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sábado, 23 de septiembre de 2017

El agua era seda en la cuchara; seda clara, débilmente azul

Ray Bradbury
(Estados Unidos, 1920-2012)

“El vino del estío”
(Fragmento)

IV
El vino de diente de león

Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillas a ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos.
Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella... la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez
pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul. Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.
— Listo. Ahora, ¡el barril de lluvia!
Nada podía reemplazar esas aguas puras, convocadas en lagos lejanos y dulces campos de hierbas cubiertas de rocío en la mañana temprana. Aguas alzadas al cielo, llevadas como ropa lavada a lo largo de mil kilómetros, cepilladas con el viento, electrificadas con altos voltajes, y condensadas en un aire frío. Aguas que caen en lluvias, y traen el cielo en sus cristales. Con algo del viento del este y del oeste, y del viento del norte y el sur, el agua se hace lluvia, y la lluvia, en la hora de los ritos, se hace vino.
Douglas corrió con el cucharón. Lo hundió en el tonel de agua de lluvia.
— ¡Allá vamos!
El agua era seda en la cuchara; seda clara, débilmente azul. Dulcificaba los labios, la garganta, el corazón. Había que llevarla en cucharones y baldes al sótano, y allí se volcaría en avenidas, en corrientes montañosas, sobre la florida cosecha.
Hasta la abuela, cuando nieve girase en rápidos torbellinos, mareando el mundo, cegando ventanas, robando el aliento a las bocas jadeantes, hasta la abuela, un día de febrero, desaparecería en el sótano.
Arriba, en la casa grande, habría toses, estornudos, ronqueras, gemidos, fiebres infantiles, gargantas rojas como carne cruda, narices como cerezas en conserva, microbios en todas partes.
Entonces, saliendo del sótano como una diosa de junio, la abuela vendría, con algo oculto pero obvio bajo el chal tejido. Lo llevaría a las miserables habitaciones de abajo y arriba, y su aroma y claridad llenarían las copas, y se bebería de un trago. Las medicinas de otro tiempo, el sol balsámico de las ociosas tardes de agosto, el débil ruido de los carros de hielo por las calles de ladrillo, el susurro de los plateados cohetes, y las fuentes de las cortadoras de césped sobre países de hormigas, todo, todo en un vaso.
Sí, hasta la abuela escaparía al sótano del invierno para una aventura de junio. Se quedaría allá abajo, sola y callada, como el abuelo, o el padre, o el tío Bert, o algún pensionista, y comulgaría con las últimas huellas de un tiempo de picnics y cálidas lluvias, y campos perfumados de trigo, el maíz nuevo y el heno de cabeza inclinada.
Hasta la abuela repetiría y repetiría las palabras doradas y hermosas, como si estuviese diciéndolas en ese mismo momento, cuando las flores estaban aún en la prensa, como serían repetidas todos los años, todos los blancos inviernos del tiempo. Las diría y las diría, y serían en sus labios como una sonrisa, como un repentino rayo de sol en la sombra.
El vino del estío. El vino del estío. El vino del estío.

