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miércoles, 16 de octubre de 2013

Contradictorio, este deslizarse fácil de la mano es engañoso

SYLVIA IPARRAGUIRRE
(Junín, Buenos Aires, Argentina, 1947)

Encuentro con Munch
(Fragmento)


El temor a saltar hacia la próxima palabra; no sé bien si el temor o la incertidumbre del salto al negro

vacío o al vacío blanco. Elijo el vacío blanco, como una

luz llena de sí misma en la que me hundo, sin preguntas.

El contorno de la mano tiembla con una energía
E. Munch: La danza de la vida

suave, línea trémula de casi imperceptible fulgor: es la

circulación del lenguaje. Que me lleve, que pueda seguir

sin intentar otra cosa que seguir, que dibujar estos

trazos aprendidos que fluyen de la punta de la pluma,

facilitados por la tinta benigna, que hace deleitable el

dibujo, lo desliza, va hacia delante, se arriesga y que tal

vez, si lo sigo, alcance la zona desconocida que quiere

expresarse; el impulso es de la mano, de ella y de la plu-

ma. Desconocida significa inaccesible; algo incomunicable

que late sumergido o enterrado y que trata de aproximarse a la superficie, salir de su encierro y mostrarse. Toque que perturbó las aguas profundas. En algún lugar difuso, lo presiento; es algo ambiguo que

intenta encontrar la forma; la forma quiere decir: las

palabras. El hálito, el aliento, hay que tomar el aliento

y conciliarlo con una forma aún indefinida, que todavía

no se manifiesta; el hálito necesita la forma, la necesita

para poder mostrarse, requiere los sonidos en el

pensamiento y su dibujo en el papel. Late, débil, entre

líneas o entre las palabras que dibujo, tal vez debajo de

estas palabras que dibujo, pero existe, tiene una preexistencia

errática pero cierta, está ahí, late. Si consigo continuar

es posible que se presente, que adquiera un peso

y una proporción entre las frases. Un impulso ignorado;

no sé de qué se trata. Una idea, una sensación olvidada

en la superficie, una vibración de la luz, como una

onda apenas insinuada por un movimiento en lo profundo,

anclada en lo hondo, no dicha, nunca tomando

lugar en el molde de lo dicho. Pero ¿qué?, ¿coartadas?,

¿no permitido?; considero, lo voy a considerar. Considero

que tal vez yo contenga algo que no he dicho o que

no he intentado decir hasta ahora y que, agazapado, o

simplemente en espera, tranquilo y paciente o inquieto

y feroz, ha esperado este raro momento de suspensión

para insinuarse y que, tal vez yo misma mediante algún

mecanismo que se me escapa, no haya permitido

esa floración, no sé si la palabra es lícita, pero las palabras

van una detrás de la otra sin mi incumbencia;

