro y arriba y abajo... toda la noche y, por la mañana temprano y mientras el profesor hace ya tiempo que se ha ido otra vez, sigo yendo de un lado a otro y tengo miedo de ese ir de un lado a otro, lo mismo que entonces lo temo hoy también, lo mismo que entonces en Bruselas temo hoy todavía en la Calera ese ir de un lado a otro y voy de un lado a otro y espero y pienso, espero y voy y voy y voy... y voy... (...)
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La calera (novela, 1970), Alianza Editorial, 1984
Traducción: Miguel Sáenz
(Holanda, 1931-Austria, 1989)
De La Calera
(Fragmento)
(...) Encuentro IV:
Konrad dice, en relación con su estancia en Bruselas hace ahora veintidós años, entonces hospitalizó a su mujer por un breve período en una clínica de Lovaina, no literalmente, pero sin embargo casi literalmente, lo siguiente: cuando no aguanto más en mi habitación, porque no puedo pensar ni escribir ni leer ni dormir y entonces, porque, en general, no puedo más, tampoco ir de un lado a otro por mi cuarto, es decir, temo, porque he ido ya durante muchísimo tiempo de un lado a otro por mi cuarto, que si, de repente, vuelvo a ir de un lado a otro, a cada instante lo temo, también mi ir de un lado a otro por mi cuarto se hará imposible, y porque lo temo, se hace también realmente imposible, porque golpean, es decir, golpean porque molesto, porque al ir de un lado a otro molesto, golpean o llaman o bien oigo simultáneamente golpear y llamar, lo que me resulta de lo más insoportable, porque temo que puedan volver en seguida a golpear o a llamar o a golpear y llamar simultáneamente… me voy, porque no aguanto más en mi cuarto, de mi cuarto, bajo al tercer piso y golpeo en la puerta del profesor… golpeo y espero hasta que el profesor oye mis golpes, me quedo ante la puesta del profesor y espero a que el profesor me diga que entre… pienso, mientras estoy otra vez ante la puerta del profesor, hace frío, estoy helado, no sé, son ya las once, son las doce, es la una de la mañana… a causa de ese continuo ir de un lado a otro por mi cuarto he perdido casi el sentido, espero, pienso ahora, cada vez, cuando estoy ante la puerta del profesor y espero, hasta que el profesor dice ¡adelante!, la puerta no está cerrada, dice, y yo abro la puerta y entro, y veo al profesor sentado a su escritorio… espero, pero no oigo nada. Nada. Golpeo. Nada. Espero y golpeo tanto tiempo, que pienso que debo darme la vuelta y volver a mi cuarto, el profesor no te va a abrir hoy, hoy no… ayer me abrió, antesdeayer me abrió, antesdeantesdeayer, durante toda la semana pasada me abrió, me abrió cada vez que llamé… pero hoy, pienso, el profesor no te va a abrir… golpeo y golpeo y escucho y no oigo nada. ¿No estará el profesor? ¿O está y es sólo que no me oye? ¿Se habrá ido otra vez al campo? Con cuánta frecuencia se va el profesor al campo, pienso, se va al campo de forma imprevista. A ver a esos cientos de parientes suyos, pienso. ¿Y si golpeara más fuerte aún?, pienso. ¿Más fuerte? Pero si ya he golpeado el doble, el triple de fuerte… ¡Golpear!, me digo. ¡Golpear! Realmente golpeo ahora fuertísimo, y pienso que ahora debe de haberme oído toda la casa, porque he golpeado tan fuerte como no había golpeado jamás… ¡Golpear más fuerte aún! Realmente, alguien tiene que haber oído ahora mis golpes… todas esas gentes tienen oídos sensibles, pienso, los oídos más sensibles, los oídos de todas esas gentes son de lo más sensible… pero golpeo otra vez más, ahora más fuerte aún, tan fuerte como nunca he golpeado, y escucho y oigo al profesor, viene a la puerta y la abre, pero la