ROBERT HASS
(San Francisco, EE.UU., 1941)
Símil heroico
Cuando el guerrero cayó en Los siete samuráis de Kurosawa
bajo la lluvia gris,
y la dinastía Tokugawa y en Cinemascope,
cayó recto como un pino, cayó
como Ayax cae en Homero
en dáctilos cantados y el árbol era tan enorme
que el leñador debió volver dos días seguidos
a ese sitio afortunado para acabar de serruchar
y en el tercer día llevó a su tío.
Apilaron troncos en el aire resinoso
cortando a hachazos las pequeñas ramas,
atando esos haces por separado.
Cortaban en cuatro los bloques próximos a la raíz
y aun así eran incómodamente grandes;
partieron en dos los troncos del medio:
diez haces y cuatro grandes pilas de madera fragante,
lunas, cuartos de luna y medias lunas
acanaladas por los dientes de la sierra.
El leñador y el viejo, su tío,
están parados en medio del bosque
sobre un suelo embarrado de pino y primavera.
Han dejado de trabajar
porque están cansados y porque
no he imaginado ni un animal de carga
ni un carro primitivo. Son demasiado astutos
para llamar a los vecinos y regresar a casa
con unos pocos troncos después de tres días de trabajo.
Están esperando que yo haga algo
o que el capataz del Gran Señor
venga y los arreste.
¡Qué pacientes son!
El viejo fuma en una pipa y escupe.
El joven está pensando que sería rico
si ya fuera rico y tuviera una mula.
Diez días de acarreo
y en el séptimo día probablemente
los atrapen, vuelvan a casa con las manos vacías
o peor. No sé
si son japoneses o micénicos
y no puedo hacer nada.
El camino de aquí a esa aldea
no está traducido. Un héroe que muere
entrega su quietud al aire.
Un hombre y una mujer caminan desde el cine
a casa en el silencio de lealtades separadas.
La imaginación tiene sus límites.
Traducción de Silvina López Medin.
De Home movies, Zindo & Gafuri Ediciones, 2016.
***
Heroic Simile
When the swordsman fell in Kurosawa's Seven Samurai
in the gray rain,
in Cinemascope and the Tokugawa dynasty,
he fell straight as a pine, he fell
as Ajax fell in Homer
in chanted dactyls and the tree was so huge
the woodsman returned for two days
to that lucky place before he was done with the sawing
and on the third day he brought his uncle.
They stacked logs in the resinous air,
hacking the small limbs off,
tying those bundles separately.
The slabs near the root
were quartered and still they were awkwardly large;
the logs from midtree they halved:
ten bundles and four great piles of fragrant wood,
moons and quarter moons and half moons
ridged by the saw's tooth.
The woodsman and the old man his uncle
are standing in midforest
on a floor of pine silt and spring mud.
They have stopped working
because they are tired and because
I have imagined no pack animal
or primitive wagon. They are too canny
to call in neighbors and come home
with a few logs after three days' work.
They are waiting for me to do something
or for the overseer of the Great Lord
to come and arrest them.
How patient they are!
The old man smokes a pipe and spits.
The young man is thinking he would be rich
if he were already rich and had a mule.
Ten days of hauling
and on the seventh day they'll probably
be caught, go home empty-handed
or worse. I don't know
whether they're Japanese or Mycenaean
and there's nothing I can do.
The path from here to that village
is not translated. A hero, dying,
gives off stillness to the air.
A man and a woman walk from the movies
to the house in the silence of separate fidelities.
There are limits to imagination.
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martes, 27 de septiembre de 2016
sábado, 30 de noviembre de 2013
Entonces hablas
ROBERT HASS
(San Francisco, EE. UU., 1941)
Arte y vida
| Ilustración: Marianne Goldin. |
(San Francisco, EE. UU., 1941)
Arte y vida
¿Conoces esa lechera de un Vermeer? Ensimismada
en el acto de verter un pequeño flujo de leche.
Impresiona en el Mauritshuis Museum de La Haya
ver lo blanca que es, y lo real, como ante alguien
que lee su propia poesía o canta en un coro, crees
estar viendo su alma, un animal concentrado en su quehacer,
una ardilla, su pelaje resplandeciente en otoño, que se estira
bajo una delgada rama para alcanzar la baya madura
de un espino, prueba la rama con su peso,
se queda quieta cuando se inclina, estira luego con cautela una pata.
