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martes, 8 de mayo de 2018

Hay que quedarse extenuado, esperar y mirar en vano

SIMONE WEIL
(París, Francia, 1909-Londres, Inglaterra, 1943)


LA PUERTA

Ábrenos pues la puerta y veremos los huertos,
beberemos su agua fresca donde la luna ha dejado su huella.
Arde el largo camino hostil a los extranjeros,
erramos sin saberlo y no hallamos lugar en ninguna parte.

Queremos ver flores. Aquí la sed nos domina.
Vednos ante la puerta, esperando y sufriendo
la derribaremos a golpes si es preciso.
Presionamos y empujamos, pero el obstáculo es muy sólido.

Hay que quedarse extenuado, esperar y mirar en vano.
Miramos la puerta; está cerrada, inexpugnable.
Fijamos nuestros ojos en ella; lloramos por el tormento;
la vemos siempre; el peso del tiempo nos agobia.

La puerta está ante nosotros; ¿de qué sirve desear?
Más vale irse y abandonar la esperanza.
Nunca podremos entrar. Estamos cansados de verla...
Al abrirse la puerta dejó pasar tanto silencio

que no aparecieron los huertos ni flor alguna,
sólo el espacio inmenso donde reinan el vacío y la luz
surgió de pronto por todas partes, colmó el corazón
y lavó los ojos casi ciegos por el polvo.

__________________________________

en "Poesía" nº 16", enero-febrero de 1974, Universidad de Carabobo. Trad. de Teófilo Tortolero. La imagen: Simone Weil como miembro de la Columna Durruti durante la Guerra Civil española, 1936.
Cortesía de Jonio González

sábado, 20 de agosto de 2016

El amor no es consuelo, es luz

Simone Weil
(París, 1909 - Londres, 1943) 

"La gravedad y la gracia"
(Fragmentos)

Aprende a rechazar la amistad, o más bien, el sueño de la amistad. Desear la amistad es una gran falta. La amistad debe ser una alegría gratuita como las que da el arte, o la vida. Es necesario renunciar a ella para ser digno de recibirla. Pertenece al orden de la gracia ("Dios mío, aléjate de mí...") Está en todas las cosas que nos son dadas por añadidura.
Todo sueño de amistad merece quebrarse. No es por azar que tú no hayas sido amada jamás.... Desear escapar a la soledad es cobardía. La amistad no se busca, no se sueña, no se desea: se ejercita (es una virtud). Abolir todo margen de sentimiento impuro y de turbación.
O más bien (pues no hay que podar en sí con demasiado rigor) todo lo que en la amistad no pasa de intercambios afectivos debe pasar a la reflexión. Es totalmente inútil abandonar la virtud inspiradora de la amistad. Lo que debe prohibirse severamente es soñar con el goce de los sentimientos. Es corrupción. De igual modo que no se sueña con la música o la pintura. La amistad no se deja separar de la realidad, no es más que lo bello. Constituye un milagro... como lo bello. Y el milagro consiste simplemente en el hecho de que existe. A los veinticinco años, es tiempo de terminar radicalmente con la adolescencia...
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Quien soporta un momento el vacío, o bien recibe el pan sobrenatural, o bien cae. Riesgo terrible, pero hay que correrlo, aun sin esperanzas por un momento. Pero no hay que arrojarse en él.
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Afirmar a Dios, en la destrucción de Troya y de Cartago, sin consuelos. El amor no es consuelo, es luz.
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El pasado y el futuro entorpecen el efecto saludable de la desdicha presente, ofreciendo un campo ilimitado a las construcciones de la imaginación. Por eso, la renuncia al pasado y al porvenir es la primera de las renuncias.
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Un modo de purificación: orar a Dios, no sólo en secreto con respecto a los hombres, sino pensando que Dios no existe.
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A los ojos de Platón, el amor carnal es una imagen degradada del verdadero amor; y el amor humano casto (fidelidad conyugal) es una imagen menos degradada.
La idea de la sublimación sólo podía nacer de la estupidez contemporánea.
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No podrías haber nacido en mejor época que ésta, en que todo se ha perdido.

De La gravedad y la gracia. Trotta. Traducción, introducción y notas de Carlos Ortega.

domingo, 15 de noviembre de 2015

En cuanto a los bienes, la prueba del desapego es la alegría

SIMONE WEIL

(París, Francia, 1909-Londres, Inglaterra, 1943)

