RENÉ DAUMAL
(Boulzicourt, Francia, 1908-París, id., 1944)
LA GUERRA SANTA
Voy a escribir un poema sobre la guerra.
Tal vez no sea un verdadero poema, pero será sobre una verdadera guerra.
No será un verdadero poema porque el verdadero poeta no está aquí.
Si
estuviera cesaría el ruido entre la multitud, se haría primero un gran
silencio, un silencio pesado, un silencio preñado de mil truenos.
Veríamos
al poeta y palidecerían nuestras pobres sombras. Lo odiaríamos por ser
tan real, nosotros los débiles, los enojados, nosotros los todo-cosa.
Estaría
aquí, agotado por los mil truenos de la multitud de enemigos que
contiene –porque los contiene y los satisface cuando quiere- ,
incandescente de dolor y de sagrada cólera pero tan tranquilo como un
pirotécnico,
Y abriría en el gran silencio una pequeña canilla, la muy pequeña canilla del molino de palabras.
De allí saldría un poema, un poema tal, que uno se pondría verde.
Lo
que voy a hacer no será un verdadero poema poético de poeta, porque si
la palabra “guerra” fuese pronunciada en un verdadero poema, esa
guerra, la verdadera guerra de la que hablaría el poeta, la guerra sin
piedad, la guerra sin pactos ni compromisos se encendería
definitivamente en nuestros corazones.
Tampoco será un discurso
filosófico, porque para ser filósofo, para amar la verdad más que a mí
mismo, hay que estar muerto para el error, hay que haber matado a las
traidoras complacencias del sueño y de la cómoda ilusión. Pero eso es
la meta y el fin de la guerra , y la guerra apenas ha comenzado, hay
todavía traidores para desenmascarar.
Tampoco será obra de
ciencia, porque para ser científico, para ver y amar las cosas tal cual
son, hay que ser uno mismo, y amar es verse tal cual uno es. Hay que
haber roto los espejos mentirosos, haber matado con mirada implacable
los fantasmas insinuantes. Pero eso es la meta y el fin de la guerra, y
la guerra recién ha comenzado, hay todavía máscaras que arrancar.
No
será tampoco un canto entusiasta, ya que el entusiasmo sólo es estable
cuando el dios se ha levantado, cuando los enemigos no son más que
fuerzas sin formas, cuando el estruendo de la guerra repica a todo
trapo. Pero la guerra apenas ha comenzado y nosotros todavía no hemos
arrojado al fuego nuestro juego de cama.
Todavía no será una
invocación mágica, porque el mago dice a su dios: “Haz lo que me gusta”
y rehúsa hacer la guerra a su peor enemigo, si el enemigo le gusta.
Ni
será un ruego de creyente, porque el creyente dice a su dios: “Haz lo
que quieras” y para eso se ha tenido que meter el hierro y el fuego en
las entrañas de su más querido enemigo. Y eso es el hecho de la guerra.
Pero la guerra apenas ha comenzado.
Será un poco todo eso, un
poco de esperanza y un esfuerzo hacia todo eso y también será un
llamado a las armas. Un llamado que el juego de los ecos podrá
devolverme y que otros, tal vez escucharán.
Ahora podéis adivinar de qué guerra quiero hablar.
De
las otras guerras, de las que sufrimos, no hablaré. Si hablara de ellas
sería literatura común, un sustituto, una excusa. Así como empleé la
palabra “terrible” cuando aún no tenía la piel de gallina. Así usé la
expresión “reventar de hambre” cuando aún no había llegado a robar en
los escaparates. Como hablé de “locura” antes de haber intentado mirar
el infinito por el ojo de la cerradura. Así como hablé de la muerte
antes de haber sentido en mi lengua el gusto de sal de lo irreparable.
Como hablan de pureza algunos que siempre se consideraron superiores al
cerdo doméstico. Así como quienes adoran y repintan sus cadenas hablan
de libertad y algunos que sólo aman la sombra de sí mismos hablan de
amor, o de sacrificio quienes por nada se cortarían el dedo más
pequeño. O de conocimiento quienes se disfrazan ante sus propios ojos.
Así como nuestra gran enfermedad es hablar para no ver nada.
Sería
un sustituto impotente, como los viejos y los enfermos que hablan con
gusto de los golpes que dan o reciben los jóvenes elegantes.
