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lunes, 29 de febrero de 2016

La luna creciente, de cera, como la cabeza de un nadador

SHARON OLDS

(San Francisco, EE.UU., 1942)




El apretón 
(de La habitación sin barrer)

Ella tenía cuatro, él tenía uno. Estaba lloviendo, estábamos resfriados, 
habíamos estado dos semanas seguidas en el departamento,
la agarré para que no lo empujara de
cara al piso, otra vez, y cuando le agarré 
la muñeca la apreté, ferozmente, por un par
de segundos, para impresionarla,
para lastimarla, nuestra querida hija mayor, hasta casi
saboreé la sensación punzante del apretón, la
expresión de mi ira, invadiéndola, 
“Nunca, nunca más,” el sermón
justiciero junto con el apretón. Pasó muy 
rápido ─agarrar, apretar, apretar,
apretar, soltar ─ y al primer exceso 
de fuerza, giró su cabeza, como para comprobar
quién era esta, y me vió,
y me miró─ sí, esta era su mamá,
su mamá estaba haciendo esto. Los ojos
oscuros, profundamente abiertos me asimilaron,
me conocía, en el shock del momento
me captó. Esta era su madre, una de los 
dos personas que ella más amaba, las dos 
que más la amaban, cerca del origen del amor
estaba esto.
***
El último anochecer 
(de Una cosa secreta)

Entonces le acomodamos las almohadas,
y su cabeza era como un lirio, crecía,
alejándose del suelo, en el bosque,
los ojos cerrados, la boca abierta, 
y pusimos las arias de la Battle, y cuando oí
la primera nota, fue demasiado para mí,
me disculpé con los invitados de la habitación de la muerte,
y fui hasta mi madre; y despejé un lugar
en el colchón, al lado de su brazo, levanté  
los tubos, el oxígeno, la dextrosa, la morfina,
me zambullí debajo de ellos, y los dejé
descansar en mi pelo, como si me enterrara
debajo de una capa de raíces, tiré de 
las sábanas hasta taparme la cabeza,
y apoyé mi frente la nariz y la boca
en su brazo, y después, en el tibio 
consuelo de su piel, sollocé profundamente, 
indefensa, como no había hecho nunca cerca de ella;
y pude sentir que alguna barrera se disolvía entre nosotras, 
pude sentir que yo la disolvía,
la atravesaba  para acercarme cada vez más a ella, hasta estar
allí toda entera. Fui hasta mi mamá 
en busca de consuelo. Y en su estado de coma nada
la apartaba de darme la bondad 
fundamental de su presencia, di una vuelta larga
como niña en la tierra. Cuando el doctor entró,
la miró y dijo, “Diría 
horas más que días.” Cuando él se fue,
comí una pera con ella, mientras le conversaba, 
y nueces – y un cuervo, un ramillete entero
de cuervos se desplegó, fuera de la ventana.
Busqué la luna y dije, enseguida 
vuelvo, y corrí por los pasillos del hospital,
y ahí, del otro lado de la ventana que daba al este,
estaba la luna creciente, de cera, como la cabeza de un nadador
girada, la mitad fuera del agua, la boca
hacia el costado y hacia atrás, para tomar aire,
pude ver a mi madre joven, delgada
y fuerte en su traje de baño azul, y ver,
en el pasillo azul oscuro de la memoria,
la belleza de su crawl, la brazada firme, grácil
sobre su cabeza, como alguien que les dice 
por aquí, a los que lo siguen. Y volví,
y me senté con ella sola, una hora;
en la quietud, y sentí, casi, que no tenía
miedo de perderla, estaba tan 
contenta de tenerla a mi lado, sin poder hablarme,
sin poder mirarme, viva.
***
Bañando al recién nacido 
(de El manantial)

