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viernes, 8 de diciembre de 2017

Los ojos / no encuentran su paisaje

SUSANA VILLALBA
Tomada de espacioculturaloei.org.ar

(Buenos Aires, Argentina, 1957)

IKYU
Le lleva al mundo tiempo
una mano,
una pluma.
Es imposible
atravesar un corazón
si no hay deseo
de matarlo.
Toda la tarde caminó
bajo la lluvia
como una forma de sentir
humanidad.
El tiempo —se dijo—
será esta ceremonia
del té.
Es cosa de los astros
si pueden partir
el mundo en dos
en un segundo.
Es cosa de los otros
sus manos.
No es una huella
que dejará
según mueve la pluma.
Es que esas huellas
de sus dedos
son irrepetibles.
Pero llevan su tiempo
las palabras.
No es el camino
el que dice la distancia,
los ojos
no encuentran su paisaje.
Hubiese preferido tocar
con sus palabras,
él habla
maravillosamente
y es un placer físico
escuchar.
Pero no importa
si las uvas están
a demasiada o poca altura.
Si se moja es que llueve
y es la hora
de preparar el té.
El cuerpo es un pacto
con la forma.
Pero el deseo es la forma
que tiene el corazón
de deshacerse
de su cuerpo.
Como un relámpago
espera
en la línea de la mano.
—¿El amor?
—dijo la bruja—
¿Ir al Tíbet?
Una escritora.
Los sueños son la vida
también.
Tuviste un gran amor.
—Tuve, como quien dice
una enfermedad,
escribí
poemas.
—Palabras
—dijo la bruja—
de un corazón
en círculo de fuego.
Se viste de venado
y se devora.
Una pluma en el barro.
—Cuando los amantes duermen,
amanece.
Las palabras no dan cuenta
de ese espacio
que separa a los cuerpos
en el sueño.
—Los amantes
—dijo la bruja—
no se dan cuenta.
Pero el que sueña
es un camino
como cualquier otro.
Los poemas también
son naturaleza.
Si no tocaste
esa mano no existió
más que en el sueño.
—Pero las uvas
a la altura de mi mano,
acaso
simplemente las describa
—Es una forma
como cualquier otra.
—Pero la espada
y el tiempo
que le lleva al mundo
el cuerpo
que la cabeza lleva atado
como un perro.
Y el guerrero
si amanece
y en su corazón
noche cerrada.
Cantan los pájaros
y habitan la luz
como una flecha
de su propio sentido.
Dar testimonio
de una manera humana
de levantarse,
preparar el té
y escribir.
—Y acaso haber tocado
¿daría cuenta?
—Un puma
ni un venado.
Deseo de beber
un animal completo
o palpitante
en la espesura
del deseo
fugar de un cuerpo
agazapado.
Se pregunta
qué tarea tiene
entre las manos.
Palabras como espada
de dos filos.
El deseo real
como la mano
al tocar
fue tan distinta.
Cada cuerpo
irrepetible.
—El arquero
ni el caballo,
la flecha
no pregunta:
Señor
¿no tuviste suficiente
fe
en mi?
De Caminatas, 1999, La Bohemia Ed.
***
PIEZA INCONCLUSA PARA PIANO MECÁNICO
Entonces? Se debe bendecir frente a la muerte blanca. O negra. Bendita ambigüedad, tu sacrosanta confusión y todas tus razones arbitrarias, te bendigo. Ilusión, objeto del deseo y todo símbolo que vele por nosotros, qué importan las preguntas ya hechas, respondidas, si nada se sabe aunque se sepa leer y aunque nos vuelva a suceder, bendito cada uno que vuelve a preguntarse. Como si fuera el génesis, el hombre primero y la primera mujer que se separan. Bendecir la ingenuidad de tantas horas, los meses pasados en preguntas y ese empeño en ignorar. Hay un momento en que el amor atenta, cobra víctima, se salva con imperfecto adios. Bendigo entonces tu fastidio, tu sálvese quién pueda, tu sagrada barriga y tu temor de dios. Nadie da un salto que supone mortal, gracias al cielo. Que todos sabemos que es abstracto. Benditos entonces el instinto que te aferra a tu piso y mi ignorancia de que tampoco vos sabés lo que conviene. Creo en el padre y en el hijo, en la mujer de Platonov cuando lo saca del río como a un niño que apenas se ha mojado los zapatos. Creo en la conveniencia de que no hubiera crecida. No sé si él lo sabía, qué deseaba su amante, hay cosas que no sé y no importa que sean varias veces sabidas y olvidadas. Bendito sea el olvido. Bendito el amor que nos arroja fuera de nosotros. Bendito el egoísmo que nos separa ante el peligro de ser nosotros mismos de otro modo. Y quién quería a Eurídice. El poema, el ruiseñor y no el enamorado que tiñe la rosa con su sangre. Bendita alquimia del barro que coagula donde puede hacer pie, un ídolo que olvide su náufrago latente. No esperes en la costa, siempre es un resto lo que traen las olas, sólo regresa cada uno a su espejismo y el mío es esperar. Nadie salta sin preguntar lo que le espera. Bendita sea la calma, las frutas ofrecidas y una temperatura ambiente, la templanza con que cada uno se aferra al madero que le ha tocado en suerte. O ha elegido? Ambigüedad, bendita confusión, creer que se ha tenido, creer, pensar que no se puede tener si no se entrega. La vida como un mar que viene y va. La muerte de quién te mataría, creo en la soledad como quien cree que nace en la ilusión de un mundo ya perdido. Entonces? Se debe bendecir cuando se encuentra o se cree ser la pieza que encaja en el mecano con que ha levantado el niño su refugio. O desencaja, bendita tentación de voltear todo, armar otra figura, preguntar. Bendita tempestad que vuelve sin embargo a la idea de zozobra. Sigue a su arrojo un giro repentino hacia la costa. Y quién quería la tierra prometida, un paraíso que volveremos a perder por conocido. No es cierto que supimos, no es verdad que rozamos el árbol, no estaba a nuestro alcance la idea del bien ni la del mal, bendita sea. Bendita entonces tu estulticia y tu arrogancia, tu inocencia que te salva de los cargos y bendita tu ignorancia de los otros. Y la mía.

 De Plegarias. Nueva York, 2002; Buenos Aires, 2004)

viernes, 2 de septiembre de 2016

Mañana, ahora, lo ves en la pantalla

SUSANA VILLALBA
Tomada de youtube.com

(Buenos Aires, Argentina, 1957)



MADERA

En la pasión
el frío llega
a ser fuego.
Hay ese instinto
fatal
de amar en otro
lo que se odia en uno:
el otro
que ha quedado
como una sensación
de cometer distancia.
No hay fuego
sino ese solo fuego
alimentado
como lejos
del propio corazón
que cree en la pasión
todo se funde.
Lo que estaba separado
se vuelve a separar,
calado
en lo calado
a comprobar
que se era
de la alquimia
la resaca. 
El alcohol,
las hojas secas
no son, 
por devorados,
una hoguera.
Sin embargo la llama
no enciende
con todo lo que encuentra
sino con lo que puede transmutar.
Hace falta un lugar 
donde sentirse llegando.
Se recorre un amor 
o se atraviesa. 
Se está
y cada uno habla
de lo que cree
que le pasa. 
Y es que le pasa
porque lo dice. 
O porque lo cree. 
Ese instinto 
de odiar
en otro
lo que se ama
en uno: 
El fuego
es animal 
que no se caza
sino con el vacío.

De Caminatas, 1999.
***
Marea

Esa conspiración en el susurro
cuando nada dicen,
persiste el mar
y la piedra en deshacerse
resistiendo.
Quizá belleza
es esa colisión
eternamente fugaz.
Como el mar el deseo
es movimiento
que comienza donde parece
acabar.
Inútil seducción y sin embargo
la piedra se transforma.
En el amor
se sabe por el cuerpo
el límite del cuerpo.
Esa revelación
que acaba cuando comienza
a hablar.
Como arena arrebatada
por el agua
que toma y abandona
al mismo tiempo.
Querer ir más allá del mar
es el mar.
Ese murmullo que parece responder
es movimiento,
un rugido
como el fracaso siempre de un deseo
es el deseo.
Inútil preguntar la razón
que desconoce un corazón
de agua.
El mar como el sueño
rumorea en la orilla
restos
de la profundidad.
Porque nada dice
dice el mar:
que la verdad es agua
entre las manos
se sabe por tocar.

De Caminatas, 1999.
***
EN LA GASOLINERA
(20 de diciembre de 2001)

No era en la pantalla, era en la esquina, en la puerta, tampoco era una guerra, el huracán ahora sí arrancando una raíz. Que no salía, no hay, no estuvo nunca. El hongo vuelve a crecer en poco tiempo, la falta de pasión que cada uno siente por sí mismo, ningún nombre, lugar, tarea en que mirarse. Ni la tormenta continúa. Una ráfaga, disparos, truenos, cascos de caballos. Y una larga noche en que los fuegos se apagan despacio hasta la nada que crece otra vez. Como si nada. Crece como una pátina grasosa en el día, en los amigos, en un libro, en el cuerpo, en el café. Todo se opaca, todo cansa como el trabajo en lo que se echa a perder a cada paso. Nada cambia en lo que nunca es igual pero pasa, algo, siempre. Estaba ahí.

Estalla y se consume en encenderse, como el fuego. Después lo ves en la pantalla, en soledad otra vez cada uno se ve como un actor que fue de programar lo que no era, tan directamente en vivo que no llegó a escribir lo que será. Se cubrió la ciudad de escombros, de cenizas. Y el moho de la historia repetida.

Una limpieza de año nuevo, de muebles, tirar la agenda, los papeles, cañitas voladoras, jirones de guirnaldas que deja la tormenta. Que salgan los fantasmas, con velas, con puñados de sal en los rincones, con farolitos chinos y luces de bengala, cantos para alejarlos. Y otros fantasmas esperaban detrás de los roperos. Y otros. Siempre. Ni padre ni madre ni verguenza ni música ni hambre ni comida, ya, nada más que que una piedra estallando contra un vidrio. Cada uno una piedra, es decir, ni siquiera triste.

Relámpago de furia y se es también la astilla de vidrio que alguien barre en la mañana, fragmento de la historia sin embargo, una luz en soledad acompañada. La piedra rompe el propio corazón donde otro corazón crece mañana, en pánico aunque habiéndose mirado por fin como alguien que se quiebra. Haberse visto en algo que sucede por su mano. Y espantado ya no recuerda qué desea. Un televisor. Ahora lo ves en la pantalla, pierde la vuelta y ya las sombras ganan antes de terminar el día.