«A los 14 años, pensé seriamente en morir a causa de la mediocridad de mis facultades naturales. Tras meses de tinieblas interiores tuve de repente y para siempre la certeza de que cualquier ser humano podía entrar en ese reino en el que habita la verdad, tan solo a condición de desearla y hacer un continuo esfuerzo de atención por alcanzarla. En la palabra verdad englobo también la belleza, la virtud y toda clase de bien. La aceptación de la voluntad de Dios, cualquiera que sea, se impuso a mi espíritu como el primero y más necesario de los deberes desde que lo encontré expuesto en Marco Aurelio bajo la forma de amor fati [amor al destino] de los estoicos. Yo sabía muy bien que mi concepción de la vida era cristiana, y por tal motivo jamás me vino a la mente la idea de entrar en el cristianismo. Tenía la impresión de haber nacido en su interior. Pero añadir el dogma a esta concepción de la vida me habría parecido falto de probidad. Poseo una noción en extremo rigurosa de la probidad intelectual. No obstante, tuve con el catolicismo tres contactos verdaderamente cruciales. En 1935, con el alma hecha pedazos y en unas condiciones físicas miserables, llegué a un pequeño pueblo portugués, igualmente miserable, sola, de noche, bajo la luna llena, el día de la fiesta patronal. Las mujeres de los pescadores portaban cirios y entonaban cánticos de una tristeza desgarradora. Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo era por excelencia la religión de los esclavos, y yo entre ellos. En 1937 pasé dos días en Asís. Allí, sola en la pequeña capilla del siglo XII donde tan a menudo rezó San Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por vez primera en mi vida, a ponerme de rodillas. En 1938, pasé diez días en el monasterio de Solesmes [el misma al que se había retirado doce años antes Reverdy]. Tenía intensos dolores de cabeza, y cada sonido me dañaba como si fuese un golpe; un extremo esfuerzo de atención me permitía salir de esta carne miserable y encontrar una alegría pura y perfecta en la insólita belleza del canto. El pensamiento de la pasión de Cristo entró en mí de una vez y para siempre. El azar —pues prefiero decir azar y no providencia— hizo que un joven católico inglés me diera a conocer la existencia de los poetas metafísicos del siglo XVII. Leyéndolos, descubrí el poema "Amor" [de George Herbert]. Lo aprendí de memoria, y a menudo, en el momento culminante de las violentas crisis de dolor de cabeza, me dedicaba a recitarlo. Fue en el curso de esas recitaciones cuando Cristo mismo descendió y me tomó. En mis razonamientos sobre la insolubilidad del problema de Dios, no había previsto la posibilidad de un contacto real, de persona a persona, aquí abajo, entre un ser humano y Dios. Las historias de apariciones me desagradaban, lo mismo que los milagros en el evangelio. Nunca había leído a los místicos, pues nunca había sentido nada que me ordenase leerlos. También en las lecturas me he esforzado siempre por practicar la obediencia. No hay nada más favorable al progreso intelectual. Dios me había impedido leer a los místicos a fin de que me resultara evidente que yo no había fabricado ese contacto absolutamente inesperado. Después de decirme a mí misma durante tantos años: "Quizá todo eso no sea verdad", sentí que, sin dejar de decírmelo, debía añadir a esa fórmula su contraria: "Quizá todo eso sea verdad". Jamás he tenido la sensación de que Dios me quisiera en su Iglesia. Estoy siempre dispuesta a obedecer toda orden, cualquiera que sea. Obedecería con alegría la orden de ir al centro mismo del infierno y permanecer allí eternamente. No pretendo decir, claro está, que tenga preferencia por este tipo de órdenes. No tengo tal perversión. Pero el uso de dos palabras: anathema sit [sea condenado], me impide franquear el umbral de la Iglesia. Permanezco junto a todas las cosas que no pueden entrar en la Iglesia. Me parece positivo que algunas ovejas se queden fuera del redil. Para que la actitud de la Iglesia fuese verdaderamente eficaz y penetrara como una cuña en la existencia social, haría falta que manifestara abiertamente que ha cambiado o quiere cambiar. De otro modo, ¿quién podría tomarla en serio, recordando la Inquisición? La Iglesia fue la primera en establecer en Europa, en el siglo XIII, un esbozo de totalitarismo. Y el resorte de ese totalitarismo es el uso de esas dos palabras: anathema sit» (Marsella, 15 de mayo de 1942).
***
Cuadernos (1941-1943)
[Editados póstumamente a partir de 1950]

Estrellas y árboles frutales en flor. La completa permanencia y la extrema fragilidad proporcionan por igual el sentimiento de lo eterno.



El prójimo. Ver a cada ser humano (imagen de uno mismo) como una prisión en la que habita un prisionero con todo el universo a su alrededor.



Cuando algo parece imposible de obtener, se hagan los esfuerzos que se hagan, significa que se ha llegado a un límite infranqueable en ese plano, e indica la necesidad de un cambio de plano, de una ruptura del techo. Esforzarse hasta el agotamiento en ese plano, degrada. Más vale aceptar el límite, contemplarlo y saborear toda su amargura.



Enfermedades que, curadas de una forma, reaparecen de otra (Hipócrates). Idea de gran calado. Que vale también para el alma. Y vale para los obstáculos de una doctrina o de una ciencia. Y para la sociedad. Y para el arte. Sustituimos una palabra, una imagen o un verso por otro, y se produce la misma imperfección. ¿Cómo lograr que no sea así, cómo conseguir un tránsito a mejor?



Virtud simbólica del agua: su tendencia natural al equilibrio.



Renuncia. Renunciar a los bienes materiales. ¿Pero no son estos acaso condición de algunos bienes espirituales? ¿Acaso se piensa igual cuando se padece hambre, o se está agotado físicamente o se siente uno humillado y sin consideración? Por tanto, hay que renunciar también a esos bienes espirituales. ¿Qué es lo que queda cuando se ha renunciado a todo lo que tiene una dependencia del exterior? ¿Tal vez nada? Esa es la verdadera renuncia a uno mismo. Yo soy nada. Yo soy todo.



El tiempo nos conduce —siempre— adonde no queremos ir. Amemos el tiempo.



El infierno como un paraíso ilusorio. No otra cosa es la voluptuosidad. La de «paraísos artificiales», es una expresión excelente. La voluptuosidad (pero no el placer puro) constituye una dicha ilusoria. En su lugar, el placer puro puede acompañar a la dicha, pero no encierra una ilusión. No parece infinito; tiene una apariencia de limitado. / Algunos buscan el reino de Dios como si se tratara de un paraíso artificial, aunque sea el mejor de los paraísos artificiales.



Llega un punto en la desgracia en el que ya no somos capaces de soportar ni que continúe ni que se nos libere de ella.



Pedagogía. Debería enseñársele a los niños de primaria la lista de las cosas que la ciencia no está en absoluto en condiciones de explicar.



El objeto de mi estudio no es lo sobrenatural, sino este mundo. Lo sobrenatural es la luz. Si nos atreviéramos a hacer de ello un objeto de estudio, lo menoscabaríamos.



Los únicos esfuerzos puros son los esfuerzos sin finalidad, pero son humanamente imposibles.



El sufrimiento y el goce como fuentes de saber. La serpiente ofreció el conocimiento a Adán y Eva. Las sirenas ofrecieron el conocimiento a Ulises. Estas historias ponen de manifiesto que el alma se pierde al poner el conocimiento en el placer. ¿Por qué? El placer es quizá inocente, siempre que no se busque en él el conocimiento. Este solo está permitido buscarlo en el sufrimiento.