Ediciones Minotauro: Barcelona, 1957.
***
Recuerdo
Aquí es donde veníamos, pensé,
de aquí para allá, por los prados,
hará cuarenta años ya.
Yo había vuelto y paseé por las calles
y vi la casa en la que nací,
crecí y viví mis días sin fin.
Ahora, siendo cortos los días, simplemente había venido a contemplar y mirar detenidamente la visión de esa infinita maraña de tardes.
Pero ante todo, deseaba encontrar los lugares por los que yo corría como los perros, delante o detrás de los niños, las rutas anotadas por los indios o por los hermanos raudos y juiciosos imitando a una tribu.
Llegué al barranco.
Descendí por el sendero,
yo, un tipo de pelo encanecido, pero, sobre todo, de pensamientos graciosos, y encontré el lugar vacío.
¡Imbéciles!, pensé. ¡Oh!, chicos de esta nueva época, ¿cómo no sabéis que el abismo aquí nos espera?
Los barrancos son especialmente hermosos y de un bello verdor, misteriosos y bullentes de monos y bestias, de criminales abejas que roban a las flores para dar a los árboles.
Aquí reverberan las cavernas y los riachuelos que hay que vadear después del saqueo:
un bicho de agua, un cangrejo, una piedra preciosa o una bota de goma perdida es un tesoro natural ¿y por qué este lugar está en silencio?
¿Qué ha pasado con nuestros chicos que ya no se apresuran para quedarse a contemplar la artesanía de Cristo:
su sangre brillante y sangrada en los jarabes de los bellos árboles heridos?
¿Por qué sólo hay serpenteos de abejas y mirlos y arqueada hierba?
No importa. Camina. Camina, dulce memoria.
Di con un roble al que yo a los doce años una vez había trepado y desde el que grité a Skip para que me bajara.
Estaba a mil millas de la tierra. Cerré los ojos y chillé.
Mi hermano, muy dado al jolgorio, dio grandes risotadas y subió a rescatarme.
¿Qué hacías ahí?, dijo.
No respondí. Casi me baja muerto.
Pero allí estaba yo para colocar una nota en un nido de ardilla en la que había escrito un viejo asunto secreto ya muy olvidado.
Ahora, en el verde barranco de años intermedios me quedé bajo ese árbol "¿Por qué? ¿Por qué?, pensé, Dios mío", No es tan alto. ¿Por qué chillé?
No serán más de cinco metros. Voy a subir sin problemas.
Y lo hice.
Y me acurruqué como un solitario mono envejecido, agradeciendo a Dios que nadie viera a ese antiguo hombre haciendo el ridículo agarrado grotescamente al tronco.
Pero luego, ¡ay, Dios, qué sorpresa!
El agujero de la ardilla y el perdido nido aún estaban allí.
Me tendí un rato pensando.
Me empapé de todas las hojas, las nubes y los climas, transcurriendo tan mecánicamente como los días.
"¿Qué? ¿Qué? ¿que sí?, -pensé-. Pero no. ¡Algo más de cuarenta años!
¿La nota que puse? Seguro que ya había sido robada.
Un chico o una lechuza la habría birlado, leído y hecho trizas.
Se habrá esparcido por el lago como el polen, hoja de castaño o el tufo del diente de león que surca los vientos del tiempo...
No. No."
Metí la mano en el nido. Ahondé bien los dedos.
Nada. Nada de nada. Pero al ahondar más
allí estaba:
la nota.
Como alas de polilla nítidamente empolvadas, bien plegada había sobrevivido. Las lluvias no la tocaron, la luz del sol no decoloró su contenido. Ocupaba mi palma. Conocía su forma:
Papel rayado de un viejo libro de garabatos de Jefe indio Sioux.
¿Qué? ¿Qué? Oh, ¿qué había puesto yo allí en palabras hacía ya tantos años?
La abrí. Ahora mismo tenía que saberlo.
la abrí y lloré. Me pegué al árbol
y dejé las lágrimas caer y rodar por mi barbilla.
Querido muchacho, extraño niño, que debe haber conocido a los años y contemplado el tiempo y olido la dulce muerte en las flores.
En el lejano cementerio.
Era un mensaje al futuro, a mí mismo.
Sabiendo que un día debo llegar, venir, buscar, regresar.
Desde el joven al viejo. desde el yo que era pequeño y fresco hasta el yo que era grande y nunca más nuevo.
¿Qué decía que me hizo llorar?
Me acuerdo de ti.
Me acuerdo de ti.

Traducción de Jesús Isaías Gómez López.

jueves, 30 de octubre de 2014

Mi Musa ha crecido en el abono de lo bueno, lo malo y lo indiferente.