abre sólo a medias y yo le digo: espero no estorbar, la verdad es que ya es tarde, pero espero no estorbar… veo enseguida, dice Konrad, que el profesor se encuentra en pleno trabajo científicointelectual… ¡Mi Morfología!, dice, dice Konrad, ¡mi Morfología!... y yo digo, dice Konrad: si molesto, me vuelvo en seguida a mi habitación. ¡Ahora bien!, digo, y el profesor dice: ¡mi Morfología!, y yo pienso, dice Konrad, ¿por qué ha abierto la puerta sólo a medias el profesor?, sólo la abre lo suficiente para poder sacar la cabeza y hablar conmigo, de forma que yo no pueda entrar, nada más... Ahora bien, oiga, digo, dice Konrad, si molesto me vuelvo en seguida a mi habitación. Si le molesto... ahora veo, dice Konrad, que el profesor se ha desnudado ya, está completamente desnudo, completamente desnudo bajo la bata, veo y le digo: ¡se ha desnudado usted ya!, y luego: si molesto, me vuelvo al instante a mi habitación!, ¡basta con que me diga que no quiere que lo molesten ahora!... pero si usted me lo permite, si me lo permite sólo una vez más, entraré sólo unos instantes a su casa, digo, me marcharé en seguida, no sé en absoluto qué hora es... no tengo ni idea de qué hora puede ser, digo, voy todo el tiempo por mi cuarto de un lado a otro, de un lado a otro con ese problema mío y casi me vuelvo loco por ello... como sabe, ahora no trabajo ya desde hace días, no trabajo ya en absoluto, mi querido profesor, me resulta imposible, ni una línea, nada, ni un pensamiento, nada... una y otra vez pienso, ahora tengo un pensamiento, en realidad no es nada, nada, digo... y así ando todo el día ocupado en ese pensamiento, en realidad sólo con ese único pensamiento por mi cuarto de un lado a otro, arriba y abajo, de no tener ningún pensamiento, de no tener ni un solo pensamiento... porque, realmente, desde hace ya mucho tiempo no tengo ya ningún pensamiento, digo... y así espero y así ando, mientras espero y, sin embargo, sólo lo espero a usted, espero el día entero que vuelva usted a casa... Hoy ha vuelto usted dos horas más tarde a casa, digo, ayer una hora y media más tarde, realmente, hoy, dos horas y media más tarde... le oigo, porque siempre estoy atento, ya en la calle, cuando abre usted la puerta de la casa y cierra usted otra vez la puerta de la casa, oigo cuando entra usted en el vestíbulo, espero el día entero que entre usted en el vestíbulo... Hoy ha hecho usted probablemente sus compras, ha tenido que hacer gestiones, probablemente ha pagado sus cuentas, ha ido también probablemente a correos... y cuando está usted en el vestíbulo, pienso que ahora cerrará en seguida la puerta del piso, que ahora va usted a su cuarto... ahora se quita el abrigo, los zapatos, ahora se sienta al escritorio, pienso... ahora come usted algo, ahora empieza usted a escribir una carta, una carta a su hija que vive en Francia, a su hijo que vive en Rattenberg... o una carta de negocios... o se ocupa usted de su Morfología, pienso... oigo cada vez con mayor claridad cómo abre usted su cuarto, en los últimos tiempos abre usted su cuarto mucho más deprisa que al principio, va usted rápidamente a su cuarto, se quita el abrigo bruscamente... y entonces pienso que reflexiona si debe echarse en la cama o no, echarse en la cama vestido o no, echarse en la cama sin quitarse los zapatos o no echarse en la cama, si, antes de ocuparse de la Morfología, debe echarse o no... que entonces, cuando está echado en la cama, cuando ha estado echado en la cama, cobra conciencia de lo absurdo de su trabajo y de lo absurdo de su existencia... que tiene que cobrar conciencia de ese