Nada hay menos ambiguo que la concentración de un animal
y por eso celebras, admiras incluso, que la atención de ella,
ajena a ti, sea tan vívida, y te provoca melancolía
no obstante. Nada mejor que ser la fiel sirviente
y como pensamiento suyo, el influjo de leche.
En La Haya, en la cafetería de empleados, me pregunto
quién será el restaurador. La chica rubia
en el reservado, chaqueta japonesa de marca, que picotea
el requesón -¿Requesón y pastel? El azúcar
del pastel ya había sufrido su transformación en el horno
mucho antes de que se despertara. Parece una persona
que calcula precios y decide conformarse con eso.
Es algo que se percibe cuando su blanca boca ensimismada
acepta los bocados de pastel con el azúcar reposada.
O el hombre mayor, pelo castaño encanecido, chaqueta de lana marrón,
zapatos marrones de ante como el instante en que alboroto y puesta de sol
se unen y desvanecen. Una boca conformada a base de ironías privadas,
como si hubiera asistido callado a demasiados encuentros con personas
que le parecían más poderosas pero mucho menos inteligentes que él.
¿O ese tipo delgado como un silbido, el pelo negro peinado hacia atrás
con la forma en zigzag de un rayo en la nuca?
No sé si existe realmente un arquetipo. Me hubiera gustado
hacerle una entrevista. ¿Qué haces en la vida?
Sólo soy un acólito. Mondo el tiempo, con mucho cuidado,
de las delgadas capas de pintura en lienzos de hace trescientos años.
Restituyo la leche que fluye bajo la pintura oscurecida
del cántaro que sujeta la mujer representada, joven, su mejilla
rosa y ligeramente de amarillo, fortuna de la luz
que casi la toca a través de la ventana que la refracta.
Soy el sirviente de un ademán tan perfecto, de un cuerpo
tan en armonía, que se convierte en un pensamiento, tan ensimismado,
y, aunque apacigua el deseo, lo provoca infinitamente.
Pero ni la conoces ni la vas a poseer, ni tú
ni nadie. El hombre de negro debe de ser un ayudante del conservador.
Mira como si pensara que él es la obra de arte. Por todas partes
en La Haya ese olor de tierra baja a sal marina.
No sabemos nada de la madre de Vermeer.
Obviamente suplanta ahí su pezón, toma
toda la tradición de la Virgen y la transforma en luz y leche
con ese hábito tan meticuloso de imaginar las geometrías
de la composición que opera en él. Y en ella: robusto cuerpo alemán,
luz tenue, habitación muy sencilla.
El exquisito tapiz rojo que su piel, quizá teñida
un poco por la aspereza de una toalla, adquiere.
Y esa estacada que mueve la nostalgia
hacia lo sombrío y el aturdimiento, se agradece después.
Uno de vosotros toca la vena del cuello del otro,
siente el pulso de la impresión, la corriente de un río
o el flujo de leche. Quién desea el paraíso oriental de la Amida
cuando existe todo este mundo para probar con la lengua,
tocar con los dedos, vello como hilos de seda
que se alisa en los brazos del otro, en las piernas, bajo la espalda.
Entonces hablas. Siempre esa otra impresión
de la vida concreta, la vida vivida, una madre en un asilo,
pudiera ser, una persona difícil, dolida o vengativa.
El chismorreo de los otros sirvientes. Un hermano que trabaja
en una posada y tiene grandes planes.
Escuchas. Aprendiste hace tiempo la regla
de no pensar lo que vas a decir a continuación
cuando está hablando la otra persona. Una parte de ti
la sorbe como leche. Algo en ti empieza a notar
que somete a prueba la decepción consigo misma en el acopio
de una complejidad indolentemente formulada. La observas
menear la cabeza para corregirse; percibes
que tiene una mente que quiere hacer las cosas bien.
El temblor de su cuerpo arrulla una noción
a lo largo de tu costado y te estiras para sentir de nuevo
la humedad que nos corresponde en lugar de la luminosidad
de la pintura. Más tarde, en una de esas rutas la mente
retorna de nuevo sobre sus pies, habla de
Hans, el mayordomo, cómo fuerza a la chicas
y luego reza con fervor los domingos a cada hora.
