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jueves, 30 de noviembre de 2017

Mientras más vivo, menos poseo y menos reino

PHILIPPE JACCOTTET
(Suiza, 1925)



El ignorante

Así como envejezco crezco en ignorancia,
Mientras más vivo, menos poseo y menos reino.
Todo lo que tengo es un espacio a veces cubierto de nieve o
brillante, nunca habitado.
¿Dónde está el dador, el guía, el guardián?
Aguardo en mi cuarto inicialmente callado
(el silencio aparece cual siervo a poner orden)
Y yo espero que una por una las mentiras se aparten:
¿Qué más queda? ¿Qué retiene al agonizante?
¿Al punto de impedirle morir? ¿Qué fuerza
le  permite aun hablar entre sus cuatro paredes?
¿Lo sabré yo, el ignorante, el inquieto?
Mas lo escucho realmente hablar y su palabra
irrumpe con el día, impreciso aún:
“Como el fuego, el amor  instaura su transparencia
en la culpa y la belleza de la madera vuelta cenizas….”

Traducción: Diana Insausti

jueves, 1 de octubre de 2015

El silencio, como un sirviente, viene a poner un poco de orden

Philippe Jaccottet

(Moudon, Suiza, 1925)

Día apenas más amarillo sobre la piedra y más extenso,
     ¿no me podrás restablecer?
     Sol al fin menos tímido, sol creciente,
     restáñame este corazón.

Luz que te curvas para alzar la sombra
     y sacudir el frío de tus hombros,
     siempre he intentado comprenderte y obedecerte.

Es ahora, en febrero, cuando te yergues
     muy lentamente como un luchador lanzado a tierra
     que va a vencer
     —levántame sobre tus hombros,
     lávame de nuevo los ojos, haz que al fin me despierte,
     arráncame ya de la tierra, que no la siga masticando
     antes de tiempo como el cobarde que soy.

Ya sólo puedo hablar a través de estos fragmentos parecidos
     a piedras que hay que levantar con su parte de sombra
     y contra las que tropezamos,
     más dispersos que ellas.
**
Escucha, mira...

Escucha, mira: ¿no hay algo que sube
de la tierra, de mucho más abajo,
como una luz, en oleadas, como un Lázaro
herido, absorto, en lento batir de alas
blancas -mientras que por un instante todo calla,
y es en verdad aquí donde estamos, asustados,
y no descienden así de más allá del cielo,
a su encuentro, otros vuelos, más blancos
-por no haber discurrido entre raíces de barro-,
y no corren ahora unos contra otros
cada vez más deprisa, a la manera
de los encuentros amorosos?

Ah, piénsalo, dilo, sea lo que sea,
di que algo así puede ser visto,
que sabréis aún correr así,
pero dentro del áspero manto de la noche.
**
Interior 

Hace mucho tiempo que intento vivir aquí,
En esta habitación que aparentemente amo,
Con la mesa, los objetos indiferentes, la ventana
Que se abre al final de cada noche a otro ramaje,
El corazón del mirlo late e la hiedra sombría,
En resplandor consume en todas partes la antigua oscuridad.

Yo también acepto creer que todo es aquí dulce,
Que estoy en mi casa, que el día será hermoso.
Pero justo al pie de la cama está esa araña
(A causa del jardín) que no he pisoteado
Bastante, y se diría que aún fabrica
La trampa que espera a mi frágil fantasma.
**
El alma, tan friolera y miedosa...

El alma, tan friolera y miedosa,
¿tendrá que caminar sin fin sobre este hielo,
sola, descalza, sin saber ya ni siquiera balbucear
la oración de la infancia,
castigada sin fin su frialdad por este frío?
**
El ignorante

Cuanto más envejezco, más crezco en ignorancia,
cuanto más he vivido, menos poseo y menos reino.
Todo lo que tengo es un espacio alternativamente
nevado o brillante, pero nunca habitado.
¿Dónde está el dador, el guía, el guardián?
Permanezco en mi cuarto y de momento me callo
(el silencio, como un sirviente, viene a poner un poco de orden),
y espero a que las mentiras se aparten una a una:
¿qué queda? ¿Qué le queda a quien muere
que le impide morir? ¿Qué fuerza
le hace hablar aún entre sus cuatro paredes?