aunque floración remite a algo benévolo y tal vez no lo

sea, no sé. No es fácil que me disponga así como así; es

este filo, esta duermevela; ha sido el influjo de la nieve

y la esperanza puesta en la pluma, en su fluir, en su

deslizamiento tan fácil de manejar, casi sin mi voluntad

que tal vez traiga consigo una revelación. Contradictorio,

este deslizarse fácil de la mano es engañoso, en

él no encuentra lugar aquello que está buscando desplegarse,

encontrar su lugar en las palabras; cosas ya dichas,
E. Munch: El grito 

cientos, miles de veces, cómodas, acomodadas,

moldes en lucha tiránica con otros matices, rasgos nuevos

que pugnan por ingresar, que se han agregado como

espinas a lo ya sabido y lo ya sabido no puede o no

quiere aceptarlos; lo que intenta ser dicho es ahogado

por las connotaciones debidas a la costumbre, a los sucesos,

historias que cargan a las palabras con un fardo

pesado hasta hacerlas arrastrar una existencia obesa,

justamente a causa de ese volumen repleto que no les

deja espacio aireado para incorporar significados de los

nuevos tiempos o de las nuevas experiencias, simplemente

el matiz que tanto necesitan y, a causa de esto, es

posible que ahora, en este momento, lo que quiere ser

dicho no encuentra su lugar precisamente por ese motivo

aunque ha cobrado una entidad casi corpórea y loque-

quiere-ser-dicho está en la instancia previa a

manifestarse, está en seleccionar, en ser selectivo de las

formas, ser lo menos errático posible en el instante de

elegir las palabras. Demasiada exigencia; las pequeñas

antenas sensibles de lo todavía amorfo, lo-que-quiereser-

dicho-y-no-puede-expresarse tocan un punto por debajo

de la superficie del lago en calma, casi se perfila su

difuso contorno en la transparencia, ya, a punto de

mostrarse, pero la epifanía no se produce; ese acercarse

a la línea no conduce a nada, no dice lo que pugna, lo

que presiona desde abajo buscando la forma que le permita

emerger, nacer, darse a luz. Ser dicho. Amoldarse

a las palabras sin perder identidad; es difícil. Un suspiro

de descanso, un respiro. Parece demasiada exigencia,

pero si no encuentra las palabras exactas, aquellas que

necesita para decir lo que no encuentra forma de ser

dicho, perdería identidad y lo-que-quiere-ser-dicho sería

otra cosa, expresada ya con su forma-otra, no con la

inminencia primigenia que se insinuó, se intuyó, cuando

las palabras iban a ser dibujadas una detrás de la

otra, anulando por un momento el temor del salto hacia

la nada, hacia el vacío blanco, de la próxima palabra;

había elegido el vacío blanco, cegador como la

nieve, y ahí, en lo profundo, en el magma blanco cegador,

en esa nada flotante e insípida se produjo esa instancia

de decisión de que algo deseaba ser dicho, algo

todavía sin nombre ni forma, un sentido anclado en lo

profundo, y enseguida la intención. Porque cuando

aparece o se insinúa la intención de algo de ser dicho,

de inmediato, sin que nada pueda impedirlo, por una

ley desconocida del espacio blanco cegador, concomitante

con ella, se da y nace la búsqueda de la forma. Y

previo a esto, en una instancia interna inapelable, los

filamentos de sentido se tienden en el espacio negro, uno

en busca del otro, uno tratando de asirse al otro, como

huellas débiles de luz en la oscuridad que se van juntando,

una danza, para formar un haz, un manojo

más fuerte en su luminosidad que ahora sí, ya, ahora,

significa, y ese significado empieza a rodar silencioso,

fluye, como el fluir de un río o de la sangre en las venas,

pero impersonal, sin ser nada todavía sólo puro deslizamiento

de sentido que busca su forma. Ahora: un sentido

de carga oscura. Eso lo sé. Y así tal vez se pueda

formular, pero si permanece en estado de preexistencia,

puede flotar en la anomia como una galaxia gaseosa,

como la lluvia en una pantalla brillante sin imagen,

antes de su condensación, cuando es todavía un velo

tenue que de golpe se ciñe al núcleo de un sentido, fulgurante,

súbito. Son las cinco; entonces, ingresa un sentido.

¿De la madrugada? Así es. Sabemos algo, pero

aún nada del sentido que se insinuaba (¿oscuro?), porque

el sentido que se insinuaba ha retrocedido ante la

brutalidad de la pregunta y la brutalidad de la respuesta,

como un cardumen plateado que se espanta y, con

un giro instantáneo, huye; demasiado ruido hizo la

pregunta, irrumpió como un disparo. Y la fragilidad de

lo-que-buscaba-ser-dicho hizo que se retraiga, se retrae,

como el giro brusco de un pececito plateado, alarmado

tal vez por la cercanía posible de un molde concreto que

se presentó sin permiso, obligándolo a mirarlo de frente,

el molde; que lo atrapará, tal vez, en un masculino

singular (¿tiempo?), o en un femenino plural (¿muertes?)

o en una interjección, o en una forma verbal. Me

inclino por lo último, lo intuyo. Busca una forma verbal.

Es sólo un presupuesto, algo tranquilizador; no sé

en realidad qué ha pasado con lo que quería ser dicho,

¿se retiró? Es comprensible. Si adquiriera una forma,

¿verbo?, esa forma ya estaría obligándolo, ciñéndolo a

una función y a una convivencia necesariamente pacífica

ya que los significados no pueden darse de patadas,

existe lo que se llama lógica cosa a la cual lo que quiere

ser dicho le escapa, quiere salirse de su norma, la norma

rígida de la lógica. Lo que quiere ser dicho acá y ahora

busca un canal pleno, de intuición directa, centelleante,

que le permita expandirse sin ser deformado en extrañas

bifurcaciones. Empiezo a creer que lo que quiere

ser dicho no puede ser dicho; es, por ahora, una sospecha.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El dueño del fuego