Es domingo. Se está vistiendo. Habéis acordado
pedir un taxis para que la lleve con su madre
a Gronigen. Está contenta, se pone un poco mimosa,
hace su pequeño primer gesto de posesión
al cepillar tu chaqueta. Afuera se oye
el ruido de los cascos de los caballos sobre los adoquines.
Es el momento en que las obligaciones para con la vida de otra persona
parecen insoportables. Siempre queremos volver a nacer
pero en realidad hacerlo, ¿te das cuenta?
Parece redundante. Ésta es la vida que te eligió
y que tú elegiste. Aquí tienes el cepillo, la crin,
el pelo del tejón, la barba del macho cabrío, la arena.
Y el olor de la pintura. El volátil, acre aceite
de linaza, semilla de colza. Aquí está el hedor de la esencia
de pino en un bote de trementina. Aquí está la mano,
la mancha de la muñeca, el escarceo del tendón en el golpe de pincel. Aquí
la nube, el agua del lago alzándose una mañana de verano,
polvo y polvo y polvo de tiza, la humedad de la pintura
que se adhiere al entramado de lino del lienzo, aquí
está la fidelidad de capas sobre capas sobre capas de pintura.
Hay algo que permanece de un modo inaprensible,
sigue vivo porque no lo podemos poseer.
De Tiempo y materiales. Bartleby Editores.
Traducción de Jaime Priede.
Cortesía de Silvina López Medin.
domingo, 10 de noviembre de 2013
En la voz de mi amigo había un delgado hilo de pena
ROBERT HASS
(San Francisco, EE.UU., 1941)
Meditación en Lagunitas
El nuevo pensamiento es todo pérdida.
En eso se parece al antiguo pensamiento.
La idea, por ejemplo, de que cada particular borra
la luminosa claridad de una idea general.
Que el pájaro carpintero cara de payaso
que escudriña el esculpido tronco muerto
de aquel abedul es, por su sola presencia,
alguna trágica caída de un mundo primigenio
de luz indivisa. O la otra noción que dice
que, como en este mundo no hay una sola cosa
que corresponda al arbusto de la zarzamora,
una palabra es la elegía de lo que significa.
De esto hablamos anoche ya tarde y en la voz
de mi amigo había un delgado hilo de pena,
un tono casi de queja. Un rato después entendí
que, al hablar así, todo se disuelve:
justicia, pino, cabello, mujer, tú y yo.
Una vez hice el amor a una mujer y recuerdo cómo,
al tomar sus pequeños hombros entre mis manos,
sentí un violento asombro ante su presencia,
una sed de sal, sed del río de mi niñez
con sus cauces insulares, tonta música del barco
del placer, charco donde atrapamos aquel pececillo
naranja y plata llamado semilla de calabaza.
Apenas si tenía que ver con ella. Anhelo, decimos,
porque el deseo está lleno de distancias infinitas.
A ella yo le daba igual seguramente.
Pero cómo recuerdo la manera en que sus manos partían el pan,
lo que su padre le dijo para herirla, lo que soñaba.
Hay momentos en que el cuerpo es tan luminoso como las palabras,
días que son la carne buena prolongándose.
Una ternura tal, aquellas tardes y noches
repitiendo zarzamora, zarzamora, zarzamora.
(De Praise, Alabanza, 1974. Trad. Pura López Colomé.)
***
Entonces el tiempo
En invierno, en una pequeña habitación, un hombre y una mujer
han estado haciendo el amor por horas. Exhaustos,
ocupados exprimiéndose los cuerpos,
se miran y de pronto ríen.
“¿Esto qué es?”, dice él. “No me canso de ti”,
dice ella, una mujer que se considera incapaz
de un cliché. Ella pasea los dedos por su pecho,
roces tentativos, como si pusiera a prueba su sorpresa.
Él dice: “yo tampoco”. Y ella, que vuelve a ser muy suya
de nuevo: “¿Quieres decir que tampoco te cansas de ti?”.