Versiones de Rafael-José Díaz

domingo, 12 de julio de 2015

Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía

ALFONSINA STORNI

Alfonsina Storni Martignoni
(Sala Capriasca, Suiza, 1892–Mar del Plata, Argentina, 1938)

Dulce tortura

Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía
sobre tus manos largas desparramé mi vida;
mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
ahora soy un ánfora de perfumes vacía.

Cuánta dulce tortura quietamente sufrida
cuando, picada el alma de tristeza sombría,
sabedora de engaños, me pasaba los días
¡besando las dos manos que me ajaban la vida!



jueves, 17 de octubre de 2013

Con el paso lento, y los ojos fríos y la boca muda

ALFONSINA STORNI

Alfonsina Storni Martignoni
(Sala Capriasca, Suiza, 1892–Mar del Plata, Argentina, 1938)

DOLOR

Quisiera esta tarde divina de octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;

Que la arena de oro, y las aguas verdes,
Y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordar

Con las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
Y la boca muda, dejarme llevar;

Ver cómo se rompen las olas azules
Contra los granitos y no parpadear

Ver cómo las aves rapaces se comen
Los peces pequeños y no despertar;

Pensar que pudieran las frágiles barcas
Hundirse en las aguas y no suspirar;

Ver que se adelanta, la garganta al aire,
El hombre más bello; no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;

Y, figura erguida, entre cielo y playa,
Sentirme el olvido perenne del mar.
***
TÚ ME QUIERES BLANCA

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
***
VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

martes, 27 de agosto de 2013

Mi propia sombra en las tinieblas

CARL G. JUNG

(Suiza, 1875 - 1961)

“Era de noche en algún lugar desconocido. Yo estaba realizando una lenta y penosa caminata con un fortísimo viento que venía de frente. Había mucha niebla alrededor mío. Tenía mis manos protegiendo una débil llama que amenazaba con apagarse en cualquier momento. Todo dependía de que yo mantuviese esa pequeña llama viva. De pronto, tuve la sensación de que algo venía detrás de mí. Volteé y vi una gigantesca figura negra que me seguía. En ese momento estaba consciente, dentro del terror que sentía, que yo debía mantener viva la llama y alejada de los peligros, a pesar de la noche y el viento”. 
***

“Al despertar me di cuenta de que esa figura era un espectro del Brocken, mi propia sombra en las tinieblas, que se ponía en evidencia por la pequeña llama que yo portaba. También supe que esa pequeña llama era mi conciencia, la única luz que poseo. Mi propio entendimiento es mi único y gran tesoro. Aunque infinitamente pequeño y frágil en comparación con los poderes de la oscuridad, sigue siendo mi luz, mi única luz. 

“La sombra representa cualidades y atributos desconocidos o poco conocidos del ego tanto individuales (incluso conscientes) como colectivos. Cuando queremos ver nuestra propia sombra nos damos cuenta (muchas veces con vergüenza) de cualidades e impulsos que negamos en nosotros mismos, pero que podemos ver claramente en otras personas.”

De Teoría de la sombra, Obra CompletaMadrid: Editorial Trotta.

sábado, 21 de julio de 2012

Y comes más imágenes que pan...

PHILIPPE JACCOTTET
(Moudon, Suiza, 1925)

La voz

¿Quién canta allí cuando todos callan? ¿Quién canta
con pura y apagada voz ese canto tan hermoso?
¿Será en las afueras de la ciudad, en Robinson,
en un jardín cubierto de nieve? ¿O aquí cerca
alguien que no esperaba que pudiéramos escucharlo?
No nos impacientemos
ya que el día no viene precedido, ni mucho menos,
por el pájaro invisible. Pero permanezcamos
en silencio. Una voz sube, y como el viento de marzo
le otorga fuerza a la envejecida madera, nos llega
sin lágrimas, más bien sonriendo ante la muerte.
¿Quién cantaba allí cuando se apagó nuestra lámpara?
Nadie lo sabe. Sólo al corazón que no busca
ni la posesión ni la victoria le será dado oírlo.