¿Tengo entonces el derecho de hablar de la otra guerra mientras no está, quizás, definitivamente encendida en mí?
Sí,
tal vez no tenga el derecho, pero “no tener el derecho” puede
significar “tener el deber” y, sobre todo, “la necesidad”, ya que nunca
tendré demasiados aliados.
Intentaré, entonces, hablar de la guerra santa.
¡Pueda
ella estallar de manera irreparable! Cada tanto se enciende, pero nunca
por mucho tiempo. Ante los primeros signos de victoria me admiro en el
triunfo, me hago el generoso y pacto con el enemigo. Hay traidores en
la casa, pero tienen cara de amigos, ¡Sería tan desagradable
desenmascararlos! Ocupan su lugar junto al fuego, tienen sus sillones y
sus pantuflas; vienen cuando estoy somnoliento, me hacen un cumplido,
me cuentan una historia palpitante o divertida, me traen flores o
golosinas o algún hermoso sombrero de plumas. Hablan en primera
persona, creo escuchar mi voz, es mi voz que creo emitir: “Yo soy... yo
sé... yo quiero...”
Mentiras. Mentiras metidas en mi carne, abscesos
que me gritan: “¡No nos revientes! Tenemos la misma sangre!”; pústulas
que lloriquean: “Somos tu único bien, tu único ornamento, sigue
nutriéndonos, no te cuesta tanto!”
Son muchos, son encantadores y
lastimeros, son arrogantes y me chantajean, hacen alianzas... esos
bárbaros no respetan nada –nada verdadero, quiero decir, ya que delante
de todo lo demás se retuercen de respeto. Gracias a ellos tengo forma,
ocupan el lugar y tienen la llave del cajón de las máscaras. Me dicen:
“Nosotros te vestimos; cómo harías sin nosotros para aparecer en el
mundo?”
¡Oh, antes mejor ir desnudo como un gusano!
Para
combatir a esos ejércitos sólo tengo una pequeña espada apenas
perceptible; corta como una navaja, es verdad, y es muy asesina. Pero
es tan pequeña que la pierdo a cada rato. Nunca sé dónde la guardé. Y
cuando por fin la encuentro, me parece muy pesada de llevar y muy
difícil de manejar, mi mortífera pequeña espada.
Yo sé decir apenas algunas palabras, que son más bien vagidos, en cambio ellos hasta saben escribir.
Hay
siempre uno en mi boca que acecha mis palabras cuando quiero hablar.
Las escucha, guarda todo para sí y habla en mi lugar, con las mismas
palabras pero con su inmundo acento. Y gracias a él se me respeta y se
me juzga inteligente (pero los que saben no se equivocan; pueda yo
escuchar a los que saben!)
Esos fantasmas me roban todo. Y después
pretenden que los compadezca. “Nosotros te protegemos, te expresamos,
te hacemos valer y tú quieres asesinarnos! Te destrozas a ti mismo
cuando nos tratas mal, cuando golpeas con maldad nuestra sensible
nariz, la nuestra, la de tus buenos amigos.”
Y la sucia piedad con
todas sus tibiezas viene a debilitarme. Contra todos ustedes,
fantasmas, toda la luz! Bastará que encienda la lámpara para que
callen, que abra un ojo para que desaparezcan.
Porque están esculpidos de vacío, envejecidos por la nada.
Contra ustedes, la guerra hasta el final! Ninguna piedad, ninguna tolerancia. Un sólo derecho: el derecho de no ser más.
Pero
ahora, otra es la canción. Se sienten señalados y se muestran
conciliadores: “Sí, tú eres el amo. ¿Pero qué es un amo sin servidores?
Déjanos permanecer en nuestros modestos lugares, prometemos ayudarte.
Imagina, por ejemplo, que quieras escribir un poema. ¿Qué harías sin
nosotros?” Sí, rebeldes, un día volveré a poneros en vuestros sitios.
Os doblegaré bajo mi yugo. Os alimentaré con heno y os pegaré todas las
mañanas. Mientras succionéis mi sangre y robéis mis palabras, Oh, más
vale no escribir poemas!
Esa es la maravillosa paz que me proponen.
Cerrar los ojos para no ver el crimen. Que me agite de la mañana a la
noche para no ver a la muerte con la boca siempre abierta. Que me crea
victorioso antes de haber luchado. ¡Paz de mentira!
Que me acomode en las propias cobardías, ya que todo el mundo se acomoda. ¡Paz de vencidos!