“Quiero decir”, la toma de los brazos y los sacude,
“¿de dónde viene todo esto”?. Ella ladea la cabeza
y lo mira al rostro. “¿De verdad quieres saber?”.
“Sí”, dice él. “Odio a mí misma”, dice, “nostalgia de Dios”.
Lo besa de nuevo. “No es lo que es”, se encoge de hombros con sorna,
“sino de dónde viene”. Besa su hinchada boca
una segunda, una tercera vez. Años más tarde, en otra ciudad,
están cenando en un discreto restaurante junto a un parque.
Otoño. Más temprano un chubasco: hojas, del color del bronce
y del carmesí ahumado, que vuelan por todas partes. Veinte años más viejos,
ella es muy hermosa. Una persona austera. Se había vuelto,
decía ella, una jardinera obsesiva, sus hijas ya eran adultas.
El trata de no verse rebasado por el amor o la compasión
porque nota que ella no tiene manos. Piensa
que igual las regaló. Se imagina,
muy claramente, cómo se despierta en ciertas mañanas
(él tiene recuerdos muy claros de cuando ella era joven, despertada
Del sueño, enrojecida, apenas abriendo sus ojos)
y se horroriza porque no puede recordar
qué hizo con ellas, por qué ya no las tiene,
y luego recuerda, y se tranquila, para que el día
recupere su secuencia acostumbrada.
Le pregunta si piensa en ella. “Ocasionalmente”,
dice, sonriendo. “¿Y tú?”. “No mucho”, contesta,
“Creo que es porque nunca existimos dentro del tiempo”.
Él estudia sus largos dedos, manos de pianista,
o de jardinera, fuertes, trabajadas, cuando ella juguetea
con su vaso de vino, y él entiende, vagamente,
que tal vez sean sus manos las que falten. Luego
describe una reunión en la que participó durante el día,
presidida por alguien al que ambos se habían sentido
superiores, muchos años antes. “Ya conoces la expresión:
‘un perfecto tonto’”, dijo ella y a él le gustó mucho su tono
de voz. Ella cuenta una historia sobre la empresa
en Maine a la que le compra bulbos, fundada por un refugiado polaco
casado con una separatista francocanadiense del Quebec.
Es una historia con muchos y sorprendentes giros y con un
lirio negro al final. Él la escucha,
estudia su rostro, considera sus palabras.
Llega a la conclusión que ella piensa con mucho mayor simbolismo
que él y que eso la habrá salvado,
para ser tan fatalista, de ciertos tipos de dolor.
Ella se sorprende pensando qué hombre tan literal es él,
nota, como en un recuerdo, su placer
por el menú, por la cocina, y por la arquitectura del lugar.
La conmueve –de la manera en que la más serias limitaciones
pueden ser conmovedoras, y la conmueve su atracción por él.
Y lo que él significaba para ella. Ella mira su propia avidez
que tenía entonces para vivir, o puede que su avidez por no haber
dejado de vivir, eso sería más preciso desde la distancia, de la manera que un chofer
puede ver dese la carretera a un asustado venado que corre a campo abierto bajo la lluvia.
Algo salvaje. Visto y no visto. La muerte lo hizo conmovedor, o,
si no fue precisamente la muerte, que ella consideraba ya
como criaturas que hormiguean en una pila de abono, entonces el tiempo.
***
Deriva y vapor (tenue rompiente)
“¿Cuánto daño hacemos,
haciendo el amor de esta manera, cuando apenas
nos toleramos?” –Yo te tolero. Eres de las pocas personas
que siempre tolero. –Bueno, sí, pero ya sabes a qué me refiero.
–Igual no. Creo que me tomo el sexo más a la ligera
Que tú. Creo que es un poco agotador
tratarlo como si fuera un jodido sacramento. –No es buen chiste.
–No mucho. (Ella lame pequeños rastros de sal seca
de la carne blanda de su brazo. Él sacude
arena de su seno). –Y me gustas. En general.
No creo que pueda esperarse que se despierte la imaginación de uno
por la misma persona todo el tiempo. (Arena, pequeñísimos guijarros,
que se pegan a la piel rosada, arrugada de su areola en la tibia brisa.
Los estudia, bizcando, y luego chupa suavemente su pezón). –Mmmh.
