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jueves, 12 de abril de 2018

Importaba seguir el juego

Raquel Cané

(Santa Fe, Argentina, 1974)

Piedra

Cuando el dolor era épico
hacías un torniquete en el tajo que deja una caña
amurallabas la sangre
importaba seguir el juego
construir la choza 
y atacar al enemigo que era ese otro
el que venía del barrio vecino.
Las municiones eran visibles
bolillas de paraíso que recogíamos juntos.
Cuando el dolor era épico
mostrabas las cicatrices con orgullo.

Imagen: tomada de su fb.

lunes, 19 de marzo de 2018

No me estremezco, soy un lienzo

Raquel Cané
Raquel Cané: Niña

(Santa Fe, Argentina, 1974)

Escucho el traqueteo de la silla, una faja que se desenrolla sobre la mesa, metal sobre madera, madera sobre madera. No me estremezco, soy un lienzo.
Algo se mezcla, se arrastra, lo acercás hasta que cae. El impacto de ser atravesado. Sigo siendo plano, sigo de pie. La masa oleaginosa acaricia después del golpe. Tal vez sea un consuelo, perdí mi luz.

Monólogo de un retrato
***
Arrastra las reposeras desvencijadas, tartamudean en las separaciones de las baldosas del patio. En una mano la pava, en la otra el mate y la bolsa del tejido colgando.
Nos sentamos. Ya pasó el agobio de la siesta.
Un tapial bajo divide las baldosas de la tierra. Contiene una selva a la que podemos entrar por senderos caprichosos.
Las plantas se apilan, se abrazan, se tapan unas a otras. Nadie pensó este jardín, se fue haciendo, con los gajos de los vecinos, los hijos de otras plantas, con el esfuerzo del viento, o la lluvia generosa. 
El saco que teje crece sobre las piernas. Descansa para tomar el mate que le paso. ¿Viste la camelia?, ¿no es linda?, dice. Creo que en poco tiempo podré trasplantarla. Le queda chica la maceta, ¿no te parece?. Mira, mientras sigue tejiendo sin perder el punto. 
En la maceta, la suavidad apretada, la repetición de un rosa casi imposible. 
Habrá que buscarle un lugar, no necesita mucho sol. Tocala, dice. Extiendo la mano, acaricio, rápidamente la dejo y agarro el mate.
Ni una hoja mordida, ¿viste? Las tuve a raya a las hormigas. Ríe y su cuerpo se sacude.
Clava las agujas en el ovillo y me toma de la mano. Suficiente por hoy, vamos del otro lado, ¿sí? Buscaremos el lugar de la camelia, para cuando llegue el invierno.
Ella vendrá a buscarme en un rato, quiere que cenemos temprano, digo. Hay tiempo, dice, y no me suelta la mano. 
Abre la pequeña cerca para cruzar el tapial, la madera empuja la ruda. Es fuerte el olor de la ruda, ¿verdad?, dicen que ahuyenta los malos espíritus, y es cierto. Por eso podemos pasar nosotras.
Podría perderme aquí, pero la sigo, camina tranquila, va mimando las hojas, canturrea.
De este lado no hay macetas. Las plantas no resistirían la mezquindad de un cubo plástico, transportable. Aquí un tallo aplasta la flor de al lado en busca de la luz. Son una masa que respira. 
Se detiene ante un hueco en la tierra. Aquí será, al lado de la flor de pájaro. Se sentirá acompañada. Asiento con la cabeza. Pienso en la camelia, ella no pertenece a este lado, tan suave pero dura. No. Ella no puede cruzar el tapial. No sabría entregarse a ese movimiento conjunto, al contacto permanente.
Escucho el portón de entrada. Ya llegó, me tengo que ir, le enoja esperar.
Suelto su mano, ella alza la suya para saludarla desde lejos. Me mira atravesar la cerca y vuelve a mirar el hueco en la tierra.
Antes de salir, arranco la camelia, cierro el portón y la desmenuzo de regreso a la casa vecina, mi casa.