Un
poco de mugre, un poco de embriaguez, un poco de blasfemia bajo
palabras espirituales. Una mascarada de virtud, un poco de pereza y
ensoñación, o mucha, si uno es artista, un poco de todo eso y alrededor
muchas palabras hermosas. Esa es la paz que proponen. ¡Paz de vendidos!
Y
para salvaguardar esa paz vergonzosa, uno hará de todo, también la
guerra a sus semejantes. Porque existe una vieja y segura receta para
conservar esta paz: acusar siempre a los otros
¡Paz de traición!
Ahora
sabéis que quiero hablar de la guerra santa. Aquel que se haya
declarado esta guerra, ése está en paz con sus semejantes. Y aunque
todo en él sea campo de la más violenta de las batallas, en el fondo
del fondo de sí mismo reinará una paz más activa que todas las guerras.
Y cuanto más reine la paz en el interior de sí, en el silencio y la
soledad central, con mayor rabia se abatirá la guerra contra el tumulto
de las mentiras, contra la gran ilusión.
En ese vasto silencio
envuelto en gritos de guerra, escondido del afuera por el huyente
espejismo del tiempo, el eterno vencedor escucha las voces de otros
silencios. Solo, después de haber roto la ilusión de no estar solo, ya
no está solo por estar solo.
Pero estoy separado de él por ejércitos
de fantasmas que quiero aniquilar. ¡Pueda yo un día instalarme en esa
ciudadela! Sobre las murallas, ¡sea destrozado hasta el hueso para que
el tumulto no llegue a la cámara real!
“¿Mataré?”, pregunta Arjuna,
el guerrero. “Mata” se le responde, “si eres un matador no tienes
elección”. Pero si tus manos enrojecen con la sangre de los enemigos,
no dejes que ni una sola gota salpique la cámara real, donde espera el
vencedor inmóvil.
“¿Pagaré el tributo al César?”, preguntó otro.
“Paga” se le responde. Pero no dejes al César echar una sola mirada
sobre el tesoro real.
Y yo, que en el mundo del César no tengo otra arma que la palabra,
Yo, que en el mundo del César no tengo otra moneda que la palabra,
Hablaré?
Hablaré, para llamarme a la guerra santa.
Hablaré, para denunciar a los traidores que he alimentado.
Hablaré, para que mis palabras avergüencen a mis acciones,
Hasta el día en que una paz acorazada de truenos reine en la cámara del eterno vencedor.
Y
porque he empleado la palabra “guerra” –y esa palabra “guerra” hoy no
es más que un simple ruido que las gentes instruidas hacen con sus
bocas- y esa palabra es ahora una palabra seria y cargada de sentido.
Sabrán que hablo seriamente y que no son vanos ruidos que hago con mi
boca.
Primavera de 1940
De René Daumal: la guerra santa. Hablar de Poesía Nº 4, año II, noviembre 2000, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires.Traducción de Ana Arzoumanian.
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martes, 18 de octubre de 2016
viernes, 23 de octubre de 2015
Escucha bien, sin embargo. No mis palabras
RENÉ DAUMAL
(Francia, 1908-1944)
Aquí las bestias-pasiones de vidas cíclicas
prisioneras
allá su Madre común, el Mar de las
Burbujas.
Aquí pequeño aliento resumiendo muchos
Animales,
Allá Gran Aliento de la Toda-entera
Hembra.
Escucha bien, sin embargo. No mis palabras
sino el tumulto que se alza en tu cuerpo cuando te escuchas.
Son rumores de combate, ronquidos de durmiente, gritos
de bestias, el ruido de todo un universo.
Aquí el YO que habla del cenit absoluto
de un punto particular,
allá el NO que habla del absoluto Cenit de
todo punto.
Aquí pequeña palabra que abre las puertas
del palacio vocal de un hombre
particular,
Allá, Gran Palabra, perfecto Macho que lo
penetra todo.
Y ahora trata de hablar. Di algo importante.
habla, la cosa o el hecho que nombres será
inmediatamente real, si eres verdaderamente tú
quien habla.
Aquí pequeño-poeta, evocando, liberado
según el ritmo,
allá Gran-Poeta, provocando, libre según el
Nombre Total.
Aquí, esto,
Allá, aquello.