–Estoy de mal humor. Realmente no estás aquí. Venimos
Como si estuviésemos abriendo una herida. –No hables por mí.
(Una joven mujer, con el delantal ocre de los empleados del hotel,
emerge de las dunas de hierba a la distancia. Lleva albas toallas
que ellos miran cómo coloca en una pila sobre una mesa
bajo una sombrilla hecha de frondas de palmera). –Mira,
sé que te duele. Creo que quieres que me sienta culpable, y no me siento.
–No quiero que te sientas culpable. –¿Qué quieres entonces?
–No sé. Cenar. (La mujer tararea algo, apeas escuchan trozos que
se elevan y descienden entre la brisa).
–Esa es la chica que perdió su bebé el interino pasado.
–¿Cómo sabes estas cosas? (Ella se pone la parte superior
del bañador).—Yo hablo con la gente. Hablé con la chica
que nos limpia la habitación. (El hace bizcos de nuevo
mirando a lo largo de la playa, sacude la cabeza.
–Pobrecilla. (Ella le besa el pómulo. Él se pone
los pantalones).
Versiones de Gerardo Cárdenas.
***
EN LA COSTA CERCA DE SAUSALITO
1
No diré mucho sobre el mar
excepto que tenía, casi
el color de la leche agria.
El sol descendía por ese cielo
claro, para nada intimidante,
angulado por la fisura de los riscos,
colinas oscurecidas por el verdor de los arbustos.
Marea baja: rocas babosas
moteadas de pardo y cubiertas de algas
como las enormes espaldas de tortugas antiguas
fundidas con la piedra gris
del rompeolas, deslizándose
hacia profundidades antediluvianas.
La vieja historia: aquí empieza la mugrienta vida.
2
Pes-
cando, como dijo Melville,
"para purgar el rencor",
para poner a trabajar mis torpes manos
mis manos que se magullan de
no tocar
le arrancan las patas a un camarón,
lo descascaran,
y lo arrollan con dos vueltas al anzuelo.
3
El cabezón no es un pez muy apreciado
por los pescadores, a excepción de los italianos
que tienen la gracia
de freír su carne pálida, casi azulosa
en aceite de oliva con una ramita
fresca de romero.
El cabezón, un pez feo y atavístico,
tan viejo como las baldas costeras
de las que se alimenta,
tiene aletas tan gruesas como las membranas de un pato,
parece un sapo prehistórico,
y es delicadamente dulce.
Es posible reconocer cuando se ha atrapado a uno
por la agitación de sorpresa
y la tensión en la cuerda.
4
Pero es extraño matar
por la repentina sensación de vida.
El peligro es
moralizar
esa extrañeza.
Al sostener al espinoso monstruo entre mis manos
sus protuberantes ojos púrpura
eran ojos y el sol quedaba
casi tangencial al planeta
sobre nuestra costa inquieta.
Criatura frente a criatura,
nos miramos a través de los siglos.
(Traducción: G.A. Chaves.)
(San Francisco, EE.UU., 1941)
Meditación en Lagunitas
El nuevo pensamiento es todo pérdida.
En eso se parece al antiguo pensamiento.
La idea, por ejemplo, de que cada particular borra
la luminosa claridad de una idea general.
Que el pájaro carpintero cara de payaso
que escudriña el esculpido tronco muerto
de aquel abedul es, por su sola presencia,
alguna trágica caída de un mundo primigenio
de luz indivisa. O la otra noción que dice
que, como en este mundo no hay una sola cosa
que corresponda al arbusto de la zarzamora,
una palabra es la elegía de lo que significa.
De esto hablamos anoche ya tarde y en la voz
de mi amigo había un delgado hilo de pena,
un tono casi de queja. Un rato después entendí
que, al hablar así, todo se disuelve:
justicia, pino, cabello, mujer, tú y yo.
Una vez hice el amor a una mujer y recuerdo cómo,
al tomar sus pequeños hombros entre mis manos,
sentí un violento asombro ante su presencia,
una sed de sal, sed del río de mi niñez
con sus cauces insulares, tonta música del barco
del placer, charco donde atrapamos aquel pececillo
naranja y plata llamado semilla de calabaza.