Goza con el desapego. En cuanto a los bienes, la prueba del desapego es la alegría.



Sin el mal, este mundo sería irreconocible.



No es el hombre quien debe ir hacia Dios; es Dios quien va hacia el hombre. Este solo debe mirar y esperar.



Dios nos ha vestido con una personalidad —lo que somos— con objeto de que nos la quitemos.



Si mi salvación eterna se hallara en esta mesa bajo la forma de objeto, y no tuviera más que alargar la mano para cogerla, no lo haría sin haber recibido la orden.



El racionalismo: si el racionalismo consiste en pensar que la razón es el único instrumento, está bien; si consiste en pensar que puede ser un instrumento suficiente, es una tontería.



Maya, la ilusión. Es muy real (a su modo), pues cuesta mucho trabajo salir de ella. Pero su realidad consiste en ser ilusión.



La vida humana es imposible. Pero solo la desgracia logra que lo sintamos.



Nada poseemos en el mundo —porque el azar puede quitárnoslo todo—, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea, destruir. No hay en absoluto ningún acto libre que nos esté permitido, salvo la destrucción del yo.



Dios solo puede estar presente en la creación en forma de ausencia.



Zen. Contemplar la Estrella Polar mirando al Sur.



No creer en la inmortalidad del alma, sino contemplar la vida entera como algo destinado a preparar el instante de la muerte; no creer en Dios, sino amar siempre el universo como a una patria, incluso desde la angustia del sufrimiento; ese es el camino de la fe por la vía del ateísmo. Esa fe es la misma que resplandece en las imágenes religiosas. Sin embargo, cuando se llega a ella por ese otro camino, las imágenes sobran.



Definir lo real. Nada hay tan importante como eso.



No hay cosa más opuesta a la unión de los contrarios que «el justo medio».



Dos encarcelados en celdas vecinas que se comunican dando golpes en la pared. La pared es lo que los separa, pero también lo que les permite comunicarse. Igual que nosotros y Dios. Toda separación es un vínculo.



El cuerpo humano es la balanza en la que lo sobrenatural y la naturaleza hacen de contrapeso.



Concebir la posibilidad de que los contrarios se unan es lo propio de la parte divina del alma.



Uno de los placeres más deliciosos del amor humano, servir al ser amado sin que lo sepa, no es posible en el amor a Dios más que por el ateísmo.



Axioma: todo lo que me pertenece carece de valor, pues, por esencia, hay incompatibilidad entre el valor verdadero y la propiedad.



Vivimos aquí abajo en una mezcla de tiempo y eternidad. La alegría corresponde a un crecimiento del factor eternidad; el dolor, a un predominio del factor tiempo. ¿Por qué, pues, el paso por el dolor hace más sensible a la belleza?



El fin de la vida humana es construir una arquitectura en el alma.



Si el cielo fuese como lo pintan, seríamos allí más desdichados que en la tierra; pues en la tierra se puede tener la esperanza de avanzar hacia cualquier grado de perfección, mientras que en el cielo, tal como lo describen, aunque unos valgan menos que otros, y en consecuencia todos menos de lo que es posible valer, no hay nunca ningún progreso. ¿Cuánto habrá envenenado el imperio romano al cristianismo para que describan el paraíso como la corte de un soberano?



Solo lo universal es verdadero, y el hombre no puede prestar atención más que a lo particular. Esta dificultad es el origen de la idolatría.



¿Por qué la reunión de dos o tres cristianos en el nombre de Cristo no cuenta como un sacramento?



En la Biblia, se dice siempre: Haréis huir a vuestros enemigos, los masacraréis, etcétera, para que se sepa quién es vuestro Dios. Jamás: mandaréis trigo allí donde hay hambre, etcétera, para que se sepa...



Si actualmente un hombre se vendiera como esclavo a otro, la convención sería jurídicamente nula, pues la libertad es inalienable por el hecho de ser sagrada. / Colocando la propiedad junto con la libertad entre las cosas sagradas, las gentes de 1789 —si las palabras tienen algún sentido— la declaraban inalienable y la sustraían al tráfico. Pero los hechos han mostrado que las palabras no tienen sentido.



La humildad es ante todo una cualidad de la atención.



Algo misterioso en este universo es cómplice de aquellos que no aman más que el bien.



* No te dejes encarcelar por ningún afecto. Preserva tu soledad. Si alguna vez ocurre que se te ofrezca un afecto verdadero, aquel día no hallarás oposición entre la soledad interior y la amistad, sino al contrario. Precisamente lo reconocerás por ese indicio infalible. Los demás afectos deben someterse a una disciplina severa.



* La pureza es nuestra capacidad para contemplar la mancha.



* El poder —y el dinero, esa llave maestra del poder— es el medio puro. Precisamente por eso, es también el fin supremo de todos aquellos que no han comprendido nada.



* Belleza: una fruta a la que se mira sin alargar la mano. Semejante a una desgracia a la que se mira sin retroceder.


* Fragmentos de SW acotados por Gustave Thibon, editor de La gravedad y la gracia (1947), antología de sus Cuadernos.
Fuente: elestadomental.com

domingo, 22 de julio de 2012

Una dificultad es un sol

SIMONE WEIL
(París, Francia, 1909-Londres, Inglaterra, 1943)
De Anotaciones sobre arte y poesía
[Fragmentos]

La libertad es un límite [la libertad entendida como necesidad superada, porque la libertad de indiferencia no es más que un sueño]. La esclavitud también. Toda situación real se ubica entre ambas.


Vencer un obstáculo que uno se ha puesto sí mismo no es vencer un obstáculo —sólo el obstáculo encontrado es obstáculo. En el puro juego, no existe el verdadero obstáculo.
Sin obstáculos inevitables —sin necesidad— el arte acabaría siendo un simple juego. Pues ¿qué expresaría entonces? Toda obra de arte es un canto a la necesidad. El arte griego y los demás. Filóctetes, etcétera.