Finalmente, escucha: ¿nunca has soñado
ser libre? Vamos, te dejo aquí. Trata de extraer
de todo esto las conclusiones concernientes a tu
caso personal, y harás lo que quieras si eres
lo que eres.
**
Aquí el YO que habla del cenit absoluto
de un punto particular,
allá el NO que habla del absoluto Cenit de
todo punto.
Aquí pequeña palabra que abre las puertas
del palacio vocal de un hombre
particular,
Allá, Gran Palabra, perfecto Macho que lo
penetra todo.
Y ahora trata de hablar. Di algo importante.
Habla, la cosa o el hecho que nombres será
inmediatamente real, si eres verdaderamente tú
quien habla.
**
Aquí pequeño-poeta, evocando, liberado
según el ritmo,
allá Gran-Poeta, provocando, libre según el
Nombre Total.
Aquí, esto,
Allá, aquello.
Finalmente, escucha: ¿nunca has soñado
ser libre? Vamos, te dejo aquí. Trata de extraer
de todo esto las conclusiones concernientes a tu
caso personal, y harás lo que quieras si eres
lo que eres.
De Clavículas de un juego poético, Compañía General Fabril Editora. Buenos Aires, 1961
Trad. y prólogo A. Ferrario y J. Lebedev.
***
La muerte espiritual
(Fragmento)
Tal hombre despierta por la mañana, en su cama. Apenas se ha levantado, ya está dormido otra vez; al entregarse a todos los automatismos que hacen que su cuerpo se vista, salga, camine, vaya a su trabajo se agite de acuerdo a la regla cotidiana, coma, hable, lea el periódico –ya que es en general el cuerpo sólo quien se ocupa de todo esto-, mientras hace todo esto él duerme. Para despertar haría falta que pensara: “toda esta agitación está fuera de mí”. Haría falta un acto de reflexión. Pero si este acto desencadena en él nuevos automatismos, los de la memoria, los del razonamiento, bien podrá su voz afirmar que aún sigue reflexionando, pero él se ha vuelto a dormir. Así que puede pasar días enteros sin despertar un solo instante. Basta que pienses tú en esto estando en medio de una multitud, y te verás rodeado de una masa de sonámbulos. El hombre pasa no, como se dice, un tercio de su vida durmiendo, sino casi toda su vida durmiendo con ese verdadero sueño del espíritu. Y al sueño, que es la inercia de la conciencia, no le cuesta mucho atrapar al hombre en sus redes: ya que éste es natural y casi irremediablemente perezoso, quisiera despertar, es cierto; pero como el esfuerzo no le agrada, él quisiera -e ingenuamente lo cree posible- que este esfuerzo, una vez realizado, lo coloca en un estado de despertar definitivo, o al menos de alguna duración; así, queriendo descansar en su despertar, se duerme. Así como uno no puede querer dormir, pues querer, sea lo que sea, siempre es despertar; así tampoco puede uno permanecer despierto si no lo quiere en todo momento.
Y el único acto inmediato que puedes cumplir es despertar, es tomar conciencia de ti mismo. Entonces, vuelve tu mirada sobre lo que crees haber hecho desde el comienzo de este día: quizás es la primera que te despiertas realmente; y es sólo en ese instante que tienes conciencia de todo lo que has hecho como un autómata, sin pensamiento. En su mayoría, los hombres nunca despiertan siquiera hasta el punto de darse cuenta de haberse dormido. Ahora, acepta –si quieres- esta existencia de sonámbulo. Tú podrás comportarte en la vida como ocioso, como obrero, campesino, comerciante, diplomático, artista, filósofo, sin despertar nunca, sino cada cierto tiempo; justo lo necesario para gozar o sufrir de la manera como duermes; sería incluso tal vez más cómodo –sin cambiar nada de tu apariencia- no despertar en absoluto.
Y como la realidad del espíritu es acto, no siendo nada la idea misma de “substancia pensante” cuando no es pensada en el presente, en ese sueño, ausencia de acto, privación de pensamiento, no hay nada: es realmente la muerte espiritual.
Pero si tú elegiste ser, has emprendido un camino muy duro, siempre en subida, y que reclama un esfuerzo a cada instante. Tú despiertas: e inmediatamente debes despertar otra vez. Despiertas de tu despertar: tu primer despertar aparece como un sueño a tu despertar profundo. Por esta marcha reflexiva la conciencia pasa perpetuamente al acto.
***
Hechos memorables
Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenagal de tu corazón.