Apenas si tenía que ver con ella. Anhelo, decimos,
porque el deseo está lleno de distancias infinitas.
A ella yo le daba igual seguramente.
Pero cómo recuerdo la manera en que sus manos partían el pan,
lo que su padre le dijo para herirla, lo que soñaba.
Hay momentos en que el cuerpo es tan luminoso como las palabras,
días que son la carne buena prolongándose.
Una ternura tal, aquellas tardes y noches
repitiendo zarzamora, zarzamora, zarzamora.
(De Praise, Alabanza, 1974. Trad. Pura López Colomé.)
***
Entonces el tiempo
En invierno, en una pequeña habitación, un hombre y una mujer
han estado haciendo el amor por horas. Exhaustos,
ocupados exprimiéndose los cuerpos,
se miran y de pronto ríen.
“¿Esto qué es?”, dice él. “No me canso de ti”,
dice ella, una mujer que se considera incapaz
de un cliché. Ella pasea los dedos por su pecho,
roces tentativos, como si pusiera a prueba su sorpresa.
Él dice: “yo tampoco”. Y ella, que vuelve a ser muy suya
de nuevo: “¿Quieres decir que tampoco te cansas de ti?”.
“Quiero decir”, la toma de los brazos y los sacude,
“¿de dónde viene todo esto”?. Ella ladea la cabeza
y lo mira al rostro. “¿De verdad quieres saber?”.
“Sí”, dice él. “Odio a mí misma”, dice, “nostalgia de Dios”.
Lo besa de nuevo. “No es lo que es”, se encoge de hombros con sorna,
“sino de dónde viene”. Besa su hinchada boca
una segunda, una tercera vez. Años más tarde, en otra ciudad,
están cenando en un discreto restaurante junto a un parque.
Otoño. Más temprano un chubasco: hojas, del color del bronce
y del carmesí ahumado, que vuelan por todas partes. Veinte años más viejos,
ella es muy hermosa. Una persona austera. Se había vuelto,
decía ella, una jardinera obsesiva, sus hijas ya eran adultas.
El trata de no verse rebasado por el amor o la compasión
porque nota que ella no tiene manos. Piensa
que igual las regaló. Se imagina,
muy claramente, cómo se despierta en ciertas mañanas
(él tiene recuerdos muy claros de cuando ella era joven, despertada
Del sueño, enrojecida, apenas abriendo sus ojos)
y se horroriza porque no puede recordar
qué hizo con ellas, por qué ya no las tiene,
y luego recuerda, y se tranquila, para que el día
recupere su secuencia acostumbrada.
Le pregunta si piensa en ella. “Ocasionalmente”,
dice, sonriendo. “¿Y tú?”. “No mucho”, contesta,
“Creo que es porque nunca existimos dentro del tiempo”.
Él estudia sus largos dedos, manos de pianista,
o de jardinera, fuertes, trabajadas, cuando ella juguetea
con su vaso de vino, y él entiende, vagamente,
que tal vez sean sus manos las que falten. Luego
describe una reunión en la que participó durante el día,
presidida por alguien al que ambos se habían sentido
superiores, muchos años antes. “Ya conoces la expresión:
‘un perfecto tonto’”, dijo ella y a él le gustó mucho su tono
de voz. Ella cuenta una historia sobre la empresa
en Maine a la que le compra bulbos, fundada por un refugiado polaco
casado con una separatista francocanadiense del Quebec.
Es una historia con muchos y sorprendentes giros y con un
lirio negro al final. Él la escucha,
estudia su rostro, considera sus palabras.
Llega a la conclusión que ella piensa con mucho mayor simbolismo
que él y que eso la habrá salvado,
para ser tan fatalista, de ciertos tipos de dolor.
Ella se sorprende pensando qué hombre tan literal es él,
nota, como en un recuerdo, su placer
por el menú, por la cocina, y por la arquitectura del lugar.
La conmueve –de la manera en que la más serias limitaciones
pueden ser conmovedoras, y la conmueve su atracción por él.
Y lo que él significaba para ella. Ella mira su propia avidez
que tenía entonces para vivir, o puede que su avidez por no haber
dejado de vivir, eso sería más preciso desde la distancia, de la manera que un chofer
puede ver dese la carretera a un asustado venado que corre a campo abierto bajo la lluvia.