Nuestra civilización se asienta sobre la cantidad.
Se ha perdido en todo la noción de medida (ej., las marcas de los atletas).
Lo ha corrompido todo. También la vida privada, porque la templanza es impensable en ella. Al margen de las reglas exteriores (las conveniencias burguesas), todo el movimiento moral de posguerra (e incluso de antes) no es más que una apología de la intemperancia (surrealismo), o sea, en definitiva, de la locura...
Concepción moderna del amor.


Los grandes artistas son aquellos para los cuales el arte es algo secundario, un medio. Los demás son inferiores (Proust).


El arte (no importa cuál) tiene que ver con dos cosas: con el trabajo y con el amor. ¿Correspondencias entre ambas?
El amor, sin embargo, está presente en el arte en la medida en que está superado o incluso negado. La lección de la obra de arte: prohibido tocar las cosas hermosas. La inspiración del artista es siempre platónica.
El arte es de ese modo el símbolo de dos de los más nobles empeños humanos: contruir (trabajo) y no destruir (amor superado). Si todo amor es por naturaleza sádico, el pudor, el respeto y la moderación representan las señas humanas. No apropiarse de lo que uno ama..., rechazar el poder...
El poema enseña a contemplar los pensamientos en lugar de cambiarlos.


[...]


Leemos, pero también somos leídos por otro. Interferencias entre ambas lecturas. Obligar a alguien a que se lea a sí mismo como lo leen los demás (esclavitud). Obligar a los demás a que nos lean como nos leemos a nosotros mismos (conquista).
¿Automatismo?
La mayoría de las veces, diálogo de sordos.


Un cuaderno blanco bordeado de negro. He ahí uno de los secretos de la composición, sobre todo en poesía y en prosa.
El autor debe jugar con la imaginación del lector tan fríamente como lo hace una mujer con la imaginación del hombre al que quiere conquistar —que aquí es también el lector—, a la par que debe dejarse llevar por un sentimiento violento, intenso, que no se altere con el juego, pues es el único punto posible de comparación para la eficacia del mismo. Cuando uno de estos puntos de comparación falta, o se produce una mescolanza, la escritura es de segundo —por no decir de enésimo— orden.
[...]


Ninguna poesía que concierna al pueblo es auténtica si en ella no se encuentra el cansancio, y el hambre y la sed surgidos de ese cansancio.


[Poesía: virtud de la rima (y del metro, y de todas las demás constricciones): detenerla, romper violentamente las asociaciones.]
[Poesía: un remedio a la sujeción de las dos dimensiones que restringe el lenguaje escrito, y a la de la única dimensión que restringe al lenguaje oral por los múltiples vínculos existentes entre las palabras.] [¿Y la música, los temas, la voz, etc.? Seguramente igual.]


La poesía: ir con las palabras al silencio, a la ausencia de nombre. Las matemáticas: ir con las formas a la ausencia de forma.


—Tal vez —el genio no es más que una capacidad para atravesar las “noches oscuras”. Los que carecen de él, no bien llegan al borde de la noche oscura, se desaniman y declaran: no puedo; no estoy hecho para esto; no entiendo nada.
(Como esos que dicen: me gusta la poesía, pero cada vez que he intentado escribir un poema, era tan malo que se me quitaban las ganas de seguir.)
Por eso el talento es, en general —casi siempre, prácticamente siempre—, una condición del genio. Antes de abordar la noche oscura, la igualación o superación de los mejores en una especialidad (los mejores contemporáneos) constituye una poderosa defensa contra la creencia en la propia incapacidad y contra el desánimo.


[...]


El padecimiento de una obligación se merece a fuerza de amor. Cf. el caso de la inspiración poética.


La inteligencia no puede nunca penetrar el misterio, pero puede —y es la única que puede— dar cuenta de la conveniencia de las palabras que lo expresan. En ese cometido, debe ser más aguda, más perspicaz, más precisa, más rigurosa y más exigente que en cualquier otro.


Timeo. Un poema es hermoso en la exacta medida en que la atención que lo constituye está dirigida hacia lo inexpresable.
El mundo es hermoso. Dios compuso el mundo pensándose a sí mismo.
Quienquiera que tenga la experiencia del carácter trascendente de la inspiración en la creación artística sabe que no hay prueba más evidente de Dios que la hermosura del mundo.
Así como el poeta compone el poema pensando el silencio, así Dios engendró el Verbo pensándose a sí mismo.


Un poema ha de querer decir al mismo tiempo algo y nada —la nada de arriba.


En todo aquello que nos provoca una auténtica y pura sensación de lo bello existe realmente presencia de Dios. Hay como una especie de encarnación de Dios en el mundo (Timeo), cuya marca es la belleza.
Lo bello es la prueba empírica de que la encarnación es posible.
Por esa razón, todo arte de primer orden es por esencia religioso. (Cosa que hoy en día ya se ha olvidado.) Tan testimonial es un canto gregoriano como la muerte de un mártir.
Los griegos veían así el arte. Estatuas griegas. Presencia real de Dios en una estatua griega. Contemplarlas es un sacramento.
La ciencia y el arte tienen un mismo y único objetivo, que es el de experimentar la realidad del Verbo ordenador. La ciencia es al logos lo que el arte al Eros órfico, y logos y Eros son el mismo.
(Antes me costaba entender qué unía al arte y a la ciencia. Ahora me cuesta entender qué los diferencia.)
El objeto de la ciencia es la exploración A PRIORI de lo bello.
La teoría de lo bello en las artes y la contemplación de lo bello en las ciencias son cosas, ambas, que deben encontrarse en un mismo camino aún por explorar.
En lo bello ha de verse siempre manifiestamente “la naturaleza de lo necesario”. Es el espacio en la pintura; el tiempo, en la música y la poesía.
Se puede establecer una teoría partiendo del planteamiento de lo bello como encarnación.
La eucaristía constituye esa “imagen manifiesta de la sabiduría” , que no es, sin embargo, manifiesta por naturaleza, sino manifiesta en virtud de una institución sobrenatural.
El Verbo es el movimiento descendente “per quem omnia facta sunt” .