**
Yo soy la muerte, porque no tengo el deseo
No tengo el deseo porque creo poseer
Creo poseer porque no trato de dar
Tratando de dar, vemos que no tenemos nada
Al ver que no se tiene nada, uno trata de darse
Tratando de darse, uno ve que no es nada
Viendo que no se es nada, se desea llegar a ser
Deseando llegar a ser, se vive.
**
La desilusión
Blanco y negro y blanco y negro
atención, quiero enseñaros a morir,
cerrad los ojos, apretad los dientes,
¡Clac!, ya veis, no es nada difícil,
no hay en esto nada asombroso.
Os hablo sin pasión
negro y blanco y negro y blanco,
¡Clac!, ya veis qué pronto se aprende,
os hablo sin amor,
y sin embargo bien sabéis…
–hay que llevar la evidencia hasta lo absurdo–
Blanco y negro y blanco y negro y negro y blanco,
si nuestras almas cambiaran sus cuerpos,
nada cambiaría,
por lo tanto no habléis más de cuerpos y almas.
Blanco, negro, ¡Clac! es lo único
que podemos concebir unido,
(¿no es cierto que no hay en esto nada trágico?)
Os hablo sin pasión
Blanco, negro, blanco, negro, ¡Clac!,
es mi eterno grito de moribundo,
ese grito blanco, ese agujero negro…
¡Oh! No entendéis nada,
ni tampoco existís
yo me encuentro solo para morir.
De “Poésie noire, poésie blanche”, 1945. Trad. de Aldo Pellegrini.
(Francia, 1908-1944)
Aquí las bestias-pasiones de vidas cíclicas
prisioneras
allá su Madre común, el Mar de las
Burbujas.
Aquí pequeño aliento resumiendo muchos
Animales,
Allá Gran Aliento de la Toda-entera
Hembra.
Escucha bien, sin embargo. No mis palabras
sino el tumulto que se alza en tu cuerpo cuando te escuchas.
Son rumores de combate, ronquidos de durmiente, gritos
de bestias, el ruido de todo un universo.
Aquí el YO que habla del cenit absoluto
de un punto particular,
allá el NO que habla del absoluto Cenit de
todo punto.
Aquí pequeña palabra que abre las puertas
del palacio vocal de un hombre
particular,
Allá, Gran Palabra, perfecto Macho que lo
penetra todo.
Y ahora trata de hablar. Di algo importante.
habla, la cosa o el hecho que nombres será
inmediatamente real, si eres verdaderamente tú
quien habla.
Aquí pequeño-poeta, evocando, liberado
según el ritmo,
allá Gran-Poeta, provocando, libre según el
Nombre Total.
Aquí, esto,
Allá, aquello.
Finalmente, escucha: ¿nunca has soñado
ser libre? Vamos, te dejo aquí. Trata de extraer
de todo esto las conclusiones concernientes a tu
caso personal, y harás lo que quieras si eres
lo que eres.
**
Aquí el YO que habla del cenit absoluto
de un punto particular,
allá el NO que habla del absoluto Cenit de
todo punto.
Aquí pequeña palabra que abre las puertas
del palacio vocal de un hombre
particular,
Allá, Gran Palabra, perfecto Macho que lo
penetra todo.
Y ahora trata de hablar. Di algo importante.
Habla, la cosa o el hecho que nombres será
inmediatamente real, si eres verdaderamente tú
quien habla.
**
Aquí pequeño-poeta, evocando, liberado
según el ritmo,
allá Gran-Poeta, provocando, libre según el
Nombre Total.
Aquí, esto,
Allá, aquello.
Finalmente, escucha: ¿nunca has soñado
ser libre? Vamos, te dejo aquí. Trata de extraer
de todo esto las conclusiones concernientes a tu
caso personal, y harás lo que quieras si eres
lo que eres.
De Clavículas de un juego poético, Compañía General Fabril Editora. Buenos Aires, 1961
Trad. y prólogo A. Ferrario y J. Lebedev.