Con Abelardo Castillo. Tomada de 123people.com 
SYLVIA IPARRAGUIRRE
(Junín, Buenos Aires, Argentina, 1947)



La mañana ya había empezado con un pequeño malestar. O por lo menos esto es lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensaría más tarde al salir del aula. El edificio era antiguo y frío; altísimas persianas de hierro dejaban pasar como a desgano esa ambigua claridad del invierno que obligaba a encender las luces, a no mirarse las caras, a hablar sin levantar la voz. En un rincón, el portero forcejeaba con la estufa a kerosene. Los asistentes a la clase de etnolinguística de la doctora Dusseldorff, en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy
-¡Coño! -dijo el portero. La estufa exhibía un mecherito desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía con pequeñas explosiones intermitentes. De golpe se apagó. Todos miraron a la doctora. El portero se levantó y dijo-: Ya vuelvo, voy hasta mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen. El pronombre reflexivo o algo en el acento espafiol del portero provocó discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase, Lengua y Cultura del Chaco Argentino, debía comenzar en unos minutos. Se contaba con un indio: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando que viajaba desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más de una hora.
A las diez y media en punto apareció en la puerta del aula. Era bajo y corpulento con una convencionalmente inexpresiva cara de indio. El pelo, renegrido y largo, contenido detrás de las orejas. Su aspecto era muy pulcro; llevaba medias y alpargatas. Murmuró un saludo y se dirigió a su asiento, a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro repetía en griego y castellano, la leyenda: "El hombre es la medida de todas las cosas". La doctora salió del aula. Cuando volvió, escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era, definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge Dusseldorff, de la Universidad de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguistiche indizien des Kurtunwandels in NordostNeuquinea (München, 1965) había impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos, Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit (Mainz, 1969), era fervientemente citado por los alumnos de la Facultad, quienes deseaban desentrañar algún día sus profundos conceptos. La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies enormes. La universidad argentina se conmovía con su presencia. El portero, un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.
-Gracias -dijo en correctísimo castellano-. Puede retirarse.
Todos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo también. La clase comenzaba.
-La clase anterior -dijo la doctora a quien le gustaba ir directamente al punto- habíamos llegado hasta la parte de caza y pesca, armas e implementos, ¿verdad?
Todos dieron cabezadas afirmativas.
-Bien, hoy no usaremos cintas grabadas -dijo la doctora-. Vamos a retomar con el propio informante la parte correspondiente a pesca. Por favor, señor Marcelino, ¿cómo se dice "pescar"?
El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared y dijo: -Sokoenagan.
-Muy bien. Así que esto es "pescar".
El indio sacudió la cabeza. -No -dijo-. Yo voy a pescar.
-Ah, bien, la primera persona verbal. Entonces, usted va a pescar. -lo señaló pero el indio no dijo nada-. Bien, pero, ¿cómo se dice "pescar"?, solamente eso.
-Sokoenagan -dijo el indio.
La doctora quedó con el bolígrafo en alto.
-Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos "él pesca"?
-Niemayó-rokoenagan -dijo el indio.
-Perfectamente -dijo la doctora y se explayó en consideraciones fonéticas. Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.
-Recapitulemos -dijo, por fin, la doctora-. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan; tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan. Existe una glotalización con valor distintivo en...
El indio decía que no con la cabeza. Parecía que lo recapitulado no era correcto.
-¿Cómo? -dijo la doctora.
-Está sentada, todavía no fue -dijo el indio. Hubo un breve silencio.
-Un tiempo continuo o un elemento espacial en la conjugación -avisó la doctora a la clase-. Explíquese -dijo severamente. Por un momento pareció que iba a agregar "buen hombre" pero no fue así.