[La atención extrema es lo que constituye la facultad creadora del hombre, y no existe más atención extrema que la religiosa. La magnitud del genio de una época es rigurosamente proporcional a la magnitud de atención extrema, es decir, de religión auténtica, en dicha época (¿Y el siglo XVIII?)]


La obra de arte: materia infinitamente compleja, recorrida por una multitud de proporciones dispuestas de una manera tan acorde con nuestra naturaleza que las percibimos de un golpe.


Si lo bello es presencia real de Dios en la materia, si el contacto con lo bello es, en el pleno sentido de la palabra, un sacramento, ¿cómo es que hay tantos estetas perversos? Nerón. ¿Es su caso parecido a la avidez de los adictos a las misas negras por las hostias consagradas? ¿O tal vez resulta, con mayor probabilidad, que esas personas no se inclinan por lo auténticamente bello, sino por una mala imitación? Pues así como hay un arte divino, hay también un arte demoníaco. Ése es sin duda el que le gustaba a Nerón. Una gran parte de nuestro arte es demoníaco.
Un apasionado aficionado a la música puede perfectamente ser un hombre perverso —aunque me resultaría difícil creerlo de alguien amante del canto gregoriano.


[...]


El refinamiento técnico en las artes no tiene otro objeto que el de utilizar las facultades representativas para, como en el ko-an, alcanzar la simplicidad. La poesía provenzal. La poesía inglesa. La utilización del preciosismo.


“No hay engaño en el número y la armonía.” Nada de arbitrariedad. Nada de imaginación.


[...]


La técnica constituye una adaptación de los medios a los fines. Pero el auténtico arte es una finalidad sin fin. La técnica del artista verdadero es, pues, una técnica trascendente. La técnica trascendente es lo mismo que la inspiración. En cierto sentido, sólo hay inspiración en el arte, donde la técnica no trascendente no ha desempeñado papel alguno. En cierto sentido, también, sólo existe la técnica, porque la inspiración es técnica. (Conexión de las nociones de orden y técnica.)


[...]


Traducción de Carlos Ortega

jueves, 9 de diciembre de 2010

El poema de la fuerza

DE ARCHIVO
La Ilíada, o El poema de la fuerza
(fragmento), de Simone Weil


El verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de La Ilíada es la fuerza. La fuerza manejada por los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual la carne de los hombres se crispa. El alma humana sin cesar aparece modificada por sus relaciones con la fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de que cree disponer, doblegada por la presión de la fuerza que sufre. Los que soñaron que la fuerza, gracias al progreso, pertenecía ya al pasado, pudieron ver en este poema un documento; los que saben discernir la fuerza, hoy como antes, en el centro de toda historia humana, encuentran en él el más bello, el más puro de los espejos.
La fuerza es lo que hace de quien quiera que le esté sometido una cosa. Cuando se ejerce hasta el fin, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Habla alguien y, un instante después, no hay nadie. Es un cuadro que La Ilíada no se cansa de presentar:

"... los caballos haciendo resonar los carros vacíos por los caminos de la guerra, en duelo de sus conductores sin reproche. Ellos sobre la tierra yacían, de los buitres más queridos que de sus esposas".

El héroe es una cosa arrastrada tras un carro en el polvo:

... "Alrededor, los cabellos negros estaban esparcidos, y la cabeza entera en el polvo yacía, antes encantadora; ahora Zeus a sus enemigos había permitido envilecerla en su tierra natal".

A la amargura de tal cuadro la saboreamos pura, sin que ninguna ficción reconfortante venga a alterarla, ninguna inmortalidad consoladora, ninguna insípida aureola de gloria, o de patria:

"Su alma fuera de sus miembros voló, fue hacia el Hades, llorando su destino, abandonando su virilidad y su juventud".

Más patética todavía, por lo doloroso del contraste, es la evocación súbita, rápidamente borrada, de otro mundo, el mundo lejano, precario y conmovedor de la paz, de la familia, ese mundo donde cada hombre es para los que lo rodean lo que más cuenta:

"En la casa ella ordenaba a sus sirvientas de hermosos cabellos poner cerca del fuego un gran trípode, a fin de que hubiera para Héctor un baño caliente al retornar del combate. ¡Ingenua! No sabía que muy lejos de los baños calientes el brazo de Aquiles lo había sometido, a causa de Atenas la de los ojos verdes".

En verdad, estaba lejos de los baños calientes el desdichado. No estaba solo. Casi toda La Ilíada transcurre lejos de los baños calientes. Casi toda la vida humana ha transcurrido siempre lejos de los baños calientes.
La fuerza que mata es una forma sumaria, grosera, de la fuerza. Mucho más variada en sus procedimientos y sorprendente en sus efectos es la otra fuerza, la que no mata; es decir, la que no mata todavía. Matará seguramente, o matará quizá, o bien está suspendida sobre el ser al que en cualquier momento puede matar; de todas maneras, transforma al hombre en piedra. Del poder de transformar un hombre en cosa matándolo procede otro poder, mucho más prodigioso aún: el de hacer una cosa de un hombre que todavía vive. Vive, tiene un alma, y sin embargo es una cosa. Ser muy extraño, una cosa que tiene un alma; extraño estado para el alma. ¿Quién podría decir cómo el alma en cada instante debe torcerse y replegarse sobre sí misma para adaptarse a esta situación? No ha sido hecha para habitar una cosa, y cuando se ve obligada a hacerlo no hay ya nada en ella que no sufra violencia.
Un hombre desarmado y desnudo sobre el cual se dirige un arma se convierte en cadáver antes de ser alcanzado. Durante un momento todavía calcula, actúa, espera:

"Pensaba, inmóvil. El otro se aproxima, todo sobrecogido, ansioso de tocar sus rodillas. En su corazón deseaba escapar a la muerte malvada, al negro destino... Y con un brazo apretaba para suplicar sus rodillas, con el otro mantenía la aguda lanza sin abandonarla...".