Y si mañana no amanece, si mañana no separa las aguas de la arena, si llueve hasta que nadie nunca más respire más que agua. Como un pez detrás de la ventana girando en el propio olor siempre de sí, de la casa de sí, si es que no pasa a ser un no, una nunca, nada. Todos apostados cada uno en su puerta como si otro, cualquiera pudiera arrasar esa cajita musical donde juntaste un poco de tu nombre, es decir tus camisas, tus ollas, las fotos de cada navidad. Y antes que el día de año nuevo comenzara estabas siempre comenzando otra vez. Y otra vez a deambular en busca de un lugar donde dormir por una vez hasta mañana, como si cada noche no fuera un barco que se mueve demasiado porque no sabe a dónde va.

Las luces se prenden y se apagan, se prenden y se apagan en ventanas, dinteles, balcones. Al día siguiente un sol espléndido llama hacia su espejo imposible de mirar, esa soberbia festival mientras se hunde en el ocaso te anuncia que sólo tu mirada lo pierde sin que pierda realmente su lugar. Te vas moviendo hacia el oeste, iluminás la noche para fijarla en forma de ventana, es decir lo que en el mundo hace a tu cuerpo ahí, de la vereda para acá. Acá tu radio, tu lámpara encendida, cada cosa siempre en su lugar, o sea vos.

No es sólo tu infancia sino el mundo, tu mundo, tu barrio antiguamente mirando levantarse esos ladrillos señoriales, una cúpula, un cóndor planeando en una noche que después cayó sobre nosotros. Si nunca había nacido. Las marcas de la infancia, un auto Unión y al doblar el murallón de Canale se llegaba siempre a casa.

No se sabe qué se mueve, si afuera o adentro, no lográs quedarte en algún sitio. Una cubierta anuncia esta parada, Firestone, gomas quemadas, piedras. Este café bajo el cruce de todos los ramales de autopista, en el ojo centrífugo, en esa confluencia de diez puentes con una perfección de giros y niveles y luces que hacen de la ciudad un transatlántico, un árbol de navidad. Miles de luces blancas, rojas, en carriles que imaginan salir hacia algo más que la salida. Exit. Fast food dice un anuncio que se prende y apaga. El río está en alguna parte, se siente en las flores de aromo que llegaron con la lluvia. Una pista parece cortar en dos la catedral y el cartel de Dunlop. El olor de la nafta, de los tambores de gasoil que usó la barricada.

Pedís un café como quien pide que el mundo vuelva a dibujarse, tibio, familiar. El minimarket ofrece peluches, relojes, shampoo, pegamento, internet. Pedís un amuleto, pedís cigarrillos, pedís que el corazón encuentre una cara, una revista, cualquier cosa que parezca aunque falsa intimidad entre algo y algo de vos, mirás en el vidrio estallado, astillado pero ahí, sin caer. Algo blindado entre las mesas, la gente, los autos, todo se mueve y no, como una pista de baile con luz negra, todo enciende y apaga como el nombre del café, como en el vidrio un interior que parece estar afuera, alrededor sólo se ve adentro reflejado. Sentís que el único lugar es este tiempo.

Mañana se verá. De cualquier modo la gente se levanta, se recupera en la playa de estacionamiento, la noche de tomar el cielo por asalto. Estaba lejos. Estaba solo. Estaba vacío. Había que pintarle un sol, una casita. Papá, mámá, no es que no me acuerdo, es que me siento siempre ante un papel en blanco. Escribo que no sé si lo que veo es lo que desde afuera no se ve.

Los buitres ya planeaban sobre basura quemada en cada esquina. Pero eso fue anoche. Mañana, ahora, lo ves en la pantalla. Todo lugar tiene su sombra y no sabés dónde ponerte. Siempre dudás si lo que ven los otros es y no te conocés porque te ven sino porque mirás a todos lados desde ninguna parte del dibujo. En expulsar hay algo de parir, partirse un padre al que reclaman que no prestó atención. Pero la ausencia es una acción, nunca los tuvo. Nadie. Ya no se sabe quién ya no se ocupa del mundo, quién los deja una vez más. Y se abandonan. Otra vez.

En el puente peatonal un enorme Scalextric te pasa por encima, por debajo, los autos giran a la altura de tus ojos, carros hidrantes, ambulancias, una multitud ahora dispersa camina hacia el río por la avenida más ancha y más triste del mundo. En un guardrail una pintada pide un dios a imagen y semejanza de estos días.


(de “Plegarias”, New York, 2002; Bs.As., 2004)

lunes, 12 de mayo de 2014

Con la paciencia de quien no espera nada

SUSANA VILLALBA

(Buenos Aires, Argentina, 1957)

SEÑAS PARTICULARES NINGUNA

Acérquese,
sí, usted,
no tanto,
siéntese junto a la ventana,
encontramos cenizas en ese sillón,
usted fuma.
Se acercará después,
observe la posición,
la ropa quemada
por la distancia corta
y no hay huellas de arrastre.
En el cuerpo de la víctima
se encuentra a su asesino,
cuando se ilumina la carne,
bajo la corrupción
se revela el verbo.
Si encontramos veneno,
99 en 100
lo suministra una mujer,
con menos frecuencia
elige arma blanca;
con arma de fuego
nunca dispara a la cabeza.
7 de cada 9 tienen coartada
aun sin estrategia,
la mujer vive
para la salvación.
Su rencor es minucioso
y lento,
su percepción de los detalles
asombrosa.
Observemos la escena,
no tropieza,
no deja nada fuera de lugar
y si rompe todo
analicemos qué
testigos muertos.
No,
no mire por la ventana,
ella esperó
con la paciencia de quien no espera
nada.
Recorre el lugar,
busca pruebas
de amor propio
que la alejen de aquí;
sólo la retiene saber
que si se fuera volvería.
Tenemos que acabar,
acérquese.
Tranquilícese,
tenemos tiempo.
Escribió una carta,
las mujeres creen en las palabras
a tal punto
que siempre falta otra palabra.
Por eso rompe el papel,
no, así no,
guardó los pedazos en su cartera,
recuerde que no encontramos cartas.
¿Está nerviosa?
Cualquier cosa que haga
será irreparable.
Ya lo ha sido.
¿Por qué no va a su casa
y duerme un poco?
Ya no podría dormir,
imaginaría una y otra vez
una pequeña corrección.
Y quién sabe, después de un sueño
nos traería la solución.
Las mujeres aún creen en Cristo
como en alguien que venga
y no que ha sido,
alguien que convierta
el vino del sacrificio
en un gesto.
Querida, nos perdimos,
¿dónde guardaría un hombre
el whisky?
junto a los compacts,
cerca del sillón.
Cómo vivía es importante
en relación con el momento
de la muerte
pero el vehículo de información
no es el contenido.
Bebiendo se encontrarían
en un lugar neutral
de la pasión.
El alcohol, en realidad,
enfría,
todo es igualmente estúpido.
Sí, en ese momento dijo estúpido,
sentada en el piso
mirando discos.
Si nunca compartieron esa música
ni tantas otras cosas.
Corazón,
no le pido que se emborrache,
yo no le pido nada.
Pero usted puede entenderla
¿está furiosa?
de acuerdo, confundida.
¿Y ahora?
¿Suena el teléfono?
Ella no atiende
pero escucha a través del contestador,
alguien cuelga.
No, no se ría,
tenemos registrados
los últimos mensajes,
la realidad siempre es más tonta
de lo que se cree.
¿Por eso rompió el vaso?
¿Por qué no recogió los vidrios?
Suena la llave
en la cerradura,
yo entro, le pregunto:
¿cómo entraste?
hay que interrogar al portero
¿tomaron nota de todo?
Ella se arrepiente
de haber roto la carta
¿no?
tiene razón,
ahora están frente a frente.
Míreme,
faltan diez minutos
¿qué podemos hacer?
Me sirvo un whisky,
pongo un tema
como si viniera pensándolo
antes de entrar.
Ahora sí, saque el arma,
diga: un último mensaje
¿duda?
apúnteme.
No, así no.
Como si el mundo fuese opaco
y a la vez demasiado
estridente,
se siente anestesiada
y ansiosa al mismo tiempo.
Pero usted espera algo.
Y yo cometo un error,
un gesto
¿de?
desproporción.
Acérquese,
yo arqueo las cejas,
usted dice
- siempre dicen algo -
que el malentendido nos una,
es lo único que tenemos.
Siempre se espera un poco,
faltan...
¿ése fue el gesto, dice usted?
Ahora apunte
como para disparar aquí.
No, así no,
recuerde:
usted me ama
y de todas maneras
me pierde.
Dispare.
No importa que usted lo sepa,
ella también, de otro modo,
siempre se sabe:
el cadáver
tendrá la última palabra.
***
LA OCCISA

