SYLVIA PLATH
((Boston, Massachusetts, EE.UU., 1932-Londres, Inglaterra, 1963)
PAPI
Ya no, ya no,
ya no me sirves, zapato negro,
en el cual he vivido como un pie
durante treinta años, pobre y blanca,
sin atreverme apenas a respirar o hacer achís.
Papi: he tenido que matarte.
Te moriste antes de que me diera tiempo…
Pesado como el mármol, bolsa llena de Dios,
lívida estatua con un dedo del pie gris,
del tamaño de una foca de San Francisco.
Y la cabeza en el Atlántico extravagante
en que se vierte el verde legumbre sobre el azul
en aguas del hermoso Nauset.
Solía rezar para recuperarte.
Ach, du.
En la lengua alemana, en la localidad polaca
apisonada por el rodillo
de guerras y más guerras.
Pero el nombre del pueblo es corriente.
Mi amigo polaco
dice que hay una o dos docenas.
De modo que nunca supe distinguir dónde
pusiste tu pie, tus raíces:
nunca me pude dirigir a ti.
La lengua se me pegaba a la mandíbula.
Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
apenas lograba hablar:
Creía verte en todos los alemanes.
Y el lenguaje obsceno,
una locomotora, una locomotora
que me apartaba con desdén, como a un judío.
Judío que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como los judíos.
Creo que podría ser judía yo misma.
Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena,
no son ni muy puras ni muy auténticas.
Con mi abuela gitana y mi suerte rara
y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot,
podría ser algo judía.
Siempre te tuve miedo,
con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa
y tu recortado bigote
y tus ojos arios, azul brillante.
Hombre-panzer, hombre-panzer: oh Tú...
No Dios, sino un esvástica
tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso.
Cada mujer adora a un fascista,
con la bota en la cara; el bruto,
el bruto corazón de un bruto como tú.
Estás de pie junto a la pizarra, papi,
en el retrato tuyo que tengo,
un hoyo en la barbilla en lugar de en el pie,
pero no por ello menos diablo, no menos
el hombre negro que
me partió de un mordisco el bonito corazón en dos.
Tenía yo diez años cuando te enterraron.
A los veinte traté de morir
para volver, volver, volver a ti.
Supuse que con los huesos bastaría.
Pero me sacaron de la tumba,
y me recompusieron con pegamento.
Y entonces supe lo que había que hacer.
Saqué de ti un modelo,
un hombre de negro con aire de Meinkampf,
e inclinación al potro y al garrote.
Y dije sí quiero, sí quiero.
De modo, papi, que por fin he terminado.
El teléfono negro está desconectado de raíz,
las voces no logran que críe lombrices.
Si ya he matado a un hombre, que sean dos:
el vampiro que dijo ser tú
y me estuvo bebiendo la sangre durante un año,
siete años, si quieres saberlo.
Ya puedes descansar, papi.
Hay una estaca en tu negro y grasiento corazón,
y a la gente del pueblo nunca le gustaste.
Bailan y patalean encima de ti.
Siempre supieron que eras tú.
Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada.
***
Límite
La mujer ha llegado a la perfección.
Su cuerpo
Muerto viste la sonrisa de la realización,
La ilusión de una necesidad griega
Fluye de los pergaminos de su toga,
Sus pies
Desnudos parecen decir:
Hemos llegado demasiado lejos, se terminó.
Cada niño muerto enroscado, blancas serpientes,
Uno a cada jarrita
De leche, ahora vacía.
Los ha plegado
De nuevo hacia su cuerpo, así como los pétalos
De una rosa cerrada cuando el jardín
Se fortalece y los perfumes sangran
De las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
Mirando fijamente desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.
Versión: Agustina Jojart
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miércoles, 22 de enero de 2014
martes, 8 de diciembre de 2009
Palabras secas y sin jinetes
Algunos pocos poemas de Sylvia Plath
(EE.UU., 1932-1963)
PALABRAS
Hachas después de cuyos golpes los sonidos del bosque
Y los ecos!
Ecos viajando
Lejos del centro como caballos.
La savia
Derramándose como lágrimas, como el
Agua al esforzarse
Por reestablecer su espejo
Sobre la roca.
La que chorrea y cambia
Su calavera blanca,
Comida por las verdes cizañas.
Años después
Las encontré en el camino.
Palabras secas y sin jinetes
De infatigables y ligeros-cascos
Cuando
Desde el fondo del estanque, las fijas estrellas
Gobiernan una vida.
(Versión de Raúl Racedo)
***
AMAPOLAS EN JULIO
Pequeñas amapolas, pequeñas flamas del infierno
¿No están heridas?