Amo recordar, con un amor casi temeroso,  
los primeros baños que le di,
era nuestro segundo hijo, así que yo ya sabía qué hacer,
recosté el pequeño torso a lo largo
de mi antebrazo izquierdo, la nuca
en el hueco de mi codo, las caderas, contra mi muñeca,
como la cola de la más diminuta golondrina,
el muslo sostenido levemente
en el lazo del pulgar y el índice, el 
gesto que significa que algo es perfecto. Lo enjabonaba,
los fríos pies violetas, el escroto
arrugado como un molusco marino, el pecho,
las manos, las clavículas, la garganta, los pelos
pegoteados a su cabeza. Cuando lo enjabonaba demasiado 
se me resbalaba como una brazada de fideos
enmantecados, pero yo lo sujetaba sin apretar,
sentía que era buena para él.
Le contaba acerca de su maravilloso cuerpo
y el maravilloso jabón, y él me miraba,
una semana de edad, sus ojos muy abiertos
y alarmados. Amo ese tiempo
de arrullarlos y arrullarlos, cuando 
la calma les va entrando lentamente, se la puede
sentir en la mano que los sostiene, 
la pequeña columna descansando en
el músculo de tu antebrazo, sientes como
el miedo los abandona, él se recostaba en la ovalada
bañadera de plástico azul y 
me miraba con asombro y empezaba a 
mover deliberadamente 
sus piernas sedosas en el agua.

Traducción de Inés Garland e Ignacio Di Tullio. Con prólogo de Victoria Schcolnik. Gog y magog, 2016

lunes, 4 de agosto de 2014

Su vida después de su vida

SHARON OLDS
(San Francisco, EE.UU., 1942)

Mi padre roncando 
(de Los muertos y los vivos)

En la noche profunda lo oía a través de la pared—
mi padre roncando, el enorme y oscuro
coágulo de flema subía por su nariz y
bajaba, como espirales de algas que una ola
trae y se lleva de la orilla. El rugido atorado
llenaba la casa. Incluso abajo en la cocina,
en los cajones, los cuchillos y los tenedores vibraban
con aquel latido distante. Pero en mi habitación
al lado de la ellos, era tan fuerte
que podía sentirme adentro de su cuerpo,
alzada en la soga anudada de su vida
y bajada otra vez  al estrecho y oscuro
pozo, sus paredes de ámbar
viscosas alrededor de mi torso, el olor a bourbon
denso como el esputo. Permanecía toda la noche acostado
como una bestia abatida y emitía su llamado espeso
abismal, tapado, como un grito de
ayuda. Y nadie nunca acudió:
no había ninguno de su especie
en ningún lugar de los alrededores.
 ***

Por qué mi madre me hizo
(de La celda de oro)

Quizás yo soy lo que ella siempre quiso,
mi padre en mujer,
quizás soy lo que ella quería ser
cuando lo vio por primera vez, alto e inteligente,
parado en el patio de la universidad con la
luz dura y masculina de 1937
brillando en su pelo negro. Ella quería ese
poder. Quería ese tamaño. Tironeó
y tironeó a través de él como si él fuera caramelo
oscuro de bourbon, tironeó y tironeó y
tironeó a través de su cuerpo hasta que me sacó,
patinosa y brillante, su vida después de su vida.
Quizás yo sea como soy
porque ella quería exactamente eso,
Quería que hubiera una mujer
muy parecida a ella, pero que no se retaceara, así que
se apretó fuerte contra él,
apretó y apretó la pelota clara
y suave de sí misma como un palo de crema batida
contra el agrio rallador metálico manchado
hasta que yo salí atravesando el cuerpo de él,
una mujer grande, manchada, agria, filosa,
pero con esa leche en el centro de mi naturaleza,
estoy recostada aquí como estuve alguna vez recostada
en la curva de su brazo, su criatura,
y la siento mirándome como el
hacedor de una espada mira el reflejo de su cara en
el metal de la hoja.
*
Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio

jueves, 1 de agosto de 2013

Soy una estudiosa de la guerra

SHARON OLDS
Tomada de www.concordmonitor.com 

(San Francisco, EE.UU., 1942)

Las formas

Siempre tuve la sensación de que mi madre
moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego
para sacarnos, el pelo incandescente como
un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo
blanco sucumbiendo y girando lentamente,
ese astronauta cuyo cable se corta
para
perderse
en la nada. Nos habría
protegido con su cuerpo, habría interpuesto
sus senos entre nuestro cuerpo y el cuchillo,
nos habría metido en el bolsillo del abrigo
lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal
hembra habría muerto por nosotros,
pero en la vida tal y como era
tuvo que mirar
por ella.
Tuvo que hacer a los niños
lo que él dijera, tenía que
protegerse. En la guerra, habría
dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,
y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,
de hornos de gas, de asfixia, cuchillos,
de ahogamientos, quemaduras, todas las formas
en las que sufrí su amor.