Si pudiera volver
la cabeza.
Los ojos, sí
los ojos permanecen
pero yo permanezco
inmóvil
como siempre y sin embargo
ya no importa.
Existe un paraíso
del cuerpo
prometían los ojos,
infierno de saliva
arrasando palabras,
pensamiento, ser
desde adentro
hacia afuera un fuego
líquido y afuera
sólo tacto
de mí.
Y ahora que la bala penetra
una real calcinación,
me atraviesa: esa mirada
es una trampa
y ya no importa,
fluye,
el deseo es un río,
le dije,
no detengas su curso.
Todo es líquido,
el aire como bruma pegajosa
en la garganta,
los sonidos,
no veo, me derramo
hacia adentro,
agua estancada
lo que fue pólvora viva,
volumen sanguíneo en las vísceras
conscientes ahora de sus ritmos
ralentados,
humores venenosos del alma
que también es un cuerpo
eléctrico.
Un fluido
que al mirar capturaba en un punto
de impacto.
Nunca fui el cazador
siendo rapaz como el deseo
es como el viento
que no sabe qué arrastra,
qué doblega,
por qué aleja al acercarse,
por qué le da una dirección
lo que resiste.
Algo, una baba,
una pluma venida del espacio
toma forma,
toma desde dentro
un cuerpo que pueda tomar cuerpos,
una ciudad de poseídos.
El verdadero horror
en las películas
es que siempre comienza
la misma situación,
cuando cierra la puerta
y suspira
se rompe la ventana
y vuelve a correr.
Sólo hay dos en esa cinta
de Moebius
y ya no sabe quién perseguía
a quién.
No importa,
ya no puedo moverme
y hemos vencido
los dos.
Hemos perdido
lo áspero,
los vientres pegados de sudor,
la radio,
una lámpara en invierno,
acariciar los libros,
las manos se deshacen como papel viejo,
he perdido
la textura de tu espalda,
el árbol,
cicatrices.
Sin embargo siento el agua
alrededor,
me estoy hundiendo
suavemente.
Acaso imagino una lluvia
que no llega a mi oído,
no es que caigo, voy perdiendo
sentido.
Ya no veré el acero,
el mar ni una estación de tren
abandonada.
Me condenaste al tedio,
a la nostalgia monocorde
por alguien que no está:
mi propio cuerpo.
Solitaria
eternamente sabiéndome
invisible
aun para mí misma.
No importa,
ya no puedo pensar
ni imaginar lo que no sé
cómo será
y cuando suceda, como siempre,
ya no tendrá importancia
entender.
Es un río,
dejémonos llevar,
le dije,
a donde sea.
Fue un error, como un viento
diciendo soy un viento,
un giro repentino
de nosotros.
La oscuridad como una piedra
me toma desde dentro,
mi cuerpo es la sombra
de una piedra
y todavía tiembla
un centro
como lava,
una bala que busca salida
y ya no importa,
interesada en el esófago,
un reguero,
una película en que todo estalla
es una bella imagen
que ya no podré ver.
Instantes de oro
y años de polvo
será, como la vida,
la muerte.
Dónde está la luz
cuando se apaga.
Voraz como el deseo
como el fuego no quiere devorar
sino encenderse,
nunca fui el cazador.
Pero que sea yo la víctima
también es un error
o un accidente.
Si desperté pasión
no tuve el mérito del cálculo,
si arrebaté lo ajeno
no tuve el usufructo,
si fui el testigo no supe
con lo visto
más que dar testimonio.
Quizá como el amor, la muerte
como la vida
no sea para siempre.
Será una travesía,
si miro hacia atrás
sus ojos
podrían retenerme.
Sin embargo dispara
contra el viento
como un ciego.
Un individuo en posición
decúbito,
aspecto de masa
cenicienta,
alojada en el canal
la bala ahora es lo que queda
vivo
y este fluir del pensamiento
acaso será siempre
una cámara lenta del disparo.
Un trueno primero,
después el relámpago
reabsorben en una sensación
fulminante de silencio.
También hay una muerte espléndida
que tampoco me tocará en suerte.
No importa.

(de Matar un animal, Caracas, 1995; Buenos Aires, 1997)
***
EL DILUVIO*

Por mi culpa llueve, por mi grandísima sed, por tanto fuego que apagar, porque el vacío es el infierno invoca una materia celeste que lo colme, que ahora lo desborda, desvaría el agua. Estalla y truena. Y en la tierra no suena a derrumbe sino a hueco, lo nunca levantado, concluido, el óxido que no creció en el tiempo sino al nacer en abandono, en la pereza del desmoronamiento original. Un barro de ciudad que no respira, no pudre, no germina, no religa la pegajosa cercanía. Ese fastidio que se seca, se agrieta y cae. Supura lo que resta. Concentra el agua sobre sí como un tropismo a sumergirse, corazón de sed eterna.

Eso que suena a quebrarse, lo que parece azul que se desgarra no es lo que pretendió llegar al cielo. Es el rumor de lo que arrastra por llegar a tiempo con el mundo.

Tropieza, chapotea, se resbala, se adhiere en muchedumbre de pelos pegados a la cara. Si algo faltaba llega el frío. Esa melancolía que es especie, como quien dice aquí nace el hornero, los mojados, los vientos, la tacuara, los que miran pasar un río inmóvil que sin embargo arrastra por su peso.

Pésame dios mío un corazón municipal, la hilera de cajones, el raid, el ascensor, la página borrada igual que una mirada, la bruma del video que zumba como un tiempo de hotel al paso que mañana tampoco voy a dar.

Después, ahora es para siempre. La calle un río, los techos no se ven, el aire es agua, la ventana da a un cielo de agua. Al fin es todo el fin de una vez, definitivamente gris. Nada más que anegamiento, una saturación. Hasta que vuelva a aparecer una raza disputando la foto en una nota de color. El miedo al reptil, dice Animal Planet, es a nuestro pasado pisado el agua, caminado. Respirando por pasillos y trámites bancarios de neón en corredor inmobiliario.

Confieso no haber sabido derivados, nada estaba en su lugar, cada cuenta no daba, saldaba por mi culpa, por mi grandísima ignorancia remitía, sangraba por su margen, drenaba en acueductos. Confieso la fatiga de un lento alud horizontal.
Confieso vivir en una calle de adoquines con casa de regalos, almacén, tapicería, deambular en agua turbia, recuerdos que se empastan en una alcantarilla en remolino de papel. Pesa mirar el resto acumulado, nada se pierde, se transforma en la espuma grumosa de llantas y lavarropas arrumbados.

Me arrepiento del musgo, del reflejo en la pared, de los gatos durmiendo en guardabarros, de la botella rota, filo pulido en el run run, en un pulmón de arena. Me arrepiento del asma, de las piedras, de las gaviotas rebuscando en la basura, de su lengua chillona y de las hojas
de otoño sobre el zinc. Me arrepiento de hablar y del silencio. Yo pecadora de murmullo confieso la desidia en lo que escurre, obsolescencia, laxitud, la grasa de los días en el vidrio.

Por mi grandísima ausencia de sentido de proporciones con la tierra pido a las nubes una pausa, al cielo luz, al agua aire. El mundo no entra en caja, no da, todo el paisaje no cabe en una inspiración, no tengo nada que decir que no se haya viciado, vaciado en un hastío programático.

Pantallas refractaban en un campo tan feudal, un descarrilamiento de fibra óptica, es demasiado tarde, demasiado pronto, ropa usada de mother, sistema clonado a otro pirata, decimal, decimonónico en su forma de medir lo majestuoso por el modo de caer, como la tempestad.

Confieso que Dios estaba harto de nosotros hartos de no ser más que nosotros. Fue el diluvio. Cayó el cielo como cae un mundo de agua para borrar no la vergüenza de su crimen sino de su evidencia. Hartos del mar, revueltos en la arena, perdida la posibilidad de decidir de qué se es náufrago. Pasillos de hojas, ventanillas, colectivos, sucesiones, nichos, subtes, cajeros automáticos. Estalla una burbuja y surge otra. Los cómplices torpes, los hinchados. Manada de búfalos corriendo
hacia su propia costumbre de correr, hacia el agua hasta que el agua se sature de nosotros.

Fue diluvio, confieso haberlo visto desde un octavo piso, después en el cable, en diferido ahora por la noche confieso no poder dejar de repetirlo, desear que no termine hasta empezar, si la palabra empezar fuera completamente sola. Un virus terminal en el lenguaje hasta que surja alguna novedad. No tengo nada que decir, confieso ser vulgar, contarme historias con la punta de la almohada apretada entre los dedos en medio de la noche que cada noche cae un poco más.

Confieso agazapada la violencia del reptil, su misma frialdad, su límite de barro, el terror si no aparece el sol en todo el día. La tormenta ni siquiera interrumpía alguna idea que no había sobre algo mejor que hacer o no. Y ni siquiera fue el diluvio de verdad. Todo a medias en medio de otra historia en que los tiempos no coinciden. El tiempo del alcohol, el de los viajes, el de una inundación en Laferrere, el tiempo que se tarda, dice el diario, en llegar del Ñunquijo al hospital, solicitan un caballo. Me pregunto el tiempo que tarda en escurrir el palier de planta baja. Me pregunto cómo se ve la lluvia en el medio del mar. Miro los peces en escuadra y ni una sola palabra armó la formación.

Ni un solo pensamiento, todo es agua, la nieve amarilla de los plátanos, el kiosco, el cartel de Interama, la parabólica montada en la autopista. Los autos comienzan a flotar. De pronto me doy cuenta de que el sauce no cayó sino que lo cortaron y el mundo se vacía un poco más. Nada está quieto y nada va ni desemboca ni el río es más que un discurrir sobre los cuerpos en el fondo. Cada naufragio hizo su costa de aguas movedizas y del agua para acá sólo la idea de que somos los que estamos.

Detenidos en el barro. Empantanados en creer que el pensamiento se sostiene bajo el viento. El alma hace en la casa mundo y fuera un barrio volviéndose dibujo impresionista. Borroso por la lluvia el diario de una vida en intersticio en que los tiempos precipitan al cielo a pronunciarse: Si se escribe una ley es porque existe un corazón con dientes de caimán.

Mientras tanto el big bang transmite en vivo, el universo se despliega cuando ya se desintegra en otra parte. La cabeza, la boca, el coletazo del pasado, de mañana la mordida. La noche es una piel que el día va dejando. La noche se estrangula, el vacío se expande como pantalla que se apaga de pronto el mundo termina como empieza, con un corto circuito.

Una tormenta sobre otra, bajo los pies y sobre la cabeza agua como noche. Un tiempo en el costado de la sombra. La vieja historia de llegar cuando apagan las luces, cuando empieza a llover, caer como una vieja película quemada. No es la memoria sino estado de conciencia de ser cuerpo, barro, orilla de un confín, precisamente ahora, siempre. Nunca. No diluye, concentra el momento de nosotros: siempre nunca.

Confieso haber creído que la lluvia se empoza en la mirada. No es el que mira, la lluvia es un lugar que sólo entiende un cuerpo sin término de sitio, un alma sin orilla. Una manera del mundo suspendido refluye en un sentido propio. Y no es nosotros. Y es, en el sentido de que el
agua devuelve la parte que no traga.

Pésame de cada corazón lo que se encharca, los sueños ofendidos, la tierra merecida, la palabra perdida por obra u omisión, pero de todo corazón me pesa el cielo que boquea.

Yo me confieso intrascendente, breve, líquida, revuelta, inconsistente en este ahora y en el agua herrumbre innecesaria, cruz en el mapa de un viaje que siempre está empezando en su final.