absurdo... que tiene que ganarse el pan de una manera tan deplorable, tiene que estudiar de una manera tan deplorable, que todos e ganan el pan de esa manera deplorable, todos tienen que estudiar de esa manera deplorable... de una manera todavía más deplorable, piense... y que, en el fondo, pienso yo, le dijo Konrad al parecer al profesor, dice Konrad, usted no tiene ya a nadie en absoluto... que usted entonces, tanto si se sienta al escritorio como sino, tanto si está echado en la cama como si no, cobra conciencia, tiene que cobrar conciencia de toda su infelicidad y, de hecho, de una infelicidad cada vez mayor... En ese instante le deja entrar el profesor... y yo voy, dice Konrad, inmediatamente a su cama y le digo, como veo que la cama está abierta, ha abierto usted ya la cama, es posible que quiera irse usted ya a la cama, o ¿quizás estaba usted ya en la cama...?, y le digo: no se moleste por mí, échese si le apetece, sólo quiero ir un poco de un lado a otro por su cuarto, por su cuarto, ya sabe usted que por mi cuarto no puedo hacerlo ya... si voy por mi cuarto de un lado a otro, digo, creo que todos oyen en la casa que voy por mi cuarto de un lado a otro, lo mismo que también usted, cuando leo, sabe que leo en mi cuarto, sabe que yo, cuando pienso, pienso en mi cuarto, y lo mismo sabe que escribo, cuando escribo en mi cuarto, y lo mismo, cuando estoy echado en la cama, que estoy echado en la cama… todas esas gentes saben siempre, creo, lo que hago, digo… porque oiga, digo, esas gentes saben también que pienso cuando pienso en mi cuarto, que pienso en el estudio… eso hace que me resulte imposible pensar en mi cuarto, pensar en mi cuarto en el estudio y, por esa razón, llevo ya tanto tiempo sin pensamientos… y qué horrible, pienso, es para mí no poder pensar en mi cuarto, qué horrible escribir una carta en mi cuarto… por eso, desde hace tanto tiempo, no leo ya, y tampoco puedo ya pensar… pero en su cuarto, digo, siempre me es posible todavía ir de un lado a otro… voy por su cuarto de un lado a otro y me tranquilizo… poco a poco y, al cabo de algún tiempo, de forma cada vez más intensa, digo, y: entonces puedo volver otra vez a mi cuarto… ya ve, digo, ahora me tranquilizo, todo mi cuerpo se tranquiliza… y esa tranquilidad, digo, pasa también luego lentamente a mi cerebro, es, cuando me tranquilizo aquí en su cuarto, simultáneamente una tranquilidad del cuerpo y del cerebro… realmente, digo, sólo necesito entrar en su cuarto, y me tranquilizo… ¿Qué es esto? Cuando, sin embargo, me resulta imposible visitar jamás a ninguna otra persona… entro en su habitación y me tranquilizo… Hoy, digo, ha vuelto usted a casa tan tarde, esas ridículas gestiones, digo, que tiene que hacer… ese correo ridículo, que recibe día tras día y día tras día tiene que contestar, esas gentes ridículas… yo no recibo ningún correo, no respondo ningún correo… y esos antipáticos colaboradores de su oficina que tiene usted que aguantar, que durante tantos años tiene ya que aguantar… esas cosas antipáticas, digo, le impiden volver antes a casa… y al dar usted la vuelta a la llave en la cerradura, digo, pienso cada vez que me salvará de esta horrible situación, digo, porque, sabe usted, digo, me siento siempre como si me ahogase… terminar mi vida ahogado, digo, ahogarme al final, grotesco que tuviera que ahogarme al final… porque usted haya tenido alguna vez que hacer una serie de gestiones suplementarias, y haya vuelto demasiado tarde a su casa… y a su cuarto, mientras que yo me habré ahogado hace tiempo, le dice Konrad al profesor, realmente creo todos los días, a la