Versión al castellano: Jorge Nájar
***
Escucha, mira...

Escucha, mira: ¿no hay algo que sube
de la tierra, de mucho más abajo,
como una luz, en oleadas, como un Lázaro
herido, absorto, en lento batir de alas
blancas -mientras que por un instante todo calla,
y es en verdad aquí donde estamos, asustados,
y no descienden así de más allá del cielo,
a su encuentro, otros vuelos, más blancos
-por no haber discurrido entre raíces de barro-,
y no corren ahora unos contra otros
cada vez más deprisa, a la manera
de los encuentros amorosos?

Ah, piénsalo, dilo, sea lo que sea,
di que algo así puede ser visto,
que sabréis aún correr así,
pero dentro del áspero manto de la noche.

Versión de Rafael-José Díaz
***
El alma, tan friolera y miedosa...

El alma, tan friolera y miedosa,
¿tendrá que caminar sin fin sobre este hielo,
sola, descalza, sin saber ya ni siquiera balbucear
la oración de la infancia,
castigada sin fin su frialdad por este frío?

Versión de Rafael-José Díaz
***
La seminación
(Fragmento)

1966
Mayo

Carga afectiva de las palabras: más grande probablemente entre más oculta está. Lo que Chagall me dijo alguna vez de Mozart: más transparente es su música, más sensible es en ella la muerte. No estoy seguro de que esto sea exacto, pero hay una verdad y una belleza en este pensamiento. Regla de la contradicción: más pretende la literatura ser inspiración pura, más verbal parece (surrealismo). Lo cual no quiere decir que deba ser verbal para parecer inspirada.
**
Noviembre

Conflicto entre la rima y la “verdad”.  A veces quisiera la rima para asegurar la coherencia del poema; como me hace decir otra cosa de lo que debo, la abandono, lo cual tampoco es satisfactorio.
**
1971
Mayo

Poesía: entre más se comprende cómo debería hacerse, menos se consigue hacerlo. El virtuosismo aparece con el vacío.

Según Leopardi, ilusiones y grandeza del hombre son inseparables. En la poesía antigua, la naturaleza es la que habla; en la poesía moderna (la que llama romántica), el poeta. Signo, según él, de funesto envejecimiento.
**
1973
Marzo

¿Hacer su fardo de imágenes, el inventario de su magro bien? Una historia de fantasmas todo nos lo reclama, sustentada en la abundancia de pruebas sangrientas, pronto borradas, y no obstante aún dudamos de que sea necesario reducir todo a eso.
        Lo que únicamente puede escribirse, no decir...

(¿Quién escribió: “Te regalo estos versos por si mi nombre/ aborda dichosamente épocas lejanas...?” Me suena como a Du Bellay, o a un eco moderno de Du Bellay. ¿Baudelaire? No sé por qué estos versos me pasan por la cabeza en este momento.)

Recibe estas imágenes, recibe estas sombras, recibe este humo o
    \esta nada.
Ves con pavor cambiar tus manos,
te asalta el vértigo porque pronto te faltará la gracia, o la fuerza,
recoge, pues...

Mientras las urracas color tablero vuelan de pino en pino bajo
    \la lluvia fina, alzada por el viento,
muestra a los amigos estos trazos de fantasmas...

La ciudad para el niño asustado tiene su mapa inscrito en el corazón.
Un perro rabioso y cruel dirige la escuela,
la talabartería huele mal, la peonía está mojada,
bajo la lámpara de perlas verdes que iluminan el tablero pulido,
una mano pasa las páginas del libro,
Siegfried entra en Worms sobre un alto puente levadizo
−su caballo es más blanco que la nieve−,
una voz olvidada, a través de la escritura gótica,
descifra su historia salvaje,
pronto va a caer con la lanza en la espalda cerca de la fuente, entre
    \las flores.