Están vacilantes. No puedo tocarlas.
Puse mis manos en medio de las flamas. De ningún modo quemaron.
Y esto me dejo exhausta para vigilarlas.
Vacilando como aquellas–arrugada y rojo clara–como la piel de una boca.
como una boca
una boca ensangrentada.
¡Pequeña pollera sangrienta!
Ahí esta el vapor que no puedo tocar.
¿Dónde están tus opiáceos, tus nauseosas cápsulas?
¡Si pudiese sangrar o dormir!
Si mi boca pudiese casarse con una herida como ésta.
O con tus licores escurriéndose hacia mí, en esta cápsula de vidrio
Apagada y silenciosa
Pero descolorida. Descolorida.
(Versión de Raúl Racedo)
***
Tres mujeres
Decorado: un hospital de maternidad y sus alrededores
PRIMERA VOZ:
Soy lenta como la Tierra. Soy muy paciente,
Cumplo mi ciclo, soles y estrellas
Me miran con atención.
El celo de la luna es más personal:
Pasa y vuelve a pasar, luminosa como
una enfermera. ¿Lamenta ella lo que me va a suceder?
No lo sé. Está simplemente asombrada
ante la fecundidad.
Cuando salgo, soy un gran suceso. No tengo necesidad de pensar
o de prepararme. Lo que sucede en mí tendrá lugar
de todos modos.
El faisán se yergue sobre la colina:
Se alisa las plumas pardas.
Sonrío a mi pesar a todo lo que conozco.
Hojas y pétalos me acompañan.
Estoy lista.
SEGUNDA VOZ:
Cuando la vi por vez primera,
esta pequeña hemorragia, no lo creí.
Veía a los hombres andar a mi alrededor,
en la oficina.
¡Estaban tan tranquilos!
Algo había de cartón en ellos,
después comprendí
Esta banalidad tan vacía, la que engendra
las ideas, las destrucciones,
Los buldozers, las guillotinas, las habitaciones
blancas llenas
De aullidos. Y las abstracciones. Estos
arcángeles fríos.
Yo estaba sentada ante mi máquina de escribir,
en sastre y tacones altos,
Cuando el hombre para el que trabajo me dijo
sonriente: “¿Vio un fantasma?
De pronto está usted tan pálida”. No dije nada.
No alcanzaba a creer. ¿Es que es tan
difícil
Para el espíritu concebir una cara, una
boca?
Los pedidos salen de las teclas
negras y las teclas negras
salen
De mis dedos alfabéticos, ellas ordenan las piezas.
Y aún las piezas, los pabilos, los engranajes,
toda una multiplicidad brillante.
Muero sentada. Pierdo una dimensión.
En mis oídos hay trenes que rugen, salen, salen.
La huella plateada del tiempo se devana en la
distancia,
El cielo blanco se vacía de sus promesas
como un tazón.
Esta resonancia mecánica
producida por mis pies.
Tap, tap, tap, tobillos de acero. Siento
una insuficiencia.
Es una enfermedad que llevo conmigo,
es una muerte.
Una vez más, es una muerte.
¿Es el aire, Las partículas mortales que aspiro? ¿Soy
un pulso
Que se debilita cada vez más ante
el arcángel frío?
¿Es él mi amante?
¿Esta muerte, es ella
otra muerte?
Cuando fui niña, amé un nombre
corroído por el liquen.
¿Sería entonces el único pecado, este viejo amor
muerto de la muerte?
TERCERA VOZ:
Recuerdo el instante en que
realmente lo supe.
Los sauces perdían su calor,
El rostro en el estanque era bello, pero
no era el mío. Tenía un aire importante, como todo
el resto,
Y no veía más que peligros:
palomas, palabras,
Estrellas y lluvias de oro —¡concepciones,
inseminaciones!—
Recuerdo un ala blanca y fría.
Y el gran cisne, con su mirada terrible,
viniendo a mí, como un castillo,
de río crecido.
Hay una serpiente en los cisnes.
Ella resbaló cerca de mí; su ojo contenía un
mensaje sombrío,
Vi el mundo en ella —pequeño, mezquino y
sombrío.
Cada pequeña palabra enganchada a otra,
los actos a los actos.
Algo había brotado de ese día cálido
y azul.
No estaba lista. Las nubes blancas
se precipitaron.
A los cuatro sentidos.
Ellas me descuartizaron.
No estaba lista.
Carecía de respeto.
Creía poder negar las consecuencias.
Pero ya era demasiado tarde.
Era demasiado tarde,
y el rostro se tornó más nítido,
amoroso, como si yo estuviera lista.
**
Traducción de Uriel Martínez
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
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No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char