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miércoles, 22 de mayo de 2013

¿Dónde están los míos, los simples, los primigenios?



Tomada de http://contemplatifs012.blogspot.com.ar






PETER HANDKE
(Griffen, Carintia, Austria, 1942)

De Las alas del deseo
(Fragmentos)

Monólogos de Homero (viejo)

Cuéntanos musa del narrador, del infante, del anciano apartado a los lindes del mundo y haz que en él se reconozca cada hombre. Con el tiempo los que me escuchaban se han convertido en mis lectores. Ya no se sientan en círculo sino solos, y cada uno no sabe nada del otro. Soy un viejo, con la voz quebrada, pero el relato sigue elevándose desde las profundidades. Y la boca entreabierta lo repite, tan poderoso como apacible. Una liturgia para la que nadie necesita estar iniciado en el sentido de las palabras y de las frases.
***
El mundo parece ahogarse en el crepúsculo, pero yo narro, como al principio, en mi cantinela que me sostiene a salvo, por el relato, de las revueltas del presente y protegido para el futuro.

Se acabó el remontarse muy atrás de antaño. El ir y venir a través de los siglos… Ya sólo puedo pensar de un día para el otro. Mis héroes ya no son los guerreros y los reyes, sino las cosas de la paz, todas iguales entre sí: las cebollas que se secan tan valiosas como el tronco del árbol que atraviesa el pantano. Pero nadie a logrado aún, cantar una epopeya de la paz. ¿Qué le ocurre que no puede seguir fascinando por mucho tiempo, que se deja apenas narrar por alguien? ¿Debo renunciar ahora? Si renuncio, entonces la humanidad perderá su narrador. Y si alguna vez la humanidad pierde su narrador, al mismo tiempo habrá perdido su infancia. ¿Dónde están los míos, los simples, los primigenios?

Nómbrame, musa, al pobre cantor inmortal quien, abandonado por sus mortales oyentes, ha perdido su voz. El que del ángel del relato, se convirtió en el ignorado o burlado organillero, fuera, en el umbral de la tierra de nadie.
***

–Sólo las vías romanas conducen aún a lo lejos, sólo las huellas más antiguas conducen aún más lejos. ¿Dónde está el puerto de montaña? También la planicie, también Berlín tiene sus recónditos puertos, y ahí es dónde empieza mi tierra, la tierra de la narración. ¿Por qué no todos ven de niño los puertos, los portones, los intersticios, abajo en la tierra y arriba en el cielo? Si cada uno los viera habría una historia sin sacudidas mortales y sin guerra.
***
–Nombradme a los hombres, mujeres y niños que me buscarán, a mí, su narrador, su cantor y portavoz, porque me necesitan, más que a nada en el mundo.

Hemos embarcado.
***
Canción de la niñez
(De Archivo)

Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente
y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño
no sabía que era niño
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre
se sentaba en cuclillas,
tenía un remolino en el cabello
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué no allí?
¿Cuando empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad son los malos?
¿Cómo puede ser que yo, el que yo soy,
no fuera antes de devenir; y que un día yo,
el que yo soy, no seré más ese que soy?
**
Cuando el niño era niño
no podía pasar las espinacas, los porotos,
el arroz con leche y el coliflor saltado.
Ahora se lo come todo
y no porque lo obliguen.
Cuando el niño era niño
despertó una vez en una cama extraña
y ahora, una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora sólo con suerte.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuírlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora esta idea lo estremece.

Cuando el niño era niño
jugaba con entusiasmo,
y ahora se mete en sus cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.
**
Cuando el niño era niño
las manzanas y el pan le bastaban de alimento,
y todavía es así.
Cuando el niño era niño,
las bayas le caían en la mano
sólo como caen las bayas,
y ahora todavía.
Las nueces frescas le ponían áspera la lengua,
y ahora todavía.
Encima de cada montaña
tenía el anhelo de una montaña más alta
y en cada ciudad
el anhelo de una ciudad más grande,
y siempre es así todavía.
En la copa del árbol
tiraba de las cerezas con igual deleite
como hoy todavía.
Se asustaba de los extraños
y todavía se asusta;
esperaba las primeras nieves,
y todavía las espera.

Cuando el niño era niño,
lanzó un palo como una lanza contra un árbol,
y hoy vibra ahí todavía.

domingo, 26 de abril de 2009

Todo era conmovedor


PETER HANDKE
(Austria, 1942-)

De Las alas del deseo
(fragmento)

Canción de la niñez

Cuando el niño era un niño,
caminaba con sus brazos balanceándose,
quería que el arroyo fuese un río,
el río fuese un torrente,
y este charco fuese el mar.