RAY BRADBURY

(Waukegan, Illinois, EE.UU., 1920-Los Ángeles, California, EE.UU., 2012)

Zen en el arte de escribir
(Fragmentos)

“–El delito no es tener libros, Montag, ¡es leerlos! Sí, de acuerdo. Yo tengo libros. ¡Pero no los leo!” 
De Fahrenheit 451

“Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.
**
(En la Biblioteca de la Universidad de California) en ordenadas hileras, una docena o más de viejas Remington o Underwood que se alquilaban a diez centavos la media hora. Uno insertaba la moneda, el reloj soltaba su tictac loco y uno se ponía a escribir como un salvaje para terminar antes de que se agotara el tiempo.
**
“Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo. 
Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos.” 
**

“Todas las mañanas me levantaba, iba hasta el escritorio y escribía cualquier palabra o serie de palabras que me pasaran por la cabeza.
Luego me alzaba en armas contra el mundo, o a su favor, y ponía una variedad de personajes a sopesar la palabra y enseñarme qué significaba en mi vida. Una o dos horas más tarde, para mi asombro, había concluido un nuevo cuento. Era una sorpresa total y encantadora. Pronto descubrí que tendría que trabajar así el resto de mi vida.” 
**
“Ahora los dejo al pie de la escalera, treinta minutos después de medianoche, con un bloc, una pluma y una posible lista. Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad. Peldaños arriba, en las sombras del altillo, espera su Cosa. Si le hablan con suavidad y escriben toda vieja palabra que quiera saltar de sus nervios a la página...
Tal vez, en su noche privada, la Cosa del final de la escalera... empiece a bajar.”
**
“Lo que para todos los demás es El Inconsciente, para el escritor se convierte en La Musa.” 
**
“Si vamos a poner nuestro inconsciente a dieta, ¿cómo preparar el menú?
Bien, la lista podría empezar así:
Lea usted poesía todos los días. La poesía es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas. Conserva la consciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. Y, sobre todo, la poesía es metáfora o símil condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curiosearlos.
**
Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular hacia rumbos que quizá no tome en muchos años (...) Vivimos en una cultura y una época tan inmensamente ricas en basura como en tesoros (...) y mi Musa ha crecido en el abono de lo bueno, lo malo y lo indiferente.
***
Escribí el cuento sentado al aire libre, con mi máquina, en el jardín. Al cabo de una hora había concluido. Se me habían erizado los pelos de la nuca y estaba llorando. Sabía que había escrito el primer buen cuento de mi vida.
**
Escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto. No escribir, para muchos de nosotros, es morir (...) Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, a desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.
**
Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce. Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; Dios sabe que viviría más sano.
**
“¿Y qué se aprende escribiendo? , preguntarán ustedes. Primero y principal, uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que os han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas.” 
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“(...) escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto.” 
**

De cualquier cosa que te digan, cree siempre la mitad.
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“A los amigos que escriben siempre he intentado enseñarles que hay dos artes: primero, terminar una cosa; y luego el segundo gran arte, que es aprender a cortarla sin matarla ni dejarle ninguna herida. Cuando empieza la vida del escritor ese trabajo le repugna, pero ahora que soy más viejo se me ha vuelto un juego maravilloso, un reto que me gusta tanto como escribir el original, porque es un reto. Tomar un escalpelo y cortar al paciente sin matarlo es un reto intelectual.” 
**

“Ahí está el gran secreto de la creatividad. A las ideas hay que tratarlas como a los gatos: hacer que ellas nos sigan. Si usted intenta acercarse a un gato y levantarlo el animal no lo dejará. Tiene que decir: 'Bueno, vete al diablo'. Entonces el gato se dirá: 'Un momento, éste no se parece a la mayoría de los humanos.' Y luego, por curiosidad, se pondrá a seguirlo: 'Vaya, ¿a ti qué te pasa que no me quieres?'. Pues bien, con las ideas ocurre lo mismo. ¿Se da cuenta? Uno dice: 'Al diablo, no hace falta que me deprima. No hace falta que me preocupe. No hace falta que empuje. Las ideas me seguirán. Cuando bajan la guardia y están listas para nacer, me doy vuelta y las atrapo.” 
**
“Es mentiroso escribir para que el mercado comercial os recompense con dinero.
Es mentiroso escribir para que un grupo de esnobs y cuasiliterario de las gacetas intelectuales nos recompense con fama.
**

“Recuerden: la Trama no es sino las huellas que quedan en la nieve cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles. La Trama se descubre después de los hechos, no antes.