Versión de Juan José Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas

viernes, 1 de marzo de 2013

No soy como las otras madres

SHARON OLDS
(San Francisco, EE.UU., 1942)


Barómetro

Por ser la hermana menor de una mujer
que abandonó a su hija —dejándola a mitad de camino,
como se tira un marido— no soy como las otras madres.
Por las noches, voy al cuarto de mi hija,
y escucho el sonido en la cisterna
de su respiración; voy al cuarto de mi hijo, el grillo
todavía vivo en su garganta, en su pecho;
Quisiera poder inclinarme sobre mi propia cama
y escuchar mi respiración, para saber el clima
que viene.
***
El niño injustamente castigado

El niño grita en su cuarto. La rabia
le sube a la cabeza.
Pasando por estadios como el metal
a altas temperaturas.

Cuando se calme y salga por esa puerta
no será más el mismo que corrió
dando el portazo. Una aleación le añadieron. Ahora
se va quebrar en otra parte cuando lo golpeen.

Es más fuerte. La infinita impurificación
ha comenzado esta mañana.

De Satanás dice (Satan Says, 1980). Fondo Editorial Pequeña Venecia
Traducción: Juan Carlos Galeano.




lunes, 19 de septiembre de 2011

Fresco, impersonal, íntimo

SHARON OLDS

(San Francisco, EE.UU., 1942)

DESIERTO

Cuando me acosté, para pasar la noche, en el desierto,
boca arriba, y dormité, y mis ojos se abrieron,
mi mirada voló hacia arriba, como si cayera en el cielo,
y vi el ojo abierto de la noche, completamente
cándido, todo iris de un gris estrella,
salpicado por racimos de pupilas brillantes.
Miré, y dormité, y cuando mis párpados se abrían
me desplomaba en lo alto fuera de la atmósfera,
en picada y jadeando como si hubiera dado un paso en falso
en una escalera. Me dormía y volvía en mí, y me dormía,
y cada vez que abría los ojos
caía hacia arriba en la profundidad del universo.
Se veía atestado, hueco, intrincado, elástico,
no sentí que realmente podía verlo
porque no sabía qué era
lo que estaba viendo. Cuando mis párpados se alzaban,
allí estaba lo real... absoluto,
fresco, impersonal, íntimo,
benigno sin dulzura, yo planeaba en lo alto, mi
velocidad súbitamente aumentada para igualar la suya, estaba
entrando en otra dimensión, y sin embargo
una a la que pertenezco, como si
no sólo la tierra mientras estoy aquí, sino el espacio,
y la muerte, y la existencia sin mí, fueran mi casa.

Traducción: Mirta Rosenberg
***
Su lista
(de La habitación sin barrer)

Ella tiene, al desayuno, una lista de cosas
que pensó durante la noche. Quiere
decir que mató un sapo, una vez ─
lo puso en el radiador,
y se le escapó, y lo volvió a poner
y lo desplegó. Quiere decirme
que no lloró en el entierro de su madre,
me muestra como espió, desde
los cortinados del velatorio, a
los asistentes, sus labios apretados,
los ojos entrecerrados, como una joven hechicera. No estaba
triste cuando se murió su madre, ella y su hermana simplemente
se miraron, se subieron al auto de la hermana, manejaron durante
la mitad de la noche, hablando y haciendo planes. Se inclina
sobre la mesa de desayuno, consulta su lista. Su madre tiró su
ensayo de fin de año por la ventana, a la lluvia.
Su madre vino a la clase de quinto grado y les dijo a todos sus compañeros
que ella era una mentirosa.
Su madre la sentó en el inodoro hasta que se le pegó ─ yo sabía
eso
Su madre le sacó los ruleros mientras dormía ─ yo sabía eso,
Su madre llegó dos horas tarde
a una fiesta en su honor, y no dejó a sus hijos
comer o tomar nada, porque
la fiesta era en su honor,
no en honor a ellos. Los ojos
feroces de mi madre se achican mirándome,
como si estuviera furiosa conmigo ─ cuando se mordía
las uñas, su madre la ató a la cama
y no la dejó ir al baño.
¿Cuántas veces hizo eso?
Una, creo, dice mi madre,
Y yo la miro ella me ató a mi,
una única vez. ¿Sabes cómo le dicen a esto ahora, le
digo, mamá? Fuiste un poco abusada ─
no mucho, pero un poco abusada.
Se ríe sin placer, me mira sin
deleite ni pena, dice, nunca pensé en eso. Y yo
la abrazo, le acaricio el bulto duro en la espalda, su
cabecita con permanente está tan cerca de mi pecho ─
pero si intenta algo, pienso desesperadamente, no sería
difícil romperle la muñeca. Palmeo el bulto cartilaginoso,
era una niña, llegó sin haber lastimado a nadie.
Se había formado en la oscuridad, dentro de su madre, en
el líquido que su madre no había tocado nunca
y con el que su madre tenía poco que ver. Se formó pálidamente,
la forma de lo que serían sus pechos
y su útero nadando, libremente, por su cuerpo,
hacia el lugar de su amarra.

Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio
***
En el subte
(de La celda de oro)

El chico y yo estamos cara a cara.
Sus pies son enormes, dentro de las zapatillas negras
atadas con cordones blancos que forman un entramado complejo como un
conjunto de cicatrices intencionales. Estamos arraigados a
lados opuestos del vagón, una pareja de
moléculas adheridas a una barra de luz
moviéndose rápidamente a través de la oscuridad. Él tiene la
mirada fría y casual de un ratero,
alerta debajo de los párpados entrecerrados. Viste
de rojo, como el interior del cuerpo
expuesto. Yo llevo un abrigo de piel oscura, la
piel entera de un animal tomada y
usada. Miro su cara implacable,
él mira mi abrigo de piel, y no
sé si estoy en su poder ─
él podría quitarme el abrigo con tanta facilidad, el
maletín, la vida ─
o si es él quien está en mi poder, la forma en que estoy
viviendo su vida, comiendo la carne
que él no come, como si le sacara
la comida de la boca. Y él es negro
y yo soy blanca, y sin intención ni
propósito debo aprovecharme de su oscuridad,
de la misma manera en que él absorbe las vigas asesinas del
corazón de la nación, como el algodón negro
absorbe el calor del sol y lo retiene. No hay
manera de saber lo fácil que
me hace la vida esta piel blanca,
esta vida que él podría quitarme con tanta facilidad
quebrándola contra su rodilla como un palo así como
quiebran su espalda, la
vara de su alma que cuando nació era oscura y
líquida y rica como un brote
listo para impulsarse hacia cualquier luz disponible.

Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio
***
Saturno
(de La celda de oro)

Se acostaba en el sillón noche tras noche,
la boca abierta, la oscuridad del cuarto
llenando su boca, y nadie sabía
que mi padre se estaba comiendo a sus hijos. Parecía
descansar tan tranquilo, su cuerpo inmenso
inerte en el sofá, su mano enorme
suelta del vaso.
Qué podía ser más pasivo que un hombre
desmayado cada noche ─ y sin embargo mientras estaba acostado
de espaldas, roncando, nuestras vidas lentamente
desaparecían en el agujero de su vida.
El brazo de mi hermano entraba hasta el hombro
y él lo arrancaba de un mordisco, y chupaba la herida
como uno chupa la pata de una langosta. Tomaba
la cabeza de mi hermano entre los labios
y la arrancaba como a una cereza de su cabo. Hubieras visto
sólo a un hombre grande, atractivo
durmiendo profundamente, inconsciente. Y sin embargo
en algún lugar de su cabeza sus ojos color tierra
estaban abiertos, los círculos blancos brillando
mientras hacía crujir el torso de su hijo entre sus mandíbulas,
aplastaba los huesos como a la suave cáscara de los cangrejos
y las delicias de los genitales
rodaban hacia atrás de su lengua. En los nervios de sus encías y
en sus entrañas él sabía lo que estaba haciendo y no podía
detenerse, como en un orgasmo, los
pies de su hijo crujiendo como pescados crudos
entre sus dientes. Esto es lo que quería,
llevar esa vida a su boca
y mostrar lo que puede hacer un hombre ─ mostrarle a su hijo
lo que es la vida de un hombre.

Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char