*Este poema en prosa fue publicado por primera vez en el volumen Plegarias, editado por Mercedes Roffé, para Pen Press (Nueva York, 2002), y por Valeria Sorin, para La Bohemia (Buenos Aires, 2004).

lunes, 16 de septiembre de 2013

Todavía el otoño es el crujir de hojas

SUSANA VILLALBA
Tomada de www.diarioz.com.ar

(Buenos Aires, Argentina, 1957)

Caprus emissarius 

La longitud de la vida
debe ser tomada
en cuenta,
llevaría 30.000 años
viajar a otra galaxia.
Pero hay un atajo.
La fría luz de un cuerpo
suplementario,
obsidiana como un faro
en el mar de las cenizas.
Crujías de coral,
peces
relámpago como raíces
en el agua.
Dónde está Dios.
Viajaremos,
dejaremos testimonio
de haber sido su sinapsis.
Resonancia magnética
de un deseo
que aún se está expandiendo
mientras se contrae
en su vórtice.
Un saber femenino kinestésico
distinto
al razonar en el espacio
de un ajedrecista.
La elección del sujeto
se hará barrenando
un muestreo,
sabiendo a dónde ir
y cómo
manejar el propio cuerpo
como tótem allí
donde lo creerán monstruoso.
En el espejo perdura
una estrella parida por el aire
y la saliva del fuego.
Hemos sido esa bruma
en la noche del Águila,
un gigante azul
tallado en persistencia
ultravioleta.
Siempre ya fuimos,
amor,
ese huracán de lava lenta
desplegándose
como un giro de verónica
en medio de la nada
y que nunca termina
de caer.
Todavía hay viento,
todavía entran las semillas plumadas
por las ventanas de los trenes
y por la noche baten los postigos.
¿Ves esa ráfaga naranja?
está muriendo hace milenios
de milenios.
El corazón magmático
deja una matriz,
todo condensa
menos lo que dio a luz
el estallido.
Siempre habrá corazones atravesados
por flechas,
es un lenguaje universal,
escribiremos nuestros nombres.
Sin peso sobre el polvo
de lluvia.
Todavía el otoño
es el crujir de hojas,
ladrido de perros,
esta melancolía que goza
una luz tibia.
Sequía de la boca,
arena de la piel,
tormentas demoradas
hasta el esplendor de la agonía
en el crepúsculo.
Todo está aquí.
Enviaremos la cabeza,
después transmitiremos
tronco,
extremidades,
si el deseo es mimético
seremos a la imagen
la semejanza de sus hábitos.
Sabremos quiénes somos
según quiénes seremos.
Quizá fuimos reptiles,
desierto,
gliptodontes.
No mires atrás,
el universo se curva
y a la velocidad de la luz
la cara no existe.
Nostalgia
de las cigarras en verano,
el olor a fruta y las avispas
zumbando en el jardín,
una bicicleta
contra una casa abandonada,
el secreteo a la sombra de los tilos,
luciérnagas
en un frasco,
moscas resucitadas con ceniza.
Todo está aquí,
memoria indescifrable
pero inexorable
a no ser por virus.
Daremos testimonio
y el discurrir dará su veredicto.
Seremos dioses y animales
en el momento de la alianza
que nos dejó afuera,
ni oficiantes
ni víctimas,
testigos
que tampoco se salvaron
de haber visto.
Viajaremos,
predicaremos la palabra
por su revés de azogue
intraducible.
Nunca nos comprendimos
pero hay una leyenda,
volveremos a encontrarnos.
Pintaremos los signos
en el cuerpo,
sembraremos los miembros
en constelaciones.
Somos la historia,
el devenir.
Pero estaremos allí,
en todas partes y en ninguna
nunca
y en todo momento.

jueves, 18 de octubre de 2012

Parecer azorada sabiamente padecer encaje a medio rasgar

Tomada de jesusfelipe.es
SUSANA VILLALBA
(Buenos Aires, Argentina, 1957)

¡Oh, mi mejor amiga y mi prometido!

tienen el agrado el buen gusto de invitar a usted a su menage a trois que se realizará vaya a saber si usted querrá quitarnos el vestido o recoger el guante un desafío contra solteros una liga azul con una rosa el vello púbico un ángel es justo lo que necesitamos bajo el atrio saludarán trompetas de extravío tulipanes y un poco de hasch si usted aporta un escenario casi agónico su andrógino sine qua non que sienta miedo casi tiemble pero sonría de una manera azul el tono de sus ojos y la mejilla translúcida esmeralda recorrerá la espina hasta la cera de sus muslos comience a enrojecer pero no pierda el terciopelo comience a retorcerse como una verdadera cascabel en el tobillo haga sonar la esclava dejarse arrinconar bajo la ducha heno de pravia combinando el flujo rabioso de la savia ambarina el vetiver y la lavanda precisa en su escultura de mayólica la espalda atormentarnos con un pie tallado a una sandalia parecer azorada sabiamente padecer encaje a medio rasgar bretel caído casualmente andar a gatas y estirarse perezosamente un garabato de rouge volverse cada tanto a un contrapunto imaginario amodorrada rodar una cereza dejase trenzar hebra de oro y alelíes con el gesto de la ceja soberbia un ópalo perfecto acostumbrada al cortejo del agua la axila oliendo a nuez moscada un tallo de romero en la boca y luego en otros labios entre amargo y fascinada de tanto olor a esas alturas dominando apenas oro sin sombra de strass el natural aroma de suplicio naciendo del mar con túnica adherida desgarrando el no rebelde en un gemido de auténtica perla que lleva el placer como una piel de nacimiento alrededor de su propio corazón condescendiente brillando al exterior para no arder y porque sí

(de Susy secretos del corazón. Reedición Editorial Ruinas Circulares, octubre 2012)

lunes, 6 de agosto de 2012

Que recorra una espalda sin leerla


SUSANA VILLALBA
(Buenos Aires, Argentina, 1957)


Entrevista y otros poemas



Evaristo Cultural: Para comenzar, dos citas de Matar un animal: “Desenfundar / es una decisión de la mirada” y “Desenfundar al fin / cuando sucede / te deja nuevamente fuera / o dentro, / según cómo lo mires”. ¿Dirías que la poesía tiene la capacidad de desenfundar?
Susana Villalba: Ahora, cuando uno ya está afuera de un poema, es muy difícil volverse a meter en toda la mitología que armó para ese libro. Con lo cual, no sé si ahora ya, Matar un animal es del ’95, no sé si puedo volver a tomar ahora la alegoría del desenfundar. En aquel momento, tenía que ver con que yo veía que la figura del asesino estaba tomando un protagonismo muy raro; fue cuando empezaban los thrillers, los diarios empezaron como a ser muy nutridos con la parte de policiales, como que era muy interesante. Me llamaba la atención eso, y justo leí unos ensayos de Baudrillard, que hablaban de que el asesino estaba siendo como el único héroe, porque era el único que tenía una pasión, una cosa muy rara. Entonces, sí, el libro ese toma un poco eso, toma obviamente las resonancias que quedaron del proceso acá, que había asesinos sueltos por todos lados. Yo por las dudas no quería hacer que la poesía quedara tan pegada al simbolismo de las armas, desenfundar, pero bueno, sacando todo eso, sí, uno podría decir “la poesía es un arma cargada de futuro”. Pienso que el lenguaje es un arma poderosísima, y la poesía lo utiliza en su máxima expresión. Creo que la poesía, por lo menos para mí, para otros es otra cosa, para mí es afilar el lenguaje, utilizarlo de un modo que vuelva a adquirir un peso muy fuerte, y que vuelva a llevarte a otros lugares, que no esté domesticado el lenguaje, eso sería.

Recién hablabas de Matar un animal haciendo un poco de referencia al proceso, una cita tuya dice: “todo es memoria / en perpetuo movimiento”. ¿Qué lugar tiene el olvido en la poesía? ¿De alguna manera escribir es una forma de la memoria? Otra cita: “Nada se agota, simplemente / el cuerpo pierde la memoria / y vuelve a desear”.
Sí, pero no la memoria en la forma común, ¿no? Me parece que la poesía tiene otra forma de memoria, deduzco que es una forma en la cual el tiempo normal no corre cuando estás escribiendo poesía. Me parece que no es una memoria en el sentido de decir “ah, bueno, el pasado, el futuro”. Porque también están en la poesía, a mí me sorprende, cosas que tienen que ver con la memoria colectiva de la humanidad, y que uno las tiene ahí, no sabés ni cómo, las tenés como mitologías en la cabeza, o en las formas del deseo, o…

Una herencia.
Sí, y también formaciones culturales, cómo se fue armando la idea del deseo que se tiene hoy en día, que no era la que yo tenía antes. Eso, creo que uno tiene un montón de capas, de un montón de cosas de eso, no sólo psicológicas, formaciones culturales, mitologías privadas, mitologías sociales, creo que hay un montón de cosas más y éstas, las cosas que más suceden como eso, como el proceso que te queda grabado, me imagino, para siempre en miles de conductas que ni te das cuenta, y las tenés incorporadas, te quedan en el cuerpo, te queda cierta paranoia generacional, un montón de cosas. Entonces me parece que en el momento que escribís poesía está abierta la puerta para que eso fluya y aparezca como mezclado con otras cosas; y pienso que está impregnado en el lenguaje, también, justamente por eso quizás utilice el lenguaje de las armas, porque cuando escribí Matar un animal investigué revistas de cazadores, revistas de coleccionistas de armas, que les encanta y tienen todo un lenguaje propio. Entonces, pensé ¿qué pasa con lo que se impregna en el lenguaje? ¿se hace natural por decirlo? Ese tipo de memoria me interesa.

En el blog “Las afinidades electivas” escribís acerca de tu poética: “Mi poética es sobre todo salir del lenguaje común, porque creo que el lenguaje es organizado por los mecanismos de poder, liberar el lenguaje es liberarse y liberar.” ¿Cómo trabajás y sentís tu liberación y la liberación del lenguaje en vos?
No tengo un método, no lo hago conscientemente ni lo hago adrede, no es que me siento y me digo “a ver, voy a hacer ahora…”, no. Lo que hago es no escribir siempre, porque hay días en que uno está en lenguaje común (risas), y en día común y todo común, desde que te levantás hasta que te acostás: sos común, y trabajás y vas a hacer tus cosas y qué se yo. Y tengo, en cambio, momentos, si vengo con alguna idea hace rato, pensándola, y dándole vueltas, la dejo ahí que madure en la cabeza alguna cosa, por ahí empiezo diciendo ponéle “ah, escribiría sobre los asesinos, sobre las armas”, y lo dejo dando vueltas en la cabeza y por ahí leo revistas de armas, leo noticias policiales y todo eso lo voy dejando y en algún momento me viene alguna frase, que viene con un tono, y yo ahí siento que es otra cosa, que está viniendo un tono, sobre todo, por empezar, que es el tono de un poema y ahí recién le doy bolilla, lo escucho y me siento a escribir y, generalmente, salen como torrentes, sale todo un fragmento y yo lo dejo así, que salga como viene, tal cual como viene, incluso con su propia gramática, que a veces viene con esa gramática torrencial que yo a veces tengo. Después, capaz que lo hago consciente, y ya me queda y ya empiezo a escribir de ese modo. Pero al principio creo que lo que yo hago es dejar que muchas cosas que voy teniendo en la cabeza abran alguna puerta al lenguaje, y me siento a escribir cuando está abierta, cuando siento que está abierta esa puerta.