Ray Bradbury. Zen en el arte de escribir.
Traducción: Marcelo Cohen. Editorial Minotauro.
Tomado en su mayoría del blog letrasymaullidos.blogspot.com.ar

viernes, 6 de septiembre de 2013

Todo no está bien

 RAY BRADBURY

(Waukegan, Illinois, EE.UU., 1920-Los Ángeles, California, EE.UU., 2012)

Sol y Sombra 
(de Las doradas manzanas del sol, Minotauro, 1953)

Se oyó el clic, de un insecto. La cámara, azul y metálica, como un escarabajo grande y gordo en las preciosas y tiernamente hábiles manos del hombre, parpadeó a la luz centellante del sol.
–¡Calla, Ricardo!
–¡Eh, usted!–gritó Ricardo asomado a la ventana.
–¡Basta, Ricardo!
Ricardo se volvió hacia su mujer.
–No me lo digas a mí, díselo a ellos. Baja y díselo a ellos. ¿O tienes miedo?
–No hacen daño a nadie –dijo la mujer pacientemente
Ricardo se apartó y se asomó a la ventana mirando hacia la calle.
–¡Eh, usted!–gritó
El hombre de la cámara negra alzó los ojos desde la calle, y luego siguió apuntando con su máquina a la señora de los pantalones blancos como la sal, el corpiño blanco y el verde pañuelo ajedrezado. La mujer se apoyaba en el agrietado yeso del edificio. Detrás de ella sonreía un muchacho moreno, con la mano en la boca.
–¡Tomás! –aulló Ricardo. Se volvió hacia su mujer–. Oh Jesús bendito, Tomás, mi propio hijo, en la calle, riéndose.
Ricardo fue hacia la puerta.
–¡Cuidado, Ricardo! –gritó su mujer.
–¡Les cortaré la cabeza! –dijo Ricardo, y desapareció.
En la calle, la mujer se apoyaba perezosamente en una baranda de descascarado color azul. Ricardo salió justo a tiempo.
–¡Esa baranda es mía! –dijo.
El hombre de la cámara se apresuró.
–No, no estamos sacando fotos. Todo está bien. Ya nos vamos.
–Todo no está bien –dijo Ricardo, y sus ojos castaños centellearon. Agitó una mano arrugada–. Ella está en mi casa.
–Estamos sacando fotografías artisticas –sonrió el fotógrafo.
–¿Qué haré ahora? –le dijo Ricardo al cielo azul–. ¿Enloquecer con la noticia? ¿Bailar como un santo epiléptico?
–Si se trata de dinero, bueno, aquí tiene cinco pesos –sonrió el fotógrafo.
Ricardo apartó la mano del hombre.
–El dinero me lo gano trabajando. Usted no entiende. Váyase, por favor.
El fotógrafo parecía perplejo.
–Espere...
–¡Tomás, adentro!
–Pero, papá...
–¡Jaaa!–aulló Ricardo.
El chico desapareció.
–Esto no ha ocurrido nunca antes –dijo el fotógrafo.
–¿Cuánto tiempo durará esto? ¿Qué somos?¿Cobardes? –le preguntó Ricardo al mundo.
Se estaba reuniendo una multitud. La gente murmuraba y sonreía y se daba codazos. El fotógrafo cerró su cámara con irritada buena voluntad, y le habló por encima del hombro a la modelo.
–Muy bien.Usaremos otra calle. Hay allí una pared con unas hermosas grietas y algunas hermosas sombras. Si nos apresuramos . . .
La muchacha, que había estado retorciéndose nerviosamente el pañuelo, alzó del suelo la valija de cosméticos y pasó corriendo junto a Ricardo, pero éste alcanzó a tocarle el brazo.
–No me entienda mal –dijo rápidamente. La muchacha se detuvo y lo miró parpadeando. Ricardo continuó–: No estoy enojado con usted. O usted.
Señaló el fotógrafo.
–Entonces por qué... –dijo el fotógrafo.
Ricardo agitó una mano.
–Ustedes son empleados; yo soy un empleado. Somos todos empleados. Tenemos que entendernos. Pero cuando usted llega a mi casa con una cámara que parece el ojo de un tábano negro, se acabó la comprensión. No quiero que me usen la calle por sus bonitas sombras, o mi cielo por su sol, o mi casa porque hay una grieta interesante en la pared. ¡Aquí! ¡Mire! ¡Ah, qué hermosa! ¡Apóyese aquí! ¡ Póngase allá! ¡Siéntese aquí! ¡Agáchese allá! Oh, lo oí. ¿Cree que soy estúpido? Tengo libros en mi cuarto. ¿Ve esa ventana? ¡María!