Algo salvaje. Visto y no visto. La muerte lo hizo conmovedor, o,
si no fue precisamente la muerte, que ella consideraba ya
como criaturas que hormiguean en una pila de abono, entonces el tiempo.
***
Deriva y vapor (tenue rompiente)
“¿Cuánto daño hacemos,
haciendo el amor de esta manera, cuando apenas
nos toleramos?” –Yo te tolero. Eres de las pocas personas
que siempre tolero. –Bueno, sí, pero ya sabes a qué me refiero.
–Igual no. Creo que me tomo el sexo más a la ligera
Que tú. Creo que es un poco agotador
tratarlo como si fuera un jodido sacramento. –No es buen chiste.
–No mucho. (Ella lame pequeños rastros de sal seca
de la carne blanda de su brazo. Él sacude
arena de su seno). –Y me gustas. En general.
No creo que pueda esperarse que se despierte la imaginación de uno
por la misma persona todo el tiempo. (Arena, pequeñísimos guijarros,
que se pegan a la piel rosada, arrugada de su areola en la tibia brisa.
Los estudia, bizcando, y luego chupa suavemente su pezón). –Mmmh.
–Estoy de mal humor. Realmente no estás aquí. Venimos
Como si estuviésemos abriendo una herida. –No hables por mí.
(Una joven mujer, con el delantal ocre de los empleados del hotel,
emerge de las dunas de hierba a la distancia. Lleva albas toallas
que ellos miran cómo coloca en una pila sobre una mesa
bajo una sombrilla hecha de frondas de palmera). –Mira,
sé que te duele. Creo que quieres que me sienta culpable, y no me siento.
–No quiero que te sientas culpable. –¿Qué quieres entonces?
–No sé. Cenar. (La mujer tararea algo, apeas escuchan trozos que
se elevan y descienden entre la brisa).
–Esa es la chica que perdió su bebé el interino pasado.
–¿Cómo sabes estas cosas? (Ella se pone la parte superior
del bañador).—Yo hablo con la gente. Hablé con la chica
que nos limpia la habitación. (El hace bizcos de nuevo
mirando a lo largo de la playa, sacude la cabeza.
–Pobrecilla. (Ella le besa el pómulo. Él se pone
los pantalones).
Versiones de Gerardo Cárdenas.
***
EN LA COSTA CERCA DE SAUSALITO
1
No diré mucho sobre el mar
excepto que tenía, casi
el color de la leche agria.
El sol descendía por ese cielo
claro, para nada intimidante,
angulado por la fisura de los riscos,
colinas oscurecidas por el verdor de los arbustos.
Marea baja: rocas babosas
moteadas de pardo y cubiertas de algas
como las enormes espaldas de tortugas antiguas
fundidas con la piedra gris
del rompeolas, deslizándose
hacia profundidades antediluvianas.
La vieja historia: aquí empieza la mugrienta vida.
2
Pes-
cando, como dijo Melville,
"para purgar el rencor",
para poner a trabajar mis torpes manos
mis manos que se magullan de
no tocar
le arrancan las patas a un camarón,
lo descascaran,
y lo arrollan con dos vueltas al anzuelo.
3
El cabezón no es un pez muy apreciado
por los pescadores, a excepción de los italianos
que tienen la gracia
de freír su carne pálida, casi azulosa
en aceite de oliva con una ramita
fresca de romero.
El cabezón, un pez feo y atavístico,
tan viejo como las baldas costeras
de las que se alimenta,
tiene aletas tan gruesas como las membranas de un pato,
parece un sapo prehistórico,
y es delicadamente dulce.
Es posible reconocer cuando se ha atrapado a uno
por la agitación de sorpresa
y la tensión en la cuerda.
4
Pero es extraño matar
por la repentina sensación de vida.
El peligro es
moralizar
esa extrañeza.
Al sostener al espinoso monstruo entre mis manos
sus protuberantes ojos púrpura
eran ojos y el sol quedaba
casi tangencial al planeta
sobre nuestra costa inquieta.
Criatura frente a criatura,
nos miramos a través de los siglos.
(Traducción: G.A. Chaves.)
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
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