Cuando el niño era un niño,
no sabía que era un niño
todo era conmovedor,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era un niño,
no tenía opinión alguna acerca de nada,
no tenía hábitos,
a menudo se sentaba cruzado de piernas,
salía corriendo,
tenía un lambetazo de vaca en su pelo,
y no hacía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era un niño,
era el momento de estas preguntas:
¿Por qué yo soy yo, y por qué no vos?
¿Por qué estoy aquí, y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo, y dónde termina el espacio?
¿Es la vida bajo el sol no sólo un sueño?
¿Es lo que veo, oigo y huelo
no sólo una ilusión de un mundo antes del mundo?
Dados los hechos del mal y la gente,
¿el mal realmente existe?
¿Cómo puede ser que yo, quien yo soy
no existiera antes de que yo llegara a ser
y que, algún día, yo, quien yo soy
no será más quien yo soy?

Cuando el niño era un niño,
se atragantaba con espinaca, con arvejas, con budín de arroz,
y coliflor al vapor,
y come de todo eso ahora, no sólo porque tiene que.

Cuando el niño era un niño,
se despertó una vez en una cama extraña,
y ahora hace lo mismo una y otra vez.
Muchas personas, entonces, parecían hermosas,
y ahora sólo algunos pocos, de pura suerte...
Había visto una clara imagen del Paraíso,
y ahora puede como mucho suponer,
no podía concebir el vacío
y se estremece hoy al pensarlo.

Cuando el niño era un niño,
jugaba con entusiasmo
y, ahora tiene tanta excitación como entonces
pero sólo cuando se trata de su trabajo.

Cuando el niño era un niño,
le alcanzaba comer una manzana... pan,
y así es aún ahora.

Cuando el niño era un niño,
las bayas llenaban su mano
como sólo las fresas lo hacen,
y lo hacen aún ahora,
las nueces frescas dejaban su lengua en carne viva,
y lo hacen aún ahora.
Tenía, en cada cima,
el anhelo de una montaña más alta aún,
y en cada ciudad
el anhelo de una ciudad aún más grande,
y eso todavía es así.
Buscaba cerezas en las ramas más altas de los árboles
con un regocijo que todavía hoy tiene,
sentía una timidez frente a los extraños
y siente eso aún ahora.
Aguardaba la primera nieve,
y espera de ese modo aún ahora.

Cuando el nino era un niño,
arrojó un palo como una lanza contra un árbol,
y ahí tiembla todavía hoy.
***

No soy capaz de encontrar la distancia fraternal, por lo menos a la larga, sino que me acerco demasiado a la gente, sé demasiado de ellos y luego, de tanto saber, me vuelvo mezquino.
***

Porque –y además no es la primera vez que esto ocurre– se me hace cuestionable que llame “yo” a aquel que fui en el pasado, no sólo al niño sino incluso al hombre de hace un año.
***

Ya entonces, en la época en la que vivía con mi familia, yo llevaba una doble vida. Incluso en las horas de armonía y concordia, miraba hacia otras cosas, el viento en las hojas de los árboles de allí, el temblor del agua en el charco de lluvia, lejos, en la luz de la noche, y la vida con los otros la veía yo como un mero episodio, aunque durara decenios; después podía, como nunca, andar por mis caminos.


De La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos¿Tenía nostalgia de sus ancestros? Sí, pero no de estar con ellos, sino sólo de poder pasar a verlos un momento, de consolarlos, de darles las gracias y de, dando un paso atrás, desde la debida distancia, adorarlos.

Y ahora estos perfiles de los antepasados habían perdido toda su fuerza. Y también esto había ocurrido con toda lentitud. Sus venerados muertos, así es como los vio ella una mañana de verano, o de invierno, eran parte de los miles y miles de los que ya no están ahí, de los que se han escurrido en el reino de la tierra desde el comienzo de los tiempos, de los que han desaparecido convertidos en concreciones sólidas, de los que se han convertido en polvo, de los que se han perdido en todas las direcciones de la rosa de los vientos. Ya no se les podrá llamar nunca más para que vuelvan, ningún amor podrá devolverles la vida, convertidos en seres a los que, para toda la eternidad, no se podrá esperar que vuelvan. Bien es verdad que de vez en cuando, como antes, aparecían todavía en los sueños, pero sólo en forma de hormigueo, bajo la expresión de "además corrían": pero este "de vez en cuando", a diferencia de antes, ya no significaba "en todos los tiempos sagrados". Y a ella también esta segunda muerte de sus antepasados –como antes la tierra natal, pequeña y grande, que se le había esfumado- le parecía bien. Las fuerzas de las que ella había hecho acopio durante mucho tiempo, que no provenían tanto del país entero como de los pequeños fragmentos de él, no tanto de una vida entera lograda de un antepasado (aunque la verdad es que no hubo ninguno de este tipo) como de la desgracia y de la muerte solitaria (esto valía para todos sus predecesores), le parecían ahora conseguidas por medio de una estafa.

La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos (Alianza)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char