Pero pronto comprendió que el arma no se desviaría y, respirando aún, ya no es más que materia, pensando todavía que ya no puede pensar en nada:

"Así habló el hijo tan brillante de Príamo con palabras de súplica. Oyó una palabra inflexible:................ Dijo; al otro desfallecen las rodillas y el corazón; abandona la lanza y cae sentado, las manos tendidas, las dos manos. Aquiles desenvaina su aguda espada, hiere en la clavícula, a lo largo del cuello; y toda enterahunde la espada de doble filo. Él cara al suelo yace extendido, y la negra sangre se escapa humedeciendo la tierra".

Cuando, fuera del combate, un extranjero débil y sin armas suplica a un guerrero, no por eso está condenado a muerte; pero un instante de impaciencia de parte del guerrero bastaría para quitarle la vida. Es suficiente para que su carne pierda la principal propiedad de la carne viva. Un pedazo de carne viva manifiesta su vida ante todo por el estremecimiento; una pata de rana bajo una corriente eléctrica se estremece; el aspecto próximo o el contacto de una cosa horrible o aterrorizadora hace estremecer cualquier masa de carne, de nervios y de músculos. Sólo este suplicante no se estremece, no tiembla; no tiene ese derecho; sus labios tocarán el objeto para él más cargado de horror:

"Vieron entrar al gran Príamo. Se detuvo, apretó las rodillas de Aquiles, besó sus manos, terribles, matadoras de hombres, que le habían asesinado tantos hijos".

El espectáculo de un hombre reducido a tal nivel de desgracia hiela casi tanto como el aspecto de un cadáver:

"Como cuando la dura desgracia embarga a alguien, cuando en su país ha matado, y llega a la casa de otro, de algún rico, un estremecimiento se apodera de los que lo ven, así Aquiles se estremeció viendo al divino Príamo. Los otros también se estremecieron, mirándose entre sí".

Pero es sólo un momento, y bien pronto aun la misma presencia del desgraciado se olvida:

"Dijo. El otro, pensando en su padre, deseaba llorar; tomándolo por los brazos empujó un poco al anciano. Ambos recordaban, el uno a Héctor matador de hombres y se fundía en lágrimas a los pies de Aquiles, contra la tierra; pero Aquiles lloraba a su padre, y por momentos también a Patroclo; sus sollozos llenaban la morada".

No por insensibilidad Aquiles con un gesto ha empujado al suelo a ese viejo apretado a sus rodillas; las palabras de Príamo evocando a su anciano padre lo han conmovido hasta las lágrimas. Es simplemente porque se siente tan libre en sus movimientos y en sus actitudes como si en lugar de un suplicante fuese un objeto inerte lo que toca sus rodillas. Los seres humanos que nos rodean por su sola presencia tienen un poder, que les es propio, de detener, reprimir, modificar, cada uno de los movimientos que nuestro cuerpo esboza; alguien que pasa no desvía nuestro camino como un poste indicador; uno no se levanta, camina, descansa en una habitación cuando está solo de la misma manera que cuando tiene un visitante. Pero esta influencia indefinible de la presencia humana no es ejercida por hombres a quienes un movimiento de impaciencia puede privar de la vida aún antes que un pensamiento haya tenido tiempo de condenarlos a muerte. Ante ellos los otros se mueven como si no estuvieran; y ellos a su vez, en el peligro en que se encuentran de ser reducidos a nada en un instante, imitan la nada. Empujados caen, caídos permanecen en tierra, mientras a alguien no se le ocurra pensar en levantarlos. Pero levantados por fin, honrados con palabras cordiales, que no vayan a tomar en serio esta resurrección, a atreverse a expresar un deseo; una voz irritada los devolvería de inmediato al silencio:

"Dijo, y el anciano tembló y obedeció".

Al menos los suplicantes, una vez escuchados, vuelven a ser hombres como los otros. Pero hay seres aún más desgraciados que, sin morir, se convierten en cosas para el resto de su vida. No hay en sus jornadas ninguna alternativa, ningún vacío, ningún campo libre para nada que venga de ellos mismos. No son hombres que vivan más duramente que los otros, socialmente colocados más bajo que los otros; es otra especie humana, un compromiso entre el hombre y el cadáver. Que un ser humano sea una cosa es, desde el punto de vista lógico, contradictorio; pero cuando lo imposible se convierte en realidad, lo contradictorio se convierte en el alma en desgarramiento. Esa cosa aspira en todo momento a ser un hombre, una mujer, y en ningún instante lo logra. Es una muerte que se estira a todo lo largo de una vida; una vida que la muerte ha congelado mucho antes de suprimirla.
La virgen, hija de un sacerdote, sufrirá esta suerte:

"No la devolveré. Antes le sobrevendrá la vejez, en nuestra morada, en Argos, lejos de su país, corriendo al telar, viniendo a mi lecho".

La joven mujer, la madre, esposa del príncipe, la sufrirá:

"Y quizá un día en Argos tejerás la tela para otra. Y llevarás el agua de Miseis o del Hipereo, muy a pesar tuyo, bajo la presión de una dura necesidad".

El niño heredero del cetro real la sufrirá:

"Ellas sin duda se irán al fondo de las cóncavas naves, yo entre ellas; tú, hijo mío, conmigo. Tú me seguirás y harás trabajos envilecedores penando bajo la mirada de un amo sin dulzura...".