***
La muerte espiritual
(Fragmento)
Tal hombre despierta por la mañana, en su cama. Apenas se ha levantado, ya está dormido otra vez; al entregarse a todos los automatismos que hacen que su cuerpo se vista, salga, camine, vaya a su trabajo se agite de acuerdo a la regla cotidiana, coma, hable, lea el periódico –ya que es en general el cuerpo sólo quien se ocupa de todo esto-, mientras hace todo esto él duerme. Para despertar haría falta que pensara: “toda esta agitación está fuera de mí”. Haría falta un acto de reflexión. Pero si este acto desencadena en él nuevos automatismos, los de la memoria, los del razonamiento, bien podrá su voz afirmar que aún sigue reflexionando, pero él se ha vuelto a dormir. Así que puede pasar días enteros sin despertar un solo instante. Basta que pienses tú en esto estando en medio de una multitud, y te verás rodeado de una masa de sonámbulos. El hombre pasa no, como se dice, un tercio de su vida durmiendo, sino casi toda su vida durmiendo con ese verdadero sueño del espíritu. Y al sueño, que es la inercia de la conciencia, no le cuesta mucho atrapar al hombre en sus redes: ya que éste es natural y casi irremediablemente perezoso, quisiera despertar, es cierto; pero como el esfuerzo no le agrada, él quisiera -e ingenuamente lo cree posible- que este esfuerzo, una vez realizado, lo coloca en un estado de despertar definitivo, o al menos de alguna duración; así, queriendo descansar en su despertar, se duerme. Así como uno no puede querer dormir, pues querer, sea lo que sea, siempre es despertar; así tampoco puede uno permanecer despierto si no lo quiere en todo momento.
Y el único acto inmediato que puedes cumplir es despertar, es tomar conciencia de ti mismo. Entonces, vuelve tu mirada sobre lo que crees haber hecho desde el comienzo de este día: quizás es la primera que te despiertas realmente; y es sólo en ese instante que tienes conciencia de todo lo que has hecho como un autómata, sin pensamiento. En su mayoría, los hombres nunca despiertan siquiera hasta el punto de darse cuenta de haberse dormido. Ahora, acepta –si quieres- esta existencia de sonámbulo. Tú podrás comportarte en la vida como ocioso, como obrero, campesino, comerciante, diplomático, artista, filósofo, sin despertar nunca, sino cada cierto tiempo; justo lo necesario para gozar o sufrir de la manera como duermes; sería incluso tal vez más cómodo –sin cambiar nada de tu apariencia- no despertar en absoluto.
Y como la realidad del espíritu es acto, no siendo nada la idea misma de “substancia pensante” cuando no es pensada en el presente, en ese sueño, ausencia de acto, privación de pensamiento, no hay nada: es realmente la muerte espiritual.
Pero si tú elegiste ser, has emprendido un camino muy duro, siempre en subida, y que reclama un esfuerzo a cada instante. Tú despiertas: e inmediatamente debes despertar otra vez. Despiertas de tu despertar: tu primer despertar aparece como un sueño a tu despertar profundo. Por esta marcha reflexiva la conciencia pasa perpetuamente al acto.
***
Hechos memorables
Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre; acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el cenagal de tu corazón.
**
Yo soy la muerte, porque no tengo el deseo
No tengo el deseo porque creo poseer
Creo poseer porque no trato de dar
Tratando de dar, vemos que no tenemos nada
Al ver que no se tiene nada, uno trata de darse
Tratando de darse, uno ve que no es nada
Viendo que no se es nada, se desea llegar a ser
Deseando llegar a ser, se vive.
**
La desilusión
Blanco y negro y blanco y negro
atención, quiero enseñaros a morir,
cerrad los ojos, apretad los dientes,
¡Clac!, ya veis, no es nada difícil,
no hay en esto nada asombroso.
Os hablo sin pasión
negro y blanco y negro y blanco,
¡Clac!, ya veis qué pronto se aprende,
os hablo sin amor,
y sin embargo bien sabéis…
–hay que llevar la evidencia hasta lo absurdo–
Blanco y negro y blanco y negro y negro y blanco,
si nuestras almas cambiaran sus cuerpos,
nada cambiaría,
por lo tanto no habléis más de cuerpos y almas.
Blanco, negro, ¡Clac! es lo único
que podemos concebir unido,
(¿no es cierto que no hay en esto nada trágico?)
Os hablo sin pasión
Blanco, negro, blanco, negro, ¡Clac!,
es mi eterno grito de moribundo,
ese grito blanco, ese agujero negro…
¡Oh! No entendéis nada,
ni tampoco existís
yo me encuentro solo para morir.
De “Poésie noire, poésie blanche”, 1945. Trad. de Aldo Pellegrini.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char