-Está sentado, pero todavía no fue a pescar. Está pensando -dijo el indio-, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.
Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no facilitaba las cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido la oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.
-¿Podrá ser, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del objeto nombrado?
-No creo que sea el caso -dijo, con frialdad, la doctora.
El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia de campo, intervino:
-Permítame, doctora -Era un hombre que sabía manejarse con los indios.- ¿Qué querés decir cuando decís que lo estás viendo, Marcelino? -El antropólogo tuteaba al toba aunque debía tener veinte años menos. La doctora aprobó con una inclinación de cabeza la eficaz intervención masculina.
-Si no lo veo, digo de una manera distinta -dijo el indio. Y agregó-: Pero no pesca; va a ir a pescar.
Hubo un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones a unas alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía las últimas corrientes teóricas; sin embargo, añoraba la época de la Antropología Clásica y soñaba con reeditar a uno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses, capaces de internarse en lo más profundo y salvaje de la jungla, todo por la ciencia. Él mismo ya había estado en el Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad sobre la doctora, que sólo había trabajado con estadísticas, lenguajes procesados y computadoras. Los murmullos se generalizaron.
-Muy bien, Marcelino -dijo el antropólogo. Su tono contenía un premio.
La clase continuó. El indio permanecía sentado, inmóvil; la espalda, recta, no tocaba el respaldo de la silla.
-Pasemos a la caza -dijo la doctora, acomodándose los anteojos. El antropólogo sintió nuevamente que le correspondía tomar la palabra.
-Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino?
-Sí -dijo el indio.
-¿Había algún rito... -el antropólogo titubeó-, quiero decir, alguna reunión, alguna ceremonia, antes de que fueran a cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?
-No -dijo el indio y miró vagamente a su alrededor.
Se produjo un corto silencio. La doctora intervino. Manifestó su interés en preguntar sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo estuvo totalmente de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiese formular la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad que se podía contraer por maleficio del animal perseguido. Él se había enfermado de ese modo. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente. Recordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le habían enseñado cómo hacerlo. Pero él, después, había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse, porque se había peleado con el capataz que era paraguayo y les daba trabajo nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.
La última palabra sonó extraña en el aula. Los presentes miraban al indio como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran a descubrir en él una cualidad que antes no habían percibido. En el aire flotaba una observación notable: ese indio era argentino.
-Me fui un domingo a hablarle -proseguía el toba. No había variado su actitud y su mirada permanecía fija en el suelo-. Y me pelié.
Trabajábamos toda la semana, no había domingo.
Estudiando su cuaderno de notas, la doctora dijo:
-Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción cultural. Miró al antropólogo que acudió otra vez en su auxilio.
-Está bien, Marcelino -dijo el antropólogo con cierta advertencia en el tono de su voz; tenía experiencia de campo y sabía cómo hablar con los indios-, está muy bien -ahora parecía dirigirse a una criatura-, pero queremos que nos cuentes cuando ibas a cazar; qué armas usabas, cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho años cuando te viniste del Chaco.
-Sí, me vine -dijo el indio-. Yo no quise entrar en la transculturación. -Como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó nota de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba-. Yo reboté porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos los vagones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados.
La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y dijo con tono autoritario:
-Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras para retomar la parte fonética. Miró otra vez al indio.