No es lo que se cree, no vivimos una historia continua y coherente entre rostros familiares...
Que lejos está la gente, ¿e incluso tiene un rostro? ¿Se nos ha
    \olvidado, jamás visto, o se ha ocultado?
En todo caso, nada queda intacto en la memoria.
¿Dónde están? ¿Dónde estamos?

Más cercanas algunas veces las flores, el seto de boj, un objeto viejo
    \transformado en talismán.
Más cercanos algunos lugares, un muro cubierto de árboles contra
    \la espaldera, un pequeño templo redondo en un jardín,
y al salir de las calles sombrías,
el Arsenal ciego tras las rejas,
los aserraderos en sus cobertizos, y su polvo dorado entre
    \embarcadero y cementerio,
donde el gran muro de la prisión dominaba el río, con sus pequeñas
    \ventanas sombrías de barrotes.

El Broye no dejaba de correr en la niebla,
el domingo los fusiles tronaban repercutidos por los acantilados
    \verdosos.
Una pareja envejecía en la espera de una carta de América.
Cuatro hermanas se ajaban en la casa demasiado cerrada,
una erraba con camisola rosa en la escalera abovedada,
a la otra la metieron en el asilo donde pinta ramos,
la más chica tiene las mejillas rojas a fuerza de permanecer de pie
    \cerca de los hornos, vestida de negro,
¿y Sofía no va ahogarse en una pena de amor?
Pero el padre se ahoga de risa sacudiendo su cuerpo obeso.
A la hora de la merienda, sacan viejas galletas de un armario pintado
    \de rojo en el interior.

¿Qué haces ahí? No estás alegre ni triste, te sorprendes quizá
y comes más imágenes que pan...

**
1975
Octubre

La extraña dificultad que representa el hecho de casi no poder sentir ninguna cosa sin pensar de inmediato en su “utilización” poética –lo que a la larga vuelve la sensación irritante, y acabará por impedirte sentir para no caer en esa trampa– cuyo ejemplo extremo es la anécdota de Goethe marcando el ritmo con los dedos sobre la espalda desnuda de su amante del momento.

Dicho de otra manera, sucede que, aproximadamente, algo detestable, exasperante al menos, la atención al mundo motivada por cierto trabajo poético, después de un tiempo, acabará por alterar, si no destruir, la capacidad de emoción. Vemos una hoja que cae de un sarmiento de la viña, y es necesario que, en seguida, la veamos caer sobre la página blanca; en la mañana sentimos la frescura única del aire en otoño, la claridad del cielo, el brillo de la luz sobre las hierbas y los árboles, y no podemos probarlos tranquilamente, íntegramente, sin que el poeta se levante en tu cabeza como un escribano diligente, ¡y anote! Por ello quisiéramos ya no sentir, para que él se duerma. Porque su intervención casi automática, su actividad maníaca y puntillosa parecen falsear los vínculos con el mundo, volverlos menos verdaderos –interrumpirlos también demasiado rápido.  Ya nos vemos limitados a cerrar los ojos para escapar de este mecanismo.

¿Cómo encontrar una salida? Ya me he propuesto una hace mucho tiempo: la irrupción de acontecimientos bastante violentos para estropear este mecanismo, cualquier borrasca interior o exterior. Pero es condenarse a esperar lo imprevisible; y ¿si no se produce jamás, o demasiado raramente, como es probable? ¿Habrá un camino más simple, más modesto, más propio a mi caso y a mis medios? ¿O habrá que resignarse a un silencio que continúa pesando si se prolonga?

Pienso que haría falta, quizás, aceptar este fenómeno, o mejor, intentar negarlo, de ser posible; tratarlo con desprecio. Y por consiguiente, avanzar de nuevo, más o menos a ciegas, cediendo al primero, al más débil impulso, a su gusto, sin objetivo –dejando pasar el flujo, incluso intermitente, de las sensaciones y los sentimientos. Sin detenerse demasiado en las dudas, los temores, los escrúpulos, etc.