La cabeza de su mujer apareció en la ventana.
–¡Muéstrales mis libros! –gritó el hombre.
María se revolvió y murmuró, pero un momento después apareció con uno, dos, seis libros, cerrando los ojos apartando la cabeza como si los libros fuesen pescado viejo.
–¡Y dos docenas más en la bohardilla! –gritó Ricardo–. No está hablando usted con una vaca, ¡habla usted con un hombre!
–Escuche –dijo el fotógrafo guardando rápidamente sus placas. –Nos vamos. Muchas gracias.
–Antes de irse, debe entender qué quiero decir –observó Ricardo–. No soy un hombre malo. Pero puedo enojarme mucho realmente. ¿Parezco una figura de cartón?
–Nadie dijo que alguien se pareciese a algo.
El fotógrafo recogió su valija y echó a caminar.
–Hay un fotógrafo dos cuadras más arriba –dijo Ricardo acompañándolo–. Tienen decorados de cartón. Usted se pone enfrente. El cartón dice Gran Hotel. Le sacan una fotografía y parece como si usted estuviese en el Gran Hotel. ¿Entiende? Mi calle es mi calle, mi vida es mi vida, mi hijo es mi hijo. ¡Mi hijo no es un decorado! Vi cómo ponía usted a mi hijo contra la pared, así, y así, en el fondo. ¿Cómo lo llama usted? ¿Para una buena atmósfera? ¿Para hacer más atractivo el conjunto, con la hermosa señora enfrente?
–Está haciéndose tarde –dijo el fotógrafo, sudando.
La modelo caminaba junto a él, del otro lado.
–Somos pobres –dijo Ricardo–. Nuestras puertas pierden la pintura, nuestras paredes están agrietadas, nuestras cañerías de desagüe dan a la calle, las calles son de guijarros. Pero siento una furia terrible cuando veo que usted se acerca a estas cosas como si yo las hubiese planteado así, como si hace años yo le hubiese dicho a la pared que se agrietase. ¿Cree que yo sabía que venía usted y descascaré la pintura?¿O que yo sabía que venía usted y le puse a mi chico las ropas más sucias? ¡No somos un estudio! Somos gente, y merecemos que se nos trate como gente. ¿Está claro?
–Con todos los detalles –dijo el fotógrafo, sin mirarlo, apresurándose.
–¿Ahora que conoce mis deseos y mis razones será usted tan amable y se irá a su casa?
–Es usted un hombre gracioso –dijo el fotógrafo–. ¡Eh! –Se encontraron con otras cinco modelos y un segundo fotógrafo al pie de una vasta pendiente escalonada, como una torre de bodas, que llevaba a la blanca plaza del pueblo–. ¿Qué haces, Joe?
–Hemos logrado unas buenas tomas de cerca de la iglesia de la Virgen, unas estatuas sin narices, encantadoras –dijo Joe–. ¿Qué es este alboroto?
–Pancho se enojó. Parece que nos apoyamos en su casa y se la echamos abajo.
–Me llamo Ricardo. Y mi casa está intacta.
–Sacaremos unas fotos aquí, querida –dijo el primer fotógrafo –. Ponte bajo la arcada de esa tienda. Hay una vieja pared muy bonita ahí.
Espió en los misterios de la cámara.
–Ajá. –Ricardo estaba ahora terriblemente sereno. Miró cómo los otros se preparaban. Cuando estaban listos para sacar la fotografía echó a correr llamando a un hombre que estaba en un umbral–. ¡Jorge! ¿Qué haces?
–Estoy aquí –dijo el hombre.
–Bueno –dijo Ricardo–, ¿no es ésa tu arcada? ¿Vas a dejar que ellos la usen?
–No me molestan –dijo Jorge.
Ricardo le sacudió el brazo.
–Tratan tu propiedad como si fuese el escenario de una película. ¿No te sientes insultado?
Jorge se rascó la nariz.
–No lo he pensado.
–¡Pues piénsalo, hombre, por Dios!
–No veo nada malo.
–¿No habrá otro en el mundo que tenga lengua? –les dijo Ricardo a sus manos vacías–. ¿Es este un pueblo de telones y escenarios? ¿Nadie hará nada sino yo?
La gente los había seguido calle abajo, y ahora era un grupo bastante numeroso, al que se unían otros atraídos por los atronadores gritos de Ricardo. El hombre pateaba el suelo, cerraba los puños, escupía. El fotógrafo y las modelos lo observaban nerviosamente.