-¿Cómo se dice "pez"?
El indio suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla; después, metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una pierna sobre otra. No pareció un gesto oportuno en el contexto de la clase. Miró de frente a la doctora.
-Naiaq -dijo.
-Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez. Observen que hay dos nasales en contacto -dijo con algo que podía parecerse al entusiasmo, la doctora.
-Si el pez está ahí y yo lo veo, sí -interrumpió el indio-, si no, no. -Todos lo miraron.- Hay otra forma -concluyó, finalmente, el toba.
-¿Cuál? -preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían achicado detrás de los enormes anteojos.
-Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak -dijo el indio. Algunos de los presentes creyeron advertir una sombra de sonrisa en su cara pétrea, pero sus ojos estaban serios y fijos.
-Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte lingüística. Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y armas -dijo la doctora, marcando tremendamente las erres.
Todos se relajaron. Sería lo mejor. La clase en pleno se daba cuenta de que la doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría, su lengua materna subía a la superficie. El informante debía colaborar, de otro modo era imposible organizar adecuadamente la parte fonética.
-Un merecido receso, doctora -dijo, sonriente, el antropólogo. Todos rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo y la doctora se retiraron a un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes se acercaron al indio que permanecía sentado en su silla.
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-Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar todo el día. -Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero no se levantó de su silla. Cada tanto, un rápido parpadeo le modificaba la expresión.
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-Así que la ciudad no te gusta -le dijo uno de los estudiantes-, sin embargo vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.
El indio dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo: -Pero cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad -dijo-, por todos lados ciudad.
Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeó las manos académicamente.
-Continuamos -dijo.
Mientras todos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos, varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños y un lazo hecho de fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.
-Bueno, Marcelino -dijo el antropólogo, colocándose frente al toba-, reconocés estos elementos, estas armas... sostenía el arco y las flechas delante de los ojos del indio. Desde la silla, el toba miró los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos el arco. Bajó la mano.
-Sí -dijo-, sí.
-¿Alguno te llama la atención en forma especial? -continuó preguntando el antropólogo.
El indio tomó una de las flechas, la más chica, sin plumas en el extremo-. Esta es una flecha para pescar.
-Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que tu abuelo tenía todas estas cosas guardadas en su casa.
De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo. Todos se sorprendieron; el antropólogo dio un brusco paso hacia atrás. E1 indio le habló en voz baja.
-Por supuesto, Marcelino -el antropólogo intentaba reír-, por supuesto. -Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo para reconocer el arco -informó a la clase.
Se oyeron unas risas aisladas, nerviosas. La doctora, completamente seria, anotaba algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo recorrían parte por parte. No había ninguna afectación en ese reconocimiento. Su disposición era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo el arco y con la otra tomó las flechas.
-Esta es de caza -dijo sin dirigirse a nadie. Paradójicamente se veía mucho más corpulento sin el saco. Su cuello y sus hombros eran poderosos. En su frente, inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena desde el entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad. No parecía el mismo que hacía unos minutos contestaba pasivamente las preguntas de la doctora-. Y ésta es la de guerra. Al decirlo el indio miró al antropólogo. La flecha que sostenía era la más grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo.- Mi abuelo decía que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos. -Miró otra vez al antropólogo y después a todos; antes de que el antropólogo hablara, dijo.- Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus a la llanura del indio.
Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba. No podía decirse que estuviera haciendo nada impropio, pero algo había en su manera de pararse y de tomar el arco que sobrepasaba los límites de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar interés pero era evidente que estaba algo desconcertado e incómodo.
El toba, con una destreza sorprendente, tensó la cuerda y la amarró al extremo del arco. Todos los ojos estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud se pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio. Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmente oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:
-Cómo se dice "flecha", Marcelino.
El indio levantó bruscamente la cabeza. Hichqená -dijo.
-Podemos establecer una comparación con la terminología mataca que...
El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una parte de su pelo, renegrido y duro -de tipo mongólico, pensó automáticamente el antropólogo- se había deslizado de atrás de su oreja y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía enorme. Una energía insospechada hasta entonces -en las clases anteriores el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla- irradió de su cuerpo, una fuerza recíproca entre su brazo y la tensión del arco, una especie de potencia masculina, en fin, que fastidiaba especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías asexuadas de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:
-Kal'lok -y repitió más fuerte-, Kal'lok. Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso, el indio se agachó y tomó una flecha, la más larga, con el penacho de plumas. El antropólogo se levantó de su silla. Estaba pálido. La doctora había dejado su cuaderno de notas sobre el escritorio.
-Creo que no es necesario... -empezó a decir.
-¡Ena...! ¡Ená...! ¡Peritnalik! -la voz profunda del toba rebotó en las paredes.
Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la flecha de guerra en el arco y volvía a tensar la cuerda. Había quedado de perfil a la clase y en esa actitud era muy fácil imaginar su torso desnudo, como en un sobrerrelieve. La flecha ocupaba exactamente el vacío de la tensión. Su punta alcanzó casi la altura de los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.
-Hanak ená ña'alwá ekorapigem ramayé mnorék, ramayé lacheogé, ramayé pé habiák... -murmuró la voz ronca del indio. Estaba inmóvil. Sólo sus ojos describieron, lentamente, un semicírculo que los abarcó a todos. Algunas cabezas iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían delante. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.
-Kal'lok -dijo el indio.
El silencio pesó como una losa.
El toba bajó, despacio, el brazo y destensó el arco. Con delicadeza sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el arco en el respaldo de la silla. Retiro el saco y se lo colgó del antebrazo.
El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, personas que se inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas. El antropólogo, todavía pálido, encendió un cigarrillo y se aproximó al indio.
-Perfectamente, Marcelino, perfectamente -dijo.
Esto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general, se intentaba averiguar quién había tomado notas. Recorrió el aula la información de que lo dicho por el toba había sido una oración a Peritnalik. Algo como "...el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva..." y también algo más, pero no se podía asegurar.
Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó sin mirarlo.
El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron últimos. La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición es fundamental para los fines científicos.


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De En el invierno de las ciudades, Ed. Galerna, 1988. ©.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char