De Cuarenta relatos desordenados
**
El camino a veces nos cubre de polvo. Hace años que la ruta de asfalto está rota. Lo sabemos, aunque cada verano repetimos la secuencia de perdernos, preguntar, hasta finalmente dar con el atajo que nos llevará al pueblo.
Hoy el camino es fangoso, la lluvia de la noche anterior brilla en las zanjas. El verde es exuberante, los espinillos se tumban. El fango de aquí no es como cualquiera que uno pueda imaginar, es arcilla que rebalsa sobre sí misma, una verborragia de la tierra, como si se lamiera, se replegara y desbordara para ser aplastada por algún carro o los pocos autos que se le animan. El fango traga. 
Vamos con las ventanillas bajas, el aire caliente no seca las polleras que se empapan contra la cuerina. No hablamos. Clava los ojos en la huella, domando el volante, las ruedas patinan. Yo prefiero entregarme al vaivén, miro las vacas buscar la sombra de los pocos árboles.
Una vez más llegamos a la intersección, ella duda. Desea alguien le confirme dónde estamos, si vamos bien. Sé cuál es la dirección correcta, pero otra vez desconfiará, soy una niña. Entonces callo. Para el motor, arde.
Ahora esperamos, en medio de la nada y el verano. Busca en la cartera el atado de cigarrillos, enciende uno y se baja. Fuma apoyada contra la chapa. Mira los tajos naranjas que parten el verde. Alguien vendrá a ayudarnos, me dice, en realidad creo que habla sola.
Escucho cómo se hunden sus tacos, no mueve los pies. Queda atascada, atenta.
Cierro los ojos, conozco el paisaje de memoria. Ella parece haberlo olvidado, siempre. Huelo, aunque pura la lluvia, la tierra hiede, la bosta de las vacas se vuelve cercana.
Estampa la puerta del auto, se derrumba en el asiento, lo reclina. Veo como su furia se detiene, cierra los ojos, respira enérgicamente. Al fin se duerme.
Balanceo los brazos, medio cuerpo cayendo por la ventanilla, no toco el fango.
No sé qué hacemos aquí, me aburre esperar. Quisiera escaparme y lanzarme un clavado en el tajamar que diviso no muy lejos. Pero ya me dijo mi abuela que no es seguro, que están llenos de víboras, a mí las víboras no me dan miedo, las ranas, sí. Detesto sus cuerpos gelatinosos. Creo que mi abuela miente, le aterra no saber qué hay en los tajamares, por eso inventa. Y si me bajo del auto ella despertará, entonces me quedo.
Es hermoso verla dormir. Su cara es blanda aunque no sonría. ¿Qué soñará? Ojalá me durmiera, apagara el calor, el campo.
Veo un tractor que se aproxima, gime, lento. La sacudo hasta que despierta.
Se baja del auto y hace señas. No creo que la vean de tan lejos, pero insiste.
La escucho hablar con los dos hombres. Ellos parecen cansados pero contentos. Son amables.
Uno alza el brazo y le indica el tajo izquierdo.
Se despiden. Enciende el motor, es por acá, me dice.
Avanzamos, cae la tarde, a lo lejos se yergue un árbol seco, parece haberse incendiado, un gigante blanco y negro, lo único que sobresale en el paisaje. 
No sé cómo puedo olvidar este árbol, me dice, cómo puedo perderme cada año, si tan sólo recordara que tengo que verlo, sabría llegar a lo de tu abuela.

Lo muerto nos guía, no digo, soy una niña.

De Cuarenta relatos desordenados
Imagen y textos tomados de su facebook.

viernes, 5 de enero de 2018

La parálisis del paisaje

RAQUEL CANÉ
(Santa Fe, Argentina)


Si la cacería empezara
por la presa quieta, aún tibia
las manos que voltean
para mirar espejos sin brillo
Si la cacería empezara
por los músculos dolidos
cansados de sostener
abandonando el metal ardiente
Si la cacería empezara
en el silencio que huele a pólvora
la parálisis del paisaje
que nos deja ausentes
Si la cacería empezara
por inclinarnos, vencidos
¿Qué sería del miedo?
¿En qué cuerpo habitaría el disparo?


Imagen: de la autora, perteneciente a Niña.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Esa mujer, colgada, titila. Parece un faro

Raquel Cané
(Santa Fe, Argentina, sin datos)