Cuando el día es bello en los árboles inmóviles, cuando se aventuran las últimas flores del año, las amarillas, las azules, las malvas, cuando la tierra removida por el rastrillo está negra debido a las lluvias que ha habido, ¿por qué prohibirse estar colmado y tranquilo un instante?
**
1976
Marzo

Vuelvo al pensamiento de las “dos noches”, aquella que es transparente, vasta, mágica, y la otra, la prisión de que no se sale. Cuando uno se siente oprimido en la cama, en el cuarto obscuro, se levanta, empuja la puerta, desciende la escalera –el silencio es, a estas horas, total−, pero toda la casa es todavía una prisión; y cuando uno sale de la casa, quedan aún estos muros más altos, esta inmensa bóveda sin la menor grieta. Quizá, si uno saliera  de verdad, se acordaría de que la noche está abierta; pero en realidad sucede que uno no ha salido de su cama, y la siente como un muro más allá de los muros, una muralla más ancha y más infranqueable, que casi fatalmente se vuelve la imagen de la muerte; o más bien, en la cual se sustituye la imagen más inflexible de la muerte, de la muerte sin alba. Por el momento, todavía puedes esperar, tener paciencia, sermonearte. Cierto, el silencio es más pesado que calmante; se diría un vacío inmenso –y que dura. Uno se sorprende de que casi no lo atraviesen suspiros ni gritos de horror. Se produce un derrape, una deriva. Pero, con tal que uno tenga paciencia, sabe que el muro pronto va a desmantelarse. Los pájaros van a venir; son como los obreros levantados muy temprano que abren las brechas y cuyo celo crece a medida que el trabajo avanza. A veces, se les escucha como el prisionero a las llaves del ensanchamiento. Un tintineo en el estrecho corredor.

Al contrario, la noche mortal, la noche imaginada es la última noche, aquella en que los pájaros están por siempre ausentes. (Su voz que se empeña en encender el fuego, hacia el este –y de pronto el fuego agarra. Pequeños pastores celosos, serviciales, entusiastas.)

La noche en que los esperamos en vano. Sin manera de encontrar la salida. Desde el nacimiento estamos acorralados contra este muro. Se acerca, crece, se espesa, pesa más. Pero todo esto no es más que imágenes; bellas o no, siempre en exceso muy bellas.

La única cosa grave es la muerte prematura, la muerte antes de la muerte, en vida. Se está acorralado. Hay un hocino que corta el tallo de los ojos –mientras que las noches y los días continúan alternándose sin con ello ser lo menos alterado del mundo.

Extraña cosa los ojos, que beben el mundo y contribuyen a su metamorfosis con imágenes inmateriales, o menos materiales. Cortados, o usados, o apagados. ¡Qué difícil es todo para cada uno de nosotros!
**
Septiembre

Una época de desencajamiento universal y de reconstrucciones sumarias. Vemos oponerse, o incluso aliarse, el exceso de complicación y el exceso de simplificación. Los resultados son desastrosos. Nivel cultural de los media por una parte; lenguaje de los profesores, de los sabios, por otra. Allí también se rompió un equilibrio.
**
1978
Octubre

Cosas reales, verdaderas, sí, pero lejanas y casi inasibles, extrañas  −¿inmerecidas quizá? Cosas menos que otras veces mezcladas con lo cotidiano, vueltas excepción, casi espejismos –y sin embargo las únicas que te devuelven el gusto de escribir, que te incitan a retomar la pluma. Ya casi perdidas, pasadas antes que por venir –y eso paraliza. El tiempo para intentar decirlas, ya huyeron, se callaron, ya no las escuchamos, y por consiguiente, ¿cómo traducirlas?
**
1979
Mayo

La palabra gozo: tomarse el tiempo de pensar en esta palabra. Sorprendido de que me llegue de repente.

Traducción de Eduardo Uribe 

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char