misma hora, que me voy a ahogar, que me ahogo, pienso, por una ridiculez, porque usted, como podría ocurrir alguna vez, ha tenido que hacer otra gestión, dar otro rodeo, visitar a su tía más tiempo… le oigo en la calle, oigo sus pasos, oigo cómo da la vuelta a la llave en la cerradura de la casa, cómo le da la vuelta en la puerta del piso… ahora, digo, me tranquilizo, ya ve que me tranquilizo porque me ha dejado entrar en su cuarto, digo, si al menos no le molestase, digo, pienso, digo, que le he molestado ya tan a menudo, dice Konrad, pero si sigo solo un instante más, le dice al profesor, pienso siempre que me ahogaré… y entonces le oigo a usted… Qué miniatura más bonita, digo, tiene usted en la pared, esas bonitas miniaturas que jamás había visto… y entonces oigo cómo abre usted la puerta de su piso y cómo la cierra y cómo se echa usted en la cama y cómo se sienta usted a su escritorio y cómo se levanta otra vez del escritorio… y entonces voy por centésima vez de un lado a otro por mi cuarto, siempre de un lado a otro, y me digo: ahora puedes ya bajar a casa del profesor, ahora es correcto ya, y entonces otra vez: ahora, ir, bajar, bajar aprisa, ahora, ahora… y me vuelvo ya casi loco con ese pensar una cosa y otra, con ese incesante voyonovoy… es correcto, o no es correcto… y pienso: ¡ahora!, y ¡ahora!, y así se pasa una hora, y me digo, sin embargo, el profesor estará posiblemente ocupado con su Morfología… realmente estaba usted ahora precisamente ocupado con su Morfología, digo, dice Konrad, y al mismo tiempo, sin embargo, demasiado fatigado… Está usted demasiado fatigado, digo… ¡y muy ocupado!, digo, y voy al escritorio y veo que el profesor se ha estado ocupando de su Morfología… mientras yo, durante toda una hora, pensaba, voy a casa del profesor o no… Sí, digo, si molesto… dígame usted que molesto… que, naturalmente, molesto… dígame usted, si molesto, que molesto… que, naturalmente, molesto, le molesto ya todo el tiempo, digo, dice Konrad, que todos estos años le molesto… todos estos años que llevo viviendo con usted en esta casa… ¡soy un personaje molesto!... pero ya ve, digo, dice Konrad, espero dos horas, espero cuatro horas, seis horas, ocho horas… y no bajo a su casa… esperas tanto tiempo y entonces no bajas a casa del profesor, digo… y naturalmente bajo y golpeo en su puerta, golpeo muchísimo tiempo hasta que usted abre y me deja entrar… y me deja ir de un lado a otro por su cuarto, para que lentamente me tranquilice… y me tranquilizo, digo, y digo: posiblemente avanzaré esta noche un trecho en mi estudio, aunque sólo sea el trecho más corto… Posiblemente, digo, pero me digo eso día tras día, me digo día tras día, hoy, cuando el profesor vuelva a casa, bajarás a su casa y andarás por su cuarto de un lado a otro y entonces volverás a tu cuarto y empezarás a escribir el estudio… eso me digo, como sabe usted, dice Konrad, también hoy, ahora, y que ahora, me digo siempre, ahora empezaré a escribir el estudio… y al profesor le digo, dice Konrad, si por lo menos no le hubiera molestado... si no supiera yo, digo, que fácilmente se molesta a las personas, a una persona que necesita tranquilidad, a una persona como usted, profesor, a una persona como yo, profesor... a la que, cuando sin embargo sólo quiere estar sola, se la molesta... pero a diferencia de mí, le digo al profesor, que no puedo ya estar solo, usted quiere, y lo curioso es que, con ello, se ha hecho ya tan viejo, estar solo, porque naturalmente tiene usted que estar solo... y la verdad es que siempre me dice, cuando vengo a su casa, digo, dice Konrad, que quiere