Tomada de ellitoral.com

De Cartas a H.
1)
Vivirás en una isla. Pienso en los accesos a los lugares. 
Puentes, autopistas, caminos, subterráneos.
Una isla conectada. Las vías radios de corriente sanguínea.
Llegarás por el aire, caerás hasta entramarte en las calles, hasta tener tu puerta, hogar, escondite.
Donde vivo, un sólo camino llega hasta mi casa. Un tajo en la tierra que es fango cuando llueve.
Aquí la sangre de los muertos se seca bajo el sol y brota de los animales que matamos para comer. No hay vías que drenen el flujo de llegada o de partida. 
Lo que vive enraíza, se aprende, se come, se entierra.
¿No es fácil aterrizar, no es así?
De volar, no sé. Sólo miro los pájaros. 
**
6)
H, me contás del ruido, de los rascacielos no quisiste hablar. Entiendo, el ruido los tapa, aún al brillo.
¿Sabías que le llaman “piel de cielo” a los revestimientos de algunos edificios?
Verse en la ciudad, un juego de espejos.
Mientras te escribo una vaca me mira del otro lado de la ventana.
Se acercó a pastar bajo el alero. Las primeras heladas quemaron lo que crece.
¿Qué te aturde? ¿Las voces que se multiplican? ¿Las sirenas?
Decodificar no es simple, en el ruido uno entra para entender y se vuelve parte de él.
¿Querés perderte?
Gracias por la foto de la silueta en neón. Esa mujer, colgada, titila. Parece un faro.
**
14)
H, las manos se asoman en la base del lienzo. Están juntas pero no se tocan. Son casi blancas. Los pliegues del abrigo azul guardan algo del violeta mentiroso.
El abrigo está abierto, no le he pintado botones, sólo ojales.
El fondo cierra el cuello, a la altura de la garganta, negro.
En la cara se esboza la boca, creo que es pequeña, aunque lo sabré cuando mire los ojos. Está cerrada. Hace días que no recibo noticias tuyas.
¿Terminaste los exámenes?
**
22)
H, la oscuridad se demora en verano, escribo bajo el alero, después de que pasara la nube de mosquitos. Pareciera que las pausas las marcan los grillos, esta humedad no dejará que me despegue de la silla. Pienso qué velo, las cosas no se moverán de su sitio y nadie protestará en la mañana si olvido lavar los cacharros. Deambular a tientas, entre sillón y mesada, los objetos guardan la terquedad de la memoria sobre lo conocido, ese trayecto en que no tropiezo y sin embargo, mientras busco en otro desorden, quién sabe qué.
Por eso mejor estar afuera, ahora que el cuerpo está suelto, ahora que la pesadez quedó guardada en los placares.
A veces la oscuridad es bendición ¿no creés? El paisaje desaparece. Es cierto, sí, que con esfuerzo podemos acercar, aquel álamo que se incendiara en la tormenta, o la pequeña luz de un rancho, poco importa. La oscuridad es benévola, descansa aunque estemos despiertos.
¿Cómo son tus noches? ¿Desaparece el paisaje o sos vos quien tiene que hacerlo?
No quiero desaparecer, ¿sabés? 

Inédito


martes, 26 de enero de 2016

La conversación al borde de caer

RAQUEL CANÉ
Foto: Alejandra López

(Santa Fe, Argentina, 1974)


Cómo hago para hendirla
sin que se lastime, pregunta él
camino con el auricular pegado al hombro
las manos intentan cortar la carne
sobre la tabla, ¿me decís a mí?
inquirí, no sé cómo
sostener el tubo, la conversación al borde de caer
sobre la carne el cuchillo, impreciso, torpe
sí, insistió él, es buena, una ternura
pero ahí no hay nada
chorrea sangre, mancha mi falda, ahora la falta
de manos, con el hombro contraído
el vientre también sostiene
¿estás ahí? me dice
sí, te escucho, miro el derrame
asco, no sé
¿hendirla?
el fuego de la hornalla a lo lejos espera
sí, me enredé con ella
el salto de la tabla a la sartén es imposible
perdí, digo
¿qué? ¿perdiste? río, cae el auricular
¿hola? ¿hola?
Sigo aquí, hendida.

Inédito

domingo, 29 de noviembre de 2015

Lejos del agua adquiere la rigidez de lo seco

RAQUEL CANÉ
Tomada de Facebook

(Santa Fe, Argentina, 1974)





Camino con un palo
esa costumbre de arrastrar algo.
Lo agarro, firme, no preciso apoyarme, corto el aire
ni sable ni bastón, porción de un sauce, lánguido.
No es compañero, con un palo no se dialoga, 
se acciona, se orillea para tantear el fondo
se da vuelta algún pescado o lo que queda de él.
Lejos del agua adquiere la rigidez de lo seco
fricción incapaz de crear siquiera chispas
apenas rasguños.
Aireo las palmas, descanso mi tacto
lo paso de una mano, a la otra.
Dejo de mirar la trayectoria ocasional 
capricho de andar sin rumbo.
Tedio, molestia, liviandad que sobra
distrae, me enoja.
Me detengo, los pies desde arriba 
ni izquierdo ni derecho, juntos
trazo con el palo un círculo
se quiebra, lo suelto:
este es mi mundo.
**

Los dedos se tensaban
hubiese querido tener más piel
que creciera entre medio
como fuelles, como patas de un reptil
intentaba saltos imposibles
la presión se retraía
el marfil reclamaba una caricia.
Sin estridencias,
el blanco con el tiempo cedió
tanto brillo, quiso ser cálido
y el negro, tal vez por cercanía
acompañó.
Pero allí estaba, vertical
de a ratos giraba sobre el taburete
hasta marearme
y un apoyo, sin descarga
un lazo, amoroso
me estiraba como las cuerdas detrás de la caja.
No importaba la melodía
no importaba el detenerse en flotación
de una nota interminable
si mis pies no llegaban al piso,
si el pulso no deseaba ir a tierra.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char