Tal suerte, a los ojos de la madre es tan horrible para su hijo como la misma muerte; el esposo prefiere haber perecido antes que ver así reducida a su mujer; el padre llama a todas las calamidades del cielo contra el ejército que somete a su hija a ese destino. Pero en aquellos sobre quienes se abate, un destino tan brutal borra las maldiciones, las rebeldías, las comparaciones, las meditaciones sobre el futuro y el pasado, casi hasta el recuerdo. No corresponde al esclavo ser fiel a su ciudad y a sus muertos.
Cuando sufre o muere uno de aquellos que le han hecho perder todo, que han asolado su ciudad, que han asesinado a los suyos bajo sus ojos, entonces el esclavo llora. ¿Por qué no? Sólo entonces le son permitidos los llantos. Hasta le son impuestos. Pero en la servidumbre, ¿las lágrimas no corren fácilmente desde el instante en que pueden hacerlo inpunemente?

"Dijo llorando, y las mujeres gimieron, tomando como pretexto a Patroclo, cada una por sus propias angustias".

En ninguna ocasión el esclavo tiene derecho a expresar algo, salvo lo que puede complacer a su amo. Por eso si en una vida tan sombría algún sentimiento puede despuntar y animarla un poco es el amor al amo. Todo otro camino está cerrado al don de amar, como para un caballo uncido a un carro las varas, las riendas y los frenos borran todos los caminos, salvo uno. Y si por milagro aparece la esperanza de volver a ser un día, por un favor, alguien ... a qué grados no llegarán el reconocimiento y el amor por hombres hacia los cuales un pasado muy reciente debería inspirar horror:

"Mi esposo, a quien me habían dado mi padre y mi madre respetadalo vi ante mi ciudad traspasado por el agudo bronce. Mis tres hermanos, nacidos de una misma madre, ¡tan queridos!, encontraron el día fatal pero tú no me dejaste, cuando mi marido por el rápido Aquiles fue muerto, y destruida la ciudad del divino Mines, verter lágrimas; me prometiste que el divino Aquiles me tomaría por esposa legítima y me llevaría en sus naves a Phthia, a celebrar el casamiento entre los mirmidones. Por eso te lloro sin descanso, a ti que siempre fuiste dulce".

No se puede perder más que lo que pierde el esclavo: pierde toda vida interior. Sólo la reconquista en parte cuando aparece la posibilidad de cambiar de destino. Tal es el imperio de la fuerza: ese imperio va tan lejos como el de la naturaleza. También la naturaleza, cuando entran en juego las necesidades vitales, borra toda vida interior y aun el dolor de una madre:

"Pues aun Níobe la de la hermosa cabellera pensó en comer, ella de quien doce hijos perecieron en su casa, seis hijas y seis hijos en la flor de la edad. A ellos, Apolo los mató con su arco de plata en su cólera contra Niobe; a ellas, Artemisa que ama las flechas. Porque ella se había comparado a Leto de hermosas mejillas diciendo: 'tiene dos hijos y yo engendré muchos'. Y esos dos, aunque no fuesen más que dos, los mataron a todos. Nueve días yacieron en la muerte; nadie vino a enterrarlos. Las gentes se habían convertido en piedras por voluntad de Zeus. Y el décimo día fueron sepultados por los dioses del cielo. Pero ella pensó en comer, cuando se sintió fatigada por las lágrimas".

Jamás se expresó con tanta amargura la miseria del hombre, que hasta lo hace incapaz de sentir su miseria.
La fuerza manejada por otro es imperiosa sobre el alma como el hambre extrema, puesto que consiste en un perpetuo poder de vida y muerte. Y es un imperio tan frío y tan duro como si fuera ejercido por la materia inerte. El hombre que se siente siempre el más débil está en el corazón de las ciudades tan solo, más solo de lo que podría estarlo un hombre perdido en medio del desierto:

"Dos toneles se encuentran colocados en el umbral de Zeus, donde están los dones que otorga, malos en uno, buenos en otro... A quien hace funestos dones expone a los ultrajes; la terrible miseria lo arroja a través de la tierra divina; va errante y no recibe consideración de los hombres ni de los dioses".
Tan implacablemente como la fuerza aplasta, así implacablemente embriaga a quien la posee o cree poseerla. Nadie la posee realmente. En La Ilíada los hombres no se dividen en vencidos, esclavos, suplicantes por un lado y en vencedores, jefes por el otro; no se encuentra en ella un solo hombre que en algún momento no se vea obligado a inclinarse ante la fuerza. Los soldados, aunque libres y armados, no reciben menos órdenes y ultrajes:

"A todo hombre del pueblo que veía y gritaba golpeaba con su cetro reprendiéndolo así: '¡Miserable, manténte tranquilo, escucha hablar a los otros, a tus superiores! No tienes ni valor ni fuerza, no cuentas para nada en el combate, para nada en la asamblea...'".
Tersites paga caro palabras que sin embargo son perfectamente razonables y que se asemejan a las que pronuncia Aquiles:

"Lo golpeó; él se encorvó, sus lágrimas corrieron aprisa, un tumor sangrante se formó en su espalda bajo el cetro de oro; se sentó y tuvo miedo. En el sufrimiento y el estupor enjugaba sus lágrimas. Los otros, a pesar de su pena, se regocijaron y rieron".

Pero el mismo Aquiles, ese héroe altivo, invicto, aparece en el comienzo del poema llorando de humillación y de dolor impotente, después que le han arrebatado ante sus ojos la mujer que quería hacer su esposa, sin que haya osado oponerse.

"(...) pero Aquiles llorando se sentó lejos de los suyos, apartado, al borde de las olas blanquecinas, la mirada sobre el vinoso mar".
Agamenón ha humillado a Aquiles con un propósito deliberado, para demostrar que es el amo:
.... "Así sabrás que puedo más que tú, y cualquier otro vacilará antes de tratarme como igual y levantar la cabeza ante mí".
Pero algunos días después el jefe supremo llora a su vez y se ve obligado a rebajarse, a suplicar, y siente el dolor de hacerlo en vano.