estar solo, que tiene que estar solo, incluso cuando no lo dice, incluso cuando no lo está... incluso cuando no dice nada oigo cómo dice quiero estar solo... mi querido profesor, digo, ahora me voy a mi cuarto, me he tranquilizado y: es exclusivamente mérito suyo que me haya tranquilizado... pero probablemente tampoco usted me podrá tranquilizar ya pronto, lo mismo que mi mujer no me puede tranquilizar ya, nadie, nada, digo... le doy las gracias, le doy las gracias, digo, y voy hacia la puerta, y el profesor me abre, y yo digo, no quería, la verdad es que no quería molestarlo, querido profesor, no quería molestarlo, no quería molestarlo y me doy la vuelta y oigo que el profesor vuelve a su cuarto... llego sorprendentemente deprisa a mi cuarto, pienso, y me siento al escritorio y empiezo a escribir, pero no puedo escribir... creo que tengo que poder escribir, pero no puedo... y me levanto y voy por mi cuarto de un lado a otro, arriba y abajo, lo mismo que también aquí, en la Calera, voy por mi cuarto de un lado a otro y arriba y abajo... una infeliz predisposición me hace ir toda la noche por mi cuarto de un lado a otro y arriba y abajo... toda la noche y, por la mañana temprano y mientras el profesor hace ya tiempo que se ha ido otra vez, sigo yendo de un lado a otro y tengo miedo de ese ir de un lado a otro, lo mismo que entonces lo temo hoy también, lo mismo que entonces en Bruselas temo hoy todavía en la Calera ese ir de un lado a otro y voy de un lado a otro y espero y pienso, espero y voy y voy y voy... y voy... (...)
**
La calera (novela, 1970), Alianza Editorial, 1984
Traducción: Miguel Sáenz
lunes, 22 de junio de 2009
Fragmento de una entrevista a
THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)
—“¿Tiene necesidad de silencio para escribir?”
—“De hecho, puedo escribir en cualquier parte, cuando llega el momento. Hasta puedo escribir en medio de la gente, con un ruido espantoso, cuando las cosas están a punto, y cuando las cosas no están a punto, el silencio puede ser tan grande, tan ideal como se quiera pero no marcha. No hay lugar preciso ideal.”
—“Qué hace cuando no puede escribir?”
—“Es espantoso, absolutamente espantoso. Pero finalmente uno se enamora de eso también, puesto que se sabe que hay primero muchos meses de horror. (...) Lo que nos mantiene es la tensión. Mientras se soporta no escribir, no se está obligado a hacerlo. Rilke dice que no se tiene derecho sino cuando se está obligado. De hecho no se está obligado a nada, se está obligado a ir hasta el fin, y ni siquiera eso”.(...)
Yo: “¿Cómo llegó a la primera publicación?”
Bernhard: “Eran poemas. Porque escribía muchos y me figuraba que eran mejores que los de Rilke, Trakl y los de todo el mundo. Se los llevé a Otto Müller. Se sentó, eligió algunos y efectivamente aparecieron. Era 1956. En esa época yo era muy ambicioso, muy pretencioso, y todo eso. Después, cuando se ha llegado, se ve que eso no es nada en absoluto. En el momento es como el sentimiento de subir a una cima. Pero cuando se está arriba se percibe que eso no tiene fin. A fin de cuentas, no es nada en absoluto. (...)
—“¿Ha intentado suicidarse alguna vez?”
—“Cuando era niño quise ahorcarme, pero la cuerda cedió. Tenía siete u ocho años. Después, me maldijeron diciendo que era un niño exaltado que quería hacerse el interesante atrayendo la desgracia sobre la familia”.
—“¿Siempre piensa en suicidarse?”
—“Es un pensamiento que siempre está allí. Pero no, por lo menos en este momento”.
—“¿Por qué?”
—“Creo que por curiosidad, por pura curiosidad. Sólo la curiosidad, creo, me mantiene con vida.”