¿Corregís mucho después?
Mucho no. Sí lo miro varias veces, pero por ahí así como está me convence bastante, puede ser que le cambie alguna palabrita, que le saque alguna cosita, pero es raro que saque mucho. Si tengo que sacar mucho es que no me gusta y lo tiro todo, eso sí me puede pasar, que vea alguna cosa y diga no, al final, pero emparcharla ya no sale. O lo dejo bastante parecido o no, o lo desecho. Eso en general. Y ahora, lo que estoy escribiendo ahora, lo nuevo como son cosas muy cortitas, y muy chiquititas, corrijo un poquito más porque son muy pocas palabras entonces ahí sí tenés que elegir una que sea muy precisa. Entonces, al tiempo vuelvo y digo no, me parece que acá quise decir otra cosa, que quizás la palabra tal lo diría mejor, pero eso es ahora, en esto particular que estoy haciendo.

En un poema de Caminatas, “Muñeca”, aparece una relación entre escritura y destino: “En la línea de la mano / la escritura / es un destino.” ¿Creés que hay algo del destino en la escritura?
¿En el sentido de que uno tenga el destino de escribir o que la escritura se relacione en general con el destino?

Las dos cosas.
Yo creo un poco en el don, la inspiración, soy medio romántica, creo en el don, en que uno nace con un don, como otros con otros. Yo escribo de muy chica y no sé por qué, y creo en la inspiración. En cuanto a que se relaciona con el destino, digo porque en “Muñeca” está dicho más un poco con ese sentido, digo, el destino de escritora, el destino de que iba a ser poeta yo, me parece que se refiere a eso. La relación con el destino en general, me parece que yo tengo una visión trágica de la vida y por ahí lo diría en ese sentido lo del destino. Hay algo trágico o lo que estoy escribiendo ahora, trágico en el sentido de que podríamos… de que el ser humano tenga algo tan genial como el lenguaje y como la inteligencia y sin embargo no deje de ser tan brutal como los animales, y egoísta… Eso todavía yo no lo puedo creer, que no podamos dar un pasito, que no le encontremos el click y eso para mí es trágico. Entonces me parece que todo es un destino, sí, algo del destino de la humanidad, no sé, porque por lo visto no se ha cambiado después de siglos. Me parece que la poesía surge de esa fatalidad, de dolor, de esa grieta que no se llega, no llegás a ese lugar que ese lenguaje te podría propiciar. Al final el lenguaje no te sirve para entenderte con nadie, digo a grandes rasgos, no sirve para parar una guerra, no sirve para que haya menos pobres porque no sirve para que alguien entienda de alguna manera con lenguaje que no debería explotar a la gente, “señor, sea más bueno” (risas), no funciona.

Es como una desilusión, una tragedia que tiene que ver con la desesperanza.
Yo me río, pero la verdad es que con mi libro “Plegarias”, la gente me dice “ay, no lo puedo leer mucho porque me pone muy triste” (risas)

Volviendo un poco a lo que comentaste antes, de que comenzaste a escribir desde muy chiquita, nos preguntamos también si te acordás qué fue lo primero que leíste que te abrió el corazón, tus primeras lecturas.
Sí, me acuerdo muy patente, por ahí alguna vez ya lo conté. En la casa de mis padres había libros pero como había… era muy frecuente antes, que había bibliotecas y buenas bibliotecas en las casas de la gente, no como ahora. Entonces mi mamá tenía, y mi papá también, muchos libros buenos y yo encontraba libros de poesía, o novelas de Faulkner (que, en ese momento, Faulkner era un best seller), cosas así. Y yo agarré, mi mamá tenía un libro que ahora lo tengo yo, me lo agarré y lo llevé a mi casa, que se llamaba “Los titanes de la poesía universal”, y los titanes quería decir que eran los más grandes de la poesía. Ahí estaba Baudelaire, había un montón de poetas, muchos españoles, y me acuerdo que me impresionó mucho un poema de Lugones, que ahora buscándolo era “La montaña de oro”, y eso por ejemplo leía. Y leí algo, eso en cambio no he podido encontrar qué era, debo haber hecho una mezcla de cosas de distintos poetas, pero leí algo sobre la bohemia. Entonces, yo escribí, el primer poema que escribí, que yo tenía 10 años, que yo quería ser bohemia (risas). Claro, entonces con el tiempo yo quise ir a buscar qué había entendido a esa edad, que habré entendido que era bohemia, y no lo encontré, encontré una mezcolanza de poemas. Uno posible era uno de José Santos Chocano que era malísimo sobre la bohemia, y otro no sé quizás era de Lugones, no sé, mezclé todo, pero me parece que yo algo entendí de lo que era la bohemia, en el sentido del poeta, en la noche, los sueños, andar por ahí, algo así. Entonces escribí yo voy a ser bohemia.

¿Y sos bohemia?
Sí… qué se yo, no sé si entendí todavía lo que es la bohemia. Sí, durante mucho tiempo lo fui, ahora estoy más ordenada.

Hablando de bohemia, pensando en poetas, hay una cita en “Plegarias” que dice: “No te condena el testimonio / de tu experiencia / sino el fracaso / porque decís finalmente / tuve que dejar / mis huellas”. ¿Cómo pensás la consolidación de un poeta? ¿Y la tuya? En contraste con el fracaso, ¿qué significaría un éxito sin dejar huellas?
Lo que pasa es que yo no pienso mucho en la consolidación ni en el éxito, la verdad es que… pero de verdad no lo pienso en eso. Primero hay tan poco lugar para la poesía acá que nuestros éxitos son tan pequeños que francamente no vale la pena estar detrás y estar peleándose con otros; así que eso no lo tengo en cuenta. Sí me molesta mucho cuando se hacen como clichés sobre la poesía y te ponen en lugares determinados, como por ejemplo eso de que los poetas sólo somos bohemios pero no somos ninguna otra cosa o como que somos los más erráticos, los más descolgados. O, en cierto momento, a partir de los ’90 yo siento que se impuso solamente una línea de poesía, que es justo la contraria a lo que escribo yo, un tipo de poesía por ahí muy realista, o muy cotidianista, o minimalista. Y está todo bien, a mí también me pueden gustar algunos y otros no, pero me molesta cuando se instaura el “eso está bien, eso está mal”. Me pasó de que apareciera un poema mío en un blog y una chica puso que la poesía de Fabián Casas es buena y la de Susana Villalba es mala. A mí me horrorizó el nazismo que hay en ese concepto, no me importa si no le gusta mi poesía, realmente, lo que me aterrorizó es el nazismo, el fachismo tremendo de decir así y me dije “ay, bueno, qué está pasando”, ¿no? Entonces, eso es lo que me preocupa más. La verdad es que lo del éxito… y la consolidación si acá publicás un libro y desaparece, por ejemplo el mío del ’89 no se consigue en ningún lado con lo cual la consolidación es imposible, la gente más chica nunca lo leyó, no conoce sus libros, “Matar un animal” no lo conocen porque no se consigue, ahora lo va a reeditar Curandera. Mirá, hasta le pasaba a Olga Orozco, no es que me pasa a mí. Y hasta que no salió, no se hizo hiper re contra famosa con el Premio Rulfo no habían sacado su obra completa y tenías que andar buscando sus libritos por librerías de viejos; si acá no hubo consolidación para Olga Orozco, que la tuvieron que premiar afuera, y cuando ya se estaba por morir, tenía ochenta años y ahí le hicieron homenajes y después falleció. Después, el cd con la voz de Olga Orozco lo editó España, pero acá no lo habían hecho. Acá es así, no busco nada; a nivel más chiquito, me gustaría que hubiera más cofradía entre los poetas que antes había y ahora está como un poco perdido, a la gente más joven le parece que los de las generaciones anteriores somos todos tarados, una cosa como muy cortada y de fragmentos que antes me parece que no había. Lo de las huellas, en cambio, no, al contrario, yo juego un poco con eso porque viste que hay un libro mío que se llama “Susy”, que está mi nombre, justamente juego con que hay un yo, pero es un yo muy mentiroso, por supuesto, es un yo que yo espero que se haga universal, no me gusta la poesía confesional ni el diario íntimo, no es que no me guste pero me parece que si lo hacés lo tenés que llevar a algo universal que le sirva a todos los demás. No voy a escribir sólo lo que me pasa a mí.

¿Y el panorama de la poesía actual, más allá del éxito y todo eso, cómo lo ves?
Depende, por suerte siempre hay mucha en el país, porque trato de leer del interior también. Es increíble, acá siempre hay mucha poesía, eso está buenísimo, hay muchas editoriales, siempre hay revistas, ahora que hay blogs, bueno, eso me parece bárbaro porque siempre está viva, la poesía siempre como bullendo. No me gusta por ahí esto que te decía, en un momento como me pareció, y todavía pasa un poquito, aunque creo que por suerte ya está pasando, empecé a encontrar demasiada poesía intimista, o pequeña, incluso como cierta ideología de que eso está bien, lo pequeño, está bien el no tener pretensiones… Yo la verdad lo siento impuesto desde alguna parte aunque no se den cuenta porque me sorprende que todo el mundo repita lo mismo, cuando escucho que todos repiten “no hay que tener pretensiones” empiezo a sospechar de eso. Y empiezo a sospechar que se parece a que no hay que tener deseos, ¿no?, propios. Eso en algún momento me molestó, mucha poesía que a mí no me decía absolutamente nada. Está bien, ponele que yo por generación no entienda lo que hay detrás, pero francamente sentía que no decía nada. Y que por ahí ponele que la gracia sí, está bien, no digo nada de nada, pero entonces yo no llego a entender para qué se escribe. Pero creo que ya pasó, de hecho veo gente más joven que me parece que me interesa más que muchos poetas de los ’90. La gente más joven parece que está más diversa, tiene más energía, pero sobre todo más diversión, como que no están todos siguiendo… a mí me gusta Fabián Casas, ojo, no es por criticarlo a él, pero todos quisieron ser Fabián Casitas y a mí me cansó eso, y creo que ya eso no pasa.