–¿Quiere un hombre pintoresco en el fondo? –le dijo furiosamente al hombre de la cámara–. Posaré aquí. ¿Me quiere cerca de esta pared, con mi sombrero así, mis pies así, y la luz y asá en las sandalias que me he hecho yo mismo? ¿Quiere que agrande este agujero de la camisa, así? Ya está. ¿Tengo la cara bastante transpirada? ¿Tengo el pelo bastante largo, amable señor?
–Quédese ahí, si quiere –dijo el fotógrafo.
–No mirará la cámara –le aseguró Ricardo.
El fotógrafo sonrió y alzó la máquina.
–Un paso a la izquierda, querida –La modelo se movió–. Ahora gira la pierna derecha. Así, magnífico, magnífico. ¡Quietos!
La modelo se inmovilizó, con la barbilla levantada.
Ricardo dejó caer los pantalones.
–¡Oh, Dios mío! –dijo el fotógrafo.
Algunas de las modelos chillaron. La multitud se rio festejando la escena con algunos manotazos. Ricardo se levantó tranquilamente los pantalones y se apoyó en la pared.
–¿Fue eso bastante pintoresco? –dijo. 
–Oh, Dios mío –murmuró el fotógrafo.
–Bajemos a los muelles –dijo el asistente.
–Me parece que yo también iré –sonrió Ricardo.
–Dios santo, ¿qué podemos hacer con este idiota?
–¡Cómpralo!
–¡Ya lo intenté!
–Quizás no le ofreciste bastante.
–Oye, ve a buscar un policía. Yo pararé esto.
El asistente echó a correr. La gente de alrededor se quedó fumando nerviosamente, mirando a Ricardo. Vino un perro y orinó brevemente contra la pared.
–¡Mire eso! –gritó Ricardo–. ¡Qué arte! ¡Qué dibujo! ¡Rápido, antes que el sol lo seque!
El hombre de la cámara le dio la espalda y miró hacia el mar.
El asistente llegó corriendo por la calle. Detrás de él, un policía del lugar caminaba tranquilamente. El asistente tenía que detenerse y volver atrás para urgir al policía. El policía le aseguraba con un ademán, desde lejos, que el día no había terminado y que a su debido tiempo llegarían a la escena de cualquiera fuese el desastre.
El policía se detuvo al fin detrás de los dos fotógrafos.
–¿Qué pasa aquí?
–Ese hombre. Queremos que se lo lleve.
–Pero es un hombre que sólo está apoyado en la pared –dijo el oficial.
–No, no es eso, él... Oh, demonios –dijo el hombre de la cámara–. No puedo explicarlo sino mostrándoselo. Posa, querida.
La muchacha posó. Ricardo posó, sonriendo distraídamente.
–¡Ya!
La muchacha se endureció. Ricardo dejó caer los pantalones.
Clic, hizo la máquina.
–Ah –dijo el policía.
–¡Tengo la prueba en la cámara si la necesita! –dijo el fotógrafo.
–Ah –dijo el policía sin moverse, con la mano en la barbilla–. Ajá.
Observó la escena como si fuese un aficionado a la fotografía. Miró a la modelo, con la enrojecida y nerviosa cara de mármol. Miró los guijaros, la pared, y a Ricardo. Ricardo fumaba orgullosamente un cigarrillo a la luz del mediodía, bajo el cielo azul, con unos pantalones donde están pocas veces los pantalones de un hombre.
–¿Bueno, oficial? –dijo el hombre de la cámara, esperando.
–¿Qué quiere exactamente que haga? –dijo el policía sacándose la gorra y enjuagándose la frente morena.
–¡Arreste a ese hombre! ¡Exhibición indecente!
–Ah –dijo el policía.
–¿Bueno? –dijo el fotógrafo.
La multitud murmuraba. Todas las hermosas modelos miraban las gaviotas y el océano.
–Ese hombre apoyado en la pared –dijo el oficial–. Lo conozco. Se llama Ricardo Reyes.
–¡Hola, Esteban! –llamó Ricardo.
El oficial llamó también.
–Hola, Ricardo.
Se saludaron con la mano.
–No hace nada que yo pueda ver –dijo el oficial de policía.
–¿Qué quiere decir? –dijo el fotógrafo–. Está tan desnudo como una piedra. ¡Es inmoral!