—“¿Cómo es eso? Otros ni siquiera son curiosos y viven sin embargo”.
—“Pero yo no estoy contra la vida”.
—“Hay quienes, en embargo, consideran sus libros como una incitación al suicidio”.
—“Sí, pero nadie me sigue. Hace quince días encontré de pronto delante de mi ventana a una mujer que me dijo que era necesario que me hablara. Dijo: Antes de que sea tarde. Le dije: ¿Usted se quiere suicidar? Me dijo: No, pero usted sí. Le dije: Vuelva a su casa. Dijo no, es necesario que entre en su casa. Le dije no, es imposible, me voy a acostar en seguida. Dijo: No tenga miedo, tengo ya un marido, no tengo intención de ir a la cama con usted... Todo esto pasaba con la ventana abierta y cuando la quise cerrar, metió el dedo entre los batientes. Le dije: le aplasto el dedo. Entonces lo retiró, cerré la ventana y me recosté. Un rato después miré para afuera, estaba todavía en el patio. Se fue en un momento cualquiera y me mandó una carta diciendo que el día tal, a la hora veinte, en el cementerio junto al portal de la derecha, me esperaría. Pero ese día no estaba yo en casa. Entonces me escribió otra carta, de dieciséis páginas, donde contaba su vida. Quería probablemente suicidarse conmigo en el cementerio.” (...)
Yo: “¿Se ríe también cuando está solo?”
—“Me ha ocurrido reír solo, pero muy raramente. No importa qué situación, puede ser la mía propia, cuando algo me parece repentinamente ridículo”.
—“¿Aun de su desesperación?”
—“Sí, también”.
(...)
—“Cuando se reflexiona demasiado todo termina por parecer idiota. Si reflexiono primero en lo que voy a escribir y me ocupo de eso demasiado tiempo, no escribo nada”.
Yo: “Sigo asombrándome de que sea tan productivo ya que es consciente de lo absurdo de la escritura. Escribe sobre lo absurdo de la vida y vive. Casi se podría creer que es una deshonestidad”.
—“Aunque fuese una deshonestidad, la cosa no cambiaría nada. El nombre que se le dé no importa en absoluto. No se sabe nunca cómo nacen las cosas realmente. Uno se sienta, es todo, y es un esfuerzo que sobrepasa nuestra capacidad y después, un día, está terminado. (...) Ni la razón ni nada que se parezca al intelecto impiden hacerlo. Se lo hace o no se lo hace, es todo.”
Yo: “¿Puede imaginarse en un estado de ánimo en el que perdiera el control de sí mismo?”
—“No, no lo pierdo nunca. Pero eso no significa nada. ¿Qué quiere oír?”
—“Que no se suicidará”.
—“Nada ni nadie está a salvo de ello (...). Existen sistemas fantásticos en los que se cree que se ha erigido algo definitivo y enorme, y un instante después, ya no queda nada de ello. Una construcción de cemento no es sino un castillo de naipes. Basta que llegue la ráfaga precisa. (...) No puedo imaginar que alguien se suicide en un estado en que se observa a sí mismo, si se supone naturalmente que no crea en una vida después de la muerte. ¿Un verdadero ateo no se ha dado muerte nunca delante de un espejo?”
Yo: ...
Bernhard: (...) No hay nada que no pueda imaginarse, porque cada hombre es perfectamente diferente. No hay tampoco filosofía que sea válida, que valga para ningún otro que para aquel que la hizo. (...) Las verdades cambian constantemente, además, en el interior mismo de la persona. El hombre vive absolutamente por nada o por todo. (...) Cada segundo es un punto de partida. Se está siempre en la situación primera, sólo que hoy existe el nailon, pero ¿qué son estas cosas? Camisas de fuerza que la humanidad se inventa para tener una vez más de qué escapar”.
Yo: “Su característica personal, escribe en la autobiografía, es la indiferencia”.