Leemos en Plegarias: “La marcha hipnotizada de la vida, la primera salvación es la del cuerpo, Señor, recuérdanos el alma cada tanto. En tiempos más soleados, más amables. En este año si es posible. Si es posible en esta vida.” ¿En qué sentido la del cuerpo? ¿Cómo pensás esa oposición de cuerpo / alma?
Ese poema era muy político, un poema escrito sobre el día de la elecciones. Ese poema describe lo que había sido la fuerte represión a los trabajadores que habían tomado la Bruckman para ser una cooperativa, para sostenerla. Creo que ahí, llana y literalmente, una cosa sí, dentro de esta desesperanza mía de la que hablamos, creo que yo estaba hablando de que el cuerpo te doblea, porque tenés hambre, o frío, o te están agarrando a golpes, bueno, mucho más si te disparan; la verdad es que terminás como sometido. Y la verdad es que yo estaba hablando lisa y llanamente de eso, ¿no? En un momento hay una descripción bastante terrible en ese poema, como de todos como muñequitos o animalitos que van todos en fila, algo así, igual esto fue, claro, era esto del 2001, después de tantos años que habían pasado era insoportable, y encima ya ir al acabose era insoportable, entonces bueno un poco eso, un hartazgo de ciertas cosas, pero sobre todo pensando un poco en eso, acababa de ser lo de esta represión en Bruckman, había sido muy brutal, habían entrado en un hospital a los tiros, o sea que ni siquiera se detuvieron ante eso, los persiguieron adentro de un hospital… Creo que estaba impresionada por eso y lo dije en el poema. Puede ser que yo no pueda evitar una concepción medio antigua de alma/cuerpo, por ahí ni siquiera me doy cuenta en estas cosas, esas capas que tenemos de culturas, como si se pudiera dividirlo; pero bueno, como no se puede estás atado a ese sometimiento por el cual tenés que rebajar las pretensiones.

La figura de la muerte aparece con mucha fuerza en tu poética, aparece como salvación, como acción, como sentido, como castigo. Una cita: “no creo en la muerte, el único lugar donde perderse es la palabra y se cobra su sentido”. ¿Quién da la muerte? ”Si matar es otra cosa”, ¿qué es matar?
Me quedé pensando porque por suerte aunque ya dijimos que mis poemas son bajoneantes (risas) No, no, está bien, yo hice una reducción. Por suerte, no soy muy de la muerte, no soy necrológica, en ese sentido ni pienso en la muerte, ni en las personas cercanas tampoco. En eso soy bastante optimista, tengo una amiga que tiene un problema de salud y yo estoy ahí diciéndole que no le va a pasar nada, y lo creo de verdad, no soy morbosa. Supongo que la tengo en cuenta… es el límite del cuerpo, es un límite del cuerpo enorme, es lo que te demuestra justamente que tenés tu límite. Por ahí lo mismo que el hambre o con el frío. Sí creo que le tengo mucho miedo al después de la muerte; justamente hablando de cuerpo y alma, a mí me da miedo que después tengas conciencia, que la conciencia no sea algo físico sino que sobrevive me produce un terror. Hay muchos de mis poemas donde aparece esa idea de que hay algo ahí viendo un fueguito, el fueguito de los muertos. Por suerte no es algo que lo tenga así como una amenaza o como otros que sienten lo corto de la vida. Me parece que lo veo más en un nivel social, como hablábamos del proceso, con tantas muertes que hubo acá, creo que cuando aparece en mis poemas creo que tiene que ver con eso. Y con la muerte con sentido filosófico, como límite, como que te pone en tus zapatos y te dice “hasta acá llegás”. Incluso el asesino de “Matar un animal” creo que lo tomé como un símbolo, más que como una realidad, como algo simbólico de una sociedad que estaba bastante corrupta y como pensar “¿qué pasa que la muerte es el máximo símbolo de esta época?”

En relación al símbolo, tenemos otra cita de Matar un animal: “Un cazador / inventa su animal para matar; / en cada huella ve su sombra / a punto de saltar / a la existencia” ¿Un escritor crea su poema para matar, para saltar a su existencia?
Podría ser, por suerte los lectores hacen sus propias interpretaciones, está bueno lo que decís. A mí me cuesta dar cuenta ahora de lo que escribí, supongo que yo me refería al deseo, sobre todo, eso de que uno ve lo que quiere en el deseo, ¿no? El deseo que arma muchas cosas en torno a lo que uno imagina. Justamente creo que uno de los principales problemas es que cada ser humano está en su propia imaginación que choca con la del otro, sino pensaríamos todos lo mismo, lo cual está buenísimo pero también arma un gran problema. Me parece que yo iba por ese lado cuando escribí eso, y creo que sobre todo me refería al deseo. A mí hay otra cosa que me impresiona mucho que es como en el deseo uno ve cualquier cosa, que ves al otro y te parece… no sé (risas). Nada que ver con lo que vos le adjudicás a un montón de cosas, para bien o para mal, también ¿no? Y el poeta también suele ser una especie de chivo expiatorio al que le adjudican un montón de cosas también, me parece que iba por ese lado lo que yo pensaba. También si vamos al tema del proceso, que también es una sola lectura, espero que haya muchas distintas lecturas, pero una de las lecturas posibles si vamos al tema del proceso es esto de que se inventaron un demonio para sacar otro demonio; yo no adhiero para nada con los dos demonios, con lo cual también es una cosa de que como vos sos un demonio, también quisiste inventar un demonio del otro lado.

En tu obra poética, hay una imagen recurrente que es la del movimiento. Cito: “El movimiento es un acuerdo entre el afuera y algo demasiado adentro.” ¿Cómo creés que se materializa ese acuerdo en un poema? ¿Cómo dirías que las palabras abandonan su “perplejidad” para generar movimiento en un poema o prosa poética?
Es más difícil de explicar, porque yo tengo una razón pero no la sé explicar. Por ejemplo, antes de “Matar un animal” escribí “Caminatas”, y yo salía a caminar literalmente, salía a hacer largas caminatas, todavía lo hago. En aquel momento, escribía todo, llevaba un “blockcito” por si me ocurría algo lo escribía. Entonces mis poemas se armaron así, caminando. Y después Reynaldo Jimenez hizo un análisis muy interesante donde decía que era un yo deambulante, en todos los sentidos. Creo que él lo entendió más que yo porque… la verdad es que me cuesta decirte cuál es la relación pero hay una relación con el movimiento, en todo sentido. También creo que ahí está hablando de un movimiento simbólico cuando habla del adentro y del afuera. A mí me causa mucha perplejidad esto de que uno está adentro de sí, pero también está relacionándose con los otros. Y supongo que el lenguaje es eso, es algo muy extraño que se conforma con el otro y con uno mismo. Creo que cuando uno escribe es más inteligente de lo que es o potenciás más tu inteligencia, pero yo creo que soy más inteligente cuando escribo y ahora no te sé decir lo que escribí cuando lo escribí, es muy difícil.

Recién decías algo así como que hay un afuera y un adentro, una comunicación; y en muchos de tus poemas aparece un interlocutor, una voz a la que el yo poético está interpelando en diferentes sentidos. ¿Cómo concebís vos ese diálogo dentro del poema? O sea, ¿de pronto el poema toma ese camino y se manifiesta de esa manera explícita de un “tú” hacia un “vos”?
Eso viene, como les decía antes, de que viene un tono, pero también una voz. En “Matar un animal” a mí me gustó hacer un trabajo que te digo al principio vino y después yo quise trabajarlo porque me gustó que le hable a un “tú” o a un “vos”, que le habla a una segunda persona extraña, y es cierto eso que decís de que “¿entonces quién está hablando?”. A mí lo que me gustó es que podía ser la voz de la conciencia de una persona, o podría ser que te interpela como un lector muy directamente, entonces te identifica mucho más rápido porque te está diciendo todo el tiempo “vos hacés esto, vos caminás, etc.”. Si bien para mí puede ser una voz de la conciencia, creo que está bueno cómo apela al otro, al lector, que no es común en la poesía. Y luego también me di cuenta, en “Caminatas”, por ejemplo, que pasa el “yo” a “ella” todo el tiempo y entonces vos estás “¿pero entonces es ella o es yo al final?”. Y a mí me gusta todo eso porque el yo del poema no es el yo de yo Susana, es otro yo, es un yo que espero se vuelva más universal, en el momento de escribir entraste en la memoria colectiva, en algo que estás captando, por ahí tengo concepciones medio románticas, creo en eso de que el poeta capta algo que le pasa a toda la sociedad o le está pasando a la época o le está pasando al lenguaje del momento o a la cultura del momento; y creo que el poeta lo capta como una antena. Entonces, ese momento no soy yo, soy yo captando algo que les pasa a muchos yos, de pronto es ella, de pronto es tú, me gusta eso de que se va de acá para allá.

Como si el poeta fuera un instrumento o la idea romántica del vidente…
Sí, es algo así, lo que pasa es que también en el lenguaje un poco lo acompañás, no es que estás así de que no sabés nada de nada sino que lo acompañás. Pero sí un poco se ve que creo en eso, sí, en lo del vidente. Me quedé dudando porque el instrumento me suena a instrumento musical y el lenguaje tiene algo de significación que no tiene la música. Entonces vos estás usando algo que viene con significación, y la conocés, no es que estás en estado de trance y no sabés lo que estás diciendo porque puede ser que no puedas dar cuenta del todo lo que estás diciendo en ese momento pero estás usando palabras, y las palabras significan y tenés un trabajo que va saliendo al mismo tiempo que esa videncia, es medio raro, ¿no es cierto?