–Ese hombre no hace nada inmoral –dijo el policía –. Si estuviese haciendo algo con las manos o el cuerpo, algo terrible que no se pudiera mirar, yo actuaría en seguida. Pero como no hace otra cosa que estar apoyado en la pared, sin mover ni un brazo ni un músculo, no hay nada malo.
–¡Está desnudo, desnudo! –gritó el fotógrafo.
El oficial parpadeó.
–No entiendo.
–¡Uno no anda ahí desnudo!
–Hay gente desnuda y gente desnuda –dijo el oficial–. Buena y mala. Sobria y borracha. Me parece que este hombre no es un borracho, es un hombre de buena reputación. Desnudo, sí: pero que no hace nada con su desnudez que pueda ofender a la comunidad.
–¿Quién es usted, su hermano? ¿Quién es, su cómplice? –dijo el fotógrafo. Parecía como si en cualquier momento fuese a estallar y morder y ladrar y correr en círculos bajo el sol deslumbrante–. ¿Dónde está la justicia? ¿Qué va a pasar aquí? Vamos, chicas, ¡nos iremos a otra parte!
–Francia –dijo Ricardo.
El fotógrafo giró en redondo.
–¡Qué!
–Dije Francia, o España –dijo Ricardo–. O Suecia. He visto hermosas fotografías de paredes suecas. Aunque sin muchas grietas, es cierto. Olvide mi sugestión.
El fotógrafo sacudió la cámara, el puño.
–¡Sacaremos fotografías a pesar de usted!
–Estaré allí –dijo Ricardo–. Mañana, pasado mañana, en los toros, el mercado, en todas partes, a donde usted vaya iré yo, tranquilamente, sin prisa. Con dignidad, a cumplir con mi necesaria tarea.
Los fotógrafos lo miraron y comprendieron que era cierto.
–¿Pero quién es usted? ¿Quién demonios cree ser? –gritó el fotógrafo.
–He estado esperando que me lo preguntara –dijo Ricardo –. Piense en mí. Váyase a su casa y piense en mí. Mientras haya un hombre como yo entre diez mil, el mundo seguirá andando. Sin mí, todo será un caos.
–Buenas noches, niñera –dijo el fotógrafo, y tomando un enjambre de mujeres, cajas de sombrero, cámaras y valijitas de maquillaje se retiró calle abajo, hacia los muelles–. Es hora de almorzar, queridas. Pensaremos algo más tarde.
Ricardo observó tranquilamente cómo se iban. No se había movido. La multitud seguía mirándolo y sonreía.
Ahora, pensó Ricardo, iré calle arriba hasta mi casa, con la puerta donde falta la pintura en el sitio que he rozado mil veces al pasar, y pisaré las piedras que he gastado en mis caminatas de cuarenta y seis años, y pasaré la mano por la grieta de la pared de mi casa, la grieta que dejó el terremoto de 1930. Recuerdo bien la noche, estábamos en cama, Tomás no había nacido aún, y María y yo nos queríamos mucho, y pensábamos que era nuestro amor lo que movía la casa, tibia y grande en la noche; pero era un terremoto, y a la mañana vimos la grieta en la pared. Y subiré los escalones y saldré al balcón de hierro de la casa de mi padre, balcón que hizo con sus propias manos, y comeré la comida que mi mujer me servirá en el balcón con los libros al alcance de la mano. Y mi hijo Tomás, que creé sacándolo de unas ropas, sí, sábanas de cama, admitámoslo, con mi buena mujer. Y comeremos y hablaremos sin fotógrafos, sin telones, sin pinturas, sin escenarios, todos nosotros. Y todos nosotros seremos actores, muy buenos actores, por cierto.
Y como para acompañar este último pensamiento un sonido llegó a sus oídos. Estaba subiéndose solemnemente los pantalones, con gran dignidad y gracia, cuando oyó el hermoso sonido. Era como un aleteo de dulces palomas en el aire. Era un aplauso.
La pequeña multitud lo observaba mirando cómo representaba la última escena de la pieza, antes del intervalo para almorzar, con qué belleza y elegante decoro se subía los pantalones. El aplauso rompió como una breve ola en la costa del mar cercano.
Ricardo alzó la mano y les sonrió a todos.
Mientras subía hacia su casa le estrechó la pata al perro que había mojado la pared.