Bernhard: No es posible decir eso, así como así. Nada me es indiferente, pero es necesario que todo me sea indiferente. De otro modo la cosa no podría continuar. Es la única frase que sobre ello puedo pronunciar.
Yo: “La frase ‘quiero estar solo’ ¿es todavía verdadera?”.
—No tengo otra solución que la soledad para llegar al fin de mis días. La proximidad me mata. Pero no debo quejarme. La culpa de todo está en uno”.
Yo: “¿Existe algo que pueda eventualmente reemplazar la escritura?”
—“Nada puede ser nunca reemplazado”.
—“¿Qué haría si un día no tuviera más ideas?”
—“Esa clase de preguntas no conducen a nada. Como si le preguntara a una cantante que haría si no tuviese más voz. ¿Qué debería responder? ¿Qué cantaría aires mudos? De todos modos, cada vez que se escribe algo se cree que se acabó, que no se puede y que no se quiere más. Pero ninguna otra cosa me interesa.”
—“¿Y si encontrara mañana el gran amor?”
—“No podría impedirlo”.
---
Entrevista de André Müller (1979) –extraído de Thomas Bernhard, Tinieblas (Barcelona, 1987).***
Un fragmento de
Maestros antiguos
(.../...)
Durante esas seis semanas de encierro sólo sostuve algunas conversaciones telefónicas con el administrador de mis bienes y leí a Schopenhauer, eso me salvó probablemente, así Reger, aunque no estoy seguro de si es acertado haberme salvado, probablemente, así Reger, hubiera sido mejor no haberme salvado, haberme matado. Pero la verdad es que sólo el hecho de que, en relación con el entierro, hubiera tenido que hacer tantas gestiones, no me dejó tiempo para matarme. Si no nos matamos enseguida, la verdad es que no nos matamos ya, eso es lo espantoso. Tenemos el deseo de estar muertos exactamente como nuestro ser querido, pero sin embargo no nos matamos, pensamos en ello, pero no lo hacemos, dijo Reger. Curiosamente, en esas seis semanas no soportaba ninguna clase de música, ni una sola vez me senté al piano, una vez, con el pensamiento, hice un intento con un pasaje de El clave bien temperado, pero renuncié inmediatamente a ese intento, no fue la música lo que me salvó en esas seis semanas, fue Schopenhauer, una y otra vez unas líneas de Schopenhauer, así Reger. Tampoco fue Nietzsche, sólo Schopenhauer. Me sentaba en la cama y leía unas líneas de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas y volvía a leer unas frases de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas, así Reger. Después de cuatro días de sólo beber agua y leer a Schopenhauer, comí por primera vez un pedazo de pan, que estaba tan duro que tuve que cortarlo de la hogaza con un hacha de cortar carne. Me senté en el taburete de la ventana del lado de la Singerstrasse, ese espantoso asiento de Loos, y miré abajo a la Singerstrasse. Figúrese, finales de mayo y había una ventisca de nieve, dijo. Me espantaban los hombres. Los contemplaba desde el piso, allí abajo en la Singerstrasse, yendo de un lado a otro, bien forrados de prendas de vestir y de comestibles, y me daban asco. Pensé, no quiero volver con esos hombres, no con esos hombres y al fin y al cabo no hay otros, así Reger. Mientras miraba abajo a la Singerstrasse tuve conciencia de que no había otros hombres que los que iban de un lado a otro allí abajo en la Singerstrasse. Miraba abajo a la Singerstrasse y aborrecía a aquellos hombres y pensaba, no quiero volver con esos hombres, así Reger. A esa bajeza y esa mezquindad no quiero volver, me dije, así Reger. Saqué varios cajones de varias cómodas y miré en ellos y cogí una y otra vez fotografías y escritos y correspondencia de mi mujer y los fui poniendo sobre la mesa y lo fui mirando poco a poco todo, mi querido Atzbacher, como soy sincero, tengo que decir que mientras tanto lloraba. De pronto dejé libre curso a mis lágrimas, hacía decenios que no lloraba y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, así Reger. Estaba allí sentado y daba curso libre a mis lágrimas y lloraba y lloraba y lloraba, así Reger. Durante años no había llorado, no desde mi infancia, y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, me dijo Reger en el Ambassador. Al fin y al cabo no tengo nada que esconder ni nada que callar, dijo, a mis ochenta y dos años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar, dijo Reger, y por lo tanto tampoco tengo que callar que, de repente, lloré a lágrima viva y una y otra vez lloré a lágrima viva, durante días enteros lloré a lágrima viva, así Reger. Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la filosofía, la literatura elevada y más elevada y elevadísimo, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuántas cosas hemos hecho a ese único ser querido, dijo Reger, en cuántos miles y cientos de miles de sufrimientos hemos precipitado a ese ser al que, más que a cualquier otro, hemos querido, cómo hemos atormentado a ese ser y, sin embargo, lo hemos querido más que a cualquier otro, dijo Reger. Cuando el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en los que un día nos asfixiaremos, dijo Reger. Todos esos libros y escritos que he reunido durante mi vida y que he llevado a mi piso de la Singerstrasse, para abarrotar todas esas estanterías, no me habían servido al final de nada, mi mujer me había dejado solo y todos esos libros y escritos eran ridículos. Creemos que podemos aferrarnos entonces a Shakespeare o a Kant, pero es un error. Shakespeare y Kant y todos los demás que hemos levantado en el curso de nuestra vida como lo que llamamos Grandes nos dejan en la estacada precisamente en el momento en que los hubiéramos necesitado tanto, así Reger, no son ninguna solución para nosotros ni son para nosotros ningún consuelo, de repente sólo nos resultan repugnantes y extraños, todo lo que esos, así llamados, Grandes e Importantes, pensaron y por añadidura escribieron nos deja fríos, así Reger. Creemos siempre que podemos confiar en esos, así llamados, Importantes y Grandes, lo que sean, en el momento decisivo, es decir, en el momento decisivo para nuestras vidas, pero es un error, precisamente en el momento decisivo para nuestras vidas todos esos Importantes y Grandes y, como suele decirse, Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a nosotros mismos en un sentido totalmente horrible, así Reger. única y exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él para mi objetivo de sobrevivir, así Reger a mí en el Ambassador. Si todos los otros, incluidos por ejemplo Goethe, Shakespeare, Kant, me repugnaban, me precipité sencillamente sobre Schopenhauer en mi desesperación y me senté con Schopenhauer en el taburete del lado de la Singerstrasse para poder sobrevivir, porque la verdad es que de repente quería sobrevivir y no morir, no seguir a mi mujer en la muerte sino quedarme ahí, permanecer en el mundo, me oye, Atzbacher, así Reger en el Ambassador. Pero naturalmente sólo tuve con Schopenhauer una oportunidad de sobrevivir porque abusé de él para mi objetivos y lo falsifiqué realmente de la forma más innoble, así Reger, al convertirlo sencillamente en un medicamento de supervivencia, lo que en realidad no es en absoluto, lo mismo que tampoco los otros que ya he nombrado. Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los, así llamados, Maestros Antiguos, así Reger, y nos vemos luego mortalmente decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo. Atesoramos los Grandes Ingenios y los Maestros Antiguos y creemos que podremos luego, en el momento decisivo de supervivencia, usarlos para nuestros fines, lo que no quiere decir otra cosa que abusar de ellos para nuestros fines, lo que resulta ser un error mortal. Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos, así Reger. El hombre atesora en todos los campos durante toda la vida y al final se encuentra vacío, así Reger, también en lo que se refiere a su patrimonio espiritual. Qué monstruoso patrimonio espiritual he atesorado, así Reger en el Ambassador, y al final me encuentro totalmente vacío.
(.../...)
Maestros antiguos, Ed. Alianza.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
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No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char