Un relación entre el poeta y la ciudad, por ejemplo, en Plegarias escribís: “Talk show. I told you que ya le llegaría a tu país, el síndrome de pánico es la verdadera peste de este siglo. Tengo miedo de ir lejos, de quedarme, de llegar a un lugar que no comprenda, de quedar en ninguna parte, tengo miedo de estar sola en el desierto, de estar con gente áspera, de no escuchar, productores de palabras.” Este libro lo escribiste en 2001, ¿no? 10 años después, como poeta y como ciudadana, ¿cómo te sentís hoy con la realidad argentina?
Bueno, una cosa es la ciudad y otra cosa la Argentina, justamente, en varios sentidos. Primero, yo no soy de Capital, parece una pavada pero no es así, porque yo mi infancia la pasé en Haedo, mi adolescencia también, aunque es acá nomás, es distinto. Quiero decir que yo no me crié en un lugar con este ruido y este nivel de despelote, entonces yo lo llevo eso adentro ¿entendés? Yo creo que uno de la infancia se trae para siempre cierto sonido, cierto ritmo. Y yo al principio cuando me vine a vivir a acá me enloquecía, me abrumaba; y ahora claro estoy re acostumbrada y más o menos, no tan acostumbrada, sigo tratando de huirle. La ciudad la verdad es que me abruma. Sobre todo es el ruido, no lo puedo creer, eso me problematiza mucho, también no ver verde, no tener un lugar, me la paso yéndome al parque así desesperada. O sea que eso me pasa, es una tensión que tengo con la ciudad, también tiene que me gustan mucho, como ser que haya tanto teatro, cine, recitales. Me gustaría vivir a una hora de acá, un lugar con parque y tener un auto y venir rápido a ver una obra de teatro e irme, algo así. Eso en cuanto a lo general. Y después en cuanto a la realidad política, que es de lo que habla ese libro, las cosas se acomodaron bastante, a mí me gusta lo que está pasando en este momento en la realidad argentina, no en la ciudad porque tiene otro gobierno distinto. Pero en el país en general me gusta el proyecto que hay, sobre todo porque es la primera vez que le veo un poco de dignidad, es la primera vez que yo no escucho cosas indignas, o sea, es la primera vez que no me da vergüenza los políticos que veo en la televisión, no me da vergüenza las cosas que dicen, yo creo que por ahí no nos damos cuenta hasta qué punto nos hemos bancado la impunidad de gente que decía unas cosas que yo no podía creer, a mí me ha pasado de decir “me quiero ir a vivir a Uruguay, yo me quiero ir a vivir a Uruguay”. Y lo decía de verdad, de verdad me quería ir a vivir a Montevideo, primero porque allá no era mi país y me gusta Montevideo, pero bueno, por lo menos allá no voy a sentir vergüenza porque no es mi país. Pero acá yo sentía vergüenza además de pasarla re mal. Entonces, ahora por lo menos escucho gente que habla como yo, piensa como yo, que piensa con cosas de dignidad, que dice cosas que me parece que están bien, no baila con una odalisca… Parece una pavada pero no, eso ya a mí me calmó mucho eso del lenguaje, bueno, hay un lenguaje usado para decir cosas dignas, hay discursos bien hechos, ya con eso me conformo bastante. Y luego me parece que también se están tomando medidas interesantes. Igual eso no calma que lo próximo, que lo que estoy escribiendo ahora, sea igual de desesperanzado, porque creo que mi desesperanza no es política, va mucho más lejos. Es más, a veces me da miedo pensar si este proyecto va a llegar a buen puerto porque pienso que la maldad va a hacer todo lo que pueda para quedar en la maldad. Yo realmente ya tiré la toalla, para mí el ser humano no tiene arreglo, y como dije antes, es un lobo salvaje y no le tengo mucha fe, así que voy a seguir escribiendo cosas depresivas (risas). Espero equivocarme, ojalá.

En tu poema “Ciudad crístina” decís: “ciudad maravillosa, originaria / como evo y como evita / pampeana, / yorugua, fileteada / de puerto / no madero en el ojo / sin ver el propio río” ¿Creés que está naciendo o que nace, finalmente, una “ciudad crístina”?
Personalmente creo, bueno, me está desconcertando que no está definido en candidato de Frente para la Victoria pero creo que el Frente va a ganar en la ciudad. Algunos piensan que no, yo pienso que sí, concretamente. No sé por qué, ves que hay partes en que soy desesperanzada, aunque no parezca en mi vida cotidiana soy más… sí, yo pienso que sí, sino me voy a Uruguay (risas).

¿Creés en la función social de la poesía o qué pensás de la función social de la poesía?
Sí, creo que es una función social pero creo que también está en el lenguaje, en esto que hablamos antes de liberar el lenguaje. Creo que al liberar tu lenguaje, te libera de las preceptivas que te puso la cultura, ¿no? Como que te hace dudar de lo que el lenguaje te hizo creer porque te impusieron ciertas frases ya armadas. En ese sentido, si la poesía te saca del lenguaje cotidiano, del lenguaje usado y de las frases hechas, te saca justamente para sacarte de la cultura dominante. Creo que esa es la función, no escribir poemas sociales explícitos, recontra explícitos, todo eso no porque creo que ni siquiera te llega a emocionar, ni nada. Y además porque sería una forma más de estar dando preceptivas, no es que yo tengo que ir a darle una preceptiva a otro, no es esa la idea. Una cosa que a mí me interesa mucho de lo que está pasando a nivel general, en política, pero no desde arriba, sino que la gente está generando sus propios espacios muy horizontales, y eso me impresiona porque no es frecuente, y no es frecuente poder sostenerlos. Para eso cada uno tiene que hablar por sí mismo, pensar por sí mismo, tener su lenguaje, y sólo así se pueden tener agrupaciones horizontales donde todos puedan discutir bien. La poesía va un poco por ese lado, tiene algo de idioma personal, es raro, porque un poema, hoy día, cada uno parece un idioma personal, pero a la vez, eso es lo que es también universal, es el lenguaje liberado, esa creo que es una función social.

Te escuchamos y pensamos en que confiás en tu poesía, confiás en que eso como que aparece, permanece, confiás en que eso va a salir.
Sí, pero no sólo eso, además de confianza, es eso que te decía antes de que no estoy esperando ni consolidación ni consagración, porque como en total ¿quién me apura? Puedo esperar cinco años, si yo no necesito salir a publicar rápido para nada, no necesito ganarme un premio; no es que no lo necesite, me encantaría ganar un premio, no te digo, pero no es que estoy en mi casa diciéndome “ay, ya, tengo que escribir esto porque” ¿Para quién? Si es lo único libre que uno tiene en la vida, todas las demás cosas son obligaciones, esto no. Entonces yo puedo esperar cinco años, de verdad. A mí me sorprende mucho la gente que se hace problemas, porque si este es el lugar del placer, ¿cómo te vas a hacer problema? Entonces agarrá y no escribas, no sé, hacé otra cosa. Yo no le veo sentido, sí hay gente que dice “no, pero sufrís escribiendo”. No, yo no sufro, yo la paso bárbaro. Si no la paso bárbaro, no escribo. Porque para mí es su único lugar libre, pero absoluto ¿sí? Absoluto. En ninguna otra cosa sos libre, en todas tenés que negociar con el mundo, tenés que comer, bueno, el cuerpo te limita. Por suerte no hay plata en la poesía, no sé si por suerte, no sé si está mal o bien, no digo que esté genial, pero ni siquiera vas a estar corriendo detrás de algo… Total, no te van a publicar, no vas ganar plata, es rídiculo. Éxito… No vas a ser Susana Giménez, no te van a parar por la calle, ¡es genial! Me sorprende mucho cuando en la poesía se meten mezquindades de otras cosas.

El ego del artista.
Sí, pero no es un problema del ego, he tratado de ponerlo en otros lugares. Por ejemplo, yo hago periodismo, bueno, dirijo La Casa de la Lectura, tengo otros lugares donde soy más visible y prefiero poner el ego, ponéle, en el periodismo, en las noches, en algo más pedestre, escribo sobre teatro, porque –justamente- si hablamos del yo de la poesía, ese tan extraño, ¿poner tu ego ahí?


Fuente: www.evaristocultural.com.ar
***
LA NOCHE DE TANABATA

Es la noche
de Tanabata
pero yo no sé dónde está
la orilla del río
del cielo.
Ni el cielo
lo dice.
No sé cuál es el puente
que nos une
y nos separa.
Yo no sé qué pasó,
la vida no es un lugar
seguro.
No hay ceremonias,
los amantes unidos
por un hilo de plata.
Sueño con calles
en las que estás caminando
mientras sueño,
al despertar es tarde.
Yo no sé qué hacer,
el amor es animal.
El camino terminaba
en un acantilado.
Iba un loco
en un coche policial,
feliz de andar en auto,
sentí miedo del dolor,
de la química,
de las palabras que se quiebran
de pronto.
Fuera de mí,
fuera de mi casa,
fuera de todo lo que te ofrecí
voy.
Pero vuelvo, no creas
que pedía más
que la intensidad del azul
ante el naranja.
Yo no sé qué pensar,
para qué
si no quiero entender,
si no hay razones
a veces.
No sé si creer otra vez
en signos que no sé leer
en el río del cielo.
No sé si buscar el puente,
quizá nunca lo hubo.
No sé qué decir,
acaso te convoco sin saber
adónde.
No importa,
haré una ceremonia incorrecta
mirando la luna.
Pregunto a tu parte oscura
si es cierto
que desayunamos juntos.
El tiempo pasa,
no hay aniversarios.
La vida gira
bruscamente,
yo no vi la señal.
Ya no sé si es mejor
perder lo que se debe
para encontrar,
antes me dije estas cosas
pero estoy cansada.
¿No hay nada que decir?
No hay nada que hacer
para desanudar las almas que se aferran
a otras almas anudadas
a otras almas.
¿No hay parte en el amor
que guarde algún recuerdo?
de la luz
sobre la contingencia.
Acaso es un torrente
continuo
y precisamente
por eso.
Ya no sé quién sos.
No pudimos despedirnos
de los muertos.
Así sin inhumar
el cuerpo de este amor
enterrará el próximo amor.
Como fui yo el cordero
bajo el mismo puñal
que habías recibido.
Ahora soy quien pregunta
al río:
el amor es un torrente
continuo
pero estamos fijos en el horror
de no permanecer.
Hasta el fuego
necesita adherencia,
sólo la noche existe
aunque nadie la mire.
Acaso el puente para dejar
en claro:
cada uno ocupa un sitio
diferente.
No era necesario,
siempre estamos solos,
siempre está a la vista.
No te pedía el alma
por un pacto,
ya no hay pactos,
“es la estrategia del demonio
hacer creer que ya no existe”.
Ya no sé si creer
en las palabras,
es la noche de Tanabata
y no lo sabés,
no leímos los mismos libros.
No sé el lugar
que no conozco,
no hay corazón tan sabio
ni vocación de tenerlo
ni quien
indique el camino.
No hay caminos,
es el momento para inventar
liturgias,
construir un gesto,
un filme o un río
para los separados eternamente.
Eternamente despidiéndose
de sí mismos.
Reconstruirse en el dolor
es otro dolor:
que lo desee
no hará que exista.
Preparo café,
ya no puedo sentir más frío
por hoy,
por este año.
Todo ha sido
una actuación en el vacío,
algo se quiebra
para instaurar.
En todo viaje, la ausencia
o volver,
se mueve el paisaje.
De todos modos el río
está cegado aquí,
tiene una sola orilla
y cada vez
se es más inteligente.
Quiero decir más triste.
Ahora sé
que está cayendo la noche
de Tanabata
como una noche
más.