La vergüenza del miedo tampoco es perdonada a ninguno de los combatientes. Los héroes tiemblan como los otros. Basta un desafío de Héctor para consternar a todos los griegos sin excepción, salvo Aquiles y los suyos que están ausentes:

"Dijo, y todos callaron y guardaron silencio; tenían vergüenza de rehusar, miedo de aceptar".
Pero desde que Áyax avanza, el miedo cambia de lado:

"A los troyanos, un estremecimiento de terror hizo desfallecer sus miembros; a Héctor mismo, su corazón saltó en el pecho; pero no tenía derecho a temblar ni a refugiarse".
Dos días más tarde, Áyax a su vez siente terror:

"Zeus padre, desde lo alto, en Áyax hizo subir el miedo. Se detiene, sobrecogido, abandona el escudo de siete pieles, tiembla, mira completamente extraviado la multitud, como un animal...

También a Aquiles le ocurre una vez temblar y gemir de miedo, ante un río, es verdad, no ante un hombre. A excepción de él, absolutamente todos aparecen en algún momento vencidos. El valor contribuye menos a determinar la victoria que el destino ciego, representado por la balanza de oro de Zeus:

"En ese momento Zeus padre desplegó su balanza de oro. Colocó dos partes de la muerte que siega todo, una para los troyanos domadores de caballos, otra para los griegos acorazados de bronce. La tomó por el medio, fue cuando bajó el día fatal para los griegos".

A fuerza de ser ciego, el destino establece una especie de justicia, ciega también, que castiga a los hombres armados con la pena del talión; La Ilíada la formuló mucho antes que el Evangelio, y casi en los mismos términos:
"Ares es equitativo, mata a los que matan".

Si todos están destinados desde el nacimiento a sufrir la violencia, es ésta una verdad que el imperio de las circunstancias oculta ante el espíritu de los hombres. El fuerte no es jamás absolutamente fuerte, ni el débil absolutamente débil, pero ambos lo ignoran. No se creen de la misma especie; ni el débil se considera semejante al fuerte ni es considerado como tal. El que posee la fuerza avanza en un medio no resistente, sin que nada, en la materia humana que lo rodea, pueda suscitar entre el impulso y el acto ese breve intervalo en que se aloja el pensamiento. Donde el pensamiento no tiene cabida, ni la justicia ni la prudencia existen. Por eso los hombres de armas actúan dura y locamente. Su arma se hunde en el enemigo desarmado que está a sus rodillas; triunfan de un moribundo describiéndole los ultrajes que sufrirá su cuerpo; Aquiles degüella doce adolescentes troyanos en la hoguera de Patroclo con la misma naturalidad con que cortamos flores para una tumba. Al usar su poder nunca piensan que las consecuencias de sus actos los obligarán a inclinarse a su vez. Cuando se puede con una palabra hacer callar, temblar, obedecer a un anciano, ¿se reflexiona que las maldiciones de un sacerdote tienen importancia a los ojos de los adivinos? ¿Se abstiene de raptar la mujer amada por Aquiles cuando se sabe que ella y él no podrán menos que obedecer? Cuando Aquiles goza al ver huir a los miserables griegos, ¿puede pensar que esa huida, que durará y terminará de acuerdo con su voluntad, va a hacerles perder la vida a su amigo y a él mismo? De esa manera aquellos a quienes la fuerza es prestada por la suerte perecen por contar demasiado con ella.
No es posible que no perezcan. Pues no consideran su propia fuerza como una cantidad limitada, ni sus relaciones con otro como un equilibrio de fuerzas desiguales. Los otros hombres no imponen a sus movimientos esa pausa de donde proceden nuestras consideraciones hacia nuestros semejantes, y concluyen que el destino les ha dado todas las licencias, ninguna a sus inferiores. Entonces van más allá de la fuerza de que disponen. Inevitablemente van más allá, ignorando que es limitada. Entonces quedan librados sin recursos al azar y las cosas no les obedecen ya. A veces el azar les sirve, otras los daña; y allí están desnudos expuestos a la desgracia, sin la armadura de poder que protegía su alma, sin que nada en adelante los separe ya de las lágrimas.
Esta sanción de un rigor geométrico, que automáticamente castiga el abuso de la fuerza, fue el objeto primero de meditación entre los griegos. Constituye el alma de la epopeya; bajo el nombre de Némesis es el resorte de las tragedias de Esquilo; los pitagóricos, Sócrates, Platón, partieron de allí para pensar el hombre y el universo. La noción se hizo familiar en todos los lugares donde penetró el helenismo. Esta noción griega es quizá la que subsiste, con el nombre de kharma, en los países orientales impregnados de budismo; pero Occidente la ha perdido y ya ni siquiera tiene en sus lenguas palabras para expresarla; las ideas de límite, de mesura, de equilibrio, que deberían determinar la conducta de la vida, sólo tienen un empleo servil en la técnica. No somos geómetras más que ante la materia; los griegos fueron primero geómetras en el aprendizaje de la virtud.
La marcha de la guerra en La Ilíada consiste sólo en ese juego de balanza. El vencedor del momento se siente invencible, aun cuando algunas horas antes hubiera probado la derrota; olvida usar la victoria como algo que pasará. Al final de la primera jornada de combate que relata La Ilíada los griegos victoriosos sin duda podrían obtener el objeto de sus esfuerzos, es decir Helena y sus riquezas; al menos si se supone, como lo hace Homero, que el ejército griego tenía razón al creer a Helena en Troya. Los sacerdotes egipcios, que debían saberlo, afirmaron más tarde a Heródoto que se encontraba en Egipto. De todas maneras, esa tarde los griegos ya no querían eso:
"Que no se acepte en este momento ni los bienes de Paris ni Helena; todos ven, hasta el más ignorante, que Troya está ahora al borde de su pérdida, dijo; todos los aqueos lo aclamaron".

Lo que quieren es nada menos que todo. Todas las riquezas de Troya como botín, todos los palacios, los templos y las casas como cenizas, todas las mujeres y los niños como esclavos, todos los hombres como cadáveres. Olvidan un detalle y es que no todo está en su poder, pues no están en Troya. Quizá estarán mañana, quizá nunca.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char