lunes, 2 de mayo de 2011

¡Demasiado!

Tomada de mundo52.com
Un poema de RAY BRADBURY
(Waukegan, Illinois, EE.UU., 1920-)

Tenemos el arte para que la verdad no nos mate
¿Sólo conoces lo Real? Cae muerto.
Eso dijo Nietzsche.
Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
Para nosotros el mundo es demasiado.
Después de cuarenta días el Diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el Tiempo
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba,
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto... ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón! ¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero
de nuestras anomalías.
Y Shakespeare envenena el dardo de la Muerte
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un Arca de huesos
porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio;
extrae esa Verdad con las tenazas del Arte
y emploma el abismo en donde estaba
oculta en las sombras con el Tiempo y las Causas.
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón
con la boca de Yorick demos gracias al Arte.

We Have Our Arts So We Don’t Die of Truth.
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martes, 26 de mayo de 2009

El más leve roce de una mano


RAY BRADBURY
(EE.UU., 1920)

(Fragmentos)

De “Caleidoscopio”, de El hombre ilustrado

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

De “El lago" (1942)

Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.

Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.

De manera que yo estaba realmente solo.

Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azúcar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.

Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:

-¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!

Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...

De “Ylla”, de Crónicas marcianas

Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblo marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas.

"El ruido de un trueno", de Cuentos del futuro

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char