De Matar un animal (Ed. Pequeña Venecia, Caracas, 1995; Bajo la luna, Bs. As., 1997)


***
ANTES DE QUE AMANEZCA

Que diga azul y se alce como un potro un día de oro, espléndido que diga y sienta el corazón a pleno, al mediodía arde por nada, porque el verano o sea que cuando diga sombra sea agua entre las piedras de otro pueblo. Que aun en ruinas se hace oír por el silencio en que nos sume lo distinto, serpientes se escurren en el viento, la arena silbe como fue la eternidad alguna vez pintada con alheña indeleble. Sobre pueblos levantados sobre pueblos sobre cenizas de un volcán. El pasto crece ahora sobre cimientos de lo que fue una habitación, ¿se hacía el amor del mismo modo? ¿qué se decía antes? ¿después? Que diga ahora y haya ahora un cuerpo en mí y que lo que quede en mí comprenda que es sólo una siesta lo que dura el armisticio, se enfrentan, se temen tanto como se fascinan. Detrás de su mirada cada uno sea arrebatado por eso que no es uno de los dos, algo tan físico, palpable como lava diluye ese intangible saber de sí que los separa. Que diga mañana y sea mañana cuando piense, cuando diga qué hacer con esa siesta que queme hasta dejar su marca. Piel de culebra ahora se funde con la arena, testigo de los cambios, pueblos que amaron sin pensar que dios fuera más lejos que un dios, camino de la savia en el árbol no necesita una salida para andar. Que recorra una espalda sin leerla, que se queme al tocar y al despertar no haya cenizas, que encuentre ceniceros, vasos (dos) debajo de la cama y piense que todo ha sido un sueño. No un blockout, no por remordimiento ni por idea alguna sobre sí o no o sea el amor un encabritamiento, una raza de sol en cruza con espléndido caballo y corazones de cenizas. Que vista de jaeces o desnude un ángulo de sombra en almenares, a través de los vitraux, que ascienda eternamente sin llegar como pirámide que trunca es un remedo de infinito. Que cambie de lugar sin que se note, como el día. Como serpiente azul entre maleza vuelta azul de tanto verde. Que diga estoy como decir sin patas ni cabeza en otro sitio que la arena caliente, ese calor sienta detrás de la mirada, el sol bajo los párpados cerrados sea como si sombra fuera un remanente de la luz. Astillas de color en los brillitos de las piedras.
Que sepa de pronto que no está donde supone. Que mire alrededor y se vea en pleno centro, en La Academia, en un invierno. Calor por el calor de las dicroicas, el humo, las estufas, los billares entrechocan como base percutiva en esa música de voces, vasos, registradora y esa locomotora cada vez que hacen café. Cada minuto. Al abrirse la puerta un tronar de colectivos y escapes de las motos, afuera es otra noche igual pero distinta. Que ahora diga noche, es de noche, es ahora. Se mira. Tiene un pulóver Ruta 66 que no recuerda haber comprado, un hombre lo olvidó en su casa, ella olvidó al hombre, el cuerpo olvida el abrigo que lleva, ella le regaló un reloj azul, él mira la hora que es ahora sin recordarla, el reloj tiene una lucecita como agua, como la hora bajo el agua, peces, destellos de color. Mi padre me regaló una casa que no es mi padre, es mi casa. Ahora, crezco en esa habitación que se levanta sobre el polvo que es él. Que confunda los ojos abiertos de los muertos con vidrios en la playa. Botellas, tazas, cigarrillos, la mesa crece, se suma gente, la noche crece, el color es estridente, rojo de La Continental, turquesa y fucsia de la tele, de pulóveres. Que diga piel y ascienda olor a tilos, a durazno, morderlo sea en la boca decir verano como agua, como la fruta cae en el barro, brisa dulce a través de la ventana, la luna como el cuerpo en su estado de agua quieta electrizada, fuego frío que es ninguno de los dos sino dos en espera de otra noche. Otro verano. Esa moto que se escucha ahora va hacia el mar. O no. El mar siempre está ahí, yendo y viniendo. Que me sumerja y sea cálido, peces de colores a través del visor. El agua guarda las esencias, murmullos del naufragio, la culebra de mar entre platos de bronce, arcones, de las banderas queda el musgo, enredaderas de agua entre hilachas de jarcias, un pueblo que no llegó a la tierra prometida. Sumergido, uno mira su reloj, prende una lucecita que coloca sobre un libro, en otra mesa se juega a los dados, tantos hablan que no escucho a nadie. Miro como a través de agua, afuera crece una bruma sin que se vea río alguno que la exhale, enciendo el walkman. Una noche se intoxicó y perdió todo menos la llave en el puño cerrado como piedra. Cuido mi casa como un centro de mí que siempre está, yendo y viniendo. Ahora estoy aquí, en el café. Ahora no estoy.
Que diga azul y sea ese momento de la tarde casi noche, el ladrido de los perros, el olor de una humedad que será bruma en la mañana, las puertas que comienzan a cerrarse, un alboroto de pájaros antes de acurrucarse y ceder a signos de la noche. Ahora es Clapton, ahora abro la puerta, camino entre la bruma, necesito creer que existe un río, en realidad existe, una cúpula iluminada se levanta sobre una ciudad difuminada y casi a oscuras. Ese hombre, otro, le dijo vuelvo de París. Ella llamó a París para saber a qué hora de Buenos Aires. El le regaló una medalla de Notre Dame que ella olvidó después junto al reloj azul de otro, el del pulóver Ruta 66 se la devolvió para que otra no la encontrara en su mesa de luz. Una sola rama, desnuda, asoma sobre un farol, iluminada parece que saliera del vacío, como un rayo. Escribe un mail a España y le dicen que aquí es ahora verano tía. Escribe a Mendoza y le dicen que están bloqueados por la nieve. Llamó a París pero él estaba en Notre Dame y no permitían celulares. Ahora, más tarde, no hay el estruendo de colectivos ni colectivos ni taxis ni persona alguna en la niebla, da vueltas como pantera atrapada en un claro demasiado extenso, como un loco que creyera vivir en una gran ciudad espera un auto en medio de la nada. Quiere fumar, quiere ver el vapor a través de su ventana. Después, antes, el de París ya estaba en Buenos Aires, los dos se recuerdan pero no se acuerdan, ¿o viceversa?, se olvidan de llamarse. De noche parece grave, de día no.
Pero es el amanecer, es el aire, la bruma es violeta, nubes bajas parecen edificios reflejos de otros de concreto. En todas partes amanece aunque no ahora, cuando el cuerpo se levanta, cuando la voz se acomoda a un lenguaje que es distinto hasta en el sueño. Aunque no haya dormido une las manos en la frente. Que en su saludo al sol se alce un verano azul, que brille la arena como un oro animal, sea la piel de piedra molida y de calor, el mar surja de pronto como un día que hasta ahora no había sido y siempre es. Que pase lo que pase el viento y sea el sol que gire en torno, es decir sombra sea entrar en el mar. Con un snorkel, la música del fondo tiene un tiempo diferente, el tiempo de los cuerpos en la siesta, en la penumbra de un hotel de verano. De noche se está en una o en el otro. De día, en la arena se está fuera de sí porque es afuera donde siente. Pensamiento que la astilla, destellos en las piedras. Que sea como distancia un día del siguiente. Que si dos cuerpos, se separen como el día se levanta de la noche. Que se encuentren como una noche que no ha sido todavía. Que diga calor y en el calor no encuentre qué decir. Ni qué callar.


Bar La Academia, Callao entre Corrientes y Sarmiento
***
DOMINGO DE ELECCIONES EN LA SHELL SELECT TANGO


Todo es una pared en que se ve descascarar la vida en una sola frase: Feliz cumple, aguante Brukman, Cuervo puto. Un solo plano todo, todo plano, carbón, tiza, aerosol. Si tocaras en el cielo moriría Charly, Damas gratis, Rocas sucias. A veces un destello de palabras misteriosas como rocas, como mica en las piedras, veredas de hojas amarillas, cascotes en la calle. De qué rocas en esta planicie de llaneza aplastante, el cielo un plomo sucio del hastío de la lluvia del domingo. Se borronea una palabra, gotea en los cartuchos dispersos en el suelo, los disparos recientes se escriben como huecos del ladrillo. Padre Rainbow, Viejas locas, Pibes chorros. Todo un plano, una toma. Una mancha como hombres alrededor de una fogata, como perros de una noche de mil años.

De día se levanta una ciudad y todos van como leyendo un llamado ultravioleta, hereditario, partitura, como moscas, como entrando en molinetes. Vallados hacia una ventanilla a apostar lo que total ya no tenían. Una vida de pizarra, de una tele para acá. Apenas hace nada, cinco siglos, tres reflejos, un alguien pintó esa caravana de ciegos al abismo, al eco del barranco. Detrás de esa pared en que se estrellan.

Por siempre Chaca, Sebi te amo, Los Tarijas stones. Acaso falta sangre, más aún, que abone esa costumbre de rodar horizontal imaginando que es un plano inclinado, la vida vertical, la tierra un vértigo del cielo, se va a acabar, Señor. No escucho que truene tu voz, si es una voz, no veo quebrarse la pared, el mundo o alguno en parte alguna. Alguna vez quisiera ver algo distinto, final inesperado, palabras misteriosas, rebelión que no se muerda el polvo de la cola para ir a caer de a uno en fondo. Si fuera posible en este siglo. Si fuera posible en este mundo.

Ma terre, mater dolorosa. El que devora a sus hijos, cuerpos se arrojan como rocas. Señor, entiendo que no nos dejes elegir algunas cosas pero nunca ser más que humanidad, más que este barro que amasa como miga, como costilla que se quiebra de su alma, cerebro de pan que se resbala chapoteando las patitas hacia arriba, el lomo hundido, la mirada a la punta del látigo otra vez a ver si lo rescata para atrás. Por enésimo siglo, lugar, por enésima vida, vez, palabras mismas.

Se vota por la fiesta que se mira apiñado en la vereda, en el zaguán. Gramilla, ripio, guijarro de payana, ficha de sapo, silla, fila, centavo. Peor están los ciegos, los sordos que no escuchan ese vals, esa fanfarria de fajina cortesana. Palabras de cartel que prenden un reguero, un arma frase de repetición. Desfilan los fiscales de veredas, gerentes de kiosquitos, figuritas en clips, ideas con alfileres, cabecitas de tacho con palo y a la bolsa, con las cartas marcadas.

El Ciclón, Almas Mugrientas, Santa Revuelta, El Bananazo, la Brukman a sus trabajadores. Apenas hace nada la gente la cuidaba, ahora apoya el desalojo. Apenas hace igual el hombre como ahora asumía Carlos V, imperio sacro, bizantino o británico, romano, mayestático. El imperio sintáctico que ahora titila mientras llueve en algún lado, en este lado, en esta esquina, frente a un muro. Hijos del hijo, Patria Chuker, Trujamán.

Nuestra Mater lacrimosa, apenas los gases se disipan. En esta esquina Campeón, le vamo a hacer el culo a las galli. Gallito de baldío. Pollitos mojados bajo el frío. Se vota entre la barra de la jaula o el deguello, en un desfiladero como a cuerda. La marcha hipnotizada de la vida, la primera salvación es la del cuerpo, Señor, recuérdanos el alma cada tanto. En tiempos más soleados, más amables. En este año si es posible. Si es posible en esta vida.

(de Plegarias
, EE.UU., 2002; Ed. La Bohemia